Putos celos (1 de 3)
Manuel despertó entre cristales rotos y recuerdos traicioneros, sabiendo que lo había perdido. Pero la verdadera agonía no fue el alcohol, sino descubrir que la mujer a la que creía poseer ya había elegido a otro. Ahora solo queda el vacío de quien se da cuenta demasiado tarde de que el amor no se retiene con cadenas.
Me desperté en la penumbra, tirado en el suelo frío del comedor. El aire olía a alcohol rancio y sentía la garganta seca, como si hubiese tragado cenizas. Parpadeé, intentando recordar cómo había llegado hasta allí, pero mi memoria se sentía agujereada, traicionera. No sabía si estaba soñando o si, de algún modo, había conseguido olvidarme a mí mismo en un rincón de la casa.
A mi alrededor, fragmentos de vidrio brillaban a la fuerte luz que desprendía el fluorescente del techo de la cocina. Una botella de whisky rota yacía desparramada y rota en mil pedazos. Me miré las manos y descubrí un corte profundo en la palma derecha, una línea oscura que se había secado hace horas. ¿Cuánto tiempo llevaba allí tirado? Me levanté con esfuerzo, tambaleándome, mientras el crujido de los cristales bajo mis zapatillas resonaba en la cocina, como pequeños susurros de algo roto.
Andé casi a ciegas, hasta toparme con la ventana, apoyándome en el marco, la abrí para que el aire helado de la noche me despejara. Respiré hondo, buscando aferrarme a cualquier chispa de claridad. En ese momento, lo vi.
Bajo la farola de enfrente, un coche oscuro permanecía estacionado, a pesar de la poca luz, era reconocible para mí. No necesitaba ver la matrícula para saber de quién era. Era el coche de Paulo.
"Maldición", murmuré, sintiendo el odio hervir en mis venas, como un veneno familiar y amargo. Todo había empezado a desmoronarse desde que él llegó. Desde que comenzó a rondar a Macarena, a aparecer en nuestras vidas con su expresión simpática y su mirada encantadora, el mundo que yo había construido se volvía cada vez más frágil, más quebradizo.
Apreté los dientes, mirando el coche de enfrente, y una oleada de recuerdos me asaltó. Todo esto había empezado hacía más de un año. Por aquel entonces, no tenía ni idea de lo que estaba a punto de entrar en nuestras vidas, de cómo alguien podía colarse en la mente y en la confianza de otro con tanta naturalidad, con tanta… insolencia. Lo recordaba perfectamente: aquella primera vez en que lo vi, o más bien, en que Macarena lo vio delante mío.
Era una noche cualquiera, en el bar donde solíamos pasar los fines de semana. La luz tenue y el bullicio apagado creaban el ambiente perfecto, como si el mundo entero fuera solo mío y de Macarena.
Estaba sentado en la barra, esperando que volviera del baño, cuando la vi cruzar el local. Tenía la melena rubia suelta, cayéndole despreocupadamente sobre los hombros, y vestía un ajustado vestido negro que se ceñía a sus curvas como si fuera una segunda piel. No pude evitar notar cómo algunas miradas se giraban hacia ella. Ella lo sabía, lo disfrutaba, y no podía culparla; era una mujer hecha para ser observada.
Se acercó a la barra, y yo le sonreí, como si no hubiera pasado un instante desde la última vez que nuestros ojos se encontraron. Al sentarse a mi lado, rozó mi rodilla con la suya y me dirigió esa sonrisa suya, ligera pero con el toque de picardía que siempre me desarmaba.
Era una mujer espectacular; sus facciones, dulces y atractivas, acentuaban el encanto de cada gesto: unos dientes blancos y perfectos, cejas finas y una nariz respingona, salpicada de pequeñas pecas que también se esparcían por sus mejillas, dándole ese aire de inocencia que me volvía loco.
— ¿Qué? —me dijo, arqueando una ceja, al notar que no dejaba de mirarla.
— Nada —respondí, encogiéndome de hombros—. Simplemente… me gustas mucho cuando llevas este vestido.
