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“Si, ya sabes que si en el 2025”

Sabe que su novio la espera en casa, pero la tentación de lo prohibido la arrastra al asiento trasero de un coche vacío. Allí, entre sombras y risas ahogadas, descubre que su cuerpo responde a un deseo que no podía controlar. La línea entre la traición y el placer se desdibuja cuando él decide no solo tomarla, sino dominarla.

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“Si, ya sabes que si en el 2025”.

Publicado el 28 febrero 2018 Mi novia me es infiel; Yo estaba conforme con ello, pero perdimos el control. Su amante la domina y usa. (no sé si incluir el relato en infidelidad consentida o en dominación)

Releo esa vieja historia. Años después, desarrollo esta parte. En su momento pudo dar mas juego. No se me ocurrió entonces, hoy sí.………..

Esa misma noche, se lo pedí y me contó con todo lujo de detalles cómo se había dejado liar, cómo fue dejándose hacer hasta que se la fue de las manos y acabó morreándose y dejándose sobar las tetas en los asientos de atrás de su coche. El relato de 2018 se interrumpe y aquí comienza el nuevo…

Bueno y cómo me puso los primeros cuernos.Me dijo que se conocían... habían hablado en el trabajo. Sí, no negó que se había fijado en él. Y que le gustaba. La atraía más bien. Se saludaron de lejos a la entrada y luego, en el cóctel. Con los típicos besos de saludo, el roce de las mejillas ya la hizo cosquillitas. En la cena se sentaron juntos. Entre risas y vinos, no niega que hubo algún roce de más en la mesa. Y bajo le mantel también. Toques cargados de picardía. Juguetones. Muy disimulado sí, pero no dijo que no a nada en ningún momento. Y eso le dio confianza. Más de la debida. Para qué negarlo. Confesó que se puso algo caliente.

Luego llegaron las copas, los bailes, los roces. En la discoteca con la luz en penumbra y el jaleo, mezclados en la multitud, en cuanto se separaron de sus compañeros de trabajo, empezaron los toqueteos más en serio. Casuales al principio, pero cada vez menos disimulados... Y las miradas, sobre todo las miradas. Sí, las miradas de complicidad cara a cara. Y las que no eran tan de complicidad. Más de una vez le pilló mirándola descarado el culo, el escote… También las había graciosas, del estilo a “oye ¿me estás mirando los pechos?” y el “es que estás muy buena” por toda respuesta. Y claro las risas. Aguantaron hasta el final, prácticamente fueron los últimos en irse de la discoteca. De los compañeros no quedaba ninguno. Mejor. Así no había testigos indiscretos.

Después, luego, cuando llegó la hora de irse, pues claro ella había bebido. Lo mismo que él, pero como a los chicos el alcohol “os pega menos”, pues aceptó que la llevara a casa en coche. Aunque yo tenía su coche, casualmente llevaba las llaves del garaje. Metió el coche en su plaza de aparcamiento vacía, entre el todoterreno y la furgoneta. Allí, escondiditos, ocultos… Un buen lugar para despedirse o para charlar un ratito.

Reclinaron los asientos un poco. Al rato, para estar más cómodos pasaron a los asientos de atrás. Bajó ella primero. El la examinó de arriba abajo al salir del coche. Sabía perfectamente que se la comía con los ojos y que podía pasar de todo. Lo sabía y a pesar de ello abrió la puerta trasera y se montó otra vez. No dudó ni un instante.

Hablaban bajito y con esa excusa, para oírse mejor, fueron acercándose. Las caras se fueron juntando y no tardó el primer beso. Empezó el, pero ella no se apartó para nada.

El alcohol, los roces al bailar, el que le gustara, el morbo de la aventura… La tentación. El deseo de lo prohibido…

Estaba caliente. Cada vez más caliente. Se dejó rodear con un brazo y que la girara la cara ara besarse. La iba acariciando la espada Y poco a poco fue bajando. Cadera… Muslo… Sabía perfectamente que estaba empezando el juego y que no tardaría en subir. Sin dejar de besase jugó mentalmente a adivinar sus pasos. Lo primero rozaría un pecho suavemente. Como sin querer. Ella no diría nada. Se dejaría, y él, poco a poco avanzaría y comenzaría a tocarla las tetas. En el fondo todos los tíos son iguales, pensó. Es la misma estrategia de siempre.

Y no se equivocó. Se dejó hacer y solo pensó en disfrutar del momento en gozar con esos labios que la besaban deliciosamente.

Así que, entre morreo y morreo, cuando la metió mano en los pechos, acariciándolos con delicadeza, se la encontró ya casi rendida. Suavemente, por encima de la tela, jugando con los pulgares sobre los pezones, recorriendo los contornos con curiosidad, abarcándolos con la palma de la mano, apretando o girando la mano. Alternando los toqueteos, pasando de un suave roce a un fuerte y ansioso apretón. Jugando a meterse bajo la ropa. A salir y a volver a acariciarlos con su propia tela. Haciéndola imaginar lo que pasaría cuando la lengua o los labios sustituyeran a esos traviesos dedos y los dientes mordieran suavemente los pezones. El primer pecho ya no estaba dentro del sujetador.

Su respiración se iba acelerando. Su cuerpo respondiendo. Cada vez más y mas excitada. Más entregada.

La emoción, los nervios… Parecía que los botones se desabrochaban ellos solos. El sujetador que se suelta como por arte de magia… Y las dos tetas al aire. La cara de lujuria y el comentario que la hace gracia: “¡joder qué domingas!”, la dijo antes de lanzarse a devorarlas con el ansia de explorar lo desconocido, de descubrir su secreto.

Nada más sentir la lengua sobre sus pechos desnudos se derrumbó completamente. Hincho su pecho y jadeo. Sin palabras Un prolongado suspiro de placer le indicó que podía seguir, que podía hacerla de todo. La resistencia, si es que la había, se iba derritiendo como el hielo en las copas. Jadeaba. Gemía. Ronroneaba como una gatita mimosa. Todo su cuerpo temblaba. Cada caricia hacía sentir mil y una sensación. Los pechos eran suyos. Ya no la pertenecían.

