Xtories

Pacta sunt servanda

Escuché la confesión de mi marido y el silencio fue mi arma. Ahora, en la oficina vacía, el joven que me mira con deseo lleva el peso de su propia humillación; juntos vamos a convertir la rabia en un secreto que nadie descubrirá.

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Tengo 43 años y llevo casada más de veinte con mi marido, en el que siempre he creído que es un matrimonio feliz y perfecto.

Tenemos una vida acomodada y sin problemas económicos, lo que no significa sin problemas, y gracias a nuestro trabajo nos podemos permitir vivir en una de las mejores zonas de la ciudad y que nuestras dos hijas se eduquen en uno de los también mejores colegios.

Mi marido y yo nos queremos, nos respetamos y todavía nos deseamos y tenemos una vida plena y feliz, si bien hace poco han sucedido algunos hechos que han alterado nuestra relación.

Quiero y deseo salvar mi matrimonio pero supongo que hemos atravesado una etapa de tormentas que deseo y espero, por nuestro bien y el de nuestras hijas, haya por fin terminado.

Mi marido, a pesar de soportar mucho estrés por su trabajo, está normalmente de buen humor, es un muy buen padre y también esposo. Siempre me ha tratado con cariño y está siempre atento a mis deseos y se que procura que yo esté feliz y satisfecha.

De no ser porque estoy convencida que todavía me ama y que es una buena persona y de que yo también le quiero, no le habría perdonado lo que descubrí de manera casual…

Él trabaja como abogado en un importante bufete de Madrid, con una carga de trabajo y responsabilidades muy grandes que se que le provocan mucho estrés, pese a que como he dicho, es alguien con muy buen carácter que procura no agobiarme con sus problemas.

Hacía un par de días que encontraba a mi marido algo distante, desde que llegó según me había contado, de una reunión imprevista de trabajo que le había obligado a llegar a casa mucho más tarde de lo habitual.

Desde ese día estaba nervioso y yo le notaba algo extraño y que diría que evitaba mirarme a los ojos.. Según me dijo tenía algún problema con el caso de un cliente importante y preferí no atosigarle con preguntas.

Intenté incluso esa misma noche para relajarle y porque yo tenía también ganas y una vez acostadas nuestras hijas, tener algo de intimidad con él, pero me rehuyó nervioso alegando que estaba muy cansado y estresado.

Pese a sorprenderme, ya que normalmente era él quien me buscaba a mi, no le di más vueltas pensando que estaba estresado y nos acostamos abrazados.

Soy socia de un despacho de asesoría fiscal con varios empleados, junto a una amiga que conocí en la facultad de económicas, donde coincidimos al hacer la carrera.

Dos días más tarde de la supuesta reunión de mi marido, me encontré algo indispuesta y salí antes de la oficina, por lo que llegué a casa un poco antes de lo acostumbrado.

Cuando entré en casa, mis hijas no estaban pues se encontraban en casa de una amiga y escuché como mi marido estaba hablando con alguien por teléfono en el salón.

Pensando que era una llamada profesional, no hice ruido para no molestar, por lo que él no se percató de que yo estaba en casa ya que tampoco me esperaba y pude escuchar como mi marido se dirigía a su interlocutora como “Laura”, en un tono que no indicaba para nada una conversación de trabajo, sino más bien una de carácter privado y personal…

Escuché únicamente el final de esa conversación con esa mujer, que resultó ser era una antigua novia muy atractiva y a la que yo había llegado a conocer años atrás:

• Por favor te lo pido Laura. Lo nuestro no es que haya terminado, es que terminó ya hace más de veinte años. Lo que sucedió el otro día no debería haber pasado jamás. Nunca antes había sido infiel a mi mujer ni nunca lo volveré a ser. Sólo lo hicimos una vez y para mi solo fue sexo, nada más que eso. No siento nada por ti, lo siento, pero es así. Y no se volverá a repetir…. Por favor no insistas en que nos volvamos a ver. No te quiero hacer daño, pero si creías que ese encuentro podía suponer algo más, estás equivocada. Ya te lo advertí en su momento. No te quiero volver a ver. -…….silencio…….. - Estoy enamorado de mi mujer, es la mujer de mi vida y no lo malinterpretes pero no sabes como me arrepiento de haberme acostado contigo. Me pillaste en un momento muy malo y no pude resistirme a la tentación, pero no imagino mi vida sin mi mujer. Tengo una familia a la que amo con locura y pagaré con mis remordimientos este desliz que nunca debería haber tenido.

