Xtories

Hospital comarcal (4)

Seis meses de silencio y una semana para irse. Virginia tiene el corazón dividido entre una jefa que la mira demasiado y una compañera que la desarma. Pero esta noche, mientras sus amigas humillan a un traidor, ella tiene un plan mucho más íntimo para despedirse de su pasado: dejar sin aliento a quien siempre la ha deseado en silencio.

Ricardo Lomas6.3K vistas9.1· 11 votos

12

Me ducho sin prisa, dejando que el agua caliente me resbale por la espalda como si pudiera lavarme la ansiedad. Me queda una semana para irme y tengo la cabeza hecha un nudo: cajas a medio hacer, maletas sin cerrar, un montón de dudas disfrazadas de “decisiones adultas”. Salgo envuelta en la toalla, con el pelo chorreando y la piel aún enrojecida por el vapor, y me planto frente al espejo del baño. Ahí estoy. Mojada, ojerosa, con la marca del sujetador todavía en los hombros. Me miro con detalle, como si no fuera yo, como si estuviera intentando encontrar respuestas en mi reflejo. ¿De verdad voy a dejar todo esto atrás? ¿Otra ciudad, otra etapa, otro vez a empezar de cero?

Me recojo el pelo en un moño torpe, me paso los dedos por la mandíbula, por el cuello, por el pecho aún húmedo. Me detengo en el lunar de la clavícula, ese que un chico me dijo que era una invitación a la lujuria. Me observo con cierta curiosidad, como si necesitara recordarme que sigo aquí, que sigo siendo yo. A veces no estoy tan segura. Abro el cajón del baño y saco la ropa interior que he dejado preparada: braguitas negras de encaje fino y un sujetador a juego, de esos que te hacen sentir poderosa aunque nadie vaya a vértelo. O quizás por eso mismo. Me los pongo despacio, como si estuviera ensayando un papel que no me creo del todo. A veces pienso que esta ciudad me ha ido desdibujando.

El móvil vibra en la encimera, justo cuando estoy ajustándome el sujetador. Lo cojo sin pensar, con la toalla aún atada a la cintura. Al ver el nombre en la pantalla, se me corta la respiración un segundo.

—¿Aitana?

No dice nada al principio, solo resopla y resopla, hasta que rompe a llorar.

—¿Tía…? ¿Qué ha pasado?

—Lo he pillado, Vir… Lo he pillado follándose a otra—balbucea, entre lágrimas.

Me quedo en silencio un segundo, procesando y, de repente, me entra una rabia súbita —¡pero será hijo de puta! —.

—¿Josu?

—Sí… Joder, sí. Llevaba días rara con él porque cada vez me contestaba menos a los mensajes y quise darle una sorpresa. Me cogí un bus esta mañana, sin decirle nada, pensaba llevarle unas putas magdalenas caseras. Romántica de mierda, ya sabes…

—Ay, Aitana… —suspiro adivinando lo que viene a continuación.

—Cuando llegué a su casa —empieza Aitana con la voz temblorosa, todavía entre sollozos—... escuché unos ruidos raros desde el salón. Al principio pensé que estaba viendo la tele muy alta o que algo se había caído. Ya sabes, nada que no esperara de un piso tan desastroso como el suyo.

Hace una pausa. No digo nada, solo escucho. Aitana traga saliva.

—Entonces entré para ver si pasaba algo y ¡vaya si pasaba!, Ahí estaba, la muy zorra a cuatro patas en el sofá, como si fuera su casa, y él detrás poniéndola fina. ¡Eso era lo que oía! Los golpes de su polla contra el culo de esa guarra.

—Dios, Aitana… —susurro, llevándome una mano a la boca.

—Me quedé en shock, él ni se inmutó y siguió follándosela hasta que se me cayeron las putas magdalenas al suelo. Entonces salí de ahí corriendo, solo escuché al imbécil de Josu gritando “No es lo que parece”.

—¿Perdona? —me tiro sobre la cama, indignada—. ¿Qué se supone que podía ser, un experimento social?

—Te lo juro, Vir. No sé qué me dolió más, si verlo así o escuchar esa frase de mierda. Sentí que se me rompía el corazón en pedazos.

No sé si reír o llorar. El corazón se me hace un nudo.

—Lo siento tanto, tía… ¿Dónde estás ahora?

—En casa de mis padres. Me volví como una zombie. No he dicho nada a nadie, solo a ti.

—Vale. No te vas a quedar así. Dame un minuto.

Cuelgo. Y llamo a Inés.

—¿Qué pasa? ¿Ya te has decidido por un piso?

—Qué va, es por Aitana, ha pillado a Josu follándose a otra en su sofá.

—Me cago en el neandertal de mierda. ¿Está bien?

—Destrozada, cómo va estar la pobre.

—Pues tenemos que hacer algo urgentemente.

—Ya… por eso te llamaba. ¿Alguna idea?

—Noche de chicas, que se venga a mi casa, mis compis se han ido a ver a sus familias, así que tengo el piso libre. Pelis, helado, cotilleos y vino blanco, como en los viejos tiempos.

—Dios, sí… y musicales…

—Y cantamos a grito pelao “All That Jazz”, hasta quedarnos afónicas.

—Perfecto. Me encargo del vino. Tú del helado.

—Y de las mantas. Y de decirle que se ponga guapa, que no venga en pijama de pena. La vamos a subir como la espuma, tía. Ya verás.

—Te quiero.

—Lo sé, zorra. Luego nos vemos.

Cuelgo sonriendo. Miro al móvil un segundo antes de escribirle a Aitana: “Prepara algo cómodo y vente a casa de Inés. Vamos a darte la noche que Josu jamás sabría darte”.