No era la primera vez que otro tío que no fuera yo, la tocaba las tetas. Incluso estando conmigo más de una mano, mas de una boca, había disfrutado de esos pechos. Pero esta vez era distinto. Esas caricias la estaban volviendo loca. Era como si nunca se las hubieran tocado. Esas manos. Suaves pero fuertes al tiempo. Grandes. Tiernas. Cariñosas pero frías e insensibles a la vez. Dulces a la caricia de la piel. Ásperas al hacerla sentir que solo buscaban el premio de jugar con lo prohibido, con sus tetas. Cada caricia no se apoderaba de su piel. Se adueñaba de su voluntad.

Y cada caricia era un no va más que la arrancaba un jadeo. Y no digamos cuando metió la mano entre las piernas y la rozó el coñito. Todo su cuerpo tembló de placer. Y eso que fue por encima de la ropa. Él lo notó. Como para no darse cuenta. Si todo su cuerpo se convulsionó.

Me dijo que pensó, “bueno, si sigue tocando ahí, no pasa nada, le dejo que me haga una pajilla, solo una pajilla y ahí se queda todo.”

Por primera vez empezó a decirle que parara, que no queria seguir… Una tímida resistencia-. No me lo hagas… le decía, y él que vale, que solo llegaría hasta donde ella quisiera… Y ella se fio de él cuando de quien no debía fiarse era de si misma. No sé si él la engaño o ella quiso dejarse engañar. Más bien se autoengañó. Sabía perfectamente que a lo mejor no podría parar. En el fondo, seguramente lo estaba deseando. La humedad de su coñito desde luego le decía que sí, que siguiera.

El vértigo de lo prohibido se mezclaba con la boca que la devoraba los pezones, los dedos que la hurgaban apartando sus bragas… y sus jadeos… Y ni se dio cuenta de cómo había pasado. De repente estaba completamente desnuda. Y él también. Ella le había ido quitando la ropa. No podían verse. Solo tocarse. Eran dos sombras palpándose, comiéndose. Éramos como dos amantes ciegos, dijo muy cursi.

Y ya todo sucedió como si ella no estuviera allí. La boca la comía el cuello, los pechos, la barriga… los muslos… el coñito…Nunca le había gustado el sexo oral. Ni hacerlo ni que se lo hicieran, pero su lengua la desarmó nada más llegar ahí. Y un suave y prolongado orgasmo se adueñó de ella.

Y apenas recuperada, completamente rendida y abandonada al placer, se dejó montar. Sí que se subiera encima, que jugara con su polla a la entrada, donde la más le gustaba, rozando el clítoris con el capullo, y metiéndolo solo un poco en la vagina (eran sus caricias preferidas, las que más la hacía yo). Y al sentir su pene en la entrada llegó de nuevo esa sensación. Esas cosquillas que la hacían estremecerse, que la hacia temblar.

“No sigas”… decía sin convicción, no sigas susurraba casi sin voz, “No sigas”… decía casi diciendo que si, que no la hiciera caso, que no parara.

Dejó que empujara un poco. Adentro, afuera, adentro, afuera. “Solo la cabecita… solo esto… déjame sentir un poco tu interior”… decía él sabiendo que la mentía.

Y… Justo cuando empezaba a correrse, pues que se la metió toda de un viaje. Y que ya no dijo “no sigas, no sigas”… Solo gimió más fuerte. Bueno, dijo que dio un grito al sentirla toda dentro. No es que la hiciera daño, que va… todo lo contrario: gritó de placer. Por primera vez en su vida, dijo, grité de autentico placer. Fue un grito voluptuoso. Lascivo, cargado de lujuria. De auténtico sexo. De vicio si quieres. Imparable.

Y ya, pues con toda la polla dentro, pues ya estaba hecho. Ya daba todo igual, ya había sobrepasado la línea. Ya daba lo mismo, ya no había remedio. Simplemente se dejó hacer.

Adelante atrás, adelante atrás, adelante atrás. Y la boca la seguía comiéndola a besos. Y sin dejar de empujar, bajaba otra vez a las tetas y se las comía a mordiscos, y se las chupaba llenándoselas de chupetones. La lengua se metía hasta la garganta, los dientes la mordían los pezones, las manos apretaban sus pechos, los estrujaban con fuerza, pellizcaban y retorcían los pezones… y la sujetaban las caderas… o se las levantaban para embestirla con más fuerza…

Y cuando él le dijo que iba a llegar, que si podía… (supongo que descargar) ella le dijo que sí que adelante, que tomaba la píldora… Sintió cada uno de los espasmos de su pene al eyacular en su interior. Volvió a correrse al sentir como temblaba la polla dentro de su cuerpo y, sobre todo, al sentir cómo aquella polla la escupía chorros y chorros y chorros de semen caliente… La parecía que no paraba nunca, que no tenía fin.

Así se dejó follar la primera vez en el coche. Y puntualizó bien lo de “en el coche”.

No recuerda luego muy bien cuanto tiempo estuvieron. Sí que se vistieron rápidamente. Sin colocarse bien la ropa. Ya daba igual. Habían echado un polvo. Sin ternura, sin nada mas. Me había puesto los cuernos y listo. Para él, otra conquista. Otra tía a la que se había cepillado. Y quién sabe si el lunes en la empresa, otra hazaña que contar.

Una fría despedida. Como si los dos tuvieran prisa por irse de allí. Subió en el ascensor. Rápida abrió la puerta. Se apoyó por dentro. Se vio en el espejo. Despeinada. La blusa medio abierta. Las tetas casi al aire. Sin sujetador. Mal cubiertas por la americana. Rojas. Con alguna marca. La falda algo descolocada. ¿sus bragas? No recordaba… y metió la mano tocando directamente su vello. Con las prisas ni se acordaba. Le había regalado otro trofeo más.

Y empezó a sentirse mal por lo que había hecho. Sí, se sintió fatal, pero se corrió. Se había corrido. Y no una vez, sino varias veces. En casa no paraba de llorar. Se desnudó con prisas, como con rabia, como queriendo quitarse la culpa junto con la ropa. Y fue a darse una ducha. Sentía remordimientos y sabía que no estaba bien lo que había hecho, pero que no podía evitar sentirse excitada.

