Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 50)
La noche cae sobre la casa de campo y Edu toma el control total. No es solo sexo lo que busca, sino una confesión que quema. Mientras Pablo intenta sobrevivir a la humillación, unos gemidos en el piso de arriba prometen revelar que nadie está tan seguro como cree.
CAPÍTULO 50
Yo, ingenuo, pensé que teniendo en cuenta la dinámica positiva, la ausencia de María no provocaría mayor incomodidad, pero Edu cambió de repente, y volvió su sequedad, por lo que volvió el silencio, y, una vez descartado mantener una conversación, me centré en beber y en intentar adivinar qué le podría haber escrito a María.
Afortunadamente ella no tardó en reaparecer, revelándome en seguida la orden, que era una copia de aquel juego nuestro de la noche de la casa de Álvaro: María caminaba hacia nosotros, con una copa en la mano, que yo no había reparado en que se había llevado, con su teléfono en la otra, y con sus pezones delineando aquella camisa sedosa azul, y con sus pechos moviéndose mínimamente a cada paso, en un bamboleo que excedía lo sugerente, llegando a ser erótico e involuntariamente obsceno.
Llegó, posó su copa, y dijo:
—Pues hay gente arriba.
—¿Ah, sí? —preguntó Edu, extrañándose, o fingiéndolo.
—Sí… sí, muy… claramente además… —dijo ella de forma enigmática.
María se sentó y Edu hizo porque la conversación se reiniciara, como si no hubiera sucedido nada, y hablábamos de nuestra casa, de si nos iríamos a vivir a otra, y él comentaba que, a pesar de vivir en Madrid, quería mantener su apartamento de la playa. Y seguíamos bebiendo, pero todo era un poco diferente, y lo era porque la ausencia de sujetador en María parecía encenderla incluso más a ella que a los testigos presentes, como si el tacto directo de la seda en sus pechos, como si aquella suave textura en sus pezones, como si saberse expuesta, produjera en ella una calentura inocultable. Parecía gustarse, aún más, y se atusaba el pelo, y se remangaba la delicada camisa hasta los codos, y no hacía por disimular sus pezones, ni hacía por disimular que sus tetas marcaban el relieve de forma impactante. Quizás Edu había descubierto que una de las primeras claves para que saliera la María que buscaba, consistía en buscar el contexto en el que aflorase aquella especie de ego sexual.
Edu cubría permanentemente los silencios, y daba la sensación de que los temía, pues podrían ser aprovechados por ella para volver a requerir sus explicaciones anunciadas. Pero volvió él a mover ficha antes de que aquello se produjera, y, aprovechando un sorbo largo de ella, de nuevo cogió su teléfono, de nuevo escribió en él, y de nuevo el teléfono de María vibró.
Ella resopló, queriendo mostrar hastío ante una nueva petición o mandato, pero accedió a leer de su teléfono. Y, tras hacerlo, volvió a posarlo sobre la mesa, y dijo:
—Te vuelvo a decir que el orden no era este.
Edu hizo entonces un gesto como queriendo quitarle importancia, como diciéndonos que el orden era irrelevante.
Y María se levantó, rodeó la mesa y se fue hacia la barandilla que hacía como de mirador hacia la ladera. Y una vez allí, a aquel metro y medio nosotros, nos dio la espalda, y yo no entendía nada.
Edu dio un trago, y no la miraba, mostrándose insultantemente seguro de que se produciría la obediencia. Y yo sí la miré, y en seguida vi cómo ella se llevaba las manos a la falda de cuero, y tiraba de ella hacia arriba, y le costaba, pues la falda era ceñida y se le pegaba al cuerpo, pero poco a poco lo iba consiguiendo. Y Edu seguía sin mirar, y una pequeña brisa hizo ondear la camisa azul de María, que allí, de espaldas a nosotros, nos ofrecía sus piernas largas, cada vez más largas… y seguía subiendo aquella falda, hasta que sus nalgas comenzaron a salir a la luz. Y era una obediencia sumisa, humillante… y más lo fue cuando desveló su ropa interior, y pude ver aquel tanga azul, aquel tanga que Edu había mancillado en aquel hotel del paseo de la playa a principios de un verano que ya terminaba.