13

El hospital me pesa hoy más que nunca. Ni siquiera me he cruzado con Clara —le toca turno de noche—, pero su ausencia no me da descanso. Al contrario: es como si su silencio tuviera volumen. Camino por los pasillos como un autómata, con las ojeras marcadas y la cabeza embotada. No he dormido bien. No dejo de revivir esa última noche y preguntarme si de verdad fue tan buena para ella como pareció. Si fingió, si se arrepintió antes incluso de correrse, si fui un error más en su lista de borrones rápidos.

He repetido la misma ronda dos veces. La segunda ni me he dado cuenta. Esther me lo ha hecho notar con una media sonrisa y una ceja en alto. Ha soltado una de esas frases suyas que parecen una broma pero no lo son: —A ver si vamos a tener que hacerte una analítica, novato.

Me he reído, por reflejo, pero sé que lo ha notado. Esther siempre lo nota, parece estar evaluando tus constantes vitales sin tocarte. Cometo un pequeño fallo al preparar una vía y aunque lo corrijo enseguida, me arde la cara de vergüenza. Sé que no es grave, que no llega ni a incidente. Pero no soy yo. Yo no fallo así.

Sigo con mi rutina, intentando mantenerme a flote. Me ocupo, me muevo, relleno informes. Pero por dentro todo me vibra de forma distinta. Como si me hubieran cambiado de frecuencia y no supiera cómo volver a sintonizar la correcta. Entonces Esther me llama desde el control de enfermería. Lo hace con un gesto seco y directo. Mientras me acerco, puedo notar cómo se apagan las risas a mi alrededor. Me fijo por primera vez en que el lugar está casi vacío.

—Julio —dice, con la voz más grave que de costumbre—. Ven un segundo. Y cierra la puerta.

Y ahí me quedo, con la mano temblorosa sobre el pomo y el estómago encogido, sin saber si estoy a punto de recibir una bronca o algo mucho peor. Esther está sentada en su silla, con las piernas cruzadas y una expresión indescifrable. Lleva el típico uniforme de enfermera, nada especialmente provocativo, pero me fijo en que la blusa, ligeramente abierta en el cuello, deja entrever un atisbo de su escote. Sus ojos, siempre penetrantes, parecen hoy más intensos, casi hipnóticos. ¿Cómo puedo estar tan salido últimamente? No puedo evitar pensar en que la enfermera jefa tiene más atractivo del que había imaginado. Pero está a punto de echarme una buena bronca.

Su presencia me desestabiliza, y me pregunto si es solo la tensión del momento o si hay algo más. Sus labios, ligeramente entreabiertos, me invitan a acercarme un poco más, pero sé que no debo cruzar esa línea. Esther es mi superiora, y mira cómo ha acabado lo de Clara —que además son amigas—, cualquier movimiento en falso podría costarme mi carrera. Sin embargo, la atracción es innegable, y siento cómo mi cuerpo responde a su cercanía. Cuando finalmente entro en la habitación, noto el aire cargado. Esther levanta la mirada y me observa con una intensidad que me hace sentir desnudo. Sé que debo mantener la compostura, pero es difícil cuando mi mirada se desvía ligeramente hacia su escote.

14

Llego un poco antes de la hora. Inés me abre la puerta con una copa de vino en la mano y una coleta deshecha que le da ese aire de llevo toda la tarde liada pero aun así estoy divina. Me hace un gesto con la cabeza para que entre y me deja la puerta abierta mientras se gira hacia la cocina.

—He hecho picoteo, ¿vale? Nada de cenas formales, que esto no es MasterChef ni estamos para eso. Y de postre, arsenal de azúcar —dice señalando la encimera llena de palmeritas, galletas y una tarta de chocolate que parece peligrosa.

—Me encanta —respondo dejando la botella de vino blanco que he traído—. ¿Te ayudo con algo?

—Sí, abre esa bolsa de patatas y sírvete una copa, que hoy toca criticar a todo el mundo.

Le hago caso, claro. En cuanto me sirvo la copa, me siento en una de las banquetas de la cocina y brindo en el aire.

—Por los gilipollas —digo irónicamente.

—Por los gilipollas —responde Inés con una media sonrisa amarga—. Josu siempre ha sido un gilipollas, solo que ahora ha tenido el detalle de confirmarlo.

—Ay, tía… qué fuerte, eh. Pobrecita Aitana. Qué manera más rastrera de enterarse y eso que siempre lo defendía, ¿te acuerdas?

—Claro que me acuerdo. Es que Josu es muy suyo, pero en el fondo es un buen tío. Pues en el fondo lo que tenía era su polla en otra chica —dice Inés dando un sorbo y negando con la cabeza—. Menuda bestia, la imagen no se le va a borrar en la vida.

—No se lo merecía, tía, Aitana es buena, pero aguanta más de la cuenta porque cree que la gente va a cambiar. Y él... bah. Siempre me pareció uno de esos tíos asquerosos que se hacen los simpáticos para meterse en tus bragas.

—Totalmente. ¿Y sabes lo que más me jode? Que seguro que mañana va de víctima. Es que fue un error, estaba borracho, no significa nada… En fin, el repertorio básico del machito arrepentido.

—Deberíamos hacerle algo —suelto medio en broma, medio en serio.

—¿Como qué?

—No sé… algo que lo ponga en su lugar, como el triste hombrecillo que es.

Inés me mira, entre divertida y maliciosa.

—Tengo ideas, muchas ideas. Pero primero que coma. Luego ya veremos —dice mirando la tarta de chocolate.

Justo entonces suena el telefonillo, Aitana ha llegado. Nos miramos en silencio, como si supiéramos que esa puerta va a abrirse a un mar de lágrimas y que tenemos que estar fuertes. Inés respira hondo, se remoja los labios con el vino y va a abrir. Yo me quedo en la cocina, dándole un último sorbo a la copa.

