El círculo. Cap. No se trata de hablar
Le presentaron a Abril como una herramienta, pero él sintió el peligro. Ahora, atrapado entre la lealtad de su esposa, la complicidad de su amiga y la sombra de Lorenzo, Damián descubre que en el círculo del poder, la única regla es sobrevivir a quien te mira con hambre.
El humo de habanos finos flotaba como una niebla espesa sobre las cabezas de hombres que hablaban en voz baja, como si cada palabra costara miles de pesos. En la terraza de la casa de Lorenzo, con vista al bosque como un reino privado, las luces cálidas del jardín daban un tono dorado al atardecer. Había charolas de plata con líneas blancas alineadas como soldados obedientes, copas de cristal cortado rebosantes de whisky de 30 años y mujeres con vestidos que parecían esculpidos en sus cuerpos, todas sonriendo con los ojos de quien ha visto demasiado.
Damián estaba de pie junto al bar, su mano firme alrededor de un vaso pesado, el líquido ámbar reflejando su rostro dividido. Por fuera, impecable: traje a la medida, sonrisa discreta, mirada calculadora. Por dentro, un leve temblor, como si un animal enjaulado se moviera bajo su piel, oliendo sangre.
No era la misma persona que había llegado a la Administración Pública hace ya veinte años, con ideas ingenuas sobre presupuestos y políticas públicas. Ahora era director general de programación y presupuesto. Un título largo, sí, pero con dientes. Su ascenso no había sido limpio. Nada lo era.
Lo sintió antes de verlo. Ese grupo. Viejos leones del sistema, rodeando una mesa como un tribunal no oficial. Ex secretarios, operadores de campañas, directores en funciones. Todos fieles a Lorenzo, sí, pero fieles a sí mismos aún más. Y él, el nuevo. El intruso. El extranjero.
César Serrano dio el primer zarpazo:
—La dirección es un premio demasiado grande para un don nadie. Apuesto a que en dos semanas renuncia—. Dijo en voz alta, casi un grito, lo suficiente para que Damián escuchara desde la barra.
La carcajada que siguió no fue escandalosa. Fue seca. Filosa. Calculada. Damián sintió el golpe, pero no parpadeó. Sus ojos viajaron por los rostros, buscando aliados, midiendo traiciones. La sangre le ardía en el estómago, caliente, como si su cuerpo hubiera registrado una herida invisible.
Abrió la boca para responder. Lo iba a hacer. Tenía las palabras justas, medidas, capaces de cortar sin que sangrara. Pero entonces, la mirada:
Lorenzo no dijo nada. Ni siquiera estaba en la conversación. Pero lo miró. Solo eso. Una mirada breve, como una orden en clave. Observa. Sé prudente.
Damián tragó saliva. Y con ella, su impulso. No dijo nada. Volvió al vaso, al hielo derritiéndose lentamente, al silencio.
El grupo continuó como si él no existiera. Una técnica vieja. Invisibilidad. Matar sin tocar. Hablar de temas importantes —la sucesión, los fondos de infraestructura, el futuro del partido— y nunca mirarlo, nunca invitarlo. Serrano sonreía con la mirada.
Pero en ese vacío, Damián entendió algo. La política no se hace con discursos. Se hace con presencia. Con paciencia. Con la voluntad de tragarse el ego como un trago de veneno lento.
Aquí, los hombres de verdad no responden con palabras; responden con poder. Sonrió. Fingió indiferencia. Asintió a una broma que no oyó. Pero en su mente, Serrano ya estaba muerto. No sabía cómo, ni cuándo.
El juego estaba en marcha. Y él no pensaba renunciar. Pensaba quedarse. Y aprender a matar de verdad.
La noche avanzó como un río espeso, lento y lleno de curvas. El alcohol ya no quemaba como al principio, ahora pasaba suave, como parte del cuerpo. Las palabras se volvieron más ligeras, las risas más auténticas, o al menos más convincentes. Damián ya no sentía ese temblor en la piel. Se había acostumbrado. A los códigos. A las indirectas. A la danza invisible donde cada comentario escondía un mensaje y cada silencio tenía peso.
Estaba aprendiendo a hablar sin decir. A mirar sin ver. A escuchar con el estómago, no con los oídos.
Una charla sobre las elecciones intermedias en Guerrero lo había mantenido entretenido durante media hora, no por interés genuino, sino por lo que descubrió entre líneas: cómo los recursos bajaban, cómo se pactaban los votos, cómo los errores se convertían en favores, y los favores en compromisos eternos. Todo funcionaba como un viejo reloj oxidado: no perfecto, pero predecible si sabías contar los tic-tacs.
Entonces lo volteó a ver otra vez. Lorenzo. Sentado al fondo, casi oculto por las sombras y el humo. Rodeado de tres o cuatro operadores leales, riendo con esa risa gruesa que se parecía más a un gruñido que a otra cosa. Pero cuando Damián lo miró, él ya lo estaba mirando.
—Don Damián —dijo Lorenzo al acercarse, abriendo los brazos como si se reencontrara con un viejo amigo de guerra—. ¿Ya ves cómo se vive la noche cuando uno empieza a pesar en la política?
