Hospital comarcal (5)
Julio duerme a tres metros de distancia, ajeno a la tormenta que se desata en la mente de Virginia. Ella sabe que no debería, que él pertenece a otra, pero el silencio de la noche y la cercanía de su cuerpo le dictan otras reglas. En la oscuridad, el deseo se cuela por las grietas de la amistad, transformando la calma del dormitorio en un campo minado de fantasías prohibidas.
19
Esa noche me cuesta dormir. Doy vueltas en la cama sin parar, la sábana se enreda a mis pies y siento la relatividad del tiempo en mis propias carnes. Mañana se incorpora la nueva. ¿Virginia se llamaba? Me lo dijeron en la última reunión. No la conozco de nada, solo sé que viene de Madrid, y que Esther ya ha dejado caer que seguro que nos llevamos bien. Ojalá. Porque me vendría genial alguien nuevo en quien centrarme. Otro lugar al que dirigir mis pensamiento que no sea el cabello rubio que me persigue. Otro foco. Otra historia.
Cierro los ojos, pero enseguida su imagen vuelve, como una quemadura que no acaba de curar. Esa sonrisa suya de medio lado, esos ojos azules que me atrapan, su olor, a colonia cara y a algo más salvaje que no soy capaz de explicar. Me la imagino tal como estaba aquella noche: los pantalones pegados, la boca entreabierta, su cuerpo cediendo y dominando a la vez. Lo sumisa que se mostraba cuando la azotaba y lo rápido que tomaba el control volteándose hacia mí y dejándome rendido. Me vuelve loco, me duele de lo mucho que me gusta.
Sin embargo, no olvido las palabras de Esther, que dan vueltas en mi cabeza clavándose en mi sien. No es lo que crees. No estás preparado para lo que venga después.
¿Preparado para qué? ¿Qué oculta Clara y por qué no puedo enfrentarme a ello? Porque sí, será complicada, un puñetero campo de minas, pero ya estoy metido hasta el cuello. No puedo salir ahora, y la verdad, ni puedo ni quiero. El problema es que para mí no fue solo sexo; si fuera una cuestión de sexo, ya me habría cansado. Lo que me desespera y me atrae de ella es esa forma de desaparecer, de volverte loco, de agarrarte por dentro y no soltarte. Sin promesas, sin compromisos, sin ser clara en nada de lo quiere de ti. Para ella es un juego y yo estoy en el centro de su partida sin saber las reglas.
Suspiro y miro el techo, cansado. Quizá Virginia me sirva para tender otros puente, para construir algo de verdad en esta ciudad que sigue pareciéndome ajena. A lo mejor puedo hacer, por fin, una amiga. No pido mucho, algo sencillo, sin dobles sentidos, ni juegos que no entiendo. Sin tener que preguntarme todo el tiempo si estoy haciendo las cosas bien. Desde luego, seguir centrándome en Clara solo me hundirá más en este laberinto infinito. Y aunque el cuerpo me pida quedarme a vivir entre sus piernas, la cabeza, aunque sea a hostias, me pide que construya otra cosa, que deje de encender incendios para calentarme las manos.
Mañana será otro día. Nueva compañera. Nueva oportunidad. Quizá esta vez no lo joda. O quizá sí. Pero, al menos, que sea por algo que valga la pena. Cierro los ojos, intentando convencerme de que todo va a ir bien, pero mientras la oscuridad me vence, sé que el problema real no es que quiera pasar página. El problema real es que, aunque encuentre cien amigas nuevas, aunque encuentre a alguien que me saque de este agujero, Clara va a seguir viviendo en mi cabeza o, peor aún, debajo de mi piel y no sé si estoy preparado para mudarla.
20
La habitación es pequeña pero limpia. Un cuadrado encalado, con una cama estrecha, una mesa de noche y una lámpara que parpadea un poco cuando la enciendes. Nada del otro mundo, pero suficiente para sobrevivir los primeros días hasta que encuentre algo fijo. Podría haber venido antes. Haberme organizado como una persona adulta y sensata. Pero no. Al final, había apurado los días en Madrid. Entre lo de Aitana, las despedidas y mi jueguito con Mario se me había echado el tiempo encima y, además, no había estado repasando nada así que iba a mi primer día casi como si fuera una estudiante de primero.
Dejo caer el bolso sobre la cama y mi cuerpo lo acompaña poco después. El techo es bajo y las paredes finas, tanto que parecen de papel. Puedo oír el murmullo de alguna televisión encendida en otra habitación, risas apagadas en el pasillo. Cierro los ojos un segundo y suspiro, sintiendo cómo el peso del viaje cae de golpe sobre mí. No quiero pensar demasiado, no quiero perder el tiempo dando vueltas a lo que he dejado atrás, ni a lo que me espera aquí. Y menos aún quiero sentir esta soledad espesa que se cuela en cuanto me detengo un poco más de la cuenta. Así que hago lo que mejor sé hacer: buscarme a mí misma en el único sitio donde siempre me encuentro.
Saco a Morgan del fondo del bolso deseosa de disfrutar de mi cuerpo. Mi pequeño compañero de aventuras está frío al tacto al principio, pero enseguida se vuelve reconfortante. Me deslizo bajo la colcha áspera de la cama, me quito la ropa interior de un tirón y me acomodo, con el vibrador entre las manos.
Cierro los ojos y dejo que mi mente viaje libre. No es difícil, basta con pensar en Mario y en su cara de no entender nada cuando me acerco demasiado. Esa mezcla de deseo y nerviosismo que se le escapa por los poros. Lo manejable que es. Lo sumiso que se vuelve con solo una palabra. Suspiro, dejando que Morgan empiece su trabajo, vibrando despacio contra mi clítoris. Me muevo bajo la sábana, buscándole el ángulo perfecto, acariciándome despacio primero, aumentando poco a poco la presión.
Recordarlo a él me calienta, lo veo con su pequeña herramienta mordiéndose el labio para no gemir más fuerte mientras lo masturbo con calma. Con esa polla dura, palpitante, como si no pudiera creer que era real que yo estuviera allí, tocándolo, llevándolo al límite. Me froto despacio, dejando que las imágenes vuelvan: su rostro sonrojado, sus manos temblorosas bajándose el pantalón, el sonido sordo de su respiración desbocada cuando mi mano envolvió su miembro. La forma en que se corrió sin remedio, dejando salir su esencia y manchándose su propia camiseta mientras yo sonreía contra su cuello.
