Xtories

Lujuria Nupcial Cap. 2 El Deseo Crece

Bajo la luz de las luciérnagas y el sonido de los mariachis, la línea entre la amistad y la lujuria se desdibuja. Lucas sabe que Isabela no puede resistirse, y ella sabe que esta noche no será como las demás. ¿Qué pasa cuando el secreto está a punto de ser revelado?

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El bullicio del brindis se había instalado en el jardín, donde las luces colgaban como luciérnagas suspendidas en el aire, iluminando el rostro de cada invitado. Isabela llegó justo a tiempo, aún con el sabor del encuentro reciente en su boca y la huella de la pasión en su piel. Se abrió paso entre la gente con una sonrisa que ocultaba el torbellino de emociones que giraba dentro de ella, pero sus ojos, aunque brillantes, delataban una ligera niebla de deseo no saciado por completo.

Se colocó en el centro, tomando una copa de champaña en la mano, y con la elegancia de una actriz en su escena principal, se dispuso a hablar. El vestido, a pesar de su intento por recomponerse, se notaba un poco fuera de lugar; un tirante se deslizaba ligeramente sobre su hombro, y el escote, más pronunciado de lo que recordaba, parecía reflejar el calor del momento vivido minutos atrás. El maquillaje estaba sutilmente descompuesto, con un leve trazo de lápiz en la esquina de su ojo que se había desvanecido, como si su propia piel hubiera absorbido el recuerdo de sus besos.

“Hoy celebro a mi mejor amigo,” comenzó Isabela, su voz cálida y temblorosa, como si cada palabra viniera directamente desde un lugar profundo en su corazón. “Porque lo conozco mejor que a nadie y sé cuánto ha deseado este día. Karla, te lo llevas entero, con sus defectos y sus virtudes, con su risa contagiosa y sus sueños que no tienen fin. Ustedes son el amor en su forma más pura, y me siento afortunada de ser testigo de cómo dos almas se encuentran y eligen compartirlo todo, sin reservas.”

Mientras hablaba, su mente vagaba entre los ecos del encuentro reciente con Lucas. Sentía su respiración aún desordenada, su pulso latiendo en sus muñecas como tambores de guerra. Los labios, apenas tocando el cristal de la copa, parecían recordar el roce de los suyos, y una chispa traviesa brillaba en el fondo de su mirada. Las palabras le fluían con la naturalidad de alguien que, aunque piensa en el amor de otros, no puede dejar de recordar su propia caricia inminente, escondida entre las palabras.

Justo al final del discurso, cuando todos los ojos estaban fijos en ella, cuando el murmullo de las risas y aplausos empezaba a elevarse, apareció Lucas. Se movía con esa calma felina que lo distinguía de los demás, su andar seguro y la sonrisa apenas insinuada en el rostro. Sus ojos encontraron a Isabela como si fueran imanes destinados a atraerse sin remedio, y de inmediato el tiempo se ralentizó.

Ella lo vio acercarse, y la confianza con la que había empezado su discurso vaciló un poco. Tartamudeó, y sus mejillas, que aún conservaban el calor del camerino, se encendieron con una mezcla de deseo y nerviosismo. Lucas no apartó la mirada; su mirada intensa, casi devoradora, se clavaba en ella como si quisiera desnudar sus pensamientos allí mismo, frente a todos.

Isabela tragó saliva, sintiendo el cosquilleo en la nuca y el rubor extendiéndose por su cuello. Era como si cada palabra que decía fuese para él, como si el discurso que debía ser para los recién casados se hubiera transformado en un mensaje secreto, cifrado solo para los ojos y oídos de Lucas. Y mientras ella intentaba recuperar el hilo, él esbozó una sonrisa cómplice, ese gesto apenas curvado que parecía decirle: "Sé exactamente lo que estás sintiendo."

El silencio entre ellos, en medio de la multitud, era elocuente. Un lenguaje solo suyo se tejía con miradas, respiraciones entrecortadas y sonrisas cargadas de promesas. La distancia física no hacía más que intensificar el magnetismo que los unía. El brindis terminó entre aplausos y felicitaciones, pero para ellos, solo había una tensión creciente, una promesa implícita de lo que aún estaba por venir.

