Entre Sábanas y Mentiras IV
Claudia creía conocer a su esposo, pero la vista desde el balcón del hotel reveló una traición que la dejó helada. En lugar de huir, decide jugar su propia carta: se disfraza de sirvienta y se une a la pareja que la ha humillado, mientras Ricardo observa impotente desde la habitación contigua. La venganza no será solo emocional, sino carnal y despiadada.
Claudia había decidido darle una sorpresa a su esposo. Estaba en el hotel, en el ala opuesta, disfrutando de la vista al mar desde su balcón. Mientras contemplaba el paisaje, su atención fue capturada por dos parejas entregándose al placer en los balcones cercanos. "Yo nunca haría algo así, ni Ricardo tampoco", pensó con seguridad. Pero al mirar más detenidamente, el horror la invadió. Su amado esposo estaba allí, enredado entre Valeria y otra mujer, entregándose sin reparo y compartiendo a su amante con otro hombre. Se sintió herida de muerte lenta al ver cómo la traición se materializaba ante sus ojos. Un ardor de venganza nació en su pecho.
Con una frialdad calculada, se puso su ropa íntima más provocativa, una pieza transparente que apenas dejaba algo a la imaginación. Tomó un carrito de servicio a la habitación y se dirigió con paso firme hasta la puerta de su destino. Dentro, Valeria y su nuevo compañero disfrutaban sin inhibiciones. Entre jadeos y susurros, Valeria le confesaba a su amante que su esposo jamás le había permitido entregarse completamente de esa forma, y que lo estaba disfrutando como nunca antes.
Al oír los toques en la puerta, el hombre, creyendo que era Ricardo que regresaba, dijo con voz ronca: "Pasa, está abierta". Para su sorpresa y la de Valeria, quien aún se retorcía de placer entre las sábanas, en la puerta apareció Claudia. Su presencia imponente y su mirada desafiante los dejó helados por un momento. Con una voz seductora y una sonrisa peligrosa, susurró: "Servicio a la habitación... Estoy aquí para cumplir tus deseos".
El hombre, encantado con la idea de tener dos mujeres para él, no dudó en recibirla con los brazos abiertos. Claudia se acercó con pasos cortos, sensuales, llenos de una elegancia que encendía aún más la lujuria en el ambiente. "Dime, ¿en qué te puedo servir?", preguntó con fingida dulzura. El hombre no necesitó más invitación y la giró con destreza, colocándola a cuatro patas junto a Valeria. Ambas mujeres se miraban fijamente mientras Claudia dejaba escapar un jadeo de placer al sentir la invasión de su cuerpo. Valeria, sin resistirse, selló sus labios con los de ella, ahogando sus gemidos en un beso húmedo, mientras sus lenguas se entrelazaban con urgencia.
El hombre alternaba sus embestidas, disfrutando del contraste entre ambas. El sonido de las nalgadas resonaba en la habitación, marcando el ritmo del placer. Mientras tanto, en el jacuzzi, Ricardo se entregaba a la morena que gemía sobre su regazo. Sus manos exploraban su cuerpo, separando sus nalgas y estimulando su entrada virgen. "Nunca he hecho esto...", susurró la morena con un deje de duda. Ricardo le besó el cuello y respondió con voz grave: "Déjame enseñarte lo divino que puede ser".
La mujer se estremeció y, poco a poco, se dejó llevar por las caricias y el placer que la dominaba. Con el tiempo, fue cediendo hasta abrirse por completo para él. Ricardo no perdió la oportunidad y comenzó a reclamar su cuerpo, llevándola a gritar de éxtasis. La morena se sostenía como podía, su cuerpo temblando con cada embestida. Mientras tanto, en la otra habitación, Claudia y Valeria ya habían alcanzado su punto máximo, sus cuerpos brotaban de placer y el hombre las había cubierto con su semilla.
Exhausta pero satisfecha, Valeria quedó dormida en la cama, su cuerpo cubierto de rastros de la pasión vivida. Pero Claudia aún no había terminado su juego. Se dejó guiar por el hombre hasta su habitación. Al entrar, Ricardo quedó paralizado al verla. Allí estaba su esposa, desnuda, de rodillas sobre la cama, con el vecino devorándola con furia. Claudia lo miró con desafío mientras gemía de placer.
Ricardo sintió un nudo en el pecho, una ira ciega mezclada con el dolor de la traición. Intentó acercarse, apartar al hombre de su esposa, pero Claudia le lanzó una mirada feroz y le susurró con voz entrecortada: "Cállate... No quiero verte más".
El vecino, sin inmutarse, expulsó a Ricardo de la habitación y cerró la puerta. Con el corazón ardiendo de rabia, Ricardo regresó a su cuarto solo para encontrar a Valeria dormida, su cuerpo aún húmedo y la cama desordenada con rastros de semen y sudor. Pero lo peor no fue eso. Lo que realmente lo desquició fue el sonido que llegó de la habitación de al lado... Los gemidos desenfrenados de su esposa en brazos de otro hombre. fin
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