Me muerdo el labio, reprimiendo un gemido. Esto soy yo. Esta soy yo. Siempre lo he sabido: el sexo es mi refugio, mi manera de estar viva. Sin ataduras, sin finales felices garantizados. Jugar. Provocar. Dejar un rastro de deseo en quien quiero, cuando quiero. Muchas veces me topo con gilipollas. Es inevitable. Pero otras veces, como con Mario, simplemente disfruto ¿Debería haberme portado mejor con él? ¿Haber sido más "buena chica"? No lo sé. No quiero pensarlo ahora. No quiero que el puto mundo me diga cómo tengo que sentirme. Subo el ritmo del vibrador. Morgan vibra dentro de mi vientre, profundo, dulce, urgente. Me arqueo un poco, jadeando bajito. No me hace falta amor, no me hacen falta promesas, e basta con mi cuerpo, mi deseo, mi libertad.
Me imagino de nuevo su cara, justo antes de correrse. Esa mezcla de vergüenza y necesidad. Dios. Eso sí que es poder. Un escalofrío me recorre cuando alcanzo el orgasmo, rápido, intenso, liberador. Caigo de espaldas sobre las sábanas, con la respiración desordenada, el corazón galopando y mi cuerpo convulsionando como si me hubiesen poseido. Miro el techo del hostal buscando tal vez alguna respuesta allí. Una ciudad nueva, un hospital nuevo, una vida nueva. Y quizá también una nueva versión de mí misma. Pero pase lo que pase, me prometo no renuciar nunca a lo que soy: una puta reina en su propio reino.
21
La planta olía a una mezcla rara de lejía vieja, café recalentado y ese perfume inconfundible de hospital: el olor de las cosas que no terminan de curarse. Mientras me colocaba la tarjeta en el bolsillo del pecho, repasaba mentalmente lo que Esther me había dicho el día anterior: "Échale un cable a la nueva, ¿vale? Se llama Virginia. Y no seas borde, Julio, que ya te conocemos."
Virginia. No la conozco todavía, pero el nombre se me ha quedado grabado, quizá porque es raro tener una compañera nueva en mitad del año. Suspiro, pasándome una mano por el pelo. Tengo demasiadas cosas en la cabeza como para andar de guía turístico hoy. Pero el primer día de alguien siempre es jodido y tampoco soy tan cabrón para pasar de ella.
Cuando llego al control de enfermería, la veo enseguida y entiendo de inmediato que no va a ser fácil ignorarla. Está plantada junto a los archivadores, con las manos en los bolsillos de la bata y una expresión de concentración absoluta, como si pudiera descifrar toda la burocracia hospitalaria con solo apretar un poco los ojos. Virginia es bajita, tiene una melena morena que le cae desordenada hasta los hombros. Su cara, de rasgos dulces y mirada vivaz, es de esas que desarman de primeras. Una cara angelical… de esas que, intuyo, esconden bastante más de lo que muestran. Lleva el uniforme nuevo y unas deportivas blancas que contrastan con la seguridad de su andar. No parece intimidada, aunque sí va lanzando miradas discretas para ubicarse.
Hay algo en su postura, en su forma de mirar, que me dice que sabe defenderse sola. Me acerco sin prisas, con la carpeta en una mano y una sonrisa medio ensayada en la boca.
—¿Virginia? —pregunto.
Ella levanta la vista y durante un segundo parece evaluarme de arriba abajo antes de sonreír. Una sonrisa rápida, no demasiado abierta, pero genuina.
—Sí. —Extiende la mano—. ¿Tú eres...?
—Julio. Residente, como tú. —Le estrecho la mano. Pequeña, caliente, segura—. Bienvenida al manicomio.
Se ríe, un sonido bajo que me parece más auténtico de lo normal.
—Vaya presentación —bromea—. Empiezas animándome, ¿eh?
—Prefiero que no te lleves sustos luego —le guiño un ojo—. Hoy sobrevivirás. Mañana ya veremos.
Nos damos la mano y aprovecho para explicarle que, si necesita cualquier cosa, puede preguntar sin problema. No hay tensión, Virginia transmite una cierta paz de primeras, aunque algo en sus ojos, una chispa oculta, me hace arquear una ceja mentalmente. No va a ser una compañera aburrida, eso seguro. Justo en ese momento, mientras le enseño la sala de descanso, pasa Clara. Se ha cambiado después del turno de noche y lleva aún la chaqueta del uniforme en la mano. Cruzo su mirada de soslayo. Me dedica una media sonrisa, rápida, casi imperceptible, pero cargada de una intención que solo ella entiende.
—Novato —murmura al pasar, apenas un susurro para mis oídos.
Se me escapa una sonrisa involuntaria. Aunque ya sé que debo tener cuidado —las palabras de Esther aún retumbaban en algún rincón de mi mente—, el simple roce visual con Clara me hace olvidar todo juicio. Pero me fuerzo a centrarme. Virginia me necesita más ahora mismo así que me centro en controlar mis hormonas desbocadas. Ella, por supuesto, lo ha notado. Se le escapa una media sonrisa divertida, pero no dice nada. Sabe cuándo callarse, otro punto a su favor.
—Venga, que te enseño las zonas importantes —le propongo.
Decido empezar enseñándole lo básico.
—Vamos por aquí —le digo, haciéndole un gesto con la cabeza.
Le muestro las zonas principales dándole consejos según vamos avanzando: el almacén de suministros ("no te fíes de lo que pone en la puerta, siempre falta algo"), el cuarto de curas ("si sobrevives a las urgencias un viernes, ya nada te da miedo"), el office del personal donde el café es peor que el trauma de urgencias, y el pasillo de habitaciones de larga estancia.
Mientras caminábamos, seguí soltando consejos:
—Cuando veas a Esther con el moño apretado, huye. Está de malas.
—Si pierdes un informe, finge que lo estás buscando con mucha intensidad. Funciona el 80% de las veces.
—Nunca, jamás, toques el chocolate de la nevera del quirófano menor. Es sagrado.
Virginia asiente, sonriendo discretamente. Me gusta su manera de escuchar, atenta, pero sin comerse el cuento entero. Después venían los pacientes de largo plazo. Ahí la cosa cambia de tono.
—Habitación 212. Un anciano enjuto, de ochenta y cinco años, con neumonía complicada y un principio de síndrome de inmovilidad. Pasa más horas mirando por la ventana que hablando, pero cuando se suelta, puede contarte historias de cuando la ciudad ni siquiera tenía semáforos.
—Es muy suyo —le expliqué en voz baja—. Tienes que saludarle mirándole a los ojos. Si no, te suelta un bufido como un gato cabreado.
