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Dominaciónmay 2025

Una Vida Peculiar. Emputecimiento. Cap. X

El olor a orina rancia y el dolor en las plantas de los pies son solo el preludio. Mientras su hermana sonríe con sadismo y su amo observa impasible, ella comprende que la noche apenas ha comenzado y que la jaula no es solo de madera, sino de su propia sumisión.

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UNA VIDA PECULIAR. Emputecimiento.

Capítulo X

No sé cuánto tiempo pasó hasta que se abrió el maletero, para mí fue un mundo. Aún seguía en la misma posición, a cuatro patas con las pinzas y el plug. Los pezones ya ni los sentía. Tenía los pezones hinchados y amoratados. Las rodillas las tenía muy entumecidas al estar en la misma posición.

Al cabo de un buen rato el coche volvió a ponerse en movimiento. Llegamos al garaje de casa, pude averiguarlo por el ruido del portón al abrirse. Pasaban los minutos y no venían a sacarme del maletero. Estaba cada vez más agobiada. Escuché como mi Amo se despedía de mi hermana y yo continuaba dentro. No sé cómo pudo ocurrir, pero el esfínter me volvió a causar una mala pasada y volví a orinarme dentro del habitáculo. En ese momento, se abrió el maletero.

—Joder, que mal huele aquí dentro. ¡Te has vuelto a mear! A guarra no te gana nadie. —Grito totalmente enojada.

—Llevas aquí solo una hora y media, mientras nos íbamos a tomar algo. ¿No has podido aguantarte? —Gritaba muy enojada. —Vamos, esto no puede quedar así.

Me agarró de la coleta y me sacó a rastras del maletero.

—Mira que Alex me ha dicho que no me entretenga y te lleve a casa, pero como no aprendes voy a desobedecerle un poquito y te voy a castigar, ¿crees que te lo mereces? —Me quedé callada al no saber qué contestar.

—Si te pregunto, contestas, puta

Me dio un bofetón que hizo que me cayera al suelo.

—Sí Ama. Me lo merezco por guarra. —Respondí desde el suelo.

—Ya te digo que sí, ¿y qué castigo crees que te has ganado?

No sabía que decir. Seguro que la pregunta iba con segundas y lo más probable es que acabara pifiándola con la respuesta.

—Lo que usted crea conveniente que merezco —Contesté con un hilo de voz.

—Buena respuesta. Pero no es suficiente como para que te levante el castigo. —Volvió a agarrarme con fuerza de la coleta.

—Por si todavía no te quedó claro ayer, te lo voy a volver a explicar, hermanita. Siempre te he odiado desde que éramos pequeñas, eras la favorita de papa, quien se llevaba todos los premios y yo solo los castigos. Así que. Si pensabas que exageraba, éstas en un grave error. Haré de ti una esclava sin sentimientos, una autómata que solo viva para obedecer y complacernos. Porque no tendré ninguna compasión contigo. Ya te irás dando cuenta. —Seguía expulsándome su bilis;

—Y claro, que mejor forma que demostrarte cuánto te odio que no sea otra que castigándote. De momento vas a volverte a subir al maletero y vas a lamer todo lo que has meado. ¡Vamos!

Me arreó un azote con todas sus fuerzas en mi nalga izquierda que resonó en el garaje. Menos mal, que en aquel momento, no había nadie. Solté un pequeño grito de dolor.

—¡No chilles, pedazo de puta! —Me vociferó mientras me agarraba la cabeza estrellándola contra el suelo del maletero. —Ya puedes empezar a lengüetear porque no te vas a mover de ahí hasta que lo dejes limpio.

Mientras lamía todos mis meados mi Ama me azotaba el culo con todas sus fuerzas, nunca había visto ese grado de brutalidad. Estaba realmente asustada. Mi culo se empezaba a colorear de un rojo fuerte y seguía y seguía azotándolo.

Estuve lamiendo y recibiendo azotes cerca de diez minutos. Mi culo era un amasijo de piel roja con algún punto de sangre. Levanté un poco la cabeza para indicarla que había terminado. Agarrándome de la coleta me arrastró literalmente a la atura del parachoques delantero. Me tumbó boca arriba en el capó del coche.

—Quédate ahí quieta sin moverte.

