Xtories

El novio de mi amiga hace que me moje (I)

Iraida siempre supo que Saray era su mejor amiga, pero nunca imaginó que el novio de esta le provocaría un deseo tan prohibido. Mientras prepara la cama para el estreno de su amiga, Iraida decide que la traición será su propia recompensa.

VickySG21K vistas9.3· 17 votos

De entre todos los actos deleznables que se pueden cometer en esta vida, el peor de todos es traicionar a una amiga. No solo lo sabía, sino que estaba convencida de que jamás haría nada que pudiese herir lo más mínimo a Saray, pero en la juventud hay cosas que son muy difíciles de gestionar, sobre todo lo relacionado con la pasión y el deseo carnal.

Me gustaría empezar este relato explicando cómo conocí a Saray, pero no puedo, porque no me acuerdo. Ella ya estaba en mi vida antes de que yo tuviera uso de razón, nos criamos casi juntas, ya que nuestras madres, como nos ocurriría a nosotras posteriormente, eran las mejores amigas que podían existir. Nació solo tres semanas antes que yo, quizás era lo único en lo que me ganaba.

Ya desde la cuna, pasábamos los fines de semana juntas, y eso solo cambió cuando tuvimos edad suficiente para vernos siempre que queríamos. Nos hubiese encantado ir al mismo colegio y después compartir instituto, pero eso nunca pudo suceder, así que nos buscábamos por las tardes, solo teníamos cinco paradas de metro de distancia.

No ser compañeras de clase no nos perjudicó en nada, porque siempre tuve claro que cualquier amiga que pudiera hacer estaba a años luz de Saray, y a ella le ocurría lo mismo. Pensábamos igual en todo, nos entendíamos solo con mirarnos, pero sí que había una diferencia entre nosotras que con los años se nos hizo un poco incómoda de tratar.

Yo no era la típica guapa, al menos no comparada con las que suelen acaparar toda la atención de los chicos, pero sí que destacaba si la comparación era con Saray. Mi amiga era simpática, cariñosa, alegre y divertidísima, entre otras muchas virtudes que poseía, pero los dioses no habían tenido a bien otorgarle el don de la belleza.

Tampoco se podía decir que fuera fea, al menos para mí no lo era, pero en lo que se refería a lo físico, costaba encontrarle algo bonito. Cuando solo nos veíamos los fines de semana, protegidas por nuestros padres, eso no suponía un problema, porque nadie nos comparaba. Fue la adolescencia la que nos empezó a pasar factura en ese sentido.

Como todas las chicas de esa edad, nos rodeábamos de chavales, especialmente cuando nos permitían ir a la discoteca de tarde, pero el interés que despertábamos no era el mismo. Saray no era tonta, sabía que era mucho más guapa que ella y aceptaba que al menos yo tuviera éxito con los chicos, aunque eso no quiere decir que no le doliera.

- Nos podemos ir cuando quieras.

- Tranquila, me lo estoy pasando bien.

- Ya, pero esos chicos no nos dejan en paz.

- Querrás decir que no te dejan a ti.

- Nos miran a las dos, no sé cuáles son sus intenciones.

- Vamos, Iraida, lo sabes perfectamente.

- Da igual, estoy bailando contigo y no quiero que nos molesten.

- ¿Estás segura?

A veces sí que lo estaba y otras no tanto, dependiendo de lo atractivos que fueran los mirones en cuestión. Durante esa época lidiamos bien con aquel fastidio, ni siquiera se molestaba cuando me acercaba a los chicos y me acababa liando con alguno, ya que, según Saray, ella todavía no estaba preparada para dar ese paso.

Con el paso de los años, aunque solo fuese por la acumulación de decepciones, dejó de llevarlo tan bien. Aun así, supimos cómo tratar el tema para que no afectara a nuestra amistad. Dejamos de ir a la discoteca juntas y ya no quedábamos con chavales, así nos evitábamos conversaciones incómodas, que tuviera que repetirle todas esas mentiras piadosas con las que pretendía que no se sintiera tan mal.

La universidad nos acercó todavía más. No estudiábamos la misma carrera, pero eran edificios continuos, así que nos veíamos mucho y compartimos nuevas amistades. Eso volvía a incluir a los chicos, un problema que creíamos ya solucionado. Saray era un sol que seguía demostrando una madurez que yo en su lugar no hubiese desarrollado.

