Travesía a una traición - parte 3
Martín sabe que Vanessa está rota y que el dolor es la llave perfecta para entrar en su cama. Mientras Sebastián intenta sanar, una sombra de sospecha lo acecha: ¿quién está tejiendo la red de mentiras que rodea a la mujer que amó?
Capítulo 3
—----
VANESSA
La música pulsaba en mis oídos, una mezcla de ritmos frenéticos que me invitaba a perderme en la danza. Me movía al compás de la melodía, sintiendo cómo el calor del cuerpo ajeno se mezclaba con el mío. De repente, sentí una mirada intensa clavada en mi espalda. Al girarme, nuestros ojos se encontraron. Era él. Sebastián.
El tiempo pareció detenerse. Allí estaba, frente a mí, igual de atractivo y enigmático que la primera vez que lo vi. Recordé aquel verano en la casa de mi hermano, cuando lo conocí por primera vez. Me había impresionado su inteligencia y su pasión. Habíamos pasado horas hablando de la vida y del amor. Me había sentido atraída por su forma de ver el mundo.
En ese momento, bailando en la pista, me di cuenta de que mis sentimientos hacia él habían evolucionado. Lo que empezó como una admiración intelectual se había convertido en algo mucho más profundo. Me gustaba su sentido del humor, su sensibilidad y su forma de hacerme sentir especial. Pero también sentía un poco de miedo. ¿Qué pasaría si las cosas se complicaban? ¿Y si lastimaba a mi hermano?
A pesar de mis dudas, me dejé llevar por el momento. Bailamos toda la noche, perdiéndonos en la música y en la compañía del otro. Cuando finalmente nos despedimos, sentí una mezcla de alegría y tristeza. Alegría por haber reencontrado a alguien tan especial y tristeza por saber que nuestros caminos probablemente volverían a separarse.
Al día siguiente, me desperté con una sensación de vacío. Pensé en Sebastián y en todo lo que habíamos compartido. Me di cuenta de que estaba enamorada de él. Pero también sabía que tenía que ser cuidadosa.
…………………………..
Vanessa salió corriendo del local, con las lágrimas quemándole las mejillas y la respiración agitada. La noche era fría, y el aire le cortaba el rostro, pero apenas lo notaba. Sus tacones resonaban sobre la acera mojada mientras se alejaba de la música, de las miradas de lástima y de él. De Sebastián. Sentía como si todo a su alrededor se desmoronara, como si las luces de la ciudad la acusaran en silencio.
Encontró un rincón apartado, bajo la sombra de un árbol en un parque cercano. Se dejó caer sobre un banco, sin importarle el frío o la humedad que se filtraba a través de su vestido. Hundiendo el rostro en sus manos, comenzó a sollozar, dejando salir todo el dolor que había intentado reprimir. La escena en la fiesta no dejaba de repetirse en su mente: Sebastián mirándola con una mezcla de rabia y desilusión, sus palabras cortantes perforándola como cuchillas.
"El amor no es esto, Vanessa. El amor no es engaño, no es traición, no es mentira."
¡Cómo deseaba poder borrar el pasado! Cambiar sus decisiones, sus errores. Pero sabía que era imposible. Sebastián la había amado de una forma que ningún otro hombre lo había hecho, y ella lo había destrozado. Lo había perdido, y con él, también había perdido una parte de sí misma.
Cuando las lágrimas cesaron, quedó en un estado de extraño entumecimiento. Finalmente, se levantó y comenzó a caminar sin rumbo fijo, con el ruido de la ciudad como su único acompañante. Tras varios minutos vagando, encontró un taxi y dio su dirección al conductor con voz apenas audible.
Al llegar a casaVanessa cerró la puerta tras de sí, apoyó la espalda contra la madera y dejó escapar un suspiro profundo. Su apartamento estaba en penumbras, con solo las luces de la ciudad filtrándose a través de las cortinas. Se quitó los tacones y caminó descalza hasta la sala, donde se dejó caer en el sofá. Su vestido, que antes había elegido con tanto cuidado, ahora le parecía un disfraz ridículo.
