Mi abuelo adora a mi mujer 15
Margo no solo comparte su cuerpo con el abuelo, sino que está enseñando al primo a desearla. Y él, sin saberlo, ya ha empezado a obedecer.
Margo: He tenido que reñir a tu primo.
Yo: por?
Margo: Te puedes creer que tenía la mesilla llena de pañuelos de sus pajas? Le he echado la bronca y se ha puesto rojo como un tomate. Le he preguntado si en su casa hace lo mismo
Yo: y bien?
Margo: Me ha dicho que allí usa calcetines que luego, discretamente, echa a lavar.
Yo: joder, y por qué aquí no hace lo mismo?
Margo: Dice que se ha venido con poca ropa. Le he dicho: ah, que es por eso? Y le he dejado algunos calcetines míos que ya no uso. Pero le he dicho que, como vuelva a ver un pañuelo, se lo hago comer. Que tú trabajas en esa habitación, jolines.
Con esta conversación me sorprendió una mañana de trabajo mi esposa. Me daba algo de morbo que hubiese hablado con mi primo de sus pajas y me sorprendió que le dejase unos calcetines suyos. La historia se parecía ligeramente a lo vivido con mi abuelo, era extraño.
El fin de semana fuimos al cine los cuatro y, de vuelta en casa, Margo pidió a sus asistentes personales que le diesen un masaje en los pies, que le dolían un poco por los tacones. Se tiró en el sofá extendiendo las piernas sobre los regazos de mi abuelo y de mi primo. Una de las piernas flexionada para facilitar el trabajo a mi primo, que se había sentado a su lado. Cada uno estaba con un pie, y mi mujer, comiendo algunas gominolas que habían sobrado. Yo estaba sentado en el sillón, solo, bebiendo cerveza.
- Oye, prima, comparte alguna. A mí me gusta mucho la de sandía –le dijo Álex.
- ¿Cuál, esta? –respondió ella, cogiéndola entre sus dedos, y, cuando Álex asintió, se la comió riéndose.
- ¡Tía! Pues dejo de masajearte.
Mi abuelo se reía.
- A mí también se me han antojado, mi niña. Si no nos das, yo también paro mi masaje.
- ¿Oye pero esto qué es? Toni, diles algo –me interpeló.
- ¿Qué quieres que diga, amor? Dales un par a cada uno para que dejen de quejarse y listo.
- Ojj, de verdad, cómo sois. Culo veo… Pero vale, os doy un par de gominolas, pero os las doy yo. ¿Hay trato?
Y primo y abuelo, compinchados, asintieron. Un trato muy abierto, en mi opinión, que conocía bien a mi mujer y sabía que alguna trampa se le habría ocurrido. Y, efectivamente, así fue. Cogió una sandía, se la colocó entre el dedo gordo y el segundo del pie que masajeaba mi primo, y lo alzó cuanto pudo para acercárselo a la boca. Mi primo se puso nervioso, nos miró rápidamente a mí y a mi abuelo, que sonreíamos, y se inclinó hasta el pie que se le ofrecía. Abrió la boca y atrapó la gominola con sus dientes, tocando con su nariz los deditos del pie. Margo se reía, complacida. Cogió un dedo de gominola y se lo colocó entre los dedos del otro pie, alzándolo hacia mi abuelo, que, perro viejo, agarró el pie con la mano, abrió la boca, sacó la lengua y devoró la gominola, lamiendo el pie de mi mujer en el momento de atraparla. Margo chilló un poco, juguetona, cuando notó el lametón, y le llamó cerdo.
- Ale. ¿Contentos? Ahora seguid –dijo ella, moviendo los deditos de los pies.
- Prima… habíamos dicho un par. Mínimo dos más, no seas rata.
- No, claro, y como hacéis piña contra mí… -dijo, victimizándose exageradamente.
Pero cumplió. Cogió una cocacola y se la puso entre los deditos, ofreciéndosela a mi primo. Álex, que se había convertido en un fiel pupilo de mi abuelo, imitó su movimiento con la lengua al momento de ir a atraparla. Ella volvió a reír y a chillar:
- ¡Ahora el otro! ¿Ves qué cosas le enseñas? –recriminó a mi abuelo.
