A veces... tú miras. Cap. 1 Lo que no se dice
Iván no es solo su terapeuta; es el espejo que les obliga a ver lo que han enterrado. Cuando les entrega esa tarjeta, no les ofrece una cura, sino una invitación a romper las reglas. ¿Están Pablo y Ara dispuestos a jugar con el fuego de otro para salvar su matrimonio?
El aroma del café llenaba el departamento con una calidez engañosa. Pablo miró la cafetera como si pudiera decirle algo.
Esperó a que terminara el goteo, sin moverse, con los brazos apoyados en el borde del fregadero. No tenía hambre, ni sueño, ni prisa. Solo quería escuchar el sonido final: ese suspiro mecánico con el que la máquina declaraba que su tarea había terminado.
Afuera, el sol no entraba del todo. Las persianas a medio abrir filtraban una luz amarilla que hacía que todo pareciera más viejo, más gastado. El tapiz beige del sofá, los marcos de las fotos familiares, incluso el suéter que Ara llevaba puesto —uno de esos suéteres grandes, grises, que olían a lavanda y encierro—. Todo tenía algo de espera, de pausa.
Pablo sirvió dos tazas, aunque sabía que ella no se había levantado con ganas de café. Siempre hacía dos. Por costumbre. Por insistencia. Por no rendirse.
—¿Quieres? —preguntó sin voltear, con voz baja.
El sonido de las noticias en la televisión llenó el silencio como un eco débil.
Ara no respondió enseguida. Desde la sala, con las piernas cruzadas, estaba mirando hacia ningún lado. Sus ojos parecían enfocados en un punto más allá de la pared. Finalmente, negó con la cabeza, apenas. Casi sin moverse.
Pablo llevó la taza a la mesa del comedor y dejó la de ella en el portavasos, como un gesto automático. Volvió a la cocina, tomó la suya, y se apoyó contra el marco de la puerta, mirándola.
La tela del suéter le cubría todo: hombros, muslos, manos. Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Ara dormía desnuda, incluso en invierno.
Hubo un tiempo en que podía verla caminar de madrugada al baño y desearla tanto que se perdía el sueño.
Ahora, solo podía ver las líneas curvas que adivinaba bajo esa prenda gruesa. Y recordar. Recordar su cuerpo antes del embarazo. Antes del hospital. Antes del cuarto que ahora permanecía cerrado.
Bebió un sorbo de café. Amargo. Tibio.
—Tenemos terapia hoy —dijo él, sin mirarla directamente.
Otra frase suelta. Otra piedra en el agua.
—Sí —respondió ella—. A las seis.
Eso era todo.
No hablaron de lo otro. De lo evidente.
De que llevaban semanas sin tocarse, sin besarse.
De que él ya no sabía si era por miedo, por respeto… o porque el deseo se había secado como una flor mal regada.
Ella volvió a cruzar las piernas, un movimiento pequeño, como de defensa. Y Pablo bajó la vista. No porque no quisiera mirarla. Sino porque no podía soportar verla sin desear tocarla… y no saber cómo.
__
La lluvia acariciaba los ventanales con una constancia que Iván encontraba casi elegante. Pequeñas líneas de agua resbalaban sobre el vidrio, como si el mundo allá afuera tuviera el mismo deseo de callar que la pareja frente a él.
Los había observado en silencio durante unos minutos. Sin prisa. La primera regla con ciertos pacientes no era hablar. Era mirar. Había quienes odiaban el silencio. Ara no. Pablo tampoco.
Iván cruzó una pierna sobre la otra, con la camisa de lino ligeramente arrugada por las horas, y apoyó los dedos entrelazados sobre la rodilla. El consultorio olía a madera vieja, al aceite esencial que su asistente ponía en la entrada, y a la lluvia filtrándose en la tierra de las macetas.
—¿Qué extrañas del cuerpo de Ara, Pablo?
Lo dijo sin levantar la voz. Sin cambiar el ritmo. Como si preguntara la hora.