Sacó el móvil de su bolso y, casi sin pensarlo, abrió el chat con Sebastián. Las últimas palabras de él seguían allí, frías y finales. Su dedo titubeó sobre el teclado, queriendo escribir algo, cualquier cosa, pero no encontró el valor. Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, mirando al techo. Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.
"¿Por qué hice todo esto? ¿Por qué no pude ser sincera con él?" Pensó mientras se cubría el rostro con las manos. Las memorias de Sebastián, de sus risas, sus caricias, incluso de las discusiones, la invadieron como una avalancha. Sabía que había sido egoísta, que había jugado con su corazón. Y ahora estaba pagando el precio.
De repente, el sonido del teléfono rompió el silencio. Miró la pantalla con el corazón acelerado, esperando que fuera Sebastián, pero el nombre que apareció la sobresaltó: Martín.
Vanessa dudó un instante antes de contestar. Finalmente deslizó el dedo por la pantalla y llevó el teléfono a su oído.
—Hola, Martín —dijo con la voz quebrada.
—Vanessa, ¿estás bien? —preguntó él, con una preocupación genuina que la desarmó.
—No... no estoy bien —admitió, dejando escapar un suspiro. Su voz sonaba frágil, vulnerable.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, y luego Martín respondió:
—Estoy cerca de tu casa. Si quieres, puedo pasar a verte.
Vanessa cerró los ojos, indecisa. Parte de ella quería decir que no, que necesitaba estar sola. Pero otra parte, la parte que temía enfrentarse a su soledad, le rogaba aceptar.
—Está bien. Ven. —Fue todo lo que dijo antes de colgar.
Veinte minutos después, un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se levantó del sofá y abrió la puerta. Martín estaba allí, con una chaqueta negra y una expresión que combinaba preocupación y calidez. En sus manos llevaba una pequeña bolsa de papel.
—Te traje algo de chocolate. Pensé que podría ayudarte a sentirte mejor —dijo con una sonrisa amable.
Vanessa se sintió abrumada por el gesto. Lo invitó a pasar y cerró la puerta tras él. Se sentaron en el sofá, y por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Vanessa miró el chocolate en sus manos, sintiendo una mezcla de gratitud y culpa.
—Gracias por venir, Martín. No tenías que hacerlo —murmuró.
Martín le dedicó una sonrisa suave, pero sus ojos brillaban con una intensidad que Vanessa apenas notaba en su aturdimiento. Se acercó un poco más a ella en el sofá, creando un espacio íntimo entre ambos.
—Claro que tenía que venir. Me preocupas, Vanessa —dijo con un tono de voz bajo y reconfortante. Extendió una mano y suavemente apartó un mechón de cabello que caía sobre su rostro. El roce fue ligero, casi imperceptible, pero envió una corriente eléctrica a través del cuerpo de Vanessa, haciéndola estremecer.
Ella levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Martín. Había algo en su mirada que la atraía, una mezcla de preocupación genuina y algo más… algo que la hacía sentir incómoda y al mismo tiempo, extrañamente excitada. Desvió la mirada rápidamente, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
—Estoy bien —mintió, su voz apenas un susurro. Comió un poco de chocolate, intentando calmar el temblor de sus manos. El sabor dulce apenas mitigaba el amargor de sus pensamientos. La imagen de Sebastián la asaltó de nuevo: su rostro lleno de dolor y decepción, sus palabras resonando en su cabeza. "El amor no es esto, Vanessa."
Martín notó su incomodidad y suavizó su expresión.