Se bajó los vaqueros, quitándose una de las perneras del mismo. Hizo lo mismo con sus bragas y se subió sobre mi cabeza plantándome su coño en mi boca. Sin decir nada más, empezó a soltar un chorro abundante de pis agrio y caliente que yo tuve que beber apresuradamente. Cuando terminó, se apoyó sobre mi cara y me restregó la vulva para secarse.

—¡Límpiame el culo, guarra! —Se sentó sobre mi cara. —Saca la lengua y lame.

Rocé con mi lengua el agujero de su culo. Gracias a Dios, estaba bastante limpio. Poco a poco iba notando su excitación. Con sus manos se empezaba a tocar el coño. Para darla más placer, le penetraba el ano todo lo que podía, momento que ella usó para sentarse literalmente sobre mi cara y hacer fuerza. Esto provocó que me empezara a faltar el oxigeno. Tuve que abrir la boca todo lo que podía para intentar buscar aire en cualquier resquicio de su culo.

De repente, noté como una burbuja de aire maloliente y desagradable invadía mis fauces. A gran velocidad se levantó y me tapó con sus manos la boca y la nariz.

—Saborea el pedo que me acabo de tirar, guarra. ¿Te gusta eh?

Esta fetidez tan desagradable me provocó una arcada terrible, y el vómito empezó a subir por la garganta. Aún seguía con la boca sellada por sus manos que me impedía expulsarlo. Por todo ello y porque me estaba asfixiando, mi cuerpo empezó a convulsionar. Me vi morir en aquel instante.

Fue en ese momento cuando soltó la presión de sus manos.

—No potes. Como lo hagas, te lo tragas. —Gritó.

La verdad que mi primer impulso fue abrir la boca para poder tomar una bocanada de aire, pero me contuve porque si la abría, vomitaba seguro y ya me había dicho lo que pasaría. Así que intenté tranquilizarme respirando hondo a través de la nariz, hasta que pude controlarme y abrir la boca para respirar.

—A lo tonto me has hecho perder treinta minutos. —Protestó mi Ama. —Ya verás cuando se lo cuente a Alex. Vamos a casa. Sube desnuda, tal como estás. Pon las pinzas en su sitio y lleva la ropa en la mano. Vamos, puta. No tenemos todo el día.

Empezó a caminar dejándome atrás. Cogí las pinzas y con mucho cuidado me las coloqué. Tenía los pezones bastante inflamados, el dolor fue intenso pero no quería otro castigo por desobedecer. Cogí la escasa ropa y cerré el maletero.

Me aproximé hasta el ascensor a cuatro patas. Mi apariencia era desastrosa, estaba completamente despeinada y sudada. Mis tetas se bamboleaban y chocaban entre sí debido a la rapidez con la que iba para alcanzar a mi Ama. Los pezones estaban muy hinchados y sensibles con las pinzas zarandeándose al ritmo del movimiento de mis tetas. Mi culo seguía muy enrojecido y mis rodillas rojas y muy raspadas del tiempo que llevaba a cuatro patas. La ropa la transportaba como podía sujetada en una mano y ensuciándose con el polvo del suelo.

Llegamos al descansillo y abrió la puerta. Justo al entrar ya me empezó a dar órdenes,

—Vamos puta, a ponerte el plug de casa y limpia el que llevas puesto. Luego ve al salón. —Se escuchó la voz de mi Amo desde el salón.

—María, ven aquí ahora mismo. —La voz era firme y seria.

Alcé un poco la cabeza para ver a mi Ama, ésta seguía con una sonrisa de oreja a oreja. Sin decirme nada y sin cambiar la expresión se dirigió hacia el salón dejándome en mis quehaceres.

Cerré la puerta. Me quite el plug de calle y lo metí en la boca para limpiarlo. Acto seguido, ensalivé el tapón de casa y me lo coloqué de un empujón dentro de mi ano. A cuatro patas me dirigí al salón. Me senté en una esquina sobre mis talones con los muslos ligeramente separados para enseñar bien el coño. Me sentía sucia y con muchas ganas de que mi Ama me lavara aunque fuera con agua fría. El olor que desprendía a orín y semen era terrible. Me molestaban bastante los pezones, sensibles e inflamados a más no poder por las dichosas pinzas. Esperé instrucciones.