Pablo parpadeó. Ara lo miró de reojo, luego bajó la vista. Iván notó que sus dedos jugaban con el dobladillo de la manga, como si se resistiera a rascar una herida vieja.
—¿Qué…? —balbuceó Pablo, sin decidir si reír o incomodarse.
Iván no respondió. Solo esperó. Sabía que el silencio tiene un filo que los terapeutas jóvenes temen usar. Pero él no.
—No sé —dijo Pablo, finalmente.
Y luego, casi en un susurro—: su espalda… creo. Su espalda mojada después de bañarse.
Iván asintió. No por cortesía, sino porque la imagen lo había conmovido.
—¿Y cuándo dejaste de tocarla?
Ara cerró los ojos un instante. Iván alcanzó a ver el gesto reflejo: ella se humedeció los labios. No por coquetería. No del todo. Era como si su cuerpo estuviera recordando algo a pesar de ella.
—No lo sé —dijo Pablo.
—Pero tu cuerpo sí lo sabe —murmuró Iván.
El hombre se removió en la silla, claramente perturbado. Ara cruzó las piernas. El suéter largo le caía como una manta, pero al cambiar de posición, la tela cedió un poco en la parte baja del muslo. Un instante.
Apenas un destello de piel blanquísima, aún marcada por las sombras del invierno.
Iván no bajó la mirada. No porque buscara provocarla. Sino porque entendía la lógica del deseo. No se niega. No se oculta. Se observa. Se deja respirar.
Ella lo notó. Claro que lo notó. Y no apartó la vista.
—¿Te tocas sola, Ara?
La pregunta cayó como una piedra en el agua. El reloj del muro hizo un clic seco al marcar el minuto siguiente. Ara apretó las rodillas. Pablo giró el cuello como si necesitara aire.
Iván no se movió. Solo observó cómo el color subía en las mejillas de ella. Cómo los ojos de Pablo se fijaban, casi sin querer, en ese pequeño pliegue donde la tela del suéter y la piel no terminaban de encontrarse.
Había incomodidad. Sí. Pero también otra cosa. Algo que comenzaba a moverse en lo más hondo, lento y oscuro, como una bestia que despierta después de haber dormido demasiado.
Iván no apartó la mirada de Ara, pero tampoco la invadía. Había algo en su manera de estar presente que no exigía, pero tampoco permitía evasivas. La esperaba. Como se espera a alguien que aún no sabe que puede hablar.
Ara tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz era casi inaudible, con ese temblor que tienen las cosas que uno dice por primera vez en voz alta.
—No. No me toco.
Iván ladeó apenas la cabeza.
—¿Nunca?
Ella dudó. Bajó la vista. Sus manos, pequeñas, nerviosas, se recogieron entre las piernas cruzadas. Se acarició el pulgar con el índice, como si pudiera distraerse de su propia carne.
—A veces… antes.
—¿Y ahora?
—Ahora... no me nace —dijo.
Y luego añadió, tragando saliva—: me da miedo pensar en lo que siento.
Pablo hizo un leve movimiento, como si esa frase le hubiera dolido más de lo que esperaba. Iván no lo miró todavía. Se quedó con ella. Con ese gesto dulce, casi infantil, con ese suéter largo que se aferraba a su cuerpo como un refugio. Y sin embargo, incluso bajo la tela, había curvas que no sabían esconderse del todo: Los muslos gruesos, la cintura blanda pero insinuante, el cuello blanco y tenso cuando bajaba la cabeza. No era provocación. Era presencia.
Su cuerpo hablaba incluso cuando ella no quería escucharlo.
—¿Qué te da miedo, Ara? ¿Desear? ¿O sentir que puedes desear a alguien que no es Pablo?
Ella lo miró entonces. Por primera vez, con los ojos abiertos y llenos de algo parecido al pánico. Y, tal vez, al alivio de que alguien dijera lo que llevaba semanas encerrado en su pecho.
—No quiero desear a nadie —dijo.
Y luego, sin poder evitarlo—: pero me pasa.
Iván se quedó en silencio. Sabía cuándo detenerse. Cuándo no romper lo que se estaba abriendo.
