Orgía en la terraza
El juego de verdad o reto se vuelve demasiado real cuando la botella gira y la ropa cae. Susana nunca imaginó que una noche de verano la llevaría a desnudarse ante desconocidos, pero el calor de la piscina y la mirada de Lidia disuelven sus últimas barreras. Esta noche, las reglas del matrimonio se rompen para siempre.
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La terraza se había transformado en un refugio para los escasos invitados que permanecíamos en la fiesta. La cálida noche y la tenue luz de las velas y lámparas le daban cierto aire de intimidad. Tan solo quedábamos Renato, Lidia, nosotros tres y una pareja más que Renato enseguida nos presentó. Eran Isabel y Marco. A pocos metros de la piscina, habían colocado varias tumbonas y sofás, para que cada uno se colocase cómo prefiriese.
Fue Renato quien rompió el silencio con una gran sonrisa.
- Como estamos entre amigos, - dijo alzando una copa, - os propongo que juguemos a un juego divertido. ¿Qué os parece jugar a un verdad o reto?
La idea cayó de maravilla entre todos, que estábamos algo aburridos después de aquella fiesta algo sosa.
Nos acomodamos en círculo alrededor de una mesa baja. Yo estaba en una tumbona ligeramente echada, Jorge y Renato compartían un sofá y el resto en tumbonas y sillones. Todos teníamos nuestras copas llenas a mano.
Lidia fue la encargada de hacer girar una botella vacía para comenzar el juego. La botella se detuvo en Jorge. Lidia le observó y guiñándole un ojo dijo:
- Comienzas el juego Jorge. ¿Verdad o reto?
- Reto – contestó él con su acostumbrado aplomo.
- Bien… A ver… Vamos a empezar fuerte Jorge. Sácate la camisa. ¡Pero déjate la corbata! – Lidia se empezó a reír y aplaudió su petición.
Jorge se acercó a la mesa, y suavemente se fue sacando la camisa blanca, con cuidado de no deshacer el nudo de la corbata. Cuando quedó con el torso desnudo, algunas de nosotras silbamos con admiración, mientras él colocaba la camisa en el respaldo del sillón.
La botella siguió girando, y con cada vuelta, el ambiente se hacía más jovial. La noche era tranquila y cálida, lo que producía una calma muy agradable. La luz tenue de las velas proyectaba sombras sobre nuestros rostros, haciendo que todo fuese más íntimo.
El siguiente en la ronda fue Marco, y no tardó en ser el centro de atención cuando la botella se detuvo frente a él. Isabel, que siempre parecía tener esa chispa juguetona en sus ojos, le sonrió con picardía.
- ¿Verdad o reto?
- Reto, respondió Marco con una sonrisa desafiante, como si supiera lo que venía.
- Perfecto, -dijo Isabel, dejándose llevar por la energía del juego. -Quítate la camisa.
Hubo un murmullo entre el grupo, y Marco se levantó sin pensarlo, desabrochando su camisa negra lentamente, mientras todos observábamos. Varias exclamaciones de júbilo acompañaron sus movimientos. Finalmente se la sacó y nos mostró su piel morena ligeramente brillante a causa del sudor.
Llegó de nuevo mi turno, y la botella se detuvo frente a Jorge. Su mirada hacia mí fue tan directa, tan segura, que por un momento sentí un escalofrío recorriéndome.
- ¿Verdad o reto? - le pregunté, mientras los demás esperaban con creciente expectación.
- Reto,- respondí con una sonrisa que me hizo preguntarme qué había planeado.
Me miró durante unos segundos antes de hablar. - Quiero que le des un beso a alguien de este círculo, pero no en la boca… que sea más… sutil.
Me levanté dudando si podría incomodar a alguien, pero finalmente me acerqué lentamente a Renato, quien me miraba fijamente. Llegué hasta él, me incliné y, en lugar de besarle los labios, lo hice en su cuello, de forma suave, casi imperceptible. Fue breve, pero la reacción de todos fue inmediata. La sala se llenó de susurros y risas nerviosas, como si el juego hubiera dado un giro hacia algo mucho más intenso. La cara de su mujer no mostraba ningún signo que mostrase incomodidad, por lo que me relajé.
La botella giró de nuevo, esta vez apuntando hacia Laura.
- ¿Verdad o reto? le preguntó Renato.
- Reto, - dijo con seguridad.
- Quiero que beses en la boca a alguien de aquí. Pero... No puede ser un hombre. Tiene que ser una chica.
Laura se levantó decidida y nos miró a todas eligiendo a su “presa”. Supuse que me elegiría a mí, por la poca confianza que tenía con Lidia e Isabel, pero me equivoqué. Se situó frente a Lidia, ladeó la cabeza y la besó lenta y profundamente. Varios vítores acompañaron el beso, al que Lidia correspondió de forma evidente. Cuando terminó el largo beso Laura hizo una especie de reverencia al resto.
La botella giró de nuevo, esta vez apuntando hacia Isabel. No pude evitar notar cómo la mirada de Renato se alargó sobre ella, como si ya estuviera anticipando el siguiente desafío.
- ¿Verdad o reto? le preguntó Lidia.
- Verdad, - dijo sin dudar.
- Bien, por fin alguien quiere sincerarse, - con una mirada traviesa en los ojos, se inclinó hacia ella. – Ya sabes que no puedes mentir. Son las reglas del juego...