Su falda acabó recogida en su cintura y llevó las manos a la barandilla, mostrando aquellas nalgas tersas que caían a ambos lados de la delicada tela del tanga. Su imagen era tan impactante que dejaba sin aliento, y yo pensaba que la exhibición sería exigua, que solo era una orden para mostrar poder de uno y entrega de otro, pero entonces Edu arrastró su silla sin levantarse, alejándose de la mesa y de mí y acercándose a ella, y me dijo:
—Bueno, Pablo, vamos a hacer las cosas bien. Dime… qué sientes cuando me follo a tu novia… en dos días tu mujer.
Yo sentía que de nuevo salía aquel Edu sobreactuado, con aquellas frases forzadas, y, mientras dudaba qué decir, él alargó una mano, siempre sin levantarse, y aquella mano acarició una de las nalgas de María, en un movimiento tan extraño y extravagante como su frase.
Edu insistió, en su petición y en aquella caricia, y María alzó la cara y movió su melena, y sentí que no se sentía a gusto participando de aquel show estrambótico.
Y quizás fuera el alcohol, sumado a que era una pregunta que yo me había respondido a mí mismo muchas veces en soledad, pero no tuve demasiado reparo en cumplir su capricho, así es que pronto comencé a explicarle lo que sentía, de manera más o menos fluida, aunque, eso sí, sin confesar los aspectos que podrían considerarse más privados o vergonzantes.
Lo que no esperaba era que, apenas había comenzado mi narración, él quisiera dar un paso más y unirse a María en la exhibición, y es que, a los pocos segundos, él se bajaba la cremallera de su pantalón, daba otro trago a su copa… y dejaba ver su miembro por aquella apertura. Deduje en seguida que pretendía masturbarse mientras yo le seguía contando lo que sentía cuando él se follaba a María, y todo aquello mientras ella nos ofrecía su culo prácticamente desnudo, con su piel erizada por sus recientes caricias y por tenerle tan cerca.
Era oscuro, era enrevesado, era agraviante… pero quizás fuera precisamente todo eso otro elemento más, el enésimo, que le hacía diferente y obligatorio para María.
Yo le confesaba mis nervios previos, la mezcla entre celos y morbo… Las ganas de que sucediera todo y de que no sucediera nada… Me abría él… y me daba cuenta de que me estaba abriendo a María también, pues nunca le había confesado aquello de manera tan directa.
Y él se masturbaba, lentamente, y María, inquieta, se tocaba el pelo, pero siempre sin voltearse, y siempre sin cubrirse. Y yo veía aquel pollón crecer, por su paja y por las caricias que a veces depositaba en las nalgas de María, nalgas que se estremecían y erizaban con cada toque. Y él no me interrumpía, y yo seguía contándole lo que sentía… lo que sentía mientras la follaba… lo que sentía al ver cómo su polla la penetraba… y lo que sentía al ver la cara de María, y sus ojos… mirándome… y sus gestos de placer, y sus orgasmos que nunca había tenido ni tendría conmigo. Y, mientras narraba, me daba cuenta de la humillación que suponía aquella confesión… De lo vejatorio que era verbalizar, describir… su superioridad sexual con respecto a mí… Lo ultrajante que era describir cómo María se deshacía por una caricia o por un beso suyo.
Yo alucinaba con el tamaño bestial y envidiable de aquel portentoso miembro, y la paja de Edu seguía, cada vez más húmeda, y cada vez que había un silencio se podía escuchar el sonido de la piel cubriendo y descubriendo un glande ya pringoso, aquel sonido por aquel movimiento arriba y abajo… Y me sentía mal por lo denigrante que era mi revelación, pero a la vez me sentía extrañamente bien por tener la sensación de excitarle con mis palabras.
