Xtories

El círculo. Cap.30. Veda electoral

Helena pierde todo en un ritual sangriento mientras Abril conquista el poder sin ganar su paz. Entre secretos de estado y amantes ocultos, cada personaje cruza una línea de la que no podrá regresar. ¿El precio de la verdad vale la pérdida del alma?

Ixchel Diaz M1.6K vistas9.1· 9 votos

IXCHEL: Amigos muchas gracias por sus comentarios, hice algunos cambios en la prosa de el relato. Quiero pensar que tienen sentido. Es una historia que me ha dado varias noches sin dormir. Me encanta. La siguiente parte ya es el inicio del cierre del acto, se van a explicar muchas cosas, pero es un escrito de más de 30 páginas, no se si publicarlo ya o por partes.

La luz entraba dosificada por las cortinas pesadas de lino blanco, colándose en haces que flotaban entre el polvo suspendido. Helena empujó la puerta de la mansión con una llave que no había usado en tres días. Olía a madera encerada, a incienso ya viejo, a tiempo estancado. Caminó en tacones bajos por el mármol frío de la entrada, escuchando solo el eco de sus propios pasos. No había servicio. Ni ruido de cocina, ni murmullos de escoltas, ni la música barroca que Lorenzo a veces dejaba sonar en el ala este. Silencio.

La puerta del despacho estaba cerrada.

Se detuvo frente a ella. No la tocó. Solo la miró. Era de cedro oscuro, tallada con una geometría sobria, sin adornos innecesarios. El pomo dorado no giraba. Cerrada con llave. Siempre había estado abierta.

Se quedó ahí un momento, escuchando. Nada. Ni una sombra detrás del cristal opaco. Dio un paso atrás. Se llevó las manos al vientre. Pensó en el pequeño dispositivo que aún llevaba dentro, ese sello ritual que aceptó hace casi una década. No era una esposa ante la ley, pero sí ante el Círculo. No firmó un acta, pero firmó su cuerpo.

Se fue a su habitación sin decirse nada más.

__

Durante el día flotó, más que vivió. Caminó por la casa como si esperara tropezar con respuestas en los pasillos. Se preparó un té y lo dejó enfriar. Sentada en la terraza, encendió un cigarro, lo fumó hasta la mitad, lo aplastó en un plato de cerámica. Subió, bajó, volvió a la puerta del despacho. Seguía cerrada. Se preguntó, sin querer decirlo en voz alta, si Lorenzo lo sabía. Si alguien le había dicho. Si alguien había visto.

—¿Y si fue él mismo? —murmuró, al borde de la escalera. Su voz sonó hueca. Repitió la frase, en ucraniano esta vez. Se sintió más real así.

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A las seis en punto, el motor de la camioneta blindada vibró como un trueno contenido en el empedrado. Helena ya estaba arreglada. El vestido ajustado de satén color vino resaltaba sus curvas. El escote discreto, apenas una insinuación. Tacones afilados. Maquillaje en tonos tierra, delineado delgado, labios apenas rosados. El cabello recogido en un chongo bajo, firme. Llevaba las pulseras de ónix que Lorenzo le regaló en su primer aniversario ritual. La fragancia de azafrán y almizcle flotaba a su alrededor como un escudo invisible.

Escuchó los pasos de Lorenzo cruzar el recibidor, sus pisadas pausadas, seguras. La puerta del despacho se cerró de nuevo con un clic seco.

Esperó unos minutos. Luego caminó hasta ahí y tocó suavemente.

—¿Puedo pasar?

Un silencio. Después, su voz.

—Adelante.

Empujó la puerta. Lorenzo estaba sentado en su sillón de piel negro, el que le gustaba más que los de la sala de juntas del Senado. Leía El Financiero, columna de opinión. Un vaso de coñac medio vacío en la mesa lateral. No levantó la vista cuando entró. No hizo el menor gesto.

Helena se acercó despacio, pero no se sentó.

—No estuve estos días. Fui a San Miguel… una mujer del círculo en Querétaro tuvo una crisis, algo emocional… me pidieron que fuera. Tú sabes cómo son.

—Hm —dijo Lorenzo, sin dejar de mirar el periódico.

—Dejé informes en tu escritorio —añadió, sin moverse.

Otro hm. Página volteada. El sonido del papel seco, como un desaire. Helena respiró hondo. Tragó saliva. Dio un paso más.

—¿Lorenzo?

No hubo respuesta. Se acercó hasta él. Se arrodilló, con delicadeza, entre sus piernas abiertas. Apoyó las manos en sus muslos. Lo miró desde abajo, con esa mezcla de sumisión y deseo que tantas veces había despertado algo en él. Subió sus manos por sus pantalones, con lentitud, con memoria. Sus dedos llegaron al cinturón. Él bajó el periódico.