- Adelante. Haz la pregunta- Respondió Isabel inquieta.
- Bien. La pregunta es… ¿Te has acostado alguna vez con una mujer?
Se hizo el silencio en la terraza. Isabel se tensó ligeramente. Todas las miradas estaban fijas en ella. Finalmente respondió con un sí que arrancó los aplausos de todos los que estábamos allí. Noté enseguida varios cruces de miradas entre las dos parejas brasileñas.
Jorge se puso en pie y se estiró. Fue a la mesa en la que estaban colocadas las bebidas y se sirvió otra copa. –Esto hay que animarlo un poco más – Dijo regresando a la tumbona- El juego se está volviendo un poco… aburrido - y mirando a Renato con una sonrisa maliciosa le preguntó -¿No tienes algo para animarnos, amigo?
- Creo que tengo algo, - dijo, dejando su copa sobre la mesa antes de desaparecer por la puerta que conducía al interior de la casa. No tardó mucho en regresar, llevando en una mano una pequeña bandeja con líneas perfectamente formadas sobre un espejo de cristal y un vaso lleno de pajitas cortas. Todos lo vimos al mismo tiempo, y el ambiente cambió de inmediato. Era como si un interruptor se hubiera activado.
- ¡Para los que quieran dar un poco más de chispa a la noche! Exclamó Jorge.
Miré a mi alrededor, y comprobé que nadie le iba a hacer ascos a aquel regalo de Renato. Laura fue la primera en tomar la iniciativa. Con movimientos elegantes, se acercó a la bandeja, tomó una de las pajitas que Renato había traído y aspiró una línea con una naturalidad que me dejó atónita. Cuando terminó, levantó la vista hacia nosotros, exhalando despacio antes de sonreír.
Tomé la pajita que Laura me ofreció y aspiré la línea con rapidez. Sentí el ardor en la nariz y luego, casi al instante, una energía intensa que me recorrió de la cabeza a los pies. Mi corazón empezó a latir más rápido. Uno por uno, fuimos aspirando. Mientras tanto Lidia se dedicó a preparar más copas para todos.
Fue casi instantáneo. Reíamos más fuerte, se hablaba más rápido. Sentía que se podía decir cualquier cosa, que no había barreras entre lo que pensaba y lo que salía de nuestras bocas. Me fijé que los dos anfitriones no habían probado la cocaína, pero a pesar de ello, se les veía muy integrados en la fiesta.
Laura volvió a girar la botella, que se detuvo delante de mí. Me miró con los ojos cargados de malicia y una sonrisa en los labios.
- ¿Verdad o reto, Susana? – preguntó muy seria.
Por un instante dudé. Conociendo a Laura, era posible que eligiese lo que eligiese, me propusiese algo muy atrevido o incómodo, así que sin pensarlo demasiado contesté que reto.
- Bien. En ese caso… – me miró con aquellos ojos felinos y su sonrisa se hizo cruel. –Sácate una prenda de ropa.
Me quedé helada. Jorge se puso tenso. Los tres sabíamos que no llevaba nada debajo del vestido. Durante unos segundos, no me moví. Lidia pareció entender lo que estaba pasando e iba a hablar, cuando yo muy sugerentemente empecé a sacarme una de las sandalias.
- Eso no es una prenda de ropa Susi. – dijo Laura con malicia. Mis ojos la taladraban. – Los zapatos están en la sección de complementos. No son prendas de ropa. – insistió.
- No me hagas esto Laura- dije casi suplicando.
- ¡Oh vamos! ¿Acaso no queríamos darle algo de picante a la fiesta?
Supongo que por efecto de la raya que me había metido, me envalentoné. Subí a la mesa baja, y empecé a contonear mis caderas de forma lasciva. Fijé mi mirada en la de todos los invitados, aunque no en Laura. De forma sutil desaté el nudo que sujetaba el vestido a mi cuello. Giraba lentamente mientras bajaba mis brazos. Finalmente, el vestido se deslizó hasta mis pies. Las miradas de todos estaban fijas en mi cuerpo. Sin sentir vergüenza, volví a girar para permitirles tener una visión completa de mi cuerpo. Completamente desnuda, expuesta sobre aquellas sandalias altas me expuse a ellos impúdica. Durante unos instantes me sentí fuerte, deseada. Percibía las miradas de todos recorriendo mi cuerpo. Finalmente, miré a Laura, que muy seria observaba mis movimientos.
Lidia se levantó y fue a buscar un albornoz para cubrirme. Me lo echó sobre los hombros y me dio un beso en la mejilla. – Has estado fantástica - me susurró.
El silencio cambió, y se convirtió en aplausos. Jorge se levantó y me besó en la boca mientras taladraba a Laura con la mirada.
Nuevos giros en la botella provocaron que las carcajadas fuesen en aumento. Marco tuvo que reconocer que tenía un tatuaje en un lugar oculto de su cuerpo, Isabel reconoció que siempre había pensado que Renato era el amigo más atractivo que tenía, o Laura que reconoció que había estado con más de un hombre a la vez.
En el fragor del juego, la botella señaló a Lidia. Renato sonrió.
- ¿Verdad o reto? le preguntó él.
- Reto,- dijo ella.