Edu terminó por ponerse en pie, y se acercó más a una María que, de espaldas, no mostraba un rostro que yo pudiera interpretar, por tanto no sabía qué estaba sintiendo por mi narración y por aquella surrealista representación.
Edu, a su lado, y con la polla en horizontal, recta, dura… hizo porque aquella punta húmeda chocase con una de sus nalgas expuestas. Una vez allí, y mientras María se aferraba a la barandilla y no se volteaba, echó la piel de aquella enorme polla adelante y atrás, una vez, dos veces, siempre en contacto su carne dura con la piel tibia y erizada de ella. Y María agitaba su cuello de nuevo, y yo la podía sentir resoplar… al tiempo que Edu conseguía que una gota de preseminal, densa, pringosísima, se posase en aquella nalga, cerca del tanga.
María, una vez sintió aquella humedad, resopló de forma más sonora, y volvió a alzar el rostro, contenida, orgullosa… pero cometió un error, quizás involuntario, quizás por instinto, pero que me mató… y es que separó un poco las piernas… en un gesto, en una maniobra, que demostraba de nuevo que su cuerpo se impacientaba siempre con él, dejándola en evidencia.
Edu leyó su gesto, leyó sus resoplidos, y leyó su piel erizada, y susurró en su nuca:
—Qué pena que no te la pueda meter aquí…
María entendió en seguida la pretensión de su frase y de su juego, y respondió entera, concisa, con voz serena:
—Ponte un condón.
—No me entero de nada con eso… —respondió él.
Edu dejaba caer su polla pesada, de golpe algo flácida, y le susurró algo al oído, algo que no alcancé a entender. Y ella se apartó su melena a un lado, para liberar aquella oreja y aquel cuello, provocando que él volviera a susurrar allí, y eso hizo él, un par de veces más, y después otro cuchicheo y Edu se guardaba la polla en los pantalones, y después se colocaba al lado de ella, y otro susurro, y su mano a aquellas nalgas… Y yo, sentado, era testigo de cómo ellos hablaban en voz baja, de pie, dándome la espalda, y era testigo de aquellas caricias, tenues, leves, con las yemas de sus dedos, que hacían que aquellas nalgas se erizasen y pidiesen más y más caricias. Y de nuevo las piernas de María temblorosas, y de nuevo algún suspiro, y algún susurro, y sus caras pegadas, tanto que pude deducir algún beso, corto, directo, en los labios o cerca de ellos.
Y un susurro debió de comprender una orden, pues María comenzó a bajar su falda, y él la abandonaba y volvía a su silla, y, mientras ella acababa de cubrirse, que no de recomponerse, él me miró, me escudriñó, y dio un trago a su copa, y yo no entendí aquella mirada.
María acabó por voltearse, con sus nalgas cubiertas pero con sus pezones más marcados que nunca, y cometió otro error, ya que quiso beber allí, chula, de pie frente a nosotros… pero sus mejillas la delataban, sus pezones la inculpaban… y su pulso la traicionaba.
Después se sentó y se hizo un silencio especialmente largo y asfixiante. Los tres bebíamos y yo sentía que Edu iba a decir algo, y yo sentía que María intentaba recomponer su cuerpo mientras también esperaba una confesión de Edu.
Cuando, finalmente, se aclaró la voz, sonrió ligeramente y, en tono suave, dijo:
—Pues mirad, llevo todo el verano dándole vueltas. Y veo vuestra vida y no es la vida que yo llevaría, y no me refiero a esto de los cuernos. Sino a lo típico: matrimonio, familia, etc.