Pablo se frotó las manos, visiblemente tenso. Miraba al suelo, como si buscara en las baldosas la forma de entender a la mujer que amaba, la que creía conocer. Iván percibía en él ese tipo de hombre que siente más de lo que dice. Y que cuando habla, lo hace solo cuando ya no puede más.
—¿Y tú, Pablo?
—¿Yo qué?
—¿Aún te excita el cuerpo de Ara?
Hubo una pausa. Pablo tragó saliva. Su voz salió grave, rota, baja.
—Sí. Pero no sé si tengo derecho a tocarla. No desde que… desde que la vi llorar en la regadera. Sin sonido. Solo llorar.
Iván cerró los ojos un instante. No por dramatismo. Sino por respeto.
—¿La tocabas cuando lloraba?
—No.
—¿Por qué?
—Porque… sentí que si la tocaba, ella iba a romperse.
—¿Y tú, Ara? —volvió Iván con suavidad—. ¿Querías que te tocara?
Ella se mordió el labio inferior.
Sus ojos brillaron, y el rubor le subió como una marea hasta las orejas.
—Sí —dijo, apenas.
Y Pablo giró hacia ella, confundido. Como si alguien acabara de abrir una puerta que él mismo había sellado desde dentro.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería que lo hicieras por lástima —respondió, mirando al suelo—. Ni por costumbre. Quería que me tocaras como antes. Como cuando deseabas. No como cuando cuidas a alguien enfermo.
Iván respiró hondo. Había una humedad distinta en el ambiente. No la de la lluvia. Sino la que surge cuando el deseo y el dolor se cruzan en medio de una sala demasiado bien iluminada.
Ara subió la vista. Por un segundo, sus ojos se cruzaron con los de Iván.
Y él lo vio. El temblor. La humedad. La pregunta sin palabras.
No era una mujer provocadora. No era segura. Era una herida abierta con forma de deseo.
Y Pablo lo notó también. Notó cómo ella se humedecía los labios sin darse cuenta. Cómo se acomodaba en la silla. Cómo Iván no desviaba la mirada. Y algo en él se encogió. Un vértigo seco. Una punzada. No de celos, todavía. Pero algo muy parecido.
Iván se levantó entonces, caminó con lentitud hacia la pequeña mesa auxiliar y sirvió tres vasos de agua.
—Creo que este no es un problema de amor —dijo, al volver—.Es un problema de mirada. De cómo se han dejado de mirar… con hambre. Y sin hambre, la ternura se vuelve castigo.
Les dejó los vasos frente a cada uno. No dijo más. No hacía falta.
La puerta del consultorio se cerró detrás de ellos con un clic suave. No hablaron al salir. Solo caminaron hasta la banqueta, donde el sol empezaba a romperse en tonos oxidados sobre el pavimento mojado.
El aire era húmedo, tibio todavía por la lluvia, con ese olor a tierra mojada que siempre a Pablo le traía recuerdos de infancia. Pero ahora no había nostalgia. Solo un nudo.
Ara se detuvo junto a una jardinera maltratada. Se abrazaba a sí misma, aún con el suéter demasiado grande que la hacía ver más frágil de lo que era. Pablo la miró de reojo.
Sus piernas, ahora que el suéter se alzaba un poco por la brisa, se veían llenas, marcadas por la carne suave de sus muslos. No podía dejar de ver eso últimamente. La contradicción. De ese cuerpo que aún deseaba, y que no sabía si podía tocar.
—¿Quieres? —preguntó, sacando un cigarro arrugado de la cajetilla.
Ara dudó un segundo. Luego asintió. Solo fumaban cuando algo los superaba.
Él encendió el encendedor, cubriéndolo con la mano para que el viento no lo apagara. Ara se acercó y él le prendió el cigarro como si fuera una ceremonia antigua. Sus dedos rozaron los de ella. Hubo una chispa. No suficiente para arder. Pero sí para avisar que algo seguía ahí, bajo las cenizas.
Fumaron en silencio. El humo subía recto, lento, como si incluso eso evitara molestar.