- De acuerdo. Veamos, no creo que Susana deba ser la única en sacarse la ropa. Debemos ser unos buenos anfitriones. Así que… quítate el vestido.
Lidia sonrió y empezó a levantarse. – Como quieras cariño.
Empezó a bajar la cremallera de la espalda. Llegó a un punto en el que iba a necesitar ayuda para continuar bajándoselo, así que me miró y me pidió que la ayudase. Lo hice, y ella se bajó los tirantes con gestos insinuantes. El vestido solamente lo sostenía con las manos y finalmente lo dejó caer al suelo.
Se quedó allí, de pie, vestida únicamente con una braguita negra de encaje. La tela fina y delicada se ajustaba a su piel dorada. Tenía un cuerpo increíblemente proporcionado, con unos pechos pequeños y puntiagudos coronados por unos pezones oscuros. Pero no era solamente la belleza de sus curvas la que capturaba nuestra mirada. Era la postura impecable con la que se mostraba, como si estar desnuda frente a nosotros fuese lo más normal del mundo. Sus brazos descansaban relajadamente en sus caderas, y echó la cabeza hacia atrás para que su melena negra cayese como una cascada sobre su espalda.
El grupo rompió en un aplauso nervioso y ella, con movimientos muy naturales regresó a su asiento y se sentó con los pechos al aire. Nuestras miradas se cruzaron y me guiñó un ojo con complicidad. Me fijé en que era una mujer muy guapa, pero más allá de aquella belleza, lo que más destacaría de ella era el magnetismo que irradiaba. Sus gestos eran completamente confiados. No necesitaba hacer el menor esfuerzo para destacar porque todo en ella parecía diseñado para llamar la atención. Me fijé en las acentuadas marcas del bikini en su piel morena. Destacaban como unos triángulos casi lechosos y realzaban el color oscuro de sus pezones.
Me sentía algo aturdida y cansada del juego, así que me excusé y me senté en el borde de la piscina con los pies en el agua. La noche era cálida, con una brisa que no refrescaba apenas nada.
La música seguía sonando suave en la terraza, y las risas del grupo detrás de mí se mezclaban con el murmullo del agua. Sentía el frescor del agua en mis pies mientras los balanceaba, mirando cómo las luces se reflejaban en la superficie. Junto al agua, todo parecía más tranquilo.
De repente, escuché pasos suaves detrás de mí. Al girarme, vi a Lidia acercarse con esa elegancia que parecía intrínseca en ella. Llevaba un albornoz blanco abierto, lo que me permitió ver de nuevo su lencería negra. Cualquier otra persona podría haberse sentido incómoda, ella lo hacía parecer natural, como si hubiera nacido para caminar así.
- ¿Puedo sentarme contigo - preguntó, con su voz suave?
- Claro, - respondí, moviéndome un poco para hacerle espacio en el borde.
Se sentó a mi lado, sumergiendo sus pies en el agua sin prisa. Durante un momento, ninguna de las dos dijo nada. Solo mirábamos el reflejo de las luces, dejándonos envolver por el silencio cómodo que había entre nosotras.
- ¿Cansada del juego? - preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
- Un poco - admití. - Es divertido, pero… también intenso. Necesitaba respirar.
Lidia sonrió, como si entendiera perfectamente. - Sí, a veces puede ser demasiado. Pero Renato sabe cómo animar una noche, ¿no crees? – La cosa estaba decayendo y ya ves cómo ha vuelto a animarnos a todos.
- Sí. Esas rayas han sido definitivas, -dije riendo suavemente. Luego, mi mirada se detuvo en ella, en el contraste tan marcado entre su piel bronceada y las líneas blancas que trazaban perfectamente la forma de su bikini. No pude evitar preguntar: - Lidia… ¿cómo consigues esas marcas tan perfectas-
Ella dejó escapar una sonrisa llena de complicidad. - ¿Te refieres a las marcas del bikini?- preguntó, sacándose un pecho para que lo pudiese observar más de cerca. - Sí, es muy común en Brasil. Para nosotras, es casi como un accesorio. Un símbolo de sensualidad y estilo.
- Qué curioso - admití. – En España es al contrario. Casi todas las chicas buscan no tener marcas en la piel. Por eso está tan extendido el topless allí. ¿Pero cómo lo haces? - insistí, con curiosidad real. – Están súper definidas. Parecen pintadas.
- Bueno, comenzó, inclinándose hacia mí como si fuera a contarme un secreto, -es cuestión de dedicación. Pasamos horas al sol, usando bikinis pequeños para que las marcas sean más visibles. Hay que ser cuidadosa, aplicando bronceador en las zonas expuestas y para que las marcas sean completamente claras y definidas, lo mejor es utilizar cinta aislante negra. Básicamente hacerte un bikini de cinta aislante, para que no se mueva ni un milímetro. Normalmente necesitas ayuda de alguien para que te lo coloque en zonas a las que no llegas.
- ¿No es incómodo? - pregunté, fascinada por el nivel de detalle que implicaba.
Lidia se encogió de hombros. - Al principio, sí. Pero luego se convierte en un hábito. Es parte de nuestra cultura, especialmente en las playas de la zona de Río. Las marcas son como una declaración: dicen que cuidas tu cuerpo, que te sientes segura y orgullosa de él. Además, añadió, con una sonrisa traviesa, a los hombres les encanta.
