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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 11 ☀️🔥

La habitación estaba vacía, pero el silencio gritaba. Cuando Samuel encuentra a su esposa en la discoteca, la noche se transforma en un campo de batalla donde cada palabra es un arma y cada secreto, una bomba a punto de estallar.

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CAPÍTULO 11

La llave magnética temblaba en mis manos mientras abría la puerta de la habitación. El silencio me golpeó como una ola fría. La cama seguía perfectamente tendida, sin señal de que alguien la hubiera usado. Una luz se filtraba por debajo de la puerta del baño, como un faro en medio de la oscuridad.

—¿Esperanza? —mi voz sonó extraña, distorsionada por la ansiedad.

Solo el zumbido del aire acondicionado me respondió. El baño estaba vacío, pero los indicios de su presencia estaban por todas partes: su neceser abierto sobre el mármol, una toalla húmeda colgada descuidadamente, su perfume flotando en el aire como un fantasma de su presencia.

Saqué el teléfono y marqué su número por enésima vez. El tono de llamada resonaba en el vacío de la habitación, cada timbre aumentaba mi ansiedad. Nada. El silencio se burlaba de mí.

Los nervios me recorrían el cuerpo como descargas eléctricas. El espejo del baño me devolvió la imagen de un hombre descompuesto: camisa arrugada, ojos brillantes de preocupación. ¿Dónde diablos se había metido?

Decidí buscarla en otro lado, me preocupaba du desaparición. El pasillo del hotel parecía más largo que nunca mientras me dirigía al ascensor. Cada paso resonaba en el piso de mármol como un metrónomo marcando el ritmo de mi creciente inquietud. La recepción, normalmente un oasis de calma y eficiencia ahora parecía moverse en cámara lenta.

La recepcionista, una joven de rostro amable y movimientos precisos, realizó varias llamadas. Cada segundo de espera era una pequeña tortura. Sus dedos volaban sobre el teclado mientras consultaba en el sistema.

—Señor, su esposa está en la discoteca —anunció finalmente—. La han visto hace unos minutos.

—¿En la discoteca? —la incredulidad tiñó mi voz—. Acabo de buscarla allí.

—El personal ha confirmado que se encuentra ahí, señor.

El camino de regreso a la discoteca fue como atravesar un sueño febril. Las luces, la música, todo parecía ligeramente fuera de lugar, como una pintura vista a través de un cristal distorsionado.

La discoteca palpitaba como un corazón enfermo, bombeando música a través de sus arterias de neón. El humo artificial se arrastraba por el suelo como serpientes fluorescentes, mientras las luces cortaban el aire cual relámpagos en una tormenta eléctrica. Me acerqué a nuestra mesa, donde Esperanza permanecía sentada como una reina en su trono de terciopelo rojo, y su rostro era una máscara de indiferencia estudiada.

—¿Se puede saber dónde estabas? —preguntó ella, con su voz filosa como cristal roto.

El whisky en su copa brillaba como ámbar líquido bajo las luces parpadeantes. Marco y Alice seguían bailando en la pista, sus siluetas parecían entrelazadas como sombras en una obra de teatro macabro.

—¿Que dónde estaba yo? —la incredulidad hizo que mi voz temblara—. Te he estado buscando por todo el hotel. No respondías mis llamadas.

Esperanza arqueó una ceja, un gesto que conocía bien. Era el preludio de una tormenta.

—No sé de qué hablas, Samuel —su tono era suave como seda, pero cortante como un cuchillo—. He estado aquí todo el tiempo. Tú eres el que desapareció por más de una hora.

La música cambió a algo más lento, más hipnótico. Las luces giraban como carruseles enloquecidos, proyectando sombras que danzaban en las paredes como espectros burlones.

—Eso es imposible —me incliné hacia ella, bajando la voz—. Fui a la habitación, el baño estaba con la luz encendida. Incluso pregunté en la recepción.

Una sonrisa enigmática curvó sus labios, recordándome inquietantemente a la de Marco.

—¿Has bebido demasiado, cariño? —su tono era dulce como miel envenenada—. No me he movido de aquí. Pregúntale a Marco y Alice si no me crees.

Como si los hubiera invocado, la pareja regresó a la mesa. El sudor brillaba en sus rostros como rocío venenoso.