Isabela tomó asiento en su mesa con una mezcla de alivio y nerviosismo, sus manos aún temblorosas se aferraban al borde de su copa de champaña. El brindis había terminado, pero la sensación de que Lucas estaba tallado en el aire que respiraba no se desvanecía. Entre sus amigos y algún familiar cercano, las risas llenaban el espacio como si fueran burbujas flotando en la superficie del vino. Pero ella, aunque sonreía, estaba en otro lugar, enredada en la memoria de esos minutos arrebatadores en el camerino.

Isabela bebía despacio, buscando que el licor la reconectara con la realidad, pero su mente seguía dividida entre la alegría de la boda y el sabor que Lucas había dejado en sus labios. Las luces del jardín se reflejaban en sus ojos, haciéndolos brillar con un matiz más oscuro, casi como si escondieran secretos que nadie debía descubrir. Sentía un rubor persistente en las mejillas y la ligera incomodidad de saber que, por más que intentara mantener la compostura, su ropa y su maquillaje delataban que algo más había sucedido.

Justo cuando empezaba a sentir que se fundía en la multitud, que quizás lo vivido con Lucas había sido solo un instante robado en la locura de la fiesta, él apareció de nuevo. Se acercó a su mesa con esa elegancia despreocupada, una sonrisa ladeada en el rostro y el cabello perfectamente peinado, como si nada en el mundo pudiera desarmar su control. Se sentó junto a ella, y en ese instante, Isabela sintió cómo su corazón tropezaba con el ritmo de su respiración.

Entonces, lo vio: en el bolsillo de su saco, donde antes había un pañuelo de color plata, ahora asomaba una prenda pequeña, delicada, de un tono plateado que reconoció al instante. Su tanga. La prenda que él había deslizado con tanta maestría momentos atrás. Lucas sonrió con picardía, y aunque nadie en la mesa parecía darse cuenta, Isabela sintió que el rubor subía por su cuello hasta instalarse en sus mejillas, encendiéndolas como una antorcha.

“Bonita decoración, ¿no?” dijo Lucas con una voz suave, casi un susurro, mientras señalaba el bolsillo de su saco. Sus palabras estaban cargadas de una ironía deliciosa, y su mirada no se apartaba de la de ella. Isabela se mordió el labio para contener una sonrisa nerviosa.

“Diría que es un detalle muy... personal,” respondió Isabela, intentando mantener la compostura pero sintiendo cómo la risa amenazaba con escaparse de sus labios. “Me parece que has mejorado mucho el estilo de tu atuendo, Lucas.”

Él inclinó la cabeza, fingiendo pensativo, y le dijo: “Es que me parece que este accesorio tiene un valor sentimental. Aunque debo admitir que, en el bolsillo de mi saco, luce casi tan bien como en su lugar original.”

Isabela se tapó la boca con una mano para ahogar una risa traviesa, el brillo de sus ojos se intensificó, y por un momento, el calor que sentía se extendió desde sus mejillas hasta la punta de sus dedos. No podía creer lo descarado que era, y esa misma audacia la desarmaba y la seducía a partes iguales.

“Eres un descarado, Lucas,” susurró, con una sonrisa que apenas podía ocultar su nerviosismo. Pero a pesar de sus palabras, había en su voz un toque de admiración, como si la insolencia de Lucas fuera exactamente lo que necesitaba para mantener su mente girando en torno a él.

“Descarado, pero encantador, ¿no? Al menos eso he oído de fuentes confiables,” dijo Lucas, dejando caer su comentario como si fuese un secreto compartido entre los dos. Se acomodó en la silla, estirando un poco su brazo para que sus dedos rozaran la espalda de Isabela, provocándole un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral.

Ella lo miró, con sus labios temblando de emoción contenida y una chispa desafiante en sus ojos. “Encantador, sí... pero me pregunto si eres igual de encantador con todas las damas de honor, o si debo sentirme afortunada,” replicó con un toque de ironía que encendió la sonrisa en los labios de Lucas.

“Bueno, digamos que no todas las damas de honor se ofrecen tan voluntarias para darle un toque especial a mi atuendo,” respondió Lucas, con una mirada que lo decía todo y nada a la vez. Sus ojos brillaban con un fuego lento, profundo, y aunque sus palabras eran ligeras, su tono sugería algo mucho más pesado, algo que se movía en las profundidades de su deseo.

Isabela, que había empezado la conversación sintiéndose un poco vulnerable, ahora se sentía en control, como si cada palabra, cada sonrisa, cada mirada que compartían fuera un paso más en un baile peligroso del que ninguno quería salir. La tensión entre ellos era como una cuerda tirante, a punto de romperse con la más mínima provocación.