Virginia se acerca, con esa mezcla de respeto y curiosidad que sólo tienen las que de verdad quieren entender a la gente. Don Ernesto la mira de arriba abajo y asiente muy despacio. Primer contacto: aprobado.
—Habitación 217. Chica de diecisiete años. Fibrosis quística, una enfermedad jodida. Hospitalización frecuente. Necesita fisioterapia respiratoria diaria, revisiones constantes y un sistema de nutrición especial por PEG.
Sara es el tipo de paciente que se pinta las uñas en la cama y ve series mientras le enchufamos la oxigenoterapia.
—No le hables como a una cría —le advertí a Virginia—. Y no le tengas pena, odia la condescendencia.
Cuando entramos, Sara tiene los auriculares puestos y un portátil apoyado en las rodillas. Nos mira, nos evalúa y cuando ve a Virginia, sonríe de lado.
—¿Tú eres la nueva? —pregunta.
—Depende. ¿Tratan bien a las nuevas aquí? —replica Virginia sin perder el ritmo.
Sara suelta una carcajada. Primer contacto: superado con nota.
Cuando terminamos el recorrido, la dejo en el pasillo central.
—Bueno, eso es todo por ahora —le digo, soltando la carpeta sobre el mostrador—Si te pierdes, no grites —bromeo antes de continuar con mi trabajo.
Virginia suelta una risa suave, y noto, sin quererlo, que se me afloja algo en el pecho.
—Gracias, Julio —dice—. En serio. Me has salvado de morir en los primeros diez minutos.
—Hoy. Mañana ya veremos —le recuerdo, divertido—. Estoy por aquí si necesitas algo.
La veo alejarse, revisando una hoja con una mano y sujetándose el pelo con la otra. Tenía algo de torbellino contenido. De relámpago en espera. Y mientras me apoyo contra el marco de la puerta, todavía con la electricidad de Clara zumbándome en los huesos, pienso que quizá no todo está perdido en Cartagena.
22
No sé cómo he sobrevivido a este día, de verdad. Primer turno en la planta y ya estoy para que me ingresen por estrés postraumático. Desde que he puesto un pie en el control de enfermería he sentido esa mirada inquisitiva de Esther, la jefa de enfermeras, una señora de unos cincuenta, con moño apretado, mirada de sargento y una habilidad especial para hacerte sentir una mierda sin necesidad de levantar la voz. Parecía que le molestaba mi presencia como si no fuera allí a trabajar y aprender.
Eso sí, menos mal que estaba Julio. Bendito residente. En medio del caos, ha sido como una lucecita que parpadeaba en mitad del puto Titanic. Julio... a ver cómo lo explico: alto, pero no demasiado; un pelo castaño que no se cuida pero le queda bien igual. Tiene una sonrisa que no enseña demasiado (gracias a dios, odio a los que parecen anuncios de dentífrico) y una forma de moverse entre las camillas que parece que lleva años aquí, aunque en realidad también es novato como yo, solo que llegó un poco antes. No es un guaperas de pasarela, es mucho peor: es de esos que cuanto más miras, más te apetecen. Tranquilo, atento, con una voz grave que casi te acaricia cuando te explica las cosas... Vamos, que me ha salvado el culo más de una vez hoy.
Pero claro, el resto del día, un puto desastre. La planta iba como una locomotora sin frenos. Esther lanzándome órdenes crípticas sin mirarme, auxiliares que parecían tener un idioma propio y pacientes que no sabían si yo era enfermera, médica o la nueva de la limpieza. Y para rematar, me he fijado en que Julio se comía con la mirada a una enfermera rubia que parecía sacada de un catálogo de ropa interior: piel blanquita, culazo de gimnasio y esa manera de caminar que parece que ha ensayado delante del espejo. Me ha hecho gracia, el pobre estaba embobado como un cachorrillo. Qué majo, he pensado. Me cae bien y encima el chaval tiene buen gusto, hay que reconocerlo.
Entre mareos, carreras, informes que no entendía y un calor de la hostia en la planta, he intentado concentrarme. En uno de esos momentos muertos —rara avis en un hospital— me he cruzado con el señor mayor que me presentó Julio por la mañana, Ernesto, en uno de los pasillos. Se veía que estaba completamente perdido, con el gotero colgando como un ala rota y una expresión que se te clava: mezcla de miedo, cansancio y olvido. Antes de que pudiera acercarme, vi que Julio ya estaba allí, agachándose a su altura, hablándole bajito, cogiéndole la mano para devolverle a su habitación. Una imagen sencilla, pero que te revuelven por dentro. Julio tiene una forma de tratar a los pacientes, bueno, a la gente en general que te hace recuperar la esperanza en este mundo. Supongo que eso no se enseña en la carrera.
Y yo... bueno, entre unas cosas y otras, he aguantado como he podido hasta el final del turno. Pero justo antes de firmar el parte, he sentido que el cuerpo me pedía un break. Así que he escapado al baño, cerrando la puerta detrás de mí buscando un poco de calma entre tanto caos. Apoyada contra los azulejos fríos, he dejado salir lo que llevaba acumulando todo el día… No he llorado a moco tendido, no era tristeza exactamente. Era saturación, cansancio… demasiadas emociones en muy poco tiempo. Una lloradita exprés y a seguir trabajando.
Cuando por fin me he lavado la cara y he salido del baño, me he encontrado de frente con Julio. Literal. Qué vergüenza he pasado me he quedado tan paralizada que casi se choca conmigo.
—¿Estás bien? —me ha preguntado, mirándome con esos ojos suyos, mezcla de ternura y calma.
He abierto la boca para soltar cualquier mierda —“sí, es que me entró algo en el ojo”, “me rocé con la puerta”—, pero solo me ha salido una medio sonrisa triste. Y él lo ha entendido. No ha insistido.
—Ya acaba el turno —me ha dicho, con una voz tranquila—. Si quieres... voy a tomarme un café ahora en la cafetería. Sin presión, ¿eh? Solo si te apetece.
—Estoy bastante cansada... —he murmurado, bajando la mirada.
Él ha sonreído de lado.
—Lo entiendo. Yo también. Pero yo voy igualmente. Me gusta terminar los días así, como un ritual, me tomó un café mejor que el de la sala de descanso, me siento en una silla incómoda y disfruto de cinco minutos en este edificio en los que nadie me pide nada.
