Xtories

El Club de Pintura (y IV). Adrián

Elena siempre se resistió a la provocación de Adrián, pero la tensión en el estudio es insoportable. Cuando el masaje se convierte en algo más, ella huye al baño buscando refugio, solo para encontrar al modelo esperándola. Ahora, con la puerta cerrada y el corazón latiendo a mil, Elena debe decidir si mantener su dignidad o entregarse al placer prohibido que la consume.

JL Noir3K vistas8.7· 12 votos

Adrián, 26 años, modelo atractivo, relajado, de esos que tienen una belleza insultante y una actitud provocadora. Acepta posar desnudo y pronto percibe el efecto que causa, jugando discretamente con ello, o no tan discretamente.

Después de que tres de las mujeres ya hayan pasado por la piedra. Adrián tiene entre ceja y ceja a Elena. La modosita que aún se resiste a sus encantos. Y el tiempo se agota, pues ya queda poco para que las mujeres terminen sus cuadros.

Pero Adrián no es el único que quiere que Elena caiga, Vera se ha propuesto el mismo reto, y su poca vergüenza es su mejor arma. Veamos que ocurre el último día de la clase de pintura.

- Chicas... Adrián se ha portado como un campeón. Hoy es la última clase y creo que el chico se merece un premio ¿No creéis?

Y la verdad es que todas estuvieron de acuerdo. Posar quieto y desnudo, no debe de ser nada fácil.

- Se me ha ocurrido que... - Prosigue Vera - Adrián podría elegir a una de nosotras para... para que le haga un masaje - Dice picarona

Adrián levantó las cejas y sonrió, esta era una oportunidad de oro - Os lo agradezco mucho. La verdad es que me vendía muy bien. La postura sostenida durante tanto tiempo me carga los músculos. Para que me haga el masaje... elijo a Elena.

La chica dio un respingo, como si se hubiese electrocutado - ¿Yo?

Claudia que ya se olía por donde iban los tiros, le dio un empujoncito a su compañera - Vamos Elena, no seas tímida. El ha hecho mucho por nosotras ¿No se lo vas a agradecer?

- Si, bueno... - Elena dejó los pinceles y se acercó al muchacho - recordó lo que le pasó el primer día y le entraron los calores. Y ahora... ahora iba a tocar ese cuerpo. Un hombre desnudo.

Lo miró de reojo, con vergüenza y llevó las manos a los hombros del joven "Por Dios, como lo tenga todo así de duro..." Piensa para sí misma. Y la mirada se le escapa más abajo. Donde aquel coloso luce en reposo, pero aún así es imponente. A apenas unos centímetros de su vestido. Elena traga saliva.

- Elena... - La chica da otro respingo, como si temiera que le hubiese leído los pensamientos - Elena - Repite Adrián

- ¿Si? - Lo mira a los ojos, de frente, sus manos caen ligeramente hacía sus pectorales de forma inconsciente.

- Lo que más tenso tengo, son las piernas - Él no se corta, va a por todas.

Elena parpadea dos veces seguidas, se ruboriza un poco - Ya... - Su fuego interno sigue aumentando. Claro que eso implicaba...

Pero aún se resiste. No es una cualquiera, tiene novio y... ha de ser fuerte. Así que... lo rodea y se arrodilla a su espalda. Sus pequeñas manos se aferran a los muslos de Adrián, mientras trata de no mirarle las nalgas "Si está hecho una roca..." - Estás... tenso - Dice por fin.

- Sí. aprieta fuerte - Responde y mira a las mujeres que tiene delante. Ve sus sonrisas de complicidad y a Isabel abanicándose con la mano.

Elena se centra ahora en las pantorrillas y Adrián se le ocurre una maldad. Despacio lleva la mano a su falo y comienza a auto-estimularse. Mientras Elena, ajena a todo, recorre los gemelos, amasando.

- Ahora por delante - Y sin darle tiempo a reaccionar gira sobre si mismo, rompiendo su postura de posado y apuntando con su gruesa y dura arma al níveo rostro de Elena, que durante unos momentos se queda el shock.

A apenas unos centímetros delante de su rostro se levanta el titán. Desde su privilegiada posición puede ver las venas que surcan el mástil orgulloso, es más... lo huele. El olor a hombre, a masculinidad. Mientras una gota transparente comienza a formarse en la punta.