—No tienes que fingir conmigo, Vanessa. Sé que estás pasando por un momento difícil —dijo con un tono comprensivo. Se acercó aún más y suavemente tomó su mano entre las suyas. Sus dedos trazaron pequeños círculos en el dorso de su mano, un gesto que Vanessa recordaba bien. El mismo gesto que la había hecho sentir tan segura y deseada en el pasado, pero que ahora evocaba una confusa mezcla de sensaciones. El tacto de Martín aún le producía una punzada de excitación, una chispa que luchaba por encenderse bajo el peso de la culpa.
Vanessa cerró los ojos por un instante, sintiendo las lágrimas amenazando con volver. Retiró su mano suavemente, sintiéndose culpable por la confusión que la embargaba. Amaba a Sebastián… o al menos, amaba la imagen que tenía de él. Pero la presencia de Martín, su cercanía, seguía despertando algo en ella.
—Es Sebastián… —susurró finalmente, con la voz quebrada. La confesión dolía como una herida abierta.
Martín asintió lentamente, con una expresión comprensiva en su rostro. En su interior, sin embargo, una sonrisa de satisfacción comenzaba a dibujarse. Estaba jugando sus cartas con cuidado, tejiendo una red de consuelo y comprensión para atrapar a Vanessa en sus redes.
—Lo sé —respondió con un tono suave, casi paternal—. Es normal que te sientas así. Fue una relación importante para ti. Pero tienes que recordar que mereces ser feliz, Vanessa. Mereces a alguien que te valore y te ame de verdad.
Se acercó un poco más, susurrándole al oído:
—Y yo estoy aquí para eso.
Vanessa sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras de Martín resonaban en su mente, mezclándose con los recuerdos de Sebastián. La confusión la invadía por completo. Sabía que no era correcto buscar consuelo en Martín tan pronto, pero al mismo tiempo, una parte de ella anhelaba ese consuelo, esa distracción del dolor. La culpa la carcomía, pero la excitación que Martín seguía generando en ella era innegable. Se sentía atrapada en un torbellino de emociones contradictorias, incapaz de discernir qué era lo correcto."
Levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Los de Martín brillaban con una intensidad que la atraía y la asustaba a partes iguales. Lentamente, él inclinó la cabeza, acercando sus labios a los de ella.
Por un instante, Vanessa se dejó llevar. Cerró los ojos y sintió el suave roce de los labios de Martín sobre los suyos. Un destello de excitación la recorrió, una fugaz sensación de alivio ante el dolor que la embargaba. Era como si, por un momento, pudiera escapar de la realidad, olvidar a Sebastián y la culpa que la consumía.
Pero entonces, una imagen irrumpió en su mente: el rostro de Sebastián, con los ojos llenos de dolor y decepción. Abrió los ojos de golpe y apartó la cara suavemente, interrumpiendo el beso.
Martín la miró con sorpresa, con una sombra de decepción cruzando su rostro. Vanessa sintió una punzada de culpa, pero al mismo tiempo, una sensación de alivio. Había estado a punto de cometer un error.
—No puedo hacer esto, Martín —dijo con voz firme, aunque su corazón latía con fuerza—. No está bien.
Martín suspiró, intentando ocultar su frustración.
—Vanessa… yo solo… quiero ayudarte a superar esto —dijo con un tono suave y comprensivo, volviendo a tomar su mano.
Vanessa retiró su mano con suavidad, manteniendo la mirada fija en él.
—Lo sé, Martín. Y te lo agradezco. Pero necesito estar sola. Necesito tiempo para procesar todo esto —dijo con voz suave pero decidida—. Por favor, vete.
Martín la miró por un momento, con una mezcla de decepción y resignación en sus ojos. Finalmente, asintió y se levantó del sofá.
—Está bien, Vanessa. Entiendo —dijo con un tono neutral—. Pero si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Asintió con la cabeza y salió del apartamento, dejando a Vanessa sola en el silencio de la noche.
Vanessa suspiró profundamente y se dejó caer de nuevo en el sofá. Se abrazó a sí misma, sintiendo el vacío que la rodeaba. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos de Sebastián la invadieran. Recordó sus risas, sus conversaciones, sus caricias. Recordó el amor que habían compartido, el amor que ella misma había destruido.
