Xtories

Alex, mi compañero de trabajo

Lucas no solo lo permite, lo exige. Cada vez que Alex me toca, sé que los ojos de mi novio están fijos en mi espalda, grabando cada gemido. Esta vez, la cafetería se queda atrás y el departamento se convierte en el escenario de una traición consentida.

Vicky24K vistas7.5· 8 votos

¡Hola de nuevo!

Me temo que ya me se hizo costumbre publicar un relato y desaparecer por un tiempo hasta nuevo aviso. A veces por cuestiones personales, pero no les voy a mentir: casi siempre es porque no hubo nada relevante qué contarles. No se me hace ni siquiera a mí entretenido relatarles por semana cada ritual de amor que nos concedemos con Lucas. De más está decir que lo hacemos una o dos veces por día, todas las noches sin excepción y por la mañana si hay tiempo. A veces juntos bajo la ducha, a veces cuando estoy cocinando y me sorprende por la espalda, hambriento de quitarse las ganas con mi cuerpo, urgido por descargar un poco de su ser en mí, hacerme suya contra una ventana, etc. El sexo con mi novio es de lo mejor que una mujer como yo podría pedir, sin la humillante necesidad de tener que pedírselo (porque no nos pedimos nada, estamos tan conectados que simplemente surge, sucumbimos al deseo y damos todo de nosotros para con el otro).

Pero bueno, en esta ocasión no estamos aquí para que les cuente lo bien que cogemos con mi novio (repito, no es algo que me parezca interesante, es algo rutinario y sagrado, pero no tiene picante que sí tienen las anécdotas de mis cinco relatos previos). Tampoco creo que sea la ocasión ideal para contarles cuántas veces más lo seguí haciendo con su amigo Iván (no fueron pocas ni tampoco decepcionantes… al contrario).

Así que bueno, sin más aclaraciones, empecemos.

Pero será desde el final.

El calor del sol acaricia mi piel desnuda mientras me despierto lentamente, los primeros rayos de luz colándose a través de las persianas. Mi cuerpo aún está relajado, un ligero dolor en los músculos que me recuerda la intensidad de la noche anterior. Siento la respiración cálida de él en mi cuello, su brazo aún envuelto alrededor de mi cintura, abrazándome desde atrás. Sigue dormido, completamente exhausto. Aún puedo sentir su peso, su piel contra la mía, una sensación que provoca una sonrisa perezosa en mis labios.

El cuarto está lleno de esa mezcla de calor, piel y sexo que aún flota en el aire. Me estiro un poco, intentando no despertarlo, y es en ese momento cuando escucho el ruido en la cocina. Un golpeteo suave, cucharas que se chocan y el burbujeo de la cafetera. Mi corazón late un poco más rápido. Sé quién está ahí.

Con cuidado, aparto las sábanas, deslizándome con lentitud para no interrumpir su sueño. Me levanté, me puse una remera cómoda de Lucas para cubrirme el torso y las caderas, pero dándome la libertad de mantener desnudo el resto de mi cuerpo. Eché un vistazo rápido hacia la cama antes de salir de la habitación. Ahí seguía, tan tranquilo, tan ajeno al mundo por ahora.

Entré a la cocina, donde lo vi de espaldas. Mi novio, siempre tan atento. Sus movimientos son meticulosos mientras termina de preparar el café, y yo me quedé ahí, apoyada contra el marco de la puerta, observándolo por un momento.

—Buenos días —dije, rompiendo el silencio.

Él giró la cabeza, mirándome con una mezcla de amor y aceptación que me desarma.

—¿Café? —me pregunta con voz suave.

—Por favor —respondo, acercándome lentamente. Me senté en una de las sillas, viendo cómo servía las tazas. Hay algo en la forma en que se movía, en cómo siempre está ahí para mí, que me calienta de una manera diferente. Él lo sabe, por supuesto. Y lo acepta.

Me pasa la taza, sus dedos rozando los míos en el proceso, y sus ojos se mantienen en los míos por un segundo más largo de lo normal. Es ese tipo de mirada que no necesita palabras.

—¿Tu compa sigue durmiendo? —me preguntó con esa calma que siempre tiene. Es el único que puede preguntar algo tan simple y a la vez tan cargado.

Sonreí, bebiendo un sorbo del café.

—Como un angelito.

Me recosté en la silla, recordando cada detalle mientras lo observo moverse por la cocina. No es solo el sexo lo que me excita cuando pienso en lo que pasó esa noche, y todas las otras veces que lo hice con otros hombres desde la primera vez que lo pusimos en práctica con Iván, en ese mismo cuarto donde ahora el nuevo “socio” de mi novio dormía. Es la sensación de poder, la libertad de saber que todo eso lo estaba haciendo para él, porque a él le hacía vibrar de una manera que ni siquiera yo había comprendido del todo hasta que lo llevé a cabo y me convertí en el núcleo de esta fantasía.

Desde el primer momento en que mi amante me toca, sea cual fuere, sé que estoy siendo observada, sentida. Mi novio no está nunca allí físicamente, pero su presencia lo cubre todo. Cada gemido, cada movimiento de nuestras caderas, son como un eco de su deseo, proyectado a través de mí y el otro, el seleccionado.

