Lujuria Nupcial Cap. 1 Contacto visual
Entre los aplausos y el arroz de la boda, sus miradas se cruzaron y supieron que era imposible ignorar la chispa. Mientras el mundo celebraba el amor de otros, ellos decidieron celebrar el suyo propio, escondidos tras una puerta cerrada.
La tarde se había vestido con un cielo despejado, como si el universo mismo quisiera ser testigo de la unión que estaba a punto de consagrarse. La iglesia se elevaba majestuosa, sus muros blancos reflejando la luz cálida que entraba por las vidrieras. Las voces del coro flotaban suaves, llenando el aire con su armonía mientras la ceremonia se desenvolvía con una seriedad solemne.
Lucas, en la penumbra de los bancos traseros, se encontraba distraído. No porque la boda de su prima no tuviera importancia, sino porque su atención estaba fija en una figura que se destacaba entre la multitud. Una mujer en un vestido largo color durazno que parecía brillar con luz propia. El vestido se ajustaba a su cuerpo como una caricia, realzando sus curvas con una elegancia provocativa que él no podía dejar de admirar. Era la dama de honor, y Lucas, que rara vez se permitía ser sorprendido, no pudo evitar sentirse cautivado.
Observaba cada detalle con una intensidad casi devota. Sus ojos se deslizaron desde el escote corazón del vestido que realzaba su busto generoso hasta la abertura en su pierna que dejaba al descubierto una piel suave y tentadora. Un par de mechones de cabello se escapaban del peinado semi recogido, cayendo con descuido calculado sobre su cuello, como si hubieran sido puestos ahí solo para tentar la mirada de quien se atreviera a observarla tan de cerca. Su maquillaje, aunque un poco cargado, era impecable, un toque de negro que acentuaba la profundidad de sus ojos.
"¿Quién es ella?", pensó Lucas, una y otra vez, mientras sus labios esbozaban una sonrisa involuntaria. Había en ella algo más que belleza; era una energía que lo llamaba, una sensualidad innata que no se molestaba en disimular. Se preguntó si era real o si acaso se trataba de un sueño traído por el calor de la tarde y el vino que había probado más temprano. Pero no, ella estaba allí, tangible y magnética, y Lucas sintió el pulso acelerarse en su pecho, como si cada latido respondiera a una orden suya.
Por su parte, Isabela, la dama de honor, sintió el peso de una mirada. No cualquier mirada, sino una que la recorría como si intentara memorizar cada línea de su cuerpo, cada curva, cada detalle. Se resistió a voltear al principio, pero la curiosidad fue más fuerte que su prudencia. Giró lentamente, y sus ojos se encontraron con los de Lucas, ese hombre de traje impecable que destacaba entre los invitados como una figura de otro tiempo, una escultura griega con un leve aire de desenfado en su sonrisa. Algo en él la intrigaba.
"¿Quién será?", se preguntó ella, mientras lo miraba de reojo, sin dejar que nadie más lo notara. No era solo que fuera guapo, había algo en su presencia que lo hacía diferente, como si el aire a su alrededor se moviera a otro ritmo. Una chispa de curiosidad encendió en su pecho. Sonrió levemente, una sonrisa para ella misma, mientras jugaba con uno de los mechones sueltos de su cabello. Sintió un pequeño estremecimiento, una sensación que no había esperado encontrar en medio de una ceremonia religiosa.
Ambos se miraron, como dos desconocidos en un juego sin reglas. Lucas, el seductor natural que no estaba acostumbrado a encontrar resistencia, y Isabela, la mujer que parecía haber nacido para ser observada. Y mientras las palabras del sacerdote se perdían en el eco de la iglesia, sus pensamientos se entrelazaban, danzando alrededor de una atracción palpable, una promesa no dicha que flotaba entre ellos, invisible para todos, excepto para los dos.
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Los novios avanzaban lentamente hacia la salida de la iglesia, con las manos entrelazadas y sonrisas que parecían iluminar el día. Las campanas repicaban alegres, anunciando la dicha de esa nueva unión. Afuera, la multitud se había reunido con pequeños conos de papel llenos de arroz, listos para lanzar en el momento justo. Lucas, desde su lugar, observaba el tumulto con una media sonrisa, pero su atención seguía dividida, siempre volviendo a esa mujer que tanto le intrigaba.