Nunca quise hacer nada que pudiese conllevar algo similar a una humillación para ella, pero, rodeadas de tantos tíos, estaba convencida de que alguno habría que pudiera interesarse por mi amiga. No esperaba encontrarle un bombón de los que estaban a mi alcance, podía valer con un buen muchacho que la tratara como se merecía.

- En serio, Iraida, no necesito que me busques a nadie.

- Tú también puedes buscarme a uno en tu facultad.

- A ti no te hace falta.

- ¿Por qué no? Últimamente solo me lío con capullos.

- No me irás a decir que estás buscando el amor.

- De momento no, pero sí relacionarme con tíos menos superficiales.

- Pues busca para ti, yo prefiero seguir centrada en la carrera.

- Los estudios te irán mejor echando un polvo de vez en cuando.

- Tu vida sexual es bastante ajetreada y sueles aprobar por los pelos.

- Pues imagínate si no follara.

- Te agradezco lo que intentas, pero es un poco humillante.

- ¿Por qué?

- Porque parece que les vas rogando para que se fijen en mí.

- Sabes que yo no haría eso, solo les hablo con orgullo de mi amiga.

Evidentemente, no lo hacía con mala intención, pero si Saray me lo pedía, se acabó el buscarle ligues. Me dediqué a lo que mejor se me daba: encontrarlos para mí. Como era cierto que no quería seguir acostándome con idiotas, me centré en Jon, un compañero de universidad que no solía encajar con el que había sido mi prototipo.

No era una cuestión de falta de atractivo, porque Jon era alto, bastante guapo y se intuían unos músculos interesantes bajo su ropa, pero era muy buen estudiante, el mejor de la clase, y con esos nunca había encajado demasiado bien. Como mi propósito era dejar de regalar mi entrepierna a los bobos, me acerqué a hablar con él.

Tuvimos una primera conversación en la que no me quedó nada claro si estaba interesado en mí o todo lo contrario, ni siquiera descartaba que fuese gay. Aun así, la impresión que me causó no fue mala, y él debió de pensar lo mismo, porque a partir de aquel momento comenzó a seguirme a todas partes cuando estábamos en la facultad.

De repente, había hecho un nuevo amigo, uno que me caía bien y a la vez me excitaba bastante, sobre todo por ese aire misterioso que tenía. No estaba segura de si debía presentárselo a Saray, para que no creyera que seguía empeñada en encontrarle a alguien. Aunque, siendo realista, era muy poco probable que lo pensase, porque físicamente no estaba bastante por encima de sus posibilidades.

- Iraida, ¿vienes esta tarde a la biblioteca?

- No puedo, he quedado con mi amiga Saray.

- Siempre estás hablando de ella, ¿cuándo me la vas a presentar?

- Cuando quieras, si está en la facultad de al lado.

- Pues si me dejas ir contigo esta tarde, cancelo el apasionante plan de estudiar.

- Claro, ya va siendo hora de que os conozcáis.

Pensé que haciéndolo así, de forma natural, Saray no lo percibiría como un intento de emparejarla con alguien que claramente estaba por encima de sus posibilidades y Jon tampoco percibiría intenciones ocultas. No las había, solo quería que mis dos amigos se conocieran y que ellos también se llevaran bien. Era optimista al respecto.

Esa misma tarde los presenté y todo salió a pedir de boca. Viéndolos juntos, resultaba obvio que no había manera de emparejarlos, no pegaban nada, y no solo porque él fuese más guapo que Saray, sino porque cada vez me daba más la impresión de que era gay. Sería un desperdicio, porque se me ocurrían muchas cosas que yo podía hacer con ese cuerpazo.

Aunque tampoco hubiese supuesto un drama, seríamos tres para hablar de chicos, y quizás él tendría más éxito en lo de convencer a Saray para encontrarle a alguien. En cualquier caso, no eran más que suposiciones, porque Jon seguía sin comentar nada de su sexualidad y ellos dos se acababan de conocer. Necesitaba saber cuanto antes las primeras impresiones de mi amiga.

- Es majo, ¿verdad?

- Sí, mucho. ¿Es marica?

- Si te digo la verdad, no tengo ni idea.

- Pero lo sospechas.

- Es una posibilidad, nada más.

- Entonces no me lo has presentado para que me líe con él.

- Me dijiste que no lo hiciera.

- De todas formas, está demasiado bueno para mí.

- Yo no he dicho eso.

- ¿Lo quieres para ti?

- Era mi idea, pero llevamos días hablando y ni siquiera sé lo que le va.

- Ya lo descubriremos.

- Supongo que sí.

