Mi esposa hace un gran descubrimiento (ll)
Cristina gritó el nombre de otro hombre mientras se corría, pero no era una confesión de infidelidad, sino el eco de una fantasía enterrada. Ahora, desde la distancia, él observa cada movimiento de su esposa a través de una lente invisible, descubriendo que la traición que temía era solo el deseo más puro y solitario. ¿Qué pasa cuando el espía decide dejar de mirar y empezar a participar?
Las piernas se me doblaron obligándome a apoyarme en la carcasa abollada de la máquina, respirando con dificultad a causa de la sorpresa. El desconcertante grito de mi esposa nombrando a otro hombre cuando se hallaba al borde del orgasmo todavía resonaba en mi cabeza.
El clamor de sus cuerdas vocales se sincronizaba con el rítmico siseo hidráulico de la despiadada máquina que la follaba sin parar; con las piernas flojas; juntando las rodillas para mantenerse en pie; el sudor cubriendo cada centímetro de su cuerpo y haciéndola brillar como si acabara de concluir un entrenamiento; completamente destrozada; desastrada, las bragas a la altura de las rodillas; agonizante merced al castigador dildo negro.
Fue como recibir un mazazo en el pecho, dejándome vacío mientras mi corazón palpitaba y mi mente bullía incontrolablemente. Angustiado, me aferré a la posibilidad de haberla escuchado mal, rogando que todo fuera un cruel desliz de mi propia imaginación. Sin embargo, ver a Cristina absorbiendo gustosamente los veinte centímetros de verga destrozó la incertidumbre a la que intentaba aferrarme.
La desolación me llegó al alma, arraigando profundamente al volver a escuchar el nombre de Alberto de sus labios, vociferado por segunda vez en la cima de un éxtasis brutal y desenfrenado. Nadie querría oír a su pareja nombrar a otro hombre en un momento así, y menos aún si éste era un buen amigo.
Alberto no solo nos había presentado, sino que seguía estando presente en nuestras vidas. Y se le había escapado su nombre a las puertas del orgasmo, desvelando sin querer un oscuro secreto, una infidelidad consumada o una embarazosa fantasía. Paradójicamente, la turbación de mi esposa me había servido de excusa para sodomizarla por primera vez, un capricho que hacía tiempo que había dado por imposible.
El shock hizo que los recuerdos de mi niñez arrollasen al presente como un tren de mercancías. El año que Cris y Alberto habían sido compañeros de equipo adquirió un peso abrumador. La cabeza me daba vueltas mientras aquella enorme ola amenazaba con sepultarme.
Mis dedos se movieron de modo inconsciente, dispuestos a detener el aparato para luego enfrentar a Cristina y exigir una justificación al nombre que acababa de gritar, un nombre que no era el mío. Sin embargo, mi voluntad se negó a cooperar. Los gritos orgásmicos de Cristina y el siseo hidráulico de la máquina se desvanecieron y mi mente comenzó a divergir a la deriva, hacia un pasado donde las semillas del presente habían sido plantadas.
Alberto, uno de mis mejores amigos, se revelaba como un elemento clave en nuestro matrimonio. De hecho, el comienzo de nuestra relación se había visto enrarecido por aquella complicidad entre ellos. No obstante, la relación entre ellos siempre fue una caja de Pandora que preferimos no abrir.
La posibilidad de que mi esposa y Alberto hubieran sido algo más que amigos era algo con lo que me había resignado a vivir, prefiriendo la ignorancia a una verdad desagradable y dar por sentado que nunca se habían acostado. El escaso deseo sexual de mi esposa desde el principio de nuestra relación se convirtió en consuelo, en una ilusión a la que me aferré, convenciéndome de que era imposible que Cristina hubiese cedido sexualmente sin antes obtener algún tipo de compromiso sentimental.
Por desgracia, entrar en la habitación secreta había sido como retroceder a mi juventud, a mis días de universidad, a recuerdos que había logrado enterrar con el paso de los años.
Alberto estaba, como suele decirse, bien dotado. De hecho, entre los colegas lo apodábamos “Banana Joe”. El tamaño de su miembro era peculiar, un espectáculo que causó una impresión inolvidable en todos nosotros, independientemente de nuestra orientación sexual. Para más inri, también era bastante guapo. De manera que pronto se reveló como un mujeriego desvergonzado que manejaba a las chicas a su antojo, rompiendo con ellas en cuanto devenía el aburrimiento o cuando debía enfrentarse al novio de la chica en cuestión.
Curiosamente, aunque Cristina y él se hubiesen conocido gracias al golf, aquella misma afición los condujo en direcciones opuestas. Mientras ella perfeccionó sus habilidades con disciplina y concentración, forjando una carrera en el circuito profesional nacional, Alberto desperdició sus cualidades al permitir que su mundano e indulgente estilo de vida frustraran un prometedor futuro como deportista.
