Iván & Raquel. Cabalgadas, cuernos y guarradas ✅
Raquel no pide perdón por acostarse con el amigo de su novio; le ofrece el peligro como un juego. Iván duda un instante, pero cuando ella toma el control de su placer y lo lleva al borde del abismo, sabe que no podrá resistirse a caer.
Iván & Raquel. Aclaraciones, besos y tonteos
Había pasado ya un rato —puede que veinte o treinta minutos— desde ese maravilloso clímax, y ambos continuaban en el sofá, abrazados y en idéntica postura. La joven dormía con la cabeza apoyada en el hombro de su amante, quien miraba a un punto indeterminado.
La tenía cogida por el lado izquierdo de la cintura, y le hacía cosquillitas en las partes donde su mano llegaba, a la vez que notaba su respiración, lenta y tranquila, y el leve movimiento de su cuerpo al inspirar por la nariz.
Se había quedado muy a gusto después de aquel polvazo, y tenía el guapo y el orgullo subidos por haberlo hecho con aquel bombón moreno del que nunca se hubiera esperado nada más allá de una posible relación de amigos.
No obstante, la explicación que le había dado Raquel era demasiado vaga y ambigua como para servirle a medio-largo plazo: necesitaba respuestas, y, teniendo en cuenta que follarse a la novia de un colega no era lo mismo que encamarse con la de un desconocido, estas apremiaban.
—Deberíamos hablar de lo que ha pasado, ¿no crees? —le inquirió, todavía mirando al horizonte por la ventana.
—Mmm… —ronroneó levemente ella, que no debía de dormir como tal sino solo encontrarse adormilada, a juzgar por lo pronto que le contestó—: Lo dices como si hubiéramos hecho algo malo, o… como si no te hubiera gustado.
—No es eso, no… Si ha sido fantástico, Raquel —le manifestó, tanto para hacerla sentir bien como porque realmente lo pensaba así.
—Jiji… —emitió una risita nasal que le gustó, pues transmitía sensualidad y paz—. A mí también me ha encantado, Iván —le apoyó, levantando la cabeza de su hombro para decírselo a la cara, aún mirándolo desde abajo. Aprovechó para besarlo con suma dulzura justo ahí, en el hombro izquierdo, por la zona de la clavícula, antes de dirigir nuevamente sus ojos verdosos hacia los suyos y preguntarle:— ¿Entonces?
El chico sintió una punzada de calentura, pues mientras aguardaba su respuesta le pasó su mano izquierda por su pectoral derecho y comenzó a acariciárselo con una suavidad que lo puso a cien. Aun así, le dijo:
—Raquel, eres la novia de Óscar, y Óscar es colega. Llevas poco tiempo en este grupo y no sé si tienes por costumbre cepillarte a los amigos de tu pareja, pero en todo caso necesito saber qué planes tienes tú.
—¿Tengo cara de enrollarme con cualquiera, Iván? —le devolvió, con cierto desdén y seriedad en la voz.
—No, pero tampoco tenías cara de poner los cuernos y aquí estamos.
—Ni tú tampoco de levantarle la chica a tu amigo, y… —prosiguió, arqueando las cejas.
—Óscar no es amigo, es más un co…
—¡Cállate! —le interrumpió, dándole varios picos mientras se reía, para hacerle cerrar la boca, poniéndose sobre él.
Iván trató de frenar, pero lo cierto es que aquella joven besaba demasiado bien como para contener el deseo de comérsela enterita. Disfrutó de sus labios, de su lengua y de su piel, y le pasó la mano por la nuca, a fin de que no se alejara mucho.
Cuando esos intercambios de saliva cesaron, Raquel se quedó sentada encima de su amante, y este con la espalda apoyada en el brazo del sofá. Era una posición cómoda para hablar relajadamente.
—¿Tú te crees que estoy en disposición de ir de casta después de haberme pegado tremenda follada conmigo? Jijiji —le preguntó, con una amplia sonrisa, estando sus rostros a poquita distancia.
—Hombre, es que por cómo has dicho lo de “¿Tengo cara de enrollarme con cualquiera, Iván?”, de lo que tenías cara era de haberte molestado.
—En absoluto —rechazó, manteniendo la sonrisa, ahora sincera y tranquilizadora—. Es lógico: apenas sabemos nada el uno del otro, y voy y te envío una foto mía, así del palo, y te acabo comiendo la polla y permitiendo que te vacíes en mi interior.
