Descubriendo un nuevo placer Capítulo 4
El olor a otro hombre impregnaba la cama, pero él no dijo nada. Solo se acercó, olfateó el aire y comenzó a lamerla, sabiendo exactamente lo que había pasado. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para no romper el juego?
Capítulo 4
Las semanas pasaban y, sin querer detenerme demasiado en los detalles, puedo decir que entre los sucesos importantes ocurrían pequeñas cosas constantes que me divertían y hacían que todo fuera aún mejor.
Para darles una idea, por ejemplo, estábamos viendo una película en la que una mujer engañaba a su novio, y yo comentaba en broma: "¡Qué genia la mina, mirá lo que hace!" o "Yo también lo engañaría con semejante tipo". Quería ver qué decía Martín, pero él solo se reía y me besaba. Seguía dejando pistas de que lo engañaba por todos lados, y él nunca me decía nada, hablaba con chicos por insta, subia fotos hot, y me comentaban de todo y yo les seguia la corriente, y siempre dejaba mi celu en cualquier lado desbloqueado para que si martin mirara viera como su noviecita coqueteaba con todo el mundo.
Nuestro sexo había mejorado muchísimo más, y yo no paraba de divertirme. Esto se estaba convirtiendo en lo mejor que me había pasado: una sensación indescriptible. Ser mala, jugar con mi novio burlándome de él, ver hasta dónde podía llegar y qué tanto aceptaba la situación… me estaba volviendo adicta a este peligroso juego.
Todavía no me quedaba claro si Martín no se daba cuenta de la situación o si simplemente la aceptaba. Sabía que tonto no era, siempre me pareció una persona súper inteligente.
Un día, mientras hablábamos de otra cosa, le pregunté:
—¿Vos, amor, perdonarías una infidelidad?
—No sé, la verdad… todo depende del contexto —respondió entre risas, antes de besarme sin indagar demasiado más.
No tenía ninguna duda de que lo amaba. Él era la persona con la que quería estar, pero también me encantaba el sexo con Fer. Era solo eso: sexo. Además, el juego con Martín me tenía atrapada; me gustaba molestarlo, ver hasta dónde lo podía hacer llegar y qué tanto aceptaba lo que pasaba.
Un punto clave en todo esto fue un viaje a Brasil. Fuimos dos semanas a Río y, durante ese tiempo, salimos a varias fiestas. En una de ellas, mientras bailábamos en un club, Martín me dijo que iba al baño. El lugar era enorme y con muchísima gente, así que sabía que tardaría un rato.
Seguí bailando y disfrutando la música hasta que se me acercó un morocho trigueño, musculoso, realmente hermoso. Se puso a bailar conmigo. Al principio mantuve la distancia, pero hacía varias semanas que no jugaba ni hacía ninguna maldad, y ya me estaban dando ganas de volver a hacerlo. El morocho me parecía un bombón, así que lo dejé ser. Empezamos a apretar cada vez más. Ya había pasado un tiempo desde que Martín se había ido… No aguanté más y comencé a besarlo. Sus manos recorrían mi cuerpo y yo sentía su bulto contra mi pierna. Estaba segura de que lo que tenía ahí era enorme.
Una mezcla de nervios y excitación me invadió: ¿y si Martín llegaba en ese momento y me encontraba así? Pero la adrenalina de la situación me hacía disfrutarlo aún más.
Seguimos besándonos por un rato, él anotó mi Instagram y seguimos bailando. Para entonces, mi novio ya debía estar por ahí, y había muchas posibilidades de que me hubiera visto. Pero realmente no me importaba demasiado. Ese morocho había valido completamente el riesgo, aunque, conociendo a Martín estos meses, sabía que tampoco era tan grande.
Un rato después, Martín apareció. Me acerqué y le presenté a Miguel, diciéndole que me había estado haciendo compañía mientras él estaba en el baño. Se estrecharon las manos y bailamos los tres por un rato antes de que Miguel se fuera. El resto de la noche transcurrió con normalidad. Martín no me dijo nada sobre Miguel ni me preguntó al respecto. Al llegar al hotel, tuvimos un sexo salvaje e increíble.