—¡Vaya noche! —exclamó Alice, dejándose caer en el asiento—. Samuel, ¿dónde te habías metido? Te perdiste todo el espectáculo.

Marco se sentó junto a mi esposa, demasiado cerca para mi gusto. Sus ojos brillaban con un conocimiento secreto que me erizó la piel.

—Tu esposa es una excelente compañía —comentó, su sonrisa era como una navaja oculta—. No ha parado de contarnos historias fascinantes sobre ustedes.

Quise golpearlo, pero mi mente ganó a mis puños, una escena parecida haría que perdiera puntos en una pelea matrimonial que estaba a punto de empezar. El aire entre Esperanza y yo se volvió denso como niebla tóxica. La tomé del brazo suavemente.

—Necesito hablar contigo. En privado.

Se levantó con una gracia estudiada, disculpándose con nuestros acompañantes. La conduje hasta un rincón más tranquilo, donde la música era un eco distante y las sombras nos envolvían como un manto protector.

—¿Qué está pasando, Esperanza? —mi voz sonaba cansada, gastada—. Estoy seguro de que no estabas aquí. Te busqué por todas partes.

Sus ojos brillaron peligrosamente en la penumbra.

—¿Qué insinúas exactamente, Samuel? ¿Que estoy mintiendo? ¿O quizás que estaba en algún lugar... inapropiado?

—No he dicho eso. Pero algo no cuadra. Incluso en recepción me dijeron...

—¿Así que fuiste a preguntar por mí? —su risa era fría como hielo—. ¿Me estás controlando ahora?

—Por Dios, Esperanza, estaba preocupado. No contestabas el teléfono.

—Mi teléfono ha estado en mi bolso toda la noche —sacó el dispositivo, mostrándome la pantalla—. Sin llamadas perdidas tuyas.

El mundo pareció tambalearse bajo mis pies. ¿Por qué no salen mis intentos de llamarla? Saqué mi propio teléfono: el registro de llamadas mostraba claramente los intentos de contactarla.

—Esto es una enajenación —murmuré, más para mí mismo que para ella—. Observa mi teléfono, mira todos los intentos de llamada. Espera, ¿Por qué tienes activado el modo avión?

—Oh, maldición. Debí activarlo por error.

—¿Por error?, es una locura tu afirmación.

—La única locura es tu comportamiento —su voz se suavizó, pero había algo calculado en su tono—. Quizás deberíamos subir a la habitación. Has bebido demasiado.

—No he bebido tanto como para imaginar todo esto.

—¿Todo qué, exactamente? —sus ojos se entrecerraron—. ¿Qué crees que ha pasado?

La miré fijamente, buscando en su rostro algún indicio de la verdad. Las luces de la discoteca pintaban sombras cambiantes en sus facciones, transformándola en una extraña ante mis ojos.

—No lo sé —admití finalmente—. Pero algo no está bien. Esta noche... todo se siente mal.

Su expresión se suavizó, pero no llegó a sus ojos.

—Volvamos a la mesa —dijo, tomando mi mano—. Marco y Alice pensarán que nos hemos perdido... otra vez.

Ese "otra vez" colgó en el aire como una amenaza velada. Mientras regresábamos a la mesa, observé cómo Marco la seguía con la mirada, como un depredador paciente. Alice sonreía tras su copa, sus ojos parecían brillar con un conocimiento que me estaba vedado.

La noche en el hotel se había convertido en un laberinto de mentiras y verdades distorsionadas, donde cada respuesta generaba más preguntas, y cada certeza se desvanecía como humo entre los dedos.

La discoteca palpitaba como un corazón febril, sus luces estroboscópicas atravesando la penumbra ahora parecían relámpagos en una tormenta. El bajo retumbaba en mi pecho, un eco del latido culpable que me perseguía desde hace semanas. Observé a Marco bailar con Alice, sus cuerpos moviéndose eran como serpientes entrelazadas en un ritual hipnótico. Sus manos recorrían la cintura de Alice con la familiaridad de un amante, y me descubrí preguntándome si mis propias manos habían sido igual de indiscretas cuando estuve con Alice y Sophie aquella noche que me dieron un beso.