Por mi cabeza pasó fugazmente la imagen de mi abuelo enseñando a mi primo cómo follarse a mi mujer. Agité la cabeza para desechar esa imagen a la vez perversa y morbosa, y aterricé de nuevo en nuestro salón.
Margo había escogido una mora para mi abuelo. Él, cuando la tuvo cerca, dijo que esta le iba a costar cogerla.
- Espera, que la cambio enton… ¡Aahhh! –y Margo volvió a reír y a chillar cuando mi abuelo, sin dejarla retirar el pie, se había metido en su boca todos los dedos, para atrapar la mora con su lengua.
Los ojos de mi primo echaban chispas.
- La última, que sois unos tramposos –dijo Margo, escogiendo una gominola para mi primo.
Seleccionó un plátano y se lo acercó a la boca. Mi primo se abalanzó sobre el pie, pero lo hizo sobre los dos últimos dedos del pie, lamiéndolos.
- ¿Pero estás ciego? –dijo, divertida, Margo.
- Perdona, prima, me equivoqué.
Y se lanzó otra vez hacia el pie, pero esta vez sobre los deditos de en medio, metiéndoselos en la boca, lo que hizo que, al contacto con su cara, el plátano se cayera.
- Aish, de verdad. Este primo torpe que tengo… -dijo mi mujer, siguiéndole el juego mientras cogía la gominola y la volvía a poner entre sus dedos-. Última oportunidad.
Y mi primo entonces hizo como su abuelo antes, se metió el pie en la boca y le dejó los dedos bien relamidos mientras agarraba la gominola dentro de su boca.
- ¡Cómo lo sabía! Rafael, deja de enseñarle cochinadas a tu nieto, haz el favor.
Mi abuelo rio y pidió su gominola. Margo escogió una frambuesa. Mi abuelo volvió a coger el pie entre sus manos, lo contempló con deleite y dijo:
- Cuento seis gominolas deliciosas.
Y empezó a besarle los dedos y después la planta. Margo reía, echaba miradas furtivas a mi primo y a mí, creo que estaba disfrutando pero que le parecía un poco fuerte que mi abuelo no se cortase frente a Álex. Rafael entonces sacó la lengua y le pegó un lametón lento por todo el pie, de abajo a arriba, hasta se introdujo los dedos con la gominola en la boca.
- Las mejores chuches que probado nunca, mi niña. Gracias por compartirlas.
Margo esta vez no exageró su reacción, se quedó unos segundos en silencio, mirando sonriente a mi abuelo. Y entonces, volvió a la realidad.
- Sois unos tramposos –dijo, dulcemente- ¿ahora, podéis volver con el masaje?
El ambiente se había impregnado sutilmente de una sexualidad que, poco a poco fue disipándose. Esa noche, al irnos a la cama, nos arrancamos la ropa y ella se tendió bocabajo, entregándose a mí. Yo la cubrí con mi cuerpo, penetrándola en esa postura que me encantaba por cómo se le veía el culo. Me tumbé sobre ella y, mientras la follaba, le pregunté por sus sensaciones de esta tarde en el sofá. Se excitaba mucho recordándolo. Le conté la imagen que me pasó por la mente. Ella me reconoció que se había imaginado algo parecido.
- Así como te gustó que te lamieran los pies, te derretirías si les tuvieses a los dos arrodillados, aferrados a tus piernas, uno detrás, lamiéndote el culo, y el otro delante, comiéndote el coño.
Nos corrimos los dos imaginando esa perversión. Al acabar, le dije que, cada uno en su cuarto, seguramente los habíamos corrido los cuatro pensando en cosas parecidas. Pero ninguno tenía mi suerte, al menos, por esa noche.
Me desperté en mitad de la noche notando un ligero zarandeo. Yo estaba bocarriba y tenía a Margo casi pegada a mí, pero notaba movimiento, brazos que no se estaban quietos. Estaba desorientado. Escuchaba jadeos. Mi cabeza por fin entendió: Margo estaba siendo follada. Alcancé mi móvil y encendí la pantalla. Margo y mi abuelo me miraron, vagamente sorprendidos. Mi abuelo la tenía abrazada, follándola en cucharita, apretujándole una teta con una mano y con la otra encima de su frente. Por la postura, deduje que con esa mano la ayudaba a girar la cara para besarla.