Pero justo cuando parecía que la conversación se desbordaría hacia territorios aún más íntimos, un mesero interrumpió con una sonrisa cortés, anunciando que estaban a punto de servir la comida. La realidad regresó como un balde de agua fría, enfriando el aire cargado de electricidad entre ellos.

Lucas levantó una ceja, manteniendo su expresión divertida, y antes de que el momento se esfumara por completo, se inclinó hacia Isabela, susurrándole al oído: “Esto aún no ha terminado. Guarda tu apetito, porque lo mejor del menú aún está por venir.”

Isabela sintió cómo una descarga le recorría el cuerpo desde la nuca hasta los dedos de los pies, pero mantuvo su sonrisa, inclinando la cabeza en una aceptación silenciosa. Mientras se arreglaba el vestido y se preparaba para la cena, sabía que Lucas no hablaba precisamente de la comida.

Lucas no perdía oportunidad para seguir tocando a Isabela, dejando que sus dedos dibujaran líneas invisibles en su espalda y sus brazos, como si su piel fuera un mapa que él quería recorrer por completo. Sus caricias eran sutiles y descaradas al mismo tiempo, lo justo para que parecieran un gesto casual ante los ojos de los demás, pero lo suficiente para hacerla temblar por dentro. Isabela bebía un poco más de vino, intentando contener el rubor en sus mejillas, pero cada toque de Lucas era como un nuevo golpe de calor que se extendía por todo su cuerpo.

De repente, la novia apareció, radiante en su vestido blanco, y al verlos juntos, sus ojos brillaron con una mezcla de diversión y sospecha. Se acercó a ellos con una sonrisa juguetona, como si supiera exactamente lo que estaba pasando. “Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí?” dijo la novia, cruzando los brazos mientras miraba a ambos con una ceja levantada.

Isabela, tratando de mantener la compostura, se levantó rápidamente y le dio un abrazo a la novia, diciendo: “¡Estás tan hermosa! No puedo creer que ya seas una mujer casada.” Pero su voz temblaba apenas un poco, una vibración que sólo Lucas, quien la observaba con una sonrisa torcida, parecía notar.

Lucas, por su parte, se inclinó hacia la novia y, con su tono sarcástico y siempre un poco juguetón, dijo: “Felicidades, prima. Siempre supe que encontrarías a alguien que soportara tus manías.” La novia se rió y le dio un golpe ligero en el brazo, pero había algo en su mirada que decía que no estaba tan concentrada en sus palabras como en la forma en que él y Isabela se comportaban juntos.

“Oh, Lucas, tú siempre tan encantador,” respondió la novia con un tono divertido. Luego, con una mirada cómplice hacia Isabela, agregó: “Espero que no estés causando demasiados problemas por aquí. Ya sabes que siempre te metes en líos.”

Isabela sonrió, sintiendo que el aire estaba cargado con una especie de electricidad secreta que solo ellos tres podían percibir. “No te preocupes,” dijo Isabela, dándole un vistazo a Lucas que casi parecía un reto. “Si se mete en líos, yo estaré aquí para asegurarme de que no escape de ellos.”

La novia sacudió la cabeza, divertida, y luego alguien la llamó desde otra mesa. “Bueno, disfruten de la fiesta, pero no se diviertan demasiado sin mí,” dijo, lanzándoles una última mirada llena de picardía antes de alejarse.

En ese momento, un grupo de mariachis comenzó a tocar una canción que llenó el jardín con su melodía vibrante y apasionada. “Si nos dejan,” interpretada con tal fuerza y dulzura que cada nota parecía flotar en el aire como un susurro de amor eterno. Todos los invitados se reunieron alrededor de la pista para celebrar la ocasión, y la atención se centró completamente en los novios, que se abrazaban bajo el cielo estrellado.

Lucas se acercó a Isabela, inclinándose un poco hacia ella, y con un brillo travieso en sus ojos, susurró: “¿Qué dices si nos dejan... escapar?” Su tono era bajo y cargado de intención, y aunque su rostro mostraba una sonrisa traviesa, su mirada era pura intensidad.

Sin decir nada, Isabela tomó su mano y lo guió rápidamente, aprovechando el bullicio y la distracción general. Se movieron con sigilo hacia un rincón más apartado del jardín, cerca de una fuente que susurraba con el flujo constante del agua bajo la luz tenue de las lámparas. El lugar estaba casi a oscuras, solo iluminado por la suave luz de la luna que hacía que la escena pareciera sacada de una película romántica.

