Xtories

Doble check: El primer caso de Rubia Hetaria

Mauricio cree que el detective Robles es su aliado secreto, pero la realidad es mucho más oscura. Mientras él espera pruebas de traición, Robles y Alejandra tejen una red de deseo y chantaje que lo tiene a él como único objetivo. La pregunta no es si lo engañan, sino cuánto está dispuesto a perder por creerles.

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I

Oro parece, plata no es

—¿Nada?—preguntó el cliente.

—No. Nada de nada—respondió el detective acompañando la negación con un gesto de su cabeza de entradas pronunciadas. Cómo puede ver en estas fotos, señor Vázquez, las dos horas que su señora permanece en el hotel lo hace a la vista de mucha gente. Pasa el tiempo reunida con varias personas en la cafetería y tan solo sale de ella para ir al servicio.

Mauricio Vázquez tomó las instantáneas que el detective le puso a su alcance. En efecto: en ellas, tomadas desde cierta distancia, se apreciaba la agraciada figura de su mujer entre varias personas, de hecho conocía a un par de ellas; viejas amigas. El resto, eran desconocidas para él, un par de mujeres más y dos hombres que no le sonaban de nada.

—¿Siempre se reúnen los mismos?— se dirigió al detective que aguardaba recostado en su sillón atusándose el bigote.

—No. Las tres veces en las que se ha citado en ese hotel, la gente y su número cambia. Pero su presencia, excepto como ya le digo por las normales visitas al excusado, es invariable. No se ausenta nunca más de cinco minutos. Aquí tiene otras fotografías de los otros días a los que me refiero—añadió el detective pasándole un par de sobres que extrajo de uno de los cajones de su mesa.

Mauricio las extrajo y se puso a contemplarlas una por una, dándole vueltas al asunto en su cabeza.

—¿Entonces?—inquirió el detective después de conceder un tiempo prudencial a su cliente.

—Entonces, ¿qué?—preguntó Vázquez levantando la mirada de aquellas fotos anodinas.

—Que si suspendemos el operativo de vigilancia. Como puede ver…

—No—interrumpió el cliente—, aún no. El miércoles mi señora viaja a Barcelona por trabajo. Pasará allí hasta el sábado por la mañana. Quiero que no la pierda de vista durante el tiempo que ande por allí y hasta que entre por la puerta de nuestro domicilio.

—Así lo haré, claro. Si es lo que quiere. Pero…

—¿Pero?

—Tendremos que renegociar la minuta. La que le ofrecí no contemplaba viajes ni estancia en otros destinos. Las dietas, ya sabe.

—El dinero no es problema, Robles. Usted hágalo. Si después seguimos sin novedades ya decidiré sobre la necesidad de continuar.

—Por mí, perfecto, Señor Vázquez. Mándeme la información de ese viaje por el conducto habitual y yo me encargaré del resto.

Mauricio Vázquez se levantó, estrechó la mano que le tendía el detective a modo de despedida y se dirigió a la salida.

—Señor Vázquez—Mauricio se giró ya con el picaporte en la mano—, suele pasar esto. Por mi experiencia le digo que casi la mitad de los casos de infidelidad de los casos que investigo, no son más que sospechas infundadas por malos entendidos entre los conyugues. Éste, o mucho me equivoco, o es uno de esos casos. Hable con su mujer, le sorprendería las tonterías que crecen como bolas de nieve por no mantener una conversación fluida.

—Robles, ¿usted qué es?, ¿detective o consejero matrimonial?

Sin esperar respuesta, abrió la puerta y se marchó, dejando al detective con una sonrisa en la cara de aquiescencia ante la pregunta de su cliente.

Cuando escuchó que el ruido del ascensor se ponía en marcha, cogió su móvil y buscó un número en su agenda. Tras aguardar unos cuantos tonos, empezó a hablar:

—Ya está hecho… Sí… Quiere que vaya a Barcelona, por lo visto su mujer tiene allí negocios… Sí, claro, pero quiero mi «incentivo» antes del viajecito…Eso a mí me da igual, es problema tuyo…No, o tengo lo que me prometiste antes del miércoles, u os desmonto el chiringuito…Eso espero por vuestro bien. Aguardaré ansioso tu llamada… jajajaja, eso desde luego ¡Joder y que ganas tengo!

Y colgó.