Cuando Aitana aparece por la puerta, tengo que contener el impulso de echarme a llorar con ella. Lleva la cara completamente descompuesta, los ojos hinchados, la nariz roja y un gesto derrotado que nunca le había visto. Pero lo que más me impacta es su ropa. Un chándal gris claro con letras rosas descoloridas, como de bazar chino, y unas deportivas que no pegan ni con pegamento. Aitana, que siempre iba divina hasta para sacar al perro. Hasta para ir a clase con fiebre.

—Ay, tía... —murmuro acercándome a abrazarla.

—No digas nada —responde ella, con la voz temblorosa, mientras se me echa encima.

Inés la rodea también con los brazos y nos quedamos ahí, las tres en el pasillo, abrazadas como si el mundo se hubiera parado un momento solo para nosotras. Aitana huele a su colonia de siempre, pero mezclada con lágrimas y una tristeza que se pega como humedad.

—Pasa, venga. Tenemos un montón de opciones, vas a sobrevivir a esto —dice Inés, rompiendo un poco la tensión.

Aitana asiente en silencio y entra arrastrando los pies. Se deja caer en el sofá como si le pesaran los huesos. Yo le acerco una copa de vino.

—No quiero beber —dice.

—No es para que bebas, es para que lo sostengas. Si tienes las manos ocupadas, lloras menos —respondo, y consigo arrancarle una mínima sonrisa.

Inés se sienta a su lado y le pone una servilleta en las piernas.

—A ver, zorra. Vas a cenar. Aunque sea para tener energía para vengarte. Que Josu no se merece ni una lágrima, pero tú sí te mereces un pincho de tortilla, unas aceitunas y este brie que está para correrse entera.

—Estáis muy locas —murmura Aitana, con los ojos aún vidriosos.

—¡Lo estamos las tres!, pero hoy Inés y yo hemos venido a cuidarte—le digo, cogiendo su mano.

Empezamos a picar algo mientras Inés suelta frases absurdas y geniales. Que si debiéramos abrir una escuela para formar hombres decentes. Que si va a crear un Tinder paralelo donde todos los perfiles tengan certificado de no ser gilipollas. Aitana ríe por primera vez en todo el día cuando Inés imita cómo debió sonar Josu diciendo “No es lo que parece” con la polla todavía fuera.

—Te lo juro, parecía una escena de Telecinco. Solo faltaba la cabecera de La Isla de las Tentaciones.

Aitana casi se atraganta con una patata. Y yo la miro y pienso que, aunque esté rota, al menos ha venido aquí. Que estamos las tres. Y que esta noche, pase lo que pase, no va a dormir sola.

Después de cenar, Aitana se acomoda entre cojines como si necesitara construirse una muralla de tela y plumas. Inés, por supuesto, ya lo tenía todo pensado.

—Vale, esta noche vamos a hacer terapia audiovisual. El objetivo: olvidarnos del cerdo de Josu y recordar que John Travolta antes era un dios griego —dice, sacando el portátil y buscando Grease en la plataforma.

—¿En serio vamos a ver esto? —pregunta Aitana con una ceja medio levantada.

—Tú cállate y come helado. Travolta en chaqueta de cuero te va a recordar lo que es babear por alguien.

Nos echamos encima la manta del sofá. Inés ha traído dos botellas de blanco, un tupper lleno de brownie y un arsenal de cucharas. La peli empieza y las tres entramos en ese limbo extraño de nostalgia, calorcito y risas suaves entre diálogo y diálogo. Comentamos chismes tontos, algunos nombres del instituto, compañeras de prácticas que ahora son influencers de uñas semipermanentes… todo lo que nos mantenga lejos de la palabra “infidelidad”.

Al rato Aitana empieza a encogerse. Primero deja de comer. Luego se tapa hasta la nariz. Y cuando Olivia Newton-John canta Hopelessly devoted to you, la vemos romperse de nuevo. Se le escapa un suspiro roto, de esos que ya no intentan esconderse.

—Lo siento… no quería joder el ambiente —murmura.

—Tía, no jodes nada —le digo, acercándome—. Es tu noche.

La miro un segundo. Me muerdo el labio. No estoy segura de si lo que voy a hacer es buena idea. Pero quiero distraerla. Y en parte… necesito contarlo.

—¿Sabes qué? Te voy a contar algo ridículo. A ver si así me quito esta espina y tú piensas en otra cosa.

Aitana me mira, todavía con los ojos brillantes.

—¿Qué?

—Mario.

—¿Mario? —repite, frunciendo el ceño—. ¿Mi Mario?

—Sí. Bueno, nuestro Mario. El de Madrid. El que siempre está disponible, el que da abrazos de ocho segundos y te manda memes a las tres de la mañana.

—¿Qué pasa con Mario?

Sus ojos ahora están más abiertos que hace un segundo. Y yo pienso: venga, allá vamos.

—La última vez que fui a su casa… —empiezo, bajando la voz y sintiendo que se me encienden las mejillas—. Lo calenté. Mucho.

Inés y Aitana me miran, expectantes, como si acabara de soltar la primera frase de un culebrón.

—Y luego —sigo, removiéndome incómoda en el sofá— cuando me dejó en el sofá cama, aproveché para jugar un poquito con Morgan. Porque no sabía si quería acostarme con él, pero yo también me quedé bien cachonda.

Inés suelta una risita ahogada. Aitana abre la boca como si no pudiera creer lo que está escuchando.

—A mí es que me gusta mucho el diableo, Ai —admito, encogiéndome de hombros—. Pero no pasó nada, nada real. Me dio miedo y me fui al día siguiente sin verle.

Se hace un silencio.

—No puede ser. —Aitana parece en shock—. ¿Él te lo permitió? ¿Tú allí…? ¡Pero si lleva años loco por ti!

