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Larga batalla por una esposa. 27

El video llega y la duda se disipa: la víbora ha cumplido su promesa. Beatriz, entre las manos de Joana y Louise, se entrega al negro Omar en una escena de dominación y placer. El narrador observa impotente cómo su ex-mujer descubre un mundo de sensaciones que él nunca le ofreció.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 27. A final, sí había ocurrido lo que no podía dejar de ocurrir.

Resultó que la grabación no terminaba con aquel apagado de cámara, en pleno “baile” de los negros y las dos blancas. Al final, Joana simplemente había cambiado la posición de la cámara, con su correspondiente trípode.

Me llegó, en efecto, un tercer video de la embarcación, siendo en efecto la continuación de aquel primero con el baile vespertino, que me había dejado con la duda de si finalmente Omar había conseguido poseer a Beatriz. La víbora, enviándomelo entonces, concedía respuesta, fidedigna e inapelable.

La escena se inicia con mi ex-mujer de rodillas y desnuda, entre Joana y Louise, cubiertas con sus vaporosos vestidos y de pie ambas. Omar está enfrente de las tres, sin calzón pero con su horrible camiseta de tirantes. La voz de la catalana suena clara:

— Bea, hoy vas a dar placer por vez primera a Omar, habrá más, muchas más, pero esta va a ser memorable, para los dos. Nosotras te vamos a guiar. Esta noche él va a ser tu dios, vas a vivir para darle el placer mayor que pueda sentir jamás. Tú eres capaz de conseguirlo y espero de ti lo mejor.

Beatriz miraba al suelo, no contestó ni se movió.

Joana ahora se dirigió al negro:

— Omar, acércale tu instrumento divino a la boca y deja que haga lo que sabe hacer.

Justo cuando el glande rozaba sus labios, Beatriz levantó la cabeza y lanzó una mirada de súplica a Joana. No hubo tiempo a responder, Louise la agarró por el pelo y la obligó a enfrentarle el rostro, mientras le ordenaba con una voz imponente:

— Abre la boca de una puta vez!

Siguió un bofetón a mano vuelta, para coger después el tronco de su marido y meterlo entre los labios de aquella mujer desamparada que ya no volvería insinuar siquiera reticencia alguna. Comenzó a engullir el pene, obligándola a abrir ampliamente la boca porque el grosor era tal vez el doble del normal. Luoise la seguía manteniendo sujeta por el cabello, en tanto Joana le guiaba las manos para que acariciaran los voluminosos testículos (me parecieron en verdad, y unidos, como un verdadero globo azabache).

Omar se dejaba hacer, ronroneaba broncamente, pero no pudo reprimirse y tomó el mando de la cabeza de Beatriz, marcándola el ritmo de la íntima caricia bucal. Comenzó a sudar, literalmente, cayendo abundantes gotas desde su frente, con el rostro congestionado por el gusto que le estaba dando aquella rubia exuberante, seguramente inalcanzable si no hubiera sido por la carambola de estos amigos españoles…

Estuvo un buen rato en esa disposición, aunque ocasionalmente sacaba su miembro y lo pasaba por las mejillas y la frente de Beatriz, para volver raudo a la cavidad bucal. No hay duda tampoco de que el animal tenía un aguante envidiable. Su expresión era la de estar a punto de correrse, pero no lo hacía, quería seguir disfrutando de esa manera tan maravillosa.

Joana y, sobre todo, Louise lo captaron. Por eso cogieron a Beatriz y la colocaron de espaldas sobre la mesa, con los glúteos al borde, levantando cada una de ellas la pierna correspondiente de la azorada rubia. Estaba ofrecida para Omar, en la postura perfecta para penetrarla hasta el fondo. Antes de hacerlo, la catalana puso un punto de mayor humillación, al decir:

— Bea, vas a recibir otro dios en tu coño, ábretelo tu misma para él, con tus manitas.

Ya nada me sorprende, pero ver como mi ex-mujer se separaba los labios mayores con los dedos me impactó. Omar estaba ya como loco, la piel húmeda de transpiración le brillaba, pero los ojos eran centellas. Entró muy despacio, quería saborear cada milímetro. Cuando hizo tope, emitió un gruñido de satisfacción bronco, casi primitivo. Se quedó inmóvil unos largos segundos y comenzó su mete/saca. Anárquico, no era como el de Rubén, ese negro tan pronto elevaba como bajaba el ritmo, y a veces hasta se detenía del todo, momentos que aprovechaba para mirar el rostro de Beatriz, como si quisiera cerciorarse de que, efectivamente, estaba entrando en la intimidad de esa hembra que le gustaba a rabiar.

