El calor que no le di (capítulo 2)
Sabe que la grabación en su bolsillo es una bomba. Sabe que ella lo ha visto como él nunca pudo. Y aún así, esta noche decide no dejarla ir sin reclamarla, sin importar cuánto duela.
Capítulo 2
Martín se apoyó contra el árbol, el tronco áspero raspándole la espalda a través de la remera empapada de sudor, el frío de la noche cortándole la piel como un cuchillo helado que se le clavaba en los huesos.
Los gemidos de Elena seguían resonando en su cabeza como un eco interminable que se mezclaba con el pitido del celular donde guardaba el video, un arma cargada que todavía no sabía cómo disparar ni contra quién apuntarla.
La puerta de la casa se abrió de golpe, el sonido cortando el silencio como un trueno, y el tipo salió, ajustándose el jean con una mano mientras se pasaba la otra por el pelo húmedo, la camiseta arrugada pegada al cuerpo por el sudor que brillaba bajo la luz de la calle.
Martín contuvo la respiración, los ojos clavados en esa figura que se movía con pasos seguros, el corazón latiéndole en la garganta como si fuera a salírsele del pecho.
Se metió en el Fiat viejo, el motor tosiendo al prenderse con un ruido ronco que le erizó la piel, las manos temblándole mientras giraba la llave en el contacto. Mantuvo la distancia, las luces apagadas para no delatarse, mientras lo veía caminar hacia la esquina, el tipo encendiéndose un cigarrillo con un encendedor que chispeaba en la oscuridad. Giró a la derecha, entrando en una calle secundaria mal iluminada, flanqueada por casas bajas y árboles desnudos, y Martín lo siguió, el sudor corriéndole por la frente, el parabrisas empañándose por su aliento agitado. Pasaron por un par de cuadras, el barrio silencioso roto solo por el zumbido del motor, hasta que el hombre se detuvo frente a un club de tenis local, un lugar con canchas iluminadas por reflectores viejos y un cartel descolorido que decía “Clases con Javier Morales – Entrenador Certificado” en letras medio borradas por la lluvia.
Martín frunció el ceño, el nombre resonando en su cabeza como un eco lejano, algo que Elena había mencionado casualmente hace meses mientras cenaban, algo sobre clases de tenis que él no había registrado, ocupado con el laburo o mirando un partido en la tele.
Se quedó mirando desde el auto, con el motor apagado y el vidrio empañado por su aliento mientras veía al tipo entrar con una mochila de raquetas al hombro. La puerta del club chirrió al cerrarse detrás de él con un gemido metálico.
Javier Morales, el profesor de tenis de Elena, el hijo de puta que se la había cogido en su cama con una pasión que él nunca le había dado, que la había hecho gritar como él no había sabido hacer en años.
La rabia le subió como un incendio, apretándole los puños contra el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos, el jean apretándole la verga que se le volvía a parar sin que pudiera controlarlo. Pero también una curiosidad enferma lo carcomía, una necesidad de saber cuántas veces lo había visto ella, en qué momento se habían cruzado de ese modo, mientras él estaba perdido en su rutina de siempre.
Arrancó el auto y manejó de vuelta, las manos temblándole, el celular quemándole el bolsillo como si fuera a incendiarse, el calor de la grabación todavía fresco en su mente.
Llegó a la casa, la puerta entreabierta como si ella lo esperara, y entró sin hacer ruido. El suelo de madera crujió bajo las zapatillas como un traidor que lo delataba.
Elena estaba en la sala, recién duchada, el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros en mechones oscuros que brillaban bajo la luz tenue, envuelta en una bata corta de seda que dejaba ver sus piernas bronceadas y un pedazo de muslo que lo hizo tragar saliva.
Al saludarla con un movimiento torpe, la bata se abrió un instante, y vio su concha, desnuda, sin ropa interior, con los labios rojos e hinchados asomando como si aún guardaran el rastro de Javier. El morbo lo golpeó como un latigazo, la verga poniéndose dura al saber que estaba recién cogida, pero el odio lo atravesó al mismo tiempo, una furia que le quemaba las tripas.