Adiós, Laura.

Y colgó

En un instante mi mundo se desmoronó. Las lágrimas y la rabia me inundaron.

En estado de shok, permanecí en silencio por unos segundos.

Pasado el shok inicial, hice seguramente lo contrario a lo que hubiese hecho la mayoría de mujeres.

En lugar de chillarle furibunda exigiendo explicaciones o que directamente se fuese de casa, me sequé las lágrimas, fui en silencio a la puerta de entrada y la abrí silenciosamente dando luego un sonoro portazo, simulando que acababa de llegar en ese momento y que no había por tanto podido haber escuchado esa conversación que le delataba.

Saludé con un “Hola amor” en voz alta con el mejor tono que pude y me dirigí al baño un rato para intentar disimular mi rabia, tristeza y frustración y aunque muchas seguramente no me entenderéis y os podrá parecer extraño, meditar como me tenía que enfrentar a esa situación.

Soy una persona muy pragmática y analítica y siempre pienso bien las cosas antes de actuar.

Cuando finalmente me vio, yo no tenía muy buena cara y le dije que no me encontraba bien y que por eso estaba antes en casa, lo que me ayudó a argumentar mi mal aspecto.

Le di un beso y le dije que me iba a acostar.

Mi marido, que no tiene un pelo de tonto, se me quedó mirando por unos instantes como sopesando si podía ser posible que yo supiese algo de su desliz, como si estuviese intuyendo algo. Pero no me dijo nada y me dijo que me preparaba un arroz hervido si quería, que me haría bien. Se lo agradecí pero le dije que no. Nos dimos un beso de buenas noches y me fui al dormitorio.

Las lágrimas asomaron de nuevo a mis ojos y asustada, indignada, y con muchas más sensaciones espantosas que no sabría describir, tendida en la cama y con la mirada perdida, recordaba y repasaba mentalmente la conversación telefónica de mi marido, que él no sabía que yo había escuchado en secreto:

En dicha conversación él aseguraba a la mujer del otro extremo del hilo telefónico, que estaba absolutamente arrepentido y que nunca antes me había sido infiel.

También recordé como alguna vez, comentando entre nosotros sobre infidelidades de otras parejas que conocíamos, le dije que si alguna vez me era infiel y si estaba seguro que nunca más se iba a repetir y que estaba realmente arrepentido, que preferiría que no me lo dijera para no sufrir en vano. Pero también le había dicho entre risas que si alguna vez me llegaba a enterar que me había sido infiel, se la devolvería con creces y él, entre risas y como abogado que es y bromeando como hacíamos a menudo cuando sellábamos un acuerdo, me estrechó firmemente la mano y me dijo:

• Mi amor, nunca te seré infiel – dijo sonriendo y mirándome a los ojos – pero si algún día lo soy, entenderé que actúes en consecuencia y si me la quieres devolver, lo aceptaré con resignación.

Apretó mi mano y yo sellé el trato, también sonriendo, con un “pacta sunt servanda”, la tan usada locución latina en los despachos de abogados y con la cerrábamos en broma muchos acuerdos intrascendentes en tono jocoso.

Tras darle muchas vueltas al asunto, haciéndome la dormida incluso cuando escuché que mis hijas habían vuelto a casa y cuando luego mi marido se acostó junto a mi, decidí que actuaría acorde a como si no hubiese escuchado esa conversación y quise confiar en las palabras de arrepentimiento que había escuchado de mi marido.

Decidí por pragmatismo callar, disimular y observar durante un tiempo si mi marido era digno de mi perdón, sin él saberlo. Entendía también que no me confesara por iniciativa propia su traición, pues así le había pedido que no lo hiciera, si llegaba el caso.

Durante ese par de días en que yo disimulaba como podía, gracias también a que no me encontraba todavía completamente bien, podía ver como mi marido se desvivía por mi y notaba su remordimiento en su mirada y sus gestos y actitud. Creo que él dudaba de si yo sabía su aventura, pero en cualquier caso actuaba como si yo no lo supiera, imagino que intentando superar y dejar atrás cuanto antes el episodio del que creo que estaba cada vez más arrepentido.

