Saboreando los cuernos - Parte 2
Sabe que él la está mirando. Sabe que el desconocido no debería tocarla. Y aún así, esta noche ella decide no detenerse.
Capítulo 2: El primer juego
Andrea estaba frente al espejo del dormitorio, evaluando su reflejo con un nudo en el estómago. La luz tenue del cuarto resaltaba los sutiles brillos del vestido negro que había elegido, ajustado y lo suficientemente corto como para rozar la parte alta de sus muslos. El escote dejaba poco a la imaginación, y el tejido, aunque no del todo transparente, insinuaba más de lo que cubría y sus pezones al endurecerse quedaban marcados. Su piel brillaba con un leve rubor que no sabía si achacar al frío de diciembre o a la anticipación que sentaba desde el momento en que Eric le había propuesto este juego.
Respiró hondo mientras deslizaba las manos por los laterales del vestido, asegurándose de que las medias de liguero quedaran perfectamente alineadas debajo. El encaje de las ligas apenas se asomaba al moverse, añadiendo un toque de provocación que sabía sería imposible de ignorar. Había decidido no llevar sujetador, como Eric había sugerido, y la sensación del tejido sobre su piel desnuda la hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, poderosa.
Eric estaba en el salón, esperándola para despedirse antes de que cada uno tomara su propio camino hacia el pub. La idea de llegar por separado le parecía absurda y emocionante a partes iguales, como si fueran dos desconocidos dispuestos a encontrarse por primera vez en un escenario lleno de posibilidades.
—¿Estás lista? —preguntó Eric desde la puerta, con la voz cargada de expectativa.
Andrea dio un último vistazo a su reflejo antes de girarse, mostrándose con una mezcla de seguridad y timidez.
—¿Qué te parece? —preguntó, alzando los brazos ligeramente como si estuviera pidiendo una evaluación.
Eric la miró en silencio durante unos segundos que se le hicieron eternos. Sus ojos recorrieron cada detalle del atuendo, desde el escote atrevido hasta las medias que delineaban sus piernas con una elegancia provocativa. Su expresión decía más que cualquier palabra: estaba deslumbrado.
—Estás… increíble —murmuró finalmente, su voz algo más grave de lo habitual. Se acercó un paso, pero se detuvo. Esta noche, Andrea no era solo su novia; era el centro de una fantasía que por fin cobraría vida.
Andrea sonrió, un poco más confiada al notar el efecto que tenía sobre él.
—No me acostumbro a esto, pero… creo que me gusta cómo se siente. —Se dio la vuelta lentamente, dejando que el movimiento del vestido revelara un poco más de piel. Luego, con una mirada pícara, añadió—: Más te vale que no me pierdas de vista esta noche.
Eric tragó saliva, intentando calmar el cúmulo de emociones que lo embargaban.
—No pienso hacerlo. Pero recuerda, en el pub no nos conocemos. Hoy eres… solo una mujer que ha salido a divertirse.
Andrea rio suavemente, disfrutando el giro que estaban a punto de dar en su relación.
—Entonces será mejor que me dé prisa. No querrás que otro me invite a mi primera copa antes de que llegues, ¿no?
Eric sonrió, viendo cómo se alejaba hacia la puerta. Por un momento, se preguntó si de verdad estaba preparado para lo que estaba por venir, pero esa duda se desvaneció tan rápido como había llegado. Esta era una aventura que ambos habían decidido emprender, y no podía negar que el morbo y la emoción lo consumían por completo.
Eric llegó al pub unos minutos antes, tal como habían acordado. Eligió una mesa discreta al fondo del local, desde donde podía observar toda la barra. El ambiente era cálido, lleno de risas, música suave y luces bajas que creaban un juego de sombras seductor. Su mirada se movía entre los rostros desconocidos, buscando a Andrea, aunque sabía que tendría que esperar un poco más.
Cuando ella finalmente cruzó la puerta, el tiempo pareció detenerse. Su vestido negro parecía brillar bajo las luces del pub, y cada paso que daba hacía que las miradas de los hombres a su alrededor se volvieran hacia ella. Andrea caminaba con una seguridad que parecía haber encontrado en el camino, jugando con el límite entre la provocación y la elegancia.
Eric sintió un nudo en el estómago. Era extraño verla desde esta perspectiva, como si fuera una mujer completamente nueva y no la persona con la que había compartido años de su vida. Pero también era embriagador, una mezcla de orgullo y celos que lo mantenía en el borde de su asiento.