No pude evitar reírme. - Bueno, no se puede negar que es… llamativo. Me gusta cómo te sienta. Es un contraste bonito.
- Gracias, dijo, inclinando la cabeza con gracia. - Pero no es sólo por los demás. Es para nosotras también. Es como lucir un vestido caro. De hecho, para que el efecto sea bueno, como este – dijo mostrándome sus dos pechos sin rubor – hay que ir durante a todo el año a sesiones de solárium.
La miré de nuevo, intentando imaginarme dedicando tanto tiempo y esfuerzo a algo tan específico.
Al ver sus pechos tan de cerca, no pude evitar fijarme que, en el pezón de la derecha, brillaba una barrita dorada.
- Lidia… Llevas un piercing… - medio pregunté medio afirmé.
Ella sonrió, y de nuevo echó los hombros hacia atrás para que sus pechos destacasen más – Sí, lo es. ¿Te gusta? – no había la menor incomodidad en ella.
- Sí - admití. – es sensual y te da un toque… no sé, ¿salvaje? – ¿Te dolió al ponértelo?
- Un poco, claro – admitió encogiéndose de hombros – pero es un dolor rápido. Muy intenso, pero que apenas dura. Valió la pena.
- ¿Por qué te decidiste a ponértelo? – pregunté realmente intrigada.
Lidia me miró con una sonrisa sincera. – Pues hubo varias razones, dijo tocándose la barrita que le atravesaba el pezón. Primero porque me hace sentir poderosa y sensual. Una mujer liberada. Y segundo, porque les encanta a los hombres. – dijo carcajeándose. - Se ponen como mulos cuando lo ven – y continuó riendo.
- ¿Y Renato? ¿Le gusta?
- Le vuelve loco. Aunque debes saber que cuando conocí a Renato ya lo llevaba. No me lo hice por nadie, me lo puse por mí. Estoy muy orgullosa de llevarlo.
- ¿Te gustaría hacerte uno?
- Pues, nunca me lo había planteado, la verdad… Pero tú lo llevas realmente bien, y creo que voy a considerarlo.
Mientras las risas del grupo en la distancia se fundían con la música y el sonido de las olas en la playa cercana, me sentía cada vez más cómoda hablando con Lidia. Había algo en su manera de expresarse, en su seguridad, que me hacía estar muy a gusto con ella. Me hacía sentir muy cómoda. Así que, sin pensarlo demasiado, decidí preguntar algo que llevaba rondando mi mente desde que llegamos a esa terraza.
- Lidia… comencé, dudando un poco. - Espero que no te moleste, pero… Renato tú, ¿qué tipo de pareja sois?
Ella me miró, un destello de sorpresa en sus ojos, pero no de incomodidad, sino más bien como si no esperara que me atreviera a ser tan directa. Luego, su expresión se suavizó, y una pequeña sonrisa curvó sus labios.
- Creo que se nos podría considerar una pareja abierta, - respondió con naturalidad.
- ¿Abierta? - repetí, sintiendo de curiosidad.
- Sí, - dijo, asintiendo lentamente. - Hace unos años, Renato me lo pidió. Me dijo que estaba locamente enamorado de mí, pero que él necesitaba algo más. No te lo vas a creer, pero casi me lo suplicó. Por supuesto, para mí fue un auténtico “shock”, no te voy a mentir. Pero, con el tiempo, lo acepté. Y ahora… diría que no podría imaginar nuestra relación de otra manera.
- ¿Pero ¿cómo… cómo te lo pidió? - pregunté, incapaz de contener mi curiosidad.
Lidia giró el rostro hacia el agua, su mirada perdiéndose en los reflejos. - Fue durante una conversación tras haber follado. Me dijo que me amaba, que nunca querría perderme, pero que también sentía la necesidad de explorar, de experimentar más allá de los límites tradicionales de nuestra relación. Me aseguró que no era porque yo no fuera suficiente para él, pero que lo necesitaba para vivir. Mira Susana, me sentí fatal en aquel momento. Pero algo me decía que si no aceptaba aquello nuestro matrimonio fracasaría.
- ¿Y tardaste mucho en decidirte? le pregunté, inclinándome un poco hacia ella. - ¿Cómo te sentiste?
- Al principio, estaba confundida, admitió. -No voy a decirte que fue fácil. Me pregunté si significaba que no era suficiente, si era una excusa para algo más. Pero Renato siempre fue transparente conmigo. Nunca me dejó sola con mis dudas. Hablamos, mucho. Y un día, me di cuenta de que esto no era solo un deseo; era casi una necesidad. Si no aceptaba aquello, él no estaría completo. No es fácil de explicar.
- Entiendo lo que dices. Pero ¿No fue difícil? - insistí, intentando comprender cómo alguien podía manejar algo así.
Lidia me miró de nuevo, esta vez con una sonrisa. - Claro que lo fue. Los celos, las inseguridades, son cosas a las que te tienes que enfrentar. Pero cuando entiendes que el amor no se mide en exclusividad, sino en confianza y comunicación, todo cambia. Ahora, no solo amo a Renato más que nunca, sino que también me siento más libre, más yo misma.
- ¿Y qué significa ser una pareja abierta? pregunté, intentando aclarar mis propias ideas.