—Eso dices tú. Yo solo… no sé. Además, no se dio cuenta, no te vayas a pensar... Es que físicamente no me atrae, no es feo, pero es que no es mi tipo. Aunque a veces sí. Porque es tan atento, tan correcto, tan caballeroso… que dan ganas de empotrarle solo por quitarle esa aura de santo.

Inés se ríe por lo bajo. Aitana no.

—¿Y por qué no le diste una oportunidad de verdad? —pregunta.

—Porque me dio pena. Porque pensé que, si le abría la puerta, se iba a enamorar más y no quiero hacerle daño. Creo que es mejor mantener la distancia, para los dos.

Aitana suspira. Mira la tele. Olivia canta en bucle, pero ya no estamos escuchando.

—Tampoco es así, Virginia. A veces hay que equivocarse para entender lo que realmente quieres. Mira, si me hubiera dejado llevar por la lógica, nunca habría estado cinco años con un gilipollas. Pero también… si no me hubiera equivocado, hoy no sabría lo que no quiero.

Nos quedamos calladas. Luego nos miramos. Las tres. Y reímos.

—Qué profundo, tía. Vas a acabar escribiendo para El País Semanal —dice Inés, abrazándola.

—Cállate, idiota —murmura Aitana, pero se le nota que está un poco mejor.

Y entonces suelta una bomba sin querer.

—Un día, hace tiempo, Mario me dijo que tú le ponías muchísimo. Que le costaba hasta abrazarte sin empalmarse.

Inés se incorpora como si le hubieran dado una descarga.

—¿Perdona?

Aitana asiente.

—Te lo juro. Me lo dijo así, sin rodeos. Que eras su maldita debilidad.

Yo todo esto ya lo sabía, claro. Inés me mira y sonríe. Sé que en su cabeza ya se está cocinando algún plan indecente. Nos quedamos un rato en silencio, abrazadas, con la peli acabando de fondo y el helado medio derretido entre las manos. Y aunque todo sigue patas arriba, algo se siente distinto. Un poco más soportable.

—Venga, vamos a dormir —susurro.

15

Cierro la puerta tras de mí. El clic suena más fuerte de lo que esperaba. Esther sigue con esa cara seria, como si hubiera visto mil turnos como el mío y ya supiera por dónde va todo esto.

—¿Qué te pasa? —pregunta, directa—. Te he visto raro desde que ha empezado el turno. Y eso no es muy tú.

Respiro hondo. No sé por dónde empezar. O si quiero empezar.

—Nada… estoy un poco fuera de foco, ya está. —Intento sonreír, pero su mirada no se mueve un milímetro.

Se apoya en la mesa con los brazos cruzados.

—Mira, Julio. Errores cometemos todos. Hasta los que llevamos aquí veinte años. Forma parte del trabajo. Lo que diferencia a los buenos profesionales no es que no se equivoquen, sino cómo reaccionan cuando lo hacen.

Asiento en silencio, con la cabeza gacha. Sus palabras me llegan como un regaño suave que, en realidad, necesitaba oír.

—Así que ahora sales de aquí, vas a hablar con ese paciente, le explicas lo que ha pasado y le pides disculpas si hace falta. Pero sin dramatismos, ¿me oyes? Tampoco es para tanto. No se ha dado ni cuenta.

—Gracias —murmuro, más aliviado de lo que esperaba—. De verdad.

Me giro para irme, pero justo cuando mi mano roza el pomo, su voz me detiene.

—Espera un momento.

Me doy la vuelta. Esther se ha quedado mirándome fijamente, pero ahora hay algo distinto en sus ojos. Menos autoridad, más ternura. Me recuerda un poco a mi madre cuando se ponía seria antes de soltar una verdad incómoda.

—Mira, chico… —dice bajando el tono—. He visto cómo miras a Clara.

Se me congela el gesto. No digo nada. Solo noto cómo se me calientan las orejas.

—Y lo entiendo, de verdad. Pero no te conviene seguir por ahí. Estás jugando con fuego y vas a acabar quemándote.

—¿Por qué dices eso? —me sale sin pensarlo.

—Porque la quiero como a una hija —responde sin dudar—. Pero Clara no es el tipo de persona que crees. Y tú... no estás preparado para lo que venga después.

Me quedo clavado, sin saber muy bien qué contestar. No quiero justificarme ni darle detalles. Ni siquiera estoy seguro de qué tipo de persona creo que es Clara. Solo sé que me desarma, me sacude, me rompe.

—¿Quién coño es Clara, entonces? —me lo pregunto para mí, sin decirlo en voz alta.

Esther suspira y me da un leve golpecito en el hombro, casi con cariño.

—Vuelve al turno. Y espabila, novato.

Asiento. Salgo de la garita sin mirar atrás. Me cuesta respirar hondo. El aire del hospital de repente me parece más denso, como si todas las dudas que tengo se me hubieran quedado pegadas a a mi uniforme. Clara no es lo que creo... Pero entonces… ¿qué es? Intento aclarar mis pensamientos mientras camino por los pasillos. La imagen de Clara se mezcla con la de Esther, y me doy cuenta de que ambas tienen un poder sobre mí que no termino de controlar. Esther, con su autoridad y su mirada penetrante, y Clara, con su cuerpazo de muñeca barbie y su capacidad para desestabilizarme.

Me detengo frente a la habitación del paciente y tomo un respiro profundo antes de entrar. Tengo que concentrarme en mi trabajo, pero es difícil cuando mi mente está llena de preguntas y de dudas. Al entrar en la habitación, el paciente me recibe con una sonrisa amable. Le explico lo que ha pasado y le pido disculpas, tal como Esther me ha indicado. Él me escucha atentamente y me asegura que no hay problema.

