¡Pues folla mejor que tú, que lo sepas!
La entrevista laboral no era lo que esperaba. Don Antonio, el atractivo y casado director del geriátrico, no buscaba solo una enfermera, sino una compañera de cama. Y cuando cerró la puerta, dejó claro que su 'incentivo' laboral era mucho más que una promesa.
Naomi y Jorge se habían conocido en un enlace y, cumpliendo el cliché de que de una boda salen dos, ahora eran ellos los que estaban prometidos. Mientras que Naomi acababa de cumplir los treinta, Jorge era bastante más joven y a penas superaba los veinte.
Esa diferencia de edad les había causado conflictos y consuelos, ya que ambos acababan de sufrir una ruptura reciente. En el caso de Naomi, la relación había sido distópica desde el principio, dado que, además de su jefe, el hombre que la había abandonado después de tres años de relación secreta era un hombre casado.
Ya en la entrevista de trabajo para aquel puesto como enfermera en una residencia de mayores, la joven había sentido el magnetismo de ese apuesto y maduro doctor, que al mismo tiempo desempeñaba el cargo de gerente del geriátrico.
A pesar de lucir alianza de casado, durante las semanas en prácticas le había regalado su mejor sonrisa cada vez que se cruzaba con ella. Las auxiliares le habían advertido que no se enamorara, ya que a su predecesora la habían despedido por acosarlo. Sin embargo, una veterana enfermera le había confesado que en su día ella se lo había follado un par de veces y que muy bien, de maravilla…
Naomi tenía veinte años, acababa de terminar los estudios y ese era, evidentemente, su primer trabajo. En cambio, en el plano sexual su experiencia era más amplia, dado que había tenido un par de locuras de una noche y otros tantos novios que tampoco le habían durado demasiado.
No obstante, don Antonio, que así se llamaba el doctor, era completamente diferente a los chicos con quienes ella salía, tanto por su edad como por su serena forma de comportarse, seriedad y seguridad en sí mismo. Era imposible no fijarse en él, todo un hombre, un señor cercano a la cincuentena aunque con gran magnetismo, un caballero apuesto, de envergadura, macizo y con un tono de voz tan grave que el clítoris de Naomi vibró con cada pregunta de aquella entrevista.
No, nunca se había sentido así, tan nerviosa y deseosa de agradar a un hombre, pero es que nunca antes un hombre mayor la había mirado a los ojos de esa forma tan intensa y explícita, ni vestido de forma tan elegante, con su traje italiano, el cuello apretado por la corbata sobre una camisa demasiado estrecha.
La joven no era idiota, sabía que también ella le gustaba y que al verla despertaba algo en él. ¿Una erección? Sin duda, pero… ¿de qué tamaño? No era más alto que ella y siempre llevaba el pelo moreno bien peinado. Caminaba siempre muy erguido por los pasillos y su torso parecía poner de relieve, debajo de las camisas, un cuerpo potente y fibroso.
La única falla de don Antonio era una divertida peca en su labio superior, a la derecha, pero cuando éste se levantó de su silla y rodeó la mesa para echar el cerrojo a la puerta y sentarse en el borde de la mesa, frente a ella, la pequita del doctor se levantó sobre las líneas que expresaban una sonrisa tan amplia y sincera como la tremenda erección que en ese instante abultaba su pantalón.
La chica, pasmada, contuvo tanto el aliento que su sostén talla noventa copa b se atirantó por el de por sí considerable volumen de sus pechos, tensión que se tradujo en un intenso silencio por ambas partes. La candidata a empleada miró rápida y alternativamente a la verga, cuyo voluminoso glande se calcaba bajo la tela, y al dueño de semejante portento quien, en cambio, la siguió mirando a los ojos y aguardó a que fuese la chica quien escogiera entre las diversas opciones que se le planteaban.
La muchacha miró detenidamente la alianza en el dedo del casado, dudó, vaciló, se mordió la comisura del labio, y al fin alzó una mano y rozó con la yema de los dedos aquello hinchado debajo de los pantalones de corte italiano. Segundos después contempló la conformidad en los ojos del maduro doctor.
—¿Esto forma parte del trabajo? —inquirieron sus labios gruesos y ansiosos.
—Claro que no, muchacha —rezongó el director con indignación— Al contrario, es un incentivo.
—¿Un incentivo? —replicó la chica sin comprender.
—Sí, un estímulo, algo que te anime a trabajar y mejore tu rendimiento.
Naomi se quedó pensativa, recapacitando para entender bien esa cláusula de su contrato laboral.
—Quiere decir que si soy buena enfermera me permitirá disfrutar de su incentivo.
—Exacto —aseveró el hombre.
—Y ¿puedo verlo?
—Por supuesto, mujer —rió el simpático doctor—, y si quieres, puedes probarlo.