—Pues eso —afirmó el chico, asintiendo, feliz de que estuvieran en la misma onda—: creo que es comprensible que me interese por lo que vaya a pasar ahora.
—Totalmente, salvo por un pequeño problemita: quitando cuatro cosas importantes, la verdad es que no lo sé ni yo jijiji. Quiero decir: yo amo a Óscar, de verdad, y estoy muy feliz a su lado; por eso soy cauta cuando tengo un desliz… No quiero fastidiar la relación.
—Entiendo que no soy tu primer “desliz”...
—¡No seas cotilla! —se quejó, dándole un cariñoso golpecito en el pecho—. Jijijiji. Eso te lo puedes imaginar tú: quizás esta sea la primera vez que me acuesto con otro hombre teniendo pareja, quizás haya tenido amantes con todos mis novios o quizás tú seas el primer desliz que tengo desde que estoy con tu colega…
—Veo que no piensas soltar prenda…
—Bueno, más de las que ya he soltado… —contestó, mirando su cuerpo en cueros, y provocando la risa de ambos.
—Hablemos entonces en términos hipotéticos, porque tengo curiosidad: si yo no fuera tu primer lío extraconyugal, ¿cuál sería tu forma para elegir a quién sí y a quién no? ¿O cómo te fijaste en mí?
—Mmm… —suspiró, mirando hacia arriba, mordiéndose el labio y llevándose el dedo índice a la boca, pensativa—. Vale, me gusta este juego. Te contaré qué me llamó la atención de ti, y cómo me lo monté.
“Primero de todo: me pareciste un chico guapo e interesante. Te escuché hablar sobre cómo te lo montas en la universidad, y seguro que en el resto de ámbitos haces igual, para que la inteligencia artificial y la informática te ahorren trabajo, así como tener buena relación con quienes te conviene.
“Opino que la sociedad se divide en dos tipos de personas: las que se limitan a respetar las normas para vivir en paz, y las que estudian cómo funcionan esas normas para aprender a saltárselas y beneficiarse de ello. Y en eso me parece que somos iguales, Iván.
—Deduzco que compartes la filosofía de “Todo está permitido siempre que no te pillen”.
—Exacto, y también lo aplico a las relaciones amorosas: “Ojos que no ven…”
—”... corazón que no siente” —acabó él—. ¿Pero entonces solo te fijaste en mí porque te parecí una suerte de ‘hacker’ de la vida?
—No, por supuesto que no: bien podrías haber tenido una lealtad hacia mi novio a prueba de bombas, yo no saberlo y que todo hubiera quedado en la mera anécdota de que te mandé una foto disfrazada.
—Pero si no tenías realmente nada sólido para pensar que yo te fuera a corresponder cuando me has enviado la imagen, ¿cómo es que…?
—Bueno, siempre hay una parte de incertidumbre, de tirar una moneda al aire y jugársela: no tenía ni idea de si ibas a mostrarte receptivo hasta que tu “Ahora mismo voy” me ha confirmado que estábamos en sintonía.
“Teniendo en cuenta que apenas hemos coincidido ni hablado mucho, nuestro nivel de confianza para vernos a solas era simple y llanamente nulo. Con esto en mente, que yo te enviara una foto un poco subida de tono —nada tan explícito que fuera injustificable—, afirmando que estaría sola en casa durante horas, y que tu respuesta haya sido positiva, me ha llevado a suponer, en cuanto nos hemos tumbado aquí, cómo íbamos a acabar.
El joven la había estado escuchando muy atentamente, y, al finalizar su explicación, no pudo sino asentir varias veces, apretando los labios en un claro gesto de admiración.
—He de decir que estoy impresionado, Raquel. No dejas cabos sueltos.
—Gracias —aceptó ella, notablemente satisfecha—. Es que cuando vives de esta forma, queriendo sacarle todo el jugo a la existencia sin que te pillen, necesitas ser cuidadosa y aprender a leer a las personas.
—Ya veo… Chica lista. Oye, entonces… referente a lo de antes… ¿Habrá más “deslices” por tu parte?
—Ah, bueno… No sé… —consideró, torciendo ligeramente la cabeza hacia la derecha, transmitiendo indecisión—. ¿Tú quieres que los haya, Iván? —le preguntó, haciendo exactamente el mismo gesto de sonreír guiñando un ojo que le había dedicado en la imagen, ahora acariciándole los pectorales con lentitud y bajando sus manos por el pecho.