Mis Amos protagonizaban una pequeña discusión acerca del por qué tardamos tanto en subir.

—Yo qué te he dicho, que no te entretuvieras, ¿no?

—Sí, lo sé. —Contestaba mi Ama. —Pero es que se había meado en el maletero. Debía limpiarlo con su lengua y en vista de su insolencia no he tenido más remedio que castigarla ahí mismo. —Continuaba excusándose. —He tenido que azotarla un poco. Debe entender que no se puede hacer pis en el coche.

—¿Y si os hubiera visto alguien? ¿Qué habrías hecho? Una cosa es exhibirla desnuda que puede chocar pero de meros comentarios no pasaría, y otra muy distinta es azotarla en una zona pública. Por mucho que se lo merezca, que no lo dudo. No debemos actuar con esa inconsciencia. Ella es el animal, la cosa —Me señalaba soezmente. —Pero nosotros no.

Era increíble. Ahora resulta que yo había desobedecido. Que había sido insolente. No me preguntó, ni me dejó defenderme Estaba claro que no era ya nadie pero me dolía, todavía mentalmente me costaba adaptarme a mi nuevo estatus en la casa. Aun y así, permanecía callada.

—Supongo que habrá habido algo más, ¿Me equivoco? —Seguía mi Amo interrogándola.

—Bueno, alguna sutileza sí que ha habido. —Respondió titubeante mi Ama.

—Aclárate por favor. —Insistía mi Amo.

—Está bien Alex. Sabes que me excita mucho corregirla, sabes que de todos los castigos lo que más me pone es azotarla y claro, una cosa llegó a la otra… Me calenté.

—¿Cómo que te calentaste?

—Sí, cariño. Me mojé mientras la azotaba así que me bajé los pantalones y la obligué a que me comiera el culo. Es lo único que sabe hacer bien esta puta.

—¡¿Qué te comió el culo en pleno garaje pudiendo veros cualquier vecino que pasará por allí?!

—Sí, sí. Perdona cariño. No lo pude evitar.

—María, por favor. ¡Qué no vuelva a ocurrir! —Mi Amo ya gritaba fuera de sí. —No quiero espectáculos en lugares públicos que no podamos controlar. Hoy has tenido suerte, no vuelvas a tentarla. Si vuelve a pasar la subes a casa y aquí la castigas como mejor te parezca. ¿Entendido?

—No volverá a ocurrir, amor. Tienes toda la razón, pero a veces esta puta me saca de mis casillas.

—Vale. —Zanjó mi Amo la discusión. —Dúchala que huele a mierda y que luego nos prepare la cena.

Me duchó con agua fría y con el jabón y la manopla de fregar los platos. Previamente me metió por el culo la manguera de la ducha, llenándome de agua fría mis intestinos. Mientras me enjabonaba me prohibió expulsar el agua. Cuando terminó pude desahogarme cagando en la bañera todos los desperdicios acumulados en mi vientre. Como siempre, mientras realizaba todo esa operación, me llamaba guarra, puerca y epítetos parecidos y yo aguantando aunque, he de confesar que cada vez me afectaban menos sus calificativos pues poco a poco, ya iba interiorizando en lo que me estaba convirtiendo.

Salí de la ducha y me volvió a dejar quince minutos en la terraza para que me secara, pero esta vez me hizo poner antes el plug de casa, el que tenía la cola de perra, para que mi exhibición ante los viandantes, fuera más humillante y completa.

Posteriormente, les preparé la cena. Monté la mesa y espere en un rincón de la cocina sentada en la posición de sumisa.

Mientras cenaban me ordenó mi Amo que, por debajo de la mesa, me dedicara a comerle la polla, acción que hice entusiasmada. Pero claro, eso me produjo una excitación tremenda que no pasó desapercibida para mis Amos. Se vació en mi boca y sumisamente me tragué toda su corrida.

Como premio, me tiró al comedero las sobras de la cena y, como la perra que soy, degusté los preciados manjares que se dignó concederme.

Como cada noche, tuve que comparecer ante mis Amos para que evaluaran mi actitud del día e imponerme los castigos que me hubiera merecido.