Esperanza bebía otro mojito, sus labios estaban acariciando la pajilla con una sensualidad que me recordó por qué me había enamorado de ella. El alcohol la transformaba, derritiendo esa capa de timidez que estando sobria no imponía, revelando a una mujer que parecía decidida a devorar la noche entera.

—Alice está radiante esta noche —susurró Esperanza en mi oído, con su aliento cálido erizando mi piel—. Casi tan radiante como la última vez que estuvimos aquí, recuerdo que estabas encantado cuando bailabas con ella.

Las palabras de Esperanza se deslizaron por mi consciencia como gotas de lluvia sobre un cristal empañado. Antes de poder responder, Marco se acercó a nuestra mesa, con su camisa de diseñador adherida a su torso como una segunda piel, brillante por el sudor y las luces.

—¿Todo bien, Samuel? —preguntó, con sus ojos oscuros estudiándome con la intensidad de un depredador—. Te noto tenso. ¿O es que no te gusta cómo bailo con Alice?

El aire entre nosotros se espesó como jarabe. Alice emergió de la pista de baile, su vestido reflejaba destellos como estrellas fugaces, y se lanzó sobre Esperanza en un abrazo que duró más de lo necesario. Vi cómo sus manos se deslizaban por la espalda de mi esposa, dejando un rastro invisible de promesas prohibidas.

Marco se movió, aparentemente para hacer espacio, y su mano conectó con el trasero de Esperanza en una palmada que envió ondas de furia por todo mi cuerpo. El sonido pareció resonar por encima de la música, como un disparo en medio de una sinfonía.

—¡Ay, no pasa nada! —exclamó Esperanza al ver que me había parado dispuesto a confrontarlo, su risa burbujeaba como champán derramado—. ¡La noche es joven!

Mi esposa hizo como que no había ocurrido nada y se puso a bailar frente a nosotros, sus caderas se movían al ritmo de la música con un abandono que me hipnotizaba y me aterraba a partes iguales. Me senté y me fijé en Marco que levantaba las manos en señal de paz, a la vez que la miraba como cuando un hombre sediento mira un oasis, y yo podía sentir cómo cada minuto que pasaba erosionaba mi control sobre la situación.

—¿Se enteraron? —Alice prácticamente gritó, su voz competía con el nuevo remix que inundaba el ambiente—. ¡Sophie acaba de ligarse al DJ! Fue a pedir una canción y terminaron... conectando.

Vi a Sophie en la distancia, apoyada contra la cabina del DJ, su cuerpo estaba arqueado como un puente entre lo prohibido y lo inevitable. Sus dedos jugaban con el collar en su cuello mientras él se inclinaba para susurrarle algo al oído, con sus labios rozando su piel como una promesa de placeres por venir.

El rostro de Esperanza se transformó, parecía una máscara de alegría resbalando como maquillaje bajo la lluvia.

—¿Sophie con el DJ? —su voz cortó el aire como una navaja, y me miró de forma agresiva—. Pero tú me dijiste que Sophie y Alice eran pareja. Que por eso no debía preocuparme de que pasaras tanto tiempo con ellas.

El tiempo se congeló. Marco sonreía como el gato que acaba de atrapar al canario, mientras Alice retrocedía, súbitamente consciente de estar en medio de una tormenta doméstica.

—Les mentí —admití en voz baja, para que solo mi esposa lo escuche, cada palabra pesaba como plomo en mi lengua—. Te mentí. Lo hice para evitar una escena de celos, para que no te preocuparas sin razón.

—¿Sin razón? —Esperanza se levantó, con su vestido deslizándose sobre sus muslos como sangre líquida—. ¿Entonces admites que sí había algo de qué preocuparse?

La vi tambalearse ligeramente, y por un momento quise abrazarla, protegerla de mí mismo, de Marco, de todas las mentiras que flotaban entre nosotros como polvo en un rayo de sol.

—Quiero irme —dije, intentando sonar firme.

—Pues vete tú —respondió ella, sus palabras se mezclaban con los primeros acordes de una nueva canción—. Yo me quedo. Total, ya que estamos siendo honestos, ¿por qué no seguimos descubriendo más mentiras?

