Xtories

Desayunos calientes

Lo veía cada mañana, calculando las posibilidades, ignorando el anillo que brillaba en su dedo. Pero esa noche, el silencio de la cafetería se rompió y la rutina se convirtió en un secreto húmedo bajo las estrellas.

Pieldemanzana4.5K vistas

No voy a negar que me ponía mucho su presencia. Me ponía, me ponía a mil o a dos mil. A mucho.

Verlo allí parado cada mañana, dándole vueltas a su café, de pie junto a la barra. Impecablemente vestido. Alto, guapo, serio pero agradable al hablar. De voz profunda que me llegaba nítida a pesar del ruido del ambiente.

Yo, me limitaba a mirarlo disimuladamente. Sentada en mi mesa de costumbre. Una café, unas tostadas y el móvil en la mano. Tratando de calmar mi nerviosismo ante su presencia. Intentando no ver el anillo de casado que brillaba en su dedo. Calculando las posibilidades.

Quería la rutina que coincidiéramos cada día en el mismo lugar. Cada uno en su sitio, ni muy lejos ni muy cerca. Cada uno concentrado en sus pensamientos. Ni siquiera nos saludábamos.

Él me ignoraba, como ignoraba a todo aquel que se hallaba a su alrededor. Apenas si saludaba al camarero que ya sabia de sus gustos y le preparaba el café perfecto cada día a la misma hora.

No se le veía feliz, tampoco es que diese impresión de estar amargado. Su expresión era de calma, como si nada le pudiese afectar. Como si nada le preocupase.

Era muy diferente al resto del ganado que pululaba cada mañana por el local. Unos ruidosos, con sus voces y saludos mañaneros, otros callados y de expresión soñolienta. Algún niño con el que una madre batallaba para que acabase el cola cao. Lo normal en este tipo de cafeterías mañaneras y de centro de ciudad.

La cafetera, que hacia aquel tremendo ruido al calentar con vapor la leche, diez veces hervida ya, el golpeteo de tazas y platos. Los gritos procedentes de la cocina anunciando la salida de algún desayuno contundente. El quejido de taburetes a los que les faltaba algo de aceite en sus ejes. Ese olor a aceite refrito y pan crujiente recién tostado.

Y allí estaba yo, Fantaseando con aquel misterioso hombre que me atraía sin compasión cada día.

Cada día igual al anterior, cada día un copia y pega. Las prisas para llegar al trabajo, la mirada furtiva, ese deseo de conocerlo y...y algo más.

Verlo salir por la puerta era el pistoletazo de salida para pedir la cuenta al camarero. Ya nada me hacia permanecer allí por mas tiempo.

Apurada, apretando el abrigo a mi cuerpo para dejar fuera el frio de la gran ciudad. Le daba prisa a mis pies para llegar a tiempo al metro y retomar el trabajo diario antes de volver a casa. Como cada día.

Por la tarde, ya en casa, el saludo a mis padres, la ducha, la bata y ayudar en lo que podía en el hogar. Quizás una película en la soledad de mi cuarto antes de dormir y, esporádicamente, algún tocamiento obsceno entre mis piernas para apagar aquello tan natural del sexo y sus apetencias.

Todo igual y repetitivo, cada día igual al anterior y calcado al de mañana. Algo tenia que hacer.

“Disculpa, ¿te importa que me siente aquí?. Mi mesa esta ocupada y no hay mas sitio”

“En absoluto, déjame hacer el café a un lado. Hoy hay más gente que de costumbre”

De esta manera me senté justo al lado del hombre que era mi fantasía desde hacia ya algún tiempo.

Después de acomodarme en el alto taburete le di las gracias mientras pedía mi desayuno habitual.

Casi rozándonos, cada uno se sumió en sus pensamientos. Como tratando de respetar el espacio personal pese a las estrechez.

Tenia que hacer algo.

“Cada día desayunas aquí ¿verdad?

