Xtories

El pacto

Isa no solo lo extrañaba; lo deseaba ver con otra. Y Fede, atrapado entre la culpa y el placer, descubrió que su ex no quería olvidarlo, sino compartirlo. Ahora, en la oscuridad de un portal, el peligro de ser descubiertos enciende una llama que ninguno de los dos sabía que aún ardía.

Harlond1.9K vistas

La sala estaba iluminada tenuemente por las velas colgadas de los pilares sobrios y desnudos. Los ecos de sus pies descalzos resonaron entre ellos, mientras se adentraba en el círculo dibujado por unas figuras sombrías, cubiertas con máscaras y túnicas. Hombres silenciosos de respiraciones graves y sonoras que se estremecieron al ver el leve vaivén de sus pechos, el trémulo y arrebatador contoneo de sus nalgas prietas. Y sus labios rojos dibujando una sonrisa que quedaba prendada de los ojos brillantes, de esas miradas famélicas que la devoraban a su paso. Fui el primero que se aproximó hasta ella y la besó en los labios, pero sus manos se separaron de su talle, animando a que otros se acercaran.

Cedió terreno a ellos, a sus manos enguatadas engarfiándose en sus curvas, manoseándola a su antojo, antifaces que se rozaron con su rostro al inclinar las cabezas para besarla, los gemidos colmados de ella atrapados en esos besos.

Su cabellera rubia brillaba alegre al ser mecida entre los dedos, quedos suspiros se escapaban al palpar ella los pantalones y los hombres la rodearon y cercaron, siguiendo con sus manoseos. Y ella iba de un a otro, regalando besos y suspiros, miradas encendidas y palabras ardientes.

-Oh, sí, sí-gimió ella, con esa voz que tanto reconocía, mientras un enmascarado se agachaba y hundía su rostro entre sus muslos. Otro hizo lo propio con su culo, otro la besaba, otros dos tanteaban sus pechos, pellizcándoles los pezones. Desconocidos que se la iban a follar, mientras él miraba y se excitaba hasta que el despertador resonó, dejándolo con el recuerdo de sus ojos azules clavados en su rostro, retándolo.

-Joder-masculló Fede, notando como su polla daba los últimos respingos manchando los calzoncillos. Estuvo a punto de estampar el reloj contra la pared, pero ese recuerdo siguió en su mente, ese sueño tan vívido, tan aterrador y excitante.

Isa lo perseguía en sueños y se rehuían en la realidad. Cristi, una amiga de su grupo, le había dicho que la chica estaba fatal, que solo iba de la clínica a casa de su madre, y poco más. Tenía que ir ella casi detrás de su ex para quedar y charlar.

Se restregó los ojos y se cambió. Había pasado ya casi cinco meses desde que rompieron, desde ese truculento trío con Sonia, desde ese día en que la había visto gozar en brazos de otra chica, desde ese tórrido momento en que le había ofrecido la virginidad de su culo.

Desde que rompí, se aclaró él, sintiendo como la herida en su interior volvía a escocerle. Isa le había confesado su infidelidad tras el sexo con Sonia, le había enredado para aceptar ese trío, ¿para qué? ¿Para que ella sintiera aliviada su conciencia? Intentaba odiarla, repudiarla, pero sus recuerdos lo perseguían y atormentaban.

Empeorando las cosas, a veces sopesaba el consejo de su colega, José. Se había apuntado con él al gimnasio y se lo había acabado confesando, una noche trasegada por copas. Lo de ella, Esther. Alta, morena, de ojos grandes y oscuros, cabello trigueño y liso, largo hasta la mitad de la espalda, sedoso y turbador.

<<¿Te estás camelando a Esther? Venga ya, no te lo crees ni tú.

-¿Qué te apuestas? Mira, y mira esto también, y lo que me mandó el otro día.

-Ostras, pues entonces quiere tema, tío. Éntrale, con razón te apuntaste al gym, jodido, así la ves en mallas y con ese top que se pone.

-La verdad es que está muy buena, pero no sé, aún estoy un poco afectado por lo de Isa.

-Ni caso, tío. Te llevas a esa tía a la cama, le echas un par de polvos, te corres en esas tetazas que tiene, o la pones en pompa y le das por detrás y a tomar por culo Isa.

-Joder, tío, tampoco es eso.

-Hazme caso, bro. En cuanto te la chupe otra tía, se te olvida Isa. >>

José y sus ocurrencias. Para él, era algo normal. El típico ligón de gimnasio que lucía apariencia y compostura para flipar a las tías y llevárselas al huerto, a la cama, o a donde pudiera ser. Hasta a los servicios de una discoteca, según aseguraba. Batallitas y polvos tenía su amigo para contar a miles.

También conocía a Isa, formaba parte de su pandilla, no en vano, su ex, Silvia, era también amiga de Isa. Enredar amores y amistades, una mezcla peligrosa, se recordó para sus adentros. Y Silvia le dio carpetazo en cuenta se enteró de sus líos de faldas y bragas.