Me levanté y le tomé de la mano, dispuesto a irnos a un lugar más tranquilo a conversar sobre lo sucedido, pero ella me rechazó firmemente, le agarré la otra mano con más fuerza causando que su cuerpo alcoholizado casi se derrumbase. Tambaleó un poco y entonces Marco se acercó a ella por detrás, con sus manos encontrando su cintura con una familiaridad que me revolvió el estómago. Esperanza no se apartó; en cambio, se reclinó contra él, manteniendo sus ojos fijos en los míos, desafiantes.

A la distancia Sophie emergió de las sombras del área VIP, con su labial ligeramente corrido, el cabello despeinado como si hubiera sido acariciado por manos ansiosas. Nuestras miradas se encontraron a través de la pista de baile, y en sus ojos vi el reflejo de mi propia culpa, de deseos apenas contenidos, de promesas rotas antes de ser pronunciadas.

La noche se extendía ante nosotros como un océano de posibilidades oscuras, y yo sabía que, cualquier decisión que tomara en ese momento, cambiaría nuestras vidas para siempre. El aire acondicionado soplaba sobre mi piel como el aliento frío de la culpa, mientras la música seguía latiendo, implacable, como el corazón de un amante infiel.

Entonces vi que Marco empezó a reír mientras sostenía de la cintura a Esperanza. El alcohol y los celos nublaron mi juicio, y antes de darme cuenta, mis puños ya estaban cerrados, con mi cuerpo moviéndose hacia ellos como un misil guiado por la rabia.

—¡Quita tus manos de mi esposa! —grité por encima de la música. Sentí que el bajo retumbaba en mis oídos como tambores de guerra.

Marco levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa no desapareció del todo.

—Tranquilo, hermano —dijo, con su voz deliberadamente calmada—. Solo la estaba sujetando porque tropezó. No querrías que tu esposa se cayera, ¿verdad?

Me acerqué más, la furia había transformado el aire entre nosotros en electricidad estática. Esperanza se tambaleó ligeramente, los mojitos seguían haciendo mella en su equilibrio.

—¡Samuel, please! —Alice apareció de repente, interponiéndose entre nosotros. Sus manos eran pequeñas pero firmes contra mi pecho—. No hagas algo de lo que te puedas arrepentir.

Sophie se acercó abriéndose paso entre la multitud, con su rostro preocupado, con el lápiz labial ligeramente corrido tras su encuentro con el DJ.

—¿Qué está pasando? —preguntó, aunque sus ojos me decían que ya lo sabía.

—Pasa que tu amigo Marco no puede mantener sus manos quietas —escupí las palabras.

—Samuel, por favor —intervino Esperanza, su voz mezclada con irritación y vergüenza—. Estás haciendo una escena. Marco solo me estaba ayudando.

—Mira, Samuel —Marco dio un paso hacia mí, con sus manos aún levantadas como queriendo ser el más razonable—. Me disculpo si mi gesto se malinterpretó. Sabes que respeto tu matrimonio. Solo quería evitar que Esperanza se cayera.

Alice mantuvo sus manos en mi pecho, como si temiera que en cualquier momento pudiera lanzarme contra Marco.

—Deberíamos hablar de esto en otro momento —sugirió, su voz era suave pero firme—. Cuando todos estemos más... sobrios.

Sophie asintió, colocándose junto a Alice.

—Tiene razón. Este no es el lugar ni el momento.

La tensión en el aire era tan densa que podría cortarse con un cuchillo. La música seguía sonando, ajena a nuestro drama, mientras los demás bailaban a nuestro alrededor, inconscientes de la tormenta que se gestaba en nuestro pequeño círculo.

Me di cuenta de que estaba quedando como un tonto, no debía caer en su provocación, porque así le daría más puntos a Marcos. Respiré profundamente haciendo una seña para irnos. Se calmaron entendiendo lo que había decidido.

El regreso fue un ejercicio de silencios. Esperanza caminaba delante de mí, sus tacones marcaban un ritmo irregular sobre el mármol del lobby como el código Morse de un mensaje que no quería descifrar. El alcohol aún bailaba en su sangre, pero la rabia había reemplazado a la euforia.

Marco nos había seguido, "por seguridad", según él. Lo vi alejado unos pasos, pero manteniendo nuestro ritmo.