"¿Qué voy a hacer ahora?" se preguntó en voz alta, con la voz quebrada. Sin Sebastián, su vida se sentía incompleta, vacía. Se sentía perdida, sin rumbo. La culpa la carcomía por dentro, recordándole constantemente su traición.
"Necesito superarlo —se dijo a sí misma, intentando encontrar algo de fuerza en su interior—. Necesito seguir adelante."
Pero la idea de un futuro sin Sebastián la aterraba. ¿Cómo iba a llenar el vacío que él había dejado? ¿Cómo iba a volver a ser feliz?
Esos pensamientos la mantuvieron despierta durante un largo rato, dando vueltas en su cabeza como un disco rayado. Poco a poco, sin embargo, el cansancio comenzó a vencerla. Sus párpados se sintieron pesados y su respiración se hizo más lenta. Los pensamientos de Sebastián comenzaron a desvanecerse, reemplazados por una somnolencia tibia y reconfortante. Lentamente, se quedó dormida en el sofá, sumida en un sueño profundo y sin sueños. El vacío y la incertidumbre que la habían atormentado durante toda la noche se disiparon, al menos por unas horas, en el reino del descanso."
Vanessa se despertó con una sensación de calma inusual. Había dormido profundamente, sin pesadillas ni sueños agitados. Se levantó de la cama y se estiró, sintiendo los músculos tensos de la noche anterior relajarse. Se dirigió al baño y se duchó con agua fría, dejando que el agua cayera sobre su piel, arrastrando consigo los restos de la noche anterior.
Después de vestirse, se dirigió a la cocina y se preparó un desayuno ligero. Mientras comía, revisó su teléfono, esperando encontrar algún mensaje de Sebastián. Pero no había nada. Solo un par de mensajes de Martín, preguntando cómo estaba y si quería salir a tomar un café más tarde. Vanessa suspiró y dejó el teléfono a un lado. Sabía que no estaba preparada para ver a Martín todavía. Necesitaba tiempo para procesar lo que había sucedido.
Después del desayuno, Vanessa se dirigió al gimnasio. Le encantaba correr en la cinta, sintiendo cómo su cuerpo se movía al ritmo de sus pasos. La actividad física la ayudaba a despejar su mente y a concentrarse en el presente. Después de una hora en el gimnasio, Vanessa regresó a casa y se puso a limpiar su departamento. La tarea la mantenía ocupada y le impedía sumergirse en sus pensamientos.
Mientras doblaba una toalla, su teléfono sonó. Era Patricia. Vanessa sonrió levemente. A pesar de que a veces los consejos de Patricia la metían en problemas, valoraba mucho su opinión y su amistad.
—Hola, Patty —dijo Vanessa con un tono más animado del que sentía en realidad.
—Vane, cariño, ¿cómo estás? Me tenías preocupadísima anoche —dijo Patricia con un tono dulce y preocupado que siempre lograba ablandar a Vanessa.
—Estoy bien, supongo —respondió Vanessa, suspirando.
—Ay, mi niña. Lo que pasó con Sebas… qué horror. Me siento fatal por ti —dijo Patricia, con un tono de genuina tristeza que convenció a Vanessa. —Me encantaría verte. Necesitamos hablar de todo esto en persona. Hay algo que tengo que contarte sobre Sebastián que creo que te interesa mucho.
Vanessa frunció el ceño. ¿Qué podría ser? Patricia siempre tenía información de primera mano sobre todo el mundo.
—No lo sé, Patty… Estoy un poco cansada —dijo Vanessa con cautela.
—Anda, Vane. Será un ratito. Un helado en la heladería de siempre, ¿te acuerdas? Nos ayudará a despejarnos. Además, insisto, es importante. Te prometo que después te dejo tranquila —insistió Patricia con una voz tan convincente que Vanessa casi sin darse cuenta ya estaba aceptando. La imagen de un helado y una charla con su amiga, aunque fuera sobre el tema que más le dolía, le pareció repentinamente atractiva.
