Xtories

Un nuevo compañero de trabajo

Siempre supo que su matrimonio estaba en crisis, pero nunca imaginó que la tentación llegaría desde su propia oficina. Andrés no es solo un compañero; es el espejo de los deseos que Ana ha enterrado durante años. Ahora, el peligro de ser descubierta se mezcla con un placer prohibido que la está transformando.

Poliakov31K vistas9.2· 23 votos

Ana trabajaba en una empresa de publicidad en el departamento de diseño. Llevaba ya un par de años en el puesto y era un trabajo que le apasionaba.

Tenía treinta años y llevaba nada menos que nueve casada con Julio, su primer novio y el único hombre con el que había mantenido relaciones, salvo algunos besos inocentes y algunos tocamientos cuando era adolescente.

Su matrimonio no era perfecto y el paso de los años había restado pasión y complicidad. La vida cotidiana se había vuelto más rutinaria, pero el principal motivo de conflicto venía de la manera de vestirse de ella, siempre con ropas ajustadas, escotes, zapatos de tacón... A Ana le gustaba presumir y la verdad es que tenía un cuerpo precioso, con una cintura estrecha, un vientre liso, bonitas tetas, ni muy grandes ni muy pequeñas, y un culo perfecto. Y el problema era que Julio se ponía bastante celoso al verla salir de casa cada mañana tan arreglada. Sabía que los hombres la miraban, que la deseaban y los celos acababan pudiendo con su paciencia.

A principios de mes, un nuevo empleado llegó a la empresa de Ana. Se llamaba Andrés, un tipo fuerte, de piel morena, bastante atractivo que en seguida fue la comidilla de las compañeras de Ana, especialmente las solteras.

Vaya cuerpazo - decía Isabel durante la comida.

A mí me gustan sus ojos - señalaba Luisa.

¿Y el culo?, je, je, ¿Qué me decís de su culito? - añadió Rosa.

Y a ti, ¿qué te gusta de Andrés? -le preguntó Luisa a Ana - No dices nada.

Os dejo a vosotras, ya lo decís todo.

Pero Ana, si se hubiera atrevido a hablar, hubiera dicho que también le gustaba su culo, sus ojos y su cuerpo. No estaba ciega y Andrés era un hombre muy atractivo. Y eso era todo, ella estaba casada y punto.

Sin embargo, ese detalle no parecía preocupar al recién llegado que, entre todas las mujeres de la empresa, se quedó prendado de Ana. Y no le importaba que ella estuviera casada. Andrés era un conquistador y no se rendía fácilmente. Aquella mujer, con sus curvas, su coquetería, era un imán irresistible. Además, Andrés presumía de conocer a las mujeres, de saber cómo pensaban, qué querían o qué les faltaba y al poco tiempo de entrar en la empresa, supo que Ana carecía de emociones en su vida, que su matrimonio era aburrido y que, bajo sus ropas ajustadas, se escondía una mujer necesitada de afecto. No se equivocaba cuando pensaba que Ana necesitaba ser el centro de atención, sentirse especial en medio de otras mujeres y él iba a proporcionarle precisamente eso.

Ana se dio cuenta enseguida de las atenciones de Andrés. No pasaban de detalles caballerosos y alguna mirada que se prolongaba más de lo necesario. No solo no le preocupaba, sino que se sentía halagada. Además, notaba cierta envidia entre sus compañeras y eso aún la hacía más feliz.

Parece que el nuevo solo tiene ojos para ti – dijo una Rosa algo celosa.

Tonterías, yo creo que coquetea con todas.

Sabe que es guapo y lo aprovecha, pero a ti te mira de un modo especial - añadió Isabel.

¿Debería preocuparse tu marido? - preguntó Rosa con muy mala intención.

Para nada, Rosa, para nada.

Y la verdad es que Ana lo pensaba sinceramente. No se le había pasado por la cabeza que pudiera engañar a su marido con Andrés.

