Xtories

Historia de un apagón: infiel en el ascensor

El ascensor se detiene en la oscuridad y el silencio se vuelve espeso. Él no es su esposo, pero su mano encuentra la suya y algo dentro de ella se quiebra. En la penumbra, sin testigos ni normas, la mujer decide dejar de ser 'correcta' y convertirse en lo que siempre quiso ser.

Ricardo Lomas16K vistas8.6· 14 votos

1

Ayer, cuando Madrid entera se apagó de golpe, cuando las pantallas murieron, los semáforos se apagaron y las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos como un coro de alarma sorda, supe, de un modo absurdo pero inequívoco, que algo más que la electricidad iba a fallar ese día, que algo dentro de mí, también, estaba a punto de apagarse o de incendiarse sin remedio.

El apagón fue completo, brutal, sin advertencia previa, y no solo aquí, no solo en este edificio: todo el país quedó suspendido, detenido, desconectado del ritmo frenético que tanto nos protege de nosotros mismos. Y allí estábamos nosotros, atrapados en un ascensor detenido entre dos pisos, sin luz, sin conexión, sin nada más que nuestra respiración compartida y un silencio tan espeso que casi podía tocárselo con las manos.

Yo llevaba lo de siempre: mi uniforme de batalla, la armadura que había perfeccionado durante años para mantener a raya al mundo y sus exigencias: tacones que me elevaban hasta un metro sesenta y cinco de autoridad impuesta, medias negras ceñidas a mis piernas, una falda que abrazaba mis caderas y un torso encerrado en una camisa blanca que comprimía mis pechos generosos bajo la falsa inocencia de los botones impecables.

Todo en mí hablaba de control, de distancias medidas, de un poder trabajado y legítimo. Pero bajo esa coraza, bajo cada gesto preciso, bajo cada palabra justa, llevaba demasiado tiempo incubándose una grieta, un vacío silencioso que ayer, en ese encierro involuntario, no pudo seguir ocultándose.

Víctor estaba allí, conmigo, en ese espacio reducido, en esa penumbra cerrada que, lejos de darnos calma, parecía hincharse con algo oscuro y antiguo que ni siquiera nos molestamos en negar. Él, que nunca fue amigo, ni confidente, ni amante furtivo, pero que siempre había sido peligro, había sido posibilidad, había sido ese silencio cargado que nunca se nombra en voz alta. Él, con su traje oscuro, su mandíbula tensa, su calor irradiando a través de la escasa distancia que nos separaba.

No veía su rostro en la oscuridad, pero sentía su presencia de una manera que casi dolía, sentía su respiración, sentía su atención como una cuerda invisible tensándose entre nosotros.

Pensé en Marcos. Pensé en su amor tranquilo y predecible, en sus gestos cansados, en nuestras conversaciones prácticas, en nuestras camas compartidas con la ternura templada de quienes se acompañan pero hace tiempo dejaron de buscarse de verdad. Y me pregunté, mientras el ascensor se balanceaba levemente y un crujido de cables tensos nos recordaba que el mundo entero allá afuera estaba también atrapado, si lo que estaba sintiendo era realmente una traición, o si era simplemente la primera bocanada de aire después de años de mantener la respiración bajo el agua.

Su mano rozó la mía. Fue un gesto casi imperceptible, fácil de negar, fácil de malinterpretar, fácil de corregir. Pero no retiré la mano. No moví un solo músculo.

En ese momento supe que la decisión ya estaba tomada, no allí, no ahora, sino mucho antes, en todos los pequeños momentos en que acepté resignarme, en todas las noches de silencios compartidos, en todos los besos rutinarios que ya no quemaban, en todas las veces que me miré al espejo sin reconocer a la mujer que me devolvía la mirada.