—Está bien, Patty. Dame media hora y estoy ahí —cedió Vanessa finalmente.
—¡Perfecto! Te espero entonces, cariño.
Vanessa colgó el teléfono con una mezcla de curiosidad y aprensión. Patricia siempre conseguía lo que quería. Se cambió de ropa rápidamente y salió de su apartamento, dirigiéndose a la heladería. Mientras caminaba, se preguntaba qué podría ser tan importante que Patricia necesitaba contarle sobre Sebastián. Sin saberlo, se estaba adentrando en la sutil red de manipulación que Patricia había tejido para ella. El cariño que le tenía a su amiga la cegaba ante las posibles segundas intenciones.
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Mientras caminaba hacia la heladería, un recuerdo me asaltó, tan vívido que sentí como si estuviera allí de nuevo. Era una noche cálida de verano, el aire denso y perfumado con el aroma de jazmines. Estábamos en la terraza, la tenue luz de la luna llena bañándonos en un brillo plateado. Habíamos abierto una botella de vino tinto y, entre risas y confidencias susurradas, la noche se había ido haciendo cada vez más íntima.
Recuerdo la sensación del cristal frío de la copa entre mis dedos, el sabor dulce y ácido del vino en mi lengua, pero sobre todo, recuerdo la forma en que Sebastián me miraba. Sus ojos, normalmente llenos de jovialidad, brillaban con una intensidad que me hacía temblar por dentro. Sentí su mano rozar mi brazo y una corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo.
Dejé la copa sobre la mesa y me incliné hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, un roce delicado que poco a poco se fue intensificando. Sentí su aliento cálido contra mi piel, el suave tacto de su barba incipiente contra mi mejilla. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando sus manos comenzaron a explorar mi cuerpo, deteniéndose en la curva de mi cintura, ascendiendo lentamente por mi espalda hasta enredarse en mi cabello.
Sus besos bajaron por mi cuello, dejando un rastro de calor en mi piel. Cerré los ojos y me dejé llevar, sintiendo cómo el deseo se apoderaba de mí. Cada uno de sus toques encendía una chispa dentro de mí, una necesidad profunda de estar más cerca de él, de fundirme en su abrazo.
Recuerdo el roce de su piel contra la mía, la impaciencia dulce que compartíamos, la sensación de pertenencia mutua que nos envolvía. Sus susurros al oído, las caricias que me hacían estremecer, el eco de nuestros jadeos en la quietud de la noche… Cada detalle se grabó a fuego en mi memoria.
El recuerdo me dejó sin aliento, el corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Una punzada de nostalgia me invadió al darme cuenta de que esos momentos, tan intensos y reales, ahora eran solo eso, recuerdos. Me sequé una lágrima rebelde que resbalaba por mi mejilla y seguí caminando hacia la heladería. A pesar del dolor, una pequeña llama de calidez persistía en mi interior, un testimonio de la pasión que una vez compartimos.
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Vanessa llegó a la heladería con el corazón latiendo con fuerza por el recuerdo que la había asaltado en el camino. El sol de la tarde se filtraba entre las sombrillas de las mesas, creando un ambiente cálido y relajado. Buscó a Patricia con la mirada y la vio sentada en su mesa de siempre, moviendo su pie al ritmo de la música suave que sonaba en el local. Patricia le sonrió al verla y la saludó con un gesto de la mano.
—¡Vane! ¡Qué bueno que viniste! —exclamó al verla acercarse. Se levantó y abrazó a Vanessa con fuerza. Su perfume dulce, un aroma familiar, siempre la reconfortaba.
—Hola, Patty —respondió Vanessa, devolviéndole el abrazo. Intentó sonreír, pero su rostro aún reflejaba la tristeza que sentía.