Me he reído bajito, casi sin querer. Ese chico tenía un puto don, te da calma incluso cuando estás más rota. Realmente no me apetecía el café, pero quizá me apetecía más no sentirme tan sola.
—Te veo allí, quizá —he dicho, encogiéndome de hombros, intentando sonar casual.
Él ha sonreído, cálido, como si eso bastara. Como si supiese que ese “quizá” era suficiente. He seguido caminando hacia el vestuario con la sensación de que, a pesar de todo, igual el día no había sido tan malo.
23
Cuando termino el turno, como siempre, me voy directo a la cafetería del hospital. Es mi pequeño ritual. No es que el café sea ninguna maravilla, pero esos cinco minutos sentado, sin escuchar monitores ni ver batas blancas en todas partes, me ayudan a desconectar el cerebro antes de volver a casa.
Hoy, mientras caminaba hacia allí, me crucé a Virginia por el pasillo, arrastrando los pies como quien lleva todo el día luchando contra una tormenta. La pobre tenía una expresión derrotada que me era familiar, todos hemos vivido el primer día en la planta. Por eso, cuando pasé a su lado, le lancé una invitación rápida, sin insistir demasiado:
—Si quieres, luego me tomaré un café en la cafetería. Por si te apetece —le dije.
No esperaba que viniera. Yo en mi primer día habría matado por irme directo a casa a tirarme en la cama y asimilar esta realidad. Pero bueno, la idea era que supiera que tenía a alguien, alguien que no iba a juzgarla si necesitaba cinco minutos para quejarse de todo. Algo que yo hubiera agradecido tener al empezar, para qué mentir.
Me siento en mi mesa de siempre, esa junto a la ventana con vistas a las ambulancias de urgencias. Pido un café solo, americano, y lo remuevo concienzudamente simplemente para mantener mis manos ocupadas, porque nunca le hecho azúcar. Mientras lo hago, repaso mentalmente el día: la locura de pacientes, el mal humor de Esther —para variar—, las miradas de Clara que prefería pasar por alto... Y también pienso en Ernesto, el viejo de la habitación 212, había tenido un momento raro hoy: me llamó "Santi" mientras le ayudaba a sentarse. Me reí para mis adentros, a saber quién sería ese tal Santi. Quizá su nieto, quizá su hijo...
Dejo escapar un suspiro largo mientras el café se enfria en mis manos. Me gusta este momento, estar solo pero no sentirme solo, escuchar el murmullo lejano de la planta, los pitidos ocasionales, la vida avanzando más allá de mis dramas me hace darme cuenta de que no soy imprescindible. Eso me da cierta paz.
Estoy a punto de levantarme cuando siento unas manos apoyarse sobre mis hombros.
—¿Ya te vas? —escucho su voz, aún con un deje de cansancio, pero acompañada de una sonrisa tímida.
Giro la cabeza y me encuentro a Virginia, de pie, con las mejillas todavía un poco coloradas, quizá del esfuerzo, quizá de la lloradita que sospechaba que se había permitido en algún rincón del hospital.
—No me iría sin la segunda ronda —bromeo, dejando la cucharilla en la taza—. ¿Te apetece un café?
Asiente, y pedimos otro. Esta vez, para ella sola. No nos coordinamos muy bien, pero el simple hecho de que hubiera venido me alegra el turno más de lo que debería. Nos sentamos, cada uno abrazando su taza como si fuera un salvavidas.
—¿Qué tal ha ido el primer día? —pregunto, sabiendo que la respuesta no va a ser ningún poema.
Ella suelta un bufido que me hace sonreír levemente, yo también viví mi primer día hace poco, sé lo que se viene.
—Bastante bien, pero dios, qué estrés —admite, bajando la voz como si temiera que Esther apareciera de repente detrás de la cafetera—. Esther es... no sé... fría. Seca. Da un poco de miedo, la verdad.
No puedo evitar reírme.
—Esther es... así —le aseguro—. Pero si algún día te ves muy apurada, créeme que es la mejor opción para pedir ayuda.
—¿En serio? —pregunta, frunciendo el ceño.
—En serio —confirmo, dándole un sorbo al café—. Es su forma de inspirar respeto. Se pone ese disfraz de sargento para que no se le desmadre la planta. Pero debajo de todo eso... bueno, tampoco te voy a mentir: sigue siendo bastante sargento —me rio—. Solo que se preocupa más de lo que deja ver.
Virginia sonríe por primera vez desde que se ha sentado, una sonrisa medio de alivio, medio de "bueno, quizá no muera aquí". Hablamos de tonterías durante unos minutos: de los pasillos laberínticos, de lo horrible que era el café de la sala de descanso, de lo absurdamente complicado que era encontrar la sala de curas sin acabar en el office… Y en uno de esos silencios confortables, se me escapa:
—Hoy me pasó algo curioso —comento, bajando la voz—. Estaba ayudando a Ernesto, un paciente mayor, y me llamó Santi.
—¿Santi? —repite ella, ladeando la cabeza.
—Sí. No sé quién será. Pero me hizo pensar... a veces somos más fantasmas para ellos de lo que creemos.
Ella me mira en silencio durante un segundo largo, no dice nada, pero su mirada me sugiere que lo ha entendido, que no necesita que lo explique mejor.
24
No sé en qué momento la conversación, que hasta ahora ha sido más profesional que otra cosa, se desvió hacia lo personal. Creo que fue cuando Julio me preguntó, con esa naturalidad suya:
—¿Dónde te estás quedando? ¿Ya tienes piso?
Negué con una sonrisa resignada.
—De momento en un hostal cutre, cerca del centro —admití—. Es temporal, hasta que encuentre algo que no me cueste medio sueldo... ni la salud mental.
Se le notó la sorpresa en la cara, aunque intentó disimularlo bajando la mirada a su café.
—Vaya... —se rascó la nuca, incómodo, y añadió—. Si algún día necesitas, yo estoy en un piso pequeñito cerca del hospital. Tengo un sofá cama... no es gran cosa, pero si te ves apurada, sin problema.
Lo dijo con una torpeza tan genuina que me dio ternura, no era la típica invitación con segundas. Era simplemente un gesto amable y eso, en este hospital, era algo extraordinario.
—Gracias —le sonreí de verdad—. Esta noche ya la tengo pagada, pero me lo pensaré si la cosa se pone fea.
Creo que se dio cuenta de que la oferta podía malinterpretarse, porque se apresuró a añadir algo sobre “solo si te hace falta” y “sin líos”.
Le solté una carcajada bajita, y para liberarlo de su propio apuro, añadí:
—Tranqui. Ya he visto cómo miras a la enfermera rubia. No creo que tenga que preocuparme.