El arroz voló por el aire como una lluvia blanca y luminosa, cayendo en una cascada suave sobre los novios mientras estos se reían y se cubrían de la lluvia simbólica de buenos deseos. Lucas, siempre un hombre que sabía esperar su momento, dejó que otros amigos y familiares se acercaran primero. Él se mantuvo unos pasos atrás, observando a Karla, su prima, sonriendo radiante en su vestido blanco, llena de felicidad. Cuando la multitud empezó a dispersarse un poco, él avanzó con calma, atravesando el bullicio con una naturalidad estudiada.
La abrazó con fuerza, una sonrisa genuina asomando en sus labios. "Felicidades, prima," dijo en voz baja, casi al oído. Su tono era cálido pero teñido de una ligera malicia. "Y dime, ¿quién es tu dama de honor? Me la tienes bien escondida." Su pregunta salió en un susurro que nadie más pudo oír.
Karla, que lo conocía demasiado bien, se rió con una chispa divertida en los ojos. "Oh, Lucas, ella se llama Isabela," respondió con un tono burlón. "Y te aviso, es igual que tú, pero en versión mujer. Así que cuidado, porque tal vez termines mordiendo más de lo que puedes masticar." Lucas soltó una carcajada baja, y por un instante, sus ojos se encontraron con los de Karla, entendiendo perfectamente lo que quería decir.
Mientras tanto, Isabela, que había salido de la iglesia después de los novios, caminaba con elegancia, dejando que el sol acariciara su piel a través del delicado tejido de su vestido durazno. Alzó la vista en busca de Lucas entre la multitud. Sus ojos escudriñaban cada rostro, pero no encontraba esa figura masculina que tanto la había intrigado minutos antes. Al no verlo, suspiró levemente y volvió a concentrarse en su amigo, el novio, quien la tomó de la mano y la hizo girar como si estuvieran ensayando un paso de baile.
"¿Y el primo de tu esposa? Ese que estaba allá atrás, ¿cómo se llama?" preguntó Isabela con una sonrisa juguetona, haciendo parecer que la pregunta era solo una broma casual.
El novio la miró con una ceja levantada, adivinando el interés detrás de su tono. "Ah, ¿Lucas? Sí, sí, es un buen tipo, aunque hay que tener cuidado, tiene fama de romper corazones por donde pasa," contestó con una risa, mientras Isabela volvía a buscarlo con la mirada.
El escenario cambió cuando todos los invitados comenzaron a desplazarse hacia el jardín donde se celebraría la fiesta. El jardín era como sacado de un sueño, amplio y hermoso, rodeado de altos árboles que ofrecían una sombra refrescante. Un camino de piedras lisas guiaba a los invitados hacia el área principal, donde el césped bien cuidado brillaba bajo la luz del sol. Había grandes carretas decorativas, llenas de flores de colores vibrantes, que daban un aire rústico y elegante al mismo tiempo.
En un rincón del jardín, una estructura semi techada con una cubierta de madera oscura servía como pista de baile. Encima, luces en forma de guirnaldas colgaban, listas para iluminar la noche con su resplandor suave. Mesas redondas, adornadas con manteles blancos y centros de mesa de flores silvestres, estaban dispuestas de manera que cada una tuviera una vista perfecta del área de baile. Había un bar al aire libre, hecho de barriles de madera y adornado con luces cálidas, donde los camareros ya comenzaban a preparar las primeras bebidas.
Un rincón más íntimo del jardín había sido transformado en un pequeño lounge, con sofás de mimbre y cojines de colores pastel, un lugar perfecto para conversaciones privadas o tal vez algo más. Cerca del lounge, una fuente de agua en forma de cascada añadía un murmullo constante y relajante al ambiente, como una música de fondo natural que envolvía todo el lugar.
El aire olía a flores frescas y a la promesa de una noche que aún no había comenzado, pero que ya se sentía cargada de expectativas. Lucas e Isabela estaban en el mismo lugar, pero aún separados, cada uno con una chispa de curiosidad y deseo encendida en sus ojos, esperando el momento en que sus caminos volvieran a cruzarse, esta vez en la intimidad de una conversación más cercana.
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Isabela llegó al bar primero, moviéndose con esa elegancia que la hacía parecer que flotaba sobre el césped. Se apoyó con naturalidad en la barra, mirando la selección de licores y cocteles con una ligera sonrisa, como si estuviera eligiendo un juego al que sabía que iba a ganar. Sus ojos, profundos y llenos de un brillo juguetón, escudriñaron al barman mientras pedía un coctel ligero, una mezcla de ginebra, jugo de limón y un toque de licor de flor de saúco.
