Xtories

Charlotte. Parte 1: El baile.

Nunca imaginé que la noche antes de mi debut en sociedad me convertiría en testigo de un secreto sucio. Desde las sombras de la cocina, vi cómo el mayordomo dominaba a mi doncella, y algo en mí despertó con una fuerza que no pude contener.

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Comenzaré a relatar los acontecimientos que me llevaron al lugar en que me encuentro hoy, casada y con una vida que jamás imaginé. Ciertamente era mi mayor deseo la dicha marital pero el camino que debí transitar para ello no fue nada parecido a los sermones que predicaba el pastor Parson en Sussex. Soy la menor de 3 hermanos, hija de un caballero y una dama con sangre aristocrática, mi nombre es Charlotte.

Esta historia comienza a los 18 años cuando mi padre toma la decisión de llevarme a mi primer temporada en Londres, notando que en la sociedad campestre en la que me movía no había caballero que igualara en rango con mi dote y mis aptitudes. Tampoco yo me sentía particularmente atraída a ninguno aunque los coqueteos galantes nunca dejaron de aburrirme. El único hombre disponible recientemente se había casado con mi hermana Mary, dejándome (según mi padre) sin más opción que presentarme en la sociedad londinense.

Mi madre brillaba de felicidad ya que extrañaba las galas de Londres tanto como mi padre añoraba el campo, ella ocupaba todo su tiempo con la organización del primer baile al que yo asistiría que se llevaría a cabo en nuestra casa de ciudad. Los nervios también se apoderaban de mí, y aunque mi única tarea era prestar atención al instructor de baile no podía dejar de supervisar discretamente los arreglos de mi madre.

La noche previa al baile no podía dormir, los nervios mantenían a mis ojos abiertos a altas horas de la noche giraba en mi cama sin poder dormir. Me estiré hasta el llamador pero no tiré de él, ¿para qué llamar a los criados si no sabía lo que quería? Me levante de la cama, necesitaba aire fresco, caminar, di vueltas por la habitación sin sentido y resolví caminar por la casa para controlar todo. Me puse el batín y recorrí los salones viendo que antes de acostarme ya se encontraban algunas de las decoraciones. Mis nervios comenzaban a reducirse, decidí bajar a la cocina y controlar allí también. Mientras bajaba oí murmullos, temblorosa de ser descubierta fuera de la cama me frené, pero la curiosidad pudo conmigo y discreta bajé a la cocina y me asomé al comedor.

- No, señor – decía mi doncella. No entendía qué hacía ella ahí, un hombre de espaldas a mi se acercaba a ella.

- Entonces, espero que continúe con su excelente trabajo – El hombre se movió poniéndose de frente a ella y dejando ver el perfil de nuestro mayordomo.

- Si, señor. Gracias, señor.

- Debo pedirte otro favor, Daisy. – el mayordomo, que doblaba en edad a mi doncella, se acercó, le tomó del mentón y le dio un beso.

Me sobresalté. Sabía perfectamente que ese era un acto reservado para los matrimonios. ¿Qué estaba haciendo Weston con Daisy?

- Vamos, Daisy, no tengo toda la noche – Daisy se mantenía quieta como una estatua – No importa, se que te gusta esto.

Acto seguido el mayordomo la empujó hasta sentarla en un banco, se agachó en el suelo y levantando las faldas metió su cabeza entre las piernas de la doncella, que respiraba cada vez más fuerte. Desde el pasillo los veía a los dos, totalmente quieta sin entender qué sucedía pero sin poder abandonar esa escena. Daisy comenzó a revolverse suspirando profundamente, Weston estiró su mano derecha y desgarró el chemisse que ella tenía sobre el vestido dejando libre su escote. Se levantó y comenzó a besarla por el cuello y el pecho, sacó hacía afuera los senos y comenzó a lamerlos. Daisy abrazaba su cuello y gemía, su pelvis abandonada se movía como con vida propia y ella metió una de sus manos en la entrepiernas. La imité, puse mi mano entre mis piernas por sobre el vestido y noté que sí era placentero, ¿qué me estaba pasando?

Weston la tomó en brazos y la puso de espaldas a él, puse ver como se desabotonaba los pantalones, levantaba sus faldas y con sus manos buscaba unir sus caderas. No entendí realmente lo que vi pero sabía que era algo que no debía hacerse y eso me produjo más placer, presioné con fuerza en mi cuerpo sin animarme a hacer algún ruido.

- ¿La quieres, Daisy? – preguntó Weston - ¿Quieres que continúe?

- Si, señor, si. Siiiiiiii – su respuesta se convirtió en gemido cuando el mayordomo juntó su pelvis con las blancas nalgas de Daisy.

Comenzaron a moverse descontroladamente. Él desde atrás sostenía sus senos mientras ella apoyada de manos y cara contra la mesa del comedor gemía. Uno de sus gemidos subió se volumen para dejar de ser un susurro y Weston le tapó la boca, pero él tampoco podía evitar hacer ruido.

- Ahhh… Si… ahhh… estoy cerca. – Subió una de las rodillas de Daisy al banco y agarrando con fuerza las nalgas comenzó a moverse más rápido aún. Sus cuerpos aplaudían al ritmo de ese baile extraño y privado que hacían.

De golpe, el mayordomo se interrumpió tiró del cuello de Daisy haciéndola caer en el piso de rodillas, tomo con una mano su miembro y con la otra tiró la cabeza de la doncella hacia atrás. Y comenzó a esparcir por la cofia un líquido similar al orín. Mientras gemía con fuerza y ella lo miraba a los ojos, paciente. Weston se sentó en el banco y recostó su espalda contra la mesa mientras acariciaba un hombro descubierto de Daisy. Intuí que se había acabado semejante presentación y logré escabullirme hasta mi habitación.

Me acosté en la cama pensando en lo que acababa de ver. Recordé a Daisy tocándose la entrepierna y de nuevo la imité. Estaba sola, así que levanté mi camisón y toqué directamente mi piel, me asombró encontrar humedad, no recordaba haber tenido pérdidas pero por alguna razón sentía todo mojado. Podía sentir el placer al presionar con fuerza, alternaba la presión a distintos ritmos y eso me causaba pequeños suspiros, similares a los de Daisy. Cerré mis ojos y la vi de nuevo moviendo su cadera mientras la cara del mayordomo se enterraba entre sus piernas. Tomé una almohada y casi desesperada la sustituí por mi mano. Con fuerza presioné con las piernas atrapando la almohada como Daisy atrapaba la cara de Weston. Me giré boca abajo y ejercí toda presión contra ella. Me movía como Daisy s emovía y podía entender que necesitaran toda la concentración para no hacer ruido. Pero yo estaba sola, y al aparecer un fuego en mi cuerpo no puede evitar soltar un grito de satisfacción mientras mi cuerpo se relajaba y dejaba de lado a esa suave almohada. La toqué, estaba mojada, sabía que lo que hice estaba mal pero no sentía fuerzas para esconder o limpiar nada. Y sin darme cuenta, me quedé dormida.