Oportunidades no nos iban a faltar, porque Jon se convirtió en la tercera pieza de lo que siempre había sido un minúsculo grupo de dos. No podía significar para mí lo mismo que Saray, ni muchísimo menos, pero le cogimos cariño enseguida y compartimos con él casi todos nuestros secretos. Se me hacía raro no estar las dos solas.

Lo habíamos aceptado como amigo, pero eso no quería decir que, de ser posible, no le hubiese dado el meneo que se me antoja va cada vez que lo veía con sus tejanos ceñidos y esas camisetas que le marcaban los bíceps de forma exagerada. Jon era justo lo que me había propuesto encontrar: un tío sexy, con cerebro y temas de conversación muy interesantes.

El problema era que seguía sin soltar prenda sobre si le gustaba, como decía mi padre, la carne o el pescado. Además, en el caso de que fuese heterosexual, tampoco lo iba a tener nada sencillo. Dieciocho años de amistad con Saray eran suficientes para saber que no miraba a Jon como a un amigo, sino como a un desvirgador con patas.

Introduce ir a Jon en nuestras vidas nos trajo cosas positivas más allá de lo mucho que nos alegraba la vista. Compartía piso con otro estudiante, pero este chaval se iba los fines de semana con sus padres, así que podíamos estar allí hasta las tantas, viendo películas y hablando de nuestras cosas. A Saray le costaba mucho disimular su entusiasmo.

- ¿Y si le preguntamos directamente qué le gusta?

- No sé, Saray, no quiero ser brusca.

- Nosotras hablamos sin tapujos, ya es hora de que se abra.

- Tú te lo quieres tirar.

- Ni me lo planteo.

- ¿Por qué no?

- Porque en caso de ser hetero te elegirá a ti, como todos.

- Pongamos que eso es cierto... ¿Te enfadarías si me lío con él?

- Qué va, al menos que lo disfrute una de las dos.

- Bueno, de momento son solo suposiciones.

Dispuestas a sacar el tema de la forma más discreta posible, el siguiente sábado que nos invitó a su casa fuimos con un plan ya trazado. No era demasiado complicado, solo tenía que comentar cuánto hacía de mi último polvo y preguntarle a Jon por el suyo. Fue como si llevara todo ese tiempo esperando a que nos lanzáramos a sacar el tema.

Ninguna de las dos pudimos evitar que se nos escapara la sonrisilla tonta cuando dijo que le gustaban las chicas. Por lo visto, no había sacado el tema únicamente porque no era muy partidario de comentar sus intimidades, otro punto a su favor. Decía estar soltero y con muchas ganas de encontrar al fin el verdadero amor.

Mi mente se puso a maquinar desde el primer instante. No sabía si estaba preparada para una relación formal, nunca la había tenido, pero si por alguien estaba dispuesta a comprometerme era por Jon. Tenía la bendición de Saray, así que solo me faltaba el modo de planteárselo sin parecer demasiado desesperada.

Por lo general, era bastante lanzada con los tíos, no veía sentido a esperar, si al final la inmensa mayoría estaban deseando catarme. En este caso, era un poco más complicado, porque nos habíamos hecho amigos. Mientras seguía pensando, me tocó ir a la cocina para preparar una nueva tanda de palomitas. Lo que vi al regresar me dejó petrificada.

Jon y Saray se estaban morreando en el sofá. Sin ninguna sutileza, como si fuera la primera vez que probaban la carne humana, algo que en el caso de mi amiga era cierto. No sabía si regresar a la cocina, sentarme yo también en el sofá como si no estuviera ocurriendo nada fuera de lo normal o interrumpirles con un sutil carraspeo.

Me alegré por mi amiga, ya era hora de que le pasara algo así, pero no pude evitar sentirme un poco celosa. A Jon lo había seleccionado para mí cuando ella me dejó claro que no quería que la emparejara con nadie, así que, en cierto modo, me lo estaba robando. Intenté no tomármelo de esa manera, Saray se merecía todo lo bueno que le pudiera pasar.

Solo dejaron de besarse cuando se percataron de mi presencia. Mi amiga lucía una sonrisa de oreja a oreja y Jon también parecía feliz. Como ellos evitaron hacer comentarios al respecto de lo que acababa de suceder, yo tampoco dije nada hasta que Saray y yo nos fuimos y no pude evitar bombardearla con todo tipo de preguntas.

- ¿Se puede saber cómo ha ocurrido eso, cacho perra?

- No tengo ni idea... nos hemos mirado y ha surgido.