Edu hablaba, tranquilo, escogiendo las palabras, y María, con las piernas cruzadas y también cruzada de brazos, le escuchaba de golpe algo altiva, a pesar de sus mejillas sonrojadas y de lo que acababa de suceder… Pero sobre todo le escuchaba exteriorizando que se sentía merecedora de su explicación.
—Y con vosotros yo necesito un vínculo —prosiguió—. Algo que me haga unirme más. Que me haga venir cada semana. Solo lo sabríamos nosotros tres.
De nuevo un silencio. Y Edu bebió de su copa. Con calma. Y María se recolocó el pelo, y un poco su camisa, esperando, paciente, a que él aclarase lo anunciado.
—Puede parecer una locura —continuó—. Pero no lo es tanto, es más, seguramente sea mejor así a que acabase pasando por error y cuando no toque. Yo sé que queréis tener varios hijos…
—No lo dices en serio… Es que no puedes estar hablando en serio… —esbozó María con una mezcla de ira e incredulidad, interrumpiéndole, y entendiéndolo antes que yo.
—¿Por qué? Piénsalo bien. Una vez sucedido eso… ¿Qué más afianzamiento puede haber? Sería… perfecto… y para siempre… claro, de…
—No. Es que estás de coña —volvió a interrumpirle, negando con la cabeza y cubriéndose un poco el escote.
—No, no lo estoy. Sería el primero, y después como si queréis tener siete. O sea, la familia, que es lo que cuenta… seríais vosotros. Y yo obviamente no me metería en nada, y él, o ella, hasta me daría igual que lo supiera o no. Sería decisión vuestra. Lo veo hasta en parte como un legado… por no pasar por aquí sin pena ni gloria. Y nos veríamos dos o tres veces al mes, con una cuarta persona o sin ella, como quisierais. O nos veríamos más de esas veces o menos, también como quisierais.
—Se te ha ido completamente la cabeza… —decía María, terriblemente harta de sus juegos, y yo, tenso, tampoco podía creer lo que proponía.
—Sé que sin mí no podéis seguir. Y no estoy pidiendo un favor, sino una salida lógica.
—¿Salida lógica? —casi gritó María—. Es que no me creo lo que estás diciendo.
Se hizo otro silencio. Parecía que las explicaciones eran aquellas. Era aquel absurdo. Aquella lunática propuesta.
Edu terminó por levantarse, sin decir nada, y llevaba dos copas hacia la casa. María y yo estábamos tan alucinados que ni pronunciábamos palabra. Y Edu volvió, revisó la botella de ginebra, de la que apenas quedaba nada, y dijo:
—Yo me voy a acostar. Mañana será otro día. Sé que estaréis sorprendidos… y tú, María, hasta cabreada, que me conozco tus… picos de genio… pero no hagáis la gilipollez de conducir hasta vuestra casa ahora. Por mí mañana lo seguimos hablando.
Edu decía aquello y se marchaba hacia la casa. Y María y yo seguíamos sin ser capaces de articular palabra.
Sabía que estaba soñando, y no me quería despertar. Sabía que estaba soñando, pero a la vez seguía viviendo el sueño. Sabía que estaba soñando y a la vez recordaba cómo Edu se había marchado llevándose la botella de ginebra, y recordaba cómo habíamos hablado un poco María y yo, coincidiendo en que su propuesta era una locura; recordaba mi frustración evidente porque Edu y ella no hubieran culminado, recordaba su frustración disimulada por aquel mismo motivo, y recordaba que habíamos accedido a pasar la noche allí, fundamentalmente por falta de alternativa.
