Xtories

Hay una zorra en ti (extracto 3)

Julio no solo se llevó a mi mujer, sino que me contó cada segundo con una sonrisa de triunfo. Mientras él presumía de su victoria, mi cuerpo traicionaba mi dolor, despertando un placer prohibido que me convertía en el director de mi propia humillación.

Abel Santos5.7K vistas8.2· 9 votos

EXTRACTO DE MI ULTIMA NOVELA "HAY UNA ZORRA EN TI"

Una vez me sentí a salvo de oídos ajenos, le pregunté:

—¿Qué ha pasado? ¿Qué es lo que tienes que contarme?

Me temblaban las rodillas a la espera de su respuesta.

—Pues ha pasado lo que tú querías, tío… —respondió alargando la sonrisa—. ¡Al fin me he follado a tu mujer…!

Hablaba con excitación, parecía aún más nervioso que yo.

—¿Qué…? —dije con cara congestionada.

—Pues eso, joder, que me la he tirado… ¿No es lo que querías?

Su cara se había avinagrado, posiblemente contagiado por la mía.

«¡No, joder, no era eso lo que quería!», estuve a punto de gritarle. Quería tentar a Lucía, pero mi objetivo era que ella no tragara, no que se abriera de piernas.

Y menos a mis espaldas.

Mientras había llevado el control del asunto, me sentía el director del juego, y tenía la posibilidad de vigilarlo, cambiarlo o detenerlo sobre la marcha. Pero de aquella manera, con la traición del niñato y de la zorra de mi mujer, me sentía peor que si me hubieran dicho que se la había tirado todo un equipo de futbol.

No obstante, no me quedaba otra que mantener el tipo. Al menos hasta conocer los detalles.

—¿Cómo ha sido? —le empujé a explicarse—. Cuéntamelo todo…

Y Julio se lanzó a contarlo con orgullo de macho triunfador.

—Pues resulta que he pasado por la puerta de vuestro cuarto y he visto a Lucía que salía de él. Me he detenido a saludarla y le he pedido que me dejara ver el jardín desde vuestra ventana. Ya sabes que desde nuestra habitación, la de Alba y mía, solo se ve la parte de atrás, y es bastante fea.

No me resultaba creíble aquella versión. Se había comido todo lo de la cura. Pero quizá la cura hubiera empezado después de lo de «mirar al jardín». Y que el sexo hubiera tenido lugar después de la cura.

Por otro lado, ¿sabía el que yo había estado allí, presenciando la supuesta cura? Juraría que no. Además, ni siquiera estaba seguro de que la cura no fuera una excusa de Lucía.

—Al grano, Julio… —le insté, tenía que aclarar todas aquellas incoherencias.

—Pues eso, me ha invitado a pasar y hemos estado mirando los dos por la ventana al jardín.

Decidí tenderle una trampa.

—¿Has visto a alguien por la ventana?

—Sí, estabas tú… bebías una cerveza y mirabas el móvil.

Aquel dato era correcto, pero podía haberlo imaginado. O quizá describía la imagen que había visto al bajar al jardín, justo antes de que Mamen y Alba volvieran con las compras.

—Sigue…

—Pues he recordado que me dijiste que le soltara piropos y cosas bonitas y eso es lo que he hecho.

—¿Cosas como qué?

—Jo, Alex, pues yo qué sé… esas bobadas que se dicen en estos casos. Que es muy guapa, que tiene un bonito pelo, que su tipo es de infarto para su edad… esas cosas…

Se me estaba atragantando aquella conversación.

Era una puñetera locura. ¿En qué momento se me había ocurrido empezar el estúpido juego?

Y al mismo tiempo me humillaba notar como mi polla iba creciendo imaginando en mi mente lo que me iba contando el niñato, como si estuviera viendo una película porno.

—Total —continuó—. Que me he ido acercando a ella despacio y, cuando me he querido dar cuenta, la estaba besando y ella me agarraba del cuello para que no la soltara.

Le miraba con ojos de enajenado. ¿Lucía besando a aquel gilipollas… y agarrada a su cuello?

La boca se me había secado.

Y no pude decirle nada.

—En ese momento me he vuelto loco —prosiguió—, la he tirado sobre la cama, la he arrancado la ropa y yo también me he quedado en pelotas. A partir de ahí ha sido todo como un ciclón.

»Joder, tío… qué razón tenías… ¡Cómo folla una treintañera! La he dado por delante, por detrás, de lado… con ella encima, debajo… La tía no se cansaba nunca… Y parecía tener un radar. En cuanto notaba que me iba a correr, me hacía parar y descansar unos segundos. La jodía no quería que me corriese. Quería que aguantase lo más posible. Por ella hubiéramos estado follando hasta la noche.