Mientras salgo de la habitación, me doy cuenta de que, aunque he hecho lo correcto, la tensión no desaparece. Sigo pensando en Clara y en las palabras de Esther. Sé que debo mantener la distancia, pero algo dentro de mí me empuja a querer descubrir más sobre ella. A medida que el turno avanza, me esfuerzo por mantenerme enfocado en mis tareas, pero la presencia de Clara, aunque no esté cerca, es innegable. Su recuerdo me persigue, y me pregunto si alguna vez podré liberarme de esta obsesión.

16

Por la mañana, Aitana está mucho mejor, aunque le va a costar tiempo recuperarse del todo. Es lo que tiene enamorarse de un neandertal. Pero ya está lista para su venganza particular. Inés, con una taza de café en una mano y el móvil en la otra, le cuenta el plan mientras yo preparo el desayuno.

—Vale, escucha bien —dice Inés, sentándose en la mesa de la cocina—. Necesitamos un plan para que Josu sepa lo imbécil que es. Y lo vamos a hacer con estilo.

Aitana levanta una ceja, interesada.

—¿Qué tienes en mente?

—Mario quedará con Josu, ya que se conocen desde hace tiempo y se llevan bastante bien. Entonces, grabamos un TikTok donde le estampamos una tarta en la cara y lo subimos para que todo el mundo se ría de él. ¡Será el viral del año!

Aitana se descojona, literalmente, se ríe tanto que se le escapan lágrimas.

—Joder, Inés, ¡qué fuerte! Me encanta la idea. Pero no quiero hacer nada que me haga más daño del que ya tengo.

—Exacto —dice Inés—. Y mientras, Virginia se encargará de calentar a Mario. Total, ya lo tenías donde querías y para él sería un sueño hasta besarte. Sé sincera con él, pero si te apetece hacer algo, no le vas a hacer daño.

La muy cerda con la conversación de ayer había cambiado de opinión sobre Mario. Aitana se vuelve hacia mí, con una expresión maliciosa.

—Virginia, ¿tú qué dices? ¿Te atreves a darle una oportunidad a Mario?

Me quedo en silencio por un momento, pensando en lo que Aitana ha dicho. Mario siempre ha sido atento y cariñoso, y sé que le gusto. Pero nunca he estado segura de si realmente quiero algo más con él.

—La verdad, no sé —digo finalmente—. Mario es un gran tipo, pero no estoy segura de si quiero algo más que amistad con él.

—Mira, Virginia —dice Aitana, poniendo una mano sobre mi hombro—. Mario lleva años colado por ti. Y tú lo tienes loco. Si no te atreves a dar un paso con él, nunca sabrás si realmente te gusta o no. Y si no te gusta, al menos habrás sido sincera contigo misma.

Inés asiente, apoyando la idea.

—Exacto. Y mientras, nos encargamos de Josu. Mario invita a Josu a una cena en su casa, y cuando esté a punto de meterse algo en la boca, le estampamos la tarta. Así, sin más. Y lo grabamos todo para TikTok.

Aitana asiente, convencida.

—Perfecto. Pero quiero estar allí para verlo. Quiero ver su cara cuando se dé cuenta de que ha caído en su propia trampa.

—Hecho —dice Inés, levantando su taza de café en un brindis—. Vamos a hacer que este imbécil sepa lo que es bueno.

—Gracias, chicas. De verdad, no sé qué haría sin vosotras.

—Para eso estamos —respondo, dándole un abrazo—. Ahora, vamos a desayunar y a planearlo todo con detalle. Quiero que esto salga perfecto.

Nos sentamos a desayunar, y mientras mordisqueamos las tostadas y bebemos café, Inés empieza a detallar el plan.

—Primero, tenemos que conseguir que Mario invite a Josu a cenar. No puede ser algo sospechoso, tiene que parecer una invitación casual.

—Mario siempre está disponible para ayudar —dice Aitana—. Le diré que quiero que hablemos de algo importante y que quiero que Josu esté allí. Así, Mario se encargará de todo.

—Perfecto —dice Inés—. Luego, tenemos que preparar la tarta. Algo que esté relleno de nata para que sea más espectacular.

—Yo me encargo de la tarta —me ofrezco.

—Genial —dice Inés—. Entonces, yo me encargaré de preparar la escena. Necesitamos un lugar donde podamos escondernos y sorprenderlo en el momento justo.

—Aitana, ¿dónde viven tus padres? —pregunto—. Podríamos hacerlo en su casa, así no hay riesgo de que alguien nos interrumpa.

—Mis padres están de viaje esta semana —responde Aitana—. Podemos hacerlo en su casa, pero necesitamos una excusa para que Josu vaya allí.

—Podemos decirle que queremos hablar con él sobre algo importante y que necesitamos un lugar tranquilo, pero creo que es mejor en casa de Mario —propone Inés—. Despertará menos sospechas.

—Perfecto —dice Aitana—. Entonces, ¿qué día lo hacemos?

—Mejor hacerlo cuanto antes —dice Inés—. No queremos darle tiempo a Josu para que se ponga nervioso o sospeche algo.

—De acuerdo —dice Aitana—. Esta noche. Le diré a Mario que hable con Josu y le diga que quiere quedar con él.

—Perfecto —digo, levantándome para recoger la mesa—. Entonces, vamos a preparar todo. Inés, ¿puedes encargarte de comprar los ingredientes para la tarta? Yo me encargaré de preparar la cena.

—Claro —dice Inés, cogiendo su bolso—. Me voy ya. Nos vemos esta noche en casa de Aitana.

—Gracias, chicas —dice Aitana, levantándose también—. No sé cómo agradecéroslo.

—Para eso estamos —respondo, dándole otro abrazo—. Ahora, vamos a hacer que Josu sepa lo que es bueno.