Y para colmo, notaba que aquello seguía dentro de su coñito. Se fue a limpiar y se tocó. El semen rezumaba en su coño. Sintió su tacto viscoso. Solo fue un roce, un pequeño toque y ya no pudo separar la mano. Tuvo que masturbarse. Se sentía ridícula allí desnuda, manchada aun de semen y masturbándose tirada en el suelo como una desesperada, llorando y corriéndose a la vez…

En ese momento llamaron a la puerta. Se asustó. ¿Quién sería a esas horas?¿Yo tal vez? ¿Algún vecino la había visto? Si ese fin de semana no había nadie. Lo sabía perfectamente. Una tremenda sensación de miedo, o más bien de culpa la hizo levantarse a toda velocidad y mal envolverse en la toalla. Metió un extremo haciéndose el típico nudo que hacemos todos al salir corriendo de la ducha.

Fue a ver. Miró por la mirilla y era él con el bolso en una mano y el sujetador asomando. En la otra las braguitas. Seguramente se lo había dejado olvidado en el coche.… Abrió la puerta y…

Entró. La miró de arriba abajo. Ninguno dijo nada. Silencio. ¿Qué decirle al tío que te acaba de follar sabiendo que tienes novio? ¿Y el? ¿qué te puede decir él si te ve así, con los ojos de haber llorado, envuelta en una toalla sabiendo que estás desnuda?

Tenía que decir algo, hacer algo. “Iba a meterme en la ducha” balbuceó sintiéndose ridícula.

Con un solo movimiento agarró el paño a la altura del nudo. Un solo zarandeo, seco, brusco y la toalla fue directa el suelo. Ni la preguntó, quería verla desnuda y directamente la quitó la toalla. Sin más. ¿para qué mas?

Se quedó inmóvil, en posición de “firmes”, delante de él. Con cara de no saber qué hacer, gimoteando. Completamente desnuda.

Sus ojos brillaron de lujuria. Si, se la había follado en el coche, pero verla así en pelotas… Sin dejar de mirarla a los ojos alargó las manos.

Sujetó los pechos por debajo y los levantó varias veces, como sopesándolos. Una pequeña sonrisa. Desde abajo subió la mano con rapidez. Sonó como una bofetada. El pecho se movió temblando. Plas. Resonó seco. Sonrió. Lo hizo con el otro. Plas. Una vez, dos veces. Luego agarró los pechos con los dedos abiertos. Como si sujetara una pelota de balonmano. Los movió en todas las direcciones, los estrujó, los apretó con fuerza clavando los dedos. La hacía daño, pero no se quejaba. Estaba paralizada, los brazos inertes, pegados a las caderas, mirándole en silencio, como hipnotizada, como en un estado de schok.

Los estrujó, giró las muñecas y los retorció. “Qué tetazas tienes”... dijo.

Bajó la mirada y se miró. Tenía los pechos rojos por los manotazos. Vio extasiada como esas manos ansiosas sobaban sus senos. Avergonzada vio como sus tetillas estaban encabritadas. Si porque a pesar de los guantazos y esas ásperas caricias, los pezones se habían recogido sobre sus areolas, estaban puntiagudos y duros como piedras, apuntando al frente como lanzas. Sin saber por qué esas “bofetadas” en las tetas y esa forma tan animal de estrújaselas, de maltratárselas, estaban despertando en ella sensaciones desconocidas… Y la estaba excitando.

Cogió los pezones entre los dedos pulgar e índice. Los restregó y los apretó. Los estiró haciendo levantar todo el pecho. Los soltó para verlos botar y rebotar. Volvió a repetirlo. Y luego más golpecitos que hacían bailar los pechos en todas las direcciones. “Que tetazas tienes”, repitió. “Me vuelven loco estos melonazos.”

No se lo dijo. Fue como si solo con su mirada se lo ordenara. Ella bajó los ojos y miró a la entrepierna. Y vio el bulto de los pantalones. Sonrió socarrón. “¿Ves cómo me ponen estas tetas?” dijo estrujándolas con fuerza.

Se separó un poco y la miró obsceno de arriba abajo. Volvió a levantar sus pechos tirando dolorosamente de sus pezones hacia el techo haciéndola ponerse de puntillas.

En ese momento vio el marco de la entrada. Nuestra foto. La miró a los ojos con sonrisa de ganador. No hacia falta preguntar quien era el de la foto. Tenía a la tía que estaba más buena de la oficina completamente en pelotas, y agarrada por las tetas delante de la foto de su novio. Increíble.

Sin soltarla el pecho, la otra mano bajo a la entrepierna. Sus dedos se enredaron en la mata de vello. Agarraron y tiraron de ella varias veces, como comprobando lo unidos que estaban al cuerpo, como queriendo arrancárselos.

No dejaba de alternar la mirada: de los ojos y a su sexo, de su sexo a los ojos. Quería ver su rostro, quería ver qué decía su cara. Estudiar sus reacciones. Luego puso la palma de la mano cubriéndola todo el coñito. Se lo restregó. Separó los labios. Dos suaves toquecitos al clítoris. Suficientes. No necesitó ninguno más para que sintiera como un escalofrío, como una descarga eléctrica que hizo convulsionar todo su cuerpo.

Disfrutaba sintiéndose dueño de la situación. Sonrió abiertamente y miró a nuestra foto. Soltó su pecho un instante. Lo necesario para sujetar con fuerza su cara por la mandíbula y girársela obligándola a mirar hacia la foto. Entonces, hurgó en su sexo y metió el dedo anular en su agujero penetrándola todo lo que pudo. Hacia los lados, arriba, abajo, arriba, abajo… Sin quererlo su cuerpo estaba empezando a temblar. Estaba más que excitada. Pero sin moverse. No hablaba, no decía nada, no se movía. Solo se dejaba hacer completamente inmóvil

Se la escapó un gemido. Volvió a mirar nuestra foto.

El anular estaba en la vagina, moviéndose en todas las direcciones entre sus húmedos labios. Lo sacó. Se lo enseñó poniéndolo frente a ella. Estaba húmedo. Brillante. Se lo hizo chupar. Sabia a sexo, a su propio sexo. Lo repitió. Pero ahora fueron dos dedos los que hurgaron en su interior. Otra vez se lo acercó a la cara. Pero ahora la embadurno. La restregó su humedad por las mejillas. Sus jugos se mezclaron con las lágrimas. Cuando volvió a acercárselos a la boca y ella separó dócilmente los labios supo que la tenía a punto de caramelo. La sujetó por los hombros, la meneó hacia los lados haciendo bailar divertidos los pechos. La giró sobre si misma. La puso mirando hacia la pared, hacia la foto, y la empujó reclinándola un poco. Tuvo que estirar los brazos. Las tetas la colgaban. Eso es lo que él buscaba al colocarla así. Las agarraba y estrujaba como si se las estuviera ordeñando. Luego fue bajando por su espalda. Acaricio la grupa un buen rato. Hasta que la dio un fuerte y sonoro azote en las nalgas. Hizo temblar sus carnes. “Buen culo, guarra”, dijo satisfecho.