—Necesito aire —murmuró Esperanza deteniéndose en el lugar dispuesta a no dirigirse a nuestra suite. Su perfume se mezclaba con el aroma dulzón de los mojitos—. No me sigas.

—Son casi las cuatro de la mañana —protesté, todavía incrédulo de sus acciones—. Esperanza, por favor...

—¿Por favor qué, Samuel? —se giró hacia mí, sus ojos brillantes de furia contenida—. ¿Por favor perdóname por mentirte? ¿Por favor finjamos que no he visto cómo besabas a Sophie? ¿O cómo besaste a Alice buscándola y aprovechando su estado para acariciarla de formas que un hombre casado no debe hacerlo?

El pasillo parecía estrecharse a nuestro alrededor. A lo lejos, escuché el tintineo del elevador de servicio. Marisol emergió de él, con su carrito de limpieza, testigo involuntaria de nuestra desintegración matrimonial. Sus ojos se encontraron con los míos por un momento, comprensivos y acusadores a la vez.

—No es lo que piensas —dije, las palabras sonaban huecas incluso para mí.

—¿Y qué pienso, Samuel? —Esperanza se acercó, su rostro a centímetros del mío—. ¿Qué pienso cuando veo cómo te aprovechaste de ellas, dónde está el respeto a la mujer? ¿Qué pienso cuando esa masajista "casualmente" aparece en la habitación durante tus descansos?

El sonido de pasos nos interrumpió. Marco apareció al final del pasillo seguido de Sophie y Alice, sus presencias eran como una sombra sobre nuestra conversación.

—Esperanza —llamó suavemente Sophie—. El camerino de Luis Miguel estará listo para la prueba de sonido. ¿Quieres verlo mañana? Podría ayudarte a despejar la mente.

Vi cómo el rostro de mi esposa se transformaba, la furia había dado paso a algo más peligroso: curiosidad. Alice sostenía unas llaves como quien ofrece una manzana en el Edén.

—No vas a ir a ningún lado con él —dije, con mi voz más firme de lo que me sentía.

—¿Ah, no? —Esperanza arqueó una ceja—. ¿Y con qué autoridad me lo prohíbes? ¿La misma que usaste para mentirme sobre Sophie y Alice?

Marco se mantenía a distancia, observando nuestro intercambio con la paciencia de un cazador. Marisol había detenido su limpieza, pretendiendo ajustar algo en su carrito mientras escuchaba cada palabra.

—Voy a ir mañana —declaró Esperanza—. Y esta noche dormiré con Alice y Sophie, al menos ellas son honestas, debes entender que estoy muy molesta por tu infidelidad y no quiero discutir más el día de hoy. Tú no puedes detenerme. Tal vez mientras estoy allí, puedas buscar a la masajista. Para que termine su "sesión privada".

—Tus acciones hacen que siga sospechando… No hubo ninguna infidelidad solo un existió un beso casual, nada más. Si te vas ahora, eso… no arreglará nada —dije marcando una pauta—. Es una línea roja, si te atreves a cruzarla…

—Sigues amenazándome, no puedo confiar en tus palabras… —dijo mientras se acercaba a Alice y Sophie—. Solo estaré con mujeres “lesbianas”, no soy una mentirosa como tu comprenderás.

—¡Esperanza! —dije alzando la voz—. Te lo digo por última vez, estas haciendo una escena innecesaria, piensa en nuestros hijos…

—¿Hijos? —me respondió sin mirarme a la cara mientras se dirigía al ascensor—. ¿Cuándo pensaste tú en ellos?

—¡Esperanza! Yo hice muchos sacrificios para llegar hasta aquí y recuperar nuestro matrimonio… Estás pasándote muchos pueblos, ya no puedo confiar en ti.

Se alejó por el pasillo sin responderme, sus pasos parecían seguros a pesar del alcohol. Marco me dirigió una sonrisa que era más bien una advertencia, y la siguió. Los vi desaparecer juntos tras las puertas del elevador, mientras algo en mi interior se rompía con un sonido que solo yo podía escuchar.

—A veces —dijo Marisol en voz baja, mientras empujaba su carrito junto a mí—, los celos nos hacen ver monstruos donde solo hay sombras. Y otras veces, nos hacen ignorar los monstruos reales que acechan en la luz.