17

El cambio de turno siempre es un momento de transición en el hospital, mientras espero a Clara para la entrega de informes, siento una mezcla de anticipación y nerviosismo. La he visto de lejos, caminando por el pasillo con esa seguridad que siempre la caracteriza. Su uniforme, aunque estándar, parece moldearse a su cuerpo de una manera que hace que sea imposible no fijarse en ella. Los recuerdos de nuestra noche juntos me invaden, y siento cómo mi cuerpo responde al pensar en su piel, en sus besos, en sus gemidos.

Mis pensamientos se vuelven obscenos mientras se acerca. Imagino cómo sería desabrochar ese uniforme, deslizar mis manos por su piel, sentir su respiración acelerarse otra vez en mis oídos. Pero mantengo la compostura, tratando de parecer indiferente. Después de todo, no quiero que note lo mucho que me afecta. La advertencia de Esther sigue resonando en mi cabeza, pero estoy dispuesto a jugármela. No pienso darle la satisfacción de saber que me ha tenido rallado desde que la dejé goteando con mi leche en su chochito y me hizo largarme de allí, las cartas están echadas y yo voy a jugar las mías

—Hola, Clara —digo, con una sonrisa casual—. ¿Qué tal el descanso?

Ella se detiene frente a mí, sus ojitos brillando con una mezcla de desafío y curiosidad. Clara lleva el cabello suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros, y sus labios están ligeramente pintados, lo que resalta su sonrisa provocadora.

—Bien, gracias —responde, cruzando los brazos sobre el pecho. El movimiento hace que su blusa se tense ligeramente, revelando un atisbo de su escote—. Aunque he tenido que lidiar con algunos pacientes difíciles.

—No me sorprende —digo, intentando mantener la voz firme—. Eres buena en lo que haces.

Clara sonríe, pero hay algo en su expresión que me dice que no se deja engañar fácilmente.

—Sí, ¿tú crees? —dice, dando un paso más cerca. Puedo oler su perfume, un aroma dulce y embriagador que me hace perderme en sus ojos.

—Oh, no creo que tanto —respondo, tratando de mantener la calma—. Solo estoy siendo amable.

Ella se ríe, un sonido que parece acariciar mi piel.

—Amable, ¿eh? —dice, inclinándose ligeramente hacia mí—. O solo estás intentando conseguir algo más.

Siento cómo mi cuerpo responde a su cercanía, pero me esfuerzo por mantener la compostura.

—Tal vez —digo, encogiéndome de hombros— ¿Quieres que pase algo más?

Clara se acerca aún más, su voz bajando a un susurro.

—No te pienses que lo que pasó entre nosotros va a volver a pasar, novato —dice, pero hay un tono dubitativo en su voz que no me termino de creer—. Soy demasiada mujer para ti.

Me muerdo el labio, tratando de no sonreír.

—Quién sabe —digo, manteniendo el juego—. A lo mejor te sorprendo.

Ella se aparta ligeramente, pero puedo ver el brillo en sus ojos. Está claro que esta chica oculta algo, y estoy decidido a descubrirlo.

—Ten cuidado, Julio —dice, con una sonrisa misteriosa—. Si juegas con fuego podrías quemarte.

—Prefiero quemarme si es dentro de ti —respondo, sin apartar la mirada de sus ojos.

Clara se ríe de nuevo, y esta vez el sonido es más suave, más íntimo.

—Sobre todo si es dentro de mí, ¿verdad, Julio? —dice, dándome un leve golpecito en el hombro—. Pero no me subestimes.

—Sobre todo, sí —respondo, con una sonrisa.

Ella asiente, como si estuviera satisfecha con mi respuesta.

—Bueno, tengo que empezar el turno —dice, echando un vistazo a su reloj—. Nos vemos, aprovecha para descansar que seguro que has dormido poco.

—Claro —digo, observándola mientras se aleja.

18

Lo decido mientras me seco el pelo frente al espejo: Basta de hacerme la idiota. Siempre he sido así, libre, de esas que no le tiene miedo al sexo ni a las consecuencias. No me da miedo jugar, me da miedo cargarme un amistad. Y con Mario... ¿qué sentido tiene seguir fingiendo inocencia? Él me mira como si le debiera algo. Como si su paciencia mereciera un premio que ni siquiera ha pedido. Y, de alguna forma, me calienta saberlo. Me excita la idea de tenerlo ahí, a un suspiro de distancia, temblando por mí.

No voy a follármelo. No todavía. No se trata de eso. Se trata de disfrutar. De jugar como en los viejos tiempos, pero esta vez con las cartas sobre la mesa. Yo marco las reglas. Él decide si quiere seguir jugando. Y ya veremos qué pasa cuando llegue a Cartagena. Ya veremos si esto es solo un último baile... o el principio de algo que ni yo misma entiendo.

Lo que está claro es que no hay tiempo para eternizarse. Me queda una semana. Una semana para quemar todos los cartuchos que me apetezca quemar. Primero, convencemos a Mario. Aunque, honestamente, no es que haya hecho falta mucha presión. Bastó que Aitana le contara que queríamos tener una pequeña venganza con Josu, y Mario, tan leal como siempre, aceptó sin poner pegas. Primero, por amistad. Segundo, porque me babea cada vez que respiro cerca de él. Eso también ayuda. Así que todo encaja: La venganza se cocina. La excusa está servida. Ahora solo falta dejarlo bien... preparadito.

Quedamos para tomar una cerveza dos días antes del “gran día”. Una reunión de planificación, le dije. Seria. Estratégica. Él se presentó puntual, con una camiseta básica que dejaba adivinar unos brazos más definidos de lo que recordaba. Olía a colonia barata pero limpia. A ganas de impresionarme.