—Hhhmmm… —resopló él, notando cómo aquellos cariños y aquel tonteo constante volvían a endurecerle la polla—. Me estás poniendo mucho, tía… —le expresó entre dientes, con un tono de voz más bien gutural.
—¿Debo interpretar eso como un “sí”? —Formulada la pregunta, comenzó a acercar su rostro al de su amante, y se detuvo cuando las puntas de sus narices se tocaron, quedando a una distancia suficiente como para darse un besito de esquimal—. ¿Debo interpretar eso como que me ves tan mona, tan guapa, tan sexy y tan jodidamente buena que te apetece seguir follando con la novia de uno de tus amigos, aun sabiendo todo lo que implicaría que nos descubrieran?
El chico no daba crédito a las palabras de Raquel, a la forma en que sabía excitarlo jugando con el morbo del peligro: de entre todas las chicas con las que había estado, en relaciones más o menos públicas o más o menos éticas, aquella era la primera vez que se topaba con una hembra que, más allá de ser de fidelidad relajada o descuidada, no solo no sentía culpa ni remordimiento alguno por lo hecho, sino que claramente lo estaba incitando a reincidir.
Pero es que no era solo verbalmente cómo esa morena estaba apelando a sus instintos más elementales: continuaba sentada encima suya, luciendo unos atributos femeninos desarrollados y muy bien puestos, con la herramienta del joven entre sus muslos, apretada y recuperando el tamaño.
Y, evidentemente, que tuvieran sus bocas tan cerca que pudieran devorarse el uno al otro con tan solo el roce de unos labios que, saltaba a la vista, querían danzar juntos otra vez, solo hacía que reavivar el fuego de la pasión.
Iván la miró a los ojos, analizó rápidamente todo lo sucedido —tan bien como la calentura le permitía—, pensó en Óscar, en su relación, en sus amigos en común…
… y supo qué era lo que su cuerpo le estaba pidiendo a gritos.
—¿Qué decides, pues? —insistió la joven, dándole un beso de esquimal para llamar su atención al notar que se lo estaba pensando—. ¿Te apetece estar conmigo? —quiso saber, mostrándole la más encantadora de sus sonrisas.
Aquella mirada, aquellos ojos verdosos escrutando su inminente sentencia, y el tacto y calor de su rostro contra el suyo, fueron lo último que vio y sintió antes de abrazar a esa hermosa veinteañera y sucumbir a unos encantos que no tenía muy claro adónde le iban a llevar.
***
Iván & Raquel. Comidas de tetas y torturas sexuales
La lengua de Iván se introdujo en la boca de Raquel, lo cual agradó mucho a la joven, que le morreó con intensidad y emitió un leve gemido ante el placer que le proporcionaba la buena disposición de su amante. Estaba encantada.
Había sentido por un momento como si el recato y la lealtad se dispusieran a tomar nuevamente el control de la forma de obrar del joven… pero nada más lejos de la realidad: este acababa de aceptar de buena gana su oferta.
Acomodada en el regazo del veinteañero, la novia de Óscar sentía emanar, de entre sus muslos, el calor de la polla del chico, quien iba recuperando el tamaño y esa virilidad que tanto la habían hecho disfrutar antes.
—Ohhhmmmfff… —medio gimió ella sobre los húmedos labios de Iván, en un momento en que, aún con sus rostros pegados, habían separado las bocas lo justo como para tomar aliento—. Cariño, cómo estás… —No era tanto una pregunta, sino más bien una observación en referencia al estado del trozo de carne que empezaba a agitarse y a palpitarle debajo—. Se te está poniendo dura…
—Je… Es que como para mantenerse flácida, estando contigo —la piropeó, con sus frentes tocándose y sus dedos recorriendo la blanca espalda de la chica.
—Veo que ya has decidido que no te importa demasiado mi pareja… —le comentó ella en respuesta, queriendo provocarlo, mientras le acariciaba el cuello y las mejillas con las manos y le miraba a los ojos, castaños.
—No lo suficiente como para privarme de ti, Raquel… —le confirmó, observando sus hermosos iris, de un tono castaño verdoso, y su larga cabellera lisa, castaña oscura y con reflejos pelirrojos debidos al sol—. Estás demasiado buena y solícita como para no pecar. —Y dicho esto, llevó las manos a sus tetas, erguidas y de un tamaño en sintonía con el resto de su cuerpo, e hizo presión sobre los pezones con los dedos pulgares.