La entrevista laboral continuó con un diálogo mudo pero fluido entre la pequeña candidata y el gran miembro viril del director del geriátrico, cuyos jadeos pronto resonaron casi tan fuertes como la canción que se escuchaba a través de los altavoces del hilo musical.
Al principio, Naomi caminó sobre la gruesa maroma con cautela, ligera y grácil como una funámbula que se sabe observada y juzgada por el jefe de escena a quien, no obstante, la joven le extrajo y sopeso los testículos en un alarde de entereza. Aunque escasa, su experiencia le advertía de que los hombres eyaculaban enseguida merced al calor y mimos de una boca de mujer, pero a ella le desagradaba el rancio sabor del esperma.
Tragar, tragar aquella especie de jarabe viscoso y caliente, dulce y ácido a la vez, con ese regusto a medicina que amarga la infancia de las niñas felices. Tragar y aguantarse las ganas de toser a medida que aquel fluido espeso y asqueroso avanzaba a través de su garganta. Jamás se acostumbraría, jamás, a pesar de la práctica y de la disciplina digestiva que se imponía para complacer a aquellos que, muy a su pesar, acababan eyaculando dentro de su boca.
Porque a ellos les encanta hacerlo. No en vano Naomi les escuchaba gemir al ser finalmente consolados, acompañando los movimientos de su cabeza a fin de evitar la náusea que la sacudía cuando tenía la boca atestada de jarabe y verga, tratando de segregar saliva para ingerir los últimos grumos, los más espesos, y que al igual que la col hervida de su abuela, sabían a rayos.
A pesar de todo, resultaba emocionante estar atenta a las señales, rauda a apartarse al menor indicio de que su amante iba a eyacular, dado que de nada servía pedirles que la avisaran o que se retirasen antes de correrse. Casi nunca lo hacían a tiempo, de manera que ella acababa probando su asqueroso semen. Aunque quizá, siendo el director un hombre hecho y derecho…
—No se corra en mi boca, ¿de acuerdo?
—¿Y eso?
—No me gusta.
—Pues es una pena —rezongó educadamente—, porque lo haces genial.
A Naomi le gustó la sinceridad de aquella alabanza, pues aunque el sabor del esperma no le agradara, lo cierto era que mamar era una de sus prácticas sexuales favoritas. La razón de tal predilección era, no obstante, bastante simple, y es que al chupar la erección de un hombre, Naomi se sentía capaz de controlar la fuerza masculina. Sus labios y lengua domando con delicadeza al macho más curtido y vigoroso, para luego manejarlo como a una marioneta. La húmeda candidez de su boca sometiéndolo taimadamente, con sutileza, imponiendo su poder para volverlo loco y llevarlo al límite.
“Le gusta que le frote enérgicamente con la lengua”, se percató maliciosamente la chica, repitiendo el truco que acababa de hacer gemir sonoramente a aquel imponente hombre cuyo parecido con su propio padre resultaba, cuanto menos, escandaloso, censurable, y tremendamente libidinoso.
—¡¡¡OOOOGH!!! —bramó nuevamente el doctor sin dar crédito, extrañado de que una muchacha poco mayor que su hija fuese capaz de mamar así de bien.
Naomi se aplicó en la tarea, se empleó a fondo, hasta las amígdalas, y durante largo rato sacó brillo al tótem más viril de todos, una estatuilla cilíndrica con forma de ariete moldeada por la mismísima Afrodita para complacer a sus congéneres, adoratrices y sacerdotisas.
La chica rogó que aquel señor fuese en verdad un caballero y cumpliera su palabra de avisarla antes de eyacular pues, lo que era ella, había perdido la razón. Chupaba con fervor, moviendo ostensiblemente la cabeza de modo afirmativo, afirmando que le maravillaban el grosor y la absoluta rigidez de su verga mientras sorbía, una y otra vez, su propia saliva.
Hizo una breve pausa a fin de recobrar el aliento y contempló impresionada a aquel señor, admirada no sólo por la potencia de su erección, sino por su aguante para encajar lametones, succiones, besos, juegos y demás malabares de su lengua.
Aquel miembro, del que antes o después saldrían disparados asquerosos chorros de esperma, era el mejor que había paladeado, amén de ese aspecto hermoso y temible de las pollas de los hombres para una chica mas bien tímida e introvertida como ella. Por otro lado, la avanzada edad del doctor la hacía sentirse aún más niña, e inocente, indefensa ante la fascinante autoridad masculina, hechizada por tener que abrir tanto la boca y sentirle en la garganta. Terriblemente excitada, Naomi dio rienda suelta a su creatividad e hizo las delicias del que pronto sería su jefe.
—¡Domestíqueme! —jadeó lujuriosamente.