Empujó su cabeza. La sujetó la cara a escasos centímetros de la foto haciendo que no pudiera apartar la mirada, y en ese momento, sujetándola la cadera con una mano, desde atrás, metió los dedos otra vez en su coño. Todo lo que pudo. Todos lo que entraban en su coñito abierto y jugoso. Gimió.

Empujaba, los retorcía dentro, se los metía con tanta fuerza que la levantaba un poco del suelo, la hacía ponerse de puntillas. Jadeaba. Lloraba. Gemía. Gimoteaba al tiempo. Todo su cuerpo temblaba. Sentía el vaivén de sus pechos colgando y meneándose como locos. Y él sonreía prepotente, dominante.

Ella no hacía nada. No se resistía a nada. Se dejaba llevar. Miraba la foto, veía nuestros rostros. Se sentía sucia. Excitada y sucia. Una traidora, una infiel… pero al mismo tiempo sentía los dedos dentro de sí y cómo el placer se iba adueñando de todo su cuerpo. Desde sus descalzos pies hasta su cabeza. Pasando por su coñito, por sus pechos… No podía pararlo. No podía detenerlo. Estaba empezando a convulsionarse.

Y por primera vez hizo algo. Le agarró una muñeca y llevo la mano a sus pechos. Se dejó colocar echando aún más hacia tras sus caderas. Quería sentir más adentro esos dedos.

Y aquello empezó. Empezó a correrse nada más sentir como tiraba de sus pezones, cómo volvía a abofetear sus tetas, a maltratárselas desde su costado, estrujándolas hasta hacerla daño.

Quien se lo iba a decir. Su compañera de trabajo… Esa que estaba tan buena… Como decía el portero, la que levantaba rabos al pasar. Pues allí la tenía. En pelotas. Dejándose magrear las peras, dejándose pegar en las tetazas y lo mejor de todo dejándose meter los dedos en el chocho. Quien lo iba a pensar… Menuda guarra estaba resultando que era la niña.

Allí la tenía jadeando, haciéndola una paja mirando la foto de su novio. Y encima consiguiendo que se corriera mientras la castigaba las tetas y la metía los dedos hasta adentro del coño. Estaba tentado de empujar más y meterla todo el puño a ver si cabía, pero se cortó.

Estaba contento. Orgulloso. Quien no iba a estar orgulloso de tener a una tía así a su disposición.

Apenas la dejó recuperarse del orgasmo. No quería que se enfriara. “Venga, vamos so puta”. No la preguntó si queria o no, simplemente se lo ordenó. La hizo caminar delante de él. Ella sabía dónde tenía que ir. Se la llevó a la cama sin que abriera la boca.

Al llegar a la habitación encendió la luz. La cama estaba sin deshacer. Aun ni se había metido en ella. Y allí se quedó sin saber qué hacer. Inmóvil frente a la cama.

“Vamos zorra menea ese culo, que no es la primera vez que te traes a un maromo para follar”… dijo mientras de un tirón quitó la colcha al suelo.

Iba a decirle que no, que nunca había traído a nadie a su habitación que no fuera yo, pero no pudo ni abrir la boca.

“¡Prepárate joder!”… Un fuerte y sonoro azote en las nalgas y la empujó de bruces. “Pero qué buena estás… Te voy a follar hasta por las orejas”.

Se dio la vuelta y se puso boca arriba mientras él se desnudaba.

Por primera vez le iba a ver desnudo. Miró con curiosidad su cuerpo. Sin un solo pelo. Solo sus genitales cubiertos por encima con una mata de vello oscuro y rizado. Como las estatuas griegas, pensó.

Su cuerpo era diferente al mío. El mío peludo. El del no. De altura, complexión... Más o menos igual.

Se fijó lógicamente en su polla. Tenía, bueno más bien queria, necesitaba verla. Mirarla. No había visto muchas “al natural”. Había estado con pocos tíos. Dos o tres antes de estar conmigo. Pero si era la primera vez que me ponía los cuernos. Era parecida. Tal vez algo más gruesa. Los cojones no, los cojones eran super gordos, colgantes. Le recordaron a los de un carnero que vio un día en una feria de ganado. Sonrío para sus adentros. Pero lo que le llamo la atención, poderosamente, fue el color del capullo. El glande era rosáceo. No, rosáceo no, casi morado. Y el tronco… Venoso. Tieso. Casi en ángulo recto. Tal vez apuntando algo hacia arriba. Antes de tocarlo sabía que estaría tenso, duro.

Desde luego no era una super polla espectacular, pero... Le había dado placer en el coche. Mucho placer. Y... Se iba a volver a entregar a ella. La iba a volver a poseer. Ese rabo que la apuntaba iba a volver a ser su dueño.

Se acostó a su lado.

“Pedazo de guarra”, dijo despectivo pero cargado de lujuria mientras la morreaba. “Pero qué buenísima estás, so puta”.

Las manos volvieron a apoderarse de los doloridos pechos, a jugar con los pezones. Su boca a besar sus tetas mientras incansable tocaba su coñito. Masturbándola suavemente, haciéndola desear que ese rabo que se rozaba con el muslo de vez en cuando volviera a apoderase de ella, volviera a poseerla.

Sabía que estaba mal lo que estaba haciendo. Se sentía fatal, pero era incapaz de parar. Lo deseaba. Era su cuerpo y no ella quien que mandaba. Todo su cuerpo queria que aquello no tuviera final. Queria, ansiaba, necesitaba sentir sus labios, sus caricias. Quería volver a sentir como esa polla tiesa, dura como un palo, volvía a abrir su vagina. A taladrar, como él la decía susurrando en su oído, “voy a taladrar tu puto coño de guarra”.