- Perdona, cielo, te despertamos. Tu abuelo me despertó a mí también. No podía dormir.
Mi abuelo había vuelto a chocar su pelvis contra el culo de mi esposa.
- Perdóname, Toni, con la llegada del chico…-empezó a responder mi abuelo, pero interrumpía sus palabras mientras disfrutaba de sus movimientos- echaba realmente de menos esto.
- Son las 2 y pico. ¿Llevas todas estas horas sin poder dormir?
Mi abuelo tardó en responder. De hecho, incluso giró la cara de Margo para comerle de nuevo la boca antes de decir nada.
- Empecé a hacerme una paja recordando el sabor de los pies de esta princesa, pero tenerla tan cerca mientras el chico duerme y conformarme con eso…
- Venga. No te contengas más. Córrete dentro de mí –intervino Margo.
- Pero quiero que tú también…
- No seas tonto. Yo me corrí antes con Toni y ahora voy a tardar. Échame dentro lo que llevas guardando todos estos días –le decía esto con la cara girada hacia él, acariciándole la cabeza calva.
Mi abuelo cerró los ojos y enredó su lengua con la de mi esposa, a la vez que aceleró sus movimientos. Yo mantenía la pantalla de mi móvil encendida. No podía dejar de mirar. Y entonces mi abuelo separó su boca de la de Margo y, con la boca abierta, empezó a gemir suavemente, casi de forma patética, conteniendo el volumen, sin parar de chocar contra el culo de mi esposa. Margo seguía acariciándole la cabeza y le daba besos por toda la cara, notando cómo ese hombre viejo le llenaba el coño de semen. Una unión primitiva, animal, eso transmitía esa pareja, mi abuelo, con su cuerpo peludo de formas rotundas, y Margo, alta, delgada, hermosa, joven…
- ¿Cerraste la puerta de tu habitación? –preguntó ella, después de un rato.
- Sí, cielo –dijo él, adormilado.
- Entonces, quédate. Duérmete así, dentro de mí, abrazándome. Álex siempre se despierta tarde.
Antes de apagar la pantalla, Margo volvió a girarse hacia mí, me acarició la cara y me besó en los labios. Apagué la pantalla y dejó su mano sobre mi cara, acariciándome suavemente, con su brazo flexionado sobre mi pecho. Y volvimos a quedarnos dormidos.
Me desperté media hora antes de que sonase mi alarma. Margo y Rafael dormían casi en la misma postura en que quedaron anoche. Me levanté tratando de no hacer ruido, tenía que ir al baño. Hacía mucho frío en casa. Cuando volví a la cama, vi que ellos dos se habían despertado. Se estaban dando besos y hablaban en susurros. Me acosté y Margo, besándome en los labios, me preguntó qué hora era. Le dije que en media hora me levantaba.
- ¿Vas a intentar dormir otro poco? –me preguntó.
- Qué va. Ya estoy desvelado.
Ella no me respondió, pero, a tientas, buscó mi polla.
- Tu abuelo ya está duro. Adivina dónde me está tocando.
Llevé mi mano a su coño y ahí estaba la mano de mi abuelo. Antes de tener que volver a su cuarto, mi abuelo iba a aprovechar la facilidad de acceso a la carne de mi bella mujer. Al poco, ella estaba bocarriba y él encima de ella, primero cubriéndola por completo, abrazado por sus largas piernas, mientras se comían las bocas. Después, él erguido, sujetando sus pies frente a su cara, lamiéndolos, mientras la follaba a misionero. Ella seguía masturbándome, sin conseguir estar demasiado atenta a lo que hacía. Yo veía que se acercaba la hora de conectarme al trabajo, así que le agarré la mano sobre mi pene, hice que cerrase más el puño y yo mismo empecé a follarme su mano hasta que me corrí. Ella me miró feliz, un momento. Nos dimos un pico y me levanté. Los dejé divirtiéndose y bajé a cumplir con mi jornada de teletrabajo.