Una vez ahí, se detuvieron frente a la fuente, las gotas de agua brillando como pequeñas estrellas. Sin necesidad de palabras, Lucas atrajo a Isabela hacia él, sus labios encontrándose en un beso que era lento al principio, pero que se fue volviendo más urgente con cada segundo que pasaba. La noche había caído completamente, envolviendo sus siluetas en una sombra cargada de deseo.

Isabela sintió cómo Lucas la sostenía firmemente, su cuerpo duro presionando contra el suyo, su boca explorándola con hambre contenida. Mientras lo besaba, su corazón latía como una batería de rock desenfrenada, cada latido más fuerte que el anterior, sus manos temblando de deseo mientras se deslizaban por su cuello y su nuca, aferrándose a él como si fuera su única ancla en ese momento de locura.

Lucas, en cambio, se movía con la precisión y la intensidad de una sinfonía de música clásica. Cada toque, cada beso era una nota perfecta tocada con devoción, como si disfrutara no solo del cuerpo de Isabela sino también del poder de cada caricia que hacía temblar su alma. Su mano se deslizó suavemente por la espalda de Isabela, y ella sintió cómo una oleada de escalofríos la recorría, desde la punta de sus dedos hasta el último rincón de su ser.

Los mariachis continuaban tocando “Si nos dejan” en la distancia, pero para ellos, la música se volvía algo lejano, como un eco que enmarcaba el deseo palpable que se iba apoderando de ambos. Lucas comenzó a besar la parte interna del muslo de Isabela, sus labios rozando su piel con una ternura que la hacía estremecerse, mientras ella cerraba los ojos y se dejaba llevar por el vaivén de la noche, completamente entregada al momento.

Los movimientos de Lucas eran precisos, suaves pero cargados de intención. Isabela sentía cómo sus caricias la envolvían, cómo cada roce en su piel era un pequeño incendio que la consumía desde adentro. Sus cuerpos se movían al ritmo de la melodía lejana, como si la música misma los dirigiera, convirtiendo su encuentro en una danza secreta bajo las estrellas.

La excitación crecía con cada beso, con cada suspiro compartido, y aunque estaban a la vista de todos, sabían que en ese rincón oscuro eran invisibles, perdidos en su propio mundo donde solo existían ellos dos. Los sonidos del mariachi se fundían con sus susurros, con sus respiraciones entrecortadas, y por un instante, el tiempo pareció detenerse, como si la noche misma los envolviera en su manto y los protegiera de todo lo demás.

Isabela se aferró a Lucas, sus labios se encontraron una y otra vez, profundizando el beso, haciendo que el deseo los llevara a un lugar donde no existían reglas ni límites. Él la sostuvo con firmeza, dejando que su presencia la invadiera por completo, y ella sintió cómo su cuerpo respondía, cómo su corazón latía más rápido al ritmo de una canción que solo ellos podían escuchar.

Mientras la canción llegaba a su fin, Lucas susurró en su oído: “Creo que estamos componiendo nuestra propia sinfonía, y aún no hemos llegado al crescendo.” Su voz era suave pero cargada de promesas, y aunque las palabras eran simples, el deseo en su tono lo decía todo.

Isabela lo miró con esos ojos llenos de lujuria y algo más, una conexión que iba más allá del simple deseo físico. Sabía que lo que estaba sucediendo entre ellos no era solo un juego, sino una atracción inevitable, un magnetismo que los había arrastrado a ese rincón oculto bajo la luna y que no los dejaría escapar tan fácilmente.

El aire alrededor de la fuente era fresco, pero entre ellos, el calor parecía envolvérlos, haciéndolos olvidar el mundo exterior. Lucas no dejaba de besar a Isabela, cada vez con más fervor, como si quisiera memorizar el sabor de sus labios. Sus manos recorrían su cuerpo con una mezcla de devoción y hambre, acariciándola con una intensidad que hacía que la piel de ella se encendiera aún más.

Isabela se movía con una naturalidad que la hacía ver aún más hermosa, sus caderas ondulando al ritmo de una canción de rock que solo ella podía escuchar en su mente. Sus movimientos eran cada vez más frenéticos y desinhibidos, dejando que la música imaginaria dirigiera cada uno de sus gestos, cada una de sus caricias.

