Mi vecina me domina (9)
Las botas de Paula se posan sobre su espalda, marcando el límite entre el dolor y la sumisión. No es solo un juego; es una lección de quién manda, y esta noche, la lección incluye orina, látigo y la pérdida total de su dignidad.
Sus amigas me miraban mientras escuchaban a Sara contándoles todo lo humillante que suponía estar al servicio de ella y de su madre.
Date la vuelta perrito.
La orden de Paula fue muy hiriente, por lo que suponía que fuera ella la que me lo ordenaba.
¿Que le vas a hacer?
Pues, sabes que uno de mis gustos es……
No termino la frase con lo que no pude saber a lo que se estaba refiriendo.
Espera que traiga algo.
Sara salió de su habitación y al volver algo le entregó, además de esposarme las manos y los pies.
Así estará mejor. Cuando quieras puedes disfrutar de él.
Vi las botas de Paula desplazarse y colocarse tras de mí. Sara me cogió de las manos esposadas y me colocó a cuatro patas.
Cuando quieras Paula.
En ese momento supe lo que Sara había traído. El látigo trenzado. Uno tras otro los latigazos sonaron en mi piel. Azotaba mi espalda, mi culo y mis muslos. No hubo un poco a poco. Desde el principio su manejo y su fuerza fueron todo lo intensos que su sadismo me dejó sentir. No fui capaz de contar los latigazos pues el dolor me hizo olvidar.
Me vuelven loca las marcas de este látigo. Sabes que es el que más me gusta de los que tienes.
Siguió con sus latigazos mientras Sara y Raquel fumaban un cigarrillo y se reían y me humillaban con sus comentarios. Así estaban cuando Paula cesó y se sentó junto a ellas.
Uffff! que gustazo liberarme así de tanta tensión. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Dadme un cigarro.
Se encendió un cigarro y coloco sus botas sobre mi espalda. Esta vez deslizó sus tacones por mi espalda marcando más las huellas dejadas por el látigo.
Ahora soy yo la que tengo que ir al baño.
Se levantó Paula y situándose frente a mí dejó caer su tanga hasta el suelo y sus botas apresaron mi cabeza entre ellas. Unas gotas cayeron sobre mi espalda. El escozor me hizo gemir de dolor. A estas gotas le sucedió un chorro que fue mojando mi espalda y los surcos que había dejado el látigo. Intentaba moverme para aliviar el escozor e intentar que su orina cayera al suelo y dejara libres las marcas. Así se aliviaría el escozor y el dolor.
Y esto lo limpiará el, ¿no?
Claro, terminemos de fumar y salimos a merendar mientras le dejamos que lo limpie.
Antes de marcharse dejaron caer las colillas al suelo que se apagaron al contacto con la orina del suelo. Sara se encargó de soltar las esposas de mis manos y de mis pies.
Mientras merendamos ya sabes cómo tienes que dejar la habitación. Después volveremos.
Sabía cómo tenía que hacerlo. El suelo estaba lleno de orina, colillas y ceniza, un auténtico asco para cualquiera pero para mí un placer muy humillante. A cuatro patas fui lamiéndolo todo pasando la lengua y recogiendo con mi boca toda la suciedad. El dolor en mi cuerpo no bajaba. Había sido una sesión de latigazos muy fuerte y la orina había acrecentado el escozor de las heridas. Las escuchaba hablar en el salón contándole a su madre como lo estaban pasando.
¿Que te queda perrito?
Muy poco, voy enseguida, señorita Sara.
Si no os importa me gustaría ir a ver cómo limpia.
Vi a Paula apoyada en la puerta del dormitorio. Fumaba un cigarrillo.
Que bien limpias. Estás echo todo un cerdo, me gustas.
Estaba terminando de limpiar el suelo y Paula entró en el dormitorio de Sara pisando el suelo y dejando caer la ceniza para aplastarla con la suela de sus botas.
¡Uyyyy…! No me he dado cuenta. Y lo peor es que se han manchado mis botas, mira como están.
Levantando sus botas me enseñó las suelas que estaban mojadas de orina y de ceniza.
¿Me las vas a limpiar?
Por supuesto, señorita Paula.
Tomé en mis manos cada una de sus botas para pasar mi lengua por sus suelas. Cuando estuvieron limpias me dio un bofetón para que le ofreciera mi pecho y pasarlas por él para que se secasen.
Bueno, termina de limpiar qué te estamos esperando, cerdo.
Cuando terminé fui hacia el salón y allí seguían ellas sin cerciorarse de que había llegado.
Pero si está aquí mi perrito. No os habéis dado cuenta.
Paqui tiro de la correa de mi collar para que me acercara a ella.
¡Como le habéis dejado la espalda!
Si mamá, ya sabes lo que le gusta a Paula.
Pues lo que veo es que su culito está sin marcar.
Dicho esto Paqui se descalzo de una de sus zapatos y cogiéndolo por el tacón comenzó a azotarme el culo. Todas reían y se mofaban de mí insultándome y humillándome con sus palabras.
Realmente los hombres no merecen otra cosa que pertenecernos para servirnos y hacer de nuestra vida algo cómodo y satisfactorio.
Esto ánimo más a Paqui a seguir sus azotes con su zapato.
Bueno mamá, para ya que hoy nos pertenece a nosotras.
¿Nos vamos a mi dormitorio niñas?
Raquel y Paula contestaron con un sí muy alegre. Fue Sara la que tirando de mi correa me llevó tras ellas al dormitorio de Sara. Al llegar se echaron las tres en la cama dejándome en el suelo junto a la cama. Paula les comentaba que lo había visto limpiarlo todo y le pareció tan excitante que solo con mirarle se excitaba.
Es un auténtico cerdo y obediente. Lo he podido comprobar mientras estábamos en el salón.
Perrito, ve a ver a mi madre y le suplicas que te retire el plug.
Arrastrándome como un perro fui en busca de mi señora Paqui. Al llegar al salón vi como mientras fumaba un cigarro se masturbaba con un strapon bastante grueso. No quise molestarla y esperé a que terminara.
¿Qué quieres mi perrito? Estaba muy caliente y no podía esperar. Dime.
Su hija Sara desea que me quite el plug que llevo insertado.
Seguramente te querrán follar. Está bien, acércate.
Me coloqué de espaldas a ella para que lo quitara. Después volví al dormitorio de Sara.
- Ya me lo ha quitado, señorita Sara.
Continúa en
- Relato #225073— title-regex: contiguous parts (8 -> 9)
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