Recordé los rumores sobre el canto de gemidos ahogados que conducía a una chica tras otra hasta la habitación de Alberto. Chicas y no tan chicas que, horas después, emergían sexualmente saciadas, agotadas emocional y físicamente para luego regresar a casa, sin entender el devastador efecto de la sonrisa de Alberto en su dificultad para caminar; pues mi amigo era un demonio, un seductor o un sinvergüenza, en función de con quien se hablase.
Su éxito con las chicas hacía resaltar cuán escasa había sido mi suerte en la lotería genética, lo que hacía que maldijese que no me hubiesen tocado mejores cartas, o al menos un miembro como el suyo.
Por otro lado, Alberto no era exactamente un buen tipo, y nuestra amistad a veces parecía fruto del mero interés por su parte. Le complacía ser el centro de atención, la fuerza gravitacional que atraía a todos hacia su órbita. Estar cerca de él significaba aceptar una jerarquía implícita, con él firmemente asentado en el centro.
Aunque también estaba la ventaja de aprovechar sus sobras, chicas desengañadas, deprimidas o furiosas que de otro modo habrían estado fuera de mi alcance. Aquellas dispuestas a ligar con los amigos de Alberto para vengarse, herirle o, aún peor, para seguir cerca de él. Yo, como estudiante universitario poco agraciado y bastante salido, aceptaba vivir bajo su sombra. No, no era escrupuloso con las ex de Alberto, pero es que todas estaban buenísimas.
A pesar de todo, seguía siendo un buen amigo. La lealtad hacia la cuadrilla era sagrada, ya que Alberto era el tipo de persona que lo dejaría todo para echarte una mano, sin pensárselo ni hacer preguntas.
Por lo demás, en la actualidad Cris y la esposa de Alberto, se llevaban bien. De modo que a menudo pasábamos tiempo juntos. Era normal, después de todo Alberto me la había presentado y, de alguna manera, me sentía en deuda con él.
Con todo, me carcomía el halo de seducción que rodeaba a Alberto, y la idea de que ella se convirtiese en objeto de su deseo me revolvía el estómago, pero preferí no expresar mi temor por no parecer un pelele inseguro. Pero Alberto nunca realizó ningún comentario impertinente sobre Cris, pues en el fondo valoraba más mi amistad que el coño de mi mujer. Cosa que nunca supe si tomarme a bien o a mal, pero que hacía que me sintiese horrible por desconfiar de él, lo cual ya era el colmo.
Pasó el tiempo y Alberto fue madurando, sobre todo después de dejar embarazada a Michelle. El recelo que antes me había inspirado se disipó. Su extraño don parecía cosa del pasado, cosa de muchachos, y descarté definitivamente tal posibilidad.
Nueve años más tarde, el descubrimiento del cuarto secreto y, más concretamente, del enorme consolador fijado a la máquina que allí se ocultaba, destrozó esa ilusión, desvaneciendo ese sueño y dejando una realidad vívida y de pesadilla. Se diría que alguien hubiese colocado allí el consolador apropósito, que su desconcertante patrón de venas hubiera sido moldeado sólo para perturbar a mi mujer. Pero no, el maldito dildo era solo un juguete sexual y el resto eran imaginaciones mías. Si bien su envergadura me obligaba a afrontar un pasado que había preferido ignorar.
— ¡Oh, Dios, qué delicia! —clamó Cristina, atravesando con su grito la neblina del recuerdo y devolviéndome de golpe a la realidad.
Fue desconcertante, como despertar súbitamente de un sueño. Durante una fracción de segundo, no supe qué era real y qué la desgarradora evocación de Alberto que se representaba ante mí. Cristina parecía perdida, obnubilada, en trance, como si su cuerpo femenino estuviera funcionando por instinto.
— ¡Así, Alberto! ¡Así! —volvió a traicionarla su retorcida memoria vaginal.
“La madre que la parió”, pensé. “¡¡¡OOOGH!!!”, jadeó mi mujer, reafirmándose en su primera impresión.
El rostro de Cris poseía el sofoco y la extenuación que tantas veces había visto en las chicas que se acostaban con él, una degradación que nunca pensé que vería en el rostro de mi esposa. Aquel enorme pollón no era una simple máquina; sino que se había convertido en una especie de suero de la verdad para Cris, un ardid que estaba sacando a la luz su fantasía más recurrente.
Debí haber apagado la máquina tras esa tercera y denigrante mención de Alberto, aunque ni siquiera eso hubiese servido para revertir lo que había sucedido. Pero Cristina era como un cohete que se elevaba a toda velocidad, más allá del punto sin retorno, en una trayectoria directa a un clímax devastador. Estaba convencido de que mi esposa había estado pensando en volver a casa todo el día, que ansiaba experimentar o revivir la relación prohibida con la que habría fantaseado desde hacía años.
Era obvio que aquella obsesión incluso había eclipsado al torneo más importante de su carrera, que ese anhelo ilícito la había distraído a pesar de lo que le costaría un mal resultado: el adiós definitivo a su carrera internacional y asumir el regreso a su puesto como maestra de Educación Primaria.
— ¡¡¡JODER!!! —exclamó al rebasar la línea del clímax.