Y no quería salir de aquel sueño porque en él no había frustración, no había una María yéndose con el calentón a la cama, porque en el sueño todo sucedía como debía haberse producido. No quería despertar porque, en el sueño, Edu atacaba por detrás a María, contra aquella barandilla, apartaba aquel tanga azul, símbolo de ansia, y la penetraba. Y lo más real de aquel sueño eran los gemidos, aquellos gemidos de mujer entregada, desvergonzada, jadeándole a él, a mí, y a aquella ladera, todo aquel placer. En el sueño Edu la penetraba y después sacaba su miembro, y María separaba más las piernas y yo podía ver cómo su polla salía encharcada y cómo el coño de María lucía abiertísimo, humillantemente deshecho, con sus labios hacia los lados y hacia afuera. Y en el sueño los dos me miraban, me hacían partícipe, y él de nuevo la penetraba, y de nuevo aquellos gemidos.
Y lo mejor del sueño era cuando otra vez él se había apartado de ella, y la había hecho darse la vuelta y colocarse frente a la mesa, frente a mí, para que me gimiera casi a la cara, para que me impactase con sus gemidos en mi rostro, con unos “¡Ahhh…!” “¡Ahhhh!” que resonaban en mi cuerpo, haciéndome temblar. Y Edu la sujetaba por la cintura y la follaba con presteza, ni lento ni rápido, y ella, con el tanga apartado y la falda en la cintura, con sus tacones anclados al suelo y con sus pechos vibrando y rebotando libres bajo la camisa, me jadeaba, sumisa y rendida… aquellos “¡Ahhh! ¡Ahhhh!”, tan enormemente eróticos que me mataban del morbo. Y su mirada llorosa, y su melena aquí y allá, con los codos apoyados en la mesa…
… Y entonces yo alargaba mi mano, y se la daba, y nos cogíamos de la mano mientras Edu ejecutaba una penetración brutalmente profunda, y María me gemía un “¡Hummmm!” placentero, y su boca se entreabría y entrecerraba en movimientos lentos, de forma obscena, animal y casi ridícula, y apretaba mi mano, y cerraba los ojos… y después más “¡¡Ahhhh!! ¡¡Ahhhhh!!”, y yo abrí los ojos, y me vi en aquella cama extraña de aquella casa desconocida, y, ya plenamente despierto, me di cuenta de que los gemidos continuaban, y de que los “¡¡Ahhhh!!” “¡¡Ahhhh!!” eran reales.
Miré hacia un lado y vi la puerta de nuestro dormitorio algo abierta. La luz entraba blanquecina y suficiente por la ventana, seguramente por algún farolillo próximo al ventanal de aquella habitación. Yo, tensísimo, seguía escuchando aquellos gemidos hipnóticos, aquellos “¡Ahh!” “¡Ahhhhh!”… unos largos y otros más cortos, unos tenues y otros más entregados, y descubría que mi miembro palpitaba erecto bajo mis calzoncillos. Y miré al otro lado y vi a María, que yacía junto a mí, vestida con un camisón azul cielo, aparentemente dormida, de lado, hacia la ventana.
Un gemido especialmente intenso me sobresaltó, y mi torso se levantó automáticamente, y me quedé sentado, ubicando aquel llanto de placer en el piso de arriba. Volví a girarme hacia ella y pude ver su cuerpo oscilar tranquilo en una respiración calmada.
Volví a tumbarme y seguían los gemidos, y seguía mi excitación, excitación insatisfecha porque Edu había planteado su locura antes de tiempo. Y curioso, excitado, tiritando de nervios, y afectado por aquellos gemidos… abandoné la cama.
Di tres o cuatro pasos y aparté un poco la puerta, descalzo, solo vestido con unos calzoncillos. El suelo estaba caliente, y yo tenía calor, pero a la vez tenía la piel fría, y sentía mi corazón latir mientras seguía escuchando aquellos “¡Ahh!” “¡Ahh! “¡Ahhh!”, que se hicieron cortos, rítmicos y rápidos. Y, desde el salón, los escuchaba más nítidamente, pues el sonido emanaba más violentamente desde unas escaleras que me llamaban.
Caminar por aquel salón, en más penumbra que el dormitorio, entrañaba más dificultad. Y yo veía lo justo como para advertir que la puerta de la habitación de Edu también estaba entreabierta y también lo justo para localizar las escaleras.