—Me estoy adaptando—. Damián sonrió.
—Eso veo. Ya no pareces tan tieso —le guiñó un ojo—. Pero todavía te falta colmillo.
Brindaron. El golpe de los vasos fue seco.
—Ven —dijo Lorenzo, rodeándolo con el brazo y llevándolo hacia un rincón del jardín donde el ruido era menos feroz—. Te voy a contar una historia.
Damián lo siguió. Estaba borracho, pero no tanto. Lo suficiente para aflojarse, no para perder el juicio.
—Cuando yo tenía tu edad —empezó Lorenzo con esa voz de trueno controlado—, un secretario de Estado me llevó a una junta secreta en Tlalpan. Era una finca. Todo muy discreto. Él me dijo: “Aquí es donde se mide quién vive y quién muere políticamente”. No entendí. Yo pensaba que el poder venía de hablar bien, de tener ideas. ¿Y sabes qué pasó?
Damián negó con la cabeza, intrigado.
—Pasamos toda la noche jugando dominó. Silencio. Whisky. Ocho cabrones en una mesa. Y cuando amaneció, uno de ellos me palmeó el hombro y me dijo: “Tú ya eres uno de nosotros.” Sin decir nada. Sin pedirlo. Porque el poder, don Damián... el poder no se busca. Se absorbe.
Damián tragó saliva. Sabía que no era una historia literal. Era una clave. Un mensaje.
Lorenzo se inclinó hacia él. Su boca junto a su oído.
—Tú tienes madera. Si te afilas... puedes llegar a jefe de gobierno.
Damián sintió un escalofrío. No de miedo. De posibilidad.
—Pero tienes que entender completamente cómo funciona el poder. No se trata de controlar a todos. Se trata de saber cuándo ceder y cuándo doblar. Hay que saber cuándo hablar y cuándo mirar. Y sobre todo, hay que tener gente. Fiel. Incondicional.
Lorenzo se apartó, le dio una calada al habano que nunca se había apagado y lo miró a los ojos.
—¿Ya pensaste en quién será tu secretario particular?
—No he pensado en eso—. Damián dudó—. La verdad... no creo necesitarlo.
Lorenzo soltó una carcajada breve, sin alegría.
—Siempre se necesita un pupilo, Damián. Siempre. Uno que reciba las balas antes que tú. Uno que cargue tu celular cuando no puedes contestar. Uno que escuche por ti cuando no quieres escuchar.
El silencio entre ambos fue breve, pero espeso.
—Tengo a alguien —dijo Lorenzo al fin—. Muy capaz. Y es un encanto.
—¿Quién?— Damián arqueó una ceja.
—La hija de un viejo vecino de mi infancia. Nos criamos en la misma cuadra. Ella estudió en el extranjero, tiene buen ojo, buena memoria, buena presencia. Y sobre todo... no le teme a los hombres.
Damián pensó en una mujer mayor, dura, implacable. Una calamidad burocrática. Pero Lorenzo lo leyó.
—No te preocupes. No es una vieja bruja. Tiene veintitantos. Inteligente. Rápida. Te va a gustar.
—¿Y cómo se llama? — El director general asintió, todavía con reservas.
Lorenzo dio un paso atrás, terminó su trago de un solo golpe, y sonrió.
—Se llama Abril. Mañana te la mando.
Y sin más, lo dejó solo, con el humo, el vaso medio lleno y el nombre de una desconocida flotando en su mente como un augurio.
Abril. Damián miró al cielo. Las estrellas estaban tapadas por el resplandor de la ciudad. Así era el poder: te ofrecía el mundo, pero no te dejaba ver el cielo.
__
3:12 a.m.
La cerradura cedió con un chirrido metálico y Damián empujó la puerta con el hombro. La oscuridad del vestíbulo lo envolvió por un segundo, pero el olor familiar —un leve aroma a lavanda y madera— lo reconectó con la realidad. Su casa. Su refugio, al menos en teoría.
Tropezó levemente con el tapete, soltando una risita baja mientras trataba de colgar su saco en el perchero sin éxito. Tenía el rostro ligeramente enrojecido, y una sonrisa borracha, satisfecho, como la de un lobo que ha olfateado bien el territorio. La fiesta de Lorenzo había sido un desfile de máscaras y poder, y Damián empezaba a sentirse cómodo en su papel. Cuando se giró, ahí estaba Isabella.
Sentada en el sillón del recibidor, en bata, el cabello recogido a medias, las piernas cruzadas con elegancia automática. Cansada, sí. Pero con esa expresión que mezclaba preocupación y comprensión. Un gesto que solo las mujeres inteligentes pueden sostener sin quebrarse.
—¿Qué tal la reunión? —dijo con voz suave, sin reclamo, pero cargada de realidad.
Damián la miró, entrecerrando los ojos por la luz tenue. Sonrió.
—¿Me estás esperando… para interrogarme o para abrazarme?
—Para lo que quieras —dijo ella levantándose, con un paso lento, casi felino.
Se acercó y lo abrazó, envolviéndolo con los brazos delgados pero firmes. Él se hundió en ella, aspirando su perfume con los ojos cerrados. Su cuerpo contra el de ella era cálido, suave. Siguió la línea de su espalda con la palma de la mano, bajando un poco más de lo necesario.