Don Antonio la hizo incorporarse y, desabotonándole el pantalón, introdujo la mano y comenzó a frotar alegremente su encharcado coñito. La chica, desconcertada por la efectiva brusquedad y determinación de aquellos dedos, hubo de sujetarse para gozar sin perder el equilibrio. Jadeó con incredulidad, sufriendo los espasmos que anunciaban un inminente orgasmo y, cuando unos segundos más tarde un agudo clímax atravesó todo su ser de parte a parte, toda ella convulsionó, su espalda se contrajo y dio una serie de sacudidas súbitas, los muslos le temblaron, luego las rodillas y hasta los dedos de los pies se le tensaron.
Después de que el doctor la llevara a encadenar una larga serie de delirantes réplicas orgásmicas que a punto estuvieron de hacer que perdiera el conocimiento, éste la empujó hacia abajo y ella fue cayendo. Perdió el control, desesperada por sentirse viva y gozar de lo que aquel hombre quisiera hacerle. Como todas las chicas a su edad, Naomi siempre había buscado a un hombre especial, un hombre capaz que le inspirara confianza y fuera un virtuoso en la cama, y por fin lo había encontrado.
Entonces, don Antonio la abrió de piernas y comió de su linda y jugosa fruta tropical, perdió el sentido de tan bien como la comió.
—¡Pare, por favor! ¡Me voy a mear!
En medio de una confusión total, Naomi buscó desesperadamente un punto para orientarse. Le dolía todo el cuerpo, las piernas sobre todo. Y tampoco podía emitir ningún sonido, pues sentía la mandíbula anquilosada de tanto mamar su condenado pollón.
“¡Socorro!”, quiso gritar, si bien los sonidos que brotaron de su boca no guardaron parecido alguno con una petición de auxilio.
No podía moverse, no sentía los miembros, pero no estaba muerta ya que, sin saber cómo, la joven había acabado nuevamente boquiabierta y babeante frente a un sexo demasiado grande, pero exquisito.
Le llevó un buen rato recorrer con la boca lo ancho y largo de aquel cilindro carnoso. Transformada en una heroína de cómic se ofuscó al escuchar a su archienemigo gruñir que lo estaba volviendo loco; que era fabulosa; que cuánto entusiasmo; que comiera cuanto quisiera que no engordaría ni un gramo; y por cierto, que nunca había visto a una chica tan delgada con unos pechos así… fuera de la blusa siendo hábilmente masajeados, con un pezón tieso y apurado entre los dedos del pérfido doctor.
En efecto, Naomi sabía de sobra como chupar sin babear, como lamer a lo largo de la virilidad y besar la punta para luego metérsela en la boca y chupar con glotonería. Había comenzado a practicar, no en vano, a la tierna edad de catorce años, y no tardó en darse cuenta de que mamar era mucho más divertido que tomar lecciones de piano.
Su profesor de música fue el primer hombre mayor al que sedujo. Aunque luego vendrían otros profesores, fue aquel veterano músico el que la hizo percatarse de su interés por los hombres maduros y quien profetizó que llegaría lejos y nada se le resistiría, pues tocar el piano no era, ni mucho menos, un talento tan lucrativo como aquel que ella derrochaba durante la segunda mitad de la lección.
Don Jaime, un preceptor inocente y bonachón, se negó reiteradamente al propósito de su alumna de mejorar y ampliar su expediente sexual, lo que en la práctica hubiera equivalido a hacerla perder su virtud. No obstante, cuando una tarde su exigente y perfeccionista alumna se sentó en su regazo y balanceó sobre él su trasero, al hombre se le acabó la paciencia y acabó ensartándola hasta la médula.
Aquel primer coito sobre el banco del piano fue ciertamente satisfactorio, como lo demostraron las gotitas que por dos veces salpicaron el terciopelo que tapizaba el asiento. Ya puestos, el virtuoso de las teclas decidió que si él había cedido a las persistentes demandas de la muchacha, el ano de Naomi también habría de hacerlo y, solo una semana más tarde, el afinado esfínter ya hacía surgir espeluznantes y emotivos chillidos de la garganta de Naomi.
No fue difícil que al final de aquel curso la chica fuese capaz de interpretar correctamente Para Elisa, de Beethoven, en clave anal. Tenía buenos genes, se aplicaba, era meticulosa y andaba sobrada de talento, agilidad mental, destreza de dedos y un dominio anal tan absoluto que era capaz de hacer eyacular a su maestro en el momento álgido de dicha pieza musical.
Al percibir que el líquido preseminal cubría cada uno de los empastes que había ido coleccionando desde niña, Naomi salió de su ensoñación e interpretó con pasión los últimos compases de la felación que estaba ejecutando.