Diez, quince pasos, y llegué al pie de aquella escalera, y subí el primer peldaño, y un chasquido del suelo de madera me hizo detenerme. Allí, quieto, inmóvil, notaba una vena de mi cuello palpitar, incomodándome, y resoplé, echando aire, nerviosísimo… y ya no solo escuchaba los “¡Ahh!” “¡Ahh!” “¡Ahhh!” rápidos y cortos, sino una cama, unos muelles de cama, pidiendo auxilio. Me parecía imposible que, de subir, me encontrase con la puerta cerrada de otro apartamento. Quién fuera que estuviera teniendo sexo allí arriba, lo hacía en una estancia que formaba parte de un todo en el que estábamos María, Edu y yo.
Cada peldaño era un chasquido y el encuentro sexual era tan entregado, tan sonoro e imparable, que yo veía más posible que se despertaran María o Edu que que que los miembros de aquel coito reparasen en mis sonoras pisadas. La vena de mi cuello me torturaba, y el temblor de mis piernas era insoportable, y no entendía cómo podía temblar así, como si tiritase de frío, pero a la vez estaba sudando.
Llegué arriba y aún no sabía por qué tanta curiosidad, por qué me veía obligado a seguir aquella exploración. Pero ni lo podía explicar ni lo podía remediar. Y vi un pasillo y varias puertas, y la primera puerta estaba parcialmente abierta… y desde allí se proyectaba luz hacia donde yo me encontraba, y se proyectaban también aquellos gemidos, que ahora eran jadeos, y después sonido de cama, de sábanas… de movimientos…
Y yo temí entonces que salieran del dormitorio, pero no huí, sino que me quedé quieto, totalmente petrificado, y hasta cerré los ojos, en una impotencia sabedora de que no tenía escapatoria. Y escuché unos susurros, quizás sospechas, y ya temía mi vergüenza, y mi bloqueo no me permitía ensayar excusa alguna. Y de golpe escuché un jadeo, muy femenino, un quejido, agudo, casi infantil, un sentido “Ayyhhh…” largo, y después otro, y después otro, y después el inconfundible sonido del impacto de dos cuerpos, el inconfundible sonido de una pelvis firme embistiendo y chocando contra unas nalgas expuestas y desnudas… y se creó un “¡plas!” “¡plas!” “¡plas!” reciente que se solapaba con los “¡Ahh!” “¡Ahhh!” “¡Ahhh!” antiguos… y fue demasiado, demasiado para mi cuerpo, para mis espasmos, para la vena que me incomodaba, para mi corazón que palpitaba… y demasiado para mi curiosidad.
Di unos pasos más, cortos y sigilosos, casi arrastrando los pies, y aquel sonido se hacía más fuerte, y me abrumaba, y me beneficiaba para mi acecho. Y era mi turno, mi momento de arriesgar de verdad y conseguir así que mis ojos pudieran poner cuerpo y rostro a aquellos gemidos y jadeos. Y lo hice, temblando, tiritando e infartado. Y lo hice, me asomé, y me quedé totalmente en shock.
Totalmente paralizado, lo vi, los vi, y vi todo. Y supe quienes eran. Y ellos me vieron a mí. De frente, con nitidez. Ellos alumbrados por una pequeña lámpara que estaba en el suelo, me vieron claramente, y yo a ellos. Y cuatro, cinco, seis segundos, allí, paralizado y asombrado, y los gemidos no se detuvieron, ni sus movimientos: lo que hacían y siguieron haciendo, lo hicieron y continuaron haciendo mientras me miraban a mí.