Mientras el barman comenzaba a preparar su bebida, el inconfundible aroma de un perfume amaderado la envolvió antes de que él hablara. Lucas se acercó al bar con una sonrisa pícara, esa que siempre dejaba a medio camino entre el desafío y la invitación. "Dicen que la mejor forma de celebrar una boda es con una bebida que haga olvidar el amor imposible," dijo, en un tono bajo y cálido, como si la frase fuera un secreto solo para sus oídos. Sus ojos brillaban con una luz traviesa, reflejando la chispa de quien disfruta cada segundo de la cacería.
Isabela giró lentamente su cabeza hacia él, dejando que su mirada se posara primero en su corbata azul rey, luego subiendo hacia sus labios y finalmente encontrándose con sus ojos. "¿Amor imposible?" respondió ella, arqueando una ceja con un gesto calculadamente irónico, pero dejando que una sonrisa ligera se formara en sus labios. "No sabía que los seductores como tú creían en esas cosas."
Lucas dejó escapar una pequeña risa, una que vibraba suavemente, como el murmullo de un río fluyendo. "Oh, claro que creo en el amor. Especialmente en estas bodas. No hay nada más mágico que ver dos almas unirse... aunque lo que realmente me fascina es el magnetismo entre dos personas que apenas se conocen," añadió, sin quitarle los ojos de encima, dejándolos deslizarse por su figura y volviendo a mirarla con una intensidad que parecía querer desentrañar cada uno de sus secretos.
Isabela sintió el cosquilleo de su mirada y respondió con una sonrisa más amplia, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y complicidad. "Magnetismo, ¿eh?" replicó, dándole un sorbo a su coctel, dejando que el vaso tocara sus labios suavemente. "No sé si creo en almas gemelas, pero estoy convencida de que algunas atracciones son inevitables. Como el norte y el sur de un imán... o como tú y yo en este momento."
Lucas inclinó un poco la cabeza, admirando no solo sus palabras sino la forma en que su voz clara y envolvente le llegaba como un susurro íntimo. "Entonces, si seguimos con esta lógica, parece que este magnetismo entre nosotros no tiene otra opción que atraernos más y más fuerte," dijo, mientras su sonrisa se volvía algo más suave, menos provocadora, pero más profunda, como si quisiera dejar claro que estaba dispuesto a seguir hasta donde ella permitiera.
Isabela se mordió suavemente el labio, sus ojos nunca dejando los de él. "Cuidado, Lucas. Jugar con el magnetismo puede ser peligroso... uno nunca sabe qué tan fuerte puede llegar a ser," dijo, riendo con una voz suave y traviesa, mientras alzaba su copa en un pequeño brindis.
Lucas levantó su vaso, una bebida fuerte de whisky con un solo hielo que dejaba traslucir su esencia robusta y directa. "A los peligros irresistibles, entonces," dijo, chocando suavemente su vaso con el de ella, sus dedos rozando los de Isabela un breve instante, suficiente para que ambos sintieran un ligero escalofrío correrles por la piel. El contacto fue casi eléctrico, un sutil recordatorio de esa atracción que parecía crecer con cada palabra, con cada mirada.
Los ojos de Isabela se encendieron un poco más, como si ese contacto leve hubiera sido el primer paso hacia un terreno más peligroso y, al mismo tiempo, más emocionante. "Dime, Lucas," continuó ella, con la voz ligeramente más baja, más íntima, "¿crees que el amor tiene alguna posibilidad cuando la atracción es tan fuerte que no deja espacio para nada más? Porque a veces... a veces pienso que es la atracción lo que mantiene viva la magia."
Lucas la miró profundamente, su expresión se volvió un poco más seria, pero sus ojos mantenían ese brillo juguetón, como si disfrutara del desafío. "La magia del amor, o de cualquier conexión, está en esos momentos que no se pueden planear, como este. Cuando dos personas se miran y saben, sin decir nada, que el verdadero peligro no es enamorarse... sino resistirse," dijo, su voz bajando apenas un susurro, cada palabra envolviendo a Isabela como una promesa.
