Xtories

Disfrutando de Halloween

La barra del pub es estrecha, pero la tensión entre ellos es insoportable. Con el ruido de la fiesta cubriendo sus jadeos, deciden que el riesgo es parte del placer. Nadie sospecha que, bajo la capa de vampiro y la bata de enfermera, están a punto de cruzar una línea que no volverán a cruzar.

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Hola a todos. Me llamo Martín; soy originario de Málaga pero ahora vivo en Castellón, y tengo 44 años. Hace poco he publicado un relato y me he animado a contar más cosas. Hay una que creo que es bastante caliente; al menos yo me pongo cachondo cada vez que la recuerdo.

Antes de nada, os pongo un poco en antecedentes: yo había salido de una relación larga y anodina de muchos años y había quedado bastante chafado, desilusionado. En mi piso nuevo no me encontraba a gusto y no tenía ganas de relacionarme demasiado. Lo cierto es que ahí pude comprobar de verdad los buenos amigos que tengo. El caso es que me volqué sobre todo en mi trabajo; los días pasaban y estar concentrado me evitaba pensar en otras cosas.

Más o menos al año de todo aquello entró a trabajar una chica que a mí me pareció muy mona; algo bajita, cabello castaño, ojos marrones que miraban siempre con un punto alegre que acompañaban a su constante sonrisa, una figura de las que a mí me gustan, como si hubieran concentrado en su estatura el cuerpazo de una de 1,80, luciendo un busto más que apetecible, incluso diría que generoso, y un culo que me dejó hipnotizado la primera vez que me fijé de verdad en él. Digo lo de fijarme de verdad porque si bien Raquel me pareció muy agradable desde el primer momento en que la conocí no fue hasta pasados un par de meses que realmente me percaté de su poderoso atractivo.

Su simpatía es lo primero que me gustó de ella; me hacía sentirme a gusto en su presencia cuando tratábamos algún tema laboral, pero sobre todo cuando salimos a tomar algo después del trabajo; ella hizo que me volviera a apetecer salir con el grupo, y solíamos quedarnos charlando aparte en esas salidas. Una compañera llegó a decir que ella ya sabía desde el principio que acabaríamos juntos. Porque, sí, acabamos juntos.

Con Raquel todo era distinto a mi anterior relación: ella es morbosa y me lo da a entender a cada momento. Tenemos mucha química y enseguida nos compenetramos muy bien; buena prueba de ello es la experiencia que quiero contaros. Siento si me he extendido, pero me apetecía y creo que ayudará a poneros en situación.

Habíamos quedado con amigos míos para salir en Halloween (no lo he comentado, pero Raquel es castellonense, por eso nos juntábamos con mis amistades, ya que ella apenas conocía a nadie en Málaga). Ya veis, a nuestra edad, que entonces rondábamos el comienzo de la cuarentena, saliendo de fiesta disfrazados. Yo opté por un disfraz de vampiro que había usado unos años anteriores, con una capa negra ancha, camisa blanca y unos vaqueros negros (lo suyo habría sido unos chinos, pero pensé que de noche todos los gatos son pardos); Raquel mantuvo el misterio de su disfraz hasta el último momento. Me ayudó a maquillarme un poco, poniéndome más pálido y remarcando las ojeras, haciéndome salir del cuarto del baño para prepararse ella.

Cuando hubo terminado de prepararse y salió me quedé sin palabras: lucía un disfraz de enfermera sexy pero estilo asilo zombie abandonado, con una bata blanca corta y magullada, con manchas simulando sangre, cortísima, a la medida justa para que uno no llegara a verse la redondez de sus glúteos al ponerse de espaldas, pero que la imagen de sus posaderas apareciera en tu mente al instante como un flash morboso. Su escote era pronunciado, mucho, con un sujetador de rejilla que me hizo desear ser un pez para poder meter mi nariz en su pechera. Completaba el atuendo con unos ligueros, uno de ellos lo llevaba estudiadamente suelto, y unas medias también de rejillas rotas por algunos sitios, rematando el atuendo con unos botines negros brillantes con taconazo. Se había maquillado con una sombra de ojos oscura, pestañas larguísimas y unos labios color rojo vino que parecían encerados; aparte había simulado unas magulladuras y heridas en algunos lugares de su anatomía visible, que era mucha.