—Mmm... no sé si es el whisky o esta cola, pero... esta es la mejor parte de mi día —murmuró, sonriendo como un adolescente que se siente más listo de lo que es.
Isabella sonrió también, pero no se dejó llevar. No del todo. Mantuvo el abrazo, se aferró a él como quien sabe que la oportunidad es breve. Aprovechó su vulnerabilidad. Lo hizo con elegancia.
—Mi amor… necesito hablar contigo de algo.
—Uy… —respondió él sin abrir los ojos—. Esa frase siempre trae facturas.
—Es sobre Gabriel.
Damián se separó un poco. El rostro aún amable, pero con una sombra detrás de los ojos.
—¿Otra vez?
—Le urge un préstamo. Está en un problema serio.
—¿Cuánto?
—Quinientos mil.
Él resopló, dejando caer la cabeza hacia atrás como si el techo fuera responsable de sus males.
—Isabella… tu hermano no tiene remedio. Siempre se mete en broncas y luego corre contigo. ¿Tú crees que yo soy un puto banco o qué?
—No, claro que no —dijo ella bajito—. Pero tú sabes que ahora puedes. Que tienes cómo.
—¿Y tú sabes por qué tengo cómo? Porque ese dinero está apartado para la camioneta. Tu camioneta. La vas a estrenar.
—Prefiero quedarme con la vieja si eso significa ayudar a mi hermano.
Damián la miró, ladeando la cabeza, con una sonrisa torcida.
—Tú sí sabes chantajear bonito, ¿eh?
—No es chantaje. Es familia. Y tú también eres parte de ella, Damián.
—No es mi culpa que Gabriel sea un pendejo irresponsable. ¿Qué hizo ahora? ¿De nuevo con los casinos? ¿O esta vez fue una “inversión segura” en criptos mágicas?
Isabella apretó los labios. No respondió. Lo conocía. Sabía que cuando hablaba así, no era por desprecio, sino por cansancio.
—Está desesperado —dijo al fin—. Y no tiene a nadie más.
Damián se pasó la mano por la cara, como queriendo despegarse el cansancio y el alcohol.
—Voy a pensarlo. Pero te lo advierto, Isa: es la última vez. No trabajo todos los días de sol a sol para estar rescatando a tu hermano cada que se le cruza una pendejada en la cabeza.
—Gracias —dijo ella, acariciándole el rostro con ternura—. Eso es todo lo que te pedía. Que lo pienses.
Damián asintió y la abrazó otra vez, pero ya sin deseo. Solo con resignación. El peso del día, del poder, del futuro, lo estaba alcanzando.
Luego, Damián se soltó de su esposa, subió un escalón tambaleándose, y dejó tras de sí un rastro de poder, humo y cansancio.
Isabella lo sostuvo por el brazo cuando Damián se tambaleó en el segundo escalón. No hizo ningún comentario, solo sonrió con dulzura y lo guió como si fuera parte de una coreografía que había practicado mil veces. Sabía cuándo hablarle, cuándo callar. Cuándo tocarlo.
Él gruñó algo entre dientes, una mezcla de fastidio por el mareo y de alivio por su cuerpo junto al de ella.
—¿Quieres que te cargue o nada más me estás tocando porque ya se te subieron las ganas? —murmuró él, con voz pastosa pero encendida.
—Un poco de ambas —susurró ella, con esa voz suavecita que usaba cuando quería doblegarlo—. Pero si hablas así de fuerte vas a despertar a las niñas.
—Que se acostumbren—. Damián soltó una risa ronca—. Su papá es importante ahora.
—Y calenturiento desde siempre.
Ella lo ayudó a llegar a la habitación. La luz del baño apenas iluminaba las paredes con una penumbra tibia. Cerró la puerta tras ellos y cerró con seguro. Sabía que a él le encantaba eso. La sensación de encierro. De secreto.
Lo sentó al borde de la cama y comenzó a desabotonarle la camisa con paciencia felina. Damián la observaba con los ojos pesados pero atentos, deseándola como se desea algo que siempre ha sido suyo pero que hoy, en especial, parece nuevo.
—Eres una bruja… —susurró él, dejándose caer hacia atrás, las piernas abiertas.
—Una bruja que te aguanta todo. Hasta a tu pinche borrachera.
Él resopló, pero no dijo nada más. Isabella le bajó el cierre del pantalón y lo ayudó a sacárselo con movimientos precisos, sin brusquedad. Luego, el bóxer. Isabella acaricio su pene ya medio erecto, con las yemas de sus dedos, ella sabía cómo tocarlo para que sintiera poder, pero también cómo someterlo con caricias. Se puso de rodillas frente a él.
—No tienes idea de lo mucho que me gusta verte así —murmuró—. Medio borracho, medio cabrón, pero mío.
Damián dejó caer la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos.
—¿Y si te hago mía aquí mismo?
Ella le acarició el abdomen, con las uñas apenas marcando la piel. Sonrió.
—Primero me toca a mí.