Ambos se quedaron en silencio por un instante, un momento suspendido entre las palabras, en el que el mundo alrededor parecía desvanecerse. Ninguno apartaba la vista, cada uno reflejando en el otro la certeza de que estaban jugando un juego peligroso, pero adictivo. Había algo más que atracción entre ellos, algo que ni el más fuerte imán podría explicar, un desafío mutuo que recién comenzaba a desplegarse y que ambos estaban ansiosos por explorar.
Lucas ladeó un poco la cabeza, manteniendo una expresión divertida en sus ojos mientras dejaba que una sonrisa traviesa curvara sus labios. "Sabes, me tienes en un dilema... Ni siquiera sé quién eres, y ya siento esta atracción casi peligrosa hacia ti. Me preocupas," dijo, dejándolo caer como una confesión con una nota de broma. Sus ojos no se apartaban de los de Isabela, pero viajaban de vez en cuando a sus labios y su cuello, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel.
Isabela dejó escapar una risa suave, llena de ironía y un toque de seducción. Sus ojos se encendieron aún más, brillando con esa chispa de quien sabe que está ganando en su propio juego. "Oh, ¿temes por tu seguridad, Lucas? Me halagas. Pero te aseguro que el peligro que represento solo afecta a aquellos que no saben manejar bien una atracción intensa," respondió, inclinando levemente su cuerpo hacia él, como un desafío hecho movimiento.
Lucas sonrió más ampliamente, disfrutando del vaivén verbal con una expresión de malicioso deleite. "Entonces, ¿por qué no me das una pista? Tal vez pueda adivinar tu nombre... Algo me dice que tienes un nombre tan provocador como tú." Fue en ese momento que sus ojos se detuvieron en un pequeño tatuaje en forma de beso en la clavícula de Isabela, apenas visible bajo el escote de su vestido durazno. El detalle lo sorprendió, y no pudo evitar acercarse un poco más, inclinándose con un gesto casi reverente hacia esa marca de su piel.
Isabela lo notó y dejó que sus labios se curvaran en una sonrisa enigmática. "Oh, ¿ahora sí quieres una pista?" dijo, dejando que el doble sentido se escurriera en sus palabras como un veneno dulce. "Digamos que mi nombre es igual de adictivo que este tatuaje," añadió, tocándose suavemente el lugar de la marca, mientras dejaba que sus dedos rozaran su piel con una intención que solo él podía percibir.
"Déjame adivinar... Isabela," dijo Lucas, en un tono que era más una afirmación que una pregunta, disfrutando del pequeño momento de triunfo en sus ojos. Él extendió su mano para estrechar la de ella, pero al hacerlo, dejó que sus dedos tocaran la suavidad de su piel de una manera casi imperceptible, lo suficiente para enviar una descarga sutil de electricidad entre los dos.
"Isabela Cruz," confirmó ella, apretando suavemente su mano mientras sentía cómo la cercanía de Lucas empezaba a invadir su espacio con una calidez intensa. "Y tú debes ser Lucas Moreno, el primo encantador que mi amigo el novio me advirtió que podría ser tan peligroso como irresistible," dijo, devolviéndole el desafío con una sonrisa que era todo menos inocente.
Lucas, sin soltar su mano, dejó que sus dedos se deslizaran suavemente por el brazo de Isabela, como si midiera cada pulgada de su piel con el toque de su palma. Al contacto, una ola de estremecimiento recorrió el cuerpo de Isabela; sintió cómo su piel se erizaba desde la base de su cuello hasta sus cabellos, y un escalofrío cálido se propagó hasta sus pezones, tensándolos ligeramente bajo el vestido. Su sonrisa se hizo más amplia, casi fascinada por la forma en que su cuerpo respondía al roce de Lucas.
"¿Te sientes bien, Isabela?" preguntó Lucas, su tono era suave, íntimo, pero lleno de una malicia suave, mientras acercaba su rostro un poco más, lo justo para que sus respiraciones se mezclaran en el aire entre ellos. "Porque yo siento que este lugar se está volviendo peligrosamente magnético."
Isabela, aún sin apartar su mirada de la suya, dejó que su voz saliera en un susurro provocador. "Oh, Lucas, parece que no sabes en lo que te estás metiendo," dijo, y aunque sus palabras estaban cargadas de una advertencia juguetona, su sonrisa no dejaba lugar a dudas de que estaba disfrutando de cada momento. "Pero déjame decirte que no soy de las que retroceden cuando el peligro se vuelve excitante."