Por un momento, ella creyó que estaba funcionando. Que habría un rescate. Que el cuerpo hablaría donde el alma se callaba.

Pero Lorenzo dejó el papel a un lado, se incorporó sin brusquedad, y la miró desde arriba. Su voz fue firme, sin un gramo de emoción.

—Helena. Tengo que decirte algo. Una decisión se tomó. No fue personal.

Ella se quedó en el suelo, como una pieza que no sabía aún si debía moverse.

—Tu espacio en el círculo superior… será ocupado por otra persona.

La frase cayó como plomo caliente.

—El vínculo que tenemos, ese que sellamos… —hizo una pausa, buscó la palabra— será disuelto.

Helena bajó la mirada. No dijo nada. No lloró.

—¿Cuándo será?

—Lo antes posible.

—¿Es Valeria?

Lorenzo asintió.

No había odio en su cara. Solo una burocracia emocional perfectamente ejecutada.

—Puedo regresar a Ucrania —dijo ella, sin pensarlo. Quiso decirlo como amenaza, pero sonó a ruego.

Lorenzo se cruzó de brazos.

—Helena… tu familia desapareció en la guerra. Lo sabemos. Tú lo sabes. No tienes por quién regresar. Y no soy un hombre cruel. Tendrás propiedades a tu nombre. Ingresos mensuales. Puedes seguir siendo parte del Círculo, si así lo deseas. Pero no en la Cámara Alta.

Un zumbido llenó sus oídos. Se le revolvió el estómago. Se apoyó en la silla para no caerse. Le temblaban las piernas, pero se puso de pie con una dignidad tensa, rota. No dijo nada más.

Salió del despacho sin cerrar la puerta. Subió a su habitación. Abrió el clóset. Sacó una maleta vieja, de piel, gastada, que no usaba desde antes del ritual en Cholula. Se arrodilló frente a ella.

Entonces lloró.

No con alaridos. No con furia. Lloró como se deshace una estatua: por dentro, en grietas silenciosas. Su cuerpo se mecía apenas. Apretó un vestido entre sus manos. Se llevó un puño de ropa al rostro. Pensó en Damián. En sus ojos, en el silencio entre sus palabras. En la forma en que la tocaba como si no tuviera que demostrar nada.

Pensó, por primera vez en mucho tiempo, en sí misma. Y tuvo miedo.

__

La noche del ritual cayó sin estruendos. Sin truenos, sin viento. Como si el universo también se hubiera resignado.

La capilla del Círculo —oculta bajo tierra, entre las raíces de lo que alguna vez fue un convento colonial— olía a resina, cera derretida y humedad. Había incienso suspendido en el aire como un recuerdo denso. La piedra húmeda devolvía ecos apagados. Las antorchas permanecían firmes.

Helena caminó en silencio por el pasillo central, vestida con una túnica blanca que le llegaba a los tobillos. Descalza. El cabello suelto. A su izquierda, un muro de piedra tallado con símbolos que solo unos pocos sabían leer. A su derecha, la hilera de rostros ocultos tras máscaras negras.

Cada paso retumbaba en su pecho como un golpe mudo. Al fondo, sobre el altar, estaban los tres Médium. Detrás de ellos, Lorenzo. De pie. Sin máscara. Sin sonrisa.

Ella no lo miró. No podía. Se detuvo cuando la campana de cobre sonó tres veces.

Uno de los Médium extendió una mano. El más viejo. El que siempre había hablado en lengua antigua.

—Helena Yelyzaveta, vienes a devolver lo que fue dado —dijo, en voz grave.

Ella asintió. Se desató la túnica con manos firmes, la dejó caer suavemente a sus pies. No había vergüenza. Solo un frío íntimo que no tenía nada que ver con el clima.

Se tendió sobre la losa de obsidiana. La mujer de rojo —la misma que años atrás selló su cuerpo— se acercó de nuevo. Ahora, su presencia pesaba distinto. Las manos enguantadas parecían deshacer un pacto que Helena había olvidado firmar.

El dolor fue breve, metálico. Luego nada.

La mujer alzó el objeto al aire. Una pieza pequeña, blanca, manchada de rojo. El símbolo físico del compromiso. Del poder. De la infertilidad ritual.

El coro murmuró en griego. Los símbolos vibraron un instante. El retiro se consumó.

Helena se incorporó con lentitud. No se cubrió. Nadie se lo esperaba. Era un cuerpo marcado por la historia. Por las entregas. Por las ausencias. Era un cuerpo que ahora regresaba al anonimato.

—Quedas libre del vínculo —dijo Lorenzo desde el altar. Su voz no vaciló. No dudó. No dolió.

Pero dentro de Helena, algo se desmoronó. Pequeño, íntimo, cruel. Se puso de pie. Alguien le extendió una túnica gris. La vistió sin mirar a nadie. Su nueva categoría no requería más palabras.