Me gusta tomar el control de la situación desde el principio, y lo disfruto, porque sé que eso es lo que él quiere ver: su novia, su mujer, abandonándose por completo al placer con otro hombre, haciéndolo a la vista de su propio deseo. Y la forma en que él me mira durante esos momentos... lo es todo. Puedo sentir su excitación incluso a kilómetros de distancia.

Miré a Lucas mientras se sentaba frente a mí. Estaba calmado, pero había algo en sus ojos, una chispa que aún brillaba. No tenemos nunca que hablar mucho de lo que sucedió cuando sucedió. No hace falta.

—¿Te gustó? —le pregunté, proyectando una voz en un tono suave, seductor, aunque siempre sé la respuesta. Solo quiero oírlo decirlo.

Él asintió, tomando un sorbo de su taza antes de contestar.

—Me encantó —dijo con una sonrisa leve, pero sus ojos estaban llenos de algo más profundo—. No podía apartar la vista de ti.

Esa frase me hizo estremecer. Hay algo tan puro en su entrega, en su aceptación de lo que somos juntos, que hace que mi corazón se acelere de nuevo.

—Me alegra —respondí en voz baja, bajando la mirada por un momento, pero luego volviendo a encontrar sus ojos. Sé lo que está pensando. Sé lo que vendrá después.

No es solo que me dejó estar con otro hombre, que me ofreció esa experiencia. Es que él se alimenta de eso, de verme perderme en el placer, sabiendo que siempre regresaré a él. Todo había sido planeado con tanta precisión, hasta el último detalle.

Los recuerdos de la noche anterior me envolvían mientras seguía mirando a mi novio, pero mi mente comenzaba a divagar. Todo empezaba a regresar en ráfagas de imágenes, sonidos y sensaciones.

Pero antes, les brindaré un poco de contexto.

Hace poco más de un mes comencé a trabajar en una cafetería en el barrio de Belgrano, el ambiente, por suerte, está siempre cargado de risas, aromas de café y la cálida luz que entra por las ventanas. Había algo especial en la forma en que intercambiaba miradas con Alex, mi compañero de trabajo. Era un juego sutil, lleno de insinuaciones, sonrisas cómplices y un roce ocasional que hacía que mi corazón se acelerara. Aunque en varias ocasiones él había insinuado un encuentro más íntimo, siempre había mantenido mi distancia por respeto a mi novio Lucas (aunque ustedes, los que ya leyeron mis anteriores relatos, saben que tengo mis directivas, es decir, no hacerlo sin su consentimiento). Sin embargo, hubo un día en que algo se sentía diferente.

La idea comenzó como un susurro en mi mente, una pequeña chispa que se transformó en una llama. La imagen de complacer a Lucas con este nuevo invitado a nuestra fantasía se dibujó en mi mente, y la idea se volvió más tentadora con cada momento que pasaba. La emoción de lo prohibido era irresistible.

Mientras servía café y sonreía a los clientes (los hombres me dejaban muy buenas propinas), mi mirada se deslizaba hacia Alex, atrapado en su propio mundo. Lo vi, con su cabello despeinado y su sonrisa encantadora, y no pude evitar sentir un escalofrío recorriendo mi espalda. La conexión entre nosotros era palpable, como un hilo invisible que nos unía, y aunque todavía me embargaban ciertas dudas, la tentación crecía más y más.

Con cada rayo de sol que iluminaba el lugar, la idea de ceder al deseo se hacía más fuerte. La emoción de poder compartir un momento así, de desafiar las normas y romper los límites de lo que se consideraba aceptable, me llenaba de adrenalina.

Finalmente, mientras preparaba una bebida, la cafetería se llenaba de clientes y las risas resonaban en el aire, decidí que tenía que ser sincera con mis deseos. Se lo mencioné a mi novio durante la cena, con un tono ligero y juguetón.

-Tengo un nuevo socio para vos, amor - le comenté, con una mirada provocativa.

La expresión en su rostro fue una mezcla de sorpresa y excitación, y eso solo avivó la llama de mis propios deseos. La idea de llevar a cabo esa fantasía con mi compañero de trabajo, donde las miradas cómplices de Alex podrían volverse reales, se convirtió en una posibilidad tangible.

Después de esa conversación con mi novio, noté un cambio sutil en la dinámica entre nosotros. Él estaba intrigado, excitado por la idea, y eso solo intensificaba mis propios deseos. Empecé a observar más detenidamente a Alex en la cafetería, con esa chispa de curiosidad y anticipación creciendo en mi interior. El simple hecho de pensar en lo que podría suceder hacía que mi cuerpo reaccionara con una mezcla de nerviosismo y emoción.

Un día, mientras estábamos trabajando juntos, Alex y yo compartimos una mirada que duró un poco más de lo normal. Él me sonrió, esa sonrisa traviesa que siempre llevaba consigo, y sentí el calor subir por mis mejillas. Lo que antes había sido solo una fantasía en mi mente, ahora comenzaba a tomar forma. Me imaginé cómo sería si realmente cediéramos a esas insinuaciones que tantas veces había rechazado. Esta vez, con el consentimiento y la excitación de mi novio como telón de fondo, las barreras se sentían menos sólidas, casi inexistentes.