Me quedé solo en el pasillo, con el eco de sus palabras resonando en mi mente, preguntándome cuántas mentiras más necesitaríamos para mantener a flote este matrimonio que se hundía, o si ya era demasiado tarde para salvarlo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté intrigado por sus palabras.

—Son solo palabras que decía mi madre cuando mi padre se ponía en un estado parecido al tuyo. Ahora te sugiero que te calmes y regreses a tu habitación, mañana búscala y conversen de forma tranquila.

—Creo que me fue infiel…

—Si ella quiere hacerlo… lo hará, aunque la encierres en una celda. Pero si te ama nunca lo hará, aunque se muestre desnuda ante cien hombres.

Sus palabras me dejaron pensando mientras me dirigía a la habitación.

La suite nunca me había parecido tan grande ni tan vacía. Me senté en el borde de la cama que compartía con Esperanza, la misma donde habíamos hecho el amor hace unas noches, donde habíamos soñado con el futuro de nuestros hijos. Ahora ese futuro se deshacía como azúcar en agua amarga.

El reloj digital marcaba las 4:27 AM, y cada minuto que pasaba era una tortura. Las imágenes se repetían en mi mente como una película mal editada: las manos de Marco en su cintura, su risa demasiado fuerte, esas miradas que ahora cobraban un significado diferente. ¿Cuánto tiempo llevaba esto sucediendo? ¿Cuántos "acercamientos amistosos" habían sido algo más?

Me levanté y caminé hacia el ventanal. La luna se reflejaba en la piscina del hotel, la misma donde Esperanza quería tomar el sol mientras yo la admiraba. ¿Cuántas veces Marco la habría observado desde su habitación? ¿Cuántas veces habría bajado a "charlar" con ella mientras yo no estaba?

Una lágrima traicionera rodó por mi mejilla. La limpié con rabia, pero fue seguida por otra, y otra más. Pensé en todo el dinero que había invertido en hacerla feliz: el viaje a Cancún, las operaciones estéticas para aumentar su belleza, las joyas de su último cumpleaños, esa cartera Louis Vuitton que tanto quería. ¿Era esto lo que recibía a cambio? ¿Traición envuelta en papel de regalo?

—Mi hijo... —murmuré a la habitación vacía.

Habíamos hablado tanto de ellos como una familia normal. ¿Acaso no significaba nada para ella? ¿Cómo podía arriesgar todo eso por... por qué? ¿Por la emoción de lo prohibido? ¿Por el encanto barato de un coordinador de eventos que presumía de conocer a Luis Miguel?

El frasco de pastillas para dormir estaba en el botiquín del baño. Lo había conseguido hace un mes, cuando el estrés del trabajo comenzó a afectar mi sueño. Qué irónico. Pensaba que el trabajo era mi mayor problema, cuando la verdadera pesadilla dormía a mi lado cada noche.

Tomé una pastilla con un vaso de agua, observando mi reflejo en el espejo del baño. Mis ojos estaban rojos, hinchados. No me reconocía. Este no era el Samuel que había construido una carrera desde cero, que había conquistado a la mujer más hermosa que conocía, que soñaba con una familia perfecta.

Me tumbé en la cama, del lado que siempre ocupaba, sintiendo el vacío del otro lado como un abismo. Las sábanas aún olían a su perfume, ese aroma a vainilla que antes me volvía loco y ahora me revolvía el estómago. ¿Cuántas mentiras habíamos compartido en esta misma cama? ¿Cuántos "te amo" habían sido verdaderos y cuántos una simple costumbre?

Mientras esperaba que la pastilla hiciera efecto, mi mente vagó hacia Sophie, hacia Alice. ¿Había sido yo también culpable? ¿Mis pequeñas mentiras, mis miradas furtivas, habían abierto la puerta a esta situación? No, me dije. Una cosa era coquetear, fantasear, besar... otra muy distinta era hacer lo que Esperanza parecía haber hecho.

El sueño comenzó a nublar mis pensamientos, pero no antes de que una última lágrima encontrara su camino hasta la almohada. Mañana tendría que enfrentar la realidad, pero por ahora, solo quería dormir. Dormir y olvidar que el amor de mi vida posiblemente ya no me amaba.

Continuará...

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