Tras volver a recolocarme la mandíbula, ante su cara de triunfo, le dije:

- Si te pusieras un chocker sería ya perfecto.

- No lo he hecho por si acaso algún vampiro travieso tuviera intención de atacarme esta noche - respondió con voz sexy y esa sonrisa provocadora que tanto me pone.

Me tiré sobre ella con intención de follármela allí mismo, pero contuvo mi arremetida cruelmente recordándome que íbamos justos de tiempo. Me quedé un poco perplejo cuando le vi ponerse el abrigo y dirigirse a la puerta, y por un momento dudé si irme al baño a descargar parte del tremendo calentón que llevaba, pero pensé que si ella se mostraba así de juguetona al comienzo de la noche iba a terminar de una manera espectacular.

Ya suponía que aparcar en el centro iba a ser imposible, así que me fui directamente a un parking y completamos el camino con un brioso paseo. Ambos llevábamos abrigo, pero eso no protegía a Raquel de las miradas de admiración por la calle; no había pocas chicas luciendo disfraces sexys aquella no he, pero a mí me parecía que la mía arrasaba por donde pasábamos.

Llegamos al pub sobre la hora a la que habíamos quedado, pero la banda no estaba aún por allí. El sitio estaba bastante lleno, aunque sin agobios aún, alternándose gente disfrazada con la que no. Le sugerí a Raquel situarnos al extremo de la barra, pegados a la pared, al lado de un perchero de pared con la mitad de los colgadores vacíos en previsión de que cuando llegaran los demás tuvieran donde dejar sus cosas. Revisé el móvil y mandé unos mensajes anunciando nuestra llegada y nos pedimos unos cubatas para hacer tiempo.

Casi a la vez que nos dieron las bebidas, una chica dejó libre un taburete y se lo cedí galante a la sexy enfermera, y al sentarse y cruzar las piernas me dio un nuevo espectáculo de sensualidad, mirándome fijamente mientras daba un sorbo a su gin tonic. Noté como me vibraba el móvil y miré los mensajes: mi colega Juanmi había vuelto a hacer de las suyas y les tenía pidiendo unos camperos en un bar bastante alejado.

Quiero mucho a Juanmi, es un amigo de esos con los que uno puede contar siempre para lo que sea, pero es el peor para quedar; no era raro que trastocara los planes por un impulso repentino y nos dejara a todos pendientes de cómo se reconducía todo.

Me cagué mentalmente en su madre (a la que también quiero mucho), y no hizo falta que dijera nada para que Raquel adivinara qué había pasado; ella sólo me miró muy fijamente y se mordió el labio inferior, algo que sabe que me pierde, haciendo que la nube negra en mi cabeza se esfumara y que me desbordaran las ganas de darle un beso con el que demostrarle que mi deseo no había disminuido un ápice; algo, no obstante, de lo que ella quiso asegurarse presionando su mano contra mi bragueta.

Nos comimos la boca de la forma más cachonda que os podáis imaginar, entrelazando las lenguas, mezclando nuestros suspiros, haciendo chocar nuestros labios. No sé cuánto rato estuvimos en el trance, pero salimos del mismo cuando sentí que un tipo me empujaba por la espalda y me echaba sobre ella, teniendo que apoyarme con la mano en la pared para no aplastar a Raquel. Me volví enseguida y el tipo se disculpó, y me fijé en que el local ya estaba abarrotado, obligándonos a estar prácticamente pegados.

Dimos un par de tragos a nuestras copas, y cuando Raquel dejaba de nuevo la suya sobre la barra aproveché la oportunidad para darle el bocado de vampiro que me había pedido en el piso. A ella le encanta que le mordisquee el cuello, en especial debajo de la oreja; dice que un escalofrío de gusto le recorre el cuerpo y le hace palpitar sus zonas más erógenas. También me decidí a poner mi mano en una de sus rodillas aprovechando que ya no las tenía cruzadas, y me dediqué a acariciarla arriba y abajo por todo el muslo, incidiendo poco a poco en la parte más interior y sensible para ver si hacía lo que yo esperaba, que era que separase un poco más las piernas para poder seguir subiendo.

