Larga batalla por una esposa. 28
El silencio de dos meses se rompe con una llamada que revela un infierno de lujuria y control. Beatriz ya no es la mujer que conociste; ahora es una prisionera de sus propios deseos y de la crueldad de quienes la dominan. ¿Podrá el recuerdo de tu amor ser suficiente para sacarla de esa jaula dorada?
Larga batalla por una esposa. Capítulo 28
Pasaron después dos larguísimos meses de verano sin nada, absolutamente ninguna noticia. Debo confesar que cundió en mi el más espantoso desánimo. Ciertamente los envíos de Joana me habían dejado un poso de amargura, camino incluso a la depresión. No veía modo de revertir la deriva y encima se sumaba el silencio, pesado como una sombra tenebrosa. Estaba a punto de tomar la decisión de cortar con todo y todos. Sin duda alguna habría tirado la toalla si no llega a ser por María.
Me llamó a finales de septiembre, para darme algunas novedades. Beatriz y Joana habían dejado de trabajar en la empresa y trasladado a vivir en Barcelona. Rubén estaba medio volante, entre semana en Valladolid y los viernes se iba con ellas a la ciudad condal. No podía decirme mucho más, porque apenas mi ex-mujer le respondía a los mensajes. Parecía distante, pero la sospecha de María se decantaba por considerar que Joana era quien realmente controlaba su móvil. De hecho, procuraba disimular y no dar pie a ninguna interpretación de actuar contra los intereses de esa pareja tan maquiavélica. Terminó la conversación, diciéndome que estaba sopesando un plan para ver a Beatriz, aduciendo una visita turística de ella a la Costa Brava.
Así hizo. El primero de noviembre se acercó a Toledo y mantuvimos una larga conversación. Me contó la aventura. Pudo engañar a la víbora y quedó con Beatriz en una terraza de Ciutat Vella. Tuvo la precaución de observarla primero desde cierta distancia, para ver si venía acompañada. Llegó en taxi, sola. La encontró muy bien físicamente, pero no tanto en lo psíquico. Hablaron de su nueva vida, como ama de casa en exclusiva, volcada en mantenerlo todo impoluto (se muy bien de lo que hablaba), con una Joana cada vez más egoísta y desalmada, sometiéndola a frecuentes sesiones de humillación (amén de sexo lesbiano) y los fines de semana dedicadas ambas a complacer al macho, un Rubén que prácticamente vivía como un sultán, por decirlo literariamente. A menudo se desplazaban por diversos lugares del área mediterránea franco-catalana, incluyendo playas nudistas y lugares de intercambio de parejas, pero sólo para ver y ser vistos. Le confesó que seguía atada a esos orgasmos, que uno y la otra continuaban sabiendo administrar, sin caer jamás en la rutina. Todo un desastre para mis anhelos…
Pero había más, y peor. En su afán por renovar y ampliar el morbo, Joana había dado pie a un peligroso juego, consentido básicamente por Rubén, aunque no lo compartiera (y tampoco fuera conocedor de todos sus pormenores). Y era que justamente cada cierto tiempo las dos viajaban solas hasta Toulouse, coincidiendo con periodos en los que el varón estaba demasiado atareado por sus responsabilidades laborales (de muy alto nivel). Evidentemente allí convivían con Omar y Louise, derivándose de ello todo lo que uno pueda imaginar. Según le confesó Beatriz, la sensación era de que la negra aspiraba a tenerla bajo su férula, y que Joana o no se daba cuenta o era incapaz de obstaculizar, cercenar, esa ambición. Eso sin contar con que Omar no tenía ojos más que para ella. Beatriz notaba una tensión creciente y no sabía como podría acabar.
María supo enfocar el diálogo. Con tacto. Primero sobre sus sentimientos hacia Rubén y… Omar. Le dijo que Rubén seguía siendo su verdadero dueño, no desde luego como pareja para convivir (era seco y despegado fuera de las sesiones de sexo) sino como protector y amante. Lo asumía, resignada. Omar no era más que un animal sexual, un ser primitivo al que se entregaba porque ya carecía de voluntad ninguna, estando a merced de Joana. Prefería doblegarse ante ese orangután, darle un placer de una intensidad que a veces la asustaba, y salir del paso. Respecto a la negra… era una Joana en oscuro, la temía aún más, sabiendo que sería capaz de ir mucho más lejos aun de lo que había ido la catalana.
María no preguntó más. No citó mi nombre para nada. Pero justo al final surgió y precisamente por boca de Beatriz… deseaba saber si yo estaba bien, volvió a reiterarle que me quería, que había sido el hombre de su vida y que se sentía abducida, prisionera… De esa en cárcel, ella seguía pensando que yo era la única persona capaz de sacarla. También asumía que me había perdido para siempre y carecía de derecho alguno a solicitar ni ayuda ni, menos aún, perdón. María percibía un aluvión de nostalgia, de añorar los tiempos pasados y, a la par, la caída en el más profundo pozo de desesperanza.
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