Ella dejó escapar una risa suave, haciendo que su voluptuoso pecho rebotara, y se inclinó para recoger una de las copas que el camarero acababa de dejarnos. En el instante en que Macarena se inclinó, pude ver cómo el camarero le lanzaba una mirada descarada, clavada en su prominente escote sin apenas disimulo.
Un calor familiar, molesto, se acumuló en mi pecho. Lo fulminé con la mirada, y él, al notarlo, apartó los ojos rápidamente, fingiendo que limpiaba la barra. Por un momento, el aire entre nosotros se volvió denso, pero Macarena parecía no haberse dado cuenta. Levantó la bebida con esa despreocupación suya, ajena a todo, o tal vez demasiado acostumbrada a este tipo de cosas.
— ¿Solo cuando lo llevo? —preguntó, fingiendo molestia mientras se llevaba la copa a los labios, manchados de un rojo suave que contrastaba con su piel clara.
— Ya sabes que no. Pero… tiene algo —admití, alzando mi copa para brindar con ella.
— Siempre te ha gustado demasiado este vestido —replicó, guiñándome un ojo y luego, disimuladamente, señalando con los ojos al camarero—. Aunque parece que no eres el único.
Los labios se me contrajeron al instante, formando una fina línea. Dejé la copa en la barra y le lancé una mirada seria.
— No bromees con eso, Macarena. Al próximo que te mire así, me lo cargo —le dije en voz baja, apretando los dientes—. Nadie mira a mi princesa de esa forma.
Ella negó con la cabeza y, dándome un golpecito en el brazo, intentó quitarle importancia.
— Ay, Manu, relájate. Si quieres, le pido que me traiga una camiseta de cuello alto.
Seguimos bebiendo y riendo, brindando cuando, de repente, la puerta del bar se abrió y el aire pareció tensarse de forma imperceptible. Un hombre moreno entró y algo cambió en Macarena, aunque al principio no pude comprender qué. Alto, hombros anchos, llevaba una camiseta ajustada y caminaba con esa mezcla de seguridad y despreocupación que solo tienen aquellos que no sienten la necesidad de reafirmarse ante nadie. A su paso, los clientes del local se giraban de reojo, como si fuera imposible no notar su presencia. El tipo ni siquiera miró hacia nosotros mientras avanzaba, pero aun así, mi novia no pudo evitar fijarse en él.
— ¿Le conoces? —pregunté, intentando sonar indiferente, aunque el nudo en mi estómago decía lo contrario.
— ¿Qué? —respondió, apartando la vista rápidamente—. No… claro que no.
Pero la expresión de su rostro la delataba; no me miraba como siempre, sino como si mi presencia de repente fuera una barrera invisible entre ella y aquel hombre que acababa de entrar. Estaba distraída, y no tenía que decirlo en voz alta para que yo lo supiera. Apoyé mi copa en la barra con algo más de fuerza de la necesaria.
— ¿Entonces?
Macarena volvió a mirarme y esbozó una sonrisa, con esos ojos que siempre parecían querer calmarme, de un azul que en ese momento me parecía casi apaciguador.
— Simplemente… no sé, es que se parece a alguien. Nada importante —me aseguró, tomando otro sorbo de su copa, aunque sus ojos volvieron a dirigirse a él por un instante.
Después de varias copas, sentí la necesidad de despejarme un poco, así que me levanté y me dirigí al lavabo. Mientras avanzaba entre las mesas, mis pensamientos se enredaban, volviendo una y otra vez a ese gilipollas. Aún podía ver la forma en que Macarena lo había mirado, casi de reojo.
Justo antes de entrar al baño, giré la cabeza para observarlo de nuevo. Estaba al final de la barra, a poca distancia de donde estábamos nosotros, tomándose una cerveza con esa actitud relajada que parecía ir en contra de toda la energía contenida en el bar. Pero él ni siquiera me miró; parecía completamente ajeno a mi existencia, y eso solo me irritaba más.