Más tarde bajó Margo, recién duchada, preciosa. Y un rato después, mi abuelo Rafael. Se les veía radiantes. Mi primo no apareció por el salón hasta bien empezada la mañana. Su actitud no fue distinta a la de otros días, por lo que no debió de enterarse de nada. Lo que sí pude apreciar fue un aumento de la atención que prestaba a mi esposa, veía en él los signos inconfundibles del encaprichamiento juvenil. Y Margo, que es un lince, también lo notó. Mi esposa, lejos de desincentivar ese encaprichamiento, lo fue alimentando con atenciones, sonrisas, miradas, caricias en el brazo, apelativos cariñosos, abrazos, besos… Con esa dulce tortura, tuvo a mi primo los siguientes días, pero sabía que no iba a conformarse con eso.
- Tengo cosas que contarte –me dijo un día Margo, tras un par de días sin novedades.
A pesar de todo lo ocurrido con mi abuelo, esas palabras me provocaron un ligero vuelco al corazón. Estábamos en el sofá, después de haber comido, mi abuelo y mi primo cada uno en su cuarto.
- He estado tentada de decírtelo a medida que fue pasando, pero no quería que me sugestionases con tus opiniones, cielo –siguió ella.
- Me estás matando con la incertidumbre. ¿Te has follado a mi primo? –le pregunté directamente.
- ¡No! –respondió ella riendo- Si estás pensando eso, igual hasta te va a decepcionar mi historia.
Y me contó. Por un lado, le gustaba provocar situaciones sexuales con mi abuelo cuando se acercaba la hora de que mi primo se levantase. Le parecía más divertido provocar su apetito sexual en esos momentos en los que él preferiría abstenerse. Por ejemplo, un día estuvieron charlando mientras desayunaban, alargando el tiempo, hasta que ella dijo “Tu nieto debe estar a punto de levantarse” y, tras Rafael mirar el reloj y asentir con la cabeza, mi mujer añadió “sácatela”. Él, aun así, no se movió, miraba el reloj nervioso y miraba a mi esposa, anhelante, pero no obedecía. Ella, según me contó, se arrodilló y se metió entre sus piernas, y repitió su orden. Entonces ya no tuvo fuerzas para contenerse y se la sacó, pero no era suficiente, mi mujer le bajó los pantalones hasta los tobillos y entonces sí, lo exprimió con su boca. Ella todavía se la estaba limpiando con la lengua después de su eyaculación cuando se escuchó la puerta de mi primo abrirse.
Otra mañana, se le ocurrió jugar con mi abuelo a lo que hacían casi al principio. Ella posó sus pies desnudos sobre la mesa mientras él leía la prensa. Rafael trataba de seguir leyendo pero se le iban los ojos a esas plantas suaves, delgadas y alargadas. Finalmente, ya con impaciencia, ella le reprochó que antes le hacía más caso. Mi abuelo ya no pudo más, bajó el periódico y, alargando las manos a esos bellos pies femeninos, comenzó a masajearlos. Después, acercó su cara y comenzó a olerlos y a besarlos. Ella le pidió que se masturbase y que acabase sobre ellos, y él, por más que miraba hacia el piso de arriba, nervioso, se dejó de llevar por la lujuria. Ella no le tocó, simplemente le miraba fijamente, con aire felino. Sintió un cosquilleo de gusto cuando cayeron sobre sus pies los disparos calientes, le dio las gracias y se calzó las zapatillas de andar por casa para ponerse a hacer tareas de casa, especialmente la que se le había encendido en su cabeza: poner una lavadora.
No podía poner la lavadora sin asegurarse de si mi primo había echado los calcetines a lavar, y no iba a quedarse con la incertidumbre. Subió al piso superior y, sin siquiera llamar, abrió la puerta del cuarto en el que dormía. Y, naturalmente, si mi primo casi adolescente tardaba tanto en levantarse por las mañanas, era porque se la estaba sacudiendo. Ahí le encontró Margo, tumbado, haciéndose una paja mientras miraba el móvil, con uno de sus calcetines cubriendo su polla. No tenía ni las sábanas a mano, por lo que, sobresaltado por la apertura de la puerta, lo único que pudo hacer fue cubrirse la polla con la mano. No fue capaz ni de abrir la boca, se la quedó mirando como un conejillo. Mi mujer, riéndose, le miró un par de segundos y, con un “lo siento, cielo, tráeme los calcetines cuando acabes, que voy a poner una lavadora, estaré en mi cuarto”, cerró la puerta.