Ya se la había chupado otra. Sonia. Y se la había follado, bajo la cómplice mirada de Isa, y no había sido la solución a su situación. Para todos ellos, Isa y él habían cortado por hartazgo. Ambos habían tenido la decencia de no desvelar nada, tal vez, en un último gesto de consuelo y afecto.

Sonia también lo visitaba en sueños. Enredada en brazos de Isa, besándola, lamiéndole el coño, amasando sus tetas. E Isa lo miraba y le imploraba en silencio, con los labios temblorosos, que acogiera su polla en su boca. Y ambas acababan batallando por su polla con sus labios, dándose placer mutuamente, sus manitas entre los muslos, gimiendo y jadeando, chupando y besando, miradas entrecruzadas y ardientes.

Y si despertaba en mitad de la noche, sudoroso y acalorado, acababa la faena manualmente, como si fuera de nuevo un adolescente, agarrándose a los fragmentos dispersos de sus fantasías. Cogía el móvil y se sorprendía con el dedo suspendido ante la pantalla, a punto de pulsar el número de Isa. Lo apagaba y se volvía a sumergir en la oscuridad de la noche.

**********************************************

-¡Fede, Fede!-exclamó risueño Toñín, su primo de seis años, corriendo hacia él con la mochila dando tumbos en su espalda.

-Venga, vámonos-respondió Fede, sonriéndole, tendiéndole la mano para llevarlo hasta el coche. A su alrededor, otros padres y madres recogían a sus hijos, en un batiburrillo de saludos, besos y abrazos. Sin embargo, el caos reinante no bastó para que Fede observara por el rabillo del ojo el caminar seguro y confiado de esa joven.

-No me digas que Toñín es tu primo-murmuró Esther, acariciando el cabello desordenado y oscuro del crío. Fede correspondió a la afectuosa sonrisa de la joven profesora.

-Hola, Esther, sí, soy su primo, sus padres no podían recogerlo hoy y como era mi día libre me ofrecí a recogerlo-explicó Fede, notando un ligero temblor en su voz. Esther pareció detectarlo, ya que su sonrisa se volvió más amplia. Fede intentó que sus ojos no resbalasen por su cuerpo. Estaba preciosa.

-Me preguntaba si tenías la noche libre del sábado-dijo Esther, antes de que Fede se volviera hacia el coche.

-¿El sábado? Sí, claro, estoy libre-respondió él, y enseguida se arrepintió de su rápida respuesta. Los ojos oscuros y grandes de Esther brillaron, divertidos, y su sonrisa adoptó un mohín complacido.

-Hasta el sábado, entonces.

-Venga, vamos al coche-intervino Fede, animando a su primo a irse de allí. No se llamaría Fede si los ojos de la maestra no lo siguieron hasta detenerse en el coche.

************************************************

El pub estaba muy ambientado. Habían cenado y charlado ampliamente, Esther se había revelado como una chica perspicaz y habladora, risueña y jovial. Y estaba preciosa, se recordó, con ese top ajustado, enfundado en una chaqueta negra y recia. Llevaba el pelo recogido y los labios pintados de un rojo apagado y unas leves sombras remarcaban la hermosura de sus ojos.

-¿Qué te parece este sitio? Nos entonamos un poco y luego…-sugirió ella, mirándome, acariciando levemente el dorso de mi mano con sus dedos alargados y finos, erizándome el vello. Correspondí a su sonrisa y nos adentramos en aquel ambiente caldeado y atronador, horadado por unas ráfagas desconcertantes de luces.

No era alguien que frecuentase los pub, pero en cuanto Esther me puso una cerveza en la mano y se me pegó, ignoré ese detalle. Se quitó la chaqueta y me puso una mano en el cuello, mirándome.

-Déjate llevar por la música-me comentó, animada, dándome la espalda y rozando con sus caderas mi cintura. Distrajo su maniobra al aproximarse a otra chica para saludarla.

Volvió tras unos segundos, y continuamos bailando y bebiendo. Era desastroso bailando y ella reía con mis poco agraciados movimientos. Pedimos dos cervezas más y ya notaba el inconfundible mareo cuando Esther se me pegó a la oreja y dijo:-¿Qué te parece si nos vamos a mi casa?

Lo que ninguno de los dos percibimos fue como unos furiosos ojos azules los persiguieron hasta la entrada.

-Me voy ya, chicas-indicó Isa, echando mano de su chaqueta vaquera.

-¿Ya? Pero si acabamos de empezar-protestó Cristi.

-Me voy, de verdad, es que estoy cansada-se excusó Isa. Cristi y Silvia intercambiaron una mirada y soltaron un suspiro, dándole un beso de despedida a su amiga. Al menos habían conseguido que ese día saliera. Era un principio.