Entré al baño y cerré el pestillo de la puerta, asegurándome de que nadie pudiera interrumpirme. El eco apagado de la música del bar resonaba apenas tras las paredes, pero aquí, en este pequeño espacio, el silencio era casi absoluto. Con la furia aún corriendo por mis venas, saqué una pequeña bolsita del bolsillo interior de mi chaqueta y la sostuve un momento, contemplándola.
Me acerqué a la taza del váter y, con el pulso inestable, vertí una línea fina sobre el borde de porcelana. Me incliné hacia adelante y la inhalé con fuerza, sintiendo el polvo ascender rápidamente, encendiendo una chispa dentro de mi mente. Cerré los ojos un segundo, dejando que la sensación me recorriera, despejando las brumas de la rabia y la inseguridad que ese tipo había encendido en mí. Amaba esta sensación.
De una pasada, me limpié la nariz con el dorso de la mano y respiré hondo, dejando que la calma se asentara en mi pecho. Después, me giré hacia el inodoro y dejé que el sonido de mi meada llenara el silencio del baño, como un alivio final. Terminé, me limpié las manos en la pica y, tras recomponerme un poco frente al espejo, abrí el pestillo y salí.
Nada más salir, me quedé helado: el tipo ese ya no estaba en su sitio. En su lugar, lo vi junto a Macarena, conversando con ella con una facilidad que me crispó los nervios. ¿Pero cómo podía ser tan hijo de puta? Solo había estado unos minutos en el baño y ya estaba intentando ligarse a mi chica.
Observé, impotente, cómo ella sonreía, y un segundo después, su mano volaba a cubrirse la boca mientras soltaba una carcajada, la clase de risa que hacía que sus ojos brillaran y que yo consideraba mía. Mía. Me di cuenta de que él le estaba contando alguna historia, algo que debía de parecerle fascinante, porque lo miraba sin apartar los ojos, dándole toda su atención.
Ella estaba relajada, completamente absorta en lo que aquel imbécil tenía que decir. Podía ver sus labios moverse, podía ver esa sonrisa despreocupada en su rostro mientras reía, y me dolía pensar que ese instante, esa conexión entre ellos, estuviera ocurriendo a mis espaldas.
Se llevó los dedos a sus gruesos labios mientras asentía como una tonta, y, sin pensarlo, me acerqué a ellos a grandes zancadas, con los puños apretados y sintiendo cómo cada respiración se volvía más pesada, apenas logrando contener el impulso de romperle la cabeza ahí mismo, de arrancarlo de su lado. En mi mente solo resonaba una idea: él no tenía derecho a robarse ni un solo segundo de su atención, ni un solo segundo que Maca no me estuviera dedicando a mí.
— ¡Ah, tú debes de ser el famoso Manuel! —dijo él al verme llegar, ofreciéndome la mano en un saludo amigable—. Me llamo Paulo, un placer.
Respondí a su gesto con un apretón potente, apretando su mano quizá más de la cuenta, pero no la que me hubiera gustado. Noté que éramos casi de la misma altura, ambos rondando los ciento noventa centímetros, y, por un instante, sentí que me medía con él en silencio, intentando no dejar entrever cuánto me molestaba su presencia.
Tenía un rostro duro y afilado, con un mentón prominente que le daba cierto aire de seguridad. Llevaba el rostro cubierto por una barba corta y bien arreglada, lo justo para suavizar sus facciones sin ocultarlas. Llevaba el pelo corto por los lados y un poco más largo arriba, con varios mechones rizados cayéndole sobre la frente. No podía negar que el malnacido parecía un modelo; incluso sus labios, gordos como salchichas, eran llamativos.
— Te vi desde el otro lado del bar y estaba seguro que me sonabas de algo —explicó Paulo, mirando a Macarena mientras hablaba—. Y, sí, ya caí: eres del departamento de marketing, ¿verdad?
Macarena asintió, y no pude evitar notar el brillo en sus ojos mientras lo escuchaba. Él continuó hablando con total naturalidad, como si aquel encuentro fortuito no tuviera otra intención que la de ser una charla sin más entre compañeros de trabajo. Cada vez que abría la boca, su voz pausada y su forma confiada de hablar parecían ganar terreno.