- Fue un fastidio tener que cerrar la puerta, yo creo que ya estaba a punto –me dijo a mí, traviesa, mientras me lo contaba.
Le pedí que siguiera contando. Se fue a nuestro cuarto y estuvo esperando, con la puerta abierta, mirando el móvil, sentada encima de la cama, con las piernas cruzadas, jugando nerviosa con la zapatilla del pie que quedaba en el aire. Todavía tenía los pies pringosos. Al poco, se abrió la puerta del cuarto de mi primo y apareció tímidamente, asomándose a nuestro cuarto. Al verla, rojo de vergüenza, entró, con dos calcetines en la mano. Solo se atrevió a balbucear “¿quieres que los lleve yo…?”. A lo que ella le respondió, cariñosa, que no se preocupase, que se los diese y ya los llevaba ella. Se los depositó encima de la mano tendida de mi esposa y se dio la vuelta para salir. “Álex, cariño, no quiero que estés avergonzado por lo de antes, es lo más normal del mundo. ¿Disfrutaste a pesar de mi interrupción?” le interrumpió ella. Él se detuvo y, girando la cara lo justo, todavía tímido, le respondió, tartamudeando: “s…sí, gracias, ha… hablamos luego”. Y salió rápidamente de la habitación.
- Desde que me los posó en la mano, sentí el peso del calcetín que llevaba la corrida reciente. En cuanto se marchó, ni cerré la puerta, posé a mi lado el calcetín seco y llevé a mi nariz el húmedo. Todavía estaba caliente. No te imaginas cómo olía… bueno, es una expresión, claro que te lo imaginas. Era una buena carga, amor. Y se me ocurrió una guarrada…
En el pie que no había estado aireando, que era además el que más pringoso estaba de la corrida de mi abuelo, se puso el calcetín. Se había sentido muy cerda haciéndolo. Extendió los deditos dentro del calcetín, notando cómo se impregnaban del semen de mi primo. Llevaba en el pie la leche de dos generaciones distintas. Casi sin pensarlo, se había empezado a tocar por encima del pijama. Tras un rato con el calcetín puesto, se lo quitó con cuidado de no dejar el pie limpio, y apareció su piel desnuda, húmeda. Se cogió el pie con la mano que no tenía en su coño, mano que ya estaba en contacto directo, dentro de sus braguitas, y se lo acercó a la cara. Olía fuerte a semen y, por lo tanto, a sexo, a deseo. Y como había hecho tantas veces con la leche de mi abuelo, comenzó a lamerse los deditos del pie, esta vez con semen de los dos, de mi abuelo y de mi primo. Si Álex hubiera pasado por delante de la puerta, la habría encontrado así, masturbándose cachonda hasta alcanzar su orgasmo, mientras se lamía un pie.
Mi polla estaba a reventar, imaginándomela tan salida, tan imprudente, dejándose llevar por su excitación y su morbo. Nos arrancamos la ropa y me metí dentro de ella, sintiéndome liberado. Mientras follábamos, me dijo que había un último detalle por contarme. Yo frené mi ritmo y le pedí que, por dios, me lo contase. El mismo día que ocurrió lo del calcetín, poco antes de que yo llegase de trabajar, buscó a mi primo para sacarle el tema. Álex parecía haberla estado esquivando toda la mañana, pero lo interceptó saliendo del baño.
- Álex, cariño, ¿podemos hablar?
Él le respondió con timidez que sí.
- Vamos a tu cuarto, y hablamos tranquilos -le guio.
Se sentaron en la cama, donde unas horas antes había estado mi primo haciéndose una paja.
- No quiero que te sientas incómodo conmigo por lo de hoy. Estamos muy felices de tenerte por casa, sería una pena que todo se fuera al traste porque te he pillado haciendo lo que todo el mundo hace.