Lucas la tomó por la cintura y, con una destreza controlada, la hizo girar sobre sí misma, colocándola en una posición que le permitió tener un dominio aún mayor de la situación. Isabela se dejó guiar, su respiración cada vez más agitada, sintiendo cómo sus pensamientos se nublaban mientras la conexión entre ellos se volvía más física y emocional. Ella dejó escapar un pequeño gemido de sorpresa y placer cuando Lucas, sin dejar de besarla, movió sus manos sobre su cuerpo como si tocara un instrumento con el que estaba familiarizado, buscando la melodía perfecta.

Isabela sintió el primer estremecimiento recorrer su cuerpo como una descarga eléctrica, un temblor que la sacudió desde adentro y la hizo cerrar los ojos con fuerza, mordiéndose el labio para no dejar escapar un grito de puro éxtasis. Pero mientras el placer la invadía, Lucas no se detuvo, redobló sus esfuerzos, como si su objetivo fuera llevarla aún más lejos, más allá del límite que ella creía posible.

El segundo orgasmo la golpeó con la fuerza de una ola, mucho más intenso que el primero. Se sintió como si el tiempo se detuviera y su mundo entero se contrajera en un único instante, en un único lugar donde solo existían ellos dos. Su cuerpo se estremeció de manera incontrolable y su mente se nubló por completo, como si cada fibra de su ser se desintegrara y se volviera a formar en una danza de sensaciones que la dejaron sin aliento. Apenas pudo abrir los ojos para ver el reflejo de ambos en el agua de la fuente y en los espejos de la realidad, como si estuvieran protagonizando una escena de cine, una obra secreta y prohibida.

Lucas, con cada movimiento, se veía más perdido en ella, su control natural deslizándose hacia el borde. Sus ojos se mantenían fijos en ella, devorándola con la mirada, mientras su propio cuerpo se tensaba, acercándose lentamente a ese punto sin retorno. Pero justo cuando parecía que él también se iba a dejar llevar por completo, cuando su respiración se volvió más corta y profunda, y su control empezaba a ceder, una voz se escuchó a la distancia, acercándose poco a poco.

Era un sonido bajo, una especie de tos discreta seguida por un llamado de atención que hizo que los dos se congelaran. Lucas se quedó inmóvil por un segundo, con los ojos fijos en Isabela, la frustración y el deseo aún latentes en su mirada. Sin embargo, sin otra opción, ambos se separaron rápidamente, sus respiraciones pesadas aún resonando en el aire.

La voz resultó ser la de un mesero que se acercaba para reabastecer las mesas cercanas a la fuente. Sin ser consciente del calor y la tensión que flotaban en el aire, él simplemente se dedicó a lo suyo, mientras Lucas e Isabela se arreglaban como podían, aún con el pulso acelerado y una sonrisa cómplice que apenas podían disimular. La chispa del momento quedaba suspendida, inacabada, como una promesa rota que aún vibraba entre ellos.

Isabela se mordió el labio para contener la risa nerviosa, sintiendo el deseo aún ardiendo en su interior, mientras Lucas se abotonaba la camisa de nuevo con una calma fingida. Él la miró con esos ojos llenos de picardía, levantando una ceja como si lo que acababa de pasar hubiera sido solo un anticipo de algo mucho más grande.

“Supongo que lo bueno se hace esperar,” susurró él, y su tono era una mezcla perfecta de sarcasmo y lujuria contenida. Ella sonrió, bajando la mirada, sabiendo que, aunque el momento había sido interrumpido, no estaba ni cerca de haber terminado.

La noche continuaba cayendo alrededor de ellos, el sonido del mariachi aún resonando a lo lejos como un eco de la pasión que acababan de compartir. Aún había tanto por explorar, tanto por descubrir, y ambos lo sabían muy bien. Aunque habían sido interrumpidos, el fuego que se encendía entre ellos estaba lejos de apagarse.

Isabela y Lucas regresaron a la fiesta tomados de la mano, la conexión entre ellos ya no se podía disimular. A medida que avanzaban hacia el área principal del jardín, las luces suaves y el bullicio de la celebración parecían envolverlos en una burbuja de complicidad. Ella llevaba una sonrisa traviesa en los labios, y su mirada brillaba aún con la chispa del encuentro reciente, mientras él apretaba su mano con una mezcla de posesión y ternura.