Paulo me explicó que trabajaba en el departamento de ventas y que no solía pasarse mucho por el de marketing. Luego, con una sonrisa despreocupada, bromeó:
— Quizá debería empezar a hacerlo más a menudo —dijo él, arqueando las cejas y levantando su cerveza hacia Macarena. Cerró levemente los ojos y curvó los labios, dejando ver sus dientes blancos, que contrastaban con su piel color café con leche.
Macarena mostró una amplia sonrisa y, sin perder un ápice de esa chispa en su mirada, le respondió:
— Las chicas estarán encantadas de contar con tu presencia —respondió, llevándose su copa a los labios y tomando un sorbo, sin apartar los ojos de él.
Sentí el impulso de decir algo que rompiera aquella cercanía entre ellos. Sentía unas ganas de hablar incontrolables:
— Así que en ventas, ¿eh? Seguro que serías capaz de vender hasta a tu madre si hiciera falta. —Me llevé una mano a la cara, intentando sujetarla al notar cómo la mandíbula se me movía de un lado a otro—. Debes de ser un experto en convencer a la gente de… bueno, de lo que sea que vendas.
La broma cayó pesada, y vi cómo Paulo intercambiaba una mirada rápida con Macarena antes de esbozar una media sonrisa, claramente incómodo. Macarena suspiró, llevándose la mano a la frente antes de disculparse:
— Perdona… Manu a veces se pasa de bromista —dijo, forzando una mueca mientras me fulminaba con la mirada.
Su compañero me miró con una expresión contenida, asintió y continuó la conversación con Macarena, ignorándome por completo. Escuché cómo le contaba, en un tono relajado, que aunque había nacido y se había criado en España, toda su familia era de Brasil. Había perdido a su madre cuando era solo un niño, y algo en su voz se suavizó al recordarlo, como si ese detalle lo humanizara, haciéndolo más cercano. Macarena lo escuchaba y asentía con la cabeza, fascinada por cada palabra, y yo sentía cómo esa historia —por simple que fuera— los unía aún más frente a mí.
Aproveché una pausa en la conversación para intervenir, sin disimular del todo mi sorpresa.
— Vaya, no me lo imaginaba… —intervine, intentando sonar interesado aunque no me importaba lo más mínimo—. Debió de ser duro perder a tu madre tan joven.
Paulo asintió levemente, con una media sonrisa que apenas alcanzó sus ojos.
— Sí, pero bueno, con el tiempo te acostumbras —respondió, manteniendo el tono calmado, como si aquella herida fuera algo que ya llevaba completamente asumido.
Mi novia, sin pensarlo dos veces, extendió una mano y agarró la suya con suavidad, sus ojos reflejando una empatía que me caló hondo.
— Siento mucho lo que te pasó, de verdad —dijo ella, con una dulzura que parecía reservada solo para él.
Apreté los puños al ver cómo su mano descansaba sobre la de Paulo con un afecto tan natural, pareciendo diminuta en comparación, pero ¿qué podía hacer? Me obligué a quedarme quieto, fingiendo una indiferencia que estaba lejos de sentir, mientras el corazón me latía con más fuerza a cada segundo que pasaba.
Seguimos en el bar un rato más; pedí otra ronda de copas, y el alcohol hizo que el ambiente se tornara más denso, como una burbuja que rodeaba a los tres.
Finalmente, cuando ya era tarde, decidimos irnos. Paulo se despidió con la misma amabilidad que había mostrado toda la noche.
— Un placer, Maca —dijo, guiñándole un ojo justo antes de apartarse.
Macarena se ruborizó y, en ese instante, noté una chispa fugaz en sus miradas, algo que parecía conectarles de forma imperceptible, como un mensaje silencioso que sólo ellos entendían. Sentí un nudo formarse en mi pecho y una rabia sorda instalarse en mi interior.