Se quedó rojo como un tomate. Fue glorioso. Bajó la mirada y sonrió, casi con vergüenza.
—¿Clara? —preguntó, como quien no quiere la cosa.
—Mmm, Clara, sí.
—¿Complicado? —pregunté, arqueando una ceja.
Él se rió, bajo y un poco amargo.
—Muy complicado.
Un buen drama de hospital para inaugurar mi vida laboral, pensé. En realidad me hacía ilusión, me encantan los cotilleos ajenos. Le guiñé un ojo, burlona:
—Quizá mañana acepte tu sofá. Así me cuentas qué tiene de complicado el asunto —le dije, levantando mi taza como brindando por futuros salseos.
Él soltó una risa de esas que no enseñan los dientes, pero calientan un poco el estómago.
Seguimos hablando, ahora ya sin disimular que nos caemos bien. Del hospital, de los turnos de mierda, del desorden en el cuarto de curas... De repente, me acuerdo de algo del paseo por planta que me ha dejado dándole vueltas:
—Oye... —digo, dejando mi taza sobre el platito—. ¿La chica que me presentaste esta mañana se llamaba Sara, no?
—Sí, la de la habitación 217.
Asiento.
—Me cayó bien —confieso—. Se la veía un poco... no sé, vulnerable, pero también con mucha garra. Me recordó a mí misma, ¿sabes? Al principio, cuando no sabes muy bien dónde encajas ni cómo defenderte sin parecer una cría.
Julio sonríe sin exagerar el gesto.
—Sara es de las que luchan —dijo, bajito—. No sabes la de cosas que ha tenido que aguantar para seguir sonriendo.
Nos quedamos un momento en silencio, pero de esos silencios buenos, de los que no incomodan, solo te acompañan hasta la siguiente frase. Después, dejamos la conversación ir por caminos más ligeros. Alguna anécdota absurda sobre un paciente que intentó salir en bata abierta al pasillo, el truco infalible para colarse en el turno de meriendas buenas, esas cosas.
Finalmente me levanto, recogiendo mi bolsa.
—Gracias por el café. Y por no dejarme naufragar sola.
Él me mira como si eso ni mereciera mención.
—Para eso estamos.
Salí de la cafetería con la sensación, extraña pero buena, de que había encontrado algo parecido a un primer amigo aquí. O al menos, un principio de amigo.
25
Salgo del hospital con una sonrisa extraña en la boca. No es por el turno, que ha sido una locura. Es por Virginia, por su risa, su forma de moverse por la planta como un torbellino. Por la forma en que, en medio de todo ese caos, me ha hecho sentir menos solo. Camino hacia casa, con las manos en los bolsillos y la cabeza zumbando todavía, cuando pienso en Ernesto. Hoy me ha llamado Santi. Mañana, probablemente, me llamará Luis o Pedro. Pobre hombre. De momento me parece entrañable, una anécdota más de esas que no sabes si te dan risa o ganas de llorar.
Sigo andando, dejando que los pensamientos salten de uno a otro. Virginia. Ernesto. Virginia otra vez. Clara. Claro que pienso en Clara, es inevitable. Aún puedo notar su culo en mis manos si cierro los ojos, pero hoy ha sido distinto. Hoy, por un rato, he logrado no tenerla en la cabeza. Y eso… es una pequeña victoria.
Me rio para mí mismo, cansado.
Llego a casa, suelto la mochila y la chaqueta en cualquier rincón y me voy directo a la ducha. El agua caliente me golpea la espalda y cierro los ojos, dejando que el cansancio empiece a manifestarse en mis músculos. Y entonces, puntualmente, vuelve el recuerdo. La noche en casa de Clara. No fue un polvo rápido ni un momento confuso. Fue algo más. Algo que, para mí, había significado demasiado. Recuerdo su risa cuando salimos del bar, sus manos en mi chaqueta, sus labios buscándome en el portal, la manera en que me arrastró hasta su cama como si no pudiera esperar ni un segundo más.
Recuerdo su cuerpo perfecto moviéndose para buscar mi lengua, sus gemidos contra mi oído, sus uñas marcándome la espalda mientras me pedía más. Recuerdo cómo su coño se aferraba a mi polla, cómo gemía mi nombre, cómo me miraba como si, por un momento, yo fuera todo lo que quería. Y recuerdo también el final. Su frialdad brutal después, su “vete” escupido desde el baño, sin mirarme a la cara. Ese portazo. Ese vacío. Como si todo lo que había pasado no significase nada.
Aprieto los ojos bajo el agua, quiero borrarlo, quiero arrancarlo de mi piel. Pero no puedo. Ese polvo se ha quedado grabado en mí como una cicatriz. Me paso la mano por la cara, dejando que el agua resbale por mis dedos. Mi polla, endurecida automáticamente al recordar la escena, al recordar la imagen de Clara arqueando la espalda para recibir todo mi miembro, de su coño empapándome la cara cuando se corrió contra mi lengua, de su culo goteando mi simiente. Pero no era solo físico, era el hueco que dejó después lo que pesaba más. La sensación de haber sido usado, de no haber sido suficiente.
Respiro hondo. Me obligo a relajarme, a dejar que el agua siga corriendo, como si pudiera llevarse todo mi malestar por el desagüe y me hago una paja para aliviar la presión que siento en los huevos, aunque no siento placer en ello. Cuando salgo de la ducha, me siento más ligero, más vacío también. Pero, de alguna forma, más decidido.
26
Hoy empecé el turno con otra actitud. No es que mágicamente el hospital se hubiese convertido en Disneylandia, pero después de la charla y el café de ayer con Julio, algo había cambiado. Era como si alguien me hubiera recordado que no todo era hostil, que había gente buena en este sitio de locos.
Entré en la planta y me encontré, cómo no, con Esther, con esa expresión de sargento que ya casi me daba risa. La miré de reojo mientras organizaba su papeleo como si fuera la General en una misión de guerra. Y en vez de encogerme, pensé: "quizá Julio tiene razón y es solo un disfraz."
Así que respiré hondo, saqué mi mejor sonrisa —esa que usaba para desarmar a profesoras y suegras difíciles— y me lancé al turno con una energía que no sabía que tenía. Me movía entre las habitaciones con soltura, intentaba sonreírle a los pacientes, aunque por dentro me quisiera morir de cansancio, y, aunque alguna sí lie (como enchufar un suero en el canal equivocado, ups), al menos hoy me sentía un poquito menos inútil.