Justo cuando estaban a punto de unirse a la multitud, Marco, el novio, apareció frente a ellos con una sonrisa pícara en el rostro. Marco, con su traje impecable pero el cabello ligeramente desordenado por el movimiento de la fiesta, los miró con una expresión que era un cruce entre sorpresa y aprobación. Era evidente que había bebido un poco más de lo necesario, y eso solo acentuaba su carácter juguetón y sin filtros.

"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?" dijo Marco, alzando las cejas de una forma sugerente mientras miraba sus manos entrelazadas. “Isabela, amiga mía, veo que has encontrado buena compañía esta noche.” Su tono estaba cargado de una diversión maliciosa que hizo que Isabela intentara contener una risa nerviosa. Lucas, por su parte, respondió con una sonrisa tranquila y algo cómplice.

Marco se acercó un paso más, su mirada pasando de Isabela a Lucas, y viceversa. "Lucas, ¿sabes? Siempre pensé que eras un tipo reservado... pero, ¡vaya sorpresa que me llevo hoy!" Luego volvió su atención a Isabela, la rodeó con un brazo y la miró con una mezcla de ternura y un brillo juguetón en sus ojos, antes de añadir, "¡Sabía que eras traviesa, pero no tanto!"

Isabela se sonrojó ligeramente pero no dejó de sonreír. Sabía que Marco no estaba realmente molesto; más bien, parecía disfrutar del caos que ella podía traer a su vida. Marco se inclinó y le dio un apretón amigable en el hombro a Lucas antes de tomar la mano de Isabela. "Préstamela un segundo, primo. Necesito hablar a solas con esta mujer increíble."

Lucas asintió, mirándolos con una sonrisa, pero sus ojos se quedaron fijos en Isabela, dándole un guiño sutil antes de soltarse. Marco guió a Isabela hacia una mesa apartada, lejos del bullicio de la pista de baile, y se sentó frente a ella, con una expresión que mezclaba curiosidad y una diversión descarada.

"Vamos, amiga mía, no me dejes en la oscuridad," dijo Marco, apoyando los codos en la mesa y acercándose a ella con una mirada intensa. "¿Se lo diste? Dime la verdad." Sus palabras eran un susurro, pero la insinuación era clara y directa. El tono que utilizó hizo que Isabela levantara una ceja y contuviera una risa, sus labios torciéndose en una sonrisa juguetona.

"Marco, sabes que no soy de las que dan respuestas tan fácilmente," dijo ella, su voz suave pero cargada de un desafío coquetón. No quería confirmarlo, pero tampoco podía negarlo con una sonrisa tan evidente en su rostro. Marco la miró fijamente por un segundo, luego se echó a reír y se pasó una mano por el cabello, suspirando exageradamente.

"Por eso te amo, Isa," confesó él, con una risa sarcástica pero llena de cariño. "Haces lo que te da la gana y siempre me dejas así, con mil preguntas en la cabeza. Pero si me dejas sin familia, juro que esta amistad se complica." Dijo esto con una sonrisa amplia, una mezcla de broma y un toque de realidad, que hizo que Isabela se riera de verdad, soltando una carcajada.

Isabela le dio un ligero golpe en el brazo, divertida, y se inclinó hacia él. "Marco, creo que ya sabes la respuesta. Pero no me hagas decirlo, ¿vale?" Ambos se quedaron mirándose con una complicidad inquebrantable, sabiendo que, pase lo que pase, la amistad que compartían siempre sería más fuerte que cualquier lío en el que ella pudiera meterse.

Mientras tanto, Lucas había vuelto a la fiesta, donde se unió a un grupo de primos y familiares que lo recibieron con risas y bromas sobre ser el soltero más codiciado de la noche. Se movía con una confianza tranquila, su sonrisa no desaparecía, y a pesar de que no podía evitar buscar a Isabela con la mirada, sabía que este momento era también para disfrutarlo con su gente. Se encontró charlando con una tía que no veía desde hacía años y aceptó una copa de vino de un primo que se lo entregó con una mirada cómplice.

El ambiente de la fiesta se había vuelto más relajado y eufórico a medida que la noche avanzaba, y el sonido de las risas y las voces llenaba el aire. Lucas se sintió en su elemento, disfrutando del reencuentro con viejas historias familiares y dejándose llevar por la atmósfera festiva. Sin embargo, en el fondo de su mente, una parte de él seguía conectada con Isabela, con la anticipación de lo que esa noche aún podía depararles.

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