Me hizo gracia. Y me puso cachonda al mismo tiempo. Porque Mario no es perfecto. No es un dios griego ni un fuckboy de Instagram. Es... otra cosa. Desde que nos sentamos, noté cómo su mirada se escapaba a mi escote, a mis labios, a mis piernas cruzadas bajo la mesa. Y yo… bueno, yo no hice nada por disimular. Le pasé la lengua por el borde de la copa. Me incliné un poco más de la cuenta para coger la carta. Dejé que mi risa sonara un pelín más ronca, más íntima. Cada gesto era un cebo. Cada palabra, un anzuelo.

Y Mario, pobrecito mío, picaba en todos.

—Así que tenemos que asegurarnos de que Josu esté distraído en cuanto llegue —le expliqué, mientras jugueteaba con el borde de mi falda bajo la mesa—. Que no sospeche nada hasta el último momento.

—Claro, claro... —asintió, con los ojos brillando de entusiasmo y otra cosa menos confesable.

Me reí para mí misma. Tan fácil. Tan jodidamente fácil. Le dejé hablar de detalles logísticos mientras yo pensaba en otras cosas: en su polla dura bajo esos vaqueros, en su respiración entrecortada cuando me acerco demasiado, en cómo le tiemblan los dedos cuando rozan mi piel sin querer. Quizá, si se porta muy bien, le deje un recuerdo para cuando yo ya esté en otra ciudad. Un premio que no olvide nunca.

Levanté mi copa, brindando al aire:

—Por la misión imposible.

—Por la misión imposible —repitió él, tragando saliva como si acabara de prometerme su alma.

Sonreí de lado. Él aún no lo sabe. Pero mañana va a estar tan empalmado que no va a saber ni decir su nombre. Y yo voy a disfrutar cada segundo de verlo perder el control.

El plan era sencillo. Demasiado sencillo para no salir mal, pensaba mientras me recolocaba la blusa frente al espejo de Mario. Pero a veces, las mejores venganzas no necesitan complicaciones. Solo un buen golpe de efecto. La casa de Mario estaba abarrotada. Aitana, Inés, yo, y un par de amigos suyos que se habían apuntado a la “celebración” improvisada. Josu había mordido el anzuelo como el idiota que era: había venido sonriendo, creyéndose el protagonista de una reconciliación sorpresa. No sabía que el único premio que iba a recibir esa noche era una cobertura completa de nata en la cara.

Aitana estaba nerviosa, sí, pero también más fuerte de lo que la había visto en días. Se mordía el labio para no reírse mientras esperaba en el pasillo, escondida con la tarta en las manos. Yo, a su lado, casi no podía contener la emoción. Cuando Josu cruzó la puerta con su típica chaqueta de cuero (esa que pensaba que lo hacía irresistible), le vimos la sonrisa de superioridad plantada en la cara. Saludo forzado. Mirada alrededor. Expectativa en los ojos.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, como si sospechara algo, pero todavía creyéndose el centro del universo.

Y en ese momento, sin más ceremonias, Aitana salió de su escondite y le estampó la tarta de lleno. El golpe sonó seco y perfecto. Chocolate, nata y bizcocho estallaron contra su cara como una explosión gloriosa de justicia poética. Un segundo de silencio. Y después, risas. Risas histéricas, contagiosas, imparables. Josu parpadeó, boqueando como un pez fuera del agua, con la tarta chorreándole hasta el cuello de la camiseta. Intentó decir algo, pero solo consiguió atragantarse con un trozo de bizcocho.

—Para que no se te olvide que eres un payaso —le soltó Aitana, con una frialdad que me dio ganas de aplaudirla de pie.

Él hizo un gesto ridículo, como si fuera a defenderse, pero ni siquiera sabía por dónde empezar. Era patético. Y estaba pringoso. Y nosotros… bueno, nosotros estábamos ocupados grabándolo todo con el móvil para asegurarnos de que aquel momento no se olvidara jamás. Josu, finalmente, recogió lo poco de dignidad que le quedaba y salió de la casa entre bufidos, tropezando con sus propios pies. Cuando la puerta se cerró detrás de él, estallamos en una carcajada tan fuerte que pensé que los vecinos llamarían a la policía. Aitana se dejó caer en el sofá, jadeando de la risa, con las mejillas encendidas pero esta vez de alegría.

—¡Sois las mejores! —gritó, abrazándonos a Inés y a mí en un impulso de euforia.

Yo sonreí, dándole un beso rápido en la mejilla. La miré, tan viva, tan libre de golpe, y pensé: Así es como empieza a curarse un corazón roto. Y, en el fondo, me moría de ganas de seguir celebrándolo. Solo quedaba un pequeño detalle por resolver. Uno al que pensaba dedicarle mi atención enseguida. Me giré hacia Mario, que seguía en la cocina, riéndose tímidamente, ajeno a lo que se le venía encima. Y entonces sonreí, traviesa. Ahora te toca a ti, bonito.

Cuando todos se marchan, me quedo. Con la excusa perfecta: que me he manchado la blusa con el desastre de la tarta. No pretendo tirármelo; a mí me gusta más el zorreo, y sobre todo sabiendo lo buenazo que es Mario, me pone cachondísima irlo calentando poco a poco.

Voy a la cocina y lo llamo:

—Mario... ¿puedes venir un momento?

Él aparece enseguida, como un perrito bien entrenado. Me mira con esa mezcla de dulzura y torpeza que siempre me ha derretido, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

—¿Qué pasa? —pregunta, acercándose.

—Creo que necesito ayuda —digo, bajando la voz.

Me acerco a él, más de lo necesario. Lo justo para que sienta mi cuerpo. Para que respire mi perfume.

—Me he manchado… —murmuro, llevándome la mano al escote—. ¿Me ayudas?