Una tarde después del trabajo, cuando la cafetería ya estaba cerrada y solo quedábamos Alex y yo limpiando las últimas mesas, el ambiente se volvió más íntimo. La música suave de fondo y la luz cálida del atardecer creaban una atmósfera perfecta para lo inesperado. Me acerqué a él, intentando mantener la compostura, pero con el corazón latiendo fuerte en mi pecho.

—Che… estuve pensando en nosotros —le dije, mi voz suave pero firme, mientras jugaba con un trapo en mis manos, limpiando la barra.

Él levantó la mirada, sorprendido por el tono de mi voz, y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—¿Qué cosa? —respondió, dejando la taza que estaba secando a un lado, su atención completamente enfocada en mí.

Sentí una oleada de nervios recorrerme, pero también una emoción indescriptible. Esta vez, no estaba jugando. Esta vez, estaba considerando cruzar esa línea que había mantenido clara por tanto tiempo.

Con un guiño de ojo y una sonrisa atrevida, le respondí más claro que el agua.

—Ahh, eso… Y, bueno ¿ahora te decidiste por sí? —preguntó Alex, dando un paso más cerca de mí, hasta que pude sentir su calor.

Lo miré a los ojos, esa chispa de travesura entre nosotros más viva que nunca. Por un segundo, dudé. ¿Estaba realmente dispuesta a llevar esto más allá? Pero entonces recordé la conversación con Lucas, y cómo había reaccionado con excitación ante la posibilidad.

—Tal vez… tal vez deberíamos dejar de pensar en ello y hacerlo de una vez —susurré, sintiendo cómo las palabras salían de mi boca con más decisión de la que esperaba.

Alex me miró fijamente, evaluando si hablaba en serio. Cuando vio mis ojos no mentían, su sonrisa se ensanchó.

—Sabía que tarde o temprano aceptarías —dijo con un tono seguro, pero juguetón.

El siguiente paso lo di yo. Rompí esa última barrera al acercarme aún más, sintiendo cómo la tensión entre nosotros crecía. Lo besé suavemente, una prueba, un pequeño adelanto de lo que vendría. Y cuando nuestras bocas se separaron, supe que ya no había vuelta atrás.

Después de ese beso, la realidad de lo que estaba a punto de suceder cayó sobre mí como una corriente eléctrica. Mi corazón latía con fuerza, y el aire entre nosotros se sentía denso, cargado de deseo y una extraña mezcla de ansiedad y emoción. Alex me miró con una intensidad nueva, como si hubiese estado esperando este momento por mucho tiempo. Yo lo había sentido también, esa atracción no resuelta, ese juego que había estado presente en cada mirada, en cada conversación entre nosotros.

—¿Estás segura? —me preguntó, aunque su voz tenía un matiz de expectativa. Sabía que lo estaba.

Asentí, sabiendo que la decisión ya estaba tomada. Mi mente volvía a la reacción de mi novio cuando le mencioné la idea. La posibilidad de verlo ahí, compartiendo ese momento, lo hacía todo aún más excitante. En el fondo, sabía que le encantaría ver cómo se desarrollaba todo, saborear cada momento junto a mí, incluso si no participaba directamente. Su excitación sería el combustible que avivaría el fuego de esa nueva experiencia.

—Quiero que sea mañana por la noche —dije, con más firmeza de la que sentía.

Alex sonrió de manera confiada, como si ya hubiese anticipado ese desenlace.

—Entonces hagámoslo.

—No tan rápido. Antes necesito mencionarte un detalle sobre cómo lo vamos a hacer.

—Bueno. ¿De qué se trata?

Las siguientes horas pasaron como en un sueño. Me fui a casa, sintiendo cómo la anticipación crecía. Mi novio estaba allí cuando llegué, y cuando le mencioné lo ocurrido, sus ojos brillaron con esa chispa de emoción que había aprendido a reconocer. Como siempre, no era celos lo que veía en su mirada, sino pura excitación. La idea de verme con otro hombre, especialmente con alguien que conocía, lo hacía vibrar de deseo.

La noche siguiente, cuando Alex llegó a nuestro departamento a eso de las 19:00 hs., la tensión era palpable.

Me vestí para la ocasión: un sugerente top blanco escotado y holgado (no soy una improvisada, la intención era clara: que mis senos pudieran menearse con libertad al ritmo de mis movimientos; al menos a Lucas eso lo vuelve loco), un short negro elastizado muy cortito y ajustado para que se me marcara bien la cintura y la cola, y unas zapatillas que uso de entrecasa. Yo misma me encargué de recibirlo en la puerta, dándonos un apasionado beso justo frente al ojo intruso de la cámara de seguridad desde la cual, por supuesto, Lucas estaría contemplando nuestro momento. Subimos por el ascensor, nos dejamos llevar un poco por el frenesí que nos invadía en la intimidad que ese espacio reducido nos ofrecía, hasta que llegamos al piso del departamento que alquilamos con Lucas.

Cuando entramos, me quité las zapatillas y me quedé descalza. Los presenté formalmente, le ofrecimos ponerse cómodo en nuestra mesa de la cocina, y les permití un momento de exclusividad para que charlaran mientras yo cocinaba un rico pollo al horno con papas. Mi novio me observaba con una mezcla de adoración y deseo; podía sentir la mirada de mi novio siguiendo cada uno de mis movimientos, lo que solo añadía más intensidad al momento.