—Aaahhh… —gimió la chica, abriendo la boca y frunciendo el ceño, al ser tocada de aquella manera—. Ivááán… Repite eso… Mmmmmm… Me gusta mucho lo que me haces… Óscar nunca lo sabrá… Pfff… Tócame, cielo… Será nuestro secretito…
—Tía, eres una golfa… pero me encantas —le soltó, y se abalanzó a comerle los pechos con ahínco, lamiendo y succionando aquel dulce manjar.
—¡Ooohhh…! ¡Ooohhh… sssííí…! Cómeme las tetas, cabrón… Mmmmmm… —volvió a gemir ella, sintiendo un enorme placer, al mismo tiempo que una gran comodidad por la mesura y la prudencia de su amante al tocar sus partes más íntimas, contrastando con la demasiado habitual rudeza de su novio.
La cabeza del chico iba de un seno a otro, tocándolos ayudándose con las manos, lamiéndolos, dándoles suaves mordisquitos… No eran de un tamaño demasiado grande —Raquel no era una joven tetona—, pero estaban bien puestos, y eso era suficiente para hacerlos atractivos.
Por su parte, la veinteañera rodeaba el cuerpo del joven, envolviéndolo con su amoroso abrazo y notando otra vez esos músculos desarrollados que la excitaban: sin exageraciones —su amante era, en general, delgado—, las horas dedicadas al ejercicio físico eran notorias.
Lo abrazó bien fuerte y algunos mechones de su sedoso cabello oscuro se esparcieron por los hombros y la espalda de Iván, haciéndole cosquillitas a este. Raquel sonrió y cerró los ojos, apoyando la mejilla izquierda a un lado de la cabeza del amigo de su novio y apretando los dedos sobre esa blanca espalda masculina.
Cada vez notaba más la polla que se revolvía justo debajo de ella, presionada entre sus muslos, y que le generaba un hormigueo y una calentura en sus labios vaginales: resolvió satisfacer las necesidades de la herramienta.
—¡Aaahhh…! ¡Raqueeel…! —gimió Iván cuando sintió las manos de la chica posarse encima de su fálico amigo y empezar a acariciarlo lentamente.
—Relájate, nene —le indicó su compañera, presionándole el pecho con la mano para así forzarlo a reclinarse—: tienes los huevos hinchados y gordotes, y eso no puede ser sano. Déjame cuidarte un ratito.
La joven se echó un poco hacia atrás, sentándose ahora más o menos sobre las rodillas de Iván, con el objetivo de que el miembro viril le quedara en una posición mucho más cómoda y accesible. Y así fue:
—Llevo rato notando que estás empalmado, cariño —le dijo, sonriendo y mirándolo a los ojos—, y que has preferido callarte lo evidente porque me estabas comiendo las tetas y querías que yo disfrutara…
—Lógico y evidente, Raquel: el sexo es cosa de dos —argumentó el chico, tumbado en el sofá y disfrutando del espectáculo que daba esa morena sexy y desnuda que se disponía a hacerle una señora paja.
—Totalmente: y ahora es cuando te toca gozar a ti, mi amor —sentenció ella mientras se aproximaba rápidamente a la cara del chico y le plantaba un besito suave pero largo y con mucho significado, pues la naturalidad con la que había dicho aquello le hacía ver que no estaba ante un chico en absoluto despreocupado respecto al placer ajeno, y eso le gustaba.
Comenzó, pues, una deliciosa masturbación, con sus buenos preliminares —aunque tampoco era imprescindibles, dada la potente erección que tenía ya a esas alturas—: caricias en los testículos, roces medidos de las uñas a lo largo del tronco, sobeteos intermitentes para calentarlo más… Raquel sabía muy bien cómo torturar sexualmente, cómo generar aquella adictiva sensación frustrante de dejar todo el rato con la miel en los labios.
Trataba con especial mimo la cara inferior del pene, deslizando las yemas de los dedos por el frenillo y trazando líneas de abajo hacia arriba, sin apretar, pues el nivel de calentura de esa parte era tal que no hacía ninguna falta.
—Mmmhhh… —medio gimió y medio gruñó él, notando cómo la excitación hacía que se le subieran los testículos, adaptándose para una futura corrida.