—Antes de empezar a valorar tu conducta negativa, he de decirte algo. —Empezó a hablar mi Amo.

—Hace un rato me ha llamado el Sr. Notario y me ha dicho que le trataste muy bien. Que en tu culo te llevaste “un regalito que te dejó”. Sin que sirva de precedente y en vista de que el notario ha insistido, voy a dejar que tengas un orgasmo esta noche.

Me quedé con los ojos como platos, nunca esperaría que mi Amo, sin mediar súplica por mi parte, se dignara a concederme lo que ansiaba desde hacía ya tres años.

—No estoy de acuerdo. Alex. —Protestó mi Ama.

—Esta puta no es merecedora de ningún premio. Esta tarde, sin ir más lejos, como ya sabes, tuve que azotarla en el garaje por sus insolencias. —Te pido Alex que reconsideres tu decisión. ¡No puedes premiarla con un orgasmo! —Gritaba fuera de sí.

Yo seguía en el rincón sin decir nada. Necesitaba correrme. Pero no estaba segura si mi hermana con ese odio que me tenía iba a conseguir convencer a mi Amo para que revocara su consentimiento.

Rezaba porque no cambiase de opinión aunque tal acción no dependía de mí. Mi Amo zanjó la cuestión.

—Mira María. Conozco el odio que tienes a la puta y no te preocupes que después de esto, vendrá, los castigos que también ha sido merecedora de algunos y podrás desquitarte, pero se lo he prometido al notario.

—Además, —Seguía hablando. —No olvides lo de mañana. Será anillada y marcada y eso la dolerá, no lo dudes. Seamos benevolentes por una vez para que, al menos le quede un buen recuerdo de esta noche.

—Eres demasiado bueno amor. Esta puta no necesita ninguna consideración. Ella es feliz viviendo como el animal en el que se ha convertido. Bastante placer tiene cuando se la humilla y se la castiga y si no me crees, te mostraré algo.

—A ver, puta. Ven aquí. —Me ordenó mi Ama.

No sabía que quería exactamente pero, dócilmente me levanté y me puse de rodillas justo al lado de donde se encontraba mi hermana sentada en el sofá del salón.

—¿Ves cómo no la hace falta ningún orgasmo? —Se dirigía a mi Amo mientras introducía dos dedos dentro de mi coño y los sacaba mojados. —Está chorreando la muy guarra. El hecho de vivir así a esta fulana ya le supone estar constantemente salida, al borde del orgasmo. —Abre la boca y límpiame los dedos, puta.

Abrí mis labios y metió sin ninguna consideración sus dedos.

—Aún y así, voy a concederle ese privilegio por una vez y sin que sirva de precedente. —Zanjó la discusión mi Amo.

Respiré aliviada. Por un momento pensé que iba a revocar su orden. Y si, estaba mojada, no lo podía negar. Pero el hecho de mencionar mi Amo, aunque solo fuera la posibilidad de que tuviera un orgasmo, me había excitado sobremanera.

—Tienes un minuto para llegar a él. Pasado ese tiempo si no consigues tenerlo, no habrá ninguna prorroga.

—María, —seguía hablando. —Haz el favor de poner el cronómetro del móvil en marcha y tú, puta, prepárate. Empieza… Ya.

—Creía que nunca llegaría este momento. Abrí mis muslos lo más que pude. Cerré los ojos y con mi mano derecha empecé a estimular mi clítoris. Jadeaba como una posesa. Estaba tan salida y tan mojada que no tuve que hacer mucho más. Me llegó el orgasmo en menos de un minuto. Me salió de la vagina un squirt impresionante que provocó se acumulara un gran charco muy cerca de mis piernas.

Me quedé súper relajada pero a la vez me temblaban los muslos. Ya no estaba acostumbrada a tanto placer y además en presencia de mis Amos sin merecer ningún castigo por ello.

—Bien puta. Has conseguido lo que querías. —Grito enfadada mi Ama. —Ahora a cuatro patas y con tu lengua ya estas limpiando el chorro ese asqueroso que ha salido de tu coño. ¡Vamos, deprisa!