Cenamos, comimos helado, nos reímos mucho… y luego tocó el verdadero postre.

Nos dirigimos la habitación y Alex no tardó en tomar el control de la situación. Se sentó en el borde de la cama y me jaló hacia él, sus manos recorrieron mi cuerpo de una manera que había imaginado tantas veces. El aire

estaba cargado, el sonido de la respiración de mi novio detrás de nosotros solo alimentaba la excitación. Sentía el peso de sus ojos sobre nosotros, observando cada toque, cada susurro, mientras Alex me tomaba por la cintura y me besaba con una intensidad que hacía que mi piel se erizara.

El primer contacto fue eléctrico, la piel de Alex cálida bajo mis dedos, sus manos recorriendo mis caderas con firmeza, mientras me desnudaba lentamente, retirándome el top con facilidad, luego mi short, tomándose su tiempo para deslizarlo suavemente mientras contemplaba fascinado mi cola, mi durazno suculento, acariciando mis nalgas despacio para luego apretujar cada una y cachetearlas. Estiraba el elástico de mi tanguita blanca, hacia los costados, hacia afuera, solo para terminar buscando mi vulva con los dedos.

—Seguro es la conchita más rica del mundo.

Todo era tan distinto, tan excitante. Él no se parecía en nada a mi novio: su tacto, su manera de moverse, la forma en que me besaba el cuello, con hambre, con deseo. Mis ojos buscaron los de mi novio un par de veces, queriendo asegurarme de que estaba bien, de que esto era lo que él realmente quería. Su sonrisa me dio la seguridad que necesitaba.

Mis manos recorrieron el pecho Alex mientras él me saboreaba por completo, sus labios trazando un camino ardiente desde mi cuello hasta mis senos, tomando su tiempo para explorar cada rincón de mi cuerpo. El calor creció en mi vientre, y me volteé sobre el colchón, abriéndome a él sin reservas.

—Ahora vas a tener que probarme para saber si es la más rica del mundo.

Sentí cómo sus manos fuertes agarraron mis muslos, abriéndolos con suavidad pero con firmeza, su lengua descendiendo, haciéndome gemir apenas tocó mi piel. Mis caderas se movieron instintivamente contra su boca, su lengua encontrando el ritmo exacto que me hacía temblar. Sabía lo que estaba haciendo, y me llevó al borde en poco tiempo. Mi respiración se aceleraba, mis manos aferrándose a su cuero cabelludo mientras todo mi cuerpo se tensaba, esperando el estallido que sabía que vendría.

No había vuelta atrás. Nos dejábamos llevar por la corriente de deseo, el ritmo de nuestros cuerpos sincronizados, mientras mi novio observaba desde su lugar y comenzaba a masturbarse.

Las luces tenues, el sonido de nuestra respiración entrecortada, y el peso de la mirada de Lucas eran lo único que importaba en ese momento. Desde el rincón de la habitación, no se había perdido ni un segundo. Podía sentir su mirada como un segundo par de manos sobre mi piel, cada gemido que soltaba, cada movimiento que hacía, estaba destinado tanto para el hombre entre mis piernas como para el que observaba, devorando cada instante con sus ojos.

Y entonces, justo antes de perderme por completo, lo miré a él, a mi novio, y vi esa chispa de placer en sus ojos. Esa aceptación, esa excitación de verme entregada a otro. Me hizo acabar de una manera más intensa de lo que jamás hubiera imaginado, un orgasmo que me sacudió desde el centro y que se sintió como una liberación en todos los sentidos.

Pero no terminó ahí. Sabía que apenas comenzábamos.

Alex se deslizó sobre mí, sus manos recorrieron mi piel, susurrándome al oído cosas que apenas entendía en ese momento, porque mi mente estaba nublada por el placer. Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío, aprisionándome contra la cama que comparto con mi novio, cómo sus labios volvían a encontrar los míos en un beso feroz. Y luego, sin preámbulos, se hundió dentro de mí, llenándome por completo.

El ritmo que marcaba era lento al principio, pero lleno de fuerza, sus movimientos precisos, profundos. Mis piernas se enrollaron alrededor de su cintura, mis uñas arañando su espalda, y cada vez que cerraba los ojos, la imagen de mi novio observando desde el rincón volvía a mi mente, alimentando mi deseo. Sentir a otro hombre una vez más dentro de mí, sabiendo que mi novio lo estaba viendo todo, fue una de las experiencias más intensas que había tenido.

Los movimientos se hicieron más rápidos, más fuertes, mis gemidos se mezclaban con los suyos, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación. Cada embestida me llevaba más cerca del límite, y cuando finalmente acabé otra vez, me dejé ir por completo, gritando su nombre, pero sabiendo que lo hacía también para el hombre que amaba.

Volvimos a girarnos, esta vez yo encima de Alex. Mientras me acomodaba en sus piernas, sintiendo el calor de su piel desnuda contra la mía. La familiaridad de su cuerpo, el peso de su mirada sobre mí, encendió algo dentro de mí de nuevo.

Mis manos encontraron su pecho mientras me movía lentamente sobre él, mis caderas encajando con una fluidez natural. Sus manos, cálidas y firmes, se posaron en mis nalgas, guiándome con suavidad, mientras nuestros cuerpos comenzaban a responderse mutuamente.