Además, la estampa que tenía delante contribuía a todo ello: Raquel, toda sonriente ella, estimulando sus partes íntimas; sin ropa, con todo a la vista, el sol impactándole por detrás, generando reflejos pelirrojos en su cabello, su piel todavía más clara; sus ojos con un tono verdoso; su nariz, recta y respingona, en un ángulo que resaltaba su forma alargada y puntiaguda y le daba un aspecto interesante…
—¿Te gusta así, cariño? ¿Lo hago bien?
—De fábula, Raquel… Pfff… Sigue…
Iván se sentía muy bien atendido, y su calentura lo llevó a poner las manos en las caderas de su amante —que estaba sentada de rodillas, con estas pegadas a los lados de la pelvis del chico— para poder sentir aún más sus sinuosas curvas.
Entretanto, veía también parte del coñito de la joven, depilado y apetecible, y su polla tuvo un nuevo brinco de gusto motivado por el recuerdo del delicioso sabor de esa vagina —además de, sobra decirlo, el masaje de su dueña.
—Adoro tus manos, Raquel… —empezó a decir, profundamente extasiado ante aquel espectáculo erótico—. Sabes moverlas bien… Nadie me había hecho nunca una paja con tanto esmero y dedicación… Mmmhhh… Te quiero…
—Y yo a ti jijiji… Tienes muy buena polla, de verdad te lo digo… ¿Cuántas chicas te han hecho lo que yo?
—Pues… —Iba a explicarle, pero decidió callar y mirarla, esbozando una sonrisa maliciosa—. ¿Sabes? No debería decírtelo. Por el mismo motivo que antes me has dado tú.
Raquel asintió con la cabeza y sonrió levemente, apretando los labios.
—Ya, pero… ¿sabes qué pasa…? Que me lo vas a decir igualmente. —Acto seguido puso sus dedos pulgares e índices alrededor del tronco, con una mano arriba y otra abajo, como si le hiciera un anillo, y giró cada muñeca en sentido opuesto, estrujándole la polla como si le masturbaran dos personas al mismo tiempo.
—¡Aaaaaahhh…! —gimió el chaval, inhalando con dificultad y poniendo los ojos en blanco—. ¡Hija de p…!
No era dolor lo que sentía, sino, de hecho, todo lo contrario: era placentero, terriblemente placentero, mezclado con esas técnicas de frustración sexual que a su amante se le daban tan jodidamente bien provocar.
Sus huevos estaban en una pugna entre correrse y resistir, y mientras este conflicto falico-impulsivo tenía lugar, Iván no podía sino retorcerse entre los cojines y apretar sus falanges en las caderas de la chica.
—¿Te apetece contestarme, cielo? —Volvió a acercar su rostro al de él, y apartó la cabeza justo cuando Iván, cachondo perdido, intentó comerle toda la boca—. Jijijiji… ¿Cuántas chicas te han hecho un masaje tan especial?
—¡Ummmhhhhhh…! —gruñó, y se dio por vencido—. Algunas… Hace años… Pero ninguna como tú…
—¿Eso me lo dices para hacerme la pelota, nene…? —quiso asegurarse, y llevó sus dedos índices a la hinchada punta de la estaca, empezando a hacer circulitos y ejerciendo una leve presión que llevó a Iván a morderse el labio y tensar los músculos, arqueando incluso un poco la espalda—. ¿O tal vez para chulearte de que no soy tu primera mujer? —Y volvió a estrujarle el nabo.
—¡Aaaaaauuuhhh…! ¡Putaaaaaahhh…! —Su grito no era de dolor, sino de un intenso placer ahogado: la maña de Raquel era arrastrarlo una y otra vez a las puertas del clímax y entonces hacerle un inexpugnable anillo que impedía circular al semen y la sangre y, por consiguiente, eyacular—. La p… ¡Aaahhh…!
—¿Decías…?
—¡La primeraaahhh…! Peloteo… Es por peloteo… —balbuceó el chico, ya resoplando por el gran esfuerzo que tenía que hacer en los músculos del bajo vientre y de la polla.
Entonces sintió cómo esa bruja le aflojaba los huevos y el tronco, y respiró medianamente aliviado, aunque notándose los testículos hinchadísimos y llenos de leche.
—¿Ves como no era tan dificil, mi amor? —le preguntó la chica, retórica, al tiempo que volvía a acariciarle las partes, ahora con mucho mimo, y se inclinaba para besarlo suavemente en la boca—. Ah, y gracias: me gusta que me hagan la pelota… Eso me mola.