Aquello me puso de muy mala hostia, y no hice nada por ocultarlo de camino a casa.
—¿Qué te pasa ahora? —me soltó al ver mi expresión, con el ceño ligeramente fruncido.
La miré de reojo, aún molesto, pero traté de contenerme.
— Nada —respondí, de manera seca y cortante.
Ella me miró con incredulidad y chasqueó la lengua, casi divertida.
— ¿Sabes qué? Cada vez eres más celoso, Manuel. Estás paranoico. ¿Cuándo vas a entender que no te pertenezco? —me espetó, cruzándose de brazos—. Y deja de tratarme tanto entre algodones; soy tu novia, no una muñeca de cristal.
— ¡¿Perdona?! ¿Te parece normal quedarte toda la noche sonriéndole a ese gilipollas? —le grité, sin poder contenerme—. ¡Estabas tonteando con él en mi puta cara! ¡Debería darte vergüenza!
Macarena soltó una risa irónica, moviendo la cabeza hacia los lados.
— Solo es un compañero de trabajo simpático, Manuel. Lo que deberías hacer es aprender de él, porque has estado frío, seco e irrespetuoso con la gente. Si no llega a ser por Paulo, me habría aburrido toda la noche.
Su respuesta me atravesó, y aunque intenté mantener la calma, sentí cómo la tensión entre nosotros se hacía insoportable.
Tendría que haberlo visto venir en ese momento. Si hubiera sabido controlarla mejor, todo habría sido diferente...
El fogonazo de las luces al encenderlas en el comedor me dejó la cabeza dando vueltas. Apenas podía mantener los ojos abiertos por el dolor que palpitaba en los laterales de mi cabeza; debí haber desfasado muchísimo. Frente a mí, sobre la mesa, descansaba otra botella medio vacía, junto a una tarjeta de crédito y una bolsita arrugada y sin nada dentro, testigos del día que acababa de dejar atrás.
Le pegué un trago largo a la botella, esperando que el ardor me despejara un poco. Parpadeé, intentando enfocar la vista, y me di cuenta de que, en el umbral del pasillo, había una maleta a medio hacer, con la ropa asomando como si alguien la hubiera dejado a medias.
La imagen me resultó extraña, casi surrealista. Me llevé las manos a las sienes, intentando ordenar el desorden de mis pensamientos, pero una escena específica, un recuerdo, volvió con fuerza.
Aquel día. El principio de todo.
Estaba en el comedor, con la botella en la mano, cuando escuché la puerta de entrada abrirse. Al alzar la vista, vi a Macarena en el umbral, observándome. Me senté más derecho, como si el simple hecho de verla hubiera despertado algo en mí que había estado dormido desde hacía días.
Llevaba una camisa blanca metida dentro de una falda de tubo que le llegaba justo por encima de las rodillas, y aquel atuendo sencillo me desarmó por completo.
— ¿Dónde has estado? —pregunté, intentando enmascarar mi estado, aunque el temblor en mi voz me traicionaba—. Llevas días sin dar una sola señal… ni un mensaje, ni una llamada.
Macarena suspiró y dejó su bolso sobre una silla, mirándome con expresión cansada.
— En casa de una amiga —respondió, de manera seca.
Intenté analizar su rostro, buscando algún indicio, alguna señal de que me estaba mintiendo. No podía apartar la vista de ella, aunque sabía lo que estaba viendo: sus facciones amables, la misma nariz respingona y pecas que me dejaban sin aliento… pero ahora, aquel brillo en su mirada parecía más distante, casi apagado.
Me miró con desaprobación, recorriéndome con la vista.
— Estás… en un estado lamentable, Manu —dijo, con una mezcla de lástima y desdén—. ¿Qué te pasa? El pelo pegado a la frente, bebiendo a estas horas… Es mediodía y ya estás hecho un desastre. ¿Ni siquiera te has dado cuenta?
La rabia y la angustia se me mezclaron en el pecho, y apreté los labios, intentando contener la respuesta. La miré fijamente y, sin apartar los ojos, respondí con tono grave:
— Porque estaba preocupado por ti, princesa. No sabía dónde estabas, ni con quién.