Si, porque la insultaba. La llamaba guarra… Puta... Zorra… De todo. Y a ella le gustaba. La atraía esa forma tan vulgar de hablar. La excitaba, la enloquecía cada palabra soez que decía. Y cuanto más bestia mejor. No había ningún romanticismo. Era sexo, solo sexo, simplemente sexo. Sin adornos, sin tapujos. Era sexo vulgar. Ni siquiera eran dos compañeros de trabajo, eran tan solo una polla y un coño. Eran los únicos protagonistas. No había nada más en esa la habitación.

Temblaba. gemía, jadeaba. Estaba como en una nube, en un estado permanente de excitación. Como si fuera a empezar a correrse de un momento a otro... O como si llevara corriéndose todo el tiempo, desde que la hizo llegar por primera vez apoyada en la pared. O mejor dicho, desde que la empotró por primera vez en el coche y se sintió ensartada, traspasada de lado a lado.

Todo su cuerpo era de él. Podía hacer con ella lo que quisiera.

Y le oyó gemir… “Te la voy a meter hasta que te salga por la boca, so puta” la gritó.

Frenético, como un poseso se colocó entre sus piernas y metiendo las manos bajo sus rodillas la levantó por las caderas. Colocó la polla a la entrada de su coñito y empujó. Fue una penetración potente. Profunda. Su cuerpo se doblaba con su peso, las rodillas casi descansaban sobre los pechos… Y él se incorporaba para lograr unas embestidas cada vez más bestias, más animales, más primitivas.

Se iba a correr. Indudablemente. Y ella iba a acompañarle. Su pecho se hinchó. Llenó sus pulmones hasta casi reventar. Apenas podía respirar… Se comía el aire a bocanadas. La faltaba el aire. la explotaba el pecho. El corazón latiendo a mil por hora.

Pero por nada del mundo quería parar. Intentó clavar sus uñas en las nalgas para que no dejara de empujar. En esa postura no llegaba y se tuvo que conformar con volver a dejarlas caer a sus costados. Las manos se aferraban a las sábanas arrugándolas entre los dedos. Agarrándose a ellas como si su vida dependiera de ello. Temblaba. Se convulsionaba. Sus piernas rodeaban las caderas y le empujaba con los talones. Eso si podía hacerlo.

Y explotó. Explotó en un orgasmo descomunal. Estalló. Así de sencillo, así de simple. Reventó gritando como nunca había hecho. Haciéndola perder casi el sentido. Llegó a pensar que aquello era inaguantable, que la iba a matar. Fue brutal.

Y casi al instante, fue su turno. Un tremendo empujón que la hizo hasta crujir la espalda. Pensó que ese latigazo de placer la había roto al medio. Sintió que la había metido la polla tan adentro que iba a cumplir sus amenazas e iba a terminar sacándosela por la boca. Creyó que hasta sus enormes cojones se habían mentido dentro de su coñito. Se tensó. Todo su cuerpo se tensó. Y se quedó inmóvil. Empezó a sentir los estertores de su polla. Un chorro, otro chorro… Y ella siguió moviéndose. Necesitaba sentir aún más esa polla, necesitaba exprimirla aún más….

Cuando salió de ella estaba desfallecida… Agotada, respirando con dificultad como si hubiera corrido mil maratones… El pecho no daba de si, necesitaba meter mas aire. Se inflaba y se desinflaba escandaloso…

“Qué te pasa guarra, parece que te ha gustado ¿eh?”

Apenas podía contestar. “… nunca… me… lo… habían… hecho… así”…, dijo. Casi se la escapa lo que pensaba en esos momentos: “nunca me habían follado así.”

“¿Qué? ¿Nunca te habían dado rabo en condiciones o qué? ¿En serio?¿nunca te han metido una buena polla?. ¿No te han echado un buen polvo?“

No contestó… Una polla sí la habían metido, y dos y tres. Esta era la cuarta. Pero nunca la habían follado de esa forma tan primitiva, tan animal. Esa era la diferencia.

Le vio levantase al baño. No recuerda si tardó en dormirse más de un minuto en dormirse.

El siguiente recuerdo es que se despertó cuando volvió a sentir su peso encima de ella y se dio cuenta que estaba intentado metérsela…

“¿Pero quieres otra vez? dijo somnolienta… ¿aun tienes ganas?…

“Calla la boca y ábrete bien so zorra… A las guarras como tu hay que darlas una buena ración de rabo”…

“¿Eso es lo que soy para ti, una guarra? Dijo con un tono algo ofendida. Su primer y único gesto de resistencia. Un amago.

“¿Una guarra? ¿Una guarra? Tu eres una puta golfa. Pregúntaselo a tu novio a ver qué te dice, no te jode…

Un violento empujón la hizo chillar. Volvió a sentirse abierta, traspasada. Y en cuestión de minutos ya no había ninguna discusión, ni una sola protesta, solo jadeos, gemidos, morreos…

“Zorra te voy a follar tanto que te voy a dejar el chocho en carne viva”…

Estuvo toda la noche follándosela sin parar… Descansar, recuperarse un poco y otra vez al ataque. Hasta que los dos acabaron rendidos, exhaustos.

Y al día siguiente al despertar volvió a hacérselo. Sin decirla nada. Simplemente. Aun no había abierto los ojos del todo y volvió a sentir otra vez como su peso la aplastaba. Sin juegos. Sin preámbulo. Sintió como la separaba los labios con los dedos y se colocaba. Notó la cabeza de su dura polla en la entrada. Como en el coche. Pero esta vez iba a ser diferente. Sabía lo que iba a pasar. Un empujón que la hizo gritar. Raspaba. No resbalaba. Estaba cerrada. Y volvió a hacerlo.

“No, para. Para, para… “No la hizo caso. Se retiró, pero para volver a empujar y a hacerla gritar. Ahora de dolor. Sonreía déspota. Sádico y dominante.

“Eres un cabrón… me estás haciendo daño”… Las lágrimas resbalaban mejilla abajo.

Puso las manos en el pecho para apartarle, intentó empujar para que se saliera de ella. Sujetó las dos manos por las muñecas con tan solo una de las suyas por encima de su cabeza. Una bofetada en la cara y un empujón violento que la hizo sentir la polla muy muy adentro. La miraba. Pero ni una palabra. Ni siquiera un insulto. Dos bofetadas más. Una de cada lado.