Mauricio conducía por la ciudad perdido en sus pensamientos. La incertidumbre de sus pensamientos lo mantenía alejado del tráfico, manejando el coche de forma automática. ¿Estaba aliviado por las noticias que le acababa de dar el detective? Sí, pero solo hasta cierto punto. Pese a que todo parecía imaginaciones enfermizas suyas, no las tenía todas consigo; seguía con la mosca detrás de la oreja. La verdad, la que no se quería reconocer a si mismo, es que se despreciaba por desconfiar de su mujer, Alejandra. Jamás se había considerado un hombre celoso y ahora había contratado nada menos que un detective para que la siguiera, ¡para espiar a su mujer! Pero eran más que meras sospechas, «¿no?»se preguntaba sin saber de verdad la respuesta.

Todo había comenzado pocos meses atrás. Hasta ese momento ni se le hubiera pasado por la cabeza meterse el camino tortuoso de la duda. Al principio, pequeños detalles, pequeñas diferencias en su rutina matinal: menos sexo del habitual; más móvil del habitual; pequeños cambios en su comportamiento y un par de casualidades extrañas, como aquellas sospechosas marcas en el cuerpo de su mujer o una lencería dañada en el cubo del baño…En fin, cosas. Ninguna certeza y un millón de incógnitas. «Hable con ella», había dicho el espantajo del detective. ¡Claro! como si fuera tan fácil plantearle sus dudas a su mujer: «Oye, cariño,¿esas marcas tan raras en tu culazo y el tanga ese que tanto me gusta que esta roto? No serán porque me estás poniendo los cuernos, ¿verdad? Por cierto, ¿con quién te escribes tanto cuando crees que duermo? Mira que el móvil antes de dormir es muy malo para las ondas alfa del cerebro…Joder, joder. Hable con ella, dice. ¡Como la peli de Almodovar! ¡Si es que hay que ser cretino!»

Por que esa era otra, aquel tipo. No le gustaba una mierda, pero qué remedio. ¿Cómo se busca un detective para esta clase de situaciones?¿Eligiendo al primero que sale en las páginas amarillas o en el buscador de Google?¿Mirando la cantidad de estrellitas y «me gusta» del Spy Advisor? Hay que joderse, que diría aquel. El tal Robles al menos había venido recomendado por su socio, por Pedro, que era un gran amigo, aparte de colega. Pero, desde la primera entrevista que tuvieron, quedó claro para Mauricio que el detective no era harina de buen costal. Aunque, en huelebraguetas con licencia, eso tampoco debería extrañarle, es decir, no buscas un detective por ser buena persona, o por ayudar a viejecitas a cruzar la calle, buscas a gente capaz de rebuscar en la mierda, en las alcantarillas si hace falta, ¿o no?. Pues eso, que estaba hecho un lío. Ya no sabía si ese sentimiento de culpabilidad, que le embargaba cada vez más, por haber tenido que poner a alguien a vigilar a su esposa era el que le hacía ver fantasmas por todas partes, o era algo más profundo lo que le despertaba ese sujeto—con pinta de Eusebio Poncela cuando interpretaba a Carvalho con bigote y todo—al que pagaba para decirle si se abría la veda de los ciervos de catorce puntas.

—¿Has comido bien, Mauricio?

Mauricio pegó un respingo ante la pregunta de Sofía, su adjunta. Tan ensimismado iba en sus pensamientos, y tan mecánicos sus movimientos, que ni siquiera se había dado cuenta que había llegado hasta la misma puerta de su despacho.

—¿Comida?—preguntó como si estuviera obnubilado—Eeeeeh, sí…muy…Gracias, Sofía.

—¿Te encuentras bien, Mauricio? Tienes una cara que…

—Sí, sí. Mis cosas, ya sabes.

Sofía se levantó de su mesa y tomó suavemente a su jefe del brazo. Éste agradeció la mirada franca de sus ojos miel que lo miraban con afecto.

—De verdad, Sofía, todo está bien. Es la dichosa patente, nada más.

Sofía lo miró haciendo cómo que se lo creía. Más de cinco años trabajando juntos eran suficientes para saber que ahí había algo más.

—Sabes que puedes hablar conmigo si lo necesitas, ¿verdad?

—Claro, mujer, claro. Además, ¿para qué? Si me conoces mejor que yo mismo. Siempre he dicho que eres la mujer más inteligente que conozco.

—Menos lisonjas, Mauricio, qué solo soy una secretaria. Jajajajaja

—Por que quieres, siempre…

—Déjate el temita—fingió un tono enfadado—que me tienes…Por cierto, ahí te espera Rodolfo Valentino. Lleva prisa, por lo visto.

—Sofía…—empezó Mauricio en tono perentorio.

—Sí, ya sé—agachó la cabeza como una niña regañada—quería decir el señor Roa.

—Tampoco es eso, puedes tutearlo, pero de ahí a llamarlo…

—En el trabajo solo tuteo a la gente con la que me llevo, y el señor Valentino, no es uno de ellos.