Ella soltó una risa amarga, agachando la cabeza.
— Manuel… no he venido a discutir —respondió, levantando la vista y clavándome sus ojos azules—. Solo vine a recoger mis cosas. No quiero seguir contigo.
Era increíble cómo unas pocas palabras podían destrozar todo mi mundo. Tanto tiempo construyendo algo… y destruido en un segundo.
Sus palabras fueron un puñetazo en el plexo solar. Me puse de pie, dejando la botella sobre la mesa con un golpe, haciéndola crujir, y avancé hacia ella, sin apartar la mirada de su rostro. Sentía cómo la rabia crecía en mí, y mi voz salió en un susurro áspero:
— ¿Hay alguien más? Dímelo —le pregunté, notando cómo mi voz temblaba de rabia contenida—. ¿Es eso? ¿Hay otro, verdad?
Negó con la cabeza, sin apartar la vista, manteniendo una serenidad que me ponía aún más nervioso.
— Siempre estás igual, Manuel. ¿Puedes dejarme en paz de una vez?
Increíble, esto tenía que ser alguna especie de broma.
— ¿Dejarte en paz? —repetí, casi escupiendo las palabras—. Solo estamos pasando por una mala racha. Todo esto… todo esto es porque últimamente pasas demasiado tiempo fuera de casa. Te pasas el día fuera y ya casi ni te reconozco. La relación se ha enfriado, pero eso no quiere decir que no podamos arreglarlo.
Macarena suspiró, agachó la cabeza y me miró de reojo, con lástima. Arrugó el rostro y suspiró profundamente antes de responder:
— ¿Arreglarlo? Manu, el problema es que esto ya no funciona. No tiene arreglo.
Antes de que pudiera procesarlo, alargué la mano y la tomé del brazo, sin fuerza pero sin intención de soltarla. Me acerqué, buscando sus ojos, y le hablé con el tono que usaba cuando quería convencerla de algo.
— No, Macarena. Llevamos años juntos. Aún podemos pelear por todo esto. Te quiero —dije, mirándola con cara de pena, esperando que esas palabras le recordaran algo.
Ella sostuvo mi mirada, y por un momento, entre el resentimiento y la tristeza, vi algo familiar, algo que reconocía: un destello de afecto. Fue solo un instante, una chispa, pero suficiente para que me acercara, aún tenía esperanza.
— Maca… —murmuré, alargando una mano hacia ella, pero vi cómo su expresión se endurecía por un segundo al mismo tiempo que se apartaba.
Sin embargo, arrugó la nariz y se apartó un poco.
— Apestas —murmuró, mirándome con desdén—. Suéltame; esto… lo nuestro… no funciona.
Mi cuerpo se tensó, pero no moví mi mano ni un milímetro. Estaba decidido a no rendirme; solo tenía que insistir un poco más.
— No puedes decir eso —contesté, tratando de contener la rabia y el dolor—. No después de todo lo que hemos pasado juntos. Te necesito. No quiero que esto termine así. No puedo vivir sin ti.
Ella dudó, entrecerrando los ojos como si intentara resistir, pero sus facciones se suavizaron un poco, como si algo de lo que dije la hubiera alcanzado. Después de un silencio que me pareció eterno, noté cómo su pecho subía y bajaba a un ritmo cada vez más rápido.
— Manu… esto no cambia nada. Sabes que esto no soluciona nada —dijo, aunque su voz era más suave, y sus ojos se encontraron con los míos de nuevo, llenos de una mezcla de sentimientos en conflicto.
Sin decir nada, me incliné hacia ella y, tras un instante de resistencia, sus labios cedieron a los míos, encontrándose en un beso cargado de todo lo que no habíamos dicho. Sentí sus brazos rodear mi cuello, al principio con cautela, como si dudara, y luego con fuerza, como si quisiera borrar, aunque fuera solo por ese momento, todo lo que nos separaba.