Con los ojos grandes, cual gacela deslumbrada por los faros de un coche, ni parpadea. Y comienza a sentir el picor allá abajo en su entre pierna "mierda, no..." Aprieta los muslos con fuerza, pero su cuerpo se ha puesto a trabajar, su vagina comienza a segregar lubricante, su sexo no piensa, solo se prepara para ser follada por en buen ejemplar masculino, su coño se prepara para la procreación.

Se escucha una risilla por parte de Vera - Vamos, Elena, métele ritmo, que eso no se esculpe solo.

- ¡Ojo cómo le late! Se nota que le gustas... - Hasta Isabel se ha excitado con el espectáculo. Pero su apreciación es cierta. El cipote parece tener vida propia y se mueve ligeramente, como un enorme puente cimbrea por el paso de los camiones.

Elena, está ya roja del todo, cada vez más excitada por ser el centro de atención y por ver cómo Adrián reacciona. "Esto no se parece a lo que tengo en casa. Ni de cerca." La idea la desconcierta… pero también la excita. Su respiración se entrecorta. Siente que podría llegar a correrse solo con imaginarse esa diferencia física.

La muchacha solo reacciona cuando se da cuenta de que sus braguitas están empapadas. Y de pronto siente temor. De ella misma. De lo que sería capaz de hacer, de lo que sentiría con esa gorda tranca abriéndola, ensanchándola desde adentro y follándola sin piedad...

La tensión en el ambiente es máxima. Las mujeres expectantes por lo que está por suceder. Adrián se siente poderoso por su influencia sobre Elena y excitado más allá de lo evidente. Ella es el reto, el objetivo.

Pero en ese momento Elena se levanta casi de un salto. Jadeando, temerosa y excitada a la vez.

Elena corrió por el salón con las mejillas enrojecidas y las manos aún temblorosas, huyó como un pajarillo asustado. El calor subía desde su vientre como una corriente eléctrica, viva, indomable. No podía pensar. No podía mirar a nadie. Solo quería aire. Agua. Silencio.

Entró al baño y cerró la puerta tras de sí. Se miró al espejo: los labios entreabiertos, las pupilas dilatadas, los pezones marcándose bajo la camiseta.

—Joder… —susurró, tocándose la frente con la palma.

No era la primera vez que entraba a ese baño con Adrián latiéndole en la cabeza, al igual que parecía estar latiendo su clítoris. Ya lo había hecho aquella primera sesión. Entonces se había tocado en secreto, con la puerta cerrada y la culpa mordiéndole los dedos. Pero ahora… ahora aún lo olía a él. A su piel caliente. A su polla dura.

Abrió el grifo, se echó agua en la cara, pero no sirvió de nada.

Escucha movimiento en la sala, las mujeres se van. Elena ha perdido la oportunidad, o a conseguido mantener la dignidad, según como se mire, pero... esta vez las cosas no iban a ser igual.

La puerta del baño se abrió sin previo aviso.

—¿Te acuerdas de la primera vez que entraste aquí? —dijo la voz grave de Adrián, cerrando mientras avanzaba hacia ella.

Elena se quedó paralizada. No se giró. Su reflejo le mostró a Adrián detrás, tan cerca que podía sentir su aliento en el cuello.

—Te escuché, ¿sabes? —murmuró él—. Aquella vez… mientras todas hablaban. Cerraste esta puerta, y empezaste a gemir. Estoy seguro de que susurraste mi nombre. Como una puta dulce.

Elena tragó saliva, los muslos tensos. No podía moverse.

—Yo… no sabía que me oías —balbuceó.

—Pero lo hiciste igual. Con las braguitas mojadas, con el coño suplicando. —Le apartó el pelo del cuello y le besó la piel del cuello, con una lentitud cruel—. Hoy no tienes que hacerlo sola.

Ella giró la cabeza apenas unos centímetros. Lo suficiente para que él viera sus ojos, desorbitados.

Con una sonrisa, Adrián cubre las manos de ella con las suyas - No tengas miedo, lo estás deseando... - Lentamente acompaña sus manos, acortando la distancia, hasta que hacen contacto con ese tótem grueso y caliente. Ella suplica con la mirada, pero no se aparta.

Adrián mueve las manos de la chica sobre su gruesa polla, le muestra la presión con la que le gusta que se la agarre — Así... muy lento. Eso es.

