Una historia (1)
El liguero negro apareció entre la ropa de invierno, un secreto que ella había guardado celosamente. Al verlo, la tensión cambió de tono: ya no era solo una pareja preparando su vida juntos, sino dos cuerpos dispuestos a revivir los peores deseos de ella. Esta vez, no hubo restaurante ni extraños, solo la confirmación de que sus fantasías más oscuras eran bienvenidas.
Recuerdo aquella tarde, como si fuera ayer...
Era verano. Antes de las vacaciones ella estaba trayendo a mi casa ropa, en septiembre empezaríamos a vivir juntos. Venía con dos maletas con ropa de invierno. Subí a la habitación de mi pequeño dúplex con ella para ayudarla.
Sacaba la ropa poco a poco, cuando de repente, un pequeño liguero negro se deslizó entre unas prendas de invierno.
- ¿Y ésto?. -Pregunté.
- Anda!!!. Ni me acordaba ya... Lo escondí ahí para que no lo viera mi madre cuando volví a casa. -Respondió.
Nos habíamos tomado un par de años de descanso. Empezamos muy jóvenes y aquel paréntesis fue necesario. Ella estuvo un tiempo viviendo de alquiler, pero decidió volver a casa de sus padres para ahorrar y comprar una casa. El liguero, negro y muy fino, lo guardó en uno de los cajones de la mesilla sin darle mayor importancia.
Bajamos al salón a cenar. Antes, ella se había puesto un pijama de verano rosita, unos pantaloncitos muy cortos y una camiseta de manga corta que no llegaba a taparle el ombligo. Por cómo se le marcaban los pezones de sus tetitas medianas y muy bien puestas, no llevaba sujetador. Tiene un cuerpazo espectacular que no llega al metro sesenta y cinco, coronado por una preciosa cara y su cabello rubio y cortito.
Terminamos de cenar y puse una peli, no recuerdo cuál.
- Deberías quitarte la camiseta, hace mucho calor. Mírame a mí, sólo llevo los pantalones cortos. -Le dije.
- ¿Quieres que te haga un topless?. No llevo suje... Y no creo que estos pantalones queden muy bien en topless, tendría que quedarme sólo con el tanga...
- Por mí no hay problema...
Se puso en pie y se dejó puesto únicamente el tanga de hilo negro que llevaba debajo de los pantalones del pijama. Se recostó sobre mí, a mi ziquierda. Con la mano izquierda comencé a acariciarle la teta de su mismo lado.
- En los seis meses que llevamos desde que volvimos, jamás te he visto puesto ese liguero y hacia tiempo de llevar medias cuando empezamos...
- Bueno, ya sabes con quién tuve un rollito.
- ¿Te lo compraste para él?
- Se portó bien conmigo, me apetecía darle una sorpresa.
Mi mano izquierda abandonó su teta para sumergirse bajo su tanga.
- Estás mojada...
- Me ha puesto que hayas visto el liguero. De verdad que no era mi intención, ni siquiera lo recordaba, pero ya que lo has visto, he de reconocer que me pone.
- ¿Y qué quieres hacer al respecto?
- ¿Chupártela?
- ¿Y si te lo como yo y mientras me cuentas lo zorra que fuiste con ese liguero puesto?
- Es otra opción.
Bajé entre sus piernas y despacio le quité el tanga. Ante mí apareció su precioso coñito totalmente depilado, con sus labios hinchados a causa de la excitación. Le introduje dos dedos y con mi boca jugaba con su clítoris.
- Empieza a hablar.
- Fue en invierno. Quedamos para cenar un día de diario. Ese mismo día a la hora de la comida salí de la oficina y fui a comprar el liguero. Me puse una minifilda muy ajustada y corta, tanto, que tenía que ir tirando todo el tiempo de ella para que no se viera la liga de las medias. Arriba llevaba un top de los que deja la espalda al aire, así que no pude ponerme sujetador. Cuando me quité el abrigo en el restaurante se quedó con la boca abierta y el camarero que nos atendió, también.
- ¿De qué color eran las medias?
- Aquella noche iba entera de negro.
- ¿El tanga también?
- ¿Quién ha dicho que llevara tanga?. Métela...
Me senté en el sofá y ella se colocó encima de mí. Se metió mi polla y se quedó unos segundos parada, disfrutando. Empezó a continuación a moverse despacito mientras yo le comía sus preciosas tetas. Y continuó hablando...
- Me encantaba verle con su traje y su corbata y yo vestida poco menos que como una puta. Cuando terminamos el primer plato, me subí un poco la mini y llevé su mano a mi coñito. Elegí aquel restaurante porque los manteles son largos. Y me encantó que no parara de tocarme cuando el camarero nos retiró los primeros y al poco tiempo nos trajo los segundos... Casi me corro... Se que vio su mano debajo de mi lado del mantel y seguro que también vio como se movía...
- ¿Estabas muy cachonda?
- Cachondísima
- ¿Y qué más pasó?
A continuación, subió el ritmo y se corrió como nunca había visto sobre mí. Cuando recuperó un poco el aliento, continuó moviéndose y hablando.
- Al acabar el segundo plato como pudimos, me dijo que tenía que ir al baño, que si le acompañaba y le dije que sí. Pasó él al de caballeros y yo al de señoras. Me refresqué un poco la cara y salí. Mientras le esperaba vi como salía un hombre de unos 50 años del baño mirándome de arriba a abajo y a continuación salió él. De un tirón de mi brazo me metió al baño de caballeros y me apoyó bruscamente contra la encimera de los lavabos para bajarme el top y dejarme con las tetas al aire. Me subió la mini a la cintura y me dijo que era una zorra y que como tal me iba a follar. Le dije que tenía muchas ganas de chupársela, pero que si alguien entraba nos iba a ver. Me llevó a uno de los cubículos y cuando me di la vuelta para besarle me lo impidió, dejándome de espaldas a él. Le repetí que se la quería chupar, pero me la metió miemtras apoyaba mis brazos contra la pared y tenía que flexionar mi pierna derecha sobre la taza del váter. Me estrujaba las tetas con ansia y me decía que era una zorra. Estuvo así hasta que me corrí, momento en el que me dió la vuelta y me la metió en la boca diciéndome "¿querías chupar?, pues chupa hasta que me corra". Y así lo hice. Cuando se corrió, nos recompusimos y salimos a pagar la cuenta.
Volvió a correrse. Según acababa su relato se veía venir su segundo orgasmo. Nada más hacerlo, hice lo mismo que su amiguito, me la quité de encima y se la clavé en la boca, obligándola a base de tirones de su corto cabello a chupármela lo más profundo posible. Cuando me iba a correr le dije "¿Te gusta ser y que te traten como a una puta". Respondió inclinando su cabeza en un ligero "sí" gestual. Cuando me corrí, mirándole a los ojos le dije "bueno es saberlo".
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