Larga batalla por una esposa. 26
La cámara no miente, pero la verdad que graba es un veneno. Mientras el narrador observa impotente cómo las mujeres discuten sus placeres prohibidos, la línea entre la traición y el consentimiento se desdibuja en cada palabra revelada.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 26. Todavía no sabemos si hemos caído o vamos a caer.
Puede que resulte raro y/o curioso, pero no saber a ciencia cierta lo que había pasado en esa barca, permanecer en la vacilación sobre una eventual relación sexual de Beatriz y Omar, me carcomía. El cerebro racional decía que sí, obviamente esa noche debió haberla, pero esa parte emotiva que nunca quiere asumir lo peor continuaba negándose a admitirlo. Me preguntaba, en cualquier caso, si Rubén lo sabía, y en ese sentido todavía eran mayores las incertidumbres.
En 24 horas tenía otro archivo. “Previo en Midi”… No pude resistir un instante, dejando lo que tenía entre manos me dispuse a visualizarlo, con la mayor atención posible. Creo que correspondía al mejor editado de cuantos había tenido la infortuna de contemplar hasta entonces, y se correspondía al momento justo del inicio del crucero fluvial, cuando acaso estaban acomodándose
La primera escena me pareció digna de un programa televisivo. La cámara apenas a un metro de los personajes. Hablan en francés, una lengua que domino también por mi formación de subespecialidad tres años en la Sorbona. Era, resumiendo, una charla entre Joana y Louise, acomodadas alrededor de esa mesa principal sobre la terraza en la embarcación. Está todavía detenida en el punto de salida, al lado de otras embarcaciones similares, y un bonito muelle donde pululan turistas. Resumiendo, vienen a decir que Omar y Beatriz han bajado a comprar los suministros y ellas aprovechan para ponerse al día. Subo el volumen intentando no perder palabra ninguna, aunque me cuesta seguir el hilo por el maldito acento de la negra. Ésta parece reprocharle a su amiga el comportamiento previo:
— No podéis dejar a Omar así, tuve que satisfacerle yo, y sabes que ya no estoy para esas cosas. Te vi paladearlo, por no hablar de Rubén. Creo que te pasaste bastante, porque mandabas tú, cochina, como siempre.
Joana sonreía mientras contestaba:
— Tal vez me pasé, lo reconozco. Pero fue tan divertido… Aunque llevas razón. Créeme, el tema es Rubén, no quiere que la toque nadie más que nosotros, al menos de momento. Hemos ido a clubs de intercambio, pero siempre acabamos nosotros con ella, dejando sólo a los demás mirar. Está muy encaprichado.
Louise se mostró como buena dominante, inasequible al desaliento, insistiendo para conseguir lo que a todas luces juzgaba justo y necesario.
— Pero si habéis hecho esto en nuestra casa será por algo, ¿no? Entre nosotros hay confianza, caramba… Yo tengo más aplomo, y se esperar mi hora, pero Omar está como un volcán en erupción. ¿Le vas a dejar disfrutar de esta jaca? Sabes que es un maestro con esa polla dura que la naturaleza le ha dado, y que su debilidad son las blanquitas rubias, maduritas mejor. Le recuerdan a las parisinas de postín que le miraban con menosprecio cuando llegó aquí. Ten presente que yo no se si podré pararlo, la verdad.
Joana asintió con la cabeza, y tras un instante, poniendo los codos sobre el mantel, divertida y con tono hipócritamente serio llega a decir:
— Ya…, tengo ahora toda la responsabilidad… imagínate si dejo que Omar de rienda suelta a sus ganas, que sé que son muchas… Sinceramente, no lo he hablado con Rubén, aunque dejarnos venir a nosotros cuatro sin él, dice bastante. Estoy dudosa… y me encanta estarlo…
La anfitriona haitiana también ofreció su mejor sonrisa sardónica, al advertir:
— Tu verás, Joana, pero esto puede acabar con una violación en toda regla… estás a tiempo de bajarte con tu sumisa y volver a Toulouse.
Me heló la pregunta/propuesta que a bocajarro le lanza entonces la catalana:
— ¿Crees que Omar podría guardar el secreto?
Noté cómo se animó la cara de Louise, y su respuesta sonó tan sincera como nociva:
— Sí, seguro. Omar es reservado y conoce bien a Rubén. La cuestión es tu rubia, ¿ella no le va a decir nada, no le va a ir llorando con esa carita de ángel caído?
Joana tomó en su mano el vaso con bebida, que aparentaba ser un pastis Ricard, dio un gran sorbo y se acercó a su amiga para decirle:
— De eso me encargo yo. Bea sabe que al final quien manda en ella soy yo, quien la somete al látigo soy yo… Además, Rubén en el fondo lo único que no quiere es que se la estropee o quite algún otro macho. De Omar no siente peligro, han compartido muchas cosas y confía en él más que en nadie. Tal vez no se lo digamos estos días, pero si le damos tiempo, en uno o dos meses, Rubén lo asume y hasta le va a encontrar ventajas. Además, os vemos pocas veces al año. Creo que por eso mismo nos ha dejado venir solos a nosotros cuatro.
Louise es la que ríe ahora, con ganas. No se amilana en la respuesta.
— Deberías dejárnosla a nosotros dos. Vete a dar un paseo esta noche y vuelve cuando ya la tengamos lista, o para terminar tu la faena. Nos gusta hacerlo a nuestro modo, ya sabes, cada uno tiene el suyo…
Justo mientras se incorpora y saluda a un Omar y una Beatriz que llegan cargados con bolsas del mercado, Joana, en su más puro estilo, exclama:
— Ni en broma, eso no me lo pierdo yo por nada del mundo!
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