“Pues si. Me pilla de camino al trabajo y tienen buen café”

“Perdona pero es que yo también desayuno aquí cada mañana y todos los días coincidimos los dos a esta hora. Aunque yo suelo sentarme en aquella mesa”

“Si, lo se. Te he visto muchas veces en ella”

Sorpresa. Tenia conocimiento de mi existencia, pese a todo.

De esta manera fue el primer contacto que tuve con él. No fue mas allá que el de unas frases intercambiadas, casi al azar, casi por educación pero algo al fin y al cabo.

Desde aquella mañana nos saludábamos cada día. Yo en mi mesa, él en la barra. Pero al menos ya me tenia en cuenta.

Alguna vez hablábamos de algo al cruzarnos, intercambiamos miradas o nos hacíamos algún gesto a modo de saludo.

Hasta que llego el día en que casi eramos amigos. Incluso se sentó alguna vez en mi mesa para compartir el momento del desayuno.

Mi imaginación se desbocaba cada vez que lo veía acercase.

Descubrí que estaba casado, que no tenia hijos. Que trabajaba en una empresa de director y cosas así. Trivialidades que me acercaban cada vez un poquito más.

Ahondamos en nuestra mistad. Compartimos algún secretillo. Bromeamos alguna vez y la relación dio muchos pasos adelante. Siempre guardando las distancias, siempre dentro de la educación y el respeto.

¡ Carajo! Comenzaba a cansarme de mis caricias privadas pensando en él.

Aquella mañana decidí dar un paso mas.

Lo invite para la tarde siguiente a merendar con la excusa de mi cumpleaños. Aceptó encantado. Solo me pregunto que qué quería de regalo. Ruborizada le insistí en que nada. Solo quería tomar algo para celebrar sin mas.

Aun así, se presento con un gran ramos de flores. Rosas rojas...¿significaba algo aquel color?

Pedimos unas copas, brindamos por mis veinte y dos años cumplidos. Bromeamos, charlamos alegremente.

“Otra ronda, esta la pago yo” insistió al tiempo que pedía nuevas copas.

El local era encantador, por algo lo elegí. Era confortable, sin apelotonamientos de gente. De música suave, sin estridencias. Donde se podía hablar sin levantar la voz. Confortables sillones donde sentarse y con un servicio atento y educado.

Sin querer, mi pierna rozo la suya, no se retiro ni huyo del contacto. La deje pegada a él. Pareció no importarle. Me envalentoné con aquel simple gesto.

Proseguimos hablando. Quizás mas seriamente de algunos temas, quizás mas como en confianza. La tarde daba paso a la noche y allí seguimos los dos con nuestra celebración “privada”.

El alcohol ingerido parecía darnos alas a la hora de hablar. Dejamos poco a poco fluir a esa persona que todos llevamos dentro y que solo sale cuando vamos algo cargados.

Se hizo tarde. Teníamos que retirarnos. Lamentablemente aquel contacto parecía llegar a su fin.

Ya en la calle, me pregunto que cómo me iba a casa. Conteste que pediría un uber o cogería un taxi.

“Ni pensarlo. Yo te acerco. Faltaría mas Montse”. Acepte el ofrecimiento. Mas que nada por estar un ratito mas junto a él.

Subimos a su coche y le indique el camino de mi vivienda. Puso algo de música y se interno por aquellas conocidas calles y avenidas mientras charlábamos.

“¿Sabes que estoy pensando?” pregunté.

“No, a ver” contesto con una mirada picara en su cara.

“Pues que no me apetece nada volver a casa. Me apetece mas dar un paseo a algún lugar alejado y que este tranquilo. Me dejas allí y te vas a casa tu, sin problema”

“Claro, y yo voy y te llevo a algún lugar perdido y te dejo allí y me voy a mi casa tranquilamente sin saber si estas bien o no. Ni de broma. ¿Donde quieres ir?”

“Que no, en serio. Que no hace falta. No es que quiera estar sola pero no te voy a poner en ese compromiso. Se cuidarme sola, No te preocupes”

“Olvídalo. Dime donde vamos”

“Vale, acepto. Al mirador de la torre. Me encanta ese sitio.”