Volvimos a morrearnos con morbo, con besos profundos entrelazando lenguas, casi echando un pulso con ellas, y de nuevo su mano sobaba mi bragueta, apretándome como si quisiera pajearme a través de la tela.

Sus piernas terminaron cediendo y noté con mis dedos que su tanga estaba empapado. En cuanto toqué sus labios dio un leve respingo las y abrió aún más, lo que le permitía la estrecha falda del disfraz, pude masturbarle y notando como la tela estaba pegada a tus labios como una calcomanía. No me costó encontrar su clítoris, erecto y palpitante, y empecé a rozarlo suavemente con la yema de mi dedo corazón. Me encantaba sentir los pequeños espasmos que sacudían su cuerpo por mis caricias en su botoncito; ella se agarraba a mí pasando su brazo alrededor de mi cintura por debajo de mi capa, la cual se había convertido en nuestra aliada al taparnos de las miradas ajenas. Era increíble que todo ese jaleo que había a nuestro alrededor pareciera no existir mientras estábamos enfrascados en el placer que le estaba proporcionando.

Sabía que Raquel estaba a punto de correrse, ya conocía sus reacciones, y por un segundo dudé si parar para vengarme por lo que me había hecho en el piso, pero la forma en que me miró en ese momento estando al borde del orgasmo, esa mirar sin verte con las pupilas dilatadas por el puro placer sabía que no podía hacerle eso, y yo tampoco quería parar, así que aceleré mis caricias y le comí la boca con fuerza para ahogar sus posibles jadeos, aunque ella no pudiera responderme apenas al beso por el gusto que sentía al empezar a correrse en mi mano.

El subidón que yo sentirá era brutal, con sus piernas temblando, jadeando para retomar el aliento mientras yo sacaba la mano y me lamía los dedos. Raquel levantó sus ojos y eran puro fuego; sabía por experiencia que no se iba a conformar con un orgasmo y que ella también querría darme lo mío. De hecho intentó abrirme la cremallera de los vaqueros, pero se enganchó y estando tan apretados no tenía espacio para usar ambas manos. Entonces se me ocurrió algo muy guarro y le dije algo al oído:

- Arremángate la falda.

Ella no se enteró de nada con el bullicio y la música a tope, aunque intuía que algo cachondo me había venido a la mente por mi sonrisa cachinda. Cogí el móvil y le escribí en un chat de WhatsApp para que lo leyera; me miró como si estuviera loco, pero yo solo levanté un poco el codo para que la capa no tapara más un poco y ella, llevada por la curiosidad y la calentura, se cogió la falda y fue dando pequeños botes en el taburete para subírsela hasta la cintura. Su culo quedaba ahora pegado al asiento y entonces le escribí algo más:

- Deslízate hacia atrás.

Ella levantó la mirada de la pantalla como un rayo y bajó su mirada a mi mano, viendo como me desabotonabs el vaquero y luchaba para bajar la cremallera. Raquel llevó su mano a mi paquete mordiéndose otra vez el labio, sobándolo mientras me miraba muy sensual a los ojos y nos volvimos a comer la boca. Ella sacó mi polla dura de los boxers y la liberación y sus caricias me supieron a gloria. Hice que se girase mirando hacia la barra y yo me situé a su espalda; ella no soltó mi rabo hasta que con mi glande sus nalgas, agitándolas para acomodarlo justo entre ellas. Estando así rodeé sus hombros con mis brazos y volví a besarle el cuello, moviéndonos con pequeños movimientos para rozarnos. Raquel se echó aún más atrás en el asiento para que la entrada de su vagina quedará expuesta, apoyándose con ambas manos en la barra, tratando ambos de aparentar la máxima naturalidad para no levantar sospechas sobre lo que estábamos haciendo.

Entonces los astros se alinearon, y también la punta de mi rabo con la entrada de su vagina, caliente y mojada como nunca, apoyé un pie en unos de los travesaños del taburete y empujé lo más que pude. Todo mi glande y un poco más entró en su coño ardiente y resoplé de gusto al sentir el gusto recorrerme entero por dentro. Lástima que el taburete era demasiado alto, si no le habría hundido toda la polla hasta las bolas.