—¿Qué te pasa, Martín? —dijo ella, retrocediendo un paso, la voz baja, las cejas fruncidas, el cuerpo tenso como si esperara un golpe, las manos ajustando la bata para cubrirse.
Sin responder, la agarró por la cintura y la empujó contra el sillón, levantándole la bata con urgencia, el tejido deslizándose sobre la piel suave como agua. Quería cogerla, borrar la imagen de Javier, reclamarla como suya, hundirse en ella hasta que el recuerdo de ese tipo se esfumara.
Ella se dejó, sorprendida pero sin resistir. Estaba con las manos apoyándose en el respaldo del sillón, y cuando le bajó los pantalones, él la exploró con sus dedos.
La concha de Elena estaba húmeda, abierta, los labios rojos e hinchados como si aún guardara el rastro de lo que había pasado esa noche, un calor húmedo que lo recibió cuando la tocó. Al deslizar los dedos hacia el culo, sintió que estaba dilatado y caliente. Era una prueba silenciosa de cómo la había tomado Javier, y el morbo lo llevó al borde, la verga palpitando contra el bóxer.
Imaginó a Javier abriéndola así, metiéndosela hasta el fondo, haciéndola gritar como él nunca lo había hecho, y la excitación le subió por las piernas como un incendio.
Pero el odio lo atravesó al mismo tiempo, una furia que le apretaba el pecho y le nublaba la vista, haciéndolo apretar los dientes. Nunca le había dado eso, nunca la había abierto así, ni con los dedos ni con la lengua, y ella no se lo había pedido.
Recordó un momento, años atrás, cuando se le había pasado por la cabeza proponerle un trío, tal vez con algún amigo o un desconocido que viera en un bar, una fantasía que lo calentaba pero que nunca se atrevió a decir por vergüenza, por miedo a que ella lo mirara raro o se riera. Se lo guardó, lo dejó morir en silencio, y ahora veía el resultado frente a sus ojos, en esa concha abierta y ese culo dilatado.
Intentó metérsela, pero la erección falló, la verga bajándose como si el cuerpo le traicionara, traicionado por la mezcla de sensaciones que lo ahogaban.
El morbo de tocarla abierta, el odio por la traición, la culpa por no haber hablado de sus deseos, todo se le enredó en la cabeza.
Se inclinó sobre ella, oliendo el jabón mezclado con el sudor y el sexo residual, y deslizó dos dedos en su concha, sintiendo la humedad caliente, los músculos suaves cediendo como si aún recordaran a Javier. Luego probó el culo, un dedo entrando fácil en ese agujero dilatado, el calor apretándole la piel, y gimió, la verga temblando pero sin levantarse del todo.
—¿Qué te pasa hoy? ¿De dónde sacás esto ahora? —murmuró ella, la voz baja pero con un dejo de curiosidad, los ojos fijos en los de él, las manos temblando sobre el sillón.
No respondió, la cabeza dándole vueltas mientras la tocaba, el deseo peleándose con la rabia. Quería más, quería sentirla, pero el cuerpo no le respondía, y ella lo miró, confundida, extendiendo la mano. Lo masturbó con suavidad, los dedos resbalando sobre la piel, el movimiento lento pero firme mientras él seguía explorándola. Metió otro dedo en su concha, sintiendo los pliegues húmedos, y luego dos en el culo, abriéndola más, el calor y la elasticidad llevándolo al borde. Ella gimió, el sonido haciéndolo temblar, y él preguntó, la voz ronca.
—¿En qué pensás cuando te toco así? —dijo, los dedos moviéndose dentro de ella, el morbo subiéndole por la espalda.
Ella primero dudó, pero sabiendo que si le decía algo caliente podría lograr que él acabara le dijo:
—Pienso en que me gusta que me mires, que fantasees con alguien más viéndome desnuda —respondió ella, la voz suave pero cargada, los ojos brillando con algo oscuro.