Cris empezó a convulsionar; le fallaron las piernas; se le salió uno de los zapatos de golf. Un gruñido primario y salvaje escapó de sus labios mientras su orgasmo comenzaba a filtrarse y embadurnar por completo el enorme consolador negro, cada embestida aumentando el significativo y bochornoso cerco blanquecino alrededor de la base del oscuro consolador.
— ¡¡¡OGH!!! ¡¡¡OGH!!! ¡¡¡OGH!!! —bufó enajenada, soportando las abrumadoras arremetidas de polla y orgasmo.
Aunque más tarde la realidad se derrumbaría sobre ella, en ese momento no existía nada más que la sensación que lo abarcaba todo y todo lo consumía. Su cuerpo se convulsionaba violentamente, sus abdominales se contraían con cada espasmo, su voz se quebraba con cada embestida de la máquina. Todo su cuerpo brillaba empapado de sudor, un brillo resbaladizo que acentuaba su tez trigueña. El cerco de transpiración fue visible bajo sus axilas cuando sus uñas rasparon la superficie acolchada en respuesta a las abrumadoras sensaciones que la atravesaban.
Durante unos segundos sufrí una alucinación terrorífica, pues creí ver a Alberto impulsando el ir y venir del dildo XL. Cada embestida repentinamente humana y deliberada, como si nuestro vecino estuviera realmente allí, de pie tras Cristina; con los gritos de mi esposa dando verosimilitud a mi delirio.
Me apoyé en la pared, necesitaba sostenerme. Acababa de comprender que para ella esa máquina era él follándola de forma contundente, lo que me revolvió el estómago e hizo que la verdad me arrollase como un tren.
Poco a poco, su cuerpo comenzó a aquietarse, el tsunami del clímax retrocediendo hasta convertirse en una inmovilidad persistente. La tensión del placer se drenaba paulatinamente de su cuerpo. Los temblores cesaron y sus piernas quedaron flácidas, su cuerpo entumecido e inerte despanzurrado sobre el pedestal con los brazos colgando.
— Apágalo —sollozó abandonando la neblina del orgasmo mientras las embestidas proseguían rayando el esperpento.
Mis dedos se apresuraron a pulsar el botón para alivio de Cristina. La maquiavélica máquina perdió inercia gradualmente, desacelerando hasta detenerse y descansar como solo se hace tras un triunfo incontestable. El enorme consolador se retiró hasta que toda su longitud quedó a unos centímetros del sexo de Cristina.
Yacía sudorosa y agotada, distinta a la mujer que conocía. Sus ojos parpadearon al abrirse con la expresión vidriosa de alguien que recupera lentamente la conciencia. Al parecer no era consciente del devastador secreto que había revelado en el apogeo del orgasmo; ignoraba su clamorosa alusión a nuestro vecino.
Dudé que una mujer tolerase semejante miembro viril de la noche a la mañana. Esa facilidad no podía ser normal. ¿Acaso llevaba una vida secreta? ¿Me era infiel? ¿Había sido demasiado ciego para reconocer los cambios: el maquillaje más frecuente, las prendas más sexis, los tacones más altos, las bragas nuevas...?
Por otra parte, la más que probable traición de mi amigo hizo que la indignación calase dentro de mí. ¡Cómo podía haberme hecho algo así! Siempre había confiado en él, pero al final había cedido a las miradas y coqueterías de mi mujer.
Cristina se incorporó con patente dificultad, resintiéndose de la debilidad de unas piernas a punto de ceder. A traspiés, así avanzó hacia la puerta, sufriendo las consecuencias de lo que acababa de hacer. Desapareció por el pasillo sin decir ni una palabra, el débil eco de sus pasos terminando con el suave clic de la puerta del baño. Un momento después, el siseo de la ducha resonó a lo lejos, dejándome a solas con mi confusión, mi desconfianza y mis celos.
La visión que tenía ante mí era la escena de un crimen con infinidad de pruebas incriminatorias: el condón XL cubierto de flujos vaginales: la toalla de baño salpicada con las pruebas de lo bien que la habían follado; las bragas de Cristina cerca de la base de la máquina, allí donde se le habían caído.
Los indicios de traición eran abrumadores, indicativos incluso de una oscura premeditación. El aire denso y sofocante aplastaba mi pecho, apretando el nudo de mi garganta, obligándome asimilar la abrumadora realidad que tenía ante los ojos.
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Los neumáticos derraparon cuando nos incorporamos a la I-4 desde la 95, la interestatal se extendía interminablemente ante nosotros. Habíamos salido de la cabaña de Sawgrass hacía una hora, y nos quedaba otra hora antes de llegar a casa. El golpe de los palos de golf de Cristina al caer en la parte trasera de la camioneta interrumpió un viaje por lo demás silencioso, cosa de agradecer tras el abrupto final del fin de semana.
Cris se había sentado tranquilamente en el asiento del pasajero, con la mirada distraída en el fugaz pasar de los árboles y carteles publicitarios. El dolor de la eliminación, de habernos marchado dos días antes de que terminara el torneo seguía ahí, flotando entre ambos, pero yo quería que fuese ella quien sacara el tema.