No debía enfadarla más de lo que ya estaba. Rápidamente me puse a cuatro patas y bajé la cabeza. Con la lengua estuve chupando el suelo. La verdad que el líquido que había soltado era acuoso pero sin ningún sabor determinado. En pocos minutos deje totalmente limpio el suelo del salón.

—Ahora que ya te has desahogado. Pasemos a temas más importantes. —Exclamó mi Amo.

—Tiene pendiente un castigo por olvidarse esta tarde los zapatos y hacernos pasar vergüenza en la notaría. Y otro por guarra, al mearse en el maletero del coche.

—Pero eso ultimo, ¿no la habías ya castigado en el garaje? —Preguntó mi Amo.

En ese momento, la verdad que no atendía mucho al dialogo que estaban manteniendo con respecto a los castigos que debían imponerme. Estaba relajada, me había conseguido correr y estaba disfrutando el momento. Seguían hablando,

—No Alex, eso fue un simple adelanto. Es una cerda que tiene que ser corregida constantemente. Si te parece, el castigo por haberse olvidado los zapatos debería ser azotarla las plantas de los pies con la fusta, y por haberse meado azotarla el coño con el látigo.

—Me parece acertado. En cuestión de castigos tú eres la experta. Pero debo recordarte que el coño, en mi modesta opinión, no se le debería azotar el día antes de ser anillada. No vaya a ser que se te vaya la mano y se inflamen sus labios vaginales y nos diga la veterinaria que esperemos hasta que se le baje la hinchazón.

—Eso no Alex. —Se asustó mi Ama. —Debe ser taladrada, marcada y anillada mañana, no quiero esperar más tiempo.

—Entonces mi consejo es azotarla las plantas de los pies y posponer el castigo del coño para más adelante.

Fue entonces cuando me di cuenta de la verdadera realidad. Mañana me iban a marcar y el día antes estaban discutiendo sobre qué castigos aplicarme. Empecé a temblar.

—Si no hay más remedio lo aceptaré. —Replicó mi Ama con voz lacónica. —Pero a cambio tienes que concederme algo. No me basta solo con azotarla las plantas de los pies. Tiene que sufrir algo su asqueroso coño que es de donde ha salido su meada. Ah, ya se, sí te parece bien, le metemos el huevo vibrador, y lo ponemos a potencia considerable toda la noche. Eso la mantendrá en una excitación constante y no la dejará dormir mucho. Pero no le afectará el coño y la podrán anillar mañana. —Volvía a tener ese brillo malévolo en sus ojos cada vez que se le ocurría una nueva tortura.

—Me parece correcto. —Concluyó mi Amo. —Ahora solo nos falta fijar el número de azotes en la planta de los pies. Veinte fustazos en cada uno. —¿Te parece correcto María?

—Que blandito eres amor. Sube cinco más. Veinticinco fustazos en cada pie. Y déjame dárselos a mí, sabes que disfruto con ello.

El temblor en mi cuerpo ya era considerable. Me iban a endosar un total de cincuenta azotes, veinticinco en cada planta del pie y encima agradecerles que no me azotaran el coño. Me salían las lágrimas a raudales. Eran muchos, no iba a poder caminar con normalidad en una temporada porque, además, iba a ser mi Ama quien me los iba a dar con lo sádica que era cuando se trataba de azotarme.

—¿Estás de acuerdo, puta?, ¿Crees que te mereces esta corrección? —Preguntó mi Amo.

Mi hermana me miraba fijamente. Sabía que esa pregunta iba con trampa. Si suplicaba una rebaja por excesiva, seguro que entonces me ampliaría el número de azotes. Me armé de valor y sin poder aguantar las lágrimas pude decir;

—Sí, mi Amo. Merezco el castigo por ser una estúpida olvidadiza y una guarra que no sabe contenerse el pis.

—Entonces perfecto.

—Deberíamos comprar, con su tarjeta. Claro, un potro para poder atarla y azotarla con más facilidad —Comentó mi Ama.

—Me parece una idea excelente. —Respondió mi Amo. —Mañana la compramos por internet. Vamos puta, ve a la habitación y en la cómoda de los accesorios tráete la fusta y el huevo vibrador. —Me ordenó mi Amo.