Andrea se sentó en la barra, cruzando las piernas con un movimiento calculado. A los pocos minutos, un hombre alto, de cabello oscuro y sonrisa fácil, se acercó a ella con una copa en la mano. Eric no pudo oír lo que le decía, pero Andrea rio, inclinándose hacia él con un gesto coqueto.
Desde su rincón, Eric apretó los puños sobre la mesa, sintiendo cómo los celos lo invadían brevemente antes de ser desplazados por una creciente excitación. Andrea estaba disfrutando del juego, tal como habían planeado, y eso lo llenaba de un extraño orgullo.
Ella giró la cabeza sutilmente hacia donde sabía que Eric estaba sentado. Sus ojos se encontraron por un breve segundo, lo suficiente para que él entendiera.
Andrea se inclinó ligeramente hacia el hombre, sosteniendo su copa con una mano mientras con la otra jugueteaba con el borde del vaso. Su sonrisa era juguetona, y sus ojos brillaban con una chispa que Eric rara vez veía de esa forma, una chispa provocada por algo más allá de su relación cotidiana.
—Entonces, ¿vienes aquí a menudo? —preguntó Andrea, fingiendo una inocencia que contrastaba con su atuendo y su postura.
El hombre, que había dicho llamarse Javier, rio suavemente y se inclinó hacia ella, acortando la distancia entre ambos.
—No tanto como debería, parece. Si lo hiciera, seguro que ya te habría visto antes.
Andrea sonrió, llevándose la copa a los labios para ocultar su reacción. Sentía el calor subiendo por su cuerpo, no solo por la atención del extraño, sino porque sabía que Eric estaba observándolo todo desde lejos.
—Quizá es que no soy fácil de encontrar —respondió, jugando con el mechón de cabello que había dejado caer estratégicamente sobre su hombro.
Javier levantó una ceja, mirándola con una mezcla de interés y admiración.
—Bueno, entonces debo tener suerte esta noche. Porque no pienso dejarte escapar tan fácilmente.
Andrea rio, inclinándose un poco más hacia él. Sus rodillas se rozaron accidentalmente, o quizá no tan accidentalmente, y la ligera presión hizo que su piel se erizara.
Desde su mesa, Eric sintió cómo su corazón latía con fuerza. Podía ver cómo las piernas de Andrea, apenas cubiertas por el vestido corto, estaban peligrosamente cerca de las del hombre. Cada movimiento suyo parecía diseñado para seducir, y Eric no podía apartar la vista.
—¿Y qué haces cuando no estás en pubs haciendo sentir a los hombres que han ganado la lotería? —preguntó Javier, inclinándose lo suficiente como para que sus hombros casi se rozaran.
Andrea se mordió ligeramente el labio, fingiendo pensar.
—Oh, ya sabes… trabajo, salgo con amigas… A veces me gusta probar cosas nuevas. —La última frase la pronunció con una pausa que dejó en el aire un significado más sugerente.
Javier aprovechó la oportunidad, dejando caer una mano de forma casual sobre el respaldo de la silla de Andrea, aunque sus dedos rozaron ligeramente su hombro. Ella no se movió, dejando que el gesto ocurriera mientras tomaba otro sorbo de su copa.
Eric sintió una mezcla de emociones arremolinándose en su pecho. Por un lado, quería intervenir, pero por otro, estaba cautivado. Había acordado no interferir, y ahora entendía lo difícil que sería mantenerse al margen.
—¿Y qué clase de cosas nuevas te gustan probar? —preguntó Javier, su voz ahora más baja, casi un susurro.
Andrea giró la cabeza hacia él, permitiendo que sus labios quedaran a pocos centímetros de los de Javier.
—No lo sé… supongo que depende de con quién esté.
El hombre sonrió, claramente encantado con la dirección de la conversación. Sus dedos se deslizaron por el brazo de Andrea, apenas un roce que ella permitió, como parte del juego. Eric, desde su posición, sintió cómo su respiración se volvía más pesada. La línea que estaban cruzando era nueva, pero no podía negar que lo excitaba tanto como lo ponía nervioso.
—Eres toda una caja de sorpresas, ¿lo sabías? —comentó Javier, con un tono que sugería que quería descubrir más de lo que había dentro.
Andrea rio suavemente, deslizando su pierna ligeramente hacia adelante para que sus rodillas volvieran a encontrarse con las de Javier.
—Eso dicen… pero a veces las sorpresas son más divertidas cuando no se revelan de golpe.
Javier asintió, acercándose un poco más. Sus dedos ahora recorrían el borde del vestido de Andrea, donde el encaje de las medias quedaba oculto por la tela. No fue un movimiento brusco ni invasivo, sino más bien una caricia ligera que Andrea permitió, sabiendo que Eric estaba viendo todo.