Hacía unos meses atrás, ella le había confesado ese gusto exhibicionista en una noche candente y si bien él no le había respondido, pudo darse cuenta que esa afirmación lo llevó a terminar casi al instante.
Las palabras lo golpearon, la imagen de ella desnuda para otros haciéndolo gemir, y aunque la verga estaba a media erección, el placer lo llevó al límite. Siguió tocándola, los dedos hundiéndose, y agregó, casi sin pensar.
—Me gustaría algún día que me entregaras el culo —dijo, la voz temblando, el deseo mezclándose con el odio.
Ella sonrió, una curva lenta en los labios, y respondió, el tono tentador.
—Bueno, si te portás bien, tal vez un día de estos podríamos probar —dijo, apretando la mano sobre su verga, el movimiento acelerándose.
Esas palabras, esa promesa morbosa, lo hicieron acabar, el semen caliente chorreándole en la mano de ella, el cuerpo temblando aunque la erección no estaba completa.
Se dejó caer en el sillón, la respiración agitada, el olor de ella todavía en sus dedos, y ella se limpió, mirándolo con una mezcla de curiosidad y algo que no pudo leer.
Pero la escena no terminó ahí. El morbo lo volvió a golpear, la imagen de su concha abierta y su culo dilatado quemándole la mente.
Se levantó, la empujó de nuevo contra el sillón, y esta vez la desnudó por completo, la bata cayendo al suelo como un trapo. La puso a cuatro patas, el culo en alto, y se arrodilló detrás, oliendo el aroma mezclado de jabón y sexo usado. Metió tres dedos en su concha, sintiendo la humedad resbaladiza, los músculos cediendo como si aún recordaran a Javier, y con la otra mano exploró el culo, dos dedos entrando fácil, el agujero caliente y abierto.
—¿Te gusta que te toque así, abierta como estás? —preguntó, la voz ronca, el morbo subiéndole por la garganta.
—Sí, me encanta que me sientas así, que imagines a alguien más mirándome —respondió ella, girando la cabeza, los ojos brillando con un fuego que lo desarmó.
Las palabras lo llevaron al borde otra vez, la verga a media asta palpitando mientras la tocaba, los dedos moviéndose dentro de ella, el sonido húmedo llenando la sala. Agregó un tercer dedo en el culo, abriéndola más, el calor apretándole la piel, y ella gimió, el cuerpo temblando.
—¿Y si alguien te viera así, desnuda y abierta para mí? —dijo, la voz temblando, el deseo mezclándose con el odio.
—Me volvería loca, me excitaría saber que me miran —respondió ella, apretando las manos contra el sillón, el tono cargado de morbo.
Esas palabras lo hicieron acabar otra vez, el semen salpicándole las piernas, el cuerpo convulsionando aunque la erección no estaba completa, la mezcla de placer y furia dejándolo exhausto. Ella se giró, lo miró, y le limpió la mano con la bata, el silencio cayendo pesado entre ellos.
Una voz en el interior de ella le decía que había extraño. No era nada normal que su marido acabara dos veces en una misma noche.
Martín se sentó, la cabeza dándole vueltas mientras se subía los pantalones, el semen pegajoso enfriándose en su piel. La quería, la había querido siempre, desde esa primera vez que la vio en la fiesta del barrio, con esa sonrisa que lo desarmó.
Diez años de casados, y todavía se le aceleraba el pulso cuando ella le tocaba la mano sin darse cuenta, todavía soñaban con tener hijos, con ver a un pequeño corriendo por el patio. Habían hablado de eso el año pasado, después de Navidad, sentados con un vino, ella apoyándole la cabeza en el hombro y diciendo: “¿Y si lo intentamos?”. Él había sonreído, le había dicho que sí, que todavía estaban a tiempo, pero ahora todo eso se le deshacía como un sueño roto.