Fui a por lo que me ordenaron. La fusta era de cuero y alargada, ideal para azotar espacios estrechos del cuerpo como las plantas de los pies. Del huevo ya pude comprobarlo, en mis carnes, el día que apareció mi hermana en la oficina. Cuando llegué a la altura de mi Ama, de rodillas alcé los brazos y le entregué la fusta y el huevo vibrador. Estaba muy nerviosa y con mucho miedo.

Me ordenaron que me tumbara en el suelo boca abajo. Me ataron las manos a la espalda y me hicieron doblar las rodillas. Con la cuerda sobrante, me ataron los tobillos. Quedé totalmente inutilizada y con las plantas de los pies en paralelo al techo de la habitación, expeditos para sufrir el castigo anunciado por mi Ama.

—Serán veinticinco en cada pie. Vas a darme las gracias por cada azote. Porque está visto que te gusta recibir golpes.

Empecé a llorar a moco tendido. No entendía tanta saña. Ya, el mero hecho de hacerme ir por la calle descalza pensaba que era suficiente castigo pero me equivoqué. Mi Ama disfrutaba al azotarme. Pero al contrario de lo que suponía, mis lloros hicieron el efecto contrario y la cabrearon más.

Descargó con todas sus fuerzas la fusta en la planta de mi pie derecho, grité todo lo que mis pulmones fueron capaces y dando las gracias a continuación.

—No chilles tanto. Como se quejen los vecinos, te daré el doble de golpes. De todas formas no me fio de ti. Voy a por la mordaza.

Al cabo de unos minutos me metió en la boca una especie de bola que me hacia tener la boca entreabierta y me dificultaba los gritos. Cerró con fuerza la hebilla y quedó la esfera totalmente incrustada en el centro de mi boca. Ya, sin ninguna dificultad, fue descargando uno a uno los azotes acordados en mi castigo.

—No te quejes tanto, con la mordaza no tendrás que darme las gracias, puta. Eso que te he ahorrado. —Reía mi Ama.

Mis gritos salían ahogados. Nunca me habían azotado ahí y a fe puedo decirles que el dolor era punzante y muy quemante. Esa zona era más delicada de lo que me parecía y con terminaciones nerviosas lo que acrecentaba el dolor cada vez que la fusta chocaba y golpeaba la piel. Y lo que es peor, a mi Ama le gustó y con el tiempo fue azotándome esa parte del cuerpo con mayor asiduidad. Nunca pude acostumbrarme a ese suplicio.

Cuando terminó, la saliva se me iba escapando por la comisura de mis labios se acumuló en el suelo haciendo ya un pequeño charquito.

—Espero que esto te sirva para algo. —Me gritó, toda sudorosa por el esfuerzo.

Me desataron y me quitaron la mordaza. Tenía las plantas de los pies en carne viva. Por un momento agradecí que me hicieran ir a cuatro patas, seguramente me hubiera dolido tener que posarlas en el suelo y, mucho menos, tenerlas que meter en un zapato.

Por si fuera poco, me hicieron limpiar con mi lengua las babas que se habían acumulado en el suelo producido por culpa de la mordaza. Mi Ama, me hizo abrir las piernas y me introdujo el huevo vibrador lo más adentro que pudo. Ahora tenía mis dos agujeros rellenos.

—Vámonos a dormir. Mañana tenemos cita con la veterinaria.

Me ordenaron meterme en la jaula y el sadismo de mi hermana parecía no tener fin porque me ató las manos a la espalda con la excusa de siempre, para que no me tocase.

El caso es que así me dejaron. Cerraron el candado a mi espalda y la puerta del armario. Me quedé a oscuras, de rodillas, con las manos atadas y llorando desconsoladamente por el dolor y el escozor que sentía en mis pies. Muy caro me salió el orgasmo, pensé.

Y mañana me taladrarían y me marcarán. Lloré en silencio. En ese momento el huevo empezó a vibrar considerablemente y con ello mi coño empezó a expulsar babas y fluidos. La excitación fue en aumento. Creía morirme de placer. En el momento que parecía me llegaba el orgasmo, el huevo bajaba la vibración, con lo que me mantenía en una constante excitación pero sin poder correrme. Y sin poder tocarme al tener las manos atadas a la espalda. Un duro castigo que, como comentó mi Ama, no me dejaría dormir mucho.

Continuará.