- No hay una definición exclusiva para eso. Nosotros, podemos explorar con otras personas, pero siempre juntos y con unas reglas claras. No hay secretos, no hay mentiras.
- ¿Cuáles son esas reglas? – pregunté llena de curiosidad.
Lidia se quedó en silencio, supongo que ordenando sus ideas. Había algo profundamente fascinante en la forma en que hablaba.
- En primer lugar, todo lo que hacemos es obligatorio que lo hagamos en pareja. Está terminantemente prohibido quedar a solas con otras personas. Especialmente si esas personas son conocidas. En segundo lugar, tenemos derecho de veto. Es decir, si a alguno no nos gusta alguien, pero al otro sí, se le veta. Esta segunda regla ya es algo más complicada y nos ha llevado a discusiones alguna que otra vez. – continuó como haciendo memoria - En tercer lugar… y esta sí que es difícil de cumplir, procuramos no repetir demasiado con la misma pareja. Es una regla de seguridad, para evitar que las implicaciones afectivas puedan generar que nos enamoremos de otros.
- Sí. Eso es un peligro.
- ¿Te parece extraño? - preguntó de repente, con una sonrisa suave.
- Me parece muy difícil de llevar a cabo. Los celos, la posesión… - inmediatamente pensé en la reacción de Mario. Aunque reconocía que con Mario no había habido ni conversación previa, ni explicaciones ni ninguna de aquellas reglas.
- Verás. Para que esto funcione, la pareja tiene que ser fuerte. Quiero decir que tiene que ser fuerte el vínculo que os una. Y por supuesto, tanto tú como tu pareja, tenéis que ser fuertes también. No todo el mundo está preparado para ver cómo se follan a tu marido o a tu mujer. Suena soez, pero es la realidad. Muchos matrimonios sin la fortaleza necesaria se han ido a pique al coquetear con estos temas. Créeme.
Durante unos instantes sopesé la idea de contarle a Lidia lo ocurrido con Mario. Finalmente me decidí. Traté de ser lo más sincera posible. Me escuchó atentamente, asintiendo de vez en cuando negando otras veces.
- Si has escuchado lo que te he contado antes, verás que has actuado de forma impulsiva, sin haberlo hablado previamente con él. La realidad es que lo asustaste. Le has roto todos los esquemas de matrimonio y familia que pudiese tener. Susana – dijo cogiéndome la mano con dulzura – Tenéis un grave problema. Y la única forma en la que puedes arreglarlo, es hablando mucho con tu marido. Y escoge bien lo que piensas decirle, porque te aseguro que tu matrimonio está a esto – dijo juntando el pulgar y el índice – de irse a pique.
Bajé la cabeza fijando la vista en mis pies que se movían en el agua.
- Si te grita, o incluso si te llama cosas… feas, aguanta. – continuó explicándome. – Querrá desahogarse, soltar todo lo que lleva dentro. Y no será agradable para ti.
De repente el silencio en el que me había sumido, me hizo darme cuenta de que las parejas del grupo estaban en silencio. Me giré, y lo que vi me dejó sin palabras. La atmósfera en la terraza había cambiado drásticamente en el breve tiempo que había pasado junto a Lidia en la piscina. Jorge y Laura estaban en una tumbona, sus cuerpos entrelazados, besándose con una pasión que apenas intentaban disimular. Isabel y su marido también se habían acercado y se hacían caricias cada vez más atrevidas. Y Renato… bueno, Renato estaba detrás de Isabel tocando sus pechos y besando su cuello.
Sentí que mi corazón latía más rápido, no tanto por incomodidad, sino por la intensidad del momento. Era imposible ignorar lo que estaba sucediendo, cómo las líneas que normalmente separan lo aceptable de lo prohibido se habían desdibujado por completo.
Lidia, que aún estaba a mi lado, notó mi mirada fija y esbozó una sonrisa tranquila. - Parece que la fiesta ha cambiado de ritmo, - dijo con un tono relajado tendiéndome la mano. – Ven vamos a disfrutar un rato de la noche. Y procura olvidar durante esta noche tus problemas matrimoniales. No estás para pensar en eso hoy.
Lidia caminó con esa elegancia innata suya. Llevaba el albornoz abierto. Su cabello caía en cascada sobre su hombro, y su mirada era intensa, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por mi mente.
- Susana, dijo suavemente, esta noche es para disfrutar, para soltarse un poco. ¿Por qué no decides con quién quieres estar?
Su pregunta me cogió por sorpresa, pero lo que realmente me desconcertó fue la calma con la que lo decía, como si fuera la cosa más normal del mundo. Sentí que mi respiración se aceleraba mientras mis ojos volvían al grupo.
Renato estaba allí, de pie, mirándonos de reojo mientras sobaba a una Isabel prácticamente desnuda a estas alturas. Marco, su marido reía ante alguna confidencia de Renato, pero sus manos estaban ocultas bajo el vestido de su mujer. Todo en ese momento parecía irreal.
- No estoy segura… comencé a decir, pero Lidia no me dejó terminar.
- Está bien, piénsatelo- dijo tranquila. Solamente hay una regla… No estés sola….
Y entonces, como si todo hubiera sido perfectamente coreografiado, Renato se acercó, ofreciéndonos unas copas con una sonrisa que era igual de encantadora que la de Lidia.