Entonces vino la segunda parte.

En el pasillo, por un segundo, Valeria dudó. Una punzada breve, como un reflejo de humanidad. Pero siguió. Y cada paso borró la pregunta. Valeria entró desnuda.

No caminó, danzó. Lenta, firme, con el mentón alto. Su cuerpo joven no temblaba. Era un templo nuevo. Los miembros del Círculo la observaron con esa mezcla de deseo y reverencia que se reservaba a las elegidas.

Helena bajó la mirada. La muchacha se arrodilló frente al altar. Le dibujaron con sangre y ceniza un círculo sobre la frente. El Médium mayor comenzó a recitar en un idioma que solo había oído en sueños. Una misa pagana. Algo ancestral. Innombrable.

Valeria no lloró.

Le tatuaron la columna vertebral. Una flor invertida con caracteres griegos a lo largo de la espina. Cada trazo era definitivo. Cada aguja una promesa. Un sacrificio. Una advertencia.

Después, le pusieron el manto negro. De terciopelo grueso, pesado, con el símbolo del Círculo bordado en hilos de plata. Era sacerdotisa ya. No había vuelta atrás.

Helena sintió una punzada. No de celos. Era más profunda. Era la punzada de haber sido testigo de su propio reemplazo. De su borrado.

Lorenzo habló.

—Esta noche, ella será sellada.

Valeria alzó la vista y asintió. Sabía lo que venía.

Se le acercaron tres mujeres. Le explicaron —con la misma voz ritual que Helena aún escuchaba en sus pesadillas— que el DIU sería insertado, que su cuerpo ya no le pertenecería, que su capacidad de dar vida quedaba suspendida. Que su única fecundidad sería espiritual. Que era necesario. Que era sagrado.

Cuando la mujer alzó el cuchillo ceremonial, Valeria sintió un nudo breve en el estómago. No era miedo. Era la última frontera de su voluntad.

—¿Aceptas esta renuncia? —preguntó la mujer del escalpelo.

Valeria contuvo el aire, apenas un instante, y sus ojos buscaron el suelo.

—Acepto —dijo, con un hilo de duda que desapareció al pronunciar la palabra.

Entonces, entre las sombras, las sacerdotisas la prepararon. La ungieron con aceites. Le hablaron al oído. La sostuvieron mientras la mujer de rojo realizaba la inserción. No hubo gritos. Solo respiraciones contenidas.

Lorenzo descendió del altar.

Se despojó de la túnica. Caminó hacia ella. La miró como si la hubiera esperado toda su vida. Como si nada antes hubiera sido real.

Valeria abrió los brazos. El silencio en la capilla era absoluto.

Lo demás fue un acto sin palabras. No hubo vulgaridad. No hubo disimulo. Las mujeres ayudaron a Valeria, ella se inclinó hacia adelante. Lorenzo se acercó por atrás y sin un solo toque más, la penetró, sin calma. Fue una unión pactada, presenciada. El rito del dominio y la entrega. El cierre del ciclo. Lorenzo se vació mientras acariciaba el trono de su pene. Cuando terminó se puso su túnica.

Helena no apartó la vista.

No pestañeó.

Se sentía como una flor prensada en un libro olvidado. Como algo que una vez fue hermoso, y ahora solo era testimonio. Cuando terminó, el coro entonó un canto breve. La ceremonia había concluido.

Los asistentes se levantaron. Algunos se acercaron a besar el anillo de Lorenzo. Otros rodearon a Valeria. Nadie miró a Helena.

Ella caminó sola hasta el pasillo. El incienso le ardía en los ojos. No entendía si era por eso, o por el llanto contenido.

Subió las escaleras de piedra. Afuera, la noche era densa. El cielo sin luna. El aire frío. No sabía a dónde ir. Pero en algún rincón de su mente, una imagen se encendía una y otra vez: los ojos de Damián. Su voz pausada. La forma en que la escuchaba sin querer poseerla.

Helena apretó los labios. El templo la había expulsado. Ahora solo quedaba aprender a vivir. O quemarlo todo desde adentro.

__

El cielo sobre Cuajimalpa estaba azul, pero nublado. Como si algo más allá de las nubes dudara entre dejar pasar el sol o guardárselo para sí. Abril subió al templete con los pies un poco doloridos, la garganta reseca y esa punzada persistente en la nuca que le decía que dormía mal desde hace semanas. La plaza estaba llena. No desbordada, pero llena con un orden que inquietaba más que un mitin caótico: cuatro mil personas de pie, con banderas, pancartas improvisadas, voces firmes. Nadie había sido acarriado. Nadie cobró por ir. Todos estaban ahí porque querían escucharla.

Y eso, lo sabía, era lo más peligroso de su campaña.

