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Dominaciónmay 2025

Obedecí las órdenes de un lector (2)

Él sabía que no debía hacerlo, pero la tentación de verla quebrarse era demasiado fuerte. Cada orden era un paso más hacia la humillación, y cada 'no' suyo solo alimentaba su deseo de control. Esta noche, las cortinas están cerradas, pero la vergüenza y el placer no tienen puerta.

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A raíz de mi primer relato, en el que os conté cómo obedecí las órdenes de un desconocido, no fueron pocos los lectores que decidieron enviarme un mensaje en respuesta. Sabía que generaría ese efecto, pues al exponerte de manera tan personal y sincera corres el riesgo de que muchos quieran opinar.

Algunos me felicitaban. Por mi buena escritura y por el morbo que les había causado, decían. Y es que la mayoría fue amable y respetuosa, aunque también hubo quienes pretendieron darme lecciones. De forma muy paternalista, me explicaban todas las razones por las que no tenía por qué avergonzarme por lo que hice. Gracias, pero ya lo sé. Soy mayorcita y sé en qué consiste la sumisión, no hace falta que os preocupéis tanto. Les contestaba, además, que no soy ninguna sumisa sino, más bien, todo lo contrario. O… bueno, por lo menos eso pensaba entonces…

Como en mi relato confesaba cómo un lecto cualquiera me convenció para que me desnudase y me arrodillase en el duro suelo de mi habitación, tampoco faltaron los que quisieron emular dicha hazaña y trataron que me sometiera a ellos. ¿Pero quienes se habían creído? ¿Es que no leyeron, además, lo que dije sobre que no me prestaría otra vez a una cosa como esa? ¿Tan débil mentalmente me consideraban para pretender doblegarme con un patético “se mi esclava”? Otros, en cambio, trataron de seducirme con grandes palabras y un lirismo de pésimo gusto. Me sentía, sin duda, por encima de todos ellos.

Por otro lado, y esto sí me sorprendió un poco, hubo quienes, lejos de intentar dominarme, directamente se me ofrecieron como sumisos. Me parecieron adorables, pero sinceramente no despertaron mi interés en absoluto. Les deseo, eso sí, que encuentren pronto a una buena ama a la que servir y así puedan resultar útiles por una vez en su vida.

Como supondréis, vengo a contar algo más que la simple colección de pintorescos individuos con los que me topé y es que, entre todos ellos, un mensaje volvió a conseguir algo más que entretenerme…

Quizá fue su simpleza, su aparente autenticidad. No parecía una fórmula trasnochada para intentar atraerme, era mucho más vulgar pero efectivo que todos los demás y parecía tener personalidad propia. Sin palabrería ni florituras, lo primero que hacía era reírse. Reírse del hecho, según dijo, de que me hubiese convertido en la sumisa de un desconocido. Eso no era cierto, le contesté, y añadí que no sabía qué le hacía tanta gracia, pues no tolero que se rían de mí de esa manera, me resulta humillante. Él tan solo insistió en recordar “las bragas en mi boquita”, y se preguntaba de qué más sería capaz de hacer cuando estuviese cachonda.

Le expliqué, no sin cierto enfado, que cachonda no haría nada que no quisiera hacer. Por un momento pareció que nos habíamos entendido, pero él siguió riendo. Se puso entonces a fantasear con lo que le gustaría que el autor del primer mensaje me ordenase a continuación. Deseaba que me contestase con un “buena chica” y me mandase abrir bien las nalgas para que luego acabase azotándome a mí misma. Como lo leéis. Yo, otra vez, incrédula ante la inagotable osadía de la gente. Evidentemente, enseguida entendí que lo que realmente pretendía era ser él el que tuviera el poder para obligarme.

Le contesté, tajante, que quien me había dominado en primer lugar no tendría tan mal gusto como para pedirme algo así y de manera tan vulgar, aunque en realidad esto ni siquiera lo pensaba de verdad, aquel mensaje no destacaba, precisamente, por su elegancia. A él debieron ofenderle mis modales, pues quiso retirar el “buena chica” de su hipotético mensaje y decidió que dichos azotes servirían como castigo. Se recreó, además, en el hecho de que confesara en mi relato que tengo las nalgas sensibles. No debí decir eso…

Volví a confrontarle y le recriminé su actitud insolente, pero sus amenazas solo fueron en aumento. Ahora, deseaba ser él mismo quien me diese esos azotes en mis vulnerables nalgas.