Sin embargo, Isa no fue a casa de su madre. No, ella no se refugiaría en la cama, no hundiría el rostro en la almohada para acallar su llanto, no volvería a maldecirse por sus errores, no avivaría más su odio hacia Fede. Tenía que acabar con los rescoldos del amor que aún la atormentaba, que aún la asaltaban en sueños, que aún la confundían. Tenía que verlo…, físicamente. En brazos de esa buscona aprovechada.

Los pescó al revolver de la esquina de la calle. Los siguió como una sombra, sigilosa con el corazón en vilo. Creía haberlo olvidado, conseguir superarlo, tras su experiencia con Sonia, tras don Mateo y Débora. Cómo se reiría su viejo profesor de ella al verla así, furtiva, acechando a su antiguo amante.

Recordar a don Mateo la hizo estremecerse. Las cosas que había hecho con él, tan turbadoras, tan soeces, tan excitantes. Y el recuerdo de Débora se prendió en su mente, haciéndola sonreír. La forma en la que ambas se habían entregado a los caprichos y antojos de ese hombre aún retornaba a su mente durante la noche.

Solo al regresar se dio cuenta que aquello no había sido más que un burdo fracaso, un torpe intento por desprenderse de Fede, de su sonrisa, de su voz, de su risa, de sus abrazos, de su cuerpo, de su pasión. Lo seguía amando pero no le había producido celos verlo en brazos de Sonia, solo placer y gozo de verlo a él con ellas. Sin embargo, ahora notaba como una ira visceral y oscura se retorcía en sus entrañas. Cristi le había dejado caer lo de Esther porque José se lo había contado. Ella no la había creído, hasta ese momento. Sin embargo, algo en su interior le decía que a lo mejor, Fede solo la acompañaba a casa, y nada más. Acalló la voz que se reía de ella.

**************************************************

-Tienes una casa muy bonita-comenté, reconfortado con la mullida suavidad del sofá. Esther apareció al poco, portando dos copas de vino, cuyo color compaginaba con el de sus labios. Me tendió una copa y se sentó a mi lado, observándome con atención.

-Gracias, aún estoy amueblándola-respondió, invitándome a un brindis. Las copas repicaron con un embriagador sonido y probamos el vino, apreciando su exquisito sabor.

-Si vieras como tengo el dormitorio, solo hay una cama y un ropero-añadió ella, con una sonrisa nerviosa y tapándose los ojos en un gesto avergonzado.

-Bueno, para lo que sirve un dormitorio, es más que suficiente-repliqué, pícaro. Esther comprendió y su rostro se iluminó con su sonrisa. Era preciosa. Sus mejillas carnosas se acentuaban con la curvatura de los labios y sus ojos me invitaban a adentrarme en ellos y sumergirme en el jade de sus pupilas.

Alargó un brazo y jugueteó con las uñas sobre el cabecero del sofá, con los dedos muy próximos a mi rostro.

-O un sofá, o una ducha, o incluso un trastero-continuó ella, sonriendo pícaramente. Sumergí mis labios de nuevo en la copa, y mis ojos se perdieron en la superficie del vino, que reflejaban una mirada de ojos azules, una sonrisa alegre, un cuerpo desnudo de exquisitas y delicadas curvas embadurnado en espuma, recibiendo los chorros de agua, deslizando la cortina para invitarme dentro.

-Te eché el ojo hace tiempo en el gimnasio-comentó Esther, y en esta ocasión, su mano se deslizó hacia mi camisa, jugueteando con los botones-te seguí en redes y la vi a ella, pero me enteré que ya no estabais juntos.

Asentí, dando otro sorbo, mientras esa mano oscilaba en la camisa, saltando de botón en botón, jugando con la redondez de cada uno.

-Se la veía mojigata, perdona que te lo diga. Y tú, tal vez te merezcas más, siempre rodeado de ese halo de misterio y seriedad, como si fueras un alcalde o un ejecutivo.

-Tengo mucha responsabilidad en mi trabajo-respondí, secamente. Ella me guiñó un ojo y se aproximó un poco hacia mí. Percibía claramente el suave perfume que emanaba de su cabello, el ligero temblor de sus labios.

-Un hombre encumbrado y cumplidor de sus labores, me pregunto si bajo esa máscara se esconde alguna fantasía-respondió, y sus dedos acariciaron el mentón de mi barbilla. Sostuve su mano y deposité en ellos un casto beso y ella me atrapó el cuello y buscó mi rostro.

Suerte que habíamos dejado las copas, porque ese beso me desarmó. Sus labios rozaban los míos con deleite, con ímpetu y arrojo y pronto acaricié su cabello y sus hombros. Dejé que mi nariz se impregnara con su suave fragancia.

-¿Tienes fantasías, Fede?-inquirió de nuevo, desabotonándome la camisa y metiendo las manos bajo ella, acariciando los pectorales.