“Cállate zorra y abre las piernas puta”

Recordó lo que había dicho en la cena: algunas mujeres solo son un pedazo carne donde frotar la polla, dijo. Todos se rieron del comentario machista. Hasta ella. Y mira tú por donde, así se sentía ella ahora. Era solo un pedazo de carne para que su polla se frotara, para que sus cojonazos descargaran...

Lloraba. De dolor, de humillación. Sobre todo, empezó a llorar cuando otra vez se dio cuenta que, al poco tiempo, su coño estaba chorreando y su cuerpo ya no la obedecía. Lloraba mientras volvía a sentir esas cosquillas, ese placer, ese no poder contenerse…

Ese tener que darle la razón…

La polla entraba y salía sin ningún problema. Se deslizaba fácilmente. Chapoteaba en su coño. Se oía perfectamente.

“¿Lo ves? So cerda… Te vuelves loca con un buen rabo entre las piernas”

Y otra vez a correrse, a rodearle con las piernas para que empujara más y más adentro, para poder sentir su polla completamente… Otra vez a mover las caderas acompasándolas a sus embestidas. El contraer los músculos de la vagina tratando de retener el tronco de ese rabo que la taladraba sin parar… ¡dios como la estaba poniendo!…

Todo era asquerosamente excitante. Todo la ponía a mil. El ruido de los cuerpos, el chapoteo de su sexo mientras ese potente rabo la invadía una y otra vez, mientras su polla resbalaba nauseabundamente en sus anteriores corridas. Todo la hacía sentir mil y una sensación placentera, enfermizas y morbosamente placenteras.

Las gotas de sudor que caen sobre su rostro mientras prepotente la empujaba sin parar. El respirar con dificultad, el ruido de las pelvis al frotar los pelos… Sentir sus huevazos detenerse a la entrada, sentir como sus cojonazos la decían que había llegado al final, que ya no podía meterla más el rabo… Esos golpecitos, esos divinos golpecitos…

Y ya no hacía falta que la sujetara las manos, ella le abrazaba, le clavaba las uñas en el culo para que la apretara más, para que la penetrara con más ganas… Para que la dejara… para que la dejara bien follada… Daba igual todo. No la importaba ya… Podía hacerla lo que quisiera, follarla como le diera la gana… incluso hacerla daño… Se lo merecía por guarra…

Si… porque se sentía como una auténtica guarra. Y como decía él… “a las guarras hay que darlas una buena ración de rabo”… Y ella lo era… ella una guarra… Se lo había dicho él por dejarse follar teniendo novio… Precisamente él, el tío que la había abofeteado las tetas, que la había desnudado en el coche y se la había clavado hasta que no le entraba más. El machista ese para el que las mujeres no eran nada… y encima daba clases de moral y ética.

Ya daba igual, ella era una guarra y porque lo era pedía más polla… Era una guarra y por serlo tenía derecho a pedir más… Y queria ese rabo… Necesitaba seguir sintiendo ese infinito placer, esa embriaguez de sexo que la llevaba hasta la locura...

“¡Te voy a dejar el coño en carne viva so puta!”…

“¿Soy tu puta? Contestó gimiendo sin saber ni lo que decía… Pero él si lo sabía. Perfectamente…

“No zorra no… No eres mi puta… No… Todavía no… No tengas prisa… Ya serás mi puta… Ya verás como en unos meses te tengo follando con quien me dé la gana”…

No… gimoteaba moviendo la cabeza como por inercia.

“Si, putita si... En unos meses te voy a tener de puta follando con quien yo te diga. Te guste o no… Quieras o no, vas a follar con quien yo quiera… Aunque me da que si te vas a querer… Y te va a gustar… Sí… Si te va a gustar mucho…

No… no… no… repetía susurrando, queriendo negar con la voz lo que su cuerpo y ahora su mente decían que sí. Que sí, que sí, que sí…

Negaba y lloriqueaba moviendo la cabeza con desgana, con desidia. Aunque ahora sus movimientos eran acompañados de prolongados jadeos, y con cada fuerte embestida, de vergonzosos gemidos y algún que otro gritito de placer.

No… no… no…

“¿No? ¿Cómo qué no? Si solo hay que mirarte… Si te vuelves loca con un rabo entre las piernas”...

No… no… no…

“Ya verás, ya… Con este cuerpo y estos melones no te van a faltar pollas. Vas a estar follando día y noche… Vas a estar más tiempo con las piernas abiertas que cerradas...”

“Anda guarra… que te va a gustar… Mírate la cara de puta que tienes”. Cogió el pequeño espejo de la mesilla. Era la imagen de la lujuria, del placer. Volvió la cara. Cerró los ojos. No quería verse. No queria qué cara tenía mientras la estaban follando.

Sabía lo que hacía… Controlaba la situación. La controlaba a ella. Se detuvo. Quieto. Su polla la tenía completamente ensartada. Y un rápido y violento vaivén. Un empujón potente. Abrió los ojos de par en par y la boca también se abrió silenciando un grito que no pudo escapar. Expiró lentamente para volver a llenar sus pulmones a tope, para inflar su pecho de aire. Se vio. Claro que se vio. Y era ella. Aunque no quisiera reconocerse, era ella. Era el placer. En ese momento sintió que algo dentro de ella se quebraba.

“¿Te ves? ¿Ves qué cara de puta tienes?” Sabía que sus palabras podían ser verdad.... Podían no… eran verdad, porque no solo era su cuerpo… era también su mente. No su mente no. Su mente no paraba de llamarla a la cordura, a recordarla que aquello no podía ser, que no estaba bien, que tenía que parar, que aquello la iba a arrastrar a no se sabe dónde…

Pero cada vez que la embestía, la hacia gemir, y esa polla se apoderaba un poco más de su voluntad. Y la hacía más débil. Conseguía que se dejara llevar, que se abandonara al placer desenfrenado. Su voluntad ya no la pertenecía. Ahora era distinto a todo lo sentido hasta ese día. No había amor, había sexo. Era un sexo profundo, primitivo, instintivo… intimo. Su cuerpo estaba sintiendo lo que nunca había sentido.

En el momento justo, como si todo estuviera predestinado, como si todo estuviera ya escrito en un guion premeditado... O simplemente tenía que pasar así y pasó. El caso es que como si él supiera el momento exacto volvió a llamarla de todo… Volvieron sus palabras. Pero ahora no solo eran insultos… había más.