Le besó la pelvis, lenta, húmedamente. Sabía lo que le provocaba. El ritmo, la pausa, el silencio. Sin decir nada, metió la punta de su pene en su boca, usó la lengua como quien dibuja un mapa.
Él gimió bajito, apretando los dientes para no soltar palabras.
—Sabes que eso que haces con la lengua, me encanta… —susurró, y ella respondió metiéndose un poco más en su juego, provocándolo con la boca, con la mirada.
No era solo sexo. Isabella lo sabía. Era control. Era pertenencia. Cada que lo tocaba así, lo devolvía a casa. Lo hacía suyo de nuevo. Y lo hacía sentirse vivo.
Ella lo dejó al borde, chupando, succionando profundo, jugando, deteniéndose cada vez que sentía que él perdía el control. Damián gruñía, le apretaba el cabello, pero no la forzaba. No podía. Sabía que ella tenía el timón, aunque él se sintiera el capitán. Todo mientras con movimientos controlados, Isabella se desvestía, lentamente.
Finalmente se subió sobre él. Acomodó sus rodillas a los costados de los muslos de Damián, acercando su pelvis contra su húmeda verga. Se acomodó hacia adelante, montándolo con esa mezcla de suavidad y fuerza que lo enloquecía. Le cubrió la boca con la suya para que no gritara.
El vaivén fue lento al principio. Luego más intenso. Pero siempre silencioso. Cada gemido era contenido, cada jadeo tragado entre labios.
Isabella movía las caderas con una precisión que solo da el tiempo, los años de conocer cada rincón del otro. Damián postró sus manos en las caderas de su esposa, mientras sentía el calor de sus pezones duros rozando su cuello. Todo era tensión, sudor, y gemidos contenidos, apretados en sus gargantas. Damián se sintió explotar en ella, entró hasta el fondo.
Enseguida, ella se dejó caer sobre su pecho. Ambos sudaban, pero en silencio. Damián le acarició la espalda sin decir palabra.
—Mañana hablo con Gabriel —murmuró al fin—. Pero solo porque tú me lo pediste así.
Isabella sonrió contra su cuello. Lo había conseguido. Otra vez.
Y lo abrazó más fuerte, como si en ese momento pudiera protegerlo de todo lo que venía afuera. De las traiciones, las envidias. De ese mundo político donde ya no había lugar para el amor… pero sí para la lealtad.
__
Buenavista, 10:42 am.
El calor del comal le daba a la cara apenas cruzaron el umbral del lugar. El olor a chile pasilla, orégano y tripa hervida era denso, casi místico. Míriam lo jaló de la mano, como si fueran pareja, como siempre lo hacía.
—Ven, cabrón. Este lugar revivió a mi tío después de un coma etílico. Te va a levantar —le dijo con tono de promesa.
El lugar se llamaba Antojitos “La Güera”, pero la Güera no estaba por ningún lado. Lo atendía un señor moreno, bigotón, con una sonrisa tatuada en la cara. Las paredes eran color durazno, con portarretratos viejos de fotografías en blanco y negro, y la música de fondo era un bolero de Lucha Villa que se colaba entre el ruido de cucharas y risas.
Míriam pidió dos pancitas sin preguntar. También pidió dos aguas de tamarindo con mucho hielo, “porque el señor viene herido”, dijo, señalando a Damián.
Él apenas podía con su cara.
—Verga, Míriam. Me está temblando hasta el alma —murmuró, recargándose en la mesa de formica.
Ella traía una blusa negra sin mangas que le abrazaba el busto con descaro y una falda entallada que la hacía ver como una secretaria de oficina con tiempo libre. No se había maquillado mucho, pero sus labios siempre estaban brillosos, y su mirada tenía ese filo dulce que volvía loco a cualquier hombre, menos a Damián, que ya la había visto llorar, vomitar, pelearse por amor y por política, todo en la misma noche.
—No seas chillón, jefe —le dijo, y le dio una palmadita en la pierna.
—¿Jefe? —Damián levantó una ceja—. ¿Tú también ya vas a empezar con eso?
—Pues eres mi jefe ahora, ¿no? El próximo virrey de la ciudad.
—A mí no me vengas con mamadas. Eres mi amiga. La única que me ha visto crudo, drogado y llorando por mi mamá. Me llamas Damián, o te me largas de esta mesa.
Ella se rió fuerte, sin pena. La mesa de al lado volteó, pero no le importó.
—Está bien, está bien, Damián. Señor “crudas” con alma de dictador.
Llegaron las pancitas. Humeantes, rojas, con sus pedacitos de tripa perfectamente cortados, una buena cucharada de orégano encima y sus limones partidos al centro. El bolillo crujía todavía caliente.
—Dios mío —dijo él—. Esto huele a medicina.
—Come y calla. Te ves como si te hubieran cogido entre tres diputados del PAN.
Damián soltó una carcajada ronca.
—No mames. Uno solo fue suficiente… Mi mujer casi me mata anoche. Juré que me dormía, y se trepó como si fuera sábado por la mañana. La cabrona sabe cuándo estoy débil.
—Pos claro. Uno tiene que aprovechar la vulnerabilidad, jefe —dijo ella, otra vez con esa malicia cálida.
