Larga batalla por una esposa. 15
El narrador espera pacientemente la vuelta de su ex-mujer, mientras una pareja dominante la mantiene bajo su yugo. La tensión crece al descubrir la primera sesión de abuso que selló su destino, revelando la profundidad de la manipulación y el dolor que Beatriz ha sufrido.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 15.
Seguramente yo era un botarate, pero desde luego no cabe aplicar para esa pareja infernal semejante epíteto, en absoluto. Todo apunta a que ya en la segunda cita de Beatriz conmigo, ellos ya lo supieron. ¿Intuición? ¿Seguimiento? Ni idea. Lo cierto es que se desencadenó el infierno.
María me llamó para darme las malas noticias. De momento no podría ver a mi ex-mujer. Debía entenderlo, la habían sometido a una maratón de refuerzo en el sometimiento, sin piedad. Uno y otro día se sucedieron las sesiones de sexo y sado-masoquistas. Le habían hecho otro tatuaje en la cara interna de los muslos, en la parte más alta/íntima, al borde la ingle. Para poner tierra de por medio, cogerían vacaciones de un mes completo, con estancia de los tres en Collioure, un pueblecito de la costa catalano-francesa, donde al parecer tenían también una formidable residencia frente al mar. María me recomendaba mantener la calma y esperar la vuelta. Intentaría ayudar a que Beatriz se rehiciera para a renglón seguido coordinar una maniobra consistente en que pudiera pasar unos días en casa de nuestra hija, en Madrid, y en ese momento reanudar el ataque. La única buena cosa que podía decirme es que ellos, los amos, estaban inundados de celos y temores, se abría paso el pánico de perder su presa, esa mujer impresionante que nunca en la vida soñaron poder tener a su merced. En cuanto a mi ex-mujer, tenía el alma rota, se dejaba arrastrar por una inercia diabólica, carecía de la fuerza necesaria para romper con esa adicción enfermiza que ahora ellos estaban intentando renovar, intensificar, redoblar incluso.
Lo pasé mal. Ni siquiera Toledo era capaz de alejar mi mente del asunto. Por fortuna, la sexóloga vino en mi ayuda. Consideraba esta profesional que, analizado objetivamente, no suponía una debacle. La reacción de esos sujetos denotaba debilidad, no las tenían todas consigo. Tal vez aún Beatriz estuviera bajo su férula, pero ya estaba en marcha lo mas importante, el deseo de salir y la esperanza de conseguirlo, no para volver a una pareja insulsa sino para desarrollar otra existencia tan excitante y placentera como la que había conocido de aquella manera clandestina, sólo que ahora de nuevo con el amor de su vida. Me insistió mucho en que persistiera, los susodichos estaban jugando su última carta. Si mantenía el pulso y Beatriz volvía a estar conmigo en dos o tres sesiones como la que habíamos pasado, seguramente rompería el hechizo y ganaría yo la partida.
El tiempo se hizo eterno, no pasaban los días. Mi mente daba vueltas a todo, cada detalle, una y otra vez. Me dormía sólo por agotamiento. Encima comenzaba a hacer calor, y más de una noche, en horas intempestivas, deambulé entre el Puente de San Martín y el de Alcántara, bordeando el Tajo, con la ciudad profundamente silenciosa y vacía.
Decidí visualizar alguno de los vídeos, y en particular ese de la primera vez que Beatriz había caído en brazos de la pareja. No fue fácil encontrarlo, porque la fecha no constaba en el título (por eso me había confundido al buscarlo). Pero la información del archivo si lo fijaba: 26 de enero de 2017.