El veinteañero no supo el motivo, pero que dijera eso hizo que le vinieran ganas de metérsela de golpe hasta las mismísimas entrañas y follarla sin contemplaciones. A esa preciosa morena le encantaba sentirse deseada, de eso no le cabía ninguna duda.
—Bueno… —suspiró Raquel—. Creo que ya va siendo hora de que ambos nos aliviemos, ¿no te parece?
—Ehhh… —carraspeó Iván, quien de tan cargados cómo tenía los cojones, pocas objeciones habría puesto para encoñarla, encularla, metérsela por el culo o incluso por las orejas—. Sí, es… estaría bien.
—Jijijiji… Estás aguantando como un campeón… Me gusta… Mmmmmm… Yo estoy húmeda desde hace un ratito ya… Ahora me toca a mí cabalgarte…
***
Iván & Raquel. Los ojos en blanco y un gran culmen
La pareja de Óscar sostuvo con tres dedos la herramienta de Iván, que ya palpitaba hasta con el más simple roce, y la dirigió a sus rosaditos labios vaginales, que la acogieron sin problemas… unos centímetros.
—¡Hhhhhhmmm…! —gruñó el chico, estirado debajo, que hacía grandes esfuerzos musculares para no eyacular todavía, pues en ese momento deseaba, más que ninguna otra cosa, metérsela hasta el fondo a la novia de su amigo—. ¿Y ahora qué pasa? —le inquirió, con una voz gutural, fruto de hallarse en tensión.
—Acaríciame el coño… —le pidió la morena, erguida sobre él, con sus turgentes pechos en todo su esplendor, su piel blanca brillando por la luz solar, su melena castaña oscura despeinada pero atractiva y su perenne sonrisa—. Pálpamelo, Iván… Con los dedos… Mmmmmmfff… Me gusta…
Raquel también se encontraba en ese punto de hipersensibilidad donde cualquier roce la agradaba, y quería jugar un poquito más antes de empalarse en la estaca de su amante, quien seguía aferrándole las manos en las caderas con una fuerza y un tacto que le ponían y mucho.
La veinteañera posó sus ojos, castaños verdosos, en los del joven —castaños oscuros—, así como en el resto de su cuerpo, y sonrió ante lo guapo que era: alto y delgado —más o menos en forma—, de piel muy clara tirando a pálida, pelo castaño oscuro muy corto, nariz recta y respingona, labios finitos y el rostro bien afeitado, sin un solo pelo.
El joven llevó su falange izquierda al labio derecho y ejerció presión con su pulgar, recorriendo la entrada del coño de aquella hermosa dama —cuatro o cinco años menor que él— y pasando también por donde tenía incrustado su propio manubrio.
A la vez, llevó su mano derecha a la mejilla de la chica y le metió el dedo pulgar en el costado izquierdo de su boca, invitándola a chuparlo y a pasarle la lengua con lascivia, como efectivamente hizo Raquel.
—¡Aaaaaahhh…! ¡Aaaaaahhh…! ¡Ivááánnn…! —gemía ella, notando todos aquellos tocamientos de forma simultánea, y provocando que tensase su espalda y todo su cuerpo, levantando un poco la cabeza, bajando los párpados y quedándole el pelo por detrás de los hombros, lo que encantaba a su amante.
El chico la tenía donde quería, jadeante y sumisa, y se recreó en esa escena: se notaba los huevos vibrantes, durísimos, rebosantes de lefa, y a su polla haciendo la heroica tarea de no correrse todavía. Necesitaba controlarse.
Quiso averiguar cómo de guarra y excitable podía llegar a ser la mujer de Óscar, y resolvió darle suaves palmaditas en los labios vaginales, y hundirle también un poco los dedos en sus entrañas, a fin de ponerle los ojos en blanco.
—¡¡Ooohhh…! ¡Hhhhhhhhhmmm…! —gritó de puro placer, al sentirse golpeada en sus partes íntimas de aquella forma tan medida—. ¡Deja…! ¡Aaaaaahhh…! ¡Deja de torturarme, cabrón! ¡Oooooohhh….! ¡Sííí…! ¡Deja que te cabalgue…!