Imaginaba la cara de Raquel con los ojos cerrados, pero al girarse me miró de la forma más cachonda que le recuerdo, mordiéndose los labios con fuerza. Empezó a menear sus caderas muy muy despacio, sintiendo mi carne dura en su interior. Es sin duda la situación más caliente que he vivido nunca, los dos rodeados de personas que no eran conscientes de que estábamos enganchados, cachondos hasta el extremo.

Estuvimos un buen rato gozándonos así, lenta pero muy intensamente, con la fortuna de que en esa posición mi polla empezó a rozar una zona muy erógena dentro de la vagina de Raquel, haciendo que ella se corriera al poco de nuevo. Me sorprendió un poco porque no esperaba que llegara tan rápido, pero ella estaba ardiendo (¡yo lo estaba!), y solo me di cuenta cuando aceleró sus movimientos y empezó a temblar. La tomé fuerte entre mis brazos a sabiendas de lo que pasaba, ya que casi se desploma sobre la barra. Le di besos en la mejilla mientras sentía los espasmos de su coño palpitante aún con mi polla dentro. Se giró y me besó de una manera tierna, intensa, agradeciéndome el placer morboso que acababa de darle. Me dijo algo que no entendí, aunque por sus gestos comprendí por fin que me preguntaba si no quería terminar dentro de ella. Tenía muchas ganas, pero pensaba que esa faena era mejor coronarla en otro sitio, así que negué con la cabeza mientras me salía de ella. Me encantaba cómo me estaba mirando, una mezcla de agradecimiento, morbo, ternura y deseo. Me guardé como pude el rabo no sin que ella antes lo sobara un poco y se llevara los dedos a la boca (un gesto muy nuestro), se bajó del taburete para recolocarse la falda y hacer ambos como que allí nada había pasado. Cogimos nuestros abrigos y salimos de allí abrazados.

Camino del coche, Raquel me tomó de la mano y me arrastró a un callejón oscuro y sin preguntar nada se acuclilló, me desabrochó el pantalón y lo bajó con los boxers y un poco de ayuda por mi parte, empezando a comerme la polla con un hambre casi desesperada. Yo disfrutaba sintiendo su fuerza y voracidad mientras la gente caminaba por la calle sin ser conscientes de que a mí me estaban matando de gusto en aquel callejón.

No duré mucho, la verdad; llevaba horas recalentándome horas y mis bolas necesitaban con urgencia descargar toda mi leche. Solo lamento no haber podido ver la mirada de Raquel mientras me mamarme, pero me contenté con verla cabecear y sentir su boca, sus labios, su lengua, su garganta, escuchar el morboso sonido de la succión mientras aceleraba y llevaba la punta de mi verga hasta su garganta una y otra vez hasta que ya no pude más y estallé con un jadeo más alto de lo que esperaba que me hizo temer que alguien me hubiera escuchado, así que miré de reojo a la calle y me relajé de nuevo al ver que no, concentrándome entonces en sentir como cada gota de semen salía de mis huevos. Fiel a su metodología, Raquel lamió bien toda mi polla hasta dejarla limpia y se puso en pie; pude ver su sonrisa satisfecha, recorriendo con un dedo la comisura de sus labios para recoger cualquier resto de saliva. Tuve que besarla, me tenía encandilado; había encontrado la horma de mi zapato.

Nos adecentamos nuevamente lo mejor posible y llegamos al coche más relajados, aunque en el camino de vuelta a casa nos fuimos calentando de nuevo recordando lo caliente que había sido toda la noche, así que cuando llegamos al piso disfrutamos nos volvimos a coger con ganas y tuvimos una de las mejores sesiones de sexo que jamás hayamos tenido, aunque no hemos tenido ninguna mala, dicho sea se paso.

Al día siguiente nos levantamos algo más tarde y al mirar el móvil vi que tenía algunos mensajes de Juanmi: su mensaje eran solo unos emoticonos: un diablillo sonriendo, una llamarada y unas manos aplaudiendo. Le había mandado a él sin querer el mensaje "Arremángate la falda".