Desde la mesa, Eric sintió una oleada de celos mezclados con un morbo que lo mantenía completamente inmóvil. Su mente estaba dividida entre detener todo y dejar que las cosas siguieran su curso, como habían acordado.
Andrea, por su parte, decidió que ya era suficiente. Se apartó con sutileza, tomando su copa y cambiando ligeramente de posición para poner un poco de distancia.
—Bueno, Javier, ha sido un placer conocerte. Pero creo que mi noche termina aquí.
El hombre pareció confundido por un segundo, pero luego sonrió, entendiendo que el juego había llegado a su fin.
—No quiero insistir, pero si alguna vez cambias de opinión… —dijo, sacando una tarjeta y dejándola en la barra.
Andrea la tomó, sonriendo, y luego se levantó, dejando que el vestido se ajustara aún más a su figura. Miró de reojo hacia la esquina donde sabía que Eric estaba, y le lanzó una mirada cargada de complicidad antes de salir del pub con un contoneo calculado.
Eric tardó unos segundos en reaccionar antes de levantarse y seguirla. Cuando la alcanzó en la calle, Andrea estaba de pie, esperándolo con una sonrisa traviesa en los labios.
—¿Y bien? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
Eric, incapaz de contenerse, se acercó y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia él.
—Eres increíble… y peligrosa. —Su voz era un susurro ronco.
Andrea rio, dejando que él la abrazara.
—Solo estaba jugando. Pero creo que a ti te gustó más de lo que quieres admitir.
Eric no respondió. En lugar de eso, la besó con intensidad, como si quisiera reclamarla después de haberla compartido, aunque fuera en un juego.
La noche aún no había terminado, y ambos sabían que este era solo el comienzo de algo mucho más grande.
Eric no pudo esperar hasta llegar a casa. A pocos metros del pub, en una callejuela apenas iluminada, detuvo a Andrea, girándola para que quedara de espaldas contra la pared. Sus manos buscaron su cintura, y su mirada, oscura y llena de deseo, se clavó en los ojos de ella.
—¿Sabes lo que hiciste ahí dentro? —preguntó, su voz grave, casi un gruñido.
Andrea rio suavemente, sus labios aún curvados en una sonrisa traviesa.
—¿A qué te refieres? Solo me estaba divirtiendo un poco.
Eric la empujó suavemente contra la pared, inclinándose para susurrarle al oído.
—Eres consciente de que todos te estaban mirando, ¿verdad? Ese tipo no podía apartar las manos de ti… y tú lo permitiste.
Andrea sintió un escalofrío recorrer su espalda. La intensidad en la voz de Eric la encendía más de lo que esperaba.
—¿Estabas celoso? —preguntó, su tono juguetón, pero con un temblor que traicionaba su propia excitación.
—Celoso… y completamente excitado. —Eric deslizó una mano por su cadera, sintiendo la suavidad del vestido y el calor que emanaba de ella. —No podía dejar de mirarte. No podía dejar de imaginar todo lo que querías que él pensara que podía hacer contigo.
Andrea soltó un pequeño gemido cuando Eric presionó su cuerpo contra el de ella, sus labios a un suspiro de distancia.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —preguntó, desafiándolo con un destello en los ojos.
Eric no respondió con palabras. Su mano subió por su pierna, rozando el borde del vestido hasta encontrar el encaje de las medias. El contacto fue eléctrico, una confirmación de que Andrea había cumplido con cada detalle de lo que habían planeado.
—Lo que voy a hacer —dijo finalmente, su voz cargada de deseo— es recordarte que eres mía, aunque te encante jugar a que no lo eres.
Andrea sintió que sus rodillas temblaban, no solo por el roce de las manos de Eric, sino por la intensidad de su mirada. Ella había disfrutado del juego en el pub, pero esto era diferente. Esto era suyo.
Eric capturó sus labios en un beso profundo, casi desesperado, mientras su mano exploraba lentamente su cuerpo a través de la tela del vestido. El sonido de sus respiraciones mezclándose en el aire nocturno era lo único que rompía el silencio de la calle.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban jadeando, sus rostros todavía cerca.
—Tenemos que irnos a casa —susurró Andrea, aunque su tono sugería que no quería esperar tanto.
Eric rio suavemente, besándola una vez más antes de tomar su mano.
—Vamos. Pero esto no termina aquí.
Mientras caminaban hacia casa, Andrea sintió que las emociones de la noche seguían ardiendo en su interior. Habían abierto una puerta que no estaban dispuestos a cerrar, y ambos sabían que lo que estaba por venir sería aún más intenso.
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