Con firmeza, la llevé al dormitorio, enredados en esa tensión acumulada y en un intento desesperado por recuperar lo que ambos sabíamos que ya se había perdido. Me bajé de golpe los pantalones hasta los tobillos y le subí la falda hasta la cintura, empujándola contra la cama.
— Ah… no he venido para esto. —Pero sus ojos decían otra cosa; podía ver en su mirada ese deseo y sentir, en el ambiente, que pese a querer dejarme, también esperaba que ocurriera. Estaba seguro.
Me tumbé a su lado, y nuestros besos se volvieron más intensos, cada vez más desesperados. Sentía cómo el calor se acumulaba entre nosotros, y el bulto en mi entrepierna comenzaba a dolerme, pulsando con una urgencia que apenas podía controlar.
Ya sin aguantar más, lancé mi ropa interior al suelo de la habitación y me erguí, colocándome entre sus piernas. La visión era escandalosa: el pecho a punto de estallar, la falda arremangada y un tanga blanco por el que se asomaban unos pocos vellos rubios.
Le quité la ropa interior, deteniéndome un segundo en contemplar la preciosidad de vagina que tenía delante de mis ojos: los labios rosados e hinchados, el clítoris expuesto y reluciente, con el pelo corto, recortado con elegancia.
Tenía el coño ligeramente abierto, y al meter la mano, le noté los muslos pegajosos, como si ya estuviera húmeda y se hubiese secado; seguramente de lo cachonda que estaba.
— Eres perfecta… —contesté, colocándome entre sus piernas y apuntando con el rabo a su entrada.
Ella apartó la mirada, y no dijo nada más.
Introduje poco a poco el miembro, disfrutando de la cálida sensación de estar conectados profundamente. Las paredes del coño lo envolvían completamente; esto era mi droga, mi perdición.
Me acerqué hasta que mis labios rozaron su oído, y en un susurro apenas audible, le dije:
— Eres la mujer de mi vida, Maca… no quiero perderte, nunca.
Era mía, solo mía, y en ese instante no podía soportar la idea de perderla. Quería poseerla, hacerla parte de mí de una forma que nadie más pudiera entender; sentir su piel, su respiración, como si al hacerlo pudiera evitar que se desvaneciera de mi vida. Cada fibra de mi ser la reclamaba, como si así pudiera retenerla para siempre.
La sensación de estar sobre ella, abriéndome paso hasta el fondo de su ser una y otra vez, tenía algo mágico, casi embriagador. Me movía con una delicadeza extrema, tratándola como se merecía, como la princesa que siempre había sido para mí.
La temperatura de la habitación se volvió asfixiante en cuestión de minutos, y el sonido de mis jadeos rebotaba contra las paredes, llenando cada rincón.
— Más fuerte… Necesito más, Manuel —me dijo Macarena, fría como un témpano de hielo.
— No quiero hacerte daño —me excusé, sintiendo que solo la idea de herir ese cuerpo me dolía en el alma. No podía imaginar un mundo en el que le sucediera algo; el simple pensamiento me resultaba insoportable.
— No te corras dentro, por favor —me imploró.
Solo bastaron unas pocas sacudidas más; unimos nuestros cuerpos hasta que no pude aguantar más. Había sido espectacular; volvería a conquistarla, costara lo que costara.
— Ah… ah… Te amo… —confesé, sintiendo cómo me doblaba sobre mí mismo, entregado a ese momento. Hice acopio de todas mis fuerzas y la saqué, corriéndome sobre las sábanas entre gemidos. Pero al levantar la vista, vi en ella una expresión de profundo hastío, y me quedé paralizado, sin entender nada.
Con el cuerpo aún tensado por el esfuerzo, caí de lado en la cama, intentando recuperar el aliento. El silencio llenó la habitación, y ambos nos quedamos mirando al techo, sin decir nada Macarena respiraba con calma, pero algo en su mirada se veía distante, como si ya estuviera en otro lugar.
Finalmente, rompió el silencio.