Ella había logrado setenta y uno ese último día; una buena puntuación que reflejaba a la deportista que yo conocía, pero no fue suficiente. Se había quedado a cinco golpes del corte, lo cual nos enviaba a casa.
Habíamos comentado por encima el tema de la habitación oculta, preguntándonos quién habría puesto allí la máquina sexual. Curiosamente, Cris no parecía recordar haber gritado el nombre de Alberto en pleno orgasmo, o simplemente no lo mencionó. El caso era que mi esposa no había expresado vergüenza o arrepentimiento por lo sucedido esos dos días, ni sexual ni deportivamente.
Al contrario, Cris estaba desconcertantemente ilusionada con la preparación del próximo evento, como si de repente hubiera olvidado nuestro acuerdo de limitar a diez años su carrera deportiva, un periodo que acababa de expirar.
Su fracaso aún era demasiado reciente, así que traté de mantener la calma. A esas alturas todo eran especulaciones, suposiciones que yo había ido construyendo en mi mente. Lo que estaba claro era que ella había gritado el nombre de mi amigo cuando la estaban follando, aunque tal vez solo se tratase de una antigua fantasía, un descuido inofensivo. Después de todo ¿quién no ha imaginado, en algún momento, acostarse con la mejor amiga de su pareja? ¿De verdad podía basar una acusación en algo tan subjetivo?
Mis pensamientos daban vueltas como los buitres, analizando cada detalle de esa noche, buscando desesperadamente otros detalles que hubiera pasado por alto. Pero cuanto más meditaba sobre ello, más dudas tenía. No podía discutir con ella en ese momento, con su carrera tambaleándose, al borde de perder un sueño por el que había luchado toda su vida.
Una palabra equivocada o una acusación en el peor momento podrían destruir no solo el bienestar de Cris, sino la vida que habíamos construido juntos. Cuando el viernes noche llegamos a Orlando, la versión doméstica de Cristina ya había reaparecido. De hecho, mi esposa deshizo las maletas, arrojó sus palos de golf al garaje sin pensarlo dos veces y volvió a la rutina del hogar como si aquel revés no tuviera mayor trascendencia.
El tenso silencio del viaje pronto fue reemplazado por el reconfortante ajetreo cotidiano: su risa ante un video de Instagram, el murmullo del Golf Channel en la televisión y el suave tintineo del hielo mientras se servía una bebida como si aquel fracaso deportivo nunca hubiera sucedido.
El sábado amaneció envuelto en incertidumbre. En ese momento Cristina debería haber estado en Sawgrass, calentando junto a sus compañeras del Epson Tour antes de disputarse una tarjeta del LPGA Tour. Era la tercera ronda, el conocido como "día del ascenso". Curiosamente, ese sueño de juventud había sido reemplazado por un insubstancial entrenamiento en el campo local, negándose a reconocer que debía colgar los palos de golf y retomar los libros de texto y las clases en la escuela primaria.
A su regreso, Cristina me comentó que había organizado una cena con Alberto y Michelle esa misma noche. Si bien era algo que sucedía con cierta regularidad, no me parecía lo más indicado dadas las circunstancias. Michelle y ella se habían vuelto íntimas con el paso de los años, un vínculo que se formó como un fiel reflejo de mi amistad con Alberto. Las dos habían conectado desde el principio, de forma natural y sincera.
No obstante me sentí molesto con que ni siquiera me hubiese consultado. Era como si Cris se negase a admitir el fin de su carrera deportiva jugando a hacer vida social. Además, la idea de sentarme frente a Alberto no me hacía ninguna gracia. Lo correcto hubiera sido quedarse en casa y reflexionar sobre su futuro, no planear una reunión con amigos. ¿En qué demonios estaba pensando mi mujer?
El Outback Steakhouse quedaba cerca de casa. Era un lugar familiar donde debería haberme sentido a gusto, pero no fue así. Nos sentamos en un reservado en la parte trasera del restaurante, Cristina y yo a un lado con Alberto y Michelle enfrente, nuestra disposición habitual.
Traté de permanecer tranquilo y hablar únicamente cuando fuese necesario, pero no paraba de vigilarlos. Cada mirada que Cristina intercambiaba con Alberto me parecía una prueba de infidelidad esperando ser descubierta. Examiné su lenguaje corporal en busca de cualquier detalle: una mirada persistente, un sutil cambio de postura o una conexión tácita. Pero no vi nada. Ninguna señal obvia, ninguna prueba que validara el torrente de sospechas que se había desatado dentro de mí.
Paradógicamente, la ausencia de evidencias incrementó mi insidioso ataque de celos. El contraste entre la serena mujer madura sentada a mi lado y la desaliñada golfa entregada al dildo negro hacía un par de días era abrumador. El recuerdo de Cris gritando el nombre de mi amigo y entregándose a la máquina se repetía una y otra vez en mi mente. Con todo, mi esposa se comportaba con aparente normalidad, como si esa otra versión de ella nunca hubiera existido.