- Te has estrenado por todo lo alto.

- Solo en los besos, de momento.

- ¿Ya estás pensando en tirártelo?

- Sí, pero no.

- ¿Eso qué quiere decir?

- Que antes tengo que asegurarme de que no es eso únicamente lo que busca.

- Si quisiera follar se hubiese ido a por mí, que sabe que soy la facilona.

- Puede ser, pero quiero ir con pies de plomo.

- ¿Y cuál sería el problema si solo quisiera echar un polvete?

- Que yo no soy así, Iraida.

- O sea, que ya te estás imaginando casada con él.

- Eso ya se verá.

No era momento para aguarle la fiesta, pero estaba convencida de que Jon se había dejado llevar y que no tenía intención de mantener ninguna relación con ella. Como ocurría con más frecuencia de la que me gustaría admitir, me equivoqué. Esos dos se convirtieron en la pareja perfecta, no se separaban más que para ir a clase.

Por primera vez en mi vida, era yo la que quedaba en el medio, la que los acompañaba a todas partes y tenía que ver cómo se besaban y se regalaban muestras de cariño mientras fingía que todo me parecía maravilloso. No es que no me alegrara, pero me estaba costando mucho acostumbrarme a esa nueva situación.

Me sentía mal por no poder alegrarme del todo por Saray, pero es que veía a Jon y me parecía el novio perfecto, justo lo que no sabía hasta ese momento que quería para mí. Ella llevaba años aguantándome a mí en todo tipo de situaciones similares a esas, y sin embargo yo no podía evitar pensar que un chico como ese le venía muy grande.

Intenté encontrar a mi propio Romeo, pero todos me parecían poca cosa comparados con él. De repente, los simples polvos con desconocidos me parecían vacíos, solo me llevaban a pensar más en Jon. Empezaba a despertar en mí algo de rabia hacia Saray, por estar con el tío perfecto y seguir negándose a abrirse de piernas.

- ¿No crees que lo estás haciendo esperar demasiado?

- ¿Dos meses te parece mucho?

- Una eternidad, la verdad.

- Solo quiero estar segura.

- Tía, te ha tocado la puñetera lotería, no seas tonta.

- Tampoco te creas que no hacemos nada.

- ¿Ya te ha tocado el coño?

- Por encima de las bragas.

- ¿Y tú a él?

- Anoche le hice una paja.

- Así que ya has tocado una polla.

- La tiene enorme, no sé si eso me va a caber.

- No te preocupes, al final siempre acaba entrando.

- Entonces, ¿le digo de hacerlo ya?

- Seguro que le das una alegría.

- En dos semanas hacemos tres meses, puede ser un buen momento.

- Mejor eso que nada.

Ese mismo día le comunicó a Jon la fecha exacta en la que estaba dispuesta a acostarse con él, quitándole toda la gracia a la mágica espontaneidad del momento. Tenía por delante dos semanas de aguantar todas sus dudas y miedos sobre el sexo, de aconsejarle para algo que deseaba ser yo la que lo protagonizara.

Por otro lado, Jon también parecía estar nervioso. En su caso, no se debía a que estuviera a punto de perder la virginidad, para él ese barco había zarpado hacía ya bastante tiempo, pero quería que todo fuese a la perfección con Saray, como en una película romántica de las que le gustaban a ella, según sus propias palabras.

Para que eso ocurriera, me pidió que le ayudara a decorar su habitación la noche del estreno. Intenté negarme, por eso de la envidia (no precisamente sana) que sentía, pero me di un poco forzada a hacerlo, sobre todo porque no quería que él sospechara nada. Me repetía todo el rato a mí misma que tenía que hacerlo por Saray, que se lo merecía.

En un alarde de poca originalidad, lo único que se me ocurrió fue que llenara la habitación de velas y cubriera la cama de pétalos de rosa. Al chaval le iba a salir el polvo por un buen dinero, pero se supone que el amor no tiene precio, ¿no? Aunque pensaba que con darle la idea ya había cumplido, tuve que estar en ese diminuto cuarto encargándome de cada detalle.

Mientras le preparaba la cama para que se estrenara, Saray me llamaba cada cinco minutos con más dudas, ajena a lo que yo estaba haciendo, porque se suponía que era una sorpresa. Me hacía preguntas absurdas que me llevaban a pensar aún más que Jon era demasiado para ella, a él le pegaban más los revolcones salvajes con una tía como yo.