- ¿Todo bien por aquí? preguntó, lanzando una mirada cómplice a Lidia antes de centrarse en mí. – Lleváis un buen rato de charla.
No sabía cómo responder, pero Lidia lo hizo por mí. - Susana está considerando… sus opciones, - dijo, riendo suavemente.
- Renato me miró, con una sonrisa franca. - Tómate tu tiempo, - dijo, - No hagas nada que no quieras hacer.
Me quedé un momento más en el borde de la piscina. Lidia se sacó el albornoz y la ropa interior para entrar en el agua. Su cuerpo desnudo relucía a la luz de las farolas. Pronto la siguió Renato. Se abrazaron y comenzaron a besarse lentamente. Parecían dos figuras sacadas de un cuadro, elegantes, sensuales. Completamente en su elemento, Lidia, con su cabello mojado cayendo sobre los hombros, reía mientras Renato la rodeaba con un brazo, murmurándole algo que no podía oír desde donde estaba. La química entre ellos era innegable, pero lo que más me fascinaba era lo naturales que se veían, como si todo aquello fuera lo más normal del mundo para ellos.
Mi corazón latía con fuerza mientras tomaba una decisión que no sabía si era impulsiva o inevitable. Me puse de pie y deslicé las manos hasta el cinturón de mi albornoz, desatándolo con calma. Sentí el aire cálido de la noche rozar mi piel mientras lo dejaba caer al suelo. Quedé completamente desnuda, pero no sentí vergüenza alguna. Con pasos cuidadosos bajé los escalones de la piscina. El agua estaba tibia. Renato y Lidia se volvieron hacia mí en cuanto sintieron mi presencia acercándose.
- Fantástica elección, Susana - dijo Renato sonriendo y tendiéndome la mano.
- Después de la charla con Lidia, no dudo que es con vosotros con quienes quiero estar ahora - respondí, sintiendo una mezcla de nervios y emoción.
Lidia nadó hacia mí, sus movimientos eran elegantes, como si flotara más que nadar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, me miró con esa expresión serena y segura que parecía nunca abandonar su rostro. Me agarró la barbilla con su mano, y me besó suavemente.
- ¿Qué te ha hecho decidirte? - preguntó en voz baja.
- Tú - admití, mirándola fijamente.
Lidia sonrió, y sin decir nada más, extendió una mano para tocar suavemente mi culo bajo el agua. Su gesto fue suave, y mientras lo hacía, continuó besándome suavemente. Sentí una repentina excitación, y comencé a acariciar sus pechos. Sus pezones estaban duros y erectos. Me apetecía morderlos y pellizcarlos, especialmente el que llevaba el piercing, pero su actitud era laxa y tranquila. Estaba disfrutando de un placer suave y sosegado, y no quería romper ese encanto.
Renato nadó hasta nosotras, colocándose detrás de mí. - Bienvenida, dijo mientras me colocaba las manos en las caderas y comenzaba a subirlas en dirección a mis pechos. Igual que los de Lidia, sus movimientos eran suaves, casi un roce en mi piel.
Mi cuerpo en la piscina, desnudo, se estremecía por los besos y las caricias recibidas por delante y por detrás. Mis pezones se pusieron duros como piedras mientras dos bocas los buscaban ansiosas. Quizás ahora un poco menos pausadas. Buscando los límites del deseo descubierto unos minutos antes. Lidia metió su lengua en mi boca profundamente, un beso lento, pero tan intenso que descubro el deseo que transmite. Dos lenguas que se enroscan sabiendo que no será ese el único lugar donde terminarán.
Renato me abrazó con más fuerza. Me dejé acariciar. Sus pellizcos en mis pezones hacían que se me erizasen hasta casi el dolor. Ahora estaba siendo algo más rudo, aunque nada que pudiese considerar alarmante.
Cerré los ojos, mientras notaba sus brazos en mi espalda y en mi pecho izquierdo. Besé mi cuello, y dejé que recorriese con sus manos, otra vez, mi piel. Abandoné un momento a Lidia, me giré y le besé con intensidad. El tiempo se detuvo en el agua. Sentía su endurecida polla golpearme a la altura del estómago. La piscina era cómoda para los primeros escarceos, pero para follar no es el mejor lugar. Aun así, mi mano se deslizó alrededor de su polla grande y tersa.
Pensé que quizás sería más cómodo salir del agua e ir a una de las tumbonas del jardín o a un dormitorio, mientras noté su mano en mi pubis y la mía se dirigió de nuevo a acariciar su pene que empezaba a crecer con rapidez. Me encantaba la sensación de que su polla creciese al ritmo de mis caricias.
Su lengua abandonó mi boca y se centró en mis pechos. Llevé mi cabeza haca atrás con un suspiro. Me elevó en el agua y noté sus labios bajando por mi vientre, recorriendo mi estómago. Sus manos se aferraban a mis glúteos y, finalmente, consiguió sentarme en el borde de la piscina, donde abriéndome de piernas de forma lasciva le expuse mi sexo sin reservas. Estaba completamente excitada. Renato comenzó a besar mi pubis. Su lengua en mi interior me arrastró a nuevas oleadas de placer.