Pasaban las semanas y las atenciones de Andrés eran diarias y cada vez menos disimuladas. Todos en la oficina veían que estaba intentando ligar con Ana, pero ella seguía convencida de que esas atenciones las tenía con todas, aunque tal vez ella le gustaba más.

El primer signo de peligro que debió ver Ana fue cuando sin darse cuenta esperaba cada día las atenciones de Andrés. Instintivamente, acudía a la oficina pensando con qué detalle iba a sorprenderla. Y no solo pensaba en eso, sino que lo deseaba. Sin embargo, por el momento era incapaz de presentir cualquier tipo de peligro.

Una mañana, Ana y su marido volvieron a discutir por el tema del vestuario. En cuanto vio a Ana con una camiseta ceñida que marcaba sus tetas y un pantalón muy ajustado, Julio no pudo evitar los celos y Ana acabó saliendo de casa enfadada, muy enfadada.

Andrés notó enseguida que Ana no estaba bien y decidió intentar aprovechar esa oportunidad. Se inventó una mentira para poder quedar con ella después del trabajo.

Ana, perdona que te moleste. Solo quería invitarte a tomar algo esta tarde, es mi cumpleaños y he invitado a unos amigos a mi piso. Me encantaría que vinieras.

Oh, vaya. No sé. Tendré que pensarlo.

Vale. Ya me dirás algo a lo largo del día, pero me gustaría que vinieras. También vendrán Rosa, Isabel, Luisa, Arturo, Sergio. Lo pasaremos bien.

Ana no pensó en la invitación hasta media hora antes de finalizar la jornada. Por un lado, le apetecía pero también dudaba de la reacción de Julio después de la discusión de esa mañana. Finalmente, decidió acudir. Le mandó un mensaje a su marido diciendo que llegaría tarde porque iba al cumpleaños de una compañera y le confirmó a Andrés que iría.

El piso de Andrés era amplio y muy bonito aunque se notaba que era un piso de un tío soltero por la precariedad de los muebles y la decoración, pero al menos estaba ordenado.

La fiesta tenía lugar en un salón amplio, de grandes ventanales. Al principio, estuvieron charlando y picando algo, pero pronto Andrés puso música suave y la gente empezó a bailar. Andrés bailó con las amigas de Ana dejándola a ella intencionadamente en último lugar para impacientarla y provocarle alguna duda. Así que cuando finalmente la invitó, Ana aceptó encantada.

Andrés bailaba y olía muy bien. Ana estaba disfrutando del baile hasta el punto de no molestarse cuando Andrés la apretó contra su cuerpo. Ana notó su calor, los músculos de su pecho y se dejó llevar. Andrés fue apartándose del grupo hasta llegar a un pasillo donde los invitados no podían verlos. Entonces, la besó. Ana no reaccionó al principio y aceptó el beso en medio del placer del baile y el calor de Andrés. Pero al cabo de un par de segundos, se separó de él.

No, para. ¿Qué haces?

Besarte. Me gustas mucho y no pude resistirme. Perdona.

Bueno... - Ana estaba nerviosa, más de lo que hubiera deseado – es mejor que me vaya. Es tarde.

De acuerdo. Te llevo a tu casa.

¡No! - la negativa sonó demasiado fuerte y Ana se sintió turbada – Perdona. No, no hace falta. Gracias.

Solo había sido un simple beso y no había durado más de tres segundos, pero Ana se fue a casa muy alterada. No lo había visto venir y eso cambiaba por completo la situación en la oficina. Andrés le había dicho que le gustaba, ya no había dudas sobre eso. Ahora tendría que verlo a diario sabiendo lo que pretendía. No iba a ser agradable. Lo que Ana aún seguía negando era que ese beso inocente le había gustado. Y más que el beso, saber que era capaz de atraer a un hombre como Andrés, por el que todas sus compañeras suspiraban. Esa sensación de resultar guapa, deseable, le encantaba. Pero todas esas sensaciones las habría negado si alguien le hubiera preguntado. Incluso se las negaba a ella misma, enterrándolas profundamente.