Quizá había comenzado el día que elegí estos tacones, esta camisa abotonada hasta el cuello, esta coraza que confundí con fuerza. Quizá había comenzado cuando dejé de ser vista como una mujer, y pasé a ser simplemente "lo correcto", "lo esperado". Y ayer, cuando su mano encontró la mía y yo no la retiré, cuando el tiempo se estiró de una forma nueva y el mundo entero siguió apagado, supe que no se trataba de Víctor, no realmente.

Se trataba de mí. De volver a sentir algo. De volver a arder, aunque fuera en la oscuridad, aunque supiera que las puertas acabarían abriéndose y el mundo, los demás, nos mirarían sin saber.

Porque sí, después de casi una hora de encierro, con el edificio entero evacuado manualmente, cuando finalmente vinieron a sacarnos palanca en mano, cuando el chirrido del hierro nos devolvió al mundo de las normas y los horarios, yo ya había tomado una decisión silenciosa, brutal, irreparable.

Y no era pedir ayuda. Era caer.

Caer sabiendo que no me salvaría.

2

No sé cuánto tiempo estuvimos así, de pie, en ese ascensor detenido, respirando el mismo aire tibio, compartiendo un silencio tan denso que parecía tener peso propio, pero recuerdo con claridad el momento en que su mano buscó la mía de nuevo, no como un accidente casual sino como una pregunta muda, como una rendición ofrecida que sólo yo podía aceptar o rechazar, y fue en ese instante, justo en ese roce leve de sus dedos enredándose en los míos, cuando sentí que todo lo demás —la culpa, la vida construida con tanto esfuerzo, los años de rutina disfrazada de estabilidad— se disolvía en el aire, en esa oscuridad que nos protegía de la mirada del mundo.

Yo no me moví. Me quedé quieta, sintiendo su calor invadir el espacio entre nosotros, notando su perfume, ese aroma discreto y masculino que tantas veces había captado en los pasillos, en las reuniones interminables, y que ahora, aquí, sin testigos ni barreras, se me antojaba tan familiar, tan peligroso, tan inevitable, como si en realidad hubiese sido creado para este momento exacto.

Podía haber retirado la mano, podía haberlo hecho con un gesto pequeño, casi imperceptible, y todo habría terminado, todo habría quedado reducido a una anécdota incómoda, a una posibilidad no consumada, pero no lo hice, no quise hacerlo, y mientras él empezaba a trazar pequeños círculos con su pulgar en la base de mi muñeca, mientras el calor de su piel se filtraba en la mía y me subía por el brazo como una marea inevitable, supe que ya no había retorno posible, que si en algún momento había tenido la opción de salvarme, ahora era demasiado tarde para quererla.

La tensión crecía en el pequeño espacio como una tormenta que no se atrevía a estallar todavía, y cada segundo que pasaba, cada respiración compartida, cada leve movimiento de nuestros cuerpos buscando contacto sin atreverse aún a reclamarlo abiertamente, era como una cuerda invisible tensándose más y más entre nosotros, lista para romperse de un momento a otro.

Su rostro se acercó al mío, lo supe por la forma en que sentí su aliento rozarme la mejilla, cálido, entrecortado, tan cerca que bastaba un movimiento mínimo, un suspiro más profundo, para sellar el destino que ya habíamos elegido sin palabras, fue entonces cuando giré ligeramente la cabeza, ofreciendo mis labios.

El primer beso fue lento, casi reverente, como si ambos entendiéramos que estábamos pisando terreno sagrado y profanado al mismo tiempo, y sentí su boca firme, segura, besándome con una mezcla de hambre contenida y una ternura brutal que me desarmó más que cualquier gesto de fuerza, y me rendí, me rendí con una facilidad aterradora, abriéndole la boca, entregándole todo lo que había callado durante meses, durante años.

Sus manos bajaron a mis caderas y me atrajeron hacia él con determinación, entonces sentí su erección dura, palpitante, presionando contra mí a través de la tela, dejando claro, sin necesidad de más palabras, que el deseo era real, que no estábamos jugando, que lo que había empezado como un roce accidental ahora reclamaba su derecho a completarse. Y yo, envuelta en mi falda de oficina, en mis medias oscuras, en mi camisa blanca abotonada hasta arriba como una ridícula barrera de decoro, me sentí absurdamente vulnerable y al mismo tiempo absurdamente viva, cada prenda que llevaba puesta no era más que una mentira que estábamos a punto de arrancar de raíz.