Entonces la puerta volvió a abrirse. Iván.
Sin portapapeles. Sin disfraz de terapeuta. Solo él, con esa misma calma inexplicable. Camisa de lino sin corbata, las mangas ligeramente dobladas. Se acercó con las manos en los bolsillos, como si simplemente pasara por ahí.
—¿Alguna vez han jugado a desear a alguien más frente al otro? —preguntó, como quien comenta el clima.
Ara soltó una risa breve, casi sorprendida. Una risa que no sonaba a burla. Sino a algo que no esperaba sentir. Incomodidad, sí. Pero también una ráfaga de curiosidad.
Pablo giró hacia él. La tensión le cruzó el rostro. No era enojo. Era otra cosa. Más baja. Más antigua.
—No estamos para juegos —dijo, sin levantar la voz.
Iván sonrió, apenas. Ni provocador ni condescendiente. Solo como quien conoce algo que los demás aún no han recordado.
—A veces el juego es lo único que queda cuando el deseo se esconde.
—Sacó una tarjeta, sobria, sin membrete—. Este es otro número. Por si algún día quieren probar algo diferente. Sin etiquetas. A veces el cuerpo sabe lo que el alma calla.
Y se fue. Sin despedirse. Sin esperar respuesta. Como si supiera que ya había dejado algo en movimiento.
Pablo miró la tarjeta. No dijo nada. Solo la guardó en la cartera, detrás de una vieja foto doblada. Ara no lo vio hacerlo. Estaba mirando las hojas mojadas en el suelo, como si nunca antes hubiera reparado en su forma.
Cuando subieron al coche, no encendieron la radio. Pablo se puso el cinturón. Ara se inclinó hacia el retrovisor para atarse el cabello, y en el gesto, sus dedos se deslizaron por la nuca. Un roce mínimo, como si tocara por primera vez algo que no sabía que extrañaba.
No fue sensual. Ni siquiera consciente. Pero Pablo lo vio. Y sintió algo subirle por el pecho. No supo si era celos. O si estaba, por fin, excitado.
No preguntó. No dijo nada.
Solo la miró de reojo, mientras ella giraba la cabeza hacia la ventana y el atardecer se les llenaba de preguntas.
Y aunque no lo supieran del todo, algo en ellos había empezado a moverse. A respirar.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Juegos perversos con la amiga de mi esposa
La apuesta era simple: perder el partido significaba entregar un mes de sumisión sexual. Él no esperaba que ella cumpliera la palabra tan al pie de…
Comparte:Infidelidad consentidaTrio fffDominacion femenina
- Hetero: Infidelidad
No puedo permitir que Elena se aburra
Elena le pide ayuda para llevar a su marido borracho a casa, pero su verdadero objetivo es otro.
Comparte:Infidelidad consentidaTrio fffDominacion femenina
- Hetero: Infidelidad
El Doctor y mi esposa (Capítulos V y VI)
Descubrió la traición, pero en lugar de cerrar la puerta, la abrió de par en par. Ahora, escondido en la oscuridad de su propia casa, observa cómo su…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion femeninaPoder y control
- Hetero: Infidelidad
El Invitado - Segunda Parte
Laura no sabe que los ojos de Andrés la observan desde la penumbra de la biblioteca. Mientras sus labios rodean a Roberto, la presencia silenciosa de…
Comparte:Infidelidad consentidaTrio fffDominacion femenina
- Hetero: Infidelidad
De Detectives y fiestas parte 2
Diego duerme profundamente, ajeno a lo que sucede en la habitación contigua. Carolina sabe que esta es la oportunidad perfecta para explorar sus…
Comparte:Infidelidad consentidaTrio fffDominacion femenina
- Hetero: Infidelidad
La Esposa Correcta — Capítulo 27 Cuando ya lo sabe
Clara siempre creyó que controlaba los términos de su infidelidad. Pero cuando su esposo y su amante se hablan entre sí, las reglas del juego se…
Comparte:Infidelidad consentidaTrio fffDominacion femenina