—Vale, vale. Jajaja. Algún día me tendrás que contar de dónde sale tanta inquina—dijo Mauricio soltándose de su adjunta y abriendo la puerta de su despacho.

Sofía se quedó viéndolo como entraba y negando para sí con la cabeza. Antes de que pudiera entrar se acordó de otra cosa que le quería comentar:

—¡Ah, Mauricio!

—Dime—dijo este asomando solo la cabeza por la puerta.

—Han llamando del ministerio. Mañana enviarán a alguien para auditar los preliminares que enviamos de la patente.

—¿Otra vez?

—Sí…—contestó Sofía algo nerviosa—, ya sabes, la burocracia nunca acaba.

—Pues nada, lo recibiremos. Qué le vamos a hacer.

Cuando Mauricio cerró la puerta del despacho, Sofía dejó escapar un suspiro de alivio.

Pedro Roa, socio de Mauricio en el laboratorio farmacéutico, lo esperaba sentado en el sofá con un vaso de whisky en una mano y trasteando su móvil con la otra.

—Un momento, que tengo otro «match»—explicó éste con una sonrisa lúbrica en su cara.

—¿Otro qué?—preguntó Mauricio dejando sus enseres sobre la mesa.

—Mira que pibón—se levantó Pedro esgrimiendo el aparato como si fuera una placa de policía.

En la pantalla aparecía una impresionante rubia con más curvas que el circuito de Suzuka.

—Joder, Pedro, no pierdes comba, ¿eh?—alabó Mauricio tras echar un somero vistazo a la pantalla.

—La soltería, Mauri ¡Divino tesoro!

—Ya, ya—contestó encendiendo el ordenador y aflojándose cuello y corbata.

—Bueno, ¿qué?

—Que sí, que está muy buena.

—No, hombre, lo del detective. ¿Qué tal ha ido?

Mauricio lo miró por encima de las gafas, instándole con la mirada a bajar la voz.

—Nada—contestó lacónico.

—¿Ves? Si ya te lo decía yo. Alejandra es una santa. Pero bueno, oye, mejor prevenir, ¿no?

—Sí—afirmó Mauricio, ya prácticamente inmerso en lo que tenía en la pantalla—. Por cierto, Pedro, seguro que ese tío es de fiar, ¿verdad?

El otro apartó la vista del teléfono y lo miró suspicaz.

—Claro, ya te dije. Es muy bueno en lo suyo.

—Ya, es que no sé. Alejandra se está comportando de una forma muy rara. Y, además…

—Además, nada. Eso que me contaste puede tener miles de explicaciones, aunque como ya te dije, es un asunto peliagudo el tratarlos así con ella. Si siente que dudas de ella…bueno, no se cómo se lo podría tomar. Por eso te aconsejé a Robles. De verdad que es muy capaz.

—Vale, vale—cortó el tema más por él que por su socio—. Me fío de ti. Esta noche deberíamos quedar para darle un nuevo repaso a los preliminares que enviamos al ministerio. Sofía me acaba de comunicar que nos mandarán a un auditor mañana y…

—¿Otra vez?—interrumpió Roa—creía que ya teníamos ese paso solucionado.

Mauricio se reclinó en su sillón, mirando a su socio.

—Pues sí—confirmó dubitativo—, pero es lo que hay. Ya sabes, las cosas de palacio…

—Ya, ya. Pero oye, cómo eso ya lo tenemos enfilado y yo tengo una cita muy importante programada para esta noche…

—¿La rubia?

—No, otra.

—Joder, Pedro, ¿Otra de tus amigas habituales?

—Jajajaja, sí, se puede decir que sí. La más zorra de ellas, de hecho.

—¡Pedro, coño!

—Ya, Mauri, perdona. Sé que no te gusta ese vocabulario tan soez, pero es que la muy…

Mauricio le echó una mirada de esas que de poder matar, habría hecho fosfatina a su socio.

—Está bien—concedió—, cómo bien dices, es solo revisar, el trabajo ya está hecho. Yo me ocupo. De todas formas Alejandra tiene una cena con los del hospital y llegará tarde, así que no tengo nada mejor que hacer.

—Siempre te puede ayudar Sofía—soltó Pedro, intencionadamente—. Seguro que a ella no le importa.

Mauricio le miró de forma valorativa.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso, Pedro?

—¿Yo?—contestó raudo—Nada, de nada. Ya me gustaría a mí pasar la noche acompañado de la jamo…Perdona, perdona—se interrumpió a sí mismo ante la mirada furibunda de su socio— de alguien tan competente. Seguro que entre los dos terminaríais en un plis.