En uno de esos momentos entre carrera y carrera, mientras revisaba el carro de curas, sentí un leve tirón en la manga de mi bata. Me giré y ahí estaba Sara, la cría ingresada que Julio me había presentado el primer día. Tenía una expresión medio culpable, medio traviesa.
—Oye... ¿tú sabes algo de chicos? —me preguntó en un susurro, como si estuviéramos compartiendo un secreto de Estado.
Me hizo tanta gracia que casi suelto la risa, pero me contuve. Apreté los labios, fingí una seriedad exagerada y le respondí:
—Depende. ¿Quieres conquistarlo o asesinarlo?
Ella soltó una carcajada bajita, la típica que solo sacas cuando de verdad te relajas. Entonces me explicó que había un chaval en la habitación de al lado —un ingreso temporal, nada grave— que le gustaba, pero que no sabía si decirle algo. Estuvimos cinco minutos en modo "consultoras del amor", susurrando estrategias absurdas, y cuando terminó la conversación, me sonrió de verdad.
Seguí mi turno flotando un poco en esa sensación cálida. Hasta que Clara apareció en mi campo de visión. La rubia despampanante del hospital. Piernas infinitas, sonrisa de catálogo, culo de escándalo. Y un aura de "hago lo que quiero y tú lo sabes" que se notaba a kilómetros. Vi cómo Julio la miraba de reojo mientras ella se paseaba de un lado a otro. Pobre chico. No hacía falta ser un genio para ver que estaba coladito por ella. Me mordí el labio para no reírme. Y al mismo tiempo, sentí un pequeño pellizco en el estómago. No porque me importara de esa forma, sino porque sabía muy bien cómo eran las chicas como Clara —yo también fui como ella—. Nos gusta jugar a nuestro antojo, calentar hasta el punto justo, pero no dar más. Y Julio... joder, era un buenazo. Un alma de las que no abundan y sabía que le iban a romper el corazón si no abría los ojos a tiempo.
Pero bueno, tampoco era asunto mío. O al menos eso me repetí mientras volvía a centrarme en mis tareas.
El turno pasó volando entre ajetreo, gritos de interfonos, y carreras para conseguir medicación antes de que el mundo se desmoronara. No tuvimos descanso a la vez, así que apenas crucé un par de miradas con Julio durante el día. Pero al salir, mientras me debatía entre irme directa a la cama o hacer vida social, decidí jugármela.
Fui a la cafetería. Y allí estaba Julio, en su esquina habitual, con una taza entre las manos y esa expresión tranquila que había empezado a reconocer como su "modo refugio". Me acerqué con decisión, cruzando la sala como quien sabe que el destino le debe al menos una buena conversación.
—Oye —le dije, apoyando los codos en su mesa con una sonrisa traviesa—. Me he pensado lo de tu sofá… Creo que voy a aceptar la oferta.
Él alzó una ceja, divertido, dejando la taza a un lado.
—¿Sí? ¿Tan mal ha ido el turno?
Me encogí de hombros, fingiendo resignación.
—Digamos que sobreviví. Pero podría necesitar terapia intensiva... y un buen sofá ayuda.
Nos reímos los dos, relajados. Me acomodé en la silla frente a él, y antes de que pudiera decir nada más, solté:
—Eso sí, hoy invito yo. Y nada de cafés de mierda. Hoy toca cerveza. Termina esa mierda y nos vamos —dije con una sonrisa.
27
Cuando salimos del hospital y fuimos hacia el bar, me sorprendió la vitalidad repentina de Virginia. Era como si se hubiera quitado de encima todo el peso del turno. Iba resplandeciente. Y no exagero. Por primera vez la veía vestida de calle, no enfundada en nuestro maldito uniforme verde que nos hacía parecer soldados de un ejército perdido. Y joder… estaba espectacular.
Unos vaqueros de tiro alto que le marcaban una cintura preciosa y un culo que, aunque no tenía el volumen exagerado de Clara, era perfectamente redondo, armónico, natural. Por arriba, un jersey beis de cuello alto que no enseñaba nada, pero dejaba claro que no necesitaba escote: sus pechos se intuían generosos, firmes. Sin embargo, lo que más destacaba era su cara. Esa sonrisa amplia, esa luz en los ojos. Virginia era preciosa. De una manera que no tenía nada que ver con la belleza provocativa de Clara. Era más limpia, más natural, más difícil de ignorar aunque no lo intentara.
Si no estuviera todavía tan obsesionado con Clara, probablemente estaría deseando llevármela a casa esa misma noche. Pero no. Con Virginia era distinto. Era una amiga. Una luz nueva que había aparecido en esta ciudad gris, y que me hacía pensar que quizá las cosas no tenían por qué ser siempre tan complicadas. Entramos en el bar y mientras buscábamos mesa, Virginia se fue directa a pedir. La vi apoyarse en la barra, sonriendo de forma tan abierta que no me extrañó nada que un tío de unos treinta, trajeado y repeinado, se acercara a hablarle sin perder ni un segundo. Normal. Destacaba en la sala como un faro en un acantilado.
No vi qué le dijo, pero Virginia volvió a la mesa un par de minutos después, con dos jarras enormes de cerveza y una sonrisa divertida en la cara.
—¿Ya has ligado o qué? —bromeé mientras me dejaba caer en la silla.
Ella soltó una carcajada que me desarmó un poco.
—Nah, solo me estaba preguntando por la estación de buses más cercana —dijo, con ese tono suyo de ironía suave que ya empezaba a reconocer.
—Claro, claro —reí.
Ella me pasó una de las jarras.
—¿Brindamos? —propuso.
Levanté la mía.
—Por los nuevos comienzos, Virginia.
—Salud —repitió, chocando nuestras jarras con fuerza.
Bebimos un primer trago largo y empezamos a charlar, dejando que la cerveza soltara la lengua. Primero hablamos del hospital, de lo agotador que era encajar en un equipo donde cada uno iba a su bola. Luego el tema derivó, casi sin querer, en el EIR.
—¿Te acuerdas de cómo era esto hace un año? —me preguntó, riéndose.
—¿Cómo olvidarlo? —resoplé—. Estudiar como cabrones, vivir entre apuntes, cafés y llantos existenciales.
Virginia asintió, dándole otro sorbo a la cerveza.
—Yo estuve a punto de mandarlo todo a la mierda en diciembre —confesó—. Tenía la sensación de que todo el esfuerzo no iba a servir para nada.
—¿Y qué te hizo seguir? —pregunté, curioso.
