El autobús de las 8:15 (1)
Cada mañana, Valeria sube al autobús sabiendo que será devorada por las miradas. No busca un destino, sino el placer de sentir cómo el espacio se cierra, cómo los cuerpos se pegan y cómo el deseo se vuelve tangible en el aire viciado. Esta vez, el juego va a más allá de las miradas.
EL AUTOBÚS DE LAS 8:15 (1ª PARTE)
Cada mañana, a las 8:15 en punto, Valería descendía por la escalinata de mármol de su lujoso piso, un ático ubicado en el centro de la ciudad. Era una mujer rica por astucia y por una herencia, con un coche de gran cilindrada y chófer privado. No tenía ninguna necesidad de subirse a un autobús urbano y de mezclarse con "el pueblo" dada su excelente posición económica. Pero le fascinaba por un lado, el rato previo a subirse en el autobús; por otro, los minutos que duraba el viaje.
Aquella mañana, Valeria no faltó a su cita. Su atuendo era toda una declaración: blusa de seda blanca, tan fina que dejaba entrever el encaje negro del sujetador, con escote generoso y profundo. Llevaba una minifalda negra, ceñida, que se subía medio centímetro con cada uno de los pasos de su dueña. Sus preciosas piernas lucían espectaculares cubiertas por unos pantyhose semitransparentes que brillaban como el caramelo. Unos zapatos de tacón de charol rojo, altos y finos, haciendo resonar en cada pisada.
El autobús de las 8:15 siempre llegaba repleto y eso le encantaba a Valeria. Le excitaba el contraste entre el calor humano, el aroma de algún que otro perfume, el del sudor, alientos con olor a café... Cuando el autobús abría sus puertas, siempre la recibía una ráfaga de esa deliciosa mezcla de aromas. Al subir, Valeria captaba inmediatamente todas las miradas. Ella colocaba con calma una mano en el pasamanos; la otra, sobre su bolso de cuero. Luego, deslizaba sus caderas entre los pasajeros como si los rozara a propósito para abrirse camino y pasar a la zona interior del autobús. Conforme Valeria avanzaba, sentía cómo las miradas de los hombres y de alguna que otra mujer la devoraban: notaba ojos clavados en el traqueteo de su minifalda, en sus muslos, en el hueco entre sus senos, hasta en los tacones de sus zapatos.
Valeria percibía cómo su vientre se iba encendiendo, cómo el calor crecía en su cuerpo. Continuaba avanzando a duras penas, buscando siempre la parte del autobús más repleta, con menos espacio entre pasajero y pasajero. Le gustaba sentirse atrapada entre torsos, entre brazos que intentaban agarrarse a alguna de las barras que había para tal efecto mientras dejaban las axilas expuestas junto a su cara, torsos pegados a su espalda, mochilas o bolsos apretados contra su vientre...
Los movimientos bruscos del autobús la mecían, pero los constantes roces eran los que la mantenían en vilo. Notaba cada vez más cómo las miradas ajenas se deslizaban por su escote: hombres mayores, jóvenes y alguna mujer también... En algunos casos, esas miradas eran disimuladas, pero en otros iban cargadas de descaro y de atrevimiento.
El espacio se estrechaba cada vez más; los pasajeros se apretaban cada vez más. Valeria podía sentir en su cuello el aliento del pasajero que tenía detrás totalmente solapado a su espalda. Pero ella simulaba no notarlo. La punta de una mochila empujaba su trasero con cada frenada del autobús y bajo el fino tejido de su pantyhose notaba el calor del bulto de una erección mal disimulada. Valeria no decía nada, no se movía.
De repente, una mano rozó su muslo: la primera vez pareció accidental, pero la segunda, más duradera e intensa, fue intencionada sin duda alguna. Pese a esos roces, el delicado tejido de los pantyhose no se había roto, permanecía intacto. Un tercer toque de dedos en su muslo no tardó en llegar: el tipo que los hacía fingía buscar equilibrio para no desestabilizarse, pero a la experta Valeria le quedaba claro que el sitio en el que se estaban produciendo (el límite que la costura de los pantyhose marca entre las piernas y la zona que da lugar al deseo y al placer) no era casualidad. Valeria ni se inmutó: no protestó, no se giró, mantuvo la mirada firme al frente. Lo único que varió es que en su rostro se dibujaba una sonrisa sutil y que sus pezones, bajo la blusa, se endurecían progresivamente con cada toque furtivo en las piernas.
Se produjo, entonces, el enésimo frenazo, el más brusco de los que se habían dado hasta ese momento. Valeria perdió ligeramente el equilibrio y cayó hacia atrás, chocando su culo con una pelvis que notó dura, muy dura. Escuchó por detrás un jadeo y ella se agarró con las dos manos al pasamanos antes de arquear un poco la espalda. Fingía buscar más equilibrio con esa postura, pero lo que hacía realmente era tratar de lograr más contacto entre su trasero y el paquete del hombre de detrás.
Debido a tanto traqueteo del autobús, frenazos y roces, la minifalda de Valeria se había subido un poco más y estaba a punto de dejar al descubierto el inicio de las nalgas de la mujer, que no llevaba ni siquiera un minúsculo tanga debajo de los pantyhose.
Las miradas hacia ella aumentaban con el paso de los segundos, lo que hacía que su piel empezara a quemar. Una mano rozó su cadera; otra bajó por su espalda rozando el encaje del sujetador a través de la blusa. Todo el autobús estaba en silencio: solamente se escuchaba el ruido del motor, el de los frenos, el del vaivén de los cuerpos de los pasajeros y algún jadeo.
El autobús se detuvo. Tan solo quedaban dos paradas más para que Valeria bajara, pero esa mañana decidió algo diferente: se abrió paso como pudo entre miradas lascivas, roces y tocamientos en muslos y nalgas para bajarse del autobús una parada antes porque el grado de excitación de Valeria era ya tal que, con su sexo palpitando y húmedo, y con los pantyhose empapados en la entrepierna, no iba a ser capaz de controlarse si seguía más tiempo en el interior del vehículo siendo objeto de todo tipo de tocamientos y eso, descontrolarse, quería dejarlo para otro día.
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