“Eso es, zorra… muévete así… Joder qué bien follas, so puta… Me encanta como mueves el potorro…. Joder qué ansía tía… qué bien te lo haces… tienes un puto coño come pollas… un coño tragón”…

Y justo en ese momento, zas, cuando ya estaba completamente entregada, rendida al placer, enganchada totalmente a esa droga, lo soltó. Fue una carga de profundidad que penetró muy dentro de ella. “Ya verás, ya… cuando te ponga a follar se van a volver locos con este coño tragón”… Caló muy en su interior y ya no contestó, no dijo ni si, ni no… Solo gimió.

Ya no decía que no. Ya no movía la cabeza negando. Solo jadeaba. Solo podía gemir. Todo su cuerpo temblaba. Se convulsionaba. Sus caderas se movían descontroladas buscando ansiosas sus embestidas.

“Zorra… follas como si no hubiera un mañana”… ¡¡Tía follas como si este fuera el ultimo polvo de tu vida!!,

Y en cierto modo era verdad, porque después de ese día o esa noche, o ese despertar, ya nada podría ser lo mismo, nada volvería a ser igual. Toda su vida sería un antes y un después. No había marcha atrás. El paso estaba dado. Se había dejado follar en el coche poniéndome los cuernos, se había entregado otra vez a su amante y se había rendido en cuerpo y alma. Siempre se ha dicho que la primera vez es la difícil, las demás viene rodadas. Y ella había tenido ya la primera, la segunda, la tercera… No había marcha atrás. No podía haberla.

Que la hubieran follado como a una guara cualquier en un coche era lo de menos. Una noche loca la tiene cualquiera. Una canita al aire. La metieron un buen rabazo y se terminó. No tenía importancia. No era la primera tía que caía y no pasaba nada. Una mala resaca y un secreto más que ocultar. Nada más, ahí quedaba la cosa. Como mucho un recuerdo de un buen polvazo, de algo que se prueba y no se repite.

No. Esto había sido distinto. No solo la habían metido un rabo y se la habían follado. Se la había calzado como a una cualquiera. Su cuerpo había vibrado como nunca, los orgasmos habían sido bestiales, gigantescos… y con cada polvo su rabo se había apoderado un poco más de su voluntad. La había follado por dentro y por fuera. Había llegado a rincones de su alma que ni ella misma conocía. Y cada palabra que decía, cada insulto la doblegaba más, la rendía más. Cada vez que la llamaba puta se apoderaba más y más de ella.

“Ábrete bien, que te voy a llenar el chocho de leche cacho-golfa”… La llegada de un nuevo orgasmo empezó a nublar su mente.

Y de nuevo fue como si reventara una presa de un rio. Como abrir una puerta de golpe. Todo salió de repente, el rio se desbordó. El placer la inundó. perdió el control de su mente, de su cuerpo. Todo era lujuria. Placer desbordante.

Miró el reloj. Se levantó. Fue al baño o a la copina. No recuerda.

Ella seguía allí. Espatarrada, con los brazos en cruz en la cama. Jadeando. Aun cansada. Recuperándose. Adormilada.

Luego se vistió y se fue. Ni un beso de despedida ni un simple adiós. La sensación que la quedó fue peor que en el coche. Ahora si tenia claro que solo la estaba utilizando, solo se la había follado, solo la había usado para descargar los cojones. Puta, golfa, zorra, guarra… se lo había dicho de todas las maneras posibles. Estaba muy claro lo que era para él. Solo le había faltado dejar un billete en la mesilla. Y lo malo es que ella se sentía así.

Se hizo un ovillo y empezó a llorar. Se tapo la cara con la almohada mientras lloraba. No quería oírse. Se sentía sucia. Tal vez lo de por la noche… Alcohol, el desenfreno de la fiesta… Pero lo de por la mañana… La de cosas que la dijo, la forma de penetrarla, de tocarla… Se daba asco a sí misma por haberse entregado así, por haberle dejado hacérselo de esa forma. La había visto desnuda, la había tocado el sexo, jugado con el todo lo que quiso, la había masturbado, metido los dedos… magreado y maltratado las tetas… todo su cuerpo estaba sucio, manoseado tocado, sobado… ¿Y ella? ¿qué había hecho ella? Dejarse hacer. Entregarse y no decirle a nada que no.

Y lo más increíble. Aun no le había tocado la polla. Sí, no se la había acariciado ni una sola vez. Su mano no conocía ni su tacto, ni sus formas… Recordó sus hinchadas venas. Recordó como sus ojos se quedadron fijos, clavados en ella, cómo adivinaban su dureza… Le hubiera gustado sentir su forma, su calor, rodearla, masajearla... y sobre todo, poder acariciar esos cojonazos… redondos, cargados… Poder jugar con ellos, mirarlos de cerca… Hubo un momento en el coche que la tuvo cerca de la cara. Él no lo vio. Pero sin quererlo separó sus labios… abrió su boca esperando que la invadiera… Odiaba el sexo oral. Nunca lo hubiera hecho con un desconocido a la primera, pero con él… Se la hubiera mamado, se la hubiera lamido sin rechistar. Era suya, completamente suya…

Y volvió a llorar amargamente. Sin haberse dado ni cuenta, solo con recordar esa polla su mano se había internado en la entrepierna… Inconscientemente estaba acariciando su coñito. Su otra mano, acariciando sus doloridos pechos. Y estaba muy, muy cerca de volver a correse. Hizo lo que quiso con ella, pero hubiera podido hacer más, mucho más… Desde el primer momento, desde que la desnudó y se la cepilló en el coche… Y ella se hubiera dejado.

Estaba atrapada. Atrapada en una espiral de lujuria de la que no podía salir. No podía escapar de allí porque no queria, porque solo deseaba que no se acabara nunca.

Giró sobre si mima. Estaba al borde de la cama. Se dejó caer al piso. Siguió tocándose allí. Arrastrada en el suelo. Le gustó sentir la dureza y el frio del terrazo en su cuerpo.