Ella no puede cerrar la mano sobre el tronco, pero comienza a recorrerlo. Tantea, repliega la piel y la estira, luego tantea esa gorda cabeza y entonces mira abajo, a lo que tiene entre manos. Adrián ha retirado las suyas. Ni con las dos manos lo cubre. Una se queda cerca del glande y la otra baja más abajo, hasta los testículos, le sorprende también lo gordos y pesados que son.

Adrián sonríe, paciente, comprensivo. La besa. Los labios se unen se necesitan, al igual que las lenguas. Con bastante habilidad desabrocha el botón del pantalón de ella. Los baja. Su mano busca por encima de las bragas - Joder, estás chorreando - Le mordió el lóbulo de la oreja—. ¿Tanto deseas ser follada?

—No es eso... —susurró ella, por fin negando con palabras, pero cediendo con el cuerpo, arqueando la espalda hacia atrás, entregada. Apoyó las manos sobre la cerámica fría, jadeando.

Él le baja también las bragas y su mano toca directamente su sexo, está ardiendo, sus dedos se empapan. Rozan los labios, el clítoris hinchado... y ella... gime en ese momento mientras sus dedos reactivos aprietan lo que tienen entre manos. Pero su polla es dura y apenas se resiente por la fuerza de ella.

—No vamos a perder el tiempo esta vez, Elena —dijo él, y se colocó detrás, empujándola nuevamente contra el lavabo.

- Adrian... - Suplicó y notó que lo que ahora acariciba su sexo no era una mano. Era una polla enorme, depredadora, y esa polla no era la de su novio - Adrián...

- Eso es. Di mi nombre - Que no quiere entender esas palabras como un freno, sino como parte de la situación excitante.

La cabeza morada encontró la abertura - ¡Mierda, Adrián! - Aquello fue casi un grito. Pero no, no dijo "para" ni "detente", ni siquiera "ponte un condón". En cambio sintió como aquella polla ya no solo estaba encajada sino que comenzaba a invadirla. Agrandando su orificio. Sintió una punzaba de dolor. Se puso de puntillas de forma involuntaria, tratando de escapar, cuando su coño ya había decidido que quería ser follado, quería ser atravesado por completo

- ¡Aaahhh! - Gimió y se corrió. De nuevo como una corriente eléctrica que recurrió las partes más sucias de su sexo.

Ella estaba en éxtasis y en ese momento Adrián empujó y entró media polla

- ¡Aaaaah! - Gritó de nuevo Elena poniendo los ojos en blanco.

Y la tercera embestida fue la definitiva. Elena se sintió empalada, empotrada contra el lavabo, llena como nunca. Y sentía un placer irreal, no sabía si se había corrido por segunda vez o si el primer orgasmo aún no había terminado.

—¿Así te la imaginabas? —le preguntó al oído, empujando otra vez—. ¿Así de grande, de gruesa? ¿O se te quedaba corta la fantasía?

Ella solo pudo asentir con la cabeza, sin palabras. Cada embestida la empujaba contra el lavabo, contra el espejo. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el baño.

—Eres mía ahora —gruñó él, cogiéndola por el cuello, sin apretar, solo marcando territorio—. Tu noviecito no te la mete así, ¿verdad?

—No… —gimió ella, temblando—. Nadie me lo ha hecho así…

Adrián la levantó ligeramente, sin salir de dentro, y la hizo mirarse al espejo. Su expresión era pura lujuria.

—Mírate. Míranos. Quiero que recuerdes esto cada vez que entres aquí.

Elena obedeció, los ojos brillantes, las piernas abiertas, la carne enrojecida por el placer.

Y él comenzó a embestirla con regularidad y potencia. La polla desgarraba y expandía, la llenaba por completo para dejar una sensación de vacío al salir. Ella mantenía la boca abierta y la mirada perdida. Toda su vagina ardía y no... no podía ni quería hacer nada por evitarlo.

El sonido de chapoteo y los gemidos se volvieron intensos. Adrián aceleró los movimientos, hasta que todo su cuerpo se tensó. Él se corrió dentro, gruñendo su nombre con la voz rota, inundándola con una intensa corrida y la retuvo por las caderas apretándola, hasta que ambos dejaron de temblar.

Silencio. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas. El semen la había llegado hasta lo más profundo de ella y poco a poco una parte comenzaba a retroceder. Pero la polla hacía de tapón y nada podía escapar.

—No sé si volverás a tocarte en este baño —le susurró él, besándole la nuca—. Pero ahora sabes cómo se siente de verdad.