La camisa blanca se le ajustaba perfecta al cuerpo: "Abril" bordado en azul marino sobre la manga derecha, "Bardujan" en la izquierda. A la altura del pecho, donde iría una credencial o una placa de policía, estaban los logotipos de los tres partidos opositores. A veces sentía que eran un escudo. A veces, una diana. Los jeans le marcaban la cadera. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta que ya se le aflojaba por el viento. Un par de aretes pequeños, los labios en tono neutro. El maquillaje discreto que aprendió a usar no para gustar, sino para dominar el foco.

No había escenografía aparatosa. No había pantallas con drones. Solo una lona blanca que decía “Nos toca cambiar la historia”. La frase era suya, la había escrito una noche a las tres de la mañana mientras le temblaban las manos después de leer un expediente sobre los contratos del AIFA.

La música bajó. Una voz por el altavoz la presentó como “la senadora que no podrán callar”.

El templete tembló apenas cuando dio el primer paso al frente. Los gritos empezaron como un oleaje y luego se volvieron una tormenta.

—¡Abril! ¡Abril! ¡Abril!

Ella sonrió. No con la sonrisa de los mítines ensayados. Sonrió como se sonríe cuando una verdad te encuentra de frente y no te suelta.

—Gracias por estar aquí —dijo, sin micrófono aún. La voz apenas se oyó, pero el gesto bastó.

Tomó el micrófono. No saludó con la retahíla de nombres y cargos. No hizo esa reverencia al protocolo que otros usaban para llenar tiempo. Habló.

—Hoy estoy cansada —dijo—. Pero estoy viva. Estoy aquí con ustedes. Y con eso basta.

Una risa se escapó en el público. Genuina. Cómplice.

—Sé que a muchos les sorprende ver esta plaza así. Sin acarreos, sin tortas, sin autobuses. Aquí no hay sindicatos obligados, ni listas, ni amenazas de despido. Aquí hay pura gente que vino por voluntad propia. Y eso —subió la voz— eso es lo que más miedo les da.

La plaza estalló.

—¡Sí se puede! ¡Sí se puede!

—Nos dijeron que era imposible. Que a mi edad no se podía enfrentar al aparato. Que el sistema era más grande que nuestras ganas. Que el poder era eterno. Pero miren a su alrededor. El poder ya cambió de manos. Solo que todavía no se han dado cuenta.

A medida que hablaba, algo dentro de ella se despejaba. La niebla de la campaña, del cansancio, de los días infinitos y las noches sin dormir, se disipaba con cada porra, con cada mano extendida. Las niñas al frente levantaban cartelones con corazones. Las señoras de la tercera fila la llamaban “mi hija”. Los jóvenes la grababan con sus celulares como si registraran un momento histórico. Y quizá lo era.

—Quiero hablarles de números —continuó—. En México, siete de cada diez mujeres han sufrido algún tipo de violencia. Pero el presidente del senado dice que eso no es importante. Que exageramos. Que somos histéricas. ¿Saben cuántos jóvenes en Cuajimalpa no tienen acceso a la universidad pública? Casi el 30%. ¿Saben qué se está haciendo al respecto? Nada. Cero. ¿Saben cuántos millones se han gastado en propaganda gubernamental este año? Cuarenta mil millones. ¿Saben cuántos medicamentos para niños con cáncer siguen sin llegar? Cientos.

El tono no era de rabia. Era de precisión. Como una aguja que cosía dolor con dignidad.

—Este gobierno no es un monstruo. Es una máquina. Y cada engrane está hecho de silencio, de miedo, de conformismo. Y cuando alguien mete el dedo para detenerlo, le arrancan la mano. Pero a mí no me la van a arrancar. Porque no metí solo el dedo. Metí el cuerpo entero. Metí el corazón.

Una pausa.

—Y lo volvería a hacer.

Los gritos ya no eran gritos. Eran clamores.

—¡Presidenta! ¡Presidenta!

Ella negó con la cabeza, riendo.

—No me postulo a la presidencia. Pero sí estoy aquí para recordarles que hay algo más fuerte que el poder: la dignidad. Y esa, hermanos y hermanas, ya despertó.

El discurso no fue largo. Ni solemne. Pero cada palabra parecía haber sido escrita con sangre y sudor. Con la certeza de que decir la verdad en un país como este, es un acto de guerra.

Cuando bajó del templete, la gente se abalanzó sobre ella con ternura. Fotos, abrazos, lágrimas. Un niño le pidió que firmara su gorra. Una mujer le dio un rosario. Un adolescente le preguntó si podía trabajar en su campaña. Alguien le gritó: “¡Tú sí nos representas, chingada madre!”. Ella se rió. No podía dejar de reír.

Se sintió viva. Y también, de pronto, muy sola.