Me oculté en un impulso errante, y, ya apartado de su visión, en aquel pasillo, continuaba escuchando aquellos “¡Ahhh!” “¡Ahhh!” y aquellos sonidos de sus cuerpos chocando… y cerré los ojos, y volví a visualizar lo que acababa de ver: a un hombre embistiendo a una chica, ella a cuatro patas, entregada, con su boca entreabierta y con su melena pegada a su rostro, tapándole parte de la cara… y sobre todo acalorada, caliente, sudando… coloradísima. Él mucho mayor que ella y completamente desnudo. Ella vestida muy extrañamente, con unas medias negras hasta la mitad de sus muslos, y con una americana oscura, sin camisa ni nada que se interpusiera con su piel, y también con un ostentoso collar de perlas al cuello, el cual iba y venía, como ella, como sus pechos, por las embestidas de aquel hombre considerablemente mayor… El hombre era Víctor y la chica Begoña.
Resoplé. Suspiré. No me lo podía creer. No me lo podía creer, pero era real. Y abrí los ojos, y los volví a cerrar, y de nuevo los “¡Ahh!” “¡Ahh!” ¡Ahh!” de Begoña, cortos y rápidos, y mi mente volviendo a aquella mirada de placer… a aquella chaqueta abierta, a aquellos pechos medianos yendo y viniendo, y a aquel gesto concentrado de Víctor, follándola, follando a aquella preciosidad de chica… Un Víctor que ni se había inmutado por verme, que ni había alterado un ápice el ritmo de la follada una vez me había descubierto.
Con el corazón en un puño apenas conseguí acercarme al pasamanos, y los gemidos continuaban, y después bajaba como podía por aquellos escalones, sin importarme ya tanto la sonoridad de mis pisadas.
Y seguía sin poder creerme lo que acababa de presenciar, y no tenía ni fuerzas para intentar comprender el por qué, el por qué de la entrega de Begoña, y en por qué allí y por qué aquella noche. Mi corazón, mi cuello palpitando, mis temblores, y mis espasmos… no me permitían siquiera plantearme intentar averiguar a qué obedecía todo aquello.
Y el gesto de ella volaba a mi mente, y no me soltaba. Y me afectaba, me abatía. Porque era ella, pero no era ella. Aquella chica, tan dulce siempre conmigo, se entregaba de aquella manera vejatoria, a aquel hombre tan ruin, tan hosco, de tanta bajeza… Y su rostro no me soltaba: ardiente, sudoroso… y a la vez lascivo… obsceno… con aquella ropa… era la niña pija y delicada de siempre… y a la vez parecía una auténtica… fulana… era a la vez lo más alto y lo más bajo… pues sus ojos, su mirada eran los de siempre, puros y limpios, pero todo lo demás era turbio, soez y desgarradoramente sucio.
Bajé hasta el salón, sin recuperarme en absoluto del impacto, y los gemidos dieron paso a pequeños jadeos. Y avancé por la estancia y les dejé de escuchar, y supuse que quizás estarían cambiando de postura, y quién sabe si Begoña le obsequiaba con un más discreto y silente sexo oral… o quién sabe si era Víctor el que se afanaba en el coño de aquella niña pija, que entrañaba su antagonismo máximo.
Y tras esos pocos segundos de suposiciones me encontré con dos certezas: primero reparé en que la puerta del dormitorio de Edu estaba más abierta que antes… y en segundo lugar pude advertir que se podían escuchar voces, susurros, saliendo tenues del dormitorio de María.
Yo seguía alteradísimo por lo que acababa de presenciar. Aún con el semblante concentrado y afanado de Víctor en mi mente. Aún con el gesto desbordado de placer de Begoña. Aún con sus gemidos, jadeos y lamentos en mi cuerpo… Y sentía una traición que no era tal, pero sí un engaño claro, y dudaba de la Begoña que había creído conocer, y a la vez intentaba entender qué era todo aquello: por qué allí, por qué aquella noche, con Edu, con nosotros.
Y de nuevo la sensación de sentirme superado que había sentido otras veces durante aquel último año y medio. Otra vez me sucedía aquello de no vivir durante semanas, y de vivirlo todo en pocas horas.