Elena no podía moverse. Sentía las piernas como gelatina y el coño latiéndole, hinchado, goteando mezcla de placer y culpa. Podía sentir perfectamente el líquido caliente del macho, la quemaba, un líquido que la quería preñar. Apoyó la frente contra el espejo mientras Adrián se retiraba con lentitud. Fuera el tapón, un hilo tibio comenzó a deslizarse por su muslo, marcando su piel.

—Vas a volver con él esta noche, ¿no? —preguntó Adrián, aún con la voz rasposa.

Elena asintió muy despacio, todavía de espaldas a él.

—¿Le vas a dar un beso? ¿Vas a dejar que te abrace con mi corrida chorreándote por dentro?

Ella cerró los ojos, mordiéndose el labio. Era sucio. Repugnante. Irresistible. Esos comentarios hicieron que odiase y deseara a Adrián a partes iguales, porque... no podía negar que era morboso imaginarlo.

—No digas eso… —susurró, sin convicción.

Adrián la abrazó por detrás, las manos en su cintura desnuda, acariciándole el vientre con ternura brutal.

—Le vas a mirar a los ojos —murmuró—. Le vas a decir que le echaste de menos. Que pensaste en él.

Ella tragó saliva, con las pupilas aún dilatadas. Su reflejo les mostraba como si fueran dos desconocidos en un crimen compartido.

—Y mientras tanto —siguió él, arrastrando los labios por su hombro— vas a seguir notándome dentro. Vas a apretar las piernas en el metro para que no se te escape ni una gota.

Elena no podía más. El morbo le mordía el alma. No sabía si odiaba más a Adrián o a sí misma por querer repetirlo todo desde el principio.

—¿Qué te va a decir cuando te quite la ropa? —continuó él, susurrándole al oído— ¿Va a notar la diferencia? ¿Va a ver que estás más abierta? Que ya no aprietas igual.

Ella se giró por fin, lo empujó contra el retrete donde él cayó sentado, y lo besó como si fuera a romperle los labios. Desesperada. Con rabia.

—Calla… calla de una puta vez —le dijo entre dientes, montándose sobre él, sin pensar, sin freno—. Solo fóllame otra vez. Ya no quiero pensar en nada.

Adrián se rió entre dientes, agarrándola del culo para levantarla.

—Así me gusta. Bien puta. Que lo disfrutes ahora, y que sufras esta noche cuando él te diga que te ama.

Ella se dejó caer sobre su polla, sin esperar, sin hablar, empapada, rota y hambrienta.

El sonido del grifo goteando, los jadeos contenidos, y esa maldita sensación de que todo había cambiado. Que ese baño, ese maldito baño, era ahora el lugar donde había dejado de ser “la chica buena con novio”.

Y lo peor, o lo mejor, es que no quería volver atrás.

Elena cabalgaba sobre Adrián con los muslos temblando, las manos en sus hombros y la frente húmeda de sudor. El inodoro del baño retumbaba levemente con cada embestida.

—No pares… —jadeó ella, con los ojos entornados y la voz ronca.

Adrián le sujetaba la cintura con una mano, la otra en su nuca, empujándola hacia sí. Cada vez que entraba hasta el fondo, Elena soltaba un gemido ahogado, intentando no gritar. Había algo perversamente delicioso en saberse en ese baño, en esa postura, después de semanas de tensión contenida.

—Dime que es mejor que con él —murmuró Adrián, lamiéndole el cuello.

—No… no es lo mismo… —balbuceó ella, sin saber si era verdad o mentira— contigo es… demasiado.

Él sonrió contra su piel, saboreando su rendición.

Pero entonces, desde el pasillo exterior, se oyó el chirrido de la puerta del estudio.

—¿Elena?

La voz. Inconfundible.

El cuerpo de ella se tensó de golpe, como si alguien la hubiera electrocutado.

—¿Mario? —susurró, empalideciendo, sin moverse—. No… no puede ser…

Los pasos se acercaban. Adrián no dejó de moverse.

—No te pares —le ordenó, entre dientes—. Ahora no. Silencio sales ahora, sabrá que pasa algo.

—Estás loco… —susurró ella, pero no se movió.

—¿Estás en el baño? —se oyó desde fuera—. ¿Elena? ¿Estás bien?

El picaporte se movió.