Afortunadamente, mi esposa no mencionó el descubrimiento del consolador en ningún momento. “¡Qué incómodo hubiera sido!”. En cambio cris sí que se desahogó sobre su fiasco en el torneo. Alberto, visiblemente afectado por el mal resultado de mi esposa, especuló sobre su mala suerte o las condiciones del campo. Sin embargo, no paraba de pensar que Cristina le habría contado todo a mis espaldas, pidiéndole que actuara como si no supiese nada.
Tal vez eran imaginaciones mías, pero sus comentarios parecían los de una consumada espía, interpretando su papel a la perfección para no levantar sospechas. Mi mujer sonrió y se encogió de hombros, ofreciendo escusas vagas, sin insinuar ni una palabra sobre el motivo real de su ofuscación. Para cualquier otra persona habría parecido una conversación banal, pero para mí, cada palabra formaba parte de una mentira astutamente pergeñada.
No ocurrió nada trascendente durante la cena ni tampoco después. Al día siguiente me centré en el trabajo y preparé la importante auditoría que tendría lugar la semana siguiente. Lo malo fue que Cristina no verbalizó en ningún momento que había llegado el final de su carrera deportiva, la herida todavía estaba demasiado reciente.
Elegí dejarla vivir en la negación durante unos días, pero cada vez tenía más claro que ese viaje al norte de Florida lo había cambiado todo entre nosotros. Cada uno de mis días transcurría en una neblina de correos electrónicos, hojas de cálculo y llamadas de negocios, pero no podía quitarme de encima el recuerdo de esa noche. El clamor de Cris: “¡Oh Dios, Alberto!”, se repetía en un cruel bucle, y cuanto más intentaba concentrarme, más divagaba mi mente. La paranoia se había apoderado de mí.
Me obsesioné sin darme cuenta. Falté al trabajo para poder seguir a Cristina al campo de golf, vigilándola hasta que daba su primer golpe, asegurándome de que no se veía con Alberto. Rebusqué concienzudamente en sus cajones de ropa, esperando hallar alguna prueba de su infidelidad, pero lo único que hallé fueron esas nuevas braguitas que nunca le veía puestas.
Estaba desesperado por encontrar algo, algún indicio de la Cristina que había visto esa noche o de una vida apasionada y furtiva, pero no encontré nada. Por otra parte, mi amistad con Alberto continuó con total normalidad. Nos enviábamos mensajes de texto, intercambiábamos chistes, noticias deportivas y planes para el fin de semana. Nos saludábamos por el vecindario como habíamos hecho siempre. En apariencia, todo seguía igual.
Sin embargo, debajo de la cordialidad crecía la paranoia. ¿Qué sabía Alberto? ¿Qué me ocultaba Cris? ¿Cómo era posible que mi esposa hubiese acogido el enorme consolador con tal facilidad? Necesitaba respuestas y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlas.
Aunque las cosas en casa parecían ir bien, mi inseguridad y ansiedad empeoraban semana a semana. Las conversaciones con Cristina, las cenas fuera y las tardes viendo televisión de repente se convirtieron en una tortura. Había elaborado minuciosamente mi propia paranoia. Cada llamada de teléfono era sospechosa, cada aviso de Whatsapp transmitía un mensaje secreto y cada mirada disimulaba la traición.
A menudo, me sentía más tentado a enfrentarme a Cristina, a pedirle que me explicase por qué había gritado el nombre de Alberto cuando estaba a punto de correrse, o mejor hacer una broma fortuita cuando estuviésemos los cuatro y observar si había algún tipo de reacción por su parte. Pero no me decidía a hacerlo.
El miedo a escuchar lo que ya sospechaba me frenaba, me paralizaba. Si no estaban ocultando algo, me arriesgaba a quedar como un neurótico. Si lo estaban, no sabría cómo afrontarlo. Así que, reprimí mi inseguridad hasta que la ansiedad se volvió insoportable.
Para empeorar aún más las cosas, tenía previsto viajar por trabajo a la semana siguiente, algo que ocurría de forma regular cada trimestre. Así era como me ganaba la vida; así era como pagaba las facturas, trabajando como un cabrón. Pero conforme se estaban descontrolando las cosas, dejar sola a Cris durante tres días me parecía una locura. Ni confiaba en ella ni podría vigilarla; y si todavía no había perdido la cabeza, aquel viaje lo lograría.
¿Dónde estaba sucediendo? ¿Cuándo lo hacían? Vivir puerta con puerta facilitaba la infidelidad, pero también conllevaba muchos riesgos. Michelle trabajaba desde casa. ¿Acaso estaba ella involucrada? ¿Estaría haciendo la vista gorda o, aún peor, compartía con mi mujer los veinte centímetros de su marido? ¿Pero por qué haría algo así? ¿De verdad eran tan amigas? Lo dudaba, pero no podía descartar nada.
¿Dónde habría sucedido? Aquella duda me carcomía. ¿En habitaciones de hotel? ¿En algún recóndito almacén del club de golf? Mi imaginación era prolija en los más truculentos detalles, sin importar cuán escandalosos e improbables fueran; y la falta de indicios confirmaba que lo hacían cuando yo estaba de viaje, y eso me turbaba. Tenía que hacer algo, me devoraban los celos.