Giró el volante y tomó rumbo hacia aquel lugar que a mi me parecía mágico por la noche.

No tardamos en llegar. Aparcó junto a la vetusta torre que daba vistas a la gran ciudad, allá abajo.

Salimos del coche y los sonidos de la noche nos recibieron. Hacia algo de frio aun, la primavera acababa de empezar.

Como fascinados por las vistas, nos sentamos en uno de los bancos que por allí hay. Uno junto al otro, en silencio. Mirando alelados las luces de la lejanía.

No se si fue él o si fui yo pero pegamos nuestros costados mientras nuestras manos se acercaban como con miedo. Me miró, le aguante la mirada. Se inclino y me dio un beso que llevaba meses esperando.

No hicieron falta palabras. Nada, el silencio. Nuestras bocas que se buscaron. Unas brazos que abrazaron casi hasta doler. Manos ansiosas en espaldas desconocidas. Lenguas que se encuentran a medio camino para saborear salivas diferentes. Y ese dejarse llevar hasta donde nadie sabía.

Una mano se aproxima a mi pecho que la recibe endureciéndose al roce. No había marcha atrás.

Su calor me llego a través de la ropa.

Envalentonado y ansioso por lo conquistado se aventuro a entrar bajo el jersey, bajo la blusa, solo un débil sujetador se interponía entre su mano y su destino. Cerré los ojos ante el contacto. Cuanto lo deseaba.

Amaso mi pecho como masa fresca de pan mientras se hundía en mi boca con una lengua avariciosa. Yo solo trataba de respirar ante el ataque y esperaba mi turno.

Mi pezón se enredo entre sus dedos haciéndose presente ante su urgencia. Ambos pechos saltaban reclamando atención.

Mis manos paseaban por su espalda no atreviéndome a ir mas allá. Quizás por timidez, quizás por egoísmo. Quería seguir sintiéndolo.

Las respiraciones se vieron agitadas cuando su mano se coló bajo mi falda. Mis muslos casi temblaron ante el contacto. Mi carne tibia se calentaba y mi cuerpo entero con ella.

Las braguitas fueron apartadas con la misma delicadeza con la que me besaba. Me sentía morir.

Mi sexo inundado lo recibió con intranquilidad y alevosía. Temblaba entera solo de pensar quien me estaba tocando.

Mis piernas se abrieron tratando de no ser un obstáculo. Me tenía a su merced y lo sabía.

Su boca solo abandono la mía para hundirse entre mis pechos. El calor de su lengua en ellos, la calidez de su saliva, esa premura del hambriento que me arrancaba gemidos y me hacia dudar de la realidad.

Sus hábiles dedos que sabían como recorrer mi vagina, donde tocar, donde apretar, donde acariciar sin ser rudo. Mi abandono a sus caprichos era total y consentido. Es mas, deseado.

Pero no podía ser egoísta, tenia que devolver el favor. También matar mi curiosidad.

Dejé la mano resbalar de su pecho hasta su entrepierna. Sabía lo que quería encontrar.

Y lo encontré. Duro, desafiándome. Altanero. Prisionero aún por tela opresora que no lo dejaba respirar.

No tarde en liberarlo de su prisión. Me lo agradeció latiendo entre mis dedos. Caliente y agresivo en su dureza. Apetecible hasta decir basta.

Lo manosee de arriba abajo mientras sentía como un dedo se colaba en mi interioridad. Mientras inclinaba la cabeza hacia atrás, dejándolo devorar mi cuello con su boca de seda.

Llevada por el hambre, lo separe de mi cuerpo. Lo justo como para poder bajar la mirada y avistar su hombría entre mis dedos. La boca se me hizo agua ante la contemplación. El espectáculo estaba a unos palmos de mi cara. Lo necesitaba mas cerca aún. Mas adentro aún.

Me incline hasta llegar a él. Lo valore en grosor y largura. Se acomodaba a mi mano y mi boca quería saber sus secretos.