Antes de que pudieran continuar con su tensa pero deliciosa conversación, un mesero apareció, interrumpiendo el momento con una voz educada, "Disculpen, señorita, señor, vamos a servir la comida en el salón principal." El mundo alrededor pareció regresar de golpe, pero el contacto visual entre ellos no se rompió. Había algo más que palabras en ese cruce de miradas, algo que ya no necesitaba lenguaje para decirse.
Ambos intercambiaron una sonrisa cómplice. Como si compartieran un secreto que nadie más en ese bullicio podría entender. Sin decirse nada, con una sincronía perfecta, Lucas tomó la mano de Isabela, y con una pequeña inclinación de cabeza, sugirió que se alejaran del gentío. Isabela asintió, sin romper el contacto visual, siguiendo la ligera presión de su mano.
Juntos, sin palabras pero con una complicidad que quemaba como un fuego recién encendido, se escabulleron hacia una puerta lateral que daba a un pequeño corredor. Entraron a un espacio semioculto, una especie de oficina que usaban como camerino para los novios, lejos del bullicio de la fiesta. El lugar tenía una intimidad improvisada, con espejos altos, un sofá y una luz tenue que creaba sombras sugerentes en las paredes. El perfume de Isabela llenó el aire del espacio cerrado, envolviendo a Lucas mientras se acercaban aún más, cada movimiento más lento y cargado de una tensión que parecía a punto de estallar.
El camerino de la novia era un santuario de intimidad, un lugar apartado del bullicio de la fiesta, lleno de detalles personales de Karla. El vestido blanco que ella usaría más tarde colgaba de un gancho, su delicada tela brillando con la luz suave que iluminaba la habitación. Isabela y Lucas se encontraron allí, como si el destino hubiera decidido que ese fuera el escenario de su inevitable encuentro. Varios espejos grandes devolvían sus reflejos, multiplicando la intensidad de las miradas que intercambiaban, como si estuvieran atrapados en un bucle de deseo que no tenía fin.
Lucas se recargó contra la mesa desocupada en el centro del camerino, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y anhelo. Isabela lo observó, una sonrisa juguetona curvando sus labios mientras se acercaba lentamente a él. Jugó con su corbata, enredando sus dedos en la seda como si fuera un lazo que los uniera de manera irrompible. Sus palabras eran ligeras, bromas con un filo seductor, pero la energía entre ellos era densa, como el aire antes de una tormenta.
Entonces, sin mediar palabra, sin darle tiempo a Lucas para prever lo que iba a suceder, Isabela se inclinó hacia él y lo besó. Fue un beso que comenzó despacio, pero con una intensidad que iba en aumento, como si ambos estuvieran bebiendo el uno del otro después de una sed de años. Isabela tiró de la corbata de Lucas con una urgencia que solo incrementaba el latido frenético de su corazón, una batería de rock que marcaba el ritmo acelerado de su deseo. Su mente era un caos desbordante, cada latido vibraba en sus venas como un riff eléctrico que la incitaba a más, a ir más rápido, a sentir más.
Lucas, en cambio, cerró los ojos y se dejó llevar por la dulzura del momento. En su mente, una sinfonía clásica se desplegaba con cada beso, cada roce de los labios de Isabela. Cada movimiento de ella era una nota cuidadosamente orquestada, y él disfrutaba de cada acorde, saboreando no solo el contacto físico, sino también la entrega emocional que sentía de parte de ella. Lucas quería grabar cada instante en su memoria, no solo su sabor, sino la forma en que ella se dejaba llevar, la forma en que sus dedos temblaban cuando desabotonaba su camisa.
Isabela, sin despegar sus labios de los de él, deslizó sus manos sobre el torso desnudo de Lucas, sintiendo el calor de su piel contra la suya, su musculatura firme que se contraía bajo su toque. Cada centímetro era una nueva exploración, como si estuviera descubriendo un mapa oculto solo para ella. Sintió su erección presionando contra ella, grande, fuerte, y un gemido suave se escapó de sus labios, un reflejo puro de su deseo creciente. En su mente, la batería resonaba más fuerte, más rápido, impulsándola a ir más allá, a perderse en ese momento.
Entonces, Lucas tomó el control. Con un movimiento suave pero firme, cambió de posición, levantando a Isabela y colocándola sobre la mesa. Se quitó el saco, dejándolo caer con descuido al suelo, mientras sus manos se posaban en las piernas de ella, levantándolas con una reverencia cargada de deseo. Sus dedos rozaban la piel suave de sus muslos, jugando con la textura sedosa de su vestido, mientras sus ojos se encontraban de nuevo, ardiendo con una lujuria que casi podía tocarse.