— Esto se acabó —susurró, sin mirarme—. Esta era la última vez. Solo miras por ti, siempre haces lo mismo.
Giré la cabeza hacia ella, sin comprender del todo sus palabras. Sentí un nudo en el pecho cuando añadió:
— No he estado con ninguna amiga. Me fui con Paulo. Voy a dejarte para estar con él.
Sentí cómo el aire se me escapaba de los pulmones, como si un nudo invisible me estrangulara al escuchar su confesión. Mis pensamientos se atropellaban, mezclados entre el dolor y una furia ciega. En ese instante, las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera contenerme.
Macarena se incorporó lentamente, y se dirigió al armario. Sacó una maleta y comenzó a llenarla con su ropa. La miré con incredulidad, viendo cómo sus manos iban y venían, doblando prendas sin prisas, con una frialdad repugnante.
— Lo sabía… sabía que eras una furcia. Desde el primer momento en que lo viste, noté que te gustaba. —La miré con desprecio, tratando de entender cuánto tiempo llevaba engañándome—. ¿Cuánto tiempo llevas con él? ¿Eh? ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto a mis espaldas, como una vulgar ramera?
— Siempre haces lo mismo —contestó, en su tono había una mezcla de cansancio y reproche, sin mirarme—. Te vuelves loco de celos, me tratas como si fuera un bebé que necesita protección, pero yo no necesito eso. Estoy cansada de que me trates como si no pudiera cuidarme sola, de sentirme asfixiada. Nunca me escuchas… solo piensas en tí, y en tu propio placer. Te lo dije mil veces, pero no escuchaste. Paulo… él ha sido quien me ha hecho verlo con claridad.
Su afirmación me atravesó como una cuchillada, y me levanté, interponiéndome entre ella y el armario, agarrando la puerta para evitar que la cerrara.
— Maca, por favor… solo dime cuándo empezó. Dime qué hice mal. Esto no puede estar pasando… no puedes tratarme así, después de todo lo que hemos vivido. —Mi voz se quebraba mientras insistía, incapaz de aceptar la frialdad con la que me respondía, como si nada de esto tuviera arreglo. Era como si no me reconociera en sus ojos.
Ella me observó por un momento, y en su mirada noté un atisbo de compasión, aunque también algo de resignación. Suspiró, como quien accede a un último favor.
— Te lo voy a contar… y después me dejarás en paz.
Asentí, sin apartarme de su camino, esperando lo imposible, como si de algún modo aún pudiera deshacer lo inevitable.
— Fue meses después de aquella vez que lo vimos en el bar, hace más de un año —dijo, con la vista clavada en un punto vacío de la habitación—. La empresa celebró el cincuenta aniversario e invitó a todos los departamentos a una convención en la capital. Estuve fuera casi una semana. Paulo también estuvo… y las cosas simplemente… ocurrieron.
Su voz era tranquila, como si los recuerdos no tuvieran nada de la pasión o del dolor que a mí me consumían por dentro. Cada palabra se hundía en mí como un peso frío, y la sensación de pérdida comenzó a instalarse con fuerza, como si, al escucharla, me estuviera obligando a aceptar que ya no quedaba nada de lo que habíamos sido.
— ¡Joder! —grité, golpeando la puerta del armario con la palma abierta. La rabia me quemaba por dentro, pero Macarena ni se inmutó; me miraba con esa calma fría, casi indiferente, que me helaba la sangre y me hacía apretar los dientes—. ¡Cuéntamelo todo! —le exigí, tratando de contenerme, aunque la ansiedad me consumía—. No me dejes con esto dentro; necesito saberlo todo. No me merezco esto, no después de cómo te he cuidado, de todo lo que he hecho por ti.
Ella me miró, seria, y ladeó la cabeza con un gesto de desaprobación, mientras una leve sombra de ironía se dibujaba en su rostro.
— Precisamente, Manu. Es por cómo me has tratado. ¿De verdad no lo ves? —dijo, clavando en mí sus ojos gélidos—. No estás preparado para escuchar todo lo que tengo que decir.
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