Algo no me cuadraba en aquella historia.

Todo lo que decía podía ser posible.

¿Pero qué era aquello de «por detrás»?

Lucía tenía el culo virgen y no me había dejado tocárselo ni para meterle un dedo. ¿Se lo habría estrenado Mario y ahora solo disimulaba conmigo y lo reservaba para entregárselo a otros?

Decidí indagar más a fondo.

—¿Le has dado… por el culo?

El musculitos se vino arriba y comenzó a dibujar con las manos la historia que relataba.

—¿Qué si la he dado? —sonreía orgulloso—. La he dado, pero bien… Aunque al principio no le entraba mi polla, no creas. Pero uno sabe de esto, que para eso soy un experto. Así que con mucha saliva y con unos deditos se lo he abierto y… ¡toma!... toda padentro…

Me estaba revolviendo el estómago la historia del puñetero niñato. Al tiempo que mi polla cabeceaba intentando salirse del bañador. Esperaba que el cerdo de Julio no se diera cuenta. Menudo papelón.

Después de escuchar aquella sarta de barbaridades, solo me quedaba un detalle. Era la prueba de fuego.

—Y, al final, ¿dónde te has corrido?

—Jajaja… —rió de forma desvergonzada—. La muy jodía quería que se lo echase en el culo, ya que no llevaba condón… Pero le he dicho que una mierda, que era yo el que decidía… Y al final la he pringado la cara… ¡Joder como se la he puesto a la tía…!

No parecía importarle un pimiento que estuviera hablando de mi mujer a la hora de utilizar adjetivos. Parecía creer que eso era lo que yo buscaba. Y a mí cada obscenidad me dolía en el alma.

Y hacía palpitar a mi polla, lo que dolía más.

Me estaba convirtiendo en un cornudo.

Y, lo peor de todo, en un cornudo que disfrutaba con sus propios cuernos.

—¿Se… lo has echado en la cara…?

Esta afirmación tampoco me cuadraba. Lucía se moría de asco con el semen. Incluso con solo su olor.

¿O era solo con el mío?

—Sí, vaya si la he pringado, jajaja… —presumía—. Tanta leche la he echado que se ha tenido que ir luego a la ducha. No veas como le colgaba del pelo. Pero no te pierdas lo mejor…

—¿Hay más…? —pregunté desesperado.

—¿Que si hay…? —volvió a inflarse como un pavo—. Pues no resulta que después de correrme me dice que ya se ha acabado y que me vaya. Le digo: «¿cómo que se ha acabado?». Aún veo mi polla llena de leche. Saca la lengua y límpiala, guarrilla…

Tragué saliva desesperado.

—¿Y… ella… que ha hecho…?

—Pues lo que le he ordenado, por supuesto. La tenía sujeta por el pelo, cuando se resistía le daba un buen tirón. Al final se ha rendido y ha sacado la lengua. Y, con los labios, iba succionando la leche que quedaba y luego se la tragaba… Y se relamía la jodía… cómo se ve que le gusta… Jo, tío, cómo te envidio… Si yo tuviera una mujer tan zorra, me la estaría follando a todas horas.

La confesión de Julio me había dejado para el arrastre. No tenía fuerzas para rebatirle. Y me quedé callado y pensativo.

—Bueno… –dijo él al ver que no replicaba—. Pues si no te importa ya me voy… Ya sabes… esta noche vas a tener calentita a tu mujer… Aprovecha y fóllala bien, que te va a dejar hacerle todo lo que le pidas… Qué suerte tener un putón así en la cama…

Le vi marchar y me quedé un rato en el garaje, apoyado en el morro del coche. El motor todavía se hallaba caliente. Y yo aún más que él.

«Puto crío», me dije. Me había puesto la polla a punto de caramelo.

Y no pude evitarlo. Salí corriendo escaleras arriba y no me detuve hasta que cerré la puerta del baño con el pasador de seguridad.

Luego me arrimé al lavabo, me bajé el bañador y comencé a masturbarme con desesperación. Menos de un minuto después me corría con tanto ímpetu que manchaba hasta los azulejos por detrás del grifo.

Me duché antes de bajar a cenar.

Y durante la cena no fui capaz de abrir la boca.

No podía evitar sentir una desazón insoportable, mientras miraba a las chicas comentar su experiencia en el pueblo con dos tipos que habían intentado ligar con ellas. Todos reían la forma graciosa de contarlo de Mamen, la más payasa del grupo, y yo miraba para otro lado con el estómago revuelto.

Si la estancia en aquel magnífico rincón había sido agridulce, a última hora se había teñido de negro.

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Extracto de mi nueva novela "HAY UNA ZORRA EN TI", recién publicada en Amazon, y GRATUITA para los Kindle Unlimited. No te la pierdas!!!

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