Por su parte, Andrés había logrado ya un avance importante: estaba seguro de que a Ana le había gustado el beso; si no hubiera reaccionado de otra manera. Solo tenía que seguir por ese camino. Esa mujer tan apetitosa iba a caer en sus redes.

Los siguientes días en la oficina fueron complicados para Ana, que intentaba mantenerse alejada de Andrés y, sobre todo, temía que pudieran quedarse solos pues estaba convencida de que volvería a intentar algo. Pero Andrés sabía manejar muy bien los tiempos. No quería acosarla, pues podría salirle mal la jugada. Al contrario, le dio su espacio, se limitó a sus cortesías habituales, pero no buscó nada más. Conforme pasaban los días, Ana llegó a pensar que tal vez Andrés había desistido de su intento de seducirla. Por un lado, eso la tranquilizó pero, por otra parte, Ana se dio cuenta de que también se sentía algo decepcionada. Aquella sensación de verse deseada se apagó y provocó un pequeño vacío en ella.

Después de una semana, coincidieron ellos solos en el ascensor. Era el momento de dar otro paso. Andrés detuvo el ascensor y a Ana le dio un vuelco el corazón. Se quedó mirándolo sin pestañear, viendo cómo se acercaba a ella. Era como si sus músculos no le obedecieran, estaba inmóvil. Solo llegó a decir “No” de manera casi inaudible antes de que Andrés la besara abrazándola contra él. Ana no pudo resistirse y le devolvió el beso. Sus lenguas se exploraban mutuamente y Ana sentía que su cuerpo parecía fundirse en los brazos de Andrés. En cuanto terminaron de besarse, Ana era consciente de que iba a serle infiel a su marido por primera vez. Y lo peor era que lo deseaba.

Se separaron sin decir nada. Ana pasó el resto del día nerviosa. Se decía a sí misma que todavía estaba a tiempo de evitar dar un paso decisivo, pero en realidad sabía que no era así, que ya era tarde. Lo que había comenzado casi como un juego, con esa sensación de sentirse atendida, mimada y deseada, había cambiado y ahora quería sexo con Andrés. Desde el baile, la atracción que sentía hacia él se había vuelto muy evidente. Culpaba a su marido, a su falta de atenciones, pero también sabía que era ella la que quería dar ese paso.

Con el paso de las horas se fue calmando. Incluso llegó a pensar en un simple calentón por estar a solas con ese joven tan guapo; por el momento, al estar solos en el ascensor... Una vez en casa, al lado de su esposo, Ana decidió que estaba bien como estaba y que un simple polvo no valía la pena si ponía en peligro su estabilidad.

Al día siguiente llegó al trabajo resuelta a plantarle cara a Andrés si volvía a intentar algo con ella. Es más, hablaría directamente con él para dejarle claro que no le gustaba lo que estaba buscando.

Se acercó a la mesa de su compañero y le dijo que quería hablar con él, a solas.

Te espero en la sala de fotocopias.

A esa hora era un lugar tranquilo y podrían hablar sin ser molestados.

Andrés, lo de ayer fue una tontería y no volverá a repetirse. Estoy casada y soy feliz con mi marido. Por favor, deja de acosarme.

¿Estás segura de que fue una tontería? No me lo pareció.

Llámale tontería o debilidad. Pero no quiero que se repita. Si me respetas, por favor, déjame en paz.

De acuerdo. No te preocupes. Te dejaré tranquila.

Antes de irse, Andrés se acercó a Ana, que retrocedió visiblemente nerviosa.

Tranquila, solo iba a quitarte esto del hombro.

Andrés había comprobado que Ana no era sincera. No quería que la dejara tranquila, pero su moral le impedía aun aceptar sus verdaderos sentimientos. Habría que darle más tiempo, habría que seguir jugando.

Andrés decidió que lo mejor era darle celos y empezó a dedicar sus atenciones a Rosa. No inmediatamente, para que Ana no viera lo evidente. Dejó que transcurriese un mes y entonces se puso en acción.