No era largo, pero tal vez resultó ser el más trascendente de todos, a tenor de lo que me permitió discernir. Comenzaba con algunas fotografías, absolutamente “normales”, casi serias podría decirse. Mostraban una sala de conferencias, mi mujer con vestido para la ocasión (falda ligeramente por debajo de la rodilla, camisa y chaqueta corta) departiendo con diversas personas, como es habitual en esos encuentros, o sentada en uno de los pupitres, tomando notas. Luego aparecía lo que sin duda era la celebración, una cena con muchas mesas y personas elegantes. Finalmente ya en un bar, con un amplio grupo, no destacando precisamente la pareja malévola entre los que aparecían. La clave vendría en el video, que claramente ya se grabó en una suite de hotel, con el consabido método de cámara en trípode. Se iniciaba con mi mujer sentada en un tresillo, justo al lado de Joana. Se la notaba muy ebria (hasta donde yo alcanzo, Beatriz era/es abstemia, jamás la he visto así en mi vida), con mejillas coloradas, ojos vidriosos y voz pastosa. Su anfitriona, por el contrario, lucia fresca, activa, amable y condescendiente. La conversación giraba en torno a la “amistad”, los “momentos de la vida” y los “secretos inconfesables”. No pude entender bien el diálogo, pero mi mujer apenas era capaz de asentir con la cabeza, sin responder en verdad a nada.
De repente, intempestivamente, Joana tomó con fuerza la cabeza de Beatriz para imponerla un beso en la boca, sin que pareciera haber correspondencia, solo pasividad derivada de una hipotonía y debilidad alcohólicas. Pasó raudo a desabrocharla los botones y dejar el sujetador a la vista, para a renglón seguido tumbarla y arrebatarle la falda. Mi esposa comenzó a mover sus brazos, como intentando protestar, sin éxito ninguno. En apenas un minuto Beatriz también perdía su braguita. Aparece oportunamente entonces Rubén, desnudo, echándose encima de ella, para abrirle las piernas con las suyas. Sin miramientos parece claro que la penetra vaginalmente, directo y aplastándola con su propio cuerpo. Noto, sin duda alguna, el intento de Beatriz para rechazarle, pero Joana la agarra por ambos brazos y se los fuerza hacia atrás, dejándola ya totalmente desvalida.
Lo que sigue ya casi lo preveía, y no me sorprendió en absoluto. Un vaivén rítmico, poderoso, profundo, granítico. Mi mujer aparentemente aún estuvo un buen rato tensa, pero terminó por empezar a gemir. Y llegó el orgasmo, momento en el que Joana la soltó, justo para decirla:
— Ves, has disfrutado, y sólo es el principio. Goza de este momento, nadie tiene porqué saberlo, relájate y pasa una noche de fantasía. Mañana serás de nuevo la esposa perfecta.
Por supuesto Rubén continuó, impasible. Beatriz giró la cabeza a un lado y pude ver que miraba al vacío, en un estado de conciencia algo disminuido, pero con una excitación creciente. Como era de prever, no tardó en estar de nuevo candente, gimiendo ya sin pudor. Tuvo un segundo orgasmo, al que siguió el tercero, alcanzando un cuarto ya estando casi en estado de estupor.
No terminó ahí el asalto. Joana la guio para que se montara a horcajadas, estando ahora Rubén sentado, acoplando sus sexos perfectamente. El varón la atrajo hacía sí y apretando su rostro con autoridad, literalmente la obligó a chocar sus bocas. Creo que le introdujo la lengua y llegó el momento que Beatriz dejó hacer. Los movimientos verticales de penetración hacían que los glúteos de ella se abrieran, por la fuerza de la embestida. Me sorprendió cuando un quinto clímax se manifestó por un profundo suspiro, ello simultáneamente a los gruñidos del macho, que estaba descargando su semen. En ese momento mi mujer se desplomó, como una muñeca inerte. Se puede ver como la recogen entre ambos y salen con ella en brazos de la escena, camino seguramente del dormitorio.
Había una segunda parte. Es ya a la mañana siguiente. La estampa es la de mi mujer, con una expresión singular, entre confundida y asustada, y de Rubén, como siempre casi inexpresivo, en la cama, uno al lado del otro, mirando a la cámara, desnudos los dos. Aparece Joana, igualmente sin ropa alguna, y se une a ellos diciendo:
— Bueno ya lo tenemos inmortalizado. Beatriz, se abre un mundo para ti!
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