-¿Cómo cuáles?-atiné a preguntar, embriagado con sus caricias. Ella soltó una risita y continuó besándome el cuello.

-Así que eres tímido, ¿eh? O prudente-se separó de mi cuerpo y me miró atentamente-hay hombres a los que les excita que les laman los pies, otros que desean ver a una chica vestida de colegiala, tengo un conjuntito arriba, con falda a cuadros y todo, si quieres ser mi profesor un rato y castigarme por haber sido mala-explicaba, con un tono juguetón, mientras sus dedos recorrían mi torso.

La volví a besar, cerrando los ojos, y ella ahogó un gemido en mi boca. Confundió mi reacción porque la que había aparecido ante mí vestida de colegiala, con la falda levantada, de espaldas, y las medias y bragas por los tobillos, no era ella, sino Isa.

-A otros hombres les pone que una mujer calce tacones, otros desean que sus chicas se orinen ante ellos, otros fantasean con verse vestidos de mujeres-siguió explicando, llevando su mano hasta mi paquete, apretándolo sin turbación alguna. Su rostro rezumaba ansiedad y deseo, y la inclinación de su espalda me ofrecía el espectacular escote de su top gris.

-Otros se mueren por enterrar su polla entre las tetas-consideró, descifrando el sentido de mi mirada. Levanté los ojos y Esther se desprendió del top, mostrándome un espectacular sujetador negro, que descubría más que ocultaba.

Sonreí ante la visión de sus pezones gruesos y oscuros y ella llevó mis manos hasta sus pechos, dejando que percibiera su contorno bajo la fina tela. Era un busto generoso, colmado de promesas veladas.

Me desprendió de la camisa y la tumbé en el sofá, besándola. Necesitaba fundirme entre esos labios, dejarme acunar entre sus gemidos, ahogarme entre sus pechos, naufragar entre los arrecifes de su sexo.

La ayudé a desprenderse del pantalón y ella hizo lo propio con el mío y sonreí embriagado al ver sus bragas, blancas pero atigradas, fieras pero dóciles ante mis manos.

****************************

Me odiaba. Me repudiaba pero no apartaba los ojos, de ese resquicio de la cristalera que me mostraba la consecuencia de mi desfachatez. Me odiaba pero me excitaba, viéndolo entre sus brazos, besándose y enredados, confiados en la seguridad del hogar.

Los había seguido con la mirada hasta la entrada del jardín. Se habían dejado la puerta abierta, estuve a punto de irme, para qué quedarse, me dije. Me colé y vi la cristalera del salón, el único espacio iluminado de la casa, y mi sentencia fue atinar a encontrar ese resquicio de espacio sin cubrir.

-Fede-susurré en voz baja, sonriendo ilusamente, dejándome caer de rodillas sobre el suelo. Tan cerca de Esther y, a la vez, tan lejos de mí.

Se besaban, ella le hablaba, jugaba con su ropa, él sonreía y la devoraba con la mirada. Mi corazón se desbocaba, sentía la boca reseca, las manos temblorosas y un incipiente y desconcertante calor que emergía de mi vientre.

<>-decía mentalmente a mi relevo en su cama y, esperaba, en su corazón. Se merecía a alguien que no le provocase tantos quebraderos de cabeza.

No iba a llorar, no, ese no era el momento. La cremallera del pantalón chirrió súbitamente en el silencio de la noche, e interné mi mano dentro. Aparté las braguitas como pude y mis yemas acariciaron el suave vello del sexo y descendieron hasta toparse con la humedad reinante de mis labios.

Suspiré, viendo como Esther se desabrochaba el sujetador. Esos pechos le harían olvidarme. Y yo solo podía asistir al último recuerdo que atesoraría, forjándolo con el vigor de mis dedos.

****************

-Eso es, bombón, muérdeme los pezones, vamos-susurró Esther, complacida, acunando mi cabeza entre sus manos, guiándome en el camino hacia el irresistible destino.

************************************************

Me alejé de aquella casa. No entendía qué había pasado, ¿por qué se echó para atrás? ¿Por qué se había rajado en ese momento? Esther le habría hecho pasar un buen rato, le habría impresionado con su cuerpo y su atención, habría bastado para que confirmase mis sospechas de que me había olvidado. Una súbita oleada de furia e ira, enfado y celos me asaltó. Tenía que irme de allí, meterme en el coche, huir, llorar, gritar…

-Isa, cuánto tiempo sin verte. ¿Cómo estás?

Me quedé paralizada justo al lado de la puerta del piloto. Solo tenía que agarrar la manivela, abrir la puerta, cerrar, encender el motor, irme. Sin embargo, mi cuerpo me traicionó y me giré hacia él, con los ojos brillantes, húmedos. Él me miraba, extrañado, confuso, sin perder su sonrisa, esa encantadora sonrisa.