Ella se encogió de hombros, jugueteando con el asa de la jarra.
—No lo sé. Supongo que era eso o aceptar que me iba a arrepentir toda la vida. Realmente adoro este trabajo y adoro sentir que ayudo a las personas.
Sonreí, entendiendo perfectamente. Habíamos pasado por la misma mierda: el cansancio, las dudas, las horas interminables delante de un manual de farmacología. Y ahora estábamos aquí. En un bar cualquiera, celebrando que habíamos sobrevivido y que estábamos viviendo nuestro sueño.
La conversación fluía sola. Era fácil hablar con Virginia. Demasiado fácil. Hasta que sonó el móvil. Vibró en mi bolsillo y, como un imbécil, lo saqué instintivamente. Pantalla encendida: Clara. Un mensaje corto: "¿Mañana tienes turno de mañana? Si quieres nos tomamos algo por la noche."
Sentí un vuelco en el estómago.
Intenté disimular, bloqueé el móvil rápido, pero era demasiado tarde.
Virginia me había visto. Y Virginia, cuando quería saber algo, era peor que un puto sabueso.
—¿Quién era? —preguntó, mirándome con esa sonrisita suya ladeada que decía: sé que me vas a contar todo.
—Nadie —mentí torpemente.
Virginia se apoyó en la mesa, entrecerrando los ojos como si estuviera viendo a través de mí.
—Julioooo —canturreó, burlona.
—De verdad, una tontería —intenté esquivar.
Ella alzó una ceja, divertida.
—¿Tontería rubia y buenorra, quizá?
Me reí, rendido. No había forma de escapar.
—Clara —confesé, bajando la voz como si eso cambiara algo.
—Ajá.
—Virginia apoyó la barbilla en una mano, muy interesada—. ¿Y qué quiere nuestra Barbie particular?
Sus ojos brillaban entre divertidos y protectores.
Suspiré, dejando la jarra en la mesa.
—Me ha escrito para quedar mañana. Tomar algo antes del turno.
Virginia no dijo nada durante unos segundos. Solo me miró. Como si estuviera valorando cada palabra que no decía. Después se inclinó hacia mí, con esa intensidad suya que te atrapa sin querer:
—¿Y tú qué quieres, Julio? ¿Ir? ¿Seguir detrás de una tía que claramente te trae por la calle de la amargura?
No lo dijo en tono de juicio. Lo dijo… como si de verdad le importara. Y eso, más que cualquier reproche, me jodió. Me encogí de hombros.
—No lo sé —dije, sincero—. Una parte de mí quiere… otra parte sabe que voy a salir perdiendo.
Virginia asintió despacio, como si entendiera más de lo que yo mismo entendía.
—Haz lo que quieras —dijo al final—. Solo prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Que no te olvidarás de ser tú mismo.
Me quedé callado. La miré. Esa chica que apenas conocía me acababa de decir, en una frase, todo lo que necesitaba escuchar. Y aunque no respondí en voz alta, supe que, de alguna forma, ya le estaba dando las gracias.
28
Después de un buen rato en el bar hablando de la vida, decidimos que ya era hora de irnos a casa. Bueno, a su casa. Yo tenía curiosidad, la verdad. Me apetecía ver cómo era su piso. Igual me ayudaba a decidir si lanzarme con el mío o seguir en ese hostal cutre de paredes finas donde el vecino de al lado ronca como un tractor.
Mientras caminábamos por esas calles tranquilas, pensaba en todo lo que habíamos hablado. En lo bien que se estaba con él. Y también, inevitablemente, en la precariedad asquerosa que arrastramos todos los que trabajamos en esto. La gente se piensa que los sanitarios vivimos bien. Que tenemos sueldos de escándalo y vidas resueltas. Spoiler: no. Especialmente los residentes. Somos el último eslabón de la cadena alimenticia hospitalaria. Curramos como mulas, cobramos una mierda y encima agradecidos. Nuestro sueldo base está peligrosamente cerca del salario mínimo y sobrevivimos gracias a las guardias, que sí, están bien pagadas, pero te dejan el cuerpo y el alma como si te hubieran atropellado.
No dormimos, no comemos bien, y cuando por fin tenemos un día libre lo gastamos intentando recordar quiénes éramos antes de meternos en este sistema. Y sí: esto repercute en la calidad asistencial. No lo decimos en voz alta porque da miedo, pero todos lo sabemos. El sistema está montado para explotar a los que están dentro, especialmente a los que estamos empezando. Y lo peor: nos hacen creer que es normal.
En fin, todo eso me daba vueltas mientras caminábamos. Julio a mi lado me sonreía de vez en cuando, como si supiera exactamente cuándo dejarme pensar en silencio y cuándo soltar alguna tontería para sacarme una sonrisa. Cada vez me cae mejor. Es tan tierno. Tan atento. Tan el tipo de persona que me gustaría tener cerca siempre. Hace nada que lo conozco y ya siento que podría contarle cosas que solo le cuento a Inés. Hay algo entre nosotros que no sé cómo nombrar. No es atracción sexual, aunque obvio que está bueno, y seguro que en la cama se defiende —si no, Clara no estaría tan enganchada—, pero no es mi tipo. Demasiado bueno, demasiado sincero. Ya tengo suficiente con Mario, gracias. Un buenazo más y monto una ONG.
Cuando llegamos a su piso, me sorprendí. Era mejor de lo que esperaba. No era enorme, pero se notaba que estaba vivido. Todo tenía un punto caótico pero acogedor: libros apilados en una esquina, una planta medio muerta junto a la ventana, una manta en el sofá que pedía siesta a gritos. El suelo crujía un poco al andar, y eso me pareció encantador.
—Bueno… —dijo, abriendo los brazos con ese gesto exagerado de anfitrión de peli barata—. Este es mi humilde palacio.
—Pues no está nada mal —respondí, dejándome caer en el sofá—. Es más grande que el que tengo mirado yo, pero está más lejos del hospital, ¿no?
—Sí. Pero me gusta caminar. Así me despejo.
Sonreí. Me gustaba cómo pensaba.
Él se puso a recoger unas cosas para preparar el sofá cama. Yo me quedé observando, sin ayudar mucho, lo admito. Pero era divertido verlo pelearse con el mecanismo de la estructura.
—¿Seguro que esto se convierte en cama? —pregunté con una ceja arqueada.
—Lo hace. Cuando quiere —respondió, sudando la gota gorda.
—Como Clara —solté sin pensar.