Escuché más voces saliendo del dormitorio. Y no tuve tiempo a dilucidar qué podría estar sucediendo allí, pues en seguida escuché, de boca de María, un leve: “¿Pero dónde está Pablo…?”
Pude aparecer, fingir normalidad, y decir que venía del aseo, pero me oculté tras la puerta, sin saber bien por qué, quizás para saber cómo eran ellos sin mí.
Edu le respondía, desganado, diciéndole que “no tenía ni idea”, y después se hacía un silencio y yo me colocaba de tal manera que podía verles, por el hueco entre la puerta y el marco, por entre las bisagras, viendo más de lo que podría haber supuesto, y viendo lo suficiente como para saber que María estaba sentada sobre la cama, como una india, respaldada casi contra el cabecero, y él se escapaba un poco de mi campo de visión, pero si yo me movía un poco podía intuirle, de pie, cerca de la ventana.
—Igual ha subido a espiar… —dijo Edu.
—No sé… No parece que esté en el baño —decía María, atusándose el pelo, bastante despierta y despejada.
Había cordialidad, pero a la vez incomodidad. Y era extraño, pero a mí me molestaba que Edu la viera así, estando ella vestida con aquel camisón sugerente, con sus pechos sueltos y desvergonzados marcando la tela y el relieve… Era extraño sentir aquello, después de todo lo que había sucedido.
—¿Que has venido… para ver si estaba a salvo o me había caído la lámpara en la cabeza? —preguntó María.
—No… No sé… Pero sí, me desperté por el polvazo de arriba.
—Bueno… No habrá sido tanto polvazo… De hecho ya no se escucha nada —le interrumpió ella.
—Joder, llevaban un buen rato… Y la chica está bastante buena… —dijo Edu, y se acercó un poco a la cama, y pude ver que tan solo estaba vestido con unos calzoncillos de un color rosa muy claro.
—¿Quién?
—La que estaba follando arriba.
—¿Pero no decías que no había nadie? ¿Y ahora sabes hasta que quién estaba… gimiendo… está buena?
—Los vi antes de que llegarais y pensé que se habían marchado.
—Ya… Seguro… Siempre estás con… cosas raras… —replicó María, escéptica, y como cansada de él.
—Pues sí. Seguro. Tan seguro como que Pablito está ahora espiándoles y pajeándose.
—No le llames así —susurró ella, en tono más bajo y llevándose las manos a la melena, amagando con hacerse una cola, pero sin hacerla.
Se hizo un silencio. María sentada. Algo incómoda, pero no le pedía que se marchara. Y Edu de pie. Y yo suponía que la miraba, y después ella alzó la vista, y le miró a él, y Edu dijo:
—¿Qué miras?
—Miro lo que me da la gana.
—Me estabas mirando la polla —espetó él, sorprendiéndome, abrupto, como siempre, y haciéndome temblar.
—Pues mira, igual sí. ¿Y? Es… cómica —le plantaba cara ella.
—Ah, es cómica —dijo Edu.
—Sí. Pues sí. Es alucinante la polla que tienes. Inmerecida, de hecho —decía María, como si tal cosa.
Edu se sentó entonces en la cama, cerca de ella, y le tocó la pierna. Y se miraban. Y yo tragué saliva.
Se clavaban la mirada y aquel toque se convirtió en caricia, pero no era del todo amistosa y tranquila, sino más bien provocadora.
—… Para… Sin Pablo no —susurró María tras intuir que aquella mano podría buscar más. Y lo susurró decidida, pero casi melosa, y aquel amago de ternura me dolió.
Y de nuevo otro silencio, que Edu rompió, en una pregunta cómplice:
—¿Has hablado con él?
—Ya te he dicho que lo tengo que hablar con calma. Que así de primeras es una locura. Ya has visto la cara que puso… —respondió María.
Continuará.
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