—Que no me digas jefe, chingada madre.
Ella alzó las manos, rendida.
—Está bien, mi Damián. ¿Y la fiesta qué tal? ¿Ya hiciste pacto con el diablo? ¿Te vendiste con Lorenzo?
—Lorenzo está loco. Pero me cae bien. Me dijo que tengo madera de jefe de gobierno. Que solo me falta entender el poder... como si eso se aprendiera en un taller de costura. Me presentó puro cabrón que habla con metáforas. Uno me dijo que el verdadero poder se hereda por ósmosis… ¿Qué chingados es eso?
—Que te está pidiendo lana sin decirlo —respondió Míriam mientras sorbía su pancita como si fuera suero.
—¡Eso pensé! Pero estaba tan pedo que igual le prometí algo.
Se quedaron en silencio un momento. El vapor del caldo les abría los poros y les nublaba un poco la visión, como si el tiempo se derritiera lento. Damián la miró y bajó la vista. Ella siempre le parecía hermosa, pero también intocable. Como una hermana que en otra vida fue amante, pero en esta se quedó en la orilla.
—¿Y tú qué pedo? No me has dicho nada. Tienes cara de "me quiero ir a vivir a España y dejarlo todo".
Ella bufó, removió el caldo con la cuchara.
—Tengo dos subdirectores que están como eventuales. No conseguí sus plazas. Dicen que recortaron presupuesto, pero es puro pedo. Metieron a la sobrina de un senador. Bonita, pero bruta como día nublado. Ya sabes.
Damián se quedó en silencio. Sabía que eso le dolía a Míriam, que no se lo iba a decir directo, pero que cada vez que alguien le quitaba un lugar ganado, se le rompía algo adentro.
—¿Y qué vas a hacer?
—Pues por eso te invité a desayunar. Quiero que tu las gestiones, pendejo.
Damián sonrió.
—¿Qué plazas quiere diputada— Dijo Damián sarcástico, sabía que era casi imposible.
—Es difícil Damián, no tenemos el nivel para ese tipo de gestiones. Tu sí.
Él la miró. La miró de verdad. Y por primera vez en mucho tiempo, la vio no solo como su cómplice de risas y secretos, sino como alguien que también merecía un lugar de poder.
—Puedes hacer todo con mi nombre, Míriam. Si lo quieres, ve por él.
Ella levantó su vaso de tamarindo.
—Salud por eso, cabrón.
Y brindaron entre vapores de pancita y dolores de cabeza que empezaban a diluirse.
Míriam dejó la cuchara sobre el plato, suspiró como si acabara de decirle adiós a la última neurona cuerda que le quedaba.
—Creo que el Pablo se quiere divorciar —dijo, sin drama, como si hablara de que se acabó el gas.
Damián parpadeó.
—¿Y eso?
—Ya no se le para si no se va solo al gimnasio primero. Luego se mete al baño con el celular. Se pone perfume antes de dormir. Me dice “mi reina” en vez de mi nombre. ¿Tú dime? ¿Eso no huele a final de temporada?
Damián le metió duro al bolillo, lo partió con las manos como si estuviera domando algo.
—Pablo está pendejo. Tiene un culazo de mujer en su casa y lo anda desperdiciando como si viviera con su prima. Pero más pendeja tú si crees que eso es el fin.
—Pues no me lo cojo desde hace meses. Y ni siquiera me dieron rosca.
—Eso ya es negligencia conyugal —soltó él, limpiándose la boca con la servilleta—. No, no... este cabrón está raro. Seguro anda viendo videos de motivación masculina o esas mamadas.
—¿Los de “alfa no da explicaciones”? —se rió ella.
—¡Esos mismos! Y termina viniéndose en el lavabo como si estuviera entrenando para la soledad.
Se rieron. Míriam se estiró hacia él y le limpió la comisura con una servilleta. El gesto fue más de hermana que de amiga, pero igual le estremeció algo a Damián. Se sintió cuidado.
—Gracias por eso, cabrón. Necesitaba escuchar que estoy buena todavía.
—Estás buenísima. Nada más no te vistas de beige, y te comen viva en cualquier oficina. Pero ya lo sabes. Nada más te haces la triste pa' que te lo digan.
Ella le sacó la lengua, y luego volvió a la pancita como quien vuelve al origen.
Damián se quedó un segundo mirando la calle por la ventana. Un carro con calcomanías de AMLO pasó lento. Luego soltó:
—Lorenzo me habló de una morra ayer. Dice que quiere que sea mi particular.
—¿Cómo se llama?
—Abril.
—Nombre de estación de lluvia. ¿Qué tal está?
—No sé, no la conozco, pero dice que es una chingona para el desmadre político.
—Te la quiere imponer.
—Ya lo sé.
—Para vigilarte.
—Lo pensé mientras me servía más whisky.
—Y tú le dijiste que sí.
—No le dije nada. Me reí. Pero quiero poner a alguien de mi lado.
—¿Y a quién pensabas?
—A Natalia.
Míriam dejó la cuchara al instante.
—¿A la que te cogiste en la oficina?
Damián levantó ambas manos.