Sin vacilar, le contesté que, evidentemente, se iba a quedar con las ganas. Pero entonces él subió la apuesta. Quizá él se quedase con las ganas “pero tú no”, contestó, y añadió su primera orden directa “hazlo”.

Ahora empieza cuando esto se pone humillante para mí, y es que, lo admito, su particular insolencia había conseguido excitarme. Me ablandé un poco y se me notó, y él debió pensar que había quebrado mi voluntad, pues ya lo celebraba con órdenes cada vez más específicas. Sin embargo, como ya dije la vez pasada, soy una chica fuerte y segura de sí, así que me repuse y le contesté con un árido y simple “No” y cerré el correo.

Creí que todo había acabado ahí, pero… como la vez anterior, con el paso de los días, aquellas órdenes tan groseras volvieron a hacer mella en mis pensamientos. Penetraron por la pequeña grieta que lleva a mi mente a ver como una buena idea el dejarme humillar por un desconocido. La imagen de mí misma, una chica joven, guapa, atractiva, tan buena como estoy, joder, que no me merecen, golpeando mi culo abierto ante el ordenador solo porque un cualquiera lo deseaba me parecía tan ridícula como excitante. De nuevo, mi lado sumiso volvía a tentarme.

“Cuantos azotes tengo que darme”, contesté, resignada a prestarme a su estúpida ocurrencia. Respondió su risa primero y el “buena chica” después. Sabía que me tenía. Corrí las cortinas y puse música para evitar que mis vecinos escucharan los azotes. Me bajé los pantalones y las bragas y, orientando mi trasero hacia la pantalla, como me había ordenado, comencé a golpearme. De nuevo, podría haberme inventado que me había dado esas “nalgadas” como él las llamaba. Pero me las di, abriendo mi culo con mi otra mano, exactamente como me había indicado. Una visión patética, pero seguro que todos y todas, y él el primero, desearíais tener...

A pesar de mi culo dolorido comencé a tocarme. Verme así de entregada me había puesto muy cachonda. Tanto, que cometí el error de confesarle que me estaba masturbando. Me hice la dura, pero él supo lo aprovechar mi momento de vulnerabilidad para conseguir, después de insistirme, que le llamase amo. Yo, como una idiota, cedí. “Sí, amo”, escribí. Mientras, él celebraba su victoria riendo y llamándome sumisa. Me convenció, también, de que escribiese su inicial en mis nalgas. En el estado en el que estaba no podía ni quería pensar en lo que estaba haciendo, así que cogí un rotulador y me marqué, como si fuera un animal con dueño…

Quizá sí fue mi amo, aunque solo fuera durante el tiempo en que aquella letra permaneció en mi cuerpo, pero porque yo lo permití. En la ducha de después, en un arrebato de vergüenza y cordura, me la borré. Pensé, aliviada, que tan solo había sido un juego. Un juego algo perverso, eso sí. Pero como es lógico, no voy a entregarme incondicionalmente a nadie, y menos a un total desconocido, mi orgullo no me lo permitiría. Todo había sido fruto de mi excitación. Hice una tontería, aunque por lo menos me había servido para correrme bien a gusto.

Él dejó de escribirme y yo me olvidé del asunto. Sin embargo… días más tarde, aquel hecho, el de atreverme a borrar su marca, tendría graves consecuencias para mi…

“Ya se borró mi letra de tu nalga?”. Ese escueto mensaje llegó inesperadamente a mi correo. Era él. Otra vez. “Sí, yo misma me la borré”, contesté, decidida, esta vez, a mantenerme firme ante sus vulgares intentos de someterme. Su respuesta fue imponerme un castigo por lo que para él constituía un acto de rebeldía inaceptable. Su orden, además, rompía con los límites iniciales de mi habitación y tendría efectos en mi vida diaria: no podría usar ropa interior al día siguiente.