Entre selfies y aplausos, alcanzó a mirar su equipo al fondo, hablando por teléfono, nerviosos. Uno de ellos le levantó el pulgar. El discurso ya era tendencia. #AbrilEnCuajimalpa estaba en primer lugar nacional.

En el war room de César Serrano, los celulares vibraban con furia. Alguien gritó que suspendieran los spots negativos. Otro exigía saber por qué ella conectaba, y ellos no.

Pero Abril no sabía eso aún. Solo sabía que, en medio del caos, alguien había vuelto a creer. Y ese alguien era ella misma.

__

Isabella llevaba los pies descalzos encima del tablero. Las uñas pintadas de rojo profundo, la piel ligeramente bronceada por los últimos fines de semana bajo el sol. El vestido blanco de lino se le pegaba al cuerpo con la brisa que entraba por la ventana abierta, y el cabello, ya medio suelto, se le enredaba en los labios cada vez que se reía.

—¿Qué tanto ves, Darío? ¿El paisaje o mis piernas?

—Estoy viendo cómo tus piernas eclipsan por completo el paisaje, Isa. Ya no sé si lo de atrás era una iglesia o una postal de tus muslos.

Isabella soltó una carcajada, de esas que no eran comunes en su vida cotidiana. De esas que vibraban sin permiso, que salían del fondo del estómago. Esa risa le nacía cada vez más fácil cuando estaba con él.

Iban en la carretera rumbo a Oaxaca, habiéndose encontrado horas antes en Puebla, donde él vivía. Había dejado su coche en una pensión, un beso largo en el asiento del copiloto, una mano en el cuello, y arrancaron. Llevaban termos de café frío, música suave, un playlist que él había armado con canciones que "sonaban a ella". Entre rancheras suaves, boleros modernos y voces quejumbrosas, habían cruzado ya dos estados y cientos de caricias.

Isabella se tomó una selfie con Darío besándole el hombro. La subió a una cuenta falsa de Instagram que solo ellos dos conocían. La llamaban “la bitácora de los viajes prohibidos”. Era una broma, pero no del todo. Vivían entre sombras. En los márgenes. Y sin embargo, ella sentía que en ese coche, en ese momento, no existía el mundo.

__

El restaurante La Catedral los recibió con esa mezcla de elegancia oaxaqueña y calor humano que solo se encuentra en ciertos lugares del sur. Las velas eran reales, no eléctricas. Las copas pesaban. Los manteles eran de lino blanco, con bordes apenas deshilachados. Una guitarra sonaba a lo lejos, suave, íntima, como si supiera que ahí adentro había una pareja que se quería olvidar de todo.

Isabella ya tenía el menú en mano cuando sonó su celular.

—¿Isa? —preguntó Darío, al ver su rostro cambiar.

Ella no respondió. Solo miró la pantalla. Era Ximena. Contestó al segundo tono.

—¿Hola, mi amor?

—¿Dónde estás?

—¿Cómo que dónde?

—Mamá, quería verte este fin de semana. Te mandé un mensaje. ¿Ya no te importo o qué?

Isabella apretó los labios. Sabía que su hija estaba dolida. La conocía bien. Ximena no gritaba, no se desgarraba. Su reclamo era frío. Preciso. Casi quirúrgico.

—Me fui unos días, mi amor… el lunes regreso.

—¿Te fuiste sin decirme? ¿Con quién? —Una pausa—. Con razón ya nunca estás. Ni para mí ni para Valeria. Pero luego bien que quieres exigirnos. No se vale, mamá. De verdad, no se vale. Y colgó.

Isabella se quedó mirando la pantalla apagada. La mano le temblaba apenas. Cerró los ojos. Siguió oliendo el mole que traían en la mesa de al lado. Quiso tragarse las lágrimas.

—Ven —le dijo Darío, abriendo los brazos.

Ella se dejó ir. Se recargó en su pecho, como una niña que no sabe dónde poner el dolor.

—A veces me pregunto si todo esto vale la pena —susurró, apenas audible.

—Claro que sí —le respondió él, acariciándole el cuello—. Pero si quieres… si quieres lo hacemos público. Que todo el mundo sepa. Que lo griten si quieren.

Ella lo miró de reojo.

—Eso me da más miedo que cualquier cosa. Valeria no lo va a soportar.

Darío asintió. No insistió. Solo le limpió el rímel con el pulgar. Luego le acercó una cucharada de sopa a los labios.

—Ándale, no llores. Come.

Ella rió entre lágrimas.

—¿Me estás dando de comer como si fuera tu bebé?

—Como si fueras mi reina. Y sí lo eres.

La noche siguió entre pequeñas risas, chistes locales, vino blanco frío y platos que se quedaban a medio comer porque entre beso y beso se les pasaba el hambre. Isabella volvió a sonreír. A olvidarse.