Pese a ello y a seguir amándolo, pasaban los días y yo estaba rabiosa y me sentía todavía totalmente humillada y necesitaba desquitarme de alguna manera.

Tras esos días guardando cama, de manera medio fingida para evitar a mi marido mientras digería la situación y también obligada porque realmente me encontraba fatal, finalmente volví al trabajo.

Los compañeros de la oficina con quien tengo un muy buen trato en general, me dieron la bienvenida. La verdad es que estaba deseosa de volver a estar rodeada de mis análisis y balances, para intentar olvidar lo que confiaba, a tenor de lo que había escuchado también de mi marido en esa conversación telefónica, que no se iba a volver a repetir.

Pero como he dicho, me sentía dolida y herida. Mucho. Con mi autoestima por los suelos y mi orgullo de mujer gritando venganza. Pero por suerte Diego, un chico que trabaja para nosotras en la oficina, me ayudó a superarlo y desquitarme sin él saberlo.

Diego, un abogado muy parecido físicamente a Pierce Brosnan cuando éste era joven, es alguien bromista, de muy buen talante y humor y nos hace sonreír a todos a menudo gracias a su simpatía innata y su sonrisa arrebatadora, ayudando a proporcionar un ambiente de trabajo muy agradable.

Es un encanto de chico en todos los sentidos y mi socia y amiga, con quien tengo mucha confianza, me dijo una vez entre risas y algún que otro gin tónic de por medio, y pese a estar también casada, que envidia a la novia de Diego y que no le importaría hacerle "un favor" si hiciese falta y que seguro que habrá roto muchos corazones sin saberlo.

Es muy buen chico, alegre, atento e inteligente. Tiene 27 años, novia formal con quien va a casarse en unos meses y físicamente debe medir alrededor de 1’85 metros y tiene un cuerpo musculado pero sin exagerar, que se puede apreciar perfectamente debajo de su camisa ajustada, gracias a la natación que practica desde niño.

Cada día al salir de la oficina nada 3000 metros antes de ir a buscar a su afortunada novia.

Pero ayer llegó cabizbajo y con los ojos algo vidriosos, parecía que de haber llorado.

Pese a ser su jefa, tenemos bastante confianza por la relación profesional que tenemos cada día, por lo que me acerqué a él y le pregunté que qué le pasaba. Me confesó, mientras tomábamos a solas un café en la cocina de la oficina durante una pausa del trabajo, que sabía que su prometida había estando besándose “y más cosas” con su ex en un coche, una noche que había salido de copas con sus amigas y en que su ex la había esperado para intentar volver con ella.

Su novia había suplicado a Diego, llorando, que por favor no la dejara, que le amaba con locura y que su ex había aprovechado que ella estaba muy bebida y se había hecho el encontradizo cuando estaba con sus amigas, ofreciéndose a llevarla a casa, momento en que aprovechó para llevarla al terreno que quería y en que alguien les vio, llegando la traición a oídos de Diego.

Por su parte podía ver que él y pese estar muy herido, seguía no obstante totalmente enamorado de su novia, una chica de su misma edad y muy muy guapa, por lo que pensé que seguramente terminarían casándose igualmente.

En ese momento me dio tanta pena ver a ese pobre chico sufriendo al saber que le habían traicionado igual que a mi, que pensé que tenía la ocasión de ayudar un poco a calmarle si él quería, y de hacerme yo misma mi propia terapia que me ayudara a desquitarme la rabia y humillación tan enormes que sentía hervían dentro de mi…

Ya a punto de cerrar la oficina y cuando no quedaba casi nadie, le dije que tenía unos informes y balances que no entendía y que si me podía ayudar a revisarlos.

No he hablado de mi, pero a pesar de no ser joven y tener 43 años, 17 más que Diego, soy una mujer que atraigo miradas ahí donde voy. Tengo una figura estilizada, mido 1’68, soy de pelo castaño con media melena, ojos azules y con un cuerpo que cuido con esmero, con deporte y una buena y equilibrada alimentación.

Mis pechos son perfectos según mi marido. Más bien grandes pero sin ser exagerados, con unos pezones que le vuelven loco y un culo de infarto, según me dice a menudo.