Abrí mis labios para dejar escapar una lengua que se moría de sed. Lo saboree a placer. Sintiendo sus latidos en mis labios, sus ansias en mis sienes. Como quien toma un helado, lo deje resbalar por mi lengua hasta el interior de mi boca, hasta sentirlo en el paladar.

Sus manos ahora solo llegaban hasta mis pechos o mi nunca. Apretaron ambos lugares indicándome el camino a seguir. Y lo seguí a pie juntillas.

Devore aquella carne con hambre de diez lustros. Hasta olvidar cuando fue la ultima vez que sentí algo igual. Saliva que resbalaba a lo largo de su tronco mientras mis ojos se cerraban disfrutando del placer de sentirlo dentro de mi boca. Ansiando que no terminase el momento.

Perforó mi garganta hasta extremos nunca conocidos. Hasta provocar pequeñas arcadas que trate de contener.

Solo lo abandone para sentarme en su regazo. Pubis contra pubis, hombre contra mujer, boca contra boca.

Lo fui guiando hasta encontrar el lugar justo donde quería sentirlo, donde necesitaba sentirlo. Dentro, muy dentro de mi.

Una carne que se abre, unos dedos que guían, una boca que gime y sentirme inundada del calor que tanto ansiaba tener.

Cabalgue como yegua sin montura, a pelo, sin freno, sin falsa rienda. Acercando mis pechos a su boca que languidecía a su contacto. Sintiendo mis nalgas manoseadas con avaricia ciega en mi cabalgar.

Azuzada por sus movimientos pelvicos que comenzaban a amenazar con una inundación de mis entrañas.

Con las rodillas doloridas del roce contra la madera, los nervios desatados y la noche cómplice de mis obscenidades retenidas en noches de soledad.

Sintiéndome llena, como completada por aquella carne que barrenaba mi ser hasta hacerme gritar. Mordiendo con rabia unos labios carnosos y apremiando con mis manos su nuca para no dejarlo escapar.

Un latido diferente me decía que estaba cerca. Unas contracciones en mi intimidad me anunciaban que aquello tenia un final. Redoble con bravura mi loca cabalgada en busca del destello que rompe oscuridades en la mente y nubla la visión. Tampoco él parecía estar lejos de lograrlo.

La cima se acercaba a pasos agigantados. El clímax comenzaba a gestarse en mis entrañas maltratadas. Todo parecía desaparecer en mi entorno. Solo él permanecía aferrado a mi cuerpo como testigo de mi placer. Él y su miembro,que quería llegar a mi alma a través de mi cuerpo.

El descontrol de mis facultades físicas. El temblor que se aferra a mi espalda. El estallido de los sentidos en una convulsión que amenaza con destrozarme entera...y ese hundirse en la paz sintiendo como el calor, su calor, me invade y me desborda por completo. Después la nada. El silencio apenas roto por respiraciones alteradas. Unas manos que se relajan, unas bocas que se besan tiernamente ahora. El olvido de donde me encuentro.

Casi en silencio nos apresuramos a recomponernos. A dejar las ropas debidamente colocadas. Guardamos silencio pero los dos sabemos que aquello había pasado. Eramos muy conscientes de ello, nuestros cuerpos lo testimoniaban.

Nos miramos dentro de la oscuridad que nos rodea. La ciudad sigue allí abajo, con sus ires y venires. Con sus luces intermitentes y semáforos pariendo colores.

Después, después volvimos al rutina de cada día.

El café mañanero, la tostada que se enfría. Las voces que se mezclan en la vieja cafetería. Todo igual.

Bueno, todo no. Nuestras miradas cómplices se cruzaban siempre que podían. Ambas sabiendo que alguna vez se repetiría aquello. Ambos silenciando lo que queríamos gritar.

No, no era amor, era sexo, puro y duro sexo. Sin más. Compartido, deseado, secreto, reconfortante al ser silenciado.

Dejo sobre la mesa las monedas del pago del café. Paso junto a él, rozando ligeramente su pierna al pasar. “Hasta mañana vecino”...”adiós vecina”...la mañana vuelve a ser fría afuera.