Xtories

El masaje

La habitación está preparada, las velas encendidas y la camilla lista. Angie cree que solo vendrá a relajarse, pero el masajista tiene planes mucho más profundos para su cuerpo.

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Hoy tengo un regalo especial para ti, Angie. Algo que sé que deseabas profundamente, que imaginabas en secreto y que hoy he hecho realidad.

Todo estaba listo. El cuarto de hotel preparado como lo soñaste: luces tenues creando sombras seductoras, velas que llenaban el aire con una calidez envolvente, y esencias que invadían los sentidos con un aroma embriagador. En el centro, la protagonista: una mesa de masajes. Yo, tu masajista. Tú, la receptora de todo mi deseo.

Te envié un mensaje: "Llega al cuarto, prepárate para mí y escríbeme cuando estés lista."

Esperé fuera del cuarto, sintiendo la anticipación en el aire. Mi teléfono vibró. Era tu mensaje: "Estoy lista." Dos palabras que desataron en mí un torrente de deseo.

Abrí la puerta suavemente y te vi allí, tendida boca abajo sobre la camilla, cubierta apenas por una toalla. La visión me dejó sin aliento: la mujer que adoro, que deseo, entregada por completo. Mi objetivo era claro, y mi única misión era darte placer.

Me acerqué despacio, dejando que el silencio hablara por mí. Tomé un aceite de masaje, lo calenté entre mis manos y coloqué mis palmas sobre tus hombros. Presioné con firmeza, buscando relajar cada músculo, mientras mi tacto te arrancaba un suspiro imperceptible. Sentí la suavidad de tu piel, cómo tu cuerpo reaccionaba, erizándose al contacto.

Mis manos exploraron tu espalda, deslizando caricias que iban y venían con lentitud. Alcanzaron el límite de la toalla, bordeándola como si estuvieran memorizando cada detalle de tu figura. Tus músculos se relajaban bajo mi toque, y poco a poco te ibas perdiendo en el sopor de mi masaje.

Entonces, me situé a la altura de tu cadera. Lentamente, retiré la toalla que cubría tu desnudez, dejando al descubierto todo lo que hasta ahora había sido solo fantasía. Frente a mí, la musa de mis sueños, la razón de mis deseos más profundos. Mi mirada se perdía en cada curva de tu cuerpo, mi tacto ansioso de recorrerlo todo.

Mis manos acariciaron tus nalgas, delineando su forma antes de bajar por la longitud de tus piernas. Mis dedos exploraban la piel de tus muslos, tus gemelos, hasta llegar a tus pies. Allí me detuve. Los sostuve con cuidado, presionando suavemente las plantas y deslizando mis dedos en un movimiento que arrancó un suspiro ahogado de tus labios.

No pude resistirme. Llevé uno de tus dedos a mi boca y lo chupé con devoción. Cada gemido tuyo era un tributo a mi entrega, y yo seguía, uno por uno, hasta completar los diez, mientras tus suspiros llenaban la habitación con su melodía.

Mis manos volvieron a subir, separando ligeramente tus piernas, revelando más de ti. Mis dedos trazaban caminos por la parte interna de tus muslos, dejando que mi boca siguiera la estela de caricias. Tu piel ardía bajo mis labios y mi lengua, que se detuvo en la curva de tus rodillas, regalándote un beso profundo que te hizo gemir.

Mi boca ascendía, marcando cada centímetro de tus muslos, hasta llegar al límite de tus nalgas. No podía esperar más. Separé suavemente tus glúteos, dejando a la vista ese canal que me invitaba con su calor. Soplé con delicadeza, y tu cuerpo se estremeció. Un susurro, apenas audible, escapó de tus labios.

Entonces, mi lengua se lanzó a explorar. Lamiendo, besando, jugando con cada pliegue, hasta que, sin aviso, me adentré en ti. Tus gemidos resonaron en la habitación como un canto a la lujuria. Mis manos te sostenían, mis labios devoraban cada rincón, y mi lengua se perdía en el calor de tu intimidad.

Mis caricias continuaron, alternando con embestidas de mis dedos que encontraron tu punto más sensible, llevándote al límite. Sentí cómo tu cuerpo temblaba, cómo tus gemidos se transformaban en un grito de placer puro. Te dejaste ir, explotando y 'n orgasmo que te dejó sin aliento.

Cuando al fin recuperaste el aliento, acaricié tu espalda con ternura, devolviendo la calma a tu cuerpo extasiado. Susurré en tu oído: "Date la vuelta, por favor."

Te giraste lentamente, obediente, y me quedé sin palabras. Tu desnudez era la encarnación de la perfección. Tus senos firmes, tus pezones duros y oscuros, tu vientre terso, tu sexo húmedo y palpitante, todo en ti era un poema al deseo.

Me acerqué, recorriendo tu cuerpo con mis manos, mis labios, mi lengua. Cada rincón de ti era mío, y yo me perdía en tu entrega absoluta. Tus gemidos me guiaban, tus movimientos pedían más, y yo daba todo lo que tenía para complacerte.

Cuando finalmente me uní a ti, nuestros cuerpos se movieron al unísono, buscando un placer que parecía no tener fin. Sentí cómo tus músculos me aprisionaban, cómo tus gemidos se convertían en palabras entrecortadas: "No pares... soy tuya... más, más..." Y juntos llegamos a un clímax que parecía detener el tiempo.

Tus lágrimas de placer, tu cuerpo temblando bajo el mío, y la sensación de estar completos. Al final, nos dejamos caer juntos sobre la camilla, exhaustos, satisfechos, con nuestros cuerpos entrelazados.

Me miraste con esos ojos llenos de amor y deseo, y dijiste entre risas: "Si así son tus masajes, a partir de ahora eres mi masajista exclusivo."

Yo sonreí, acariciando tu rostro, y respondí: "Menos mal que esta camilla está bien hecha, porque si no, estaríamos en el suelo." Nos abrazamos, dejando que el tiempo se detuviera en ese momento que solo nosotros entendíamos.

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