De cara soy más bien mona, con una nariz respingona y unos labios carnosos que a mi marido le encantan…

Cuando se disponía a marcharse el último compañero de la oficina junto a mi socia y amiga, les dije que cerraría yo la oficina ya que debía quedarme a terminar un informe y que Diego se quedaba a ayudarme un momento.

Notaba a Diego triste y pensativo. El chico animado que conocía en él, no estaba ahí.

Pero desde detrás de mi, de pie tras mi silla, Diego miraba la pantalla de mi ordenador en el que le enseñaba unas plantillas de excel con datos y más datos.

Ese día yo llevaba un vestido negro algo escotado y holgado que realzaba mi figura y que permitía ver a Diego desde su posición, cuando yo me inclinaba sobre el teclado expresamente, como mis pechos pedían a gritos ser acariciados y lamidos.

Noté electrizada como Diego no podía evitar mirarlos desde donde estaba, nervioso, sin poder evitarlo. Sin duda estaba disfrutando, aunque nervioso y desconcertado, la visión que le ofrecía.

Yo misma me sentía también muy nerviosa. Soy una mujer normal en el sexo, con mis fantasías, como cualquier mujer, pero que nunca han pasado de ahí, No estaba segura de hacer lo que quería hacer, o de si Diego me iba a rechazar y se iría asustado o enfadado.

Me levanté de la silla y le dije que se sentara él para ver si podía crear una fórmula en el excel que estaba en pantalla, fingiendo que yo no sabía como hacerla.

Una vez estuvo sentado, tiré disimuladamente un lápiz al suelo, debajo de la mesa.

Diego se iba a inclinar para recogerlo pero le dije que no se preocupara, que yo misma lo haría. Que spor favor siguiera sentado.

El corazón me latía a mil por hora. ¿Pero qué estaba haciendo? ¿Me había vuelto loca?

Me metí debajo de la mesa a cuatro patas, subiéndome disimuladamente mi corto vestido para que pudiese intuir mis nalgas perfectas bajo mis braguitas negras que me encargué de que pudiera ver en parte, así como mis pechos oscilando, que sabía intensamente tentadores para cualquier hombre, en cuanto cogí el lápiz y giré debajo de la mesa hacia él.

La situación, ahí los dos solos en la oficina que hacía no mucho había estado atestada de gente, viendo como la oscuridad de la noche entraba por las grandes ventanas de la oficina, las mesas llenas de papeles y carpetas, las luces de oficina,… Y yo, que había visto como nervioso y excitado, Diego no apartaba su vista de mi, pese a intentar disimularlo, estaba bajo una mesa viendo únicamente las piernas de un chico impresionante con el que nunca hubiese imaginado que pasaría nada, bajo un traje que le quedaba como anillo al dedo… Como toda la ropa que llevaba.

Toqué primero sus piernas disimuladamente desde debajo de la mesa para pasar, al cabo de un momento, directamente a acariciárselas.

• - Diego, no digas nada. - Le dije

Diego se quedó quieto. Estaba nervioso por una situación que no esperaba, pero le notaba excitado. Muy excitado. Tanto quizás como yo, que notaba como una creciente humedad invadía mi entrepierna y mi corazón latía cada vez con más fuerza, sintiendo como bombeaba la sangre a cada rincón de mi cuerpo.

Medio de rodillas bajo la mesa, fui ascendiendo lentamente mis manos acariciando toda la longitud de sus largas piernas, hasta llegar a la bragueta de su pantalón.

Diego se agitaba nervioso y no decía nada. Había dejado de teclear y respiraba profundamente, como intuyendo lo que pasaría a continuación.

Tiré un poco de su cintura indicándole que resbalara un poco de la silla. Le bajé la bragueta y directamente saqué su miembro, ayudada por él.

No tengo palabras. No podía creer lo que veía. Únicamente había visto algún pene de semejante tamaño en alguna película pornográfica que a veces miraba en compañía de mi marido. Desde que me casé siempre pensé que mi marido sería el único hombre con el que estaría desde ese momento y desde luego, nunca imaginé que pudiese llegar a probar algo como lo que tenía frente a mi.

Totalmente en erección, tendría casi unos 30 centímetros y era realmente gruesa. Sus venas hinchadas recorrían la piel, presagiando una potencia que estaba ansiosa de probar.