La moral, la culpa, el eco distante de una vida construida a base de deberes y renuncias, todo eso empezó a desdibujarse, a flotar lejos, como si la oscuridad misma del ascensor se hubiera encargado de devorarlo, y en su lugar sólo quedábamos nosotros dos, el hambre desnudo, la necesidad cruda, el pulso salvaje que nos empujaba a caer.

Y yo quería caer. Necesitaba caer.

Nos quedamos así, pegados, sudorosos, temblando, respirando el uno contra el otro, mientras allá afuera, en algún lugar de la ciudad detenida, las sirenas seguían sonando, las calles seguían vacías, los ascensores seguían detenidos, y nadie sabía —nadie debía saber— lo que habíamos hecho.

3

No sé en qué momento me importó una mierda todo, no sé cuándo dejé de pensar en el marido que me esperaba en casa, en la vida ordenada que había construido a base de sonrisas huecas y polvos sin alma, sólo sé que, cuando sentí su mano subirme la falda, rozándome el muslo por encima de las medias, supe que estaba perdida, que ya no iba a pararlo, que ya no quería pararlo, que lo único que deseaba era que me follara ahí mismo, contra la puta pared del ascensor, como una perra en celo.

Su mano subió lenta, como saboreándome, como sabiendo que ya me tenía empapada, entregada, más sucia que nunca, y mi cuerpo, ese cuerpo que había aprendido a fingir el deber, la decencia, el amor rutinario, se abrió para él con una facilidad que me daba tanta vergüenza como placer.

Cuando sus dedos encontraron el borde de mis bragas y las apartó con una brutalidad contenida, dejándome mi coño al aire, sólo pude gemir bajito, una súplica muda para que no se detuviera, para que no tuviera piedad, para que hiciera lo que ambos sabíamos que habíamos querido hacer desde hacía mucho.

Sentí su polla dura, palpitando contra mi culo, buscando el camino entre mis piernas mojadas, y me arqueé contra él, le ofrecí mi cuerpo, le rogué sin palabras que me lo metiera, que me rompiera, que me marcara de una vez.

Su boca me devoró en un beso salvaje mientras me giraba contra la pared, mientras me abría las piernas con las suyas y me empujaba con fuerza, entonces sentí la punta de su polla frotándose contra mi coño hinchado, resbalando fácilmente en la humedad que manaba de mi interior. Y cuando entró, lento, profundo, llenándome como hacía años que nadie me llenaba, gemí como una puta barata, pegando la frente a la pared helada del ascensor, temblando de pura necesidad, de puro hambre, de puro puto deseo.

Se detuvo dentro de mí un segundo, respirando contra mi nuca, como si quisiera saborear su triunfo, mi rendición, y luego empezó a moverse, a follarme con embestidas largas, duras, que me arrancaban gemidos de lo más profundo, gemidos que hacía tiempo que ni recordaba que mi garganta pudiera emitir, pero que tenía que contener en un ejercicio casi imposible.

Mi cuerpo lo buscaba, mi coño lo abrazaba, y cuando su mano encontró mi clítoris, acariciándolo rápido, sin piedad, sentí que me rompía por dentro, que me corría sin control, apretándole la polla como si quisiera no soltarlo jamás. Me corrí diciendo su nombre contra el metal frío, mientras mis piernas temblaban, mientras mi cuerpo entero temblaba, mientras olvidaba cualquier cosa que no fuera su polla enterrada en mí, su mano en mi coño, su cuerpo empujando el mío hasta casi aplastarme.