- Pero me da vergüenza que me pillaras, me siento como un adolescente… además, ¿cómo que todo el mundo lo hace? ¿No es algo que hacemos los jóvenes que no tenemos novia?
Margo le explicó que no, que era algo bueno para todo el mundo, tuvieran o no pareja, y que ella misma lo hacía a veces.
- ¿Y no te daría muchísima vergüenza que yo, o el abuelo, por ejemplo, te pillásemos haciéndolo?
Ella se rio mucho.
- Un poco, pero igual os daba más vergüenza a vosotros pillarme en plena faena, ¿no?
- Bueno… -balbuceó mi primo- seguro que te ves bonita haciéndolo, mientras que yo debí parecerte un mandril.
- Qué tonto eres. No parecías un mandril. Parecías un hombre muy excitado. A ver, por ir naturalizando todo esto, cuéntame qué estabas viendo.
Él se mantuvo en silencio unos segundos, cogiendo valentía para lanzarse a ese camino que le abría una mujer que sabía más que él y que le estaba insistiendo en que hable de eso que a él le daba tanta vergüenza.
- Bueno… vi varias cosas, ¿te refieres a cuando abriste la puerta?
- Sí, vamos, a lo que estabas viendo para correrte.
- Pues… era un video de una mujer masturbando a un chico.
- Aham. ¿Pero así sin más? ¿Estaban vestidos o desnudos? ¿La mujer solo usaba las manos?
- Emm… No, a ver, el hombre estaba desnudo. Ella no, ella… tenía sus pies desnudos, eso sí, en la cara del chico. Se le veían las bragas, porque llevaba falda, pero estaba vestida, por lo demás.
- Dices chico y mujer. ¿No eran de la misma edad?
- No… o sea, podría decir una chica también, ella era también joven y muy guapa, pero él era más joven que ella.
- ¿Ella no llegaba a ser una MILF, como dicen en el porno?
- A ver, en el video la llaman MILF, pero yo creo que tendrá como 30 y pico.
- O sea, como yo.
- Sí, bueno, por ahí. No me parece que seáis mujeres maduras, para mí sois jóvenes.
- Qué tierno. Yo tampoco me lo considero, la verdad. Pero al lado de un chico de casi 20… ¿Bueno y entonces ella le estaba haciendo una paja mientras le ponía los pies en la cara?
- Sí…
- ¿O sea que tienes un fetiche de pies? Mira por dónde que no me sorprende -le picó ella, entre risas-, desde que me oliste los pies aquel día…
- ¿Ves por qué me da vergüenza? Ahora te vas a meter conmigo… -se quejó mi primo.
- ¿Pero no ves que estoy de broma y que no me lo he tomado a mal? No seas tan inseguro y diviértete con esta conversación. ¿A ti no te encanta hablar de sexo tanto como pensar en él?
Mi mujer le había cambiado todos los esquemas a mi primo, que probablemente era la primera vez que hablaba abiertamente de sexo con una mujer. Hablaron un poco más. Álex fue soltándose un poco. Reconoció que sí, que le gustaban los pies femeninos. Rojo como un tomate, incluso le reconoció a Margo que los suyos eran perfectos. Hablaron sobre no sentir vergüenza por la sexualidad de cada uno, no cuando va sobre adultos que, libremente, consienten; hablaron un poco sobre lo divertido de los fetiches y otras prácticas y, finalmente, mi esposa llegó a un acuerdo con él: a partir de ahora, hablarían de sexo con la misma naturalidad que habían alcanzado en esa charla, él le entregaría sus calcetines usados sin sentir pudor y se podrían preguntar libremente dudas y cualquier inquietud, como personas adultas y abiertas de mente.
Mientras la penetraba para correrme, tras haber escuchado toda la historia, tenía una idea clara en mi mente: Margo acababa de cruzar el umbral y estaba dentro de la sexualidad de mi primo. Solo sería cuestión de tiempo que pasasen de las palabras a los hechos.
Continúa en
- Relato #226151— title-regex: contiguous parts (14 -> 15)
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