Diego estaba tan excitado que tenía ya líquido preseminal en su glande que lo hacía brillar de manera apetitosa. Sólo puedo decir que la imagen de ese pene y la situación en que me encontraba, debajo de mi propia mesa de oficina, con un chico impresionante mucho menor que yo y con ese miembro a escasos centímetros de mi cara y mi boca, era la situación más excitante en que nunca me había encontrado.

Casi ronroneando como una gata en celo debajo de la mesa, lo masturbé ligera y suavemente mientras escuchaba como Diego, a quien no podía verle la cara, suspiraba de placer y de deseo. Me acerqué poco a poco y mientras lo seguía masturbando, besé su miembro repetidas veces para luego lamerlo desde la base del tronco hasta el glande.

Así estuve algunos minutos en que varias veces sentí que era yo quien estaba a punto de correrse, ayudada por mis dedos que jugaban bajo mis braguitas mientras seguía lamiendo la punta de ese pétreo y enorme miembro.

La mesa era bastante alta y me permitía estar debajo disfrutando con ese miembro, que para mi sorpresa y agrado olía y sabía bien. Al cabo de unos minutos en que ya no pude aguantar más y Diego parecía por sus suspiros y jadeos que tampoco, me la metí en la boca, no sin antes deslizar de nuevo mi lengua por su glande, recogiendo con ella toda el néctar que podía y que vaticinaba una posterior catarata de blanco placer.

Con movimientos rotatorios primero y luego verticales, ensalivé con lujuria incontenida ese instrumento de placer para luego, ya sí, metérmela en la boca.

Los dos gemíamos. Nos oíamos sin vernos las caras. Él estaba sentado en la silla, algo deslizado para permitirme jugar con él de manera cómoda desde debajo y yo mientras y durante un rato, al tiempo que engullía aquello como podía, me tocaba y acariciaba con una mano en el interior de mis braguitas, dando gracias al Universo por ese regalo.

Mientras con la boca hacía desaparecer lentamente su enorme miembro hasta donde mi cavidad bucal me permitía, con una mano le masturbaba también lentamente y usé la mano con que me había estado tocando para acariciarle los testículos, que intuía llenos y notaba a punto de explotar, pues debía de hacer días que no había practicado sexo con su novia.

Mientras realizada esa increíblemente excitante felación, pensaba con placer vengativo que mi marido se revolvería de celos, los mismos que yo había sufrido, si supiera lo que estaba haciendo y que no estaba en una reunión de trabajo, como le había dicho como excusa copiada de él, para poder llegar más tarde.

Tras unos largos minutos de lujuria extrema, Diego aceleró su respiración, sus jadeos y gemidos e intuí que estaba a punto de correrse. Estaba dispuesta y lo deseaba con todo mi ser. Introduje su miembro hasta el fondo de mi boca, dispuesta a tragar hasta la última gota.

Mientras con una mano le masturbaba y con la otra acariciaba sus repletos testículos, introduje todo lo que pude ese miembro separando abriendo al máximo mis mandíbulas para poder albergar esa enormidad y sentí los característicos espasmos que presagiaban lo que vendría en un momento: escuchando los gritos de placer de Diego, varias descargas de un semen blanco, caliente y ligeramente espeso y con un sabor distinto al de mi marido y que por momentos pareció inagotable, inundaron mi boca y se deslizaron por mi garganta tras tragarlo todo, totalmente extasiada de lujuria.

Tras unos instantes, lo saqué despacio como deseando que ese momento no terminara nunca y con mi lengua recogí como pude los restos blancos que se deslizaban por su largo tronco, todavía en erección.

¿Ya está? Porqué no habría parado. Pese a haberme gustado enormemente, estaba totalmente necesitada de más sexo. ¿Debía ahora satisfacerme yo sola?

Pero Diego además de buena persona, es prácticamente un atleta:

Con sus manos asió delicadamente las mías y me ayudó a salir de debajo de la mesa. Nos quedamos de pie uno frente al otro, en la oficina, rodeados de las mesas repletas de ordenadores carpetas y lapiceros y que apenas una hora antes habían estado ocupadas por el resto de compañeros de trabajo.

Yo estaba convencida que ahí había terminado ya mi sesión de sexo secreto, pero Diego, cogiendo mi nuca con su mano, acercó mi cara a la suya y pese a tener todavía restos de su semen en la comisura de mis labios, me morreó de manera apasionada.