—Enseguida, es que… estás preciosa así, Raquel… —le dijo sinceramente, pues aquella era una visión majestuosa—. Eres tan follable… Además te noto el coño humedecido, pedazo de guarra…
—Claro… Mmmmmmfff… Por mi calentura y por tu semen… —Intentó, sin éxito, montarse encima de su estaca—. Te gusta ponerme mala, ¿verdad?
—Me gusta ver cómo te retuerces sobre mí pidiéndome que te deje follarme, con mi polla a medio entrar en el mismo chochazo de puta infiel que a partir de ahora tu novio tendrá que compartir conmigo…
—Te pone que te suplique que me dejes cabalgarte para hacerme tu mujer y que me llenes las entrañas de semen… ¡Aaaaaahhh…! —gimió, notando que el chico desplazaba la punta de su nabo por toda la rajita, y puso los ojos en blanco porque sentía que ya no podía más—. ¿No es así…?
—Efectivamente… —Iván sintió el deseo de agarrarla por el cuello con la mano derecha, pero se contuvo, pues lo último que quería era lastimar a aquella dulce joven, y en ese momento su pasión le habría dejado, sin duda, marcas físicas—. Quiero que seas mujer de dos hombres, y que tu gran coño albergue todos los días nuestras corridas… Y que se mezclen en tu interior…
—Mmmmmmfff… Vale… —claudicó, totalmente entregada a la lujuria de su amante, sabiendo ambos que todo era un juego de provocación, motivado por el poder de las palabras—. Pero no puedo hacer eso si no me dejas ensartarme encima de ti…
Entonces Iván se levantó, la abrazó, la besó en el cuello con enorme goce y disfrute para ambos, fue subiendo por su mandíbula y, estando a escasos centímetros de sus labios, notándose mútuamente el aliento, sentenció:
—Cuando quieras, guapa. —Y le lamió la boca, entreabierta, de abajo a arriba, pasándola por la lengua de su amante.
No hizo falta decir más: Raquel se abrazó al chico por el cuello y, con un ágil movimiento pélvico, se le clavó encima, notando como ese pedazo de polla se internaba en sus paredes vaginales y ocupaba sus cálidas entrañas.
El gemido de absoluto placer que dieron ambos marcó el inicio de una cópula lasciva que dejaba en pañales a la anterior: besos, lametones, caricias, abrazos, tocamientos, miradas cómplices… Aquello no era solamente follar, echar un polvo: aquello era hacer el amor.
Se estiraron en el sofá y, estando Raquel encima de Iván, fue moviendo la pelvis, haciendo ochos, mientras sus labios resoplaban al unísono, sus lenguas danzaban juntas y sus narices se tocaban y aplastaban la una contra la otra, en una pornográfica escena donde la hembra dominaba.
El joven se la tenía metida hasta el fondo y, al estar debajo, notaba una leve presión en los huevos —fruto del bamboleo de la novia de su colega—, que sin embargo le agradaba.
—¡Aaaaaahhh…! ¡Qué dura la tienes, cabrón! —celebraba ella, extasiada por la potencia viril masculina—. ¡Mmmmmmhhh…! ¡Y qué grande…! ¡Me encantaaaaaahhh…!
La veinteañera estaba feliz, completamente empalada y entregada en aquel trozo de carne, retozando y disfrutando de unas sensaciones que hacía mucho tiempo que nadie le había sabido dar. “Definitivamente, este no va a ser nuestro único encuentro”, pensó, esbozando una sonrisa.
Se centró en notar aquel pedazo de rabo caliente, que obligaba a sus paredes vaginales a dilatarse para acogerlo bien. La motivaba mucho la actitud del atractivo moreno para quien se había abierto de piernas: la herramienta de Iván era más pequeña que la de Óscar, pero no le importaba en absoluto, ya que su amante sabía usarla mucho mejor y tenía más aguante que su novio.
—¡Oooooohhh…! ¡Raqueeel…! —gimió su compañero de aventuras, que la sujetaba por la espalda con la mano abierta y por el culo con la otra—. ¡Mmmmmmffffff…! ¡Me aprieta tu coñooohhh…!
Deseosa de llevar aquella sesión a su culmen, la bella morena acercó su rostro al del chico, pegó sus barbillas y la punta de sus narices y, sujetándole la mandíbula con ambas manos, procedió a besarlo largamente con una ternura y un amor que le cortaron el aliento al joven.
Aunque infiel a todas luces, aquel no era un beso lascivo ni morboso, sino que tenía un significado mucho más profundo: era un beso que denotaba un gran cariño, y, sobre todo, mucha felicidad, amor y agradecimiento.