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El hotel era pequeño, elegante, con paredes de adobe pintadas de blanco y una terraza con rosas que caían como cortinas. Tenían una habitación en el último piso, con techo de vigas y sábanas gruesas, de esas que huelen a sol.

Isabella se quitó los zapatos apenas entró. Caminó descalza hasta el ventanal, lo abrió. El aire olía a madera mojada, a mezcal, a tierra.

Darío la rodeó por detrás. Le besó el cuello. Las manos se deslizaron sin prisa. Era como si el tiempo, por fin, no apremiara. No hubo urgencia. Hubo entrega.

Se amaron entre risas y suspiros, entre silencios llenos de sentido. Ella se dejó acariciar el alma, no solo el cuerpo. Él la besaba como si aún la estuviera descubriendo. Y de algún modo, lo hacía. Cada vez.

Su ropa cayó con una calma muda que los enganchaba más que nunca. Como nunca antes. Darío besó en medio de sus senos para luego succionar sin fuerza cada uno. Sonreían con los ojos, con la boca. Isabella se sentía más cómoda que nunca totalmente desnuda, expuesta al hombre que amaba.

Ella se acomodó en la pequeña silla de su habitación, le dio la espalda a Darío y vio el horizonte por la ventana. Arqueó la espalda, le mandó un beso por encima del hombro.

Darío se acercó, con una erección tan dura que le dolía. Su sexo grueso palpitaba de deseo. Cuando entró en ella sintió la piel de sus caderas estremecer bajo sus manos. Su propia cintura se movía como si tuviera ritmo pronto.

Isabella sonría, gemía y se mordía los labios. Amaba sentirse así, poseída, llena, enamorada y cuidada..

Las sábanas quedaron revueltas. La lámpara del buró apenas alumbraba el cuerpo de Isabella, que se movía lento, como si el placer también pudiera ser un idioma.

Un rato después Isabella suspiró profundo.

—Acuéstate—. No era una orden, más bien una súplica.

Darío sonrió. Le dio un beso y se recostó en la cama. Isabella lo vio de arriba abajo y cuando su vista recorrió su erección, sus ojos brillaron y mordió su labio inferior.

Se acomodó encima de Darío, movió las caderas de tal modo que fue penetrándose ella misma. Primero despacio y luego más rápido. Él contemplaba el vaivén de sus senos rebotar casi en su cara. Luego los tomó por los lados y los besó y acarició con su lengua. Sin prisa, como saboreando un vino caro.

Isabella no pudo resistir mucho tiempo, un espasmo en su espalda la invadió por completo. Se dejó caer en Darío y tuvo un orgasmo lento e intenso. Terminó sobre él, respirando con fuerza, con una sonrisa amplia que no podía fingirse. Se abrazaron así, con los cuerpos aún pegados, cubiertos de sudor y deseo. Darío le acariciaba la espalda con la yema de los dedos. Ella le besó el pecho, sin decir nada.

Más tarde, se quedaron dormidos. Desnudos. Enredados.

Afuera, el cielo de Oaxaca era una tinta espesa. Dentro, Isabella soñó que no tenía que esconderse nunca más.

Pero al despertar, lo primero que sintió fue culpa. Y el segundo pensamiento fue: volvería a hacerlo.

__

Abril bajó del coche sin prisa.

El aire de Tlalpan tenía ese aroma húmedo, tibio, que le recordaba a los domingos en casa de su abuela. Una mezcla de tierra, de hojas secas, de algún perfume vegetal que no se podía nombrar. Miró la fachada por unos segundos, con el corazón rebotando en el pecho como una verdad contenida.

La casa estaba igual. La pintura ocre, los barrotes negros en las ventanas del piso de arriba, las macetas que alguna vez cuidó ella misma, aún con tierra seca. Pero algo había cambiado. Algo que no se veía, pero se sentía. Quizá era ella.

Tocó la puerta una sola vez. No necesitó más. Damián abrió como si hubiera estado esperándola desde siempre. Tenía la barba crecida, la mirada cansada, pero ahí estaba: el mismo Damián que sabía guardar silencio y, en ese silencio, nombrarla sin decir su nombre.

—Hola —dijo ella, sonriendo con los ojos.

—Hola, senadora —respondió él, con esa media sonrisa que usaba cuando quería romperle el escudo.

Abril lo abrazó. No como quien saluda. Lo abrazó como quien vuelve a su centro. Su rostro contra su pecho. El olor a jabón neutro. El latido profundo. Se separaron con lentitud, pero sin culpa.

—Traje jitomates. De los buenos —dijo ella, levantando una bolsa de papel.

—Entonces esta noche cenamos tú y tu ego, porque yo no cocino.