Durante ese mes, Ana fue pasando de cierta tranquilidad, al comprobar que Andrés respetaba su petición, a una especie de vacío cuando empezó a echar en falta las pequeñas atenciones de Andrés. Pero había algo más, Ana deseaba a Andrés. Eso era un hecho. Podía reprimir ese deseo, pero estaba ahí, latente. Y se hizo claramente evidente cuando Ana vio como Andrés empezaba a coquetear con Rosa. Se dio cuenta que estaba celosa pero, aun así, seguía decidida por apostar por su matrimonio y reprimir unos deseos casi infantiles.

Los días pasaban y la lucha entre su sentido común y sus deseos seguía su curso, soterradamente. Mientras, era evidente que Rosa había sucumbido a los encantos de Andrés y ya no se escondía para mostrarse afectuosa con él. Ana los había sorprendido varias veces besándose en los pasillos e imaginaba que su relación continuaba fuera de la oficina.

Isabel no dudó en sacar el tema cuando estuvo a solas con Ana.

¿Qué ha pasado con Andrés? Parecía que eras su preferida y ahora la ha tomado con Rosa.

Bueno, Rosa es muy guapa.

No me refiero a eso. Todas dábamos por sentado que acabaríais juntos.

Vaya tontería Isabel. Yo estoy casada.

¿Y qué? Estaba claro que Andrés te gustaba. No estoy ciega.

No me gustaba. Vamos, por favor. Era atento conmigo y yo lo dejaba. Nada más.

Entiendo que lo niegues, cariño, pero no me engañas.

Ana sabía que Isabel estaba en lo cierto. Pero reconocérselo era como admitir su derrota. Al negárselo a su amiga también intentaba negárselo a ella misma y soportar mejor esos celos que no dejaban de consumirla en silencio.

Pero todo cambió en la fiesta que la empresa organizó por Navidad. Era la ocasión perfecta para Andrés. Después de tanto tiempo ignorando a Ana, había elegido esa noche para comprobar si tenía razón. Si no estaba equivocado, su compañera estaría ya bastante madura para aceptar lo inevitable.

Al comenzar la fiesta, los compañeros se fueron reuniendo en pequeños grupos. Ana estaba con sus amigas, menos Rosa, claro, que estaba con Andrés. Estuvieron bebiendo, comiendo algo y sobre todo charlando. A veces Ana buscaba a Andrés con la mirada, pero cada uno estaba en su ambiente.

Fue en los bailes cuando Andrés eligió dar el paso. Primero estuvo bailando exclusivamente con Rosa, pero convenció a un compañero para que la sacara a bailar y poder quedar él libre. Entonces, aprovechó que Ana estaba sola en la barra pidiendo una copa para acercarse a ella.

Buenas noches Ana.

Hola Andrés.

¿Te diviertes?

Sí, bastante.

¿Querrías bailar conmigo?

Pensé que solo bailabas con Rosa.

Bueno, ya ves que me ha abandonado.

No me apetece bailar. Lo siento.

De acuerdo. Ven conmigo.

Y la agarró de la mano, llevándola hacia las puertas que daban a un jardín.

¿Qué haces?

Ven, quiero decirte algo, pero no con toda esta gente delante.

Ana lo siguió y salieron al jardín. En cuanto estuvieron a salvo de miradas indiscretas, Andrés la agarró por la cintura y la besó con bastante fuerza. Ana intentaba separarse, pero Andrés la sujetaba firmemente. A los pocos segundos, él notó que la resistencia de Ana disminuía. La estrechó aún más fuerte insistiendo con su lengua para entrar en la boca de Ana. Esta sentía que sus fuerzas la abandonaban. Poco a poco fue relajando la presión de su boca por mantenerse cerrada y sintió cómo al fin la lengua de Andrés asomaba entre sus dientes. Ya no pudo resistir ni un segundo más y abrió la boca para recibir las caricias de esa lengua húmeda y nerviosa. Su cuerpo de relajó por completo y él ya no tuvo que retenerla a la fuerza, era ella ya la que se abrazaba a él con fuerza, rodeando su cuello con ambos brazos. Ana había dejado de engañarse: el verlo con Rosa le había abierto los ojos de cuánto lo deseaba.