Naomi dejó que él le apartara el pelo de la cara y empuñara su espesa melena tras la nuca, revelándola al mando y comenzando a follarla la boca de forma severa, aunque procurando que no se atragantara. Saboreó aquel regusto insistente que había percibido en la puntita de la lengua, antídoto de toda moralidad feminista y que, de no mediar don Antonio, pronto le quemaría el esófago.
Afortunadamente, el doctor extrajo rápidamente su falo, lo empuñó y comenzó a rociarla de semen. Mientras ella chillaba y alzaba las manos con espanto, él le fue regando toda la cara, desde la frente a la mejilla izquierda y la nariz. Hasta que Naomi abrió la boca superada por aquella gorrinada y el doctor se quedó perplejo al intuir la cicatriz de un antiguo piercing que la joven debía haber llevado en la lengua.
Evidentemente, la consecuencia de dicha distracción fue que tanto cicatriz como buena parte de la lengua quedaron de pronto cubiertas de puré blanco, a pesar de lo cual la chica continuó riendo alborozada y divertida. Para rematar su obra el hombre dio una pincelada sobre la mejilla limpia y, por último, se dedicó a salpicar cuello y escote con las últimas gotas que salieron de su miembro.
Fascinada y perspicaz, Noemí acababa de comprender que si un hombre casado eyaculaba de forma tan generosa, era porque no lo hacía en casa. Se extendió con frenesí toda la crema por la cara, sintiendo como los poros de su piel la absorbían ávidamente, llenando y nutriendo sus células para mantener la tersura y el brillo de su rostro.
Hechizada por tan afrodisíaca mascarilla facial, la joven se decidió a chupar el miembro del doctor, succionando con fuerza y apurar hasta la última gota de aquel adictivo elixir.
Mas tarde, invadida por una especie de vergüenza repentina que no supo disimular, la joven se tapó el rostro con las manos, avergonzada por la glotonería que acababa de mostrar.
Ayudada de una mano gentil y comprensiva con las necesidades sexuales de una veinteañera, Naomi se puso en pie y se dejó manejar como una muñeca desarticulada frente a la decisión de la autoridad allí. Estaba muy excitada, pero no pensaba suplicar. No le molestó la rugosidad de su barba cuando, en un acto de generosidad, su jefe bajó por segunda vez hasta el centro de gravedad del placer femenino y, olvidándose de la delicadeza con que éste se debe ganar y que nunca se aliña porque sí, devoró con glotonería el delicioso manjar que brindaban sus piernas abiertas.
Pero aquel hombre maduro y experimentado tenía un don extrasensorial que le hacía ser peligroso, y los ojos de la chica sólo pudieron aprobar todo lo que le fue sucediendo. A él tampoco le sorprendió la pulcra depilación de su nueva empleada ni la vistosa inflamación de sus labios íntimos, testimonio de que nada ocurre porque sí y de que todo fluye porque así tiene que ser.
El olor que desprendía su flor no tenía igual, e inundó rápidamente toda la consulta.
—Esencia de azahar —dijo, leyendo su pensamiento.
Y todo se fue mezclando, espirituoso, etílico, emulsión vaginal, esencia de azahar al amanecer mezclada con colonia Armani, metiéndole todo un dedo en el ano sin perder ni un segundo de la presencia de su lengua en la entrepierna de la joven, y aumentando con ello maliciosamente, y a una velocidad infernal, los fluidos del sexo femenino.
Le dio besitos por todo el cuerpo, las nalgas, los pies, subió de repente para morderle la nuca, y volvió a bajar. Sus dedos habían explorado concienzudamente todos los orificios de su cuerpo, cosa que a la chica no pareció importunarla, pues aquel señor se daba maña para todo tipo de prácticas sexuales.
Más tarde, después de que alcanzara un sin fin de orgasmos, don Antonio sacó de un cajón aceite de masaje y viendo que su nueva enfermera lo miraba pasmada y sin decir nada, la hizo darse la vuelta boca abajo sobre la camilla a fin de masajear su espalda.
Fue fantástico. Aquel hombre sabía dar masajes como un verdadero profesional, mezclando la justa presión de sus dedos con la del miembro que había clavado entre sus nalgas. Fue una sensación tan divina y gloriosa que a la chica no la hubiera molestado hacer el turno de tarde para quedarse allí con él.
Recuperado el sentido una hora más tarde, con rojeces por todo el cuerpo y una vergonzosa picazón anal, Naomi bajó en el ascensor sintiéndose flotar, liviana y feliz con su flamante contrato laboral junto a ese médico que tan bien la había follado. ¡No se lo podía creer!
Don Antonio nunca le habló, en serio, sin fantasías ni la retórica de los amores imposibles, de un futuro común, de abandonar a su esposa y marcharse juntos. Dos años después, aquel arrebatador canalla la despidió tal y como había hecho con tantas otras antes que ella.
Referencias:
—Diario de una ninfomana, de Valerie Tasso.
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