- ¿Echaste el pestillo, verdad? - Susurra Elena a Adrián con los ojos como platos.

Y la puerta se abrió.

Mario.

La imagen congelada: su novia semidesnuda sobre otro hombre, las piernas abiertas, la espalda arqueada, jadeando. La cara de Elena de puro pánico. Y Adrián… mirándole directamente a los ojos mientras seguía empujando muy, muy despacio dentro de ella.

—¿Qué…? —balbuceó Mario, paralizado—. ¿Qué coño…?

Elena quiso bajarse, cubrirse, desaparecer… pero el cuerpo no le respondió. Su coño palpitó con fuerza, como si esa mirada de su novio lo excitara más aún.

Adrián, muy tranquilo, murmuró:

—¿Quieres quedarte a mirar… o prefieres cerrar la puerta?

El silencio fue irreal. Mario respiraba como si le hubieran golpeado en el estómago. Elena lo miró, descompuesta, pero sin dejar de moverse sobre la polla que la llenaba como nunca.

Adrián volvió a empujar, más fuerte.

—Se va a correr, ¿sabes? —le dijo al chico—. Tu novia se va a correr por segunda vez conmigo dentro. Puedes hacer algo… o dejarla disfrutarlo.

Y entonces Mario cerró la puerta. Despacio. Sin decir palabra.

Adrián miró a Elena, cuya cara era una mezcla demencial de terror y lujuria.

—Vas a recordar esa cara toda la vida, ¿eh?

Elena apretó los labios… y se vino con un gemido desgarrado, con el cuerpo entero estremeciéndose sobre él, clavándose más fuerte, sin redención posible.

—Sí… —susurró, jadeando—. Nunca se me va a olvidar…

La puerta exterior del estudio se cerró de un portazo. Un sonido que se le clavó a Elena como un disparo.

—No… —susurró ella, con un hilo de voz—. No puede haberse ido…

Adrián seguía dentro de ella, aún duro, aún dueño de su cuerpo tembloroso. La miró con una calma salvaje, como si lo que acababa de pasar no fuera más que una anécdota. Una confirmación más.

—Sí puede —dijo él al oído—. Se ha ido. Y te ha dejado así. Conmigo dentro. Con tu coño chorreando por otro.

Elena cerró los ojos, pero las lágrimas le resbalaron igual por las mejillas. La vergüenza, la culpa, el vértigo… todo se le vino encima como una ola negra.

—Yo… —sollozó—. No quería que fuera así. No quería…

—Pero querías esto —le susurró él, empujándola una vez más, lento, firme—. Querías mi polla dentro de ti

Ella se agarró a sus hombros, derrotada.

—No sé qué me pasa contigo… No sé por qué… no puedo parar…

Adrián sonrió, y con una suavidad cruel, la levantó y giró de nuevo de espaldas, para que se viera reflejada en el cristal del lavabo. La penetró de nuevo por detrás, sin avisar, mientras ella se aferraba a las paredes del cubículo del retrete, como si fuera a desplomarse.

—Porque nunca te habían follado así, Elena. Porque conmigo no te portas bien. No tienes que fingir que eres una buena chica.

Sus caderas chocaban contra su trasero con un sonido húmedo, brutal. Cada embestida le arrancaba un suspiro mezcla de llanto y placer.

—Tu novio te ha dejado. Te ha visto con otro dentro… y no ha luchado. Se ha ido. ¿Y tú? Tú te has quedado.

—¡Cállate! —gimió ella, con los ojos nublados y los labios mordidos—. ¡No quiero pensar en él ahora!

—Pero piensas. Y eso te pone aún más caliente, ¿a que sí? Saber que ya no hay marcha atrás. Que ahora eres mía.

Elena se corrió otra vez, y más que gemido, fue un grito lo que emitió; acompañado de un espasmo profundo y una cantidad enorme de flujo, jamás había sentido algo así. Con el cuerpo arqueado hacia atrás, como si quisiera fundirse con él. Con su humedad mojando las pelotas de adrián.

Y él... la acompañó esta vez, terminando de nuevo dentro de ella, y no dijo nada. Solo la abrazó por la cintura, la frente contra su espalda, lamió el sudor de la chica, mientras ella se miraba en el espejo empañado… con los ojos rotos y las piernas temblando.

Ya no era la misma.

Mario se había ido.

Pero Adrián…

Adrián se había quedado.

Dentro.

Llenándola, como nadie había hecho antes.