Mi respiración se aceleraba a medida que nuestros cuerpos se alineaban, el roce de su piel contra la mía enviando escalofríos por mi espalda. Mis labios buscaron los suyos, y lo besé con una mezcla de hambre y ternura, sintiendo cómo su erección crecía debajo de mí, presionando contra mi piel desnuda, la suave fricción de nuestras entrepiernas ardiendo.

No necesitábamos palabras. El calor entre nosotros era suficiente.

Moví mis caderas con más intención, dejando que nuestras respiraciones se entrelazaran mientras el deseo nos envolvía de nuevo. Lentamente, me levanté un poco para guiarlo dentro de mí, sintiendo cómo su miembro vigorizado empequeñecía mi delicada mano, deslizándose con facilidad hacia mi profundidad, llenándome por completo. Un suspiro escapó de mis labios al sentir toda esa dureza penetrándome, y dejé caer mi cabeza hacia atrás, disfrutando de la sensación de estar tan íntimamente conectados una vez más.

El ritmo aumentaba con cada segundo, mis caderas moviéndose de manera instintiva, buscando más de él, necesitando más. Mis manos se apoyaron en sus hombros mientras nuestros cuerpos se movían en perfecta sincronía, el placer intensificándose con cada embestida.

Sentí sus manos recorrer mi espalda, luego bajar hasta mis muslos, agarrándome con fuerza mientras él tomaba el control por momentos, empujando con más fuerza, llenándome con más intensidad. Cada vez que lo hacía, mis gemidos llenaban el cuarto, resonando en el aire entre nosotros tres.

El placer creció rápidamente, y mis movimientos se volvieron más urgentes, más desesperados por alcanzar ese punto donde todo lo demás desaparecía. Mis ojos se cerraron, y todo lo que podía sentir era el calor, el frote de nuestras pieles, el sonido de nuestros cuerpos encontrándose una y otra vez.

—¡Ay si, si, así Alex! ¡Qué lindo se siente!

—¡Cómo me calentás, Vicky! Sos una diosa…

—Hmmm, qué lindo me cogés.

Sentada sobre él, el calor entre nosotros se hacía palpable, pero sentía que ambos queríamos más. Una conexión más profunda, más física. Me moví lentamente de sus piernas, y él entendió al instante lo que buscaba. Adopté una pose gatuna, arqueando la cintura hacia abajo y lo miré por encima de mi hombro, mientras sus manos recorrían mis caderas.

Abrí un poco más mis piernas y me incliné hacia abajo, apoyándome sobre mis antebrazos cruzados en el colchón, dejando mi cuerpo expuesto a él. Sabía lo que vendría, y la anticipación hizo que todo mi cuerpo se estremeciera de expectación. Lo escuché moverse detrás de mí, sus manos preparando una vez más su pene, luego deslizándose por mis nalgas, separándolas suavemente, hasta que su cuerpo estuvo justo donde lo quería.

—Cómo me gusta tu cola, por Dios… —murmuró, su voz grave resonando en mi oído mientras se acercaba más y su glande humedecido abriéndose paso a través de mis labios vaginales.

Mis manos se aferraron a las sábanas cuando, con un movimiento fluido, se deslizó dentro de mí, llenándome de una manera que me dejó sin aliento. El placer me recorrió de inmediato, una oleada cálida que hizo que mi espalda se arquease involuntariamente, empujando mis caderas hacia atrás, deseando más de él.

—Así, justo así —dije en un susurro entrecortado, moviendo mis caderas para ajustarme a su ritmo.

Su respuesta fue un gruñido bajo mientras sus manos se aferraban con más fuerza a mis caderas, comenzando a moverse con un ritmo firme pero controlado, entrando y saliendo de mí con una precisión que solo aumentaba mi deseo. Cada embestida me hacía gemir más fuerte, mis sonidos resonando en la habitación y escabulléndose por el resto del departamento, mientras él me tomaba con una fuerza que me dejaba en un estado de éxtasis absoluto.

Cada vez que él empujaba, mi cuerpo se movía hacia adelante mientras el ritmo se hacía más frenético. Los sonidos de nuestros cuerpos chocando, de nuestras respiraciones entrecortadas y gemidos mezclándose, llenaban el cuarto en un afán por buscar ser escuchados por el mundo exterior. El placer era abrumador, haciéndome perderme completamente en el momento.

—No pares, por favor, seguí así... —gemí, mi voz cargada de necesidad, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba una vez más.

Sus movimientos se volvieron más rápidos, más profundos, cada embestida llevándome al borde del éxtasis. Mi cuerpo temblaba, mis piernas se debilitaban, completamente perdida en el placer que él me estaba dando.

Lo sentí de inmediato cuando, con un movimiento firme, tomó mi pelo y echó mi cabeza hacia atrás. Esa acción desató un torbellino de sensaciones dentro de mí, una mezcla de sorpresa y excitación que me recorrió el cuerpo. Mi cuello quedó expuesto, vulnerable, y la mirada de Alex se volvió intensa, casi devoradora. Podía ver en sus ojos el deseo, y eso me hizo sentir aún más viva.

-¡Metémela más, metémela toda!

Con la otra mano, él agarró mi cuello suavemente, pero con la firmeza que demostraba que tenía el control. Me sentí atrapada, una sensación electrizante que encendía mi piel. Cada toque, cada roce, parecía amplificar el deseo que ardía entre nosotros.