El viaje a Atlanta se cernía sobre mí como una nube de tormenta de la que me sería imposible escapar. En unos días Cristina estaría sola en casa; tres noches en las que podría hacer lo que quisiera sin que yo pudiese evitarlo. Cada hora mi hipótesis se volvía más real: Alberto deslizándose en mi casa, en mi cama, dentro de mi esposa.
No podría evitarlo, pero necesitaba averiguarlo. Necesitaba saber la verdad, sin importar lo devastadora que pudiera ser, o iba a volverme loco. ¿Cómo iba a saberlo? No teníamos un Alexa que me sirviera para espiar a mi mujer, ningún sistema de cámaras que grabase lo que pasaba en casa cuando yo no estaba.
¿Acaso ella me había manipulado para volverme reacio a ese tipo de tecnología para facilitar así su impunidad? Recordé la vez que Cris había mencionado su preocupación sobre los piratas informáticos que accedían a dispositivos domésticos inteligentes. Aunque yo siempre había sido un negacionista en cuanto a la tecnología, domótica, inteligencia artificial y ojos indiscretos.
Me había vuelto irreconocible para mí mismo, navegando por Amazon, no en busca de artículos para el hogar, sino de dispositivos que me proporcionaran respuestas. Con cada clic, la vergüenza cavaba más profundo, dejándome con una sensación de deshonestidad e intrusión con la persona que amaba. Y no obstante, la necesidad de saber se imponía a la moralidad, la dignidad y la culpa. Si Cristina estaba escondiendo algo, tenía que averiguarlo.
El día anterior a mi viaje no seguí a Cristina, esa mañana saqué el paquete de Amazon que había escondido. Dentro estaba la cámara que había elegido. Era pequeña, discreta y estaba diseñada ingeniosamente como una toma de corriente, el tipo de dispositivo en el que nunca repararías. El simple hecho de tener en mi poder algo así me revolvía el estómago.
Lo que estaba haciendo era una apuesta arriesgada. ¿Y si ella descubría la cámara? ¿Merecía la pena correr el riesgo? Y sobre todo, ¿dónde debía ponerla? Nuestro dormitorio parecía la elección obvia, pero ¿era mi esposa tan retorcida? ¿Sería capaz de profanar nuestra cama? Era angustioso pensar en ello, pero solo tenía una jodida cámara.
Con el tiempo agotándose, me reconvertí en electricista. Cambié el enchufe que había en mi lado de la cama. Era un enchufe que solo yo utilizaba y estaba perfectamente ubicado para proporcionar una visión panorámica de la habitación, pero cada vuelta del destornillador me provocaba remordimientos.
Por otra parte, la cámara era demasiado sofisticada, algo con lo que no me sentía del todo cómodo. No era un dispositivo básico, sino una maravilla con transmisión wifi que se sincronizaba con mi teléfono a través de una aplicación que me permitiría ver todo en tiempo real, momento a momento.
Una vez instalada, se mimetizaba perfectamente en la pared. Su lente gran angular apuntaba hacia adelante, lista para capturar todo. La culpa se retorció en mis entrañas como un nudo, pero ya era demasiado tarde. El sonido de la puerta del garaje al abrirse vibró por toda la casa, lo que indicaba que Cristina había regresado. No había vuelta atrás; confirmaría mis peores temores de una vez por todas, o bien descubriría que estaba equivocado.
Antes de que me diera cuenta, llegó la noche del domingo y me encontré sentado en el sillón de una habitación de hotel a cuatrocientos kilómetros de casa. Normalmente, salía en avión el lunes por la mañana, pero la programación de esa semana había sido diferente. No volvería a casa hasta el jueves, lo que significaba dejar a Cristina sola una noche más.
Aunque me asqueaba haber instalado una cámara, la tentación era demasiado grande. La vergüenza me hacía sentir como el traidor en lugar del traicionado. Entonces me di cuenta de que no era demasiado tarde para dar marcha atrás. Podía eliminar la aplicación en ese mismo momento y al regresar cambiar la cámara por el antiguo enchufe el viernes por la mañana.
Podía resignarme, conformarme con la sospecha de infidelidad, pero antes de darme cuenta, la aplicación ya estaba abierta y su interfaz se mostraba como una tentadora ventana indiscreta. Los celos habían vencido.
En el medio de la pantalla, el recuadro donde esperaba encontrar una imagen en directo de nuestro dormitorio aparecía en negro. Por unos segundos pensé que no había instalado correctamente la cámara, pero un pequeño indicador verde confirmaba que estaba on-line. Después de revisar el manual, me di cuenta de mi error: La cámara no estaba grabando continuamente como yo había asumido, sino que solo se activaba cuando algo se movía dentro de su campo de visión.
La aplicación era muy intuitiva, con un led luminoso que avisaba cada vez que la cámara detectaba movimiento. Dejé la función de notificación activada y el recuadro oscuro en la pantalla esperando a llenarse con lo que la cámara vería una vez que se detectara movimiento.