Isabela lo miraba con esa mezcla de lujuria y rendición, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada toque, a cada caricia que él dibujaba en su piel. Su mente era un torbellino de acordes salvajes, mientras que Lucas la veía como si estuviera escuchando la nota más perfecta jamás tocada, una melodía que resonaba en el centro de su ser. Cada uno estaba en su propio universo, pero al mismo tiempo compartían un mismo deseo, una conexión que los arrastraba a perderse el uno en el otro.
Lucas se acercó a Isabela con una mirada cargada de intención, su cuerpo firme entre sus piernas abiertas, que dejaban al descubierto la pequeña tanga color plata que apenas cubría su sexo. La delicada prenda brillaba con una sutil luz, insinuando más de lo que ocultaba, y Lucas no pudo evitar sonreír con una mezcla de deseo y admiración.
Inclinándose hacia adelante, besó su rodilla primero, y luego dejó que sus labios vagaran lentamente hacia el interior de sus muslos. Cada roce de su boca en su piel suave enviaba una ola de cosquillas que recorría el cuerpo de Isabela, obligándola a cerrar los ojos mientras sus dedos se enredaban en la nuca de Lucas. Cada caricia, cada beso, era un recordatorio del hambre insaciable que sentían el uno por el otro.
Ella estaba embriagada de deseo, cada pequeño toque se sentía como un incendio en su piel, una chispa que crecía y se expandía, llenándola de una necesidad ardiente. El tiempo parecía detenerse, cada segundo se estiraba como si el universo mismo estuviera dándoles espacio para su encuentro. Sin palabras, sin nada que interrumpiera el flujo de su conexión, Lucas le quitó la tanga con una destreza lenta y calculada.
Lucas besó su ingle con cuidado, mientras ella apoyó su cabeza en la mesa. Había tensión por la calma con que el besaba y acariciaba con sus labios esa zona. Lucas olía el perfume embriagante de Isabela y sin dudar, lamió el pequeño y duro clitoris que ya se asomaba tiernamente.
Isabela se estremeció con cada caricia, con sus manos, apretó sus tetas encima del vestido. Lucas empezó a subir el ritmo de sus lamidas por todo su sexo, mientras de su boca salian gemidos y quejidos himnoticos. Los minutos se convirtieron en eternidades, y cuando finalmente Lucas lamía dentro de ella, la movió con una delicadeza infinita al principio, sintiendo cada reacción de su cuerpo mientras ella se arqueaba suavemente hacia él. Ambos se veían reflejados en los espejos de la habitación, como una película erótica que capturaba cada movimiento, cada mirada de intensidad compartida. No se necesitaban palabras, ni gemidos fuertes; la atmósfera misma estaba impregnada de su deseo. El reflejo de sus cuerpos se veía como una danza perfecta, un equilibrio de control y entrega, una coreografía que solo ellos podían interpretar.
Finalmente, Isabela sintió un escalofrío recorrer su columna, una explosión de energía que la hizo retorcerse, se quedó sin aliento, mirándo a Lucas con una sonrisa enorme. Lucas, todavía con el pecho subiendo y bajando por la lujuria, y después de lamer y limpiar cada gota de flujos de Isabela, lanzó un comentario sarcástico:
—Si todas las bodas fueran así, creo que me haría un habitual —dijo con una sonrisa torcida.
Isabela rió, esa risa que sonaba como campanitas suaves, mientras su teléfono comenzó a sonar con insistencia. Era una de sus amigas, probablemente buscándola para el brindis. Con un suspiro entre divertido y resignado, se levantó como pudo, sus piernas aún temblando por la intensidad del encuentro. Se vistió con rapidez, arreglando su vestido y su cabello, pero en su prisa olvidó por completo su tanga, dejándola tirada al pie de la mesa.
Rápidamente se limpió y se acomodó, lanzándole a Lucas una última mirada cargada de significado antes de encaminarse hacia la puerta. Él se quedó allí, mirándola partir con una sonrisa triunfal en su rostro, mientras recogía del suelo la pequeña prenda plateada que ella había olvidado.
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Gracias por leer hasta acá, les agradecería que me dieran criticas y retroalimentación.
Buen día.
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