Ella rió. Se quitó la chamarra, se arremangó la camisa blanca. Llevaba jeans. Nada de logotipos. Nada de cámaras. Sólo ella. Aunque, incluso ahí, el poder le colgaba del cuello como una medalla invisible. Damián lo notó. Estaba más firme. Más derecha. Más afilada en la mirada.

__

La cocina tenía una luz cálida. Se encendía desde una lámpara colgante que hacía sombras suaves sobre la estufa y el fregadero. Ella cortaba los jitomates con habilidad. Le encantaba cocinar para él. Lo había hecho pocas veces, pero recordaba cada una. En silencio. Con las manos.

Damián la miraba desde la mesa. Se sirvió un mezcal. El mismo que le regaló un maestro en Mitla. Le ofreció uno a ella. Abril aceptó, pero sin entusiasmo. Tomó apenas un trago.

—¿Y cómo va todo? —preguntó él.

—Vivo en un torbellino —respondió ella—. Y al mismo tiempo siento que no me muevo.

Él asintió. Sabía lo que eso significaba. Poder sin descanso. Aplausos sin tiempo para respirar. El vértigo de que todo el mundo te vea, y nadie te toque de verdad.

—Me dan miedo los días buenos —confesó Abril, sin mirarlo—. Porque siento que los malos van a venir con más fuerza.

Damián se acercó. Le rozó la espalda con la palma de la mano, apenas. Ella cerró los ojos. Ese roce, simple, preciso, le recorrió la columna como un hilo de electricidad.

—Estás más fuerte —dijo él.

—No me queda de otra.

—¿Te gusta?

Ella no respondió de inmediato. Terminó de cortar el último jitomate. Lo puso en el sartén, lo oyó chisporrotear. Entonces, sin voltear, dijo:

—Me gusta la gente. Me gusta lo que les provoca lo que digo. Me gusta saber que sirvo para algo. Pero a veces siento que me estoy endureciendo. Que algo dentro de mí… se está perdiendo.

Se giró. Tenía el rostro serio. No triste, pero ausente.

—Y tú, ¿en qué piensas? —preguntó ella.

—En esto —respondió él—. En ti cocinando aquí. En cómo te ves con el cabello suelto. En lo que no va a pasar esta noche.

Abril dejó escapar una risa suave. Bajó la mirada. Luego, sin pensarlo, se acercó a él y le limpió con el dedo una gota de mezcal que le caía del mentón. Sus pieles se rozaron. La tensión era una cuerda invisible que les cruzaba los cuerpos, que vibraba si uno respiraba demasiado fuerte.

No se besaron. No se tocaron más de la cuenta.

Pero lo que flotaba en esa cocina era más erótico que el sexo mismo. Era hambre contenida. Era la certeza de que el deseo no había muerto, pero se había aprendido a callar.

Cenaron poco. Más que comida, compartieron miradas. Abril hablaba de la campaña, de Cuajimalpa, de los jóvenes. Se encendía cuando contaba lo que vivía en las plazas. El tono le cambiaba. Damián la veía brillar. Pero también notaba otra cosa: la forma en que ya no preguntaba por él. La forma en que empezaba a ver el mundo desde una cima donde no todos podían seguirla.

—Esto no es vida —dijo ella, mientras recogían los platos—, pero se siente como si lo fuera.

—Tienes razón.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste la primera vez que vinimos a esta casa?

—¿Cuál de todas las frases condenables?

—Que el poder es como una droga. Que te hace sentir invencible. Pero también solo.

—Y tú me dijiste que no ibas a caer en eso.

Ella lo miró. Lo miró como quien sabe que ya no puede sostener esa promesa.

—A veces me pregunto si ya empecé —dijo.

Damián no respondió. Solo se acercó y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Sus manos eran grandes. Seguras. Tranquilas.

—Te queda bien el poder, Abril. Pero no dejes que se te suba a los ojos. Ahí es donde empieza a nublar.

Ella lo miró con una mezcla de gratitud y rabia. Luego bajó la mirada.

—Tengo que irme temprano mañana.

—Lo sé.

Se quedaron de pie, frente a frente, en medio de la cocina en penumbra.

No se dijeron nada más.

Pero esa noche, Abril soñó con él. No con su cuerpo, ni con su voz. Soñó con la forma en que la miraba. Como si aún fuera humana. Como si no se le estuviera yendo el alma a pedacitos en cada plaza.

__

Ximena se miró en el espejo por tercera vez. Sabía que iba bien, pero igual revisó el delineador. Un poco más de gloss, no brillo, gloss. Le encantaba ese equilibrio: arreglada sin parecer que había tardado horas, informal pero pensada.

Llevaba una blusa de tirantes anchos en tono lavanda, ceñida al torso pero con vuelo en la cintura. Jeans de tiro alto, rectos, ligeramente rasgados en las rodillas. Tenis blancos, limpios. Y un suéter delgado color durazno amarrado en la cintura, por si el aire en los salones se ponía pesado. El cabello lo traía recogido en una coleta alta con mechones sueltos al frente, le daba un aire juvenil pero afilado. Aretes pequeños, el perfume exacto.