-¿Por qué te has ido, Fede?-gruñí, apretando los puños. Se sobresaltó y lanzó una mirada furtiva a la casa de Esther y volvió a mirarme dubitativo y sorprendido.

-¿Nos has visto?

-En el pub. Y luego os he visto entrar en su casa. Creí que…, déjalo. Buenas noches, Fede-respondí, venciendo el nudo que se formaba en mi garganta, borrando de mi mente como había huido del jardín como alma que se lleva el diablo al verlos separarse y discutir. Abrí la puerta del conductor pero él se acercó rápido y la volvió a cerrar, cogiéndome de la mano.

-¡No, espera, Isa! Yo…

-¿Qué? Vuelve con ella, follátela, olvídame-repliqué, liberándome de su mano con un manotazo y lanzándole una mirada encendida. Notaba los ojos escociéndome, y su rostro se agitó, compungido.

-No he podido, Isa. No consigo olvidarte.

<>-me decía una voz en mis adentros.

-Lo tienes fácil. Vuelves ahí, le echas un polvo y te corres en su cara o donde quieras. Una noche entre sus brazos y ya me olvidas.

-Sí, pasaría una noche entre unos brazos…, entre los tuyos.

Me estremecí entera. Notaba el ardor de una lágrima cayendo por mi mejilla, la restregué con disimulo con la mano y lo encaré. Fede se mostraba apenado y triste, tal vez afectado por verme con los ojos acuosos. No podía creer sus palabras, no debía hacerlo, no podía ceder a los furiosos latidos que perforaban mi pecho.

-Eres un sinvergüenza y un mentiroso. Si me hubieras dicho eso hace dos días, habría caído rendida entre tus brazos-respondí, con la voz afectada.

-¿Cómo? Nos evitamos, parecemos como el perro y el gato y, sin embargo, aquí estamos. Te amo, Isa-me respondió, con un tono cargado de sinceridad y reproche.

-No solo os he visto, Fede, os he espiado. Os besabais, le metías mano, ella a ti, reíais, hablabais, ¿por qué te fuiste? Era perfecto para ti, era perfecta para ti-repliqué, notando que el nudo de la garganta se volvía más constreñido. Mis palabras buscaban herirlo, buscaban alejarlo de mí, acusarlo de lo que fuera con tal de que se fuera. Ni siquiera pude ocultar que me extrañaba que no se hubiera quedado. Fede reconoció mi pesar y mi confusión pero, también, detectó algo en mis palabras que le hizo mirarme turbado.

-¿Te gustó verme con Esther?

-Sí, cabronazo. Me excité viéndoos, y estaba celosa-confesé, mirándolo encolerizada.

-¿De ella?

-De ti. Quería estar contigo y con ella, los tres en el sofá, compartiéndote, viéndote disfrutar, disfrutando contigo y con ella.

Ya lo había soltado, ya lo había dicho. Era una estúpida, ahora él me miraría impresionado, me tacharía con algún apelativo que me heriría y nos separaría, por fin.

-Isa, yo…, también pensaba lo mismo. Desde que estuvimos con Sonia, yo…, oh, cielos, yo te amo a ti, Isa, pero…

Más mentiras. No me amaba, eso no era. No podía ser. Se había ido de allí porque tal vez no llevaba condones, ni ella tampoco. Era una posibilidad que hasta a mí me sonaba falsa. Me traicioné a mí misma al decirle:

-¿Sí?

-Al fin te comprendo. Cuando pasó lo de Sonia, no fue solo para tapar tu aventura con ese repartidor. Querías que vieras la de posibilidades que se nos abrían en el horizonte, que nosotros estamos juntos y nos amamos peor que también podríamos tener otro tipo de experiencias

-¿Sabes a lo que te refieres, Fede? Tiene un nombre. Relación abierta y no sé si podremos mantenerla-respondí. No, él no había dicho eso. Yo sí lo había pensado, algunas noches, al soñar con él, al recordarlo en brazos de Sonia, al imaginarme con él y otro hombre, al meter mi mano bajo las braguitas y susurrar su nombre entre gemidos acallados en la almohada, por miedo a que me escuchara mi madre, por miedo a turbar su sueño con mis agitaciones y demonios.

-Ni yo, Isa, pero solo el hecho de pensar que podría no estar contigo, me parte en dos.

Me arrojé entre sus brazos, hundí mi rostro en su hombro, sollocé en él, temblando. Me abrazó, en silencio, amparándome con su calor y protección.

-Oh, Fede, ¿en qué nos estamos convirtiendo? No quiero hacerte daño, no quise hacerlo, lo siento-respondí, entre hipos, dando rienda suelta a mis lágrimas.

-Isa, no digas nada, solo…bésame.

Estaba horrorosa, con los ojos hinchados, enrojecidos, las lágrimas brillantes en las mejillas, y, sin embargo, él me miraba con esos ojos admirados, con esa luz ardiendo en ellos. Mis labios flaquearon, pero no pude resistirme. Nos besamos, y sentí que mis propias piernas se debilitaban.