Cuando se separaron, se quedaron mirando fijamente el uno al otro, muy de cerca, con los ojos medio entornados. Había quedado incluso un hilillo de saliva que unía sus bocas. La chica le sonrió y, con su nariz en una posición que remarcaba su forma puntiaguda y elegante, le dio un besito de esquimal.
—Te quiero, Iván… Ahora sí que te voy a poner los ojos en blanco, mi amor —sentenció, con una seriedad y un brillo en los ojos que solo podían corresponder a una hembra agradecida y decidida.
Entonces se irguió sobre el muchacho, y empezó a cabalgarlo con tal nivel de dedicación y de sensualidad que este tuvo que hacer desmesurados esfuerzos —esperaba que ya fueran los últimos— para no correrse en ese mismo instante, pues habría sido una pena.
Sin embargo, la imagen de la novia de Óscar trotando encima de él como una diosa del amor, con su larga cabellera castaña oscura agitándose por el vaivén de los movimientos de su dueña, con sus ojos castaños verdosos observándolo con evidente placer, y el bamboleo de sus pechos al son del galope sexual…
… fueron ya demasiado para él, que efectivamente puso los ojos en blanco, tensó todo su cuerpo —notando sus huevos estrujarse—, dejó su mirada perdida en un punto indeterminado del techo y alcanzó el orgasmo en lo más profundo de las entrañas de Raquel.
—¡AAAAAAHHHHHH…! —gimió el veinteañero, ya sin reprimirse nada, sintiendo cómo su volcán entraba en erupción, cómo su semilla ascendía por el tronco y cómo eyaculaba e inundaba la vagina de su amante.
Mientras se descargaba en el chochazo de Raquel, empezó a notar cómo su propia entrepierna se humedecía. Fue entonces cuando la pareja de Óscar se tensó nuevamente, su cuerpo vibró y alcanzó también el cielo, echando la cabeza hacia atrás, los ojos hacia arriba y separando los labios en un gesto de absoluto goce:
—¡Oooooohhh…! ¡¡OOOOOOHHH…!! —gimió de tal forma y abrió tanto la boca que parecía que se fuera a desencajarse la mandíbula.
Iván la vio tan fuera de sí que resolvió cogerla por la parte inferior de su espalda, a fin de que no cayera hacia atrás y se hiciera daño. El resultado fue que la chica se desplomó encima de él, con la boca abierta, resoplando, recuperando el aliento y aún medio gimiendo al oído a su amante.
Se quedaron ahí abrazados, quietecitos, agotados. Raquel le acariciaba la mandíbula con los dedos y le besaba con suavidad la mejilla izquierda y los labios, muy dulcemente. Estaba, ahora sí, plenamente satisfecha sexualmente.
El joven, por su parte, le acariciaba la espalda y el costado del seno derecho, escuchando cómo aquella diosa le ronroneaba al oído e iba, poco a poco, normalizando su respiración bucal y nasal.
Su polla iba retomando las proporciones normales, pero aún seguía parcialmente dentro, entre los labios de Raquel, de los que no dejaba de salir otra vez una mezcla de fluidos sexuales masculinos y femeninos.
—¿Quieres que…? —empezó a preguntarle, moviendo un poco la pelvis.
—No, está bien —le contestó la chica, en un susurro que le hizo entender el punto de relajación en el que se encontraba. Entonces le miró con sus ojazos verdes, ahora brillantes y medio cerrados por el pedazo de orgasmo que había tenido, y sentenció:— Por mí puedas dejarla donde está, Iván… Me gusta sentirla dentro de mí. Te quiero. —Y le dio un último beso al chaval, quien por supuesto correspondió con dulzura, volviéndolo muy íntimo.
...
Muchísimas gracias por haber llegado hasta aquí. Ahora puedes valorar el relato y dejar un comentario explicándome qué te ha parecido esta unificación de los tres fragmentos anteriores, que conforman el segundo capítulo completo.
Estoy avanzando en la siguiente entrega de "Iván & Raquel", así como en ese relato diferente, al ritmo de mis ganas y de mis horas libres, con lo cual iré dando algunas novedades a través de la sección de "Info" de mi perfil, para los interesados.
También puedes escribirme al correo ([email protected]) para contarme alguna experiencia o fantasía tuya que quisieras que inmortalizara en un próximo texto. Un saludo.
Martín Valdez
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