Mientras mantenía mi cabeza inclinada hacia atrás, su mano libre descendió por mi cuerpo, acariciando mi abdomen con una suavidad que contrastaba con la dureza de su agarre en mi cuello. Mis sentidos estaban agudizados, y cada movimiento que hacía enviaba ondas de placer por mi columna vertebral. Pero luego, el tono de la situación cambió. Con un movimiento repentino, comenzó a propinarme duras nalgadas, el sonido del contacto resonando en la habitación, una mezcla de placer y un toque de dolor que solo intensificaba mi excitación.

Cada golpe era como un pequeño trueno en mi piel, una explosión de sensaciones que me hacían gemir más fuerte, haciéndome sentir totalmente suya, su puta, su juguete, él siendo el fuerte y yo debiendo someterme a esa condición. La combinación de sus caricias y las nalgadas creaba un equilibrio entre la suavidad y la dureza, un tira y afloja que me mantenía al borde de un clímax que parecía acercarse cada vez más rápido. Sentí cómo mi cuerpo respondía a cada acción, cómo cada golpe resonaba en mí de maneras que nunca había experimentado antes.

Mientras él continuaba, su mano en mi cuello se volvió más posesiva, y yo me entregué a esa sensación, dejándome llevar por la corriente de placer. Cada golpe provocaba una mezcla de sensaciones que me hacían sentir viva, deseada, completamente a su merced. No podía evitar dejar escapar gemidos que escapaban de mis labios, los cuales resonaban en la habitación, y sabía que no solo lo estaba excitando a él, sino que también mi novio estaba disfrutando del espectáculo, observando cómo me dejaba llevar por el momento.

Mi mente se nubló mientras las sensaciones se apoderaban de mí. La mezcla de placer y dolor, la intensidad de su agarre y el calor de su cuerpo junto al mío, todo se unió en una sinfonía de placer que me llevó más allá de mis límites. Era un baile primal, donde cada movimiento contaba una historia de deseo, de entrega y de libertad.

Permanecí un momento ahí, inclinada sobre la cama, mi respiración aún agitada mientras mi cuerpo se recuperaba del clímax. Pero incluso con el calor del orgasmo todavía corriendo por mis venas, sentí ese impulso crecer de nuevo. La necesidad de más, de sentirlo más allá de lo que ya habíamos compartido.

Me enderecé lentamente, dándome la vuelta para mirarlo. Su cuerpo aún estaba tensado, su respiración apenas comenzando a calmarse. Me arrodillé ante él, mis ojos fijos en los suyos, mientras mis manos descendían por su abdomen firme, recorriendo cada centímetro de su piel hasta llegar a su entrepierna.

Sin romper el contacto visual, mis dedos rodearon su erección, que todavía estaba húmeda por mi flujo, y noté cómo sus labios se separaban levemente en respuesta. Mi novio permanecía al margen, observando como siempre, su excitación evidente en su rostro, pero esta vez no importaba; todo lo que importaba era el hombre frente a mí.

Mis manos acariciaban sus muslos, sintiendo la tensión en su cuerpo, y cada vez que lo estimulaba, podía escuchar sus gemidos de placer, una sinfonía que solo aumentaba mi deseo.

Lo tomé en mi boca, despacio al principio, disfrutando de cada segundo, de cada respuesta que su cuerpo daba ante mis movimientos. Sentí sus manos caer pesadamente sobre mi cabeza, enredando sus dedos en mi cabello mientras mis labios descendían por su dura pija, tomándolo completamente, saboreándolo. Mis movimientos eran suaves al principio, exploratorios, pero a medida que él comenzaba a moverse ligeramente, empujando sus caderas hacia mí, aumenté el ritmo, chupando con más presión.

Lo escuché gemir en lo más profundo de su garganta, un sonido gutural que me hizo estremecer. Mis manos trabajaban en sincronía con mi boca, alternando entre caricias firmes y suaves, buscando arrancarle más gemidos, más jadeos. Podía sentir el poder en mis manos y mi boca, el control que ejercía sobre su placer, y eso solo me excitaba más.

La textura de su piel era suave pero firme, y sentí cómo mi lengua se deslizaba alrededor de su grosor. Cada movimiento era una danza, una conexión que me hacía sentir más viva que nunca. Su miembro tenía un calor que irradiaba en mis labios, y la presión al succionar me llenaba de una profunda satisfacción. Era como si estuviera conectando con su esencia, con lo más íntimo de su ser, y eso me hacía sentir poderosa.

Al avanzar un poco más, podía sentir cómo su pulso latía en sincronía con el mío, y cada vez que lo absorbía más profundamente, el deseo en mí se intensificaba. Me perdía en esa experiencia, dejándome llevar por la rítmica presión y el sabor salado que impregnaba mi boca. Era un acto de devoción, de entrega; el mundo exterior se desvanecía mientras me sumergía en ese instante de pura lujuria.

La manera en que su miembro rozaba el fondo de mi garganta era una mezcla de placer y desafío. Sentía esa oleada de satisfacción en mi estómago, una necesidad de satisfacer su deseo mientras el mío crecía a medida que él se entregaba al placer. Mis labios se ceñían a él, y el sonido de su respiración se convertía en una melodía que aumentaba mi excitación.