Él traga saliva, rojo como un tomate. Asiente. Torpe. Maravilloso.

Mientras él intenta quitarme la mancha con un trapo húmedo, yo me dejo hacer. Muy quieta. Muy complaciente. Rozo su mano "sin querer". Dejo que mi aliento choque contra su cuello. Me inclino un poco más. La tensión es tan densa que podría cortarse con un cuchillo.

Entonces, como si fuera parte del guion, escuchamos un gemido lejano desde una de las habitaciones. Me separo apenas y le miro a los ojos, sonriendo como una gata.

—Sabes lo que pasa, ¿no? —susurro.

Él se queda paralizado.

—Están follando —añado, innecesariamente.

Mario se sonroja aún más. Baja la mirada. Se nota que quiere, pero no sabe si puede. Y ahí es cuando yo decido que no puede quedar así. Me acerco otra vez, ahora pegando mi cuerpo al suyo.

—¿Te pone, Mario? —murmuro, acariciándole apenas el antebrazo—. ¿Te imaginas ser tú?

Él no responde. No hace falta. Siento su erección empujando contra su pantalón. Casi me hace reír de ternura.

—¿Te gustaría? —le susurro al oído—. ¿Estar ahí, entre sus piernas? ¿Haciendo gemir así a tu compañera?

—Sí... —musita, apenas un suspiro.

—¿Cómo se llama? —pregunto, bajando aún más la voz.

—An…Andrea —balbucea.

—¿Te pone escuchar a Andrea? —le provoco, deslizando una mano fugazmente por su cadera.

—Sí… —responde casi sin aire.

—¿La tienes dura, Mario? —insisto, dejando que mis dedos rocen levemente la tela de su pantalón.

—Sí, muy dura —admite con vergüenza, bajando la mirada.

Sonrío, disfrutando de cada segundo de su rendición.

—Vamos, Mario... ¿a qué esperas? —susurro, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Lo estás deseando tanto que casi puedo olerlo.

—Pero, Vir... —balbucea, con esa vocecita suya que a veces me hace hasta más gracia que ternura.

—Venga, decídete —le ordeno, acariciándole la nuca con las uñas—. No tienes mucho tiempo. Andrea podría salir en cualquier momento, y tus compis podrían pillarnos. Espabila...

Mario traga saliva, nervioso. Y yo sé que soy una hija de puta por disfrutarlo tanto, pero es que me puede esta sensación de tenerlo así, temblando solo con un par de palabras. Sin apartar la mirada de mí, baja la cremallera de su pantalón con torpeza. Luego el botón. Después el cordón de su boxer. Lo hace despacio, como si temiera que cualquier sonido nos delatara. Cuando finalmente libera su polla, le salta como un resorte, dura, palpitante, pidiéndome guerra.

Me muerdo el labio, relamiéndome por dentro. No la tiene especialmente grande, pero no está mal. Diría que unos quince centímetros, suficiente para pasarlo bien, si realmente sabe usarla. Me acerco un poco más a él, rozando su brazo, su costado, dejando que note el calor de mi cuerpo. Paso mi mano por su vientre, lenta, como quien no tiene ninguna prisa, hasta apartarle la suya y agarrarlo yo.

Su cuerpo entero tiembla cuando le envuelvo la polla desde abajo, muy cerca de sus huevos, apretando solo lo justo para volverlo loco.

Me inclino a su oído, sintiendo su respiración descontrolada.

—Vaya, vaya… —susurro—. Mira cómo te has puesto.

Comienzo a masturbarlo despacio, muy despacio, subiendo y bajando por toda su extensión mientras me pego más a él, sintiendo su espalda caliente contra mis pechos. Mi pelvis encaja con la suya en un roce rítmico, suave, como un juego que solo yo sé cómo y cuándo va a terminar.

—Así no vas a aguantar mucho, ¿verdad? —murmuro con malicia.

—No... —consigue decir, apenas un suspiro.

—Mírala, Mario —sigo, refiriéndome a la imagen mental que le estoy plantando en la cabeza—. Mírala bien... ¿No te gustaría follártela? Tenerla boca abajo, agarrándola de esos muslos perfectos…

Él asiente, con los ojos medio cerrados, perdido en mi voz, en mi mano, en todo lo que no puede controlar.

—¿Te gustaría sentir cómo su coñito abraza tu polla? —añado, deslizando la lengua por su oreja en un movimiento lento que le arranca un gemido bajo, ronco.

—Por favor... Vir... —suplica, como si le faltara el aire.

—¿Quieres que pare? —pregunto, disfrutando cada segundo.

—No, no... —gime—. No pares... Me voy a correr…

Entonces escupo discretamente en mi mano, aumentando la humedad y el ritmo, haciéndolo gemir aún más bajito, desesperado. Lo tengo tan a punto que siento su tensión, su temblor, su necesidad a flor de piel.

—Vamos, Mario —susurro en su oído, casi en un jadeo—. Correte para mí. Hazlo.

Y cuando su cuerpo no aguanta más, se corre de golpe, empapándome la mano y salpicando su camiseta, su vientre, su mundo entero. Lo abrazo por detrás mientras tiembla, dejándolo saborear el clímax que le he regalado, sin prisas, como quien se sabe dueña de la situación.

Me aparto despacio, relamiéndome una sonrisa traviesa.

—Espero que me visites en Cartagena—le digo, dándole una palmadita suave en el culo—. Porque esto solo ha sido un calentamiento, guapo.

Le dejo allí, temblando, desbordado, con la respiración descontrolada. Recojo mi bolso con calma, como si acabara de terminar una conversación cualquiera. Y me voy de su casa sin volver la vista atrás. Salgo de la cocina caminando como si nada, con el cuerpo en llamas y la satisfacción de haber jugado una vez más a mi manera.

Continúa en