Me tumbé en la cama, con SportTV sonando de fondo, y eché el primero de los numerosos vistazos al teléfono que había colocado junto a mí. Cada minuto se alargaba interminablemente, retroalimentando mi ansiedad por recibir una notificación de la app. Y entonces sucedió. El teléfono sonó, emitiendo un tono que dio un vuelco a mi corazón.
Dudé si pulsar el icono como si se tratara de una bomba que no estaba seguro de querer desactivar. ¿Estaba preparado para lo que el teléfono me iba a revelar? El pulso me retumbaba en los oídos, el peso en mi conciencia… ¿Y si era simplemente Cristina pasando de camino al baño? Pero ¿y si la cámara mostraba algo más? A Alberto parado allí, en mi dormitorio, dispuesto a hacer realidad las fantasías de mi mujer.
En contra de lo que hubiera sido sensato, hice clic en la notificación y el cuadro que hasta entonces había sido negro fue reemplazado ahora por una toma de gran angular de nuestro dormitorio, captada desde una perspectiva inmejorable. La visión abarcaba todo el ancho de la habitación, mostrando la cómoda, la cama y hasta el cálido resplandor de la lámpara en la otra mesita.
El miedo a ver a Alberto allí no se había cumplido, lo que hizo que dejase de contener la respiración con inmenso alivio. Solo se veía a Cristina acostada en la cama, apoyada contra el cabecero y viendo la televisión.
Rápidamente comprendí que la cámara que había adquirido no tenía audio, por lo que sólo dispondría de una retransmisión silenciosa de mi esposa, desconocedora de que la estaban observando en ese mismo instante. Era raro, como si estuviera siendo grabada por un circuito cerrado de televisión. Trasteaba en su teléfono, mirando el televisor sólo de vez en cuando, despreocupada.
De pronto, mi teléfono vibró y un mensaje de Cristina llenó la pantalla: "¿Llegaste al hotel sano y salvo?"
Verla escribir y leer su mensaje un instante después también fue bastante extraño. Pero lo de verdad interesante fue que ella no supiese que yo podía verla. Lo que comenzó como un intento de encontrar pruebas de infidelidad, amenazaba con convertirse en algo completamente diferente. Me hallaba absorto por la transmisión en vivo de mi esposa, bondadosa y confiada.
Incluso los gestos más mundanos atrajeron mi atención de una manera que normalmente no lo hubieran hecho. La pereza con que estiraba las piernas o ajustaba su almohada me resultó cautivadora. A veces, la cámara se apagaba cuando el sensor de movimiento dejaba de detectar actividad, solo para volver a la vida cuando ella hacía que se activase de nuevo, revisando su teléfono, moviéndose debajo de las sábanas o bebiendo de su botella de agua.
Cada gesto, cada pequeño detalle me mostraba la Cristina que solo existía cuando nadie la observaba. No era lo que esperaba ver y, sin embargo, no podía dejar de mirarla.
Cristina se levantó de repente y pasó junto a la cámara en su camino hacia el baño. Su figura llenó momentáneamente todo el plano antes de desaparecer. Poco después, la pantalla se oscureció y supuse que se estaría duchando. Me recosté en la cama del hotel, dejé el teléfono a un lado y trabajé en mi proyecto mientras aguardaba. Mis dedos tecleaban mecánicamente, pero toda mi atención se centraba en la pantalla que estaba a mi lado, esperando la siguiente notificación.
Finalmente, el beep de la app resonó y abrí apresuradamente la aplicación. Allí estaba, completamente desnuda, con la piel todavía mojada y su cabello, corto, húmedo y despeinado enmarcando descuidadamente sus sensuales facciones. Todo ello eclipsado por el cálido resplandor de la lámpara sobre la humedad que tapizaba el enorme dildo que portaba en la mano derecha.
“¡Ostias! ¿De dónde cojones había sacado eso?”, me pregunté escandalizado, para imaginar un instante después donde lo pensaba meter. Al parecer, iba a ser testigo de un ritual nocturno, privado, íntimo. Esa era Cristina en estado puro, sin convenciones sociales ni pudor alguno. No tenía ni idea de dónde lo habría comprado, pero sí de que lo había escogido a imagen y semejanza del que había gozado semanas atrás.
Además de por su tono color chocolate, aquel rabo imitaba con todo lujo de detalles el miembro de un mulato como Alberto. El bribón, el apuesto, el sinvergüenza que se divertía seduciendo compañeras de instituto, profesoras como él, veinteañeras morenas, maduras de todo tipo, rubias recién divorciadas y hasta alguna viuda desprevenida que, antes o después terminaba siendo víctima de la curiosidad, de la atracción, de la necesidad, del magnetismo de un HOMBRE así, con mayúsculas, con una simpatía y carisma a la altura de su mala reputación.
Observé como mi esposa utilizaba la ventosa para fijarlo al gran espejo de detrás de la puerta. Lo puso a la altura justa, ni más alta ni más baja que el miembro viril de un vecino de más de uno ochenta de estatura. Seguidamente Cris se postró ante el tótem masculino. Su mirada, su forma de moverse, de respirar, todo en ella traslucía calentura, ansia y la imperiosa necesidad de follar.