Lidia salió del agua y se sentó a mi espalda para que pudiese recostarme en ella. Gemí bajo los efectos de aquella lengua y le facilité la entrada abriendo todo lo que pude las piernas para que siguiese. Mi espalda descansaba en las tetas de Lidia, mientras echaba la cabeza hacia atrás para que me besase. Suspiré profundamente de nuevo y sonreí cuando la lengua de Renato se centró en mi clítoris.
Lidia me susurró que deberíamos ir al dormitorio. Yo asentí en silencio. Se acercó a Renato, que todavía tenía la cabeza entre mis piernas y le dijo que queríamos subir al dormitorio. Él se retiró de entre mis piernas sin perder el contacto visual con mis ojos. Cuando salimos de la piscina, la brisa de la noche hizo que me estremeciera ligeramente. Renato nos ayudó a ponernos el albornoz mientras él caminaba completamente desnudo en dirección a la casa. Me sentí extrañamente cómoda, como si aquella escena fuera lo más natural del mundo, aunque sabía que no lo era.
Pasamos junto a Isabel y Marco, que estaban casi desnudos en uno de los sofás besándose apasionadamente. Mis ojos se cruzaron con los de Marco, que me sonrió.
La cama del dormitorio era enorme. De dos por dos como mínimo. Renato se arrodilló sobre las sábanas y yo me coloqué a cuatro patas. Mi cara quedó frente a su glande. Quería meterme aquella polla en la boca, sentir los espasmos de la eyaculación en mi paladar, o su semen recorriendo mis tetas después de que me follase.
Me tragué su polla con avidez y codicia, emitiendo según entraba en mi boca un suspiro de desahogo acumulado.
Lidia se colocó detrás de mí, y abrió mis nalgas. Empezó a lamer y mordisquear mi clítoris, a introducir los dedos en mi vagina. De pronto, noté su cálida lengua explorando mi ano. Fue como si hubiese apretado un interruptor que me hizo explotar de placer como nunca lo he hecho en mi vida. Tuve un orgasmo brutal, me corrí con una explosión de suspiros y gemidos. Su lengua y sus dedos eran como fuego, terminales de placer que me llevaron de inmediato a disfrutar
Sin darme descanso, continué chupándole la polla, comiéndomela golosa, voraz, notándola tensada y firme en mi campanilla. Lidia se dedicaba ahora mordisquear mis tetas, aque caían libremente por la postura en la que estaba colocada. Volvió a lamer mi ano y mis labios vaginales. Sus dedos entraron en mi vagina, en mi culo, igual que su lengua y mis ganas se multiplicaban al ritmo de sus caricias.
De repente, sentí que me penetraban. Me giré y vi que era Marco el que lo hacía. A nuestro lado, Isabel y Lidia se besaban con lujuria. Éramos cinco personas entregadas a las más bajas pasiones del sexo. Nuestros cuerpos se mezclaban en un revoltijo de miembros entrelazados.
Marco me penetraba con fuerza, eran unas acometidas rudas. Me sentí absolutamente fuera de control, con la polla de Renato en la boca, y la de Marco en el coño. Miré a Lidia y a Isabel, que ahora practicaban un sesenta y nueve con la habilidad de quien lo hace con frecuencia. Sus cuerpos se enroscaban y salvo por el diferente color de sus pieles, habría sido imposible distinguir a quién pertenecía cada miembro.
Pronto noté que Renato estaba a punto de correrse. Continuaba de rodillas, pero sus gemidos me anunciaban que iba a correrse y como si supiera que ansiaba su semen en mi boca y en mi cara, se agarró la polla con la mano y dio un par de sacudidas más mientras yo acercaba mi rostro a su miembro. Cerré los ojos y sentí un chorro caliente salpicándome las mejillas, el cuello, la boca… mientras Marco aceleraba el ritmo de la follada. Cuando dejó de pajearse, me tragué su polla con suavidad y vicio. Los empujones de Marco me llevaron a otro orgasmo, este más profundo. Noté cómo me temblaban las piernas y los brazos.
De pronto Marco me pidió que me girase. Tenía la polla en la mano, y quería correrse también en mi boca. Y otra vez el semen de un desconocido terminó en mi boca y en mi pecho. Me sentía bañada por ellos.
Iba a levantarme para ir al baño a limpiarme, cuando Isabel me retuvo. Comenzó a besarme y a lamer mi cara y mis tetas recogiendo toda la leche con la lengua. Aquello me sorprendió y me excitó. Lidia empezó a comerle la boca, y de pronto, Isabel vertió en su boca todo el contenido de la suya. La mezcla de saliva, y leche de dos hombres cayó en la boca de Lidia, que instantáneamente experimentó un intenso orgasmo. Yo apenas daba crédito a lo que estaba pasando en aquella cama.
Cuando terminamos, respirábamos agitados, exhaustos, y sudorosos. Isabel y Mario nos dijeron que se tenían que marchar. Yo apenas podía moverme y les hice un gesto con la mano para despedirme. Lidia se tumbó junto a mí. Su miraba era cariñosa. Renato permanecía boca arriba, con el pene flojo después de la batalla.
- Susana, dijo, su voz calmada -¿por qué no te quedas a dormir aquí esta noche?
La pregunta me cogió por sorpresa, aunque no podía decir que no lo hubiera visto venir. Miré a Renato, quien me dedicó una sonrisa serena.
- ¿Quedarme aquí? repetí, más para ganar tiempo que porque realmente no entendiera la propuesta.