¿Cómo seguir después de esto? Necesitaba saber qué había pasado, cómo habían llegado a este punto, cómo Elena había terminado en los brazos de Javier Morales gritando cosas que nunca le había gritado a él. Nunca había tenido motivos para sospechar de ella, y eso era lo que más lo confundía. Elena siempre había sido una mina derecha, cariñosa, de las que te miran a los ojos cuando te hablan y te hacen sentir que sos el centro del mundo. Nunca llegó tarde sin avisar, nunca tuvo mensajes raros en el celular, nunca salió con amigas sin contarle a dónde iba. Siempre había sido transparente, o eso creía él, y ahora se preguntaba si alguna vez la había conocido de verdad.
Ninguno de los dos era celoso, nunca lo habían sido, y eso era algo de lo que siempre se habían jactado. “Los celos son para inseguros”, le decía ella cuando veían a alguna pareja discutir por pavadas en la calle, y él asentía, orgulloso de la confianza que tenían. Si ella salía con amigas, él no preguntaba más allá; si él se iba a tomar unas birras con los pibes, ella no lo interrogaba.
Pero ahora esa confianza se le hacía pedazos, y se preguntaba si esa falta de celos no había sido más que una fachada, un error que los había llevado a este desastre. ¿Dónde había quedado el “hasta que la muerte nos separe” que se habían jurado frente al cura, con las manos entrelazadas y los ojos brillosos de emoción?
Ese voto que hicieron con tanta seguridad, con la certeza de que nada los iba a separar, ahora parecía una burla, un eco vacío que resonaba mientras escuchaba el recuerdo de sus gemidos con otro.
La imagen de su concha abierta, de su culo dilatado, lo perseguía, y aunque lo calentaba, también lo llenaba de una rabia que no podía soltar. Quería odiarla, quería gritarle, pero también quería abrazarla, entenderla, recuperarla. Quería volver el tiempo atrás, a esa noche del corpiño negro, y hacer las cosas bien, darle lo que ella necesitaba, mostrarle que él también podía. Pero ahora era tarde, ahora estaba Javier arriba, en su cama, cogiéndosela, y él no sabía cómo seguir, no sabía cómo enfrentar lo que venía.
Se levantó y salió al patio, el frío golpeándole la cara mientras encendía otro pucho, el encendedor chispeando dos veces antes de prender, el humo llenándole los pulmones.
La intriga lo consumía, la rabia y el morbo peleándose adentro, y sabía que no pararía hasta tener respuestas. Javier Morales, el profesor de tenis, había cruzado una línea, y Martín iba a descubrir todo de él, paso a paso. ¿Estaba casado? ¿Tenía una esposa a la que pudiera contarle, una aliada para vengarse? La idea lo encendió, un plan oscuro tomando forma en su mente mientras el humo se perdía en la noche.
Imaginó a la esposa de Javier, una mujer que tal vez ni sospechaba, y se vio sentado con ella en una mesa, el celular en el medio, el video reproduciéndose mientras planeaban cómo destruir al tipo que los había traicionado a ambos. Podría mostrarle las imágenes, contarle cómo su marido había abierto a Elena, cómo la había hecho gritar, y juntos podrían hacerle pagar.
La venganza le quemaba las venas, una necesidad de recuperar el control que le habían robado, y aunque el morbo de lo que había visto con Elena seguía ahí, latiendo en su memoria, la rabia era más fuerte ahora. Apagó el pucho contra la pared, el filtro aplastándose bajo su zapatilla, y volvió a entrar, decidido a empezar su investigación al día siguiente. Sacaría fotos, seguiría a Javier, buscaría su dirección, cualquier pista que lo llevara a esa esposa desconocida.
La idea de tener una aliada, de convertir su dolor en algo activo, lo llenaba de una adrenalina que no sentía desde hacía años, y aunque el amor por Elena todavía le dolía en el pecho, la traición lo empujaba a actuar.
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