Cada pequeño gemido que escapaba de sus labios se transformaba en combustible para mi propio deseo. Me deleitaba en la forma en que su cuerpo respondía, cómo sus caderas se movían suavemente hacia mí, empujando más en mi boca, instándome a que me entregara aún más. Sentía cómo su tensión aumentaba, y eso me hacía sentir aún más deseosa de llevarlo al límite, de ser la razón de su placer.

La forma en que su miembro se deslizaba entre mis labios me hacía sentir una mezcla de poder y vulnerabilidad, una conexión que transcendía lo físico. Cada vez que me alejaba un poco, disfrutando del espacio entre nosotros, podía ver cómo sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y sorpresa. Entonces, regresaba a esa intimidad, jugando con su virilidad, sintiendo cómo respondía a cada uno de mis movimientos, a cada caricia de mi lengua.

Era un juego, una exploración de sensaciones en la que me entregaba por completo. Cada contacto, cada succión, se sentía como una promesa silenciosa, un intercambio de placer que nos unía en un nivel que iba más allá de las palabras.

Mis labios se deslizaban de manera experta, alternando entre lamer su longitud y tomarlo profundamente hasta que casi me ahogaba, sabiendo exactamente cómo y cuándo acelerar. Sus reacciones me guiaban, sus manos apretándose en mi cabello con más fuerza mientras yo continuaba, deleitándome con cada uno de sus jadeos entrecortados.

El ritmo aumentó, cada vez más rápido, más desesperado. Mi boca trabajaba con una intensidad creciente, mi lengua girando a su alrededor, acariciándolo, llevándolo al borde una y otra vez. Pude sentir cómo su cuerpo comenzaba a tensarse, sus piernas temblando ligeramente mientras se acercaba al clímax.

Sus manos se apretaron una última vez en mi cabello, y con un profundo gemido, lo sentí acabar en mi boca, llenándome con su semen, caliente y abundante, sin poder evitar tragar, sintiendo cómo su esencia me llenaba. No me detuve; lo tomé todo, dejando que el placer lo recorriera mientras mis labios continuaban moviéndose suavemente, prolongando su orgasmo hasta que todo su cuerpo se relajó bajo mi toque.

La calidez de su líquido resbalando por mi lengua era un elixir que me encendía. Cada gota me hacía sentir más viva, más deseada. Sabía que había cumplido con lo que él deseaba, y eso me llenaba de una profunda satisfacción. Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando suavemente mientras él intentaba mantener el control, pero era evidente que se estaba entregando por completo a la marea de placer que lo arrastraba.

Con cada convulsión de su cuerpo, yo sentía una oleada de energía que resonaba en mí, y no podía evitar jugar con la situación. Mi lengua danzaba alrededor de su miembro, asegurándome de no dejar nada sin disfrutar, explorando cada rincón, cada pulgada de él. Al hacerlo, no podía dejar de mirar sus ojos, que brillaban con una mezcla de sorpresa y satisfacción, como si no pudiese creer lo que estaba sucediendo.

Finalmente, me separé de él con una última lamida, levantando la mirada para ver su rostro satisfecho, su respiración pesada y su cuerpo completamente relajado.

Entonces vi a mi novio incorporándose sorpresivamente, con una urgencia extraña. Tenía su miembro sujeto a su mano derecha mientras se me acercaba a toda prisa. Lo miré con curiosidad, hasta que llegó a mí, se detuvo y, con su mano libre, me agarró del cuero cabelludo y…

-Abrí bien grande la boca, amor.

Obedecí gustosa. Abrí mi boca con una sonrisa, le ofrecí incluso mi lengua, y soltó su pija en esa dirección.

-¡Ahh-Ahhhh…!

Recibí su leche en mi boca, salpicándome en los labios, bañándome el mentón y luego escurriéndose por mi cuello hasta fluir entre mis pechos. Tenía la mitad de mi cara embadurnada con su semen. Doble eyaculación en menos de un minuto. ¿Qué más podía pedir?

Me relamí como una gatita y saboreé mis labios. Miré a Lucas directo a los ojos y le dije que lo amaba. Él me correspondió de la misma manera.

El aroma del café recién hecho flotaba en el aire cuando escuché el crujido de la cama. Mi amante, mi semental, finalmente se despertó. Me giré justo a tiempo para verlo salir de la habitación, vestido solo con sus jeans, el torso al descubierto, relajado después de la noche anterior. Mis ojos lo siguieron mientras se acercaba a la cocina, y mi novio y yo lo observamos en silencio.

Se detuvo en la puerta, sonriendo con esa mezcla de picardía y confianza. Mis dedos jugueteaban con la taza en mis manos mientras él se servía una taza de café sin decir una palabra, antes de sentarse con nosotros a la mesa. Hay un extraño silencio, cómodo pero cargado. Ninguno de nosotros sabe bien cómo empezar, pero todos sabemos lo que estamos pensando.

—¿Dormiste bien? —pregunté, rompiendo la tensión con una sonrisa.

Alex soltó una risa suave mientras se recostaba en la silla, tomando un sorbo de café.

—Como un tronco —dijo, mirando brevemente a mi novio antes de posar sus ojos en mí—. Después de anoche, cualquiera dormiría como un bebé.