Mi esposa se comía aquel pollón con los ojos, y no tardó en hacerlo con la boca. Además, verse a sí misma haciendo algo tan obsceno resultó ser un excelente afrodisíaco. Cris cayó enseguida bajo el hechizo de sus propios ojos, del sensual lamer de su lengua, de la desmedida voracidad de su boca y, al igual que yo, empezó a masturbarse en tanto las venas del mulato se deslizaban bajo el ceñido abrazo de sus labios.
Madura y excitada, no tardó ni dos minutos en correrse, aferrándose con la boca al único punto de apoyo que le servía en aquel apuro feminista. Y es que a pesar de ser una activista convencida y una aguerrida divulgadora de los derechos de las mujeres, en ese instante le habría encantado saborear el esperma de aquella verga mientras el hombre adecuado la sujetaba con firmeza y la instaba a tragar el jugo de su fabulosa mamada.
A aquel clímax amordazado le siguió el consiguiente himpás de reposo, unos preciosos segundos en los que Cris fue recuperando el aliento al tiempo que agachaba la cabeza ante el bravucón falo de color canela. Y si la cosa hubiese quedado ahí, habría sido suficiente. Al menos para mí, que acababa de eyacular en honor a su boca. Sin embargo me pasmé al ver a mi señora dar la espalda al imponente símil de verga, mordiéndose la comisura de la boca, superada por su propio frenesí y necesidad de rabo.
Ya no lo hacíamos mucho, cada dos meses o así, y normalmente era algo rápido, improvisado y eficaz. Sospechaba que antes de iniciar lo nuestro, algunos chicos habrían hecho gozar a mi esposa como es debido, y que en su juventud había explorado a fondo todas las opciones de que dispone una chica pudorosa, tímida, cayada, prudente y, asombrosamente cochina cuando la dejan sin bragas.
Finalmente, aquel entrenamiento en solitario venía a explicar la facilidad con que mi mujer había acogido el desproporcionado consolador un mes atrás. Alberto quedaba pues despejado de la ecuación. Mi esposa no me era infiel, al menos no con un hombre y, finalmente, mi honor permanecía sin borrón alguno.
Cristina desapareció brevemente detrás de la cámara y regresó con el pijama de jirafas que le había regalado el año anterior por su cumpleaños. Miró un momento el teléfono, tecleó velozmente, y se reclinó sobre la cama para apoyar los antebrazos, con la verga de goma amenazando placenteramente su retaguardia.
“¿Duermes?”
“No”, respondí, “pensaba en ti”.
“Y qué piensas”.
“Qué tienes el mejor trasero de todas tus amigas”, escribí con sinceridad. “Y que me encantaría follártelo ahora mismo”.
De repente, cuando todo apuntaba a que Cristina iba a desearme buenas noches e irse a la cama, sus ojos brillaron de alegría y una inmensa sonrisa iluminó su rostro.
“:) Y por qué no lo haces?”, sugirió, excitada.
“Te apetece?”, inquirí, sintiendo como mi miembro revertía su reposo para volver a la vida.
“No te imaginas cuanto…”, escribió para bajarse al instante la parte de abajo del pijama y desnudar su magnífico trasero.
“Tienes lubricante?”.
“De sobra…”, dijo con alegría, restregando ardientemente su sexo contra el glande del aparatoso consolador.
“Entendido”, dije, “Lo haré despacito, con cuidado. OK?”
“Eso es, cari, que hoy la tienes muy gorda”
Rato después vi a mi entumecida y temblorosa esposa deslizarse bajo las sábanas. Mi teléfono acababa de enviarme su mensaje de buenas noches. “Me voy a dormir, cariño”, decía. “Me has dejado reventada”.
Sonreí al leer su reproche. No era una forma de hablar, sino la constatación de lo sucedido ante la cámara. Siguiendo al pie de la letra mis instrucciones, Cris se había follado de un modo sublime. Suave durante los primeros compases, pero ganando contundencia sin contemplaciones hasta lograr ensartarse el dildo entero en cada envite; apretando los dientes y logrando un orgasmo devastador que la dejó temblando y sin fuerzas ni para ir a asearse.
La pantalla del teléfono se oscureció, pero no por falta de actividad, sino porque mi esposa había apagado la luz a cientos de kilómetros poniendo fin a mi primera sesión como voyeur, y dejándome con ganas de verla siendo follada de verdad.
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MAÑANA último capítulo: “Mi esposa y su amor platónico”
"Como siempre, gracias por leer mis relatos. Sus valoraciones y comentarios me animan a seguir."
Referencias:
— Fairway Fantasies, de HungTalesFL, en la web Lushstories.
— Inspirado en Serenity Cox, actriz amateur de Pornhub Community.
— Mi hijastra me pidió que le quitara la virginidad anal y no pude decirle que no, con Aliska Dark y Leo Casanova, en xvideos.
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