Quizás por eso, de forma inconsciente, me vestí de forma más provocativa de lo normal. Le dije a Jon que mi atuendo se debía que después tenía una cita, pero no era cierto, mi único plan para esa noche era esperar a que Saray me llamara para contarme cómo le había ido. Mis pensamientos se estaban volviendo muy oscuros, de muy mala amiga.

No ayudaba demasiado el haber pillado un par de veces a Jon mirándome el escote, o eso quería creer. Que estuviera enamorado de Saray no quería decir que fuese de piedra o que estuviera ciego, pero me empeñé en pensar que quizás era yo la que le gustaba y me veía inaccesible, o no quería romper nuestra amistad.

- Parece que ha quedado todo bien.

- Te lo agradezco mucho, Iraida.

- ¿Estás seguro?

- ¿Qué quieres decir?

- Nada, déjalo.

- Hay confianza entre nosotros, di lo que estás pensando.

- Adoro a Saray, pero...

- ¿No es la típica chica con la que me imaginabas?

- Por decirlo de un modo suave.

- Me encanta como es.

- Pero tú podrías estar follándote a auténticos pibonazos.

- El sexo es solo un rato y normalmente a oscuras, el amor es para siempre.

- Eso lo dices ahora, pero ya te sentirás tentado por otras.

- Ya me sucede, pero tengo claro lo que quiero.

- ¿Quién te tienta?

- No me hagas decirlo.

- Vamos, has dicho que hay confianza.

- Tú me pones mucho, no lo puedo negar.

- Si hubieses querido...

- Las cosas surgieron así.

- Todavía estás a tiempo.

- No te entiendo.

- Creo que lo vuestro irá mejor si no te preguntas cómo hubiese sido follar conmigo.

- No quiero ponerle los cuernos.

- Aún no habéis hecho nada, no cuenta como infidelidad.

- No me hagas esto...

- Será un pequeño secreto entre amigos.

Jon dudó durante una milésima de segundo, tiempo suficiente para que dejara caer los tirantes de mi vestido y le enseñara las tetas, mucho más grandes y firmes que las de ahí. Sin darse cuenta, se llevó la mano al paquete para colocárselo, se había empalmado. Me abalancé sobre él y le besé, ya lo tenía atrapado en mis redes.

Aunque al principio titubeaba, en cuanto le agarré una mano y se la coloqué sobre mi culo se desbocó. Al instante abrió la boca para que nuestras lenguas se encontraran y nos morreamos como había hecho con Saray aquella noche. Jon me agarró las nalgas a dos manos y dejó caer sobre la cama, haciendo que quedara encima de él.

No teníamos demasiado tiempo, así que me quité el vestido, quedándome únicamente el tanga, y lo ayudé a él a desnudarse. Una polla tiesa y todavía más grande de cómo mi amiga me la había descrito quedó al descubierto, lista para penetrarme. No pude evitar sostenerla entre mis manos y disfrutar del ardiente tacto de esa maravilla.

El coño me chorreaba, estaba lista para follármelo, así que aparté el tanga, me elevé unos centímetros y me la clavé. No me la pude meter entera, al menos no de primeras. Mientras Jon jugueteaba con mis pechos comencé a trotar lentamente, descendiendo cada vez un poco más, hasta que acabé chocando con sus huevos.

Probablemente se debía a que yo era una persona pésima, pero aquella era la situación más morbosa que había vivido jamás. De mi vagina seguían fluyendo cantidades muy abundantes de jugos, lo que me permitió poder meterme su tranca entera y cabalgar cada vez a más velocidad. Jon me pellizcaba un pezón con una mano y con la otra me azotaba en el culo.

Yo no solía ser de orgasmo fácil, pero esa noche estuve al borde de correrme desde el principio. Los dos gemíamos y jadeábamos de forma muy sonora. Le agarré la mano con la que me sobaba las tetas y me metí uno de sus dedos en la boca, chupándolo como si fuera la polla. Jon comenzó a empujar desde debajo, dándome aún más placer.

Gritaba como una loca y rebotaba a toda velocidad cuando sentí que ya no aguantaba ni un segundo más. Me corrí de forma salvaje, como no recordaba haberlo hecho jamás. Jon, con todos los músculos de su cuerpo contraídos, me la sacó y expulsó una cantidad exagerada de semen que me roció todo el cuerpo y la cama en la que se follaría a Saray apenas una hora después.

- Tienes que irte ya, Iraida, está a punto de llegar.

- ¿Volveremos a repetirlo?

- Te diría que no, pero dudo que pueda resistirme.

Continuará...