Quizá hubiese rechazado cualquier otra ocurrencia. Empezaba a estar harta de obedecer como una tonta a un desconocido, de que se divirtiera a mi costa. Pero debo admitir que su idea me pareció excitante. No entraré en detalles sobre la clase de obligaciones que tenía la jornada siguiente, pero desde luego sería incómodo para mí y sumamente inapropiado.

En fin… que acepté. ¿Por qué? Porque supuse que me daría un muy buen orgasmo al final del día, qué queréis que os diga. Le pregunté, además, si con ropa interior se refería también a los calcetines. Una parte de mí, tengo que admitir, quería que esa fuese la orden, siempre me ha excitado un poco ir descalza, sobre todo en contextos en los que esté algo fuera de lugar. Prescindir de los calcetines sería algo cercano a esa sensación.

Por suerte o por desgracia dijo que no, que solo se refería a las bragas. Ah, y por supuesto, tendría que volver a dibujarme su inicial en mi nalga. Al parecer, “mi culito le pertenece”.

Me hizo luego una pregunta que me incomodó. Que si iba depilada. Y le dije la verdad. Que no. Mi “coño peludo” le decepcionó, como era de esperar en un hombre tan elemental como él. ¿Solución? Simple, tendría que depilármelo.

Me negué, obviamente, pero entonces me amenazó con más azotes, lo cual no le sienta nada bien a mis nalgas sensibles. Sinceramente, a estas alturas me había dejado llevar tanto por la situación que… en fin, le dije que sí, que me depilaría. Y verme aceptar una cosa así ante una persona como él fue suficiente para llevarme al orgasmo.

Ahora bien, lo acepté, pero no llegué a hacerlo. Sin embargo… al día siguiente, anulada y sin bragas como me tenía, no tardaría en confesárselo. Lo sé, suena ridículo. ¿Por qué no decirle que lo había hecho y ya está? Pues porque no me gusta mentir. Creo que así todo pierde la gracia. Le expliqué, además, que era feminista, y que no iba a depilarme el coño solo porque un hombre me lo pidiera.

Que llevase escrita a rotulador su inicial en mi culo desnudo no le bastó para evitar querer cobrarse mi desobediencia. Valoraba mi sinceridad, pero habría castigo. Además, ahora era una “perrita feminista”. Otra vez su risa, que me humillaba. Protesté, por su puesto, y entonces llegó lo peor: me anunció que no podría correrme durante una semana. Sí tocarme, pero no correrme.

Lo siento para los que os gusta ver cómo caigo cada vez más bajo, pero, por muy a sus pies que me tuviese en ese momento, no iba seguirle el juego. No llevar bragas me había puesto muy cachonda y solo pensaba en llegar a casa para correrme por fin. No iba a obedecer.

Por desgracia, no fue una rebelión heroica, pues me rebajé hasta el punto de ofrecerle hacer cualquier cosa que pidiese, cualquiera menos esa. Él reía, sabedor de el poder que tenía sobre mí, pero no conseguí tentarle.

Después de una breve discusión, lo saldó con un duro, aunque más asequible, castigo. Esta vez tendría que desnudarme en mi habitación y azotar mis nalgas con un cinturón mientras unas pinzas de la ropa pellizcaban con fiereza mis pezones.

Como estaría la cosa que hasta me sentí agradecida. Podría correrme. Pero me daba miedo el daño que estaba a punto de hacerme. Nunca antes había usado unas pinzas para eso, pero podía imaginarme cómo se sentía.

Por fin en mi habitación y con las pinzas en mi poder, me desnudé, cogí también uno de mis cinturones y me puse a cuatro patas sobre la cama. Efectivamente, las pinzas dolían. Mucho. Una vez colocadas me apresuré a dar uso al cinturón. Me di todo lo fuerte que me permitía mi postura y mi habilidad. La imagen desde fuera debía ser espectacular, pero desde dentro se sintió como un severo castigo y un duro golpe a mi dignidad. No obstante, aún con aquellas tenazas torturándome, no desaprovecharía la ocasión para correrme bien a gusto. “Buena chica”, pensé. Nunca me había imaginado hacer una cosa así, ser tan sumisa como estaba siendo, no iba conmigo, no lo entendía. Ahora, era yo quien se preguntaba, qué más estaría dispuesta a hacer cuando estuviese cachonda.