Mi estómago se contrajo ante el recuerdo, y no puedo evitar que una sonrisa lenta se dibuje en mi rostro. Mi novio, sentado a mi lado, también sonrió. Lo conozco lo suficiente para saber que está disfrutando de la situación, del juego psicológico que sigue a lo que ocurrió.

—Fue intenso —dije suavemente, mis ojos desviándose hacia mi novio por un segundo antes de volver a mi amante—. Más de lo que imaginé.

Alex asintió, y su sonrisa se ampliaba mientras me miraba fijamente. El peso de la noche aún estaba en el aire, como si las emociones aún no se hubieran disipado por completo.

—¿Lo disfrutaron? —pregunta, directo, sus ojos desafiantes mientras nos estudia a ambos.

Mis labios se curvan en una pequeña sonrisa antes de mirar a mi novio, quien parece totalmente en control, relajado. Siempre ha sido así, nunca se pone nervioso en situaciones como esta.

—Sí —respondí antes de que él pudiera decir algo—. Fue... increíble.

Mi amante asintió una vez más, aparentemente complacido con mi respuesta, y luego su mirada se desvió hacia Lucas.

—Me encantó verla disfrutar. Era justo lo que esperaba —dijo Lucas en tono bajo, pero firme. Sus palabras eran simples, pero su significado estaba claro. Él está bien con todo esto, más que bien, lo disfruta.

Mi amante parece relajarse un poco más al escuchar eso, y por un momento, simplemente bebemos nuestro café en silencio. Pero sé que hay más que decir, más que discutir.

—¿Y vos? —le pregunté a mi compañero de trabajo (qué raro se siente al recordar quién es después de todo), con la misma curiosidad que siempre siento después de una experiencia como esta—. ¿Cómo te sentiste?

Él se recuesta un poco más en la silla, como si estuviera considerando la respuesta. Luego sonríe, una sonrisa que me hace recordar cada segundo de la noche pasada.

—Fue diferente —dijo con honestidad—. Normalmente, no tengo a alguien observando, ya sabes... pero debo admitir que eso lo hizo más excitante. Saber que él estaba ahí, viendo todo...

Sus palabras flotan en el aire por un momento, y siento un cosquilleo recorrer mi columna. La dinámica había sido distinta para los tres, y aunque sabía que mi novio estaba bien con ello, aún no dejaba de ser extrañamente erótico escucharlo de nuevo en voz alta.

—Es parte de lo que lo hace tan especial —dijo mi novio, y su voz tiene un tono cálido, casi cómplice—. No es solo el acto, es la experiencia, el saber que todos estamos conectados en esto de alguna manera.

Mis ojos se mueven entre los dos hombres, sintiéndome como el centro de una dinámica que hasta hace un año me parecía imposible de imaginar. Pero ahora, sentada aquí con ellos, con el recuerdo fresco de lo que sucedió, sé que esto no es algo extraño, es algo nuestro. Y la tensión, lejos de ser incómoda, se siente excitante. Somos parte de algo más grande que solo nosotros tres.

—¿Lo repetiríamos? —preguntó Alex, con un brillo juguetón en sus ojos. Su pregunta no era inocente, y sugería que ya estaba pensando en más.

Miré a mi novio, buscando en su rostro alguna señal. Pero todo lo que vi era calma, la misma calma que tenía desde la primera vez con Iván. Nos hemos adentrado en esto juntos, y ahora que hemos cruzado esa línea, parece más fácil seguir adelante.

—Eso depende siempre de ella —respondió mi novio, con una sonrisa traviesa en los labios—. Yo estoy más que dispuesto.

Me río suavemente, mirando a ambos hombres con una mezcla de incredulidad y emoción. Parte de mí aún no puede creer que esto esté sucediendo, pero otra parte, más profunda, sabe que esto es lo que quiero. Esta libertad, este juego de poder y entrega.

—Creo que podríamos.

Luego de un rato, Alex terminó de vestirse y Lucas lo acompañó ascensor abajo hasta la puerta. Yo permanecí cómodamente sentada en la silla, meditabunda. Pensé en lo que había experimentado desde que mi novio y yo comenzamos esta relación tan particular, donde sus deseos y fantasías se entrelazaban con los míos, y en cómo habíamos explorado límites que nunca había considerado. Este viaje había sido una constante evolución de mis propios deseos, mis fantasías y, sobre todo, de mi autodescubrimiento.

Pero ahora me embargaba otras preguntas: ¿Qué pasará de ahora en más con Alex en el trabajo? ¿Podrá resistirse cada día, cada hora y minuto que pasemos juntos en el trabajo? ¿Podré incluso yo no sucumbir a la tentación de irme a su cama a costillas de mi novio? No debería plantearme estas cuestiones, con Lucas lo tuvimos siempre en claro.

Pero va a ser difícil, aunque, pensándolo bien y basándome en cómo conozco a mi novio, no me sorprendería que me permitiera dejarme llevar y encamarme con mi compañero de trabajo fuera del alcance de sus ojos, siempre y cuando yo esté preparada para contárselo todo posteriormente. Detalle a detalle.

Eso es todo por hoy. Fue intenso recordar cada secuencia y más aún transcribir esta experiencia para ustedes. Ojalá les guste tanto como a mí.