Él se rio, pero se le escapó algo en la mirada. Esa cosa que ya sé identificar: esa mezcla de deseo y tristeza.
—¿Vas a ir mañana? —pregunté, bajando la voz.
Siguió trasteando con la cama, sin mirarme, pero su tono cambió.
—No lo sé. Estoy cansado. Confundido.
Me senté más recta.
—Mira, Julio, no seas tonto. Si te gusta, vete. Pero ten clara una cosa: si juega contigo, tú también tienes que aprender a jugar con ella. Si no, siempre acabarás perdiendo.
Él me miró. Me miró de verdad. Y durante un segundo, supe que había entendido cada palabra.
—Gracias —susurró.
Cuando el sofá por fin se convirtió en algo más o menos parecido a una cama, Julio se levantó y me ofreció la mano.
—Duerme tú en mi cama. Yo me quedo aquí.
Lo miré como si acabara de insultarme.
—De eso nada. Tú me invitas, soy yo la que sufre con los muelles.
—Venga ya, Virginia. Es más cómodo el colchón.
—Precisamente por eso —le dije, empujándolo suavemente hacia el sofá cama—. Si te parece mal podemos probar cómo funciona este trasto con dos.
—¿Vas en serio? —preguntó, sonriendo.
—Muy en serio —dije, y me dejé caer de espaldas, ocupando todo el espacio con los brazos abiertos.
Él intentó protestar. Se resistió. Me empujó suavemente por la cintura. Y yo lo agarré de la muñeca, tirando de él con una fuerza medida que terminó con los dos cayendo sobre el colchón, entre risas y codazos suaves, como si fuéramos adolescentes.
—Vaaaale —dije al fin, sin dejar de sonreír—. Me rindo. Te dejo tu cama.
Me levanté y lo miré desde la puerta del baño.
—¿Tienes un cepillo de dientes de sobra?
—Creo que sí —contestó, algo aturdido.
Unos minutos después, nos estábamos cepillando los dientes uno al lado del otro en el diminuto lavabo, sin decir nada. Solo el ruido de los cepillos y nuestras miradas en el espejo. Nos miramos de reojo. Él sonrió. Yo también. Y en ese silencio, entre espuma de menta y luces tenues, sentí que algo había empezado a construirse entre nosotros, sin que nadie dijera una sola palabra.
No sé qué hora es. Pero me cuesta dormir. El sofá cama no es tan incómodo como esperaba, aunque tiene esa rigidez rara de las camas que no son tuyas. Y además está él. Julio. Durmiendo a tres metros de mí, en la otra punta del piso, con el cuerpo vuelto hacia la pared y esa respiración suave, rítmica, que empieza a contagiarme de calma.
Pero no la suficiente. Llevo ya rato dándole vueltas. No al día. A él. A cómo me miraba antes de ir a dormir. A cómo disimulaba mal que se le iban los ojos cuando salí del baño con el pelo mojado, en camiseta y bragas. Y lo peor es que no me molestó. Al contrario. Me puso. No estoy enamorada. Ni siquiera lo estoy considerando. Pero joder, hay algo en ese chico... Esa mezcla de ternura y contención. Ese rollo de buenazo que se muerde la lengua, que intenta no mirar, que cree que tiene el deseo bajo control. Y encima está pillado por una rubia explosiva que le vuelve loco. Eso sí que me pone. Verlo atado emocionalmente, luchando por parecer correcto, mientras el cuerpo lo traiciona.
Me muevo un poco bajo la sábana. Él no se inmuta. Sigue respirando igual, dormido, ajeno. Y yo... yo empiezo a pensar en cosas que no debería. En cómo sería si se estuviera en el sofá en vez de en su cama, en que me rozara sin querer. En si se despertara a medias, somnoliento, con los ojos entrecerrados y me tocara la cintura por reflejo, sin saber aún qué está haciendo. En su mano. Grande. En mi ombligo. Bajando. En su boca. Su boca lenta, torpe, contra mi cuello.
Joder, Virginia. Para.
Pero no puedo parar. Deslizo una mano bajo la sábana, despacio. Solo una. La izquierda. Bajo la tela de la camiseta, acaricio la línea del vientre. Respiro hondo. El sofá cruje apenas, como una advertencia. Elijo el ángulo más cómodo, el mismo que ya sé de memoria, y empiezo a acariciarme muy despacio. Cierro los ojos y dejo que mi mente se encargue del resto. Esta vez no pienso en Mario. Ni en nadie de Madrid. Pienso en Julio. En su voz grave cuando me explica algo en planta. En la forma en que se le marcan las venas en los antebrazos cuando aprieta los dedos sobre la carpeta. En su cuello. En su espalda desnuda saliendo de la ducha, como esta mañana.
Me toco por fuera, sobre la tela de las bragas. Ya estoy mojada. No necesito casi nada para calentarme hoy. Morgan no está. Hoy soy yo y mis dedos. Y el leve ronquido de Julio, de fondo. Imagino que se da la vuelta. Que me descubre. Que me mira y no dice nada. Que me observa con la boca entreabierta. Y que se levanta, sin hablar, sin vergüenza, se mete bajo la sábana y empieza a besarme los muslos como si lo hubiera hecho mil veces. Dios.
Subo un poco el ritmo. Sigo tocándome con la misma mano, los dedos buscando el clítoris, masajeándolo con lentitud, como si me lo pidiera. Me imagino a Julio empujándome los muslos con firmeza, sujetándome con una mano mientras con la otra me abre más, me lame sin miedo, sin técnica, pero con deseo. Y eso... eso me vuelve loca. Me muerdo el labio para no gemir. Me ahogo contra la almohada. No quiero hacer ruido. Él está dormido. O eso creo. O eso me gusta creer. Quizá me escucha. Quizá no. Pero el riesgo… la cercanía… la idea de que pueda olerme, aunque no lo diga... me lleva directa al borde. Y justo antes de correrme, pienso en Clara. En lo mucho que lo manipula. En lo guarra que se cree. Y me imagino cogiéndole la cara a Julio y diciéndole al oído: "Esto es follar de verdad". Y me corro. Despacio. Silenciosa. Pero intensa. Tan intenso como el nudo que me aprieta el pecho después.
Me quedo ahí, jadeando bajito, con la mano aún dentro y el corazón acelerado. Julio sigue dormido. O fingiendo. Quién sabe. Yo solo sé que, por segunda vez en mi vida, me he tocado en un sofá cama. Y solo he necesitado que alguien estuviera lo bastante cerca para llenarme de placer.
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