—¿No tienes trabajo, Pedro? Porque yo si lo tengo, y una cosa es que tú no hagas el tuyo por tus «reuniones» y otra diferente es que embarques a más gente y comprometas su horario a la torera.

— Razón llevas, amigo mío. Zapatero a tus zapatos. Me voy a la mina como decía Antonio Molina.

—Jajaja—rio Mauricio por primera vez en el día—. Sí anda, tira. A ver si nos quitamos el asunto este de la patente de una maldita vez, y nos podemos tomar unas vacaciones, porque yo tengo la cabeza que ya no sé…

—¿Mauri?—llamó Roa desde la puerta, viendo como éste levantaba de nuevo la vista de la pantalla—. Tú tranquilo. Con lo de Alejandra, digo. Será una fase o algo así…ya sabes, ¿quién entiende a las mujeres?

—Pues, tú, por lo visto—respondió Mauricio divertido—. Porque no paras, Valentino.

—Se hace lo que se puede, amigo. Y lo que no, pues pastillita azul, que para eso nos dedicamos a mejorar la vida de la gente. Adiós, socio, que no se te haga muy tarde.

Roa cerró la puerta dejando a Mauricio pensativo pero con una sonrisa. «Joder, joder, con el Rodolfo ¡Folla más que un torero!».

ESA NOCHE

Pedro Roa alternaba su lengua entre los durísimos pezones de la amazona que lo estaba cabalgando como si no hubiera un mañana. Mientras, él, amasando a la vez ambos pechos, parecía querer beber de ellos. La habitación de aquel hotel estaba llena de gemidos lascivos, sonidos de lujuria y de un penetrante olor a sexo. Con cada caída de ella sobre su cuerpo sudado, notaba como cómo su polla entraba más y más profundo, sintiendo como los músculos vaginales de la mujer le estrangulaban el miembro a cada golpe. Estaba a punto, ya sentía cómo los canales de su torturada herramienta se tensaban como cables de acero, cuando la mujer se dejó caer por última vez entre gritos acompañados por una rigidez de espalda, arqueándose casi de forma imposible. Notó los muslos de ella aferrándose a su cuerpo y las uñas de sus manos clavándosele en los pectorales.

—Mejor que con el cornudo de tu marido—comentó Roa entre jadeos cuando el cuerpo de la mujer se dejó caer boca abajo sobre la cama—, ¿eh, zorrita, mía?

La bofetada restalló por la habitación, haciendo eco.

—¡Cómo vuelvas a llamarme así te reviento los cojones a patadas! ¡Imbécil!

—Bueno, bueno, ¡leona!—exclamó Roa entre risas pero masajeándose la cara para calmar el dolor de la hostia recibida—¡Era una broma!, fiera.

—Y ya que estamos, no vuelvas a llamar así a Mauricio. No me gusta.

—¿Remordimientos, cariño?—bromeó Roa agarrando a Alejandra por el culo y atrayéndola hacia a él.

—Sabes que no. No estoy haciendo nada que él no haga con esa guarra de secretaria que tiene—contestó dejándose arrastrar y cogiendo a su vez la polla a media asta de su amante—pero aún así, no me gusta que tú, precisamente, lo llames así. A ese hijo de puta, solo lo puedo llamar cornudo yo. Pero cuando llegue el momento. Antes, no.

—Vale, vale, Leona. De hecho allí los he dejado solitos para terminar unos asuntillos. Será como quieras pero…

Roa se interrumpió para soltar un gemido al notar como la mujer comenzaba a limpiar su glande con la boca a la vez que intentaba ponérsela dura otra vez para el siguiente asalto masajeando su tronco. Estaba apunto de dejarse llevar por la incipiente mamada, cuando se tuvo que maldecir a si mismo: era eso, o hablar. Y malditas sean las ganas que tenía de lo segundo; pero bien sabía del tiempo que les quedaba y si lo dejaba para otro momento estaba seguro de que sus planes podían salir muy perjudicados. Ella necesitaría tiempo para aceptar; para ver que no quedaba otra salida. Una negativa daría al traste con todo, pero planteárselo, joder, tampoco es que fuera a ser un camino de rosas. Además, a que negarlo, algo de miedo por su integridad física también tenía, porque Alejandra era una mujer con los ovarios muy bien puestos; amén de una mala hostia de excomunión papal. No querría tenerla como enemiga. Pensó por ello en el pobre Mauri, y en lo hijo de puta que hay que ser a veces en la vida para salirte con la tuya.

—Alejandra, para. Tenemos un problema—dijo a su pesar, entre sus crecientes jadeos y los sonidos de succión que ya arreciaban.