Ciertamente, mi ex-mujer tardó, pero también empezó a gemir, aunque inicialmente con sordina, como si reprimiera manifestar que le embargaba el placer. Joana la conocía bien, así que lanzó la frase que determinaría la siguiente fase:

— Omar, ya la tienes, no pares, dale y será tuya!

El negro, lo entendió a la primera. Siguió machacón, girando para que las paredes vaginales sintieran aún más la presión de ese cilindro extra-grueso, mientras con sus manos apretaba los senos, elementos de la anatomía que parecían gustarle especialmente. Beatriz se rindió y tuvo un primer orgasmo, sonoro, con grito agudo seguido de una respiración agitada y sollozos. Omar decidió entonces cambiar de postura y también de vía de acceso. Dieron la vuelta a Beatriz, que quedó con su trasero expuesto. Joana separó las nalgas de la recibiente y le guiñó un ojo al negro, mientras asentía, dándole permiso por ende para perforar el esfínter anal de Beatriz.

Hubo un sobresalto, evidentemente no estaba acostumbrada a ese grosor y debió molestarle algo. Pero Omar ni se enteró, continuaba febril y se comportó igual que en la vagina había hecho. La agarraba por las caderas para atraerla y separarla, entrando hasta que los testículos literalmente se montaban sobre las nalgas. Estuvo así un tiempo interminable, pero no le bastó, ni mucho menos.

Inesperadamente, Omar cesó en el anal, y autoritariamente lanzó a Beatriz al propio suelo, boca arriba, arrojándose sobre ella, separándola las piernas con las suyas propias y dando paso a un nuevo misionero muy estándar. La besaba continuamente en la boca, con esos rollizos y exagerados labios rugosos que atrapaban a los mucho mas modestos de mi ex-esposa. Escuché que la decía que abriera los ojos y le mirara. Acercó entonces frente con frente, quedando los párpados apenas separados por unos pocos centímetros. Quería recrearse en esos ojos azules, mientras entraba en su boca con la lengua y en la vagina con el pene. Beatriz se arqueó, como si un latigazo bajara por su espalda, y alcanzó un orgasmo increíble, que la dejó disneica, volteando la cara de un lado para otro.

El negro estaba exultante, no cabía en sí de felicidad. Sería bruto en otros temas, pero desde luego en el sexo sabía manejarse. Tomó de nuevo a la rubia, pero ahora él en decúbito supino, haciendo que Beatriz se empalara a horcajadas sobre él. Joana y Louise, que hasta entonces se habían limitado a mirar, se acercaron para cogerla de las manos y ayudarla a subir y bajar su vientre, que al llegar abajo se impactaba contra el escroto, de una tersura y tamaño que me parecieron aún mayores de lo que hubieran sido antes. No tardó en llegarle otro clímax a mi ex-mujer, tal vez menos intenso pero igualmente importante, llenándose de lágrimas que los párpados no conseguían retener.

Joana volvió a ejercer su papel, y de alguna manera quiso cerrar este primer asalto, que acaso no imaginaba iba a ser tan bien llevado a cabo por Omar. De alguna manera se impuso cuando llega a decir:

— Bueno Omar, te toca, ¿dónde quieres descargar tus huevos?... La primera vez es muy importante escoger bien. Yo te recomiendo la boca, pero tu decides.

El negro levantó el pulgar hacia arriba, signo de aceptación. La postura final se estableció sin hablar nada. Él de pie y ella hincada de rodillas, acariciando esas enormes bolsas escrotales, abarcando todo el miembro hasta que la nariz blanca respingona chocaba con la barriga negra y fofa. Omar cogió con enorme fuerza la cabeza de Beatriz para que su glande topara con el istmo de las fauces. Gruñó como un verdadero animal cuando eyaculaba, y estuvo un buen tiempo haciéndolo, con un volumen imposible de tragar por Beatriz que, sin remisión, tuvo que soltar una parte llamativa por las comisuras, chorreando espeso al suelo de la embarcación.

Joana y Louise aplaudieron, la segunda incluso dando un beso a su marido, de felicitación. La novedad, muy significativa, es que, a diferencia de Rubén, que jamás le vi hacerlo, Omar incorporó a Beatriz y le acercó la lengua para intercambiar ese semen que acababa de depositar el uno en la otra. Después se le quedó mirando, cara a cara, como si deseara cerciorarse de que acaba de correrse en la boca de esa rotunda blanca que le parecía un regalo de los dioses.

Louise daba la bendición con una frase, asentida por Joana:

— Omar, hoy es tu noche, dormirás con Beatriz. Joana y yo nos tomaremos una última copa y nos iremos a la otra habitación juntitas también… aunque no haremos nada, que somos serias…

Efectivamente, todo terminaba con Omar llevando de la mano a Beatriz por las escaleras, hacia el dormitorio.

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