Un coche pasó raudo junto a nosotros, con las ventanillas bajadas y la música retumbando.

¿Quiénes somos, ¿de dónde venimos? ¿A dónde vamos?

¿Estamos solos en la galaxia o acompañados?

-No dijiste a nadie lo de la infidelidad, ¿por qué?-le pregunté, extrañada, tras unos segundos, tras los gloriosos segundos en que nuestros labios se reencontraron. Me limpió las lágrimas con un dedo, y observé incrédula qus ojos también relucían.

-No quería darte fama de nada. En el fondo, era porque necesitaba tiempo para asimilar lo que querías mostrarme. Y lo acepto.

-Una relación abierta…La gente hablará, se enterará, dirán que soy una puta, que tú eres un cerdo-le expuse.

-¿Y si fuera con personas que no conocemos? O con gente con mucha confianza, que sepamos que no abrirán el pico.

-Fede, por Dios, no sigas, por favor. Déjame, aléjate.

-Jamás.

Volvimos a besarnos, con más pasión. Nuestras bocas se encontraban y desesperaban al separarse, nos estrujábamos en un abrazo eterno mientras el cielo tronó y empezó a llover, dardos fríos que se precipitaban sobre nosotros celosos de nuestra pasión.

-Ven, por aquí-dijo Isa, tendiéndome la mano. La acompañé hasta un portal cerrado que reconocí enseguida como la casa de una amiga suya, Carmen. Ella echó un vistazo a su alrededor y empujó la puerta. Me hizo un gesto para que entrara y cerró el portal, sumergiéndonos en una profunda oscuridad. Me volví hacia donde intuía que estaba ella, y sentí como sus manos se abrazaban a mi cuello.

Se pegó a mi cuerpo y me vi empujado contra la pared. Nos besamos, y pronto ella percibió claramente el bulto que ostentaba en el pantalón. Reconocí que sus labios eran más suaves, más finos que los de Esther, y ella se pegaba a mi boca tanto que casi parecía que se empecinaba en robarme el aroma de los de Esther.

-Isa, ¿y si tu amiga…?-pregunté, confuso, echando una mirada al cristal de la puerta de la casa.

-No te preocupes, Carmen no está hoy en casa-respondió, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. Me estremecí, y aferré con mis manos su respingón trasero.

-¿Y si nos oyen desde fuera…?-añadí, inseguro, intentando refrenarme. Ella musitó un quedo gemido en el oído.

-No me digas esas cosas-susurró, apretándome el bulto del pantalón. Solté una risita nerviosa por lo bajo.

-¿Te hace gracia que cualquiera me vea en pelotas en el zaguán?-me sugirió en otro susurro. Me estremecí, a modo de respuesta, y recordé el sueño en el que había visto a Isa desnuda, rodeada de un círculo de hombres enmascarados y cubiertos con una túnica.

-Esther estaba equivocada-confesé. Ella me iba desabotonando la camisa y me besó el pecho. Noté como se irguió al escuchar mis palabras.

-¿Qué pensaba?

-Dijo que eras una mojigata, que ella me haría cosas que tú jamás habrías imaginado.

-¿Cómo qué?

Me quedé callado unos segundos. Notaba su mirada prendada en mis ojos, en mi rostro, como si pudiera vislumbrar mi desasosiego, como si percibiera que mis recuerdos con Esther estuvieran abrasándome por dentro.

-Me dijo que me chuparía de arriba abajo.

-Eso ya lo he hecho contigo-afirmó ella, sonriente.

-Que me lamería incluso los pies.

Sorprendido, noté que Isa se estremecía. Sus dedos acariciaron mi cuello y el mentón de mi barbilla.

-¿Y si me los lamieras tú a mí?-me musitó.

-Descálzate.

Hasta yo quedé impresionado por mi orden. Isa se separó de mi cuerpo un instante y escuché como porfiaba con las botas altas hasta desprenderse de ellas. Estiró la pierna y noté su pie apoyado en mi vientre, que fue descendiendo hasta palpar la entrepierna. Apretó ligeramente, y casi pude escuchar la curvatura de su sonrisa, que me la imaginé pícara y sensual.

Me arrodillé, sosteniendo su pie. Ella tenía que estar manteniendo el equilibrio como podía, y le arrebaté el calcetín. Aguanté su tobillo y agarré con la otra mano su empeine, con cuidado para no despertar cosquillas en esa zona. Sus dedos se arrugaron y estiraron cuando aproximé mis labios.

-Fede, lámeme-me susurró, con la voz quebrada. Obedecí, y besé pudoroso el dedo gordo, el más prominente, el más destacado. Escuchaba un suave frufrú, y tuve que salir de dudas.

-¿Qué estás haciendo?

-La mojigata de Isa se está manoseando las tetas por encima de la ropa mientras su chico le chupa un pie-me respondió. Lancé mi lengua hacia el dedo, bañándolo con mi saliva.

