El autobús de las 8:15 (2)
El autobús se llena de tensión con cada frenada. Valeria sabe que sus tacones rojos son una invitación que nadie se atreve a rechazar, y hoy ella no tiene intención de bajar hasta que todos cedan.
EL BUS DE LAS 8:15 (2)
Esa mañana, el cielo estaba gris. La humedad en el aire cargaba todo de una electricidad invisible, de esas que hacen vibrar la piel sin tocarla.
Valeria se miró en el espejo de cuerpo entero antes de salir. Hoy iba aún más atrevida: un body de encaje negro, ceñido al cuerpo como una caricia, que usaba como blusa. Los tirantes eran finos y dejaban al descubierto parte de sus hombros. La tela, semitransparente, insinuaba sin remordimientos la forma de sus pechos y el contorno preciso de los pezones. Sobre eso, una americana blanca, abierta. Una minifalda gris perla, más corta aún que de costumbre, apenas cubriendo el borde de sus medias. Llevaba pantyhose negras, finísimas, que brillaban con cada paso, y los mismos tacones rojos de siempre, como una firma.
Al llegar a la parada, el autobús ya estaba allí, rugiendo, jadeante, con la puerta trasera todavía abierta. Valeria entró sin mirar a nadie. El chófer la reconocía, pero no decía nada. Solo apretaba los labios y desviaba la mirada a través del espejo retrovisor, como si se negara a ver lo que sabía que ocurriría.
Dentro, el ambiente era espeso. Gente apretada, ropa húmeda, perfumes baratos mezclados con el olor agrio del sudor matutino... Valeria respiró hondo porque era justo eso lo que quería. Se colocó en el centro del pasillo, entre dos filas de cuerpos. Un joven a su izquierda, con auriculares y mochila aún colgada; un hombre mayor a su derecha, con la cara ya enrojecida por el calor; frente a ella, una mujer con los labios mordidos y el ceño fruncido; detrás, un desconocido alto, con el torso duro como una pared. Valeria se acomodó entre todos dejando que su cuerpo encajara como una pieza perfecta entre los demás.
El bus arrancó y con él comenzó la danza. El traqueteo del vehículo empujaba a Valeria contra el joven de la mochila, que fingía no sentir cómo su brazo se deslizaba contra el lateral del pecho de ella. Pero Valeria sí lo sentía, cada movimiento, cada roce. Sabía que sus pezones estaban duros, visibles a través del encaje y de la tela casi inexistente del body.
El hombre mayor le miraba las piernas con descaro, hasta que en una frenada su mano se apoyó en la barra, pero sus nudillos rozaron con suavidad la parte trasera de los muslos de Valeria. No le pareció a la mujer que fuera una caricia. Valeria no lo miró, solo abrió un poco las piernas para acomodarse mejor... O para invitar.
Entonces, el desconocido de atrás se acercó un poco más. Su pecho rozaba la espalda de Valeria cada vez que el autobús frenaba. En una de esas frenadas, la empujó más de la cuenta: su pelvis quedó pegada a su trasero y Valeria, que sentía el bulto del hombre, duro, macizo y palpitante, no se movió y sonrió. Ella levantó los brazos para agarrarse de la barra superior, dejando que la americana blanca se abriera. Quedó, así, expuesta: el escote profundo del body, revelando la curva de sus senos; la piel, vibrante; el encaje, marcando territorio. El joven la miraba de reojo y la mujer que estaba frente a Valeria fruncía más el ceño. Todos sabían lo que ocurría, pero nadie decía nada.
El bus volvió a frenar y fue entonces cuando la mano del hombre mayor se apoyó directamente en el muslo de Valeria, no como un accidente, esta vez no, sino como algo intencionado. El hombre apretó primero; luego, lentamente, subió unos centímetros. Valeria tragó saliva y cerró los ojos durante unos segundos mientras sentía el calor crecer entre sus piernas. Sin duda, una humedad deliciosa. Nadie se movía allí. El joven, sonrojado, bajó la mirada al suelo. Por su parte, el desconocido de atrás le rozaba el cuello a Valeria con la nariz, respirando su perfume. Podía sentir su aliento cálido cerca del lóbulo de la oreja. Valeria estaba en ese instante rodeada, atrapada, Y le encantaba.
Mientras tanto, la mano del hombre mayor subía más y ya estaba dentro de la falda. La medias tipo pantyhose de Valeria se tensaban contra la palma de él. Cuando los dedos del hombre intentaronn ir más allá, Valeria se movió...Pero no para evitarlo, sino para ayudar: separó las piernas un poco más, cosa que aprovechó el tipo de atrás para bajar una mano por su cintura sin pedir permiso hasta llegar a la cadera, detenerse y presionar en ese lugar.
Eran cuatro o cinco personas, pero todo el autobús lo sentía. Sin embargo, nadie pronunciaba una palabra: solo se escuchaban los frenos del bus, el rugido del motor y el golpeteo de los tacones de Valeria cuando se acomodaba. Ella estaba al límite, sintiendo cómo su sexo reaccionaba empapándose y palpitando. El calor y el ardor entre la piernas era ya insoportable. Si la tocaban un poco más...
El bus llegó, entoces, a una parada y se detuvo. Valeria bajó los brazos lentamente y se giró entre los cuerpos con una sensualidad perfectamente estudiada. Todos la miraban; nadie decía nada. Pero las pupilas dilatadas de quienes participaron u observaron la escena lo decían todo.
Antes de bajar del autobús, Valeria se volvió hacia el hombre mayor, hacia el joven y hacia el desconocido y les dijo susurrando y sin mover casi los labios: "Mañana también tomaré este autobús a la misma hora".
Y se bajó.
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