- Sí, continuó Lidia, acercando su cara a la mía y rozando mis labios con sus dedos. - Es tarde, y con todo lo que hemos compartido esta noche, creo que sería más cómodo. Ya ves que la cama es grande.
Su tono era tan relajado que cualquier nerviosismo que pudiera haber sentido desapareció casi de inmediato.
- Está bien, respondí sin pensarlo demasiado. Había algo en el ambiente, que hacía que todo fluyera sin esfuerzo.
Con la decisión tomada, me dirigí hacia donde estaban Jorge y Laura. Para mi sorpresa, Isabel y Marco estaban con ellos. Estaban los cuatro desnudos, sentados en una tumbona todavía agitados por el esfuerzo.
- Chicos, Me voy a quedar a dormir aquí esta noche, - les informé con una sonrisa, intentando sonar casual. – Lidia y Renato me han invitado.
Ambos se giraron hacia mí, y en sus rostros apareció una mezcla de sorpresa y picardía.
Jorge fue el primero en hablar. - ¿Ah, sí? Bueno, parece que te estás adaptando rápido, - dijo, con tono burlón.
Laura, por su parte, me lanzó una mirada llena de complicidad. - Quédate. Esto es Brasil, Susana, y ya no nos queda apenas tiempo, por desgracia.
No pude evitar sonreír, sintiéndome extrañamente respaldada por su reacción. - Nos vemos mañana, - dije, despidiéndome con un gesto de la mano mientras volvía arriba.
De vuelta con Renato y Lidia, me encontré con sus miradas acogedoras y esa sensación de que, pase lo que pase, la noche aún guardaba más secretos por descubrir.
Lidia me señaló el hueco entre ellos para que me colocase allí. Sentí un nudo en el estómago, pero no era nerviosismo, era la sensación de que no podría volver a correrme. Estaba dolorida de tantos orgasmos. Agotada.
Lidia sonreía con lascivia al ponerse de rodillas y acariciar con la palma de su mano los testículos de su marido. Él sonreía con autosuficiencia. Con lentitud, su mujer le empezó a masturbar. Contemplé cómo se le endurecía y se ponía de nuevo como una piedra.
Lidia, acercó su boca a aquel pene tan poderoso y lo besó un par de veces, antes de introducírselo en la boca casi hasta la mitad mientras cerraba los ojos. Se quedó quieta, con aquel trozo de carne en su boca, saboreándolo, disfrutando. Aunque estaba agotada fue inevitable que empezase a excitarme.
Lidia se la sacó de la boca y me besó. Ella, de nuevo con una sonrisa, se colocó encima de él, pero mirando hacia mí. Estaba gimiendo levemente, con los ojos cerrados, y dejaba que él la penetrase lentamente. Coloqué mi boca a la altura de sus sexos, y comencé a lamer su pubis. Tenía el vello corto, muy recortado, pero también abundante.
—Sigue… Dios, como me gusta lo que me haces —me decía suspiros.
—Me encanta tu coño… —contesté yo.
Bajé un poco la cabeza, y dejé de comerle el coño, para empezar a chupar los huevos de Renato. Con largos lametones recorrí aquellos huevos depilados y enormes, hasta que, abriendo mucho la boca, conseguí metérmelos completamente. Él me susurró que tuviese cuidado, que era una zona muy sensible.
Lidia se echó el pelo hacia atrás mientras continuaba cabalgando, hasta que Renato cambió de postura. Pidió que se colocase a cuatro patas, y empezó a penetrarla de nuevo en aquella posición. Lidia me pidió que me situase delante de ella. – Ven – me dijo con una mirada llena de lujuria.
Me tumbé frente a ella abierta de piernas. Lidia empezó a salivarme el coño lentamente- Hazlo suave – le pedí. –Lo tengo dolorido.- Ella me sonrió y escupió un salivazo para mojarlo más. Su lengua apenas rozaba mis pliegues, y el placer empezó a invadirme poco a poco.
Lidia volvió a correrse unos segundos después, tras unas cuantas acometidas más vigorosas de su marido. Las fuertes embestidas de él la lanzaban contra mi coño, pero ella se las arreglaba para no presionar más de la cuenta en mi hipersensible vulva.
Renato sacó su polla, aún tiesa, del coño de Lidia y se dirigió hacia mí. La restregó un par de veces por mis abiertos labios vaginales. Entonces, despacio, pero de forma firme, empujó con fuerza y hundió poco a poco su polla en mi interior. Pese a que había pensado que no podría tener un solo orgasmo más, volví a correrme unos segundos después. Él sacó la polla, aún tiesa, de mi coño. Lidia, que había estado recuperándose de su última corrida, se incorporó y empezó a chuparle y pajearle.
De pronto, él se separó ligeramente. Se cogió la polla y terminó de pajearse, corriéndose en la cara de Lidia que dejaba que la regara con una corrida espectacular. Cuando él terminó ella mirándolo a los ojos volvió a introducirse la polla en la boca durante unos segundos. Vi como su lengua limpiaba de semen el glande de su marido mientras de su barbilla y mejillas, resbalaban dos buenos goterones de esperma.
Esa noche caí rendida en un sueño profundo. Había sido la experiencia más brutal de mi vida, y me dolían las piernas y el sexo. Estaba destrozada de tanto placer.
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