-¿Cómo se siente la mojigata de Isa?-pregunté, siguiéndole el juego.

-Isa se siente cachonda, nota un calor en el vientre, se siente mojada, y el pantalón vaquero ceñido le está apretando las bragas en una zona demasiado sensible.

Besé de nuevo el dedo, y me dispuse a metérmelo en la boca. Mis labios lo abrazaban casi como si fuera…una pequeña polla. Dura como una fiera verga, suave como los pétalos de una flor, una delicada piel que respondía gustosa a mis atenciones.

-Isa se quita la blusa, se desabrocha el sujetador y lo tira contra la cristalera y se sigue metiendo mano, ahora con las tetas solo cubiertas por la camisa interior. Se retuerce los pezones, se amasa un poco los pechitos, siente mucho gusto.

Sus palabras, prendidas con un mágico tono sensual, cargadas de erotismo, me embriagaban y desbocaban a mi lengua, que proseguía lamiendo ese delicioso pie ofrecido.

-¿Qué más le dijo Esther a su chico?

Me volví a estremecer. Isa me iba arrebatando cada secreta confesión grabada entre mis memorias como si supiera que aún habría más por desenterrar y proseguí. Su chico, recordé. Su chico lamiéndole un pie, su chico besando a otra mujer. Sonia, Esther, Isa…, sus imágenes se agolpaban en mi mente, excitándome.

-Me preguntó si sentía curiosidad por algunas…, fantasías-respondí.

-¿Cómo cuáles?

-¿Tienes ganas de hacer pipí?

Mi pregunta reverberó como un pequeño eco en ese portal. Potentes palabras que tuvieron que impresionar a Isa, ya que noté que retiraba el pie enseguida.

-Puede.

Me levanté y fue mi turno de empujarla contra la pared. Sus respuestas liberaban una parte oscura de mí, una bestia que dormitaba agazapada en su cubil y que ahora emergía, azuzada por las insinuaciones de Esther y el atrevimiento de Isa. Separé sus piernas y posé la mano en la entrepierna, engarfiándola. Ella se estremeció.

-¿Me dejas quitarme las braguitas y los pantalones?-preguntó, con una voz cargada de falsa inocencia. Sonreí ferozmente.

-La mojigata de Isa se las quitaría…

-…pero la liberal Isa no, ¿verdad?-añadió, mordisqueándome el labio. Metí mi mano bajo su camiseta y acaricié sus tetas, recordando su textura, agradeciendo su leve prominencia. Su arrojo y anticipación me abrumaban, me hacían arder y vibrar.

-Voy a dejarlos empapados-susurró, mientras yo presionaba suavemente su vientre, en la zona donde consideraba que se ubicaba la vejiga. Casi podía imaginarme sus ojos cerrados, la cabeza apoyada en la pared, sus manos crispadas en el zócalo del zaguán.

-¿Recuerdas ese verano en la cala? Adonde te llevé, en el kayak, por tu cumpleaños, que acabamos en pelotas y grabándonos… ¿recuerdas cómo rompía el kayak las olas, el sol reflejado en la espuma de las olas, como iban y retrocedían en la playa?

-Sí, como las olas nos salpicaban, y nos mojaban y…uf, Fede-gimió ella.

Lo noté. Una tímida y repentina calidez, minúscula, casi del tamaño de la yema del dedo meñique de la mano, pero cuyo ardor traspasó la tela y horadó mi palma.

-Te tumbaste en la playa, desnuda, dejando que las olas recalaran por tu cuerpo, que ascendieran por tus muslos, por tu cintura, que saltasen alegres intentando alcanzar tus pechos y mojar tu cabello.

Ella soltó un ahogado jadeo y la calidez se desbordó. Como agua de mar, fluyó por las bragas, rebasándolas, prendándose en la cara interna del pantalón, sobrepasando mis dedos, precipitándose en pequeñas gotas hasta el suelo, recordando el origen goteante de las estalagmitas, el alivio de la vejiga, el gozo de mi cuerpo.

-Isa se ha mojado hasta el culo-susurró-y se pregunta qué más le insinuó Esther…

Proseguía con su juego, y en él continué enredándome. Nos encantaba esa conexión que nos subyugaba y enardecía.

-Que se moría de ganas de lamerme la polla y los cojones en pelota picada-respondí, enervado. A Isa le faltó tiempo para desprenderse de su ropa y para volverme contra la pared, como si me hubiera detenido y se dispusiera a cachearme.

-Vas por ahí, provocando a las chicas con este cuello, estos pectorales insinuados bajo las camisetas ajustadas, estos abdominales y el culito que luces en el pantalón, ¿y aún no te han multado por desatar incendios bajo las braguitas?-replicó, acompañando a sus palabras con manoseos. Casi me reí pero, al mismo tiempo, me excité.