—Fue antes de que tuviera el cargo. Técnicamente, era una entrevista laboral.
—No chingues, Damián. Vas a poner a una morra con la que tienes historia, que ya sabe que gestos haces, a manejar tus citas con gobernadores.
—Pero hace buen café.
—Y le gusta hacerlo en tanga.
—¡Eso no está en su currículum!
—No hace falta. Se le ve en la cara, cabrón.
Se carcajearon otra vez. El mesero les ofreció café de olla y aceptaron, aunque el corazón de Damián ya estaba al límite. Míriam, mientras revolvía su taza, lo miró de reojo.
—Ya fuera de mamada, ¿qué piensas hacer?
Damián se chupó el dedo, que se había embarrado con chile.
—No lo sé. Quiero a alguien que me vea como soy, no como el personaje. Que sepa decirme que estoy diciendo pura mamada, sin miedo. Pero que también tenga estilo. Que no me reste.
—¿Y crees que Natalia es eso?
—No. Pero Abril me da miedo. Y tenerle miedo a alguien me excita, pero no cuando le debo confianza.
Míriam asintió, seria por un segundo.
—Entonces búscate a alguien más. O escúchame, jálame a mí.
Damián tragó saliva.
—No puedo. Tú eres mi brújula. Si te meto ahí, me vas a perder el respeto.
—Ya te lo perdí hace años, pendejo.
—No. Tú me salvas cuando me creo más listo de lo que soy. No quiero que te quemes conmigo.
Ella asintió de nuevo, y brindaron con el café.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Damián se quedó viendo su taza como si fuera un oráculo.
—Quiero conocer a Abril. Quiero saber por qué Lorenzo me la quiere poner encima. Y si me quiere controlar, que sepa que yo también sé jugar sucio.
—Te vas a enamorar, pendejo.
—No. No me vuelvo a enamorar... Pero sí me puedo obsesionar tantito.
—Eres un idiota.
—Soy un idiota que se está curando la cruda con pancita y cariño. Es un comienzo.
Y en ese instante, Damián lo supo: que la guerra había empezado sin declararse, que cada puesto, cada gesto, cada mujer alrededor de él era un movimiento en el tablero. Y que su jugada empezaba ahora.
__
Oficina de la Dirección General. Lunes, 11:47 a.m.
La luz natural entraba con fuerza por los ventanales. Damián, de pie junto a la ventana, apretaba el borde de su taza de café como si fuera una cuerda de seguridad. Desde ahí, la ciudad parecía más lejana, incluso más dócil, como si estar en ese piso alto le permitiera flotar por encima del ruido. Pero no era así.
Había descubierto algo nuevo: que el poder real no venía con más trabajo, sino con menos. El vacío de su agenda era engañoso. Tenía pocos pendientes, pero cada uno era una daga disfrazada de decisión. Nada urgente, todo importante. Y nadie quería ayudarlo de verdad.
Se giró cuando escuchó el clic del intercomunicador.
—¿Sí?
—Licenciado —la voz de Natalia era suave, profesional, pero con esa textura que sólo alguien que te ha lamido la espalda puede tener—. Hay una persona que dice tener cita con usted. Se llama Abril Bardujan. Dice que viene de parte del doctor Lorenzo.
Damián cerró los ojos medio segundo.
—Que pase.
Colgó. Suspiró. Acomodó el cuello de su camisa, se vio en el reflejo del ventanal y se sentó, con esa actitud forzada de quien quiere parecer ocupado cuando está vacío.
Y entonces entró.
Abril Bardujan cruzó la puerta como si supiera que alguien la iba a subestimar. No caminaba, flotaba. Llevaba un conjunto de dos piezas en azul petróleo, entallado pero elegante, con una blusa blanca semitransparente y un saco que le caía como una segunda piel. Sus curvas no eran discretas pero si muy reales. Su cintura marcada. Tacones altos, no para presumir, sino para marcar territorio.
Tenía el cabello oscuro, suelto, grueso, ondulado. Ojos grandes y expresivos detrás de unos lentes discretos que no escondían su inteligencia, sino que la subrayaban. Y un aroma a sándalo con un ligero trazo de almendra tostada. Algo casi masculino, pero redondo y dulce al final. Inquietante.
—Licenciado Damián Montenegro —dijo con voz clara, firme, sin altivez—. Un gusto.
—Pasa, Abril. Toma asiento —le señaló la silla frente a él, y en ese gesto ya había un ensayo de control.
Ella lo miró unos segundos antes de sentarse. Ese instante en que midió el espacio entre ellos fue como si ya lo conociera. Abrió su carpeta con movimientos precisos. Damián pensó en una cirujana.
—El doctor Lorenzo Arciniga me habló muy bien de ti —dijo él, sin entusiasmo.
—Sí, claro —respondió ella, sin tragarse la cortesía—. Aunque entiendo que esta cita es más una formalidad que una entrevista.
—¿Ah, sí?
—Él quiere que yo esté aquí. Usted no.
Damián esbozó una sonrisa ladeada.
—Eres rápida.
—Soy eficiente —corrigió Abril, con los labios cerrados.
Se hizo un silencio. Pero era un silencio cómodo, como si los dos se sintieron cómodos en este.