—Ay, mi niña… te veo fatal —dijo Patricia con un tono de genuina preocupación. Tomó las manos de Vanessa entre las suyas y la miró a los ojos—. ¿Cómo estás?, de verdad.
—Pues… ahí voy —respondió Vanessa, suspirando—. No es fácil.
—Lo sé, cariño, lo sé. Pero estoy aquí para ti, ¿sabes? Siempre. —Le apretó las manos con cariño—. Dime, ¿quieres pedir algo? Yo invito.
Vanessa asintió y pidieron sus helados favoritos. Mientras esperaban, Patricia mantuvo un silencio comprensivo, dándole espacio para procesar sus emociones. Una vez que llegaron los helados, Patricia carraspeó, como preparándose para decir algo importante.
—Vane… hay algo que necesito contarte. Es sobre Sebastián.
El corazón de Vanessa dio un vuelco. Dejó la cuchara a un lado y la miró con atención.
—¿Qué pasa?
Patricia suspiró profundamente, con una expresión entre preocupada y culpable.
—Bueno… verás… después de que te fuiste de la fiesta… —Hizo una pausa dramática, como si le costara pronunciar las palabras—. Sebastián se quedó un rato más. Y… bueno… lo vi hablando con una tal Sofía.
Un frío recorrió el cuerpo de Vanessa. Sofía. Sabía que era amiga de la hermana de Sebastián, pero no la conocía mucho más allá de alguna breve presentación.
—¿Hablando? ¿De qué? —preguntó Vanessa con un nudo en la garganta.
—No lo sé exactamente —respondió Patricia, evitando su mirada—. Pero parecían muy… cercanos. Se reían, hablaban al oído… incluso los vi bailar un poco.
—¿Bailar? —repitió Vanessa, sintiendo cómo la sangre se le helaba en las venas.
Patricia asintió lentamente.
—Y… bueno, Vane… no quiero que te lo tomes a mal, pero… me dio la impresión de que había… cierta química entre ellos.
—¿Química?
—Sí… ya sabes. Risas, miradas… esas cosas. No sé, Vane, quizás me equivoque, pero… quizás Sofía sea… bueno, quizás solo estoy malinterpretando las cosas.
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El sol de la mañana se filtraba entre las persianas de la habitación de Sebastián, dibujando líneas de luz sobre el desorden de su escritorio. Se despertó con una sensación de vacío en el pecho, un eco persistente de las emociones de las últimas semanas. Se giró en la cama, observando el techo como si allí pudiera encontrar respuestas.
Primero, el recuerdo punzante de la traición de Vanessa. La imagen de ella con otro hombre lo asaltaba con una crudeza que aún lo dejaba sin aliento. El dolor, aunque había disminuido su intensidad inicial, seguía presente, como una herida que no terminaba de cicatrizar. ¿Cómo había podido pasar? ¿Qué había fallado? Se preguntaba una y otra vez, buscando en vano una explicación lógica.
Luego, su propio sentir hacia ella. ¿Aún la amaba? La pregunta resonaba en su mente con una fuerza que lo desconcertaba. Había momentos en que el recuerdo de sus momentos juntos, las risas, las confidencias, lo inundaban de nostalgia y un profundo deseo de que todo volviera a ser como antes. Pero luego, la imagen de la traición regresaba, tiñendo esos recuerdos de amargura y resentimiento. Tal vez ya no era amor lo que sentía, sino más bien una mezcla confusa de dolor, decepción y la melancolía por un pasado que ya no existía.
La fiesta irrumpió en sus pensamientos. Había intentado distraerse, olvidar por un momento la tormenta emocional que lo azotaba. Y entonces estaba Sofía. Recordaba sus conversaciones, sus risas compartidas, la facilidad con la que habían conectado. Sofía era inteligente, divertida y tenía una forma de ser que lo hacía sentir cómodo y relajado.