Tenía a Isa justo detrás, solo vestida con una camisa interior, ordenándome que me bajase los pantalones y los calzoncillos, que separase las piernas, tomando mi polla con una mano mientras la otra sopesaba mis testículos.

-Y, además, vas con esta escopeta cargada de perdigones, ¿acaso tienes licencia de caza, eh?-me chistó, dándome una cachetada. Cualquiera que escuchase nuestro diálogo a través de la puerta, cualquier ráfaga traicionera de viento que empujase la puerta y nos descubriera, allí, revueltos y desnudos, se llevaría una grata sorpresa. Pero a nosotros nos excitaba aún más, el peligro y el morbo se confundían y nos confundían.

-Voy a desarmarlo, las manos en alto, donde pueda verlas-añadió, seca y autoritaria, dándome la vuelta despacio. Y cuando noté que su mano aferraba mi polla de nuevo, casi me corro. Me arañó el hombro, enfadada.

-Ni se te ocurra, de aquí no te vas sin darme una buena follada-me amenazó, siseando, agachándose, tendiendo mi verga hacia su boca, alzándola hacia el techo, arrastrando su lengua hasta mis huevos.

-Oh, Isa-gemí, incapaz de contenerme. Esa lengua reptaba hasta el tronco, trazando una húmeda senda, una suculenta trampa para sus labios, que se movían y abrazaban el contorno, que besaban el glande, que le daban la bienvenida en su boca.

Sus chapoteos se confundían con otros, más lascivos, más atrevidos. Sus dedos enredados en su coño. Mi chica se masturbaba en el portal de su amiga mientras me comía la polla. Y gemía, y ahogaba sus gemidos en mi polla, y jadeaba, y respiraba agitada.

-Contra la puerta-grazné.

Ella entendió y aferró con sus manos los garrotes de la puerta. Menos mal que tuvo el tiento de empujar nuestras ropas contra una esquina, sino, estaba seguro que nos habríamos tropezado.

-Fóllame, Fede, fóllame-me urgió mientras su trasero retozaba entre mis manos. Me aproximé y a tientas encontré la gruta, ayudado con sus dedos. Un gemido aliviado y gozoso revoloteó de entre sus labios cuando fui entrando en ella, sumergiéndome en su calidez.

Jaleé levemente su cabello y ella exhaló un suspiro embriagado. Retrocedía y avanzaba, arremetía y cedía. Tenía razón al decirme que se había mojado hasta el pompis, notaba su piel un poco pringosa.

-Isa tiene vello otra…vez, como cuando empezamos a…salir-me confesaba, entre jadeos.

-Estás muy mojada, ¿te has corrido?-pregunté, notándome resbalar.

-Un dedo…, en el jardín de Esther y ahora…chupándotela-respondió. Sus descaradas palabras me incendiaron y me animaron a empalarla con más brío. Volví a tironear de su pelo.

-Isa, Isa-murmuré, extasiado.

-Córrete en mi…culo, Fede-me pidió, con la voz preñada de cachondez-úntalo con tu leche.

-¿Cómo voy a atinar?-balbuceé, confuso, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera ese fulgurante coño que me abrasaba.

-Abre un poco el portal, por favor. En el culo.

Tembloroso, no sé ni cómo pude liberarme de ese coño, que enseguida fue acogido por sus dedos. Isa siguió masturbándose mientras yo me armaba de valor para abrir el portal, rogando a cualquier divinidad existente que no hubiera nadie allí. La lluvia arreciaba y disuadía a los transeúntes.

Me cegó el haz de luz de la farola, hiriente e inquisitivo, y giré la cabeza despacio observándolo proyectado en el suelo, descubriendo sus arrugadas bragas enredadas con mis calzoncillos, sus piernas separadas, sus dedos asomando entre los muslos mientras la otra mano aferraba un barrote, la cabeza hundida entre los hombros, el culo remarcado y provocador.

Resistí el impulso de asomarme al exterior, pero sucumbí al deseo irrefrenable de ensalivarme un dedo y horadar el abismo expuesto entre sus cachetes. Ella dio un respingo mientras me la sacudía, mientras seguía masturbándose, fundiendo el bailoteo de sus dedos con las convulsiones que me asaltaron.

Y la regué, bañé esas respingonas y suculentas nalgas con la simiente, espumeando su piel, rubricándolas con la firma que ella había deseado. E Isa farfulló algo ininteligible, que silencié con una mano rápidamente: el escándalo del grito de su orgasmo.

-Fede, oh, Fede, cuánto te he echado de menos-susurró entre mis brazos, una vez que hube cerrado de nuevo el portal.

-¿Nos vestimos, preciosa?-le pregunté. Y salimos de allí cogidos de la mano. Había acabado de llover, la tormenta se disipaba, pero otra se empezó a acumular en sus corazones. Una segunda vida les aguardaba, camuflada, velada y tórrida.