Yo estaba feliz: había vuelto a mis andanzas y todavía quedaban días en Brasil.
Al día siguiente, me estuve escribiendo con Miguel y arreglamos para vernos. Pero, ¿cómo me separaría de Martín por unas horas? Aproveché que habíamos planeado visitar una playa a la que él tenía muchas ganas de ir. A la mañana siguiente, le dije:
—Amor, ¿te molesta si hoy me quedo en el hotel? Quiero terminar unos trabajos pendientes y relajarme en la sauna y la pileta.
—¿Segura, amor? Mirá que esta playa va a estar increíble.
—Andá vos, la vas a pasar re lindo. Nos vemos a la vuelta para salir a algún lado.
—Bueno, bebé —dijo, dándome un beso largo antes de marcharse.
Apenas salió, le escribí a Miguel para que viniera al hotel y elegí mi conjunto de lencería más sexy. Cuando tocó la puerta, lo atendí con un vestido transparente que dejaba ver todo. No tardamos ni dos minutos en estar besándonos.
Cuando le bajé el pantalón, quedé asombrada. Nunca había visto una pija así: completamente depilada, venosa y del tamaño de mi cabeza. Me lancé sobre ella como poseída, usando ambas manos.
El sexo fue increíble. Me cogió en todas las posiciones, me rompió la colita, me llenó la boca de leche y luego me acabó dentro dos veces más. Perdí la noción del tiempo. Cuando miré el celular, vi un mensaje de Martín: "Ya vuelvo en media hora". El mensaje era de hacía media hora.
Me levanté rápido y le dije a Miguel que se fuera. Nos dimos un beso y quedamos en volver a vernos si se daba la oportunidad.
Estaba destruida. La pija de Miguel me había dejado hecha polvo. Había olor a sexo en el ambiente, la cama estaba empapada de sudor y desacomodada después de tanto movimiento.
Apenas se fue, intenté ordenar todo, pero a los dos minutos llegó Martín.
M: —Hola, amor… Uy, qué hermosa te ves… Pero qué tufo que hay acá adentro…
E: —Hola, bebé, ¿qué tal te fue? ¿La pasaste lindo? Sí, perdón, estuve haciendo ejercicio.
(La excusa más tonta del mundo. El olor a sexo era inconfundible y la cama estaba totalmente desordenada).
M: —La pasé re lindo, pero te extrañé… Vení acá.
Parecía ciego. Se abalanzó sobre mí como si no hubiera notado nada raro y empezó a besarme por todos lados. Nos tiramos sobre la cama desacomodada, húmeda y sucia. Bajó directo a comerme la vagina, como desesperado. Yo sabía lo que había pasado hacía apenas unos minutos: aún debía haber restos de semen de Miguel dentro de mí. Había intentado limpiarme, pero no tuve tiempo de bañarme.
Y ahí estaba Martín, entregado, lamiéndome cada centímetro sin sospechar (o haciéndose el tonto). Lo apreté con fuerza, disfrutando el momento. Aunque estaba agotada, volví a tener un orgasmo y cogimos una vez más. La verdad, casi no lo sentí de lo destrozada que estaba, pero igual fue un sexo riquísimo.
Mientras me cogía en cuatro, vi una mancha de semen en la almohada. Me causó gracia. Sabía que era de Miguel y no hice nada por limpiarla. Quería que Martín la viera… o simplemente me divertía lo que estaba pasando.
No volví a ver a Miguel, aunque me hubiera gustado, no encontre la forma de separarme por un rato de Martin. Pero esto me dejó pensando en algo: debía dar un paso más. Tenía que hacer que Martín aceptara los cuernos y los disfrutara conmigo. Así ya no tendría que ocultarme ni mentirle. Sabía que él entendía lo que pasaba y se hacía el tonto. Yo quería más. Quería un nuevo nivel en nuestra relación.
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