Gala
Llega a casa después de un día largo, pero su trabajo no ha terminado. El teléfono vibra con órdenes que no pueden ignorarse: desnudarse, oler, lamer. Esta noche no es ella quien decide; es él quien marca el ritmo de su placer y su humillación.
Su vida había dado un vuelco desde que reunió valor para escribir a ese hombre. Había hecho pequeñas cosas. Chuparse los dedos tras mastubarse, mandado fotos de sus pies, de su coño, ponerse a cuatro patas, mear como una perra encima del suelo totalmente desnuda…
No, quizás no eran tan pequeñas cosas.
Eran tales las ganas que tenía de complacerle o de ser usada, porque no lo sabía, que le había mandado una foto de su coño y de sus bragas mientras estaba trabajando y a petición de ella cuando se suponía que no era suya hasta llegar a casa. Y que no podía tocarse hasta ese momento, también.
Y ahora por fin, tras un largo día de trabajo, llegaba a su hogar.
“Soy tuya”
Eran palabras simples, pero llenas de significado.
“¿Puedo tocarme ahora?”
“No, aún no, perra. Desnúdate primero. Prenda a prenda y júntalas todas en un montón. Mandamelo”
Comenzó a desnudarse, poco a poco, a quitarse el precioso traje que cubría su cuerpo pues era guía turística y debía ir siempre impecable.
“Ya esta”
“Tienes que tener unas ganas locas de tocarte. Pero aún no, todavía no. Coge tus bragas, huelelas, lámelas.”
Se dirigió al montón de ropa que había tirado. Cogió las bragas que había llevado puestas todo el día, negras, muy bonitas y muy mojadas.
Desprendían un olor muy fuerte.
“Apestan a perra”
“Apestan a ti”
“¿Y quieres verlo?”
“Sí me lo enseñas, sí”
“No te lo voy a enseñar, pero sí lo voy a hacer”
Comenzó a lamerlas. No era como comerse su propio coño pero casi. Su entrepierna no paraba de segregar fluidos.
Le mandó una foto de la lamida.
“Bien. Ya puedes ponerte a cuatro patas, como la perra que eres. Y masturbarte”
Lo hizo.
Se colocó a cuatro patas, posición con la que empezaba a familiarizarse, y comenzó a tocarse. Un poderoso orgasmo sacudió todo su cuerpo y se corrió como nunca antes. Estaba segura de que se había meado.
Fotografió el charco de sus propios fluidos con toda la vergüenza del mundo.
“Lámelos. O revuelcate en ellos, lo que más cerda te ponga”
Acercó su cara y no, no… No era lo que más cerda le ponía. Una chica siempre tan limpia como ella lo que más le ponía era ensuciar su precioso cuerpo.
Se tumbó sobre ellos.
Se revolcó sobre ellos.
“Me siento como una cerda”
“Bien. Pues ahora cerda abrete de piernas y masturbate para mi. Y grábalo”
“No, no estoy lista para los vídeos”
“Sí lo estás. Porque si no lo estás se acabó ahora mismo”
“No puedes hacerme eso”
“Pues haz lo que te dicen”
Se llevó la mano al coño, que la palpitaba. Empezó a tocarse. Y a grabarse. Solo era eso, su mano y su coño, nada más. Y nada menos.
No tardó mucho en volver a correrse.
“¿Ves cómo sí que podías? Estas cerca de mostrarme la cara”
“No, eso no”
“Hoy no, pero mañana quizá sí”
La sesión había terminado. Había sido increíblemente intenso y su corazón seguía bombeando con fuerza.
Y se le ocurrió algo que jamás había hecho antes.
Cogió el teléfono y se fotografió de cuerpo entero.
Totalmente desnuda y cerda como nunca.
Y la mandó.
“Soy tuya, amo. Soy toda tuya, amo”
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