Al terminar de besarse, Andrés la miró directamente a los ojos y comprendió que Ana se había al fin entregado. La cogió en brazos y la llevó a un rincón apartado y oscuro. Volvió a besarla, pero esta vez además metió su mano bajo la falda y comenzó a masturbarla. Ana gimió acaloradamente al sentir los dedos en su vagina. Todo su cuerpo reaccionaba ardientemente a las caricias de aquel hombre. Ya no podía negar sus sentimientos ni sus deseos. Quería que la follara, lo necesitaba.

¿Te gusta?

Sí.

¿Quieres más?

Sí.

Voy a follarte.

Hazlo. Hazlo.

La puso de cara a la pared y le bajó las bragas. Ana temblaba de excitación y nervios. Cuando sintió el calor del pene a la entrada de su coño, contuvo la respiración y cerró los ojos esperando la penetración. Andrés empujó con fuerza y su pene se abrió camino sin resistencia hasta entrar por completo. Ana gemía, extasiada, caliente, ansiosa.

Lo había conseguido, Andrés se había follado a Ana. Y eso solo era el principio. O mucho se equivocaba o aquella mujer era un tesoro que ni ella misma imaginaba.

Andrés demostró ser mucho mejor amante de lo que hubiera imaginado. Con él nada era previsible, rutinario, normal. Escapaba de todo lo que Ana conocía. En sus manos, ella parecía una niña pequeña aprendiendo a andar.

La siguiente vez que se vieron, Andrés la llevó a un restaurante en el puerto. Hacía una noche preciosa y cenaron al aire libre con vistas al mar. Junto al restaurante había una especie de mirador. Era una zona ajardinada, con bancos y árboles centenarios. Ana se apoyó en el muro de piedra contemplando los barcos atracados, las gaviotas y el mar, tan oscuro que parecía de color negro. Entonces sintió que Andrés le levantaba el vestido y se apretaba contra ella. Ana pudo sentir claramente cómo el pene se iba hinchando mientras lo frotaba contra su culo. Notaba su dureza creciente y cómo empujaba.

Bájame la cremallera.

Ana obedeció. Su mano agarró la polla y empezó a masturbarlo. Ana estaba excitadísima. Algunas parejas pasaban bastante cerca, pero a Andrés parecía no importarle. Después de disfrutar un rato de las caricias de Ana, cogió su pene y, separando las bragas, lo puso en la entrada de la vagina. Ana respiraba agitadamente, miraba a derecha e izquierda, temiendo que fueran descubiertos y disfrutando del peligro con una intensidad increíble. Cuando Andrés comenzó a follarla, ya dejó de importarle cualquier cosa que no fuera el placer que sentía. Andrés entraba en ella despacio, pero cada embestida la llevaba al paraíso. Cuando el orgasmo se aproximaba inevitablemente, Ana comenzó a gemir sin poder reprimirse. Andrés tuvo que taparle la boca para no llamar la atención y Ana se corrió así, con sus gemidos amortiguados por la mano de su amante y las piernas temblando. Segundos más tarde, Andrés se corría dentro de ella. Al retirar su pene, Ana sintió un pequeño reguero de semen bajando por su muslo. Estaba en la gloria.

Una vez que Ana se había entregado, ya no hubo marcha atrás. No podía negar lo evidente y ni siquiera la tristeza que sentía por su esposo podía evitar que deseara seguir disfrutando con aquel hombre. Porque el primer polvo había sido increíble. Ana había disfrutado no solamente del acto físico tan especial, sino del hecho de entregarse a otro, de romper ataduras y permitirse disfrutar del sexo en sí mismo, por sí mismo. De alguna manera, había roto con todo lo conocido. Su nueva vida había comenzado.