Él se corrió poco después, soltando un gemido salvaje, vaciándose dentro de mí con embestidas desesperadas, llenándome de su semen caliente, reclamándome como suya. Nos quedamos así, sudorosos, jadeantes, empapados en nuestro propio pecado, mientras allá afuera seguían sonando las sirenas, mientras el mundo seguía detenido y nosotros, allí dentro, acabábamos de destruir lo poco que quedaba de decente en nosotros.

4

Nos quedamos pegados un rato, respirando uno contra el otro, sudados, sucios, envueltos en ese olor inconfundible a sexo sin disculpas, a cuerpo contra cuerpo, a todo lo que nunca tendría que haber pasado pero que ninguno de los dos cambiaría, y lo supe en la forma en que él seguía agarrándome por la cintura, como si todavía no quisiera soltarme, como si mi cuerpo todavía fuera suyo.

Cuando al fin se apartó, lento, casi con cuidado, sentí su polla salir de dentro de mí, arrastrando con ella su semen caliente, pegajoso, que empezó a resbalar lentamente por mis muslos, y fue en ese momento, cuando sentí ese hilo sucio recorrerme la piel, cuando supe que no iba a limpiarme, que no iba a hacer nada para borrar lo que habíamos hecho.

Me agaché temblando, recogí mis bragas del suelo mugriento del ascensor, esas bragas que habían sido testigo de mi rendición, de mi entrega más puta, y me las subí despacio, sintiendo cómo atrapaban todo su semen dentro de mí, apretándolo contra mi coño palpitante, guardando su marca donde nadie más podría verla, pero donde yo la sentiría en cada paso, en cada roce, en cada respiración durante horas.

El roce de la tela mojada contra mis labios hinchados me arrancó un pequeño gemido que mordí entre los dientes, un recordatorio de que seguía abierta, usada, llena de él, marcada como una puta que había pedido ser follada y lo había conseguido. No me limpié. No quería limpiarme. Me subí la falda, me abotoné la camisa con manos que aún me temblaban, me peiné con los dedos intentando darme un aspecto decente, sabiendo que daba igual, que debajo de la ropa, debajo de la apariencia impecable, me llevaría su semen chorreándome las piernas, su olor pegado a mi piel, su recuerdo latiéndome entre las piernas como una herida sucia.

Él también se arreglaba en silencio, sin mirarme, o tal vez mirándome de reojo, como sabiendo que si cruzábamos una palabra, una sola mirada, caeríamos de nuevo, nos follaríamos ahí mismo, con los equipos de rescate al otro lado de la puerta. Porque entonces los oímos: golpes sordos, voces gritando instrucciones, herramientas forzando las puertas. No fue la electricidad quien nos salvó. Abrían el ascensor manualmente, como quien rescata a dos víctimas, sin saber que lo que había quedado atrapado allí no era sólo carne y hueso, sino algo mucho más feo, mucho más sucio.

Cuando las puertas chirriaron y se abrieron de golpe, la luz de emergencia, los cascos, las voces ansiosas nos inundaron, y yo, sin pestañear, sin temblar ya, salí del ascensor caminando firme, con la cabeza alta, con la cara de mujer respetable que sabía ponerme tan bien, mientras entre mis piernas sentía su semen moverse, caliente, escondido, cada paso una caricia sucia que me recordaba lo que había hecho, lo que había sido.

Él salió detrás de mí. No cruzamos palabras. No había necesidad. Entre nosotros quedó el olor, el sudor, el temblor de dos cuerpos que, durante un apagón, se buscaron como animales y se encontraron sin piedad.

Yo seguí caminando por los pasillos llenos de gente, de luces portátiles, de móviles levantados grabándolo todo, con su leche apretada contra mi coño, llevándola conmigo como un castigo y una medalla, como la prueba maldita de que, por una vez en mucho tiempo, había elegido vivir a pesar de todo. A pesar de mí. A pesar del mundo. A pesar de mi marido.

Y no me arrepentí. Ni un puto segundo. Ayer no. Pero hoy me persigue la culpa y no sé si podré vivir con ello.