Se incorporó un poco. Se encontró mordiendo la almohada con la cabeza apoyada en la cama. Estaba arrodillada frente a la cabecera. Se separó un poco sin dejar de morder la almohada. Lo hizo porque quiso volver a sentir como sus tetas desnudas colgaban, se balanceaban, se agitaban con cada movimiento. Quiso volver a sentir su peso. Las hizo oscilar con un rápido movimiento de hombros. Mentalmente se llamó a sí misma tetazas. Sin dejar de masturbarse, de jugar con el clítoris, empezó a acariciárselas como lo había hecho él. Le imitaba y trataba de meterse los dedos todo lo que podía para sentirlos muy adentro y se lo repetía una y otra vez… Tetazas… Mira cómo me ponen estos melonazos… Eso había dicho él.

Le gustaba sentir cómo los dedos chapoteaban dentro de su coño lleno de lefa y jugos. Otro día la hubiera parecido asqueroso. Repugnante. Pero hoy no, hoy lo disfrutaba. Embriagada de esa sensación tan morbosa, sacó los dedos y se los llevó a la boca. Como él la hizo en el vestíbulo de su casa. Apestaban. Pero ahora también sabían a él, sabían a su semen. No la importó. No le dio asco ni ninguna arcada, no la resultó repugnante. Hurgó en su cuerpo. Embadurnó los dedos todo lo que pudo y lo repitió.

Siguió con ese juego disfrutando de lo que se estaba haciendo. Imitándole, tratando de recordar, de revivir lo que él había hecho con ella. Incluso, se estiraba los pezones y se golpeaba las tetas.

Se vio a sí misma en esa postura, casi a cuatro patas, con el culo en pompa, tocándose. Se gustó. Se sintió lasciva. Más que sexy, se vio guarra. Seguro que, desde atrás, se veían asomar los hinchados labios del coño. Se imaginó que estaba allí, tras ella, mirando su culito meneándose. Sus tetas colgando, y ella sacudiendo su culito como una gata en celo.

Parecía una yegua, lista para ser montada. Lo que nunca se le hubiera ocurrido pensar. Sonrió divertida.

Mientras seguía tocándose, en su cabeza, repetía frases soeces. Algunas inventadas. Muchas oídas en pelis porno. Y no la hubiese importado que cuando se la cepilló en la cama, la hubiera colocado así y la hubiera montado, que la hubiera cubierto como a una yegua. O como a una cerda.

Se recriminó y se abochornó por pensar eso. Qué vergüenza el pensar eso. El desearlo. Sabía que se arrepentirá al día siguiente. Pero la cordura y el buen juicio duraron solo un instante. Pudo más el deseo de romper esa barrera de la sensatez. El deseo de transgredir, la atracción de lo prohibido. Una sensación parecida a la del coche… Solo un poquito, seguir un poquito, la falsa sensación de poder parar. Solo un poquito y acabó ensartada en su polla. Fue él el que empujó, el que “la sedujo” el que llevó las riendas del juego. Ahora era distinto. Era ella la que quería alcanzar ese placer, ese sucio placer. Y lo queria sabiendo no solo que no habría marcha atrás, sino que si seguía adelante aceptaría todo lo que había pasado. Y lo que pudiera pasar el día de mañana. Reconocería que tenía razón cuando la llamaba guarra o puta por dejarse hacer todo eso, por entregarse de esa forma.

Retorcerse un pezón y sentir una corriente eléctrica de placer recorriéndola entera. Se acabaron las recriminaciones. Se terminaron los remordimientos. Lo hecho, hecho está. Su mano volvió a moverse más rápido en su coñito. Y su cabeza dejó volar la imaginación. Se dejó poseer por esos turbios deseos.

En ese momento, le hubiera gustado que volviera a entrar en la habitación, que no se hubiera ido. Le hubiera encantado que le hubiera sorprendido así, en esa vergonzosa postura.

Volver a sentir esa mirada, con esos ojos cargados de lujuria. Saber que su polla se pondría tiesa al verla así. Sin duda, la hubiera llamado puta.

Recordó sus palabras. Esa turbadora frase resonó en su cabeza como si estuviera allí delante de ella: “eres una zorra, te mueres por mi rabo”

Deseó oírselo otra vez, deseo que se lo hubiera dicho otra vez. Y sobre todo que se lo hubiera repetido antes de volver a penetrarla. Si se lo hubiera repetido ya no se habría callado. Habría respondido que sí, que quería esa polla, que quería que se la metiera.

Le hubiera gustado que la hubiera vuelto a decir que era una puta y que lo hubiera poseído así, en esa postura, sujetándola por las caderas, haciendo menear sus tetas con cada embestida, azotándola el culo con las manos, montándola como a una yegua, follándosela como a una perra.

Sí. Se hubiera dejado follar así, tal cual estaba. Internamente lo deseaba, lo necesitaba. Su sexo chillaba, se lo reclamaba. Le hubiera llamado por teléfono. Se llamó idiota por no haber apuntado su número. Por un lado, mejor. Solo el pensarlo supo que si hubiera tenido el teléfono hubiera llamado. Para decirle cómo estaba, para suplicarle que regresara. Luego se iba a arrepentir toda la vida. Perolo hubiera hecho.

Se imaginó llamándole. Le hubiera dicho que volviera. Le hubiera convencido contándole que estaba completamente desnuda, describiéndole la postura, diciéndole que quería ser suya así, que podría entrar en la habitación y volver a tomarla. Sí. Si era necesario hasta le suplicaría que se la follara en esa postura. Quería ser poseída así. De forma humillante. Totalmente entregada. Entregada y vejada a tope. Degradada hasta convertirse en su puta.

Con los dedos de una mano se abrió los labios. A tope. Se penetró todo lo que pudo. Retorció su pezón dolorosamente hasta hacerse daño. Puta tetazas, te voy a hacer follar con quien yo quiera, dijo susurrando con voz lasciva. Y llegó. Claro que llegó.

Tubo que tapar su boca con la almohada. Morderla con energía para ahogar por enésima vez sus gritos. Y esta vez no hubo lágrimas. Ninguna. Solo placer. Solo sexo. Solo lujuria.

Y el relato de 2018 continua…No supo explicarse por qué lo hizo. Estaba bien conmigo, me quería… A lo mejor era la novedad. El sitio. El morbo… Bien, vale, pensaba yo, cuéntame lo que quieras, pero con ese tío te corriste varias veces so guarra y conmigo no solo ya no quieres follar en el coche, sino que cuando lo hacemos te cuesta horrores llegar. Que si la postura, que si estoy incomoda, que si pueden vernos….

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