No lo podía creer, pero tras solo unos minutos besándonos, Diego volvía a estar absolutamente erecto de nuevo y dispuesto a seguir.

Sin dejar de morrearme mientras con su mano apretaba mi cabeza a la suya, con la otra deslizó los tirantes de mi vestido para dejarlo colgando por mi cintura, desabrochó mi sujetador y me sentó en la mesa.

Yo sentada y él de pie delante de mi, nos morreamos durante un rato en que su lengua recorrió mi paladar al tiempo que me acariciaba los pechos, con delicadeza pero pasión, pasando luego a chuparlos como si de un bebé famélico se tratara y a lamer mis pezones como si le fuese la vida en ello.

Su boca y lengua iban pasando de un pecho a otro, chupándolos y lamiendo mis pezones sin parar.

Luego me subió el vestido, me levantó un poco el culo con ayuda de sus fuertes manos y me sacó las braguitas.

Se puso de rodillas en el suelo frente a mis piernas que mantenía separadas con sus manos y empezó a lamer mis labios más íntimos.

“Qué imbécil habrá sido su novia si permite perder a semejante hombre” - pensé extasiada en ese momento.

Mientras yo estaba tumbada en mi propia mesa de oficina junto a la pantalla del ordenador, veía las luces del techo y con mis manos acariciaba el cabello ya revuelto de Diego, que me separaba los labios con los dedos e introducía en mi su lengua para luego sacarla y volver a recorrerlos luego de arriba a abajo, sorbiendo y tragando toda mi femenina humedad, todo ello sin dejar de acariciarme también con sus dedos.

• Ponte de espaldas – me ordenó sudando y con la respiración agitada.

Miraba alucinada como en ningún momento su pene había perdido la vigorosidad y potencia que había disfrutado debajo de la mesa hacía un rato.

Pese a que yo llevaba un preservativo en el bolso, ni lo recordé ni por tanto dije nada ni él tampoco hizo mención a ponerse uno. Estábamos tan y tan excitados que en ningún momento pensé en que lo usáramos. Además le veía un chico sano de una sola pareja y no me planteé ningún riesgo y la intensa excitación me impedía pensar con claridad.

Con únicamente mis zapatos de aguja negros y mi vestido rojo subido hasta mi cintura y con mis pechos libres de mi sujetador, me incliné levemente sobre la mesa. Diego me cogía con fuerza del culo mientras con sus piernas separaba las mías, metiéndose en medio. Me inclinó un poco más hacia delante sobre la mesa para seguidamente introducir despacio y con cuidado de no hacerme daño, su enorme, caliente y palpitante miembro dentro de mi, al tiempo que con sus grandes y fuertes manos de nadador, cogía desde atrás mis pechos y acariciaba mis pezones con las yemas de sus dedos, pellizcándolos ligeramente de vez en cuando.

Durante unos minutos, no sabría decir cuantos, Diego me estuvo penetrando de manera salvaje, demostrando un aguante que no habría imaginado. Notaba todavía en mi boca el sabor de su semen mientras me penetraba con una potencia que nunca había vivido antes y creo que me corrí al menos dos veces en esa posición.

Notaba como Diego llenaba completamente todo mi interior. Toda entera. Al mismo tiempo de vez en cuando unos dedos maestros abandonaban un pecho y acariciaban mi clítoris al tiempo que Diego me mordía el cuello desde atrás como si de un animal salvaje se tratara intentando que su presa no huya, haciéndome sentir fogonazos de placer.

De pronto noté como Diego aceleraba el ritmo de sus embestidas y, cogiendo mis pechos con fuerza como para evitar que pudiese escapar, se introdujo completamente, corriéndose copiosa y ruidosamente de nuevo dentro de mi, entre gritos de placer.

Pasados unos minutos extasiados, nos vestimos y nos dijimos adiós hasta el día siguiente, no sin antes dejarle claro que pese a haberlo pasado muy bien, esto no se volvería a repetir y que sería un secreto entre nosotros.

Cuando llegué a casa de la supuesta reunión de trabajo, mi marido y yo nos miramos sin decirnos nada y estoy segura de que en ese momento supo que yo conocía desde hacía días su infidelidad y que ahora sí, estábamos en paz.