—¿Y tú quieres estar aquí? —preguntó él.
Ella cruzó las piernas. Un pequeño crujido de sus medias negras llenó el aire. Sus ojos se afinaron.
—Tengo una maestría en Comunicación Estratégica, especialidad en manejo de crisis. Hice mi tesis sobre discursos de contención política en contextos de transición. Hablé de Marcelo, pero también de Putin.
Damián la miró, ahora sí con más atención.
—Vengo de trabajar con dos senadores y una diputada que terminó en escándalo sexual. Sobreviví a los tres. Tengo callos, pero no soy cínica.
—Y aún así, te mandan conmigo —murmuró él.
—Quizá porque no hay nadie que necesite más una mirada externa que alguien que acaba de llegar y ya huele a peligro.
Eso le dolió un poco, pero lo excitó más. Le gustaba que lo vieran como una amenaza. Era mejor que lo vieran como un peón.
—Dime una cosa, Abril. ¿Eres leal?
Ella no respondió de inmediato. Cerró su carpeta, como si la entrevista hubiera terminado.
—Soy profesional. La lealtad, para mí, se gana. Como la desconfianza. Pero no soy espía, si eso le preocupa. Y si lo fuera, sería una muy mala espía por decirte esto.
Damián sonrió, esta vez de verdad.
—¿Te ofrecieron algo más si aceptabas este puesto?
—No. Pero tampoco me lo ofrecieron como un regalo. Y no necesito regalos, necesito trabajo.
Los dos se quedaron viéndose. No como se ven un jefe y una aspirante. Era distinto. Era como si se midieran la sombra.
—¿Te molesta que te hayan usado como moneda para tantear mi reacción?
—No. Me halaga. Pero me interesa más saber si usted piensa quedarse mucho tiempo aquí o solo vino a poner la casa patas arriba.
—¿Y si te digo que quiero las dos cosas?
—Entonces quiero quedarme.
Ese fue el instante. No hubo guiños, ni sonrisas obvias. Solo esa comprensión muda de dos personas que podrían hacer grandes cosas juntos… o destruirse.
Damián se inclinó hacia adelante.
—Te voy a llamar después. Quiero ver algunos perfiles más —mintió.
—Claro. Aunque sabrás que cuando Lorenzo elige una pieza, espera verla moverse en el tablero.
—También sé que hay piezas que se rebelan.
—Y que a veces ganan.
Se levantó. Se despidió con un apretón de manos firme. Cuando salió, dejó tras de sí una estela de perfume y algo más difícil de nombrar: presencia.
Damián se quedó solo. Pensó en lo que había sentido. No fue deseo, no solamente. Fue peligro. Y lo peligroso, para alguien como él, siempre había sido una forma de belleza.
Oficina del Director General — 6:13 p.m.
La luz del atardecer teñía de naranja los ventanales y proyectaba sombras largas dentro de la oficina. Las demás áreas ya estaban medio vacías; sólo quedaban los burócratas de alma o los que pretendían ser indispensables.
Míriam estaba sentada frente al escritorio, en la silla que normalmente ocupaban los subalternos cuando iban a pedir algo. Tenía los pies cruzados sobre una esquina del mueble, como si fuera su casa. Jugaba algo tonto en la compu: un pinche jueguito de burbujas de colores.
—Estás perdiendo productividad, secretaria ejecutiva —le dijo Damián desde el sillón, con una sonrisa apenas marcada.
—Estoy ganando paz mental, que es lo que deberías estar haciendo tú —replicó sin voltear, con la mirada en la pantalla—. ¿Ya viste que tienes los ojos todos rojos, cabrón? Pareces funcionario en quincena sin paga.
Damián bufó, con un vaso de agua en la mano. Frente a él, impreso sobre el escritorio, estaba el currículum de Abril Bardujan. Lo leía por quinta vez. Intacto. Impecable. Tenía publicaciones en revistas académicas, cursos en el extranjero, idiomas. Todo sin una sola pinche manchita.
—Está muy cabrona esta niña —dijo al fin, sin levantar la mirada—. O sea... bien armada la vieja. Curriculum de acero. Capaz, estratégica, joven, pero no pendeja.
Míriam dejó de mover el mouse y lo miró con media sonrisa.
—Eso dices porque es copa D.
Damián levantó los ojos, lento.
—¿Cómo sabes que es copa D?
—¡No sabía, güey! —soltó, echándose para atrás—. ¡Pero con esa cara de pendejo que traes desde de que se fue…! Solo por eso supe que retaba a la ley de gravedad.
Damián rió por primera vez en todo el día. Fue una risa de esas que sacan aire, no dientes. Negó con la cabeza y tomó un trago de su vaso.
—Ya tengo una chichona en mi vida, y esa eres tú.
—Chinga tu madre —dijo ella con ternura.
Silencio. El aire acondicionado hacía un ruidito monótono y frío. En la calle, abajo, la ciudad ya se tragaba los colores del cielo. La oficina, en cambio, parecía detenida en un paréntesis.
Míriam lo miró. Había algo distinto en Damián. Se le notaba más quieto, pero no más tranquilo. Era como si por dentro tuviera un ajedrez que no dejaba de moverse.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, bajando el tono.