Ella sabía lo que provocaba. Y más que eso, sabía lo que quería provocar.

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La expo de bolsa de trabajo no era nada emocionante en teoría. Un salón de actos con stands de empresas, letreros con eslóganes clichés, demasiados plumones marcando su territorio sobre cartulinas color neón. Universitarios con carpetas de CVs, más nerviosos que interesados. Ximena iba por puntos extra, literal. No esperaba nada, ni siquiera buena música.

Pero ahí estaba él.

En el stand de una incubadora de proyectos tecnológicos, recargado contra una estructura tubular, masticando un chicle con ritmo. Cabello largo, negro, perfectamente limpio. Recogido en una coleta baja que le caía sobre la chamarra. Tatuajes visibles: uno bajo el ojo izquierdo, una línea finísima que parecía un rayo; otro en el cuello, palabras en cirílico que Ximena no supo leer pero quiso preguntarle. Camiseta gris, jeans oscuros, botas. No sonreía mucho. Pero tampoco parecía hostil. Despreocupado. Presente. Era un error andante. Y por eso mismo, irresistible.

Ximena se acercó sin pensarlo mucho. Había algo en su postura que no gritaba "ven", pero tampoco "vete". Más bien, algo en el centro: haz lo que quieras, pero si te acercas, no te vas a olvidar.

—¿Tú también estás buscando trabajo o solo vienes a observar especímenes en su hábitat laboral? —preguntó ella, con una sonrisa medio burlona.

Él la miró. Sin prisa. Luego sonrió.

—Yo presento uno de los proyectos. Pero sí, hay mucho espécimen suelto. —Le tendió la mano—. Julio.

—Ximena.

Le apretó la mano. Él no soltó de inmediato. Pero no fue invasivo. Fue como si reconociera algo.

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Se quedaron hablando más de veinte minutos. Que si el proyecto de Julio era una app para gestionar terapias alternativas (sonaba más serio de lo que parecía), que si Ximena estudiaba comunicación, que si detestaba los procesos de selección con dinámicas en equipo. Él le hizo preguntas raras. No de esas que uno contesta para sonar interesante, sino de las que desacomodan:

—¿Qué es lo más absurdo que has hecho por no sentirte sola?

Ella parpadeó. Se rió.

—Pasarle suéteres planchados a un ex que no sabía ni en qué día vivía.

Él asintió, satisfecho.

—Buena respuesta. Ya ganaste la beca emocional.

—¿Y tú? ¿Qué es lo más estúpido que has hecho por creer que te querían?

Julio sonrió sin dientes. Apenas una mueca.

—Renunciar a mi beca para irme a vivir con alguien a Tepoztlán. Duré menos que la renta anticipada.

Rieron. Se entendieron.

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El primer beso no fue como en las películas. No hubo música lenta, ni miradas prolongadas. Fue casi torpe. Natural. Como si el cuerpo hubiera decidido adelantarse a las palabras.

Fue en uno de los pasillos detrás del salón. Un lugar sin luz directa, entre cajas y un aviso pegado de “NO ESTACIONARSE”. Nadie pasaba por ahí. Julio se recargó contra la pared. Ximena estaba de frente, con el corazón haciéndole ruidos que no sabía leer. Él le tocó la mejilla, apenas.

—¿Quieres? —le preguntó. Así. Claro.

Ella asintió, sin dramatismo. Y se besaron.

No fue un beso sexual. Fue de reconocimiento. De curiosidad profunda. Los labios suaves, las manos contenidas. Él la tomó de la cintura. Ella le tocó el tatuaje del cuello con la yema del dedo.

—¿Qué dice esto? —susurró.

—“Desobedecer es otro modo de amar”.

Ella sonrió. Se lo creyó. Se lo tragó completo.

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No tuvieron sexo. Pero al salir del baño donde se escondieron a reír y a darse besos más largos, Ximena supo que algo se había movido. Que Julio no era un chico que iba a gustarle nomás una semana. Que ahí, en medio de todo el caos que era su casa, su madre, su hermana y el mundo que parecía hablarle a gritos, acababa de encontrar un espacio donde respirar sin explicarse.

Julio caminó a su lado rumbo a la salida. No le ofreció llevarla. No le pidió el teléfono. Solo dijo:

—Te voy a volver a encontrar. Tú no eres de las que se olvidan.

Y tenía razón. Ximena no se olvidaba fácil. Pero tampoco perdonaba rápido.

Y en ese instante, caminando bajo la sombra de un arce, con el sol en la espalda, supo que ese error llamado Julio iba a costarle algo. Pero también que iba a valer la pena.