Pensó en ella con una mezcla de curiosidad y cautela. ¿Podría ser Sofía algo más que una distracción pasajera? ¿Estaba realmente listo para conocer a alguien nuevo, o simplemente buscaba un consuelo fugaz para llenar el vacío que había dejado Vanessa? La idea lo asustaba un poco. No quería cometer el error de usar a alguien para olvidar a otra persona. Sofía merecía algo real, algo auténtico.
Sebastián se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Observó la ciudad despertando, el tráfico matutino, el ir y venir de la gente. Su vida, pensó, también necesitaba seguir adelante. No podía quedarse anclado en el pasado, lamentando lo perdido. Tenía que aprender a vivir con la herida, a reconstruirse, a abrirse a nuevas posibilidades.
Decidió que, por ahora, se dejaría llevar. No se presionaría a sí mismo para sentir algo que no sentía. Si surgía algo con Sofía, bien. Y si no, también estaría bien. Lo importante era no cerrarse a la vida, no permitir que el dolor lo paralizara. Tenía que permitirse sanar, a su propio ritmo, y confiar en que el futuro le deparaba cosas buenas. Con cautela, pero con una renovada determinación, Sebastián se preparó para afrontar un nuevo día, un nuevo capítulo en su vida.
Más tarde ese mismo día, Sebastián se encontraba en su despacho, inmerso en la revisión de unos documentos legales. La luz de la tarde se filtraba por la ventana, creando un ambiente tranquilo, aunque su mente seguía dando vueltas a los acontecimientos recientes. Intentaba concentrarse en las cláusulas y los tecnicismos legales, buscando un respiro en la rutina laboral. De repente, el sonido de una notificación en su teléfono lo sacó de su concentración.
Cogió el móvil y vio un mensaje de un número desconocido. Lo abrió con cierta curiosidad, sin imaginar lo que le esperaba.
"Me llamo Martín. Creo que ya nos conocemos, aunque no de buenas maneras. Soy amigo de Vanessa... ya debes de imaginarte quién soy."
Un escalofrío recorrió la espalda de Sebastián. Martín. El nombre resonó en su mente como un eco amargo. El hombre con quien Vanessa lo había engañado. ¿Por qué le escribía? La confusión y la incredulidad lo invadieron. ¿Qué podía querer de él?
Siguió leyendo el mensaje, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho.
"Sé que esto puede sorprenderte, pero necesito hablar contigo. Hay algunas cosas que quiero decirte."
La intriga se sumó a la confusión inicial. ¿Qué cosas? ¿Qué podía ser tan importante como para que el amante de su ex pareja lo contactara? Mil preguntas se agolparon en su mente, sin encontrar una respuesta clara. Un nudo se le formó en la garganta. El mensaje continuaba, con una breve despedida y la promesa de una pronta respuesta.
Sebastián dejó caer el teléfono sobre el escritorio, con la mirada fija en la pantalla apagada. La imagen de Vanessa con Martín volvió a su mente, pero esta vez acompañada de una nueva sensación: la incertidumbre. ¿Debía responder al mensaje? ¿Qué podría ganar con una conversación con el hombre que había destruido su relación? Por otro lado, la curiosidad lo carcomía. ¿Qué secretos ocultos se escondían detrás de esa propuesta de conversación?
La mente de Sebastián era un torbellino de pensamientos contradictorios. Una parte de él quería ignorar el mensaje, borrarlo y seguir adelante con su vida. Pero otra parte, una parte más oscura y curiosa, sentía la necesidad imperiosa de saber la verdad. De escuchar lo que Martín tenía que decirle.
Cogió el teléfono de nuevo, con la mano temblorosa. Sus dedos se movieron sobre la pantalla, dudando entre escribir una respuesta o simplemente dejarlo pasar. La tensión era palpable, el aire parecía espeso. En su mente, la pregunta resonaba con fuerza: ¿Responder o no responder? La decisión, crucial, pendía de un hilo………..
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