—En que no quiero jugar a defenderme. Quiero atacar.
Míriam cerró el navegador del jueguito. Se volvió más seria.
—¿Y qué tiene que ver eso con Abril?
Damián se levantó. Caminó alrededor del escritorio y se sentó en el borde, justo frente a ella. El papel en la mano.
—Es perfecta, y eso me caga. Porque no sé si la eligieron por eso, o porque creen que yo soy muy pendejo.
—¿Y qué si fuera así?
—Pues que no quiero que me pongan a nadie más. Quiero ponerla yo. Elegirla yo. Hacerla mía… en lo laboral, ¿okey? —añadió al ver que Míriam alzaba las cejas.
Ella lo miró con una sonrisa ladeada, un poco más madre que amiga, pero sin dejar de ser cómplice.
—Entonces hazlo. Pero no te la cojas.
—Ya dije que no. No más deslices. Quiero que mi equipo sea mi escudo, no mi kriptonita.
—¿Y tú crees que Abril va a ser escudo?
Damián se quedó viéndola. Pensativo. Más maduro, más oscuro. Tenía una mirada de alguien que empezaba a saber el tipo de guerra que iba a pelear.
—Creo que Abril es un arma. Y quiero que dispare para mi lado.
Míriam asintió. Se levantó, estirándose la espalda.
—Entonces decide rápido, cabrón. Porque en este lugar, el que duda, pierde. Y tú ya gastaste dos días enteros en cruda y uno entero en verle las chichis.
Se rieron. Salieron juntos. El pasillo ya estaba vacío. Pero Damián sentía que lo importante apenas estaba empezando.
Y ahora sabía con quién lo iba a enfrentar.
Club Monteluna, 9:42 p.m.
Las paredes eran de roble negro, grueso, milenario. No había cuadros, ni espejos. Solo símbolos. Círculos dentro de círculos, grabados en las molduras, bordados en las servilletas, en los anillos, en los pinches botones de los sacos. Algunos eran dorados, otros púrpuras, otros del color de la sangre seca.
En el centro del salón, una mesa ovalada como un útero. Veinte hombres sentados alrededor. Veinte sombras con apellidos que podían doblar el rumbo de una nación con una sola llamada. Algunos eran empresarios. Otros, políticos. Otros ni siquiera tenían cargos oficiales, pero su presencia era más definitiva que la de cualquier presidente.
Y al frente, sentado como si no pesara nada, estaba Lorenzo. Impecable. Inmóvil. Con el rostro lleno de esa calma violenta que sólo tienen los hombres que ya han matado a muchos... aunque solo sea en el ajedrez del poder.
A su derecha, estaba Damián.
Su vaso aún tenía gotas de whisky. Había tomado poco. Su estómago estaba hueco, como antes de un terremoto. Pero su cara... su cara era una máscara perfecta. Seria, ligeramente divertida. Como si ya perteneciera ahí.
Frente a él, Helena.
El vestido era azul cielo, de seda. Escote moderado. Cabello recogido. Una puta estatua. Pero los ojos... los ojos eran otra cosa. Le sonreía. No de cortesía. No de cortesana.
Era esa sonrisa que se da antes de romper las reglas.
Damián apenas la miraba. Pero la sentía. La sentía como un clavo caliente en el pecho. Y lo peor —o lo mejor, lo más jodidamente torcido— era que Lorenzo la veía también. Veía cómo ella lo miraba. Cómo lo comía con los ojos. Y en lugar de molestarse, sonreía.
Con ese orgullo de quien sabe que todo lo que toca le pertenece, incluso lo que ya no es suyo.
Damián tragó saliva. Su lengua sabía a hierro.
Al otro lado de la mesa, Serrano —el mismo imbécil que lo humilló en aquella fiesta de lujo— lo miraba con otra cara ahora. Como si por fin hubiera entendido algo. Como si de pronto se diera cuenta de que Damián no era un error en el sistema, sino una nueva variable. Una peligrosa.
El mesero llenó las copas. Lorenzo levantó la suya, lentamente. El círculo dorado en su anillo brilló con un reflejo casi púrpura.
—Damián... —dijo, y su voz no se alzó, pero todos callaron—. Bienvenido al Círculo.
Damián lo miró. Luego miró su copa. Brindó.
—Gracias —dijo. Su voz fue seca. Elegante. Pero por dentro, temblaba.
Bebió. El whisky ardió como fuego sagrado. El círculo. No era un club. No era un partido. No era una logia. Era algo más.
Algo que aún no entendía. Algo que no tenía nombre fuera de esas paredes. Algo que lo había estado observando desde antes de que él supiera que quería el poder. Como si alguien —o algo— ya lo hubiera elegido antes de que él se creyera capaz.
Y ahora estaba dentro. No por completo. No aún. Pero ya no podía salir. Y lo peor... es que no quería. La mirada de Helena seguía sobre él. Como si lo retara. Damián se acomodó la corbata y sonrió, por primera vez en toda la noche.
El vértigo del poder no se sentía como miedo. Se sentía como caída libre. Y él... ya no tenía freno.
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