Xtories

Tu Mujer Mamándosela a Otro... y Vos Mirando

Siempre supo que él miraría. No por celos, sino por el fuego que esa imagen encendía en su interior. Esta vez, el auto no es solo un transporte; es el escenario donde la traición se vuelve un juego de dos.

Sushita Macuk13K vistas8.7· 12 votos

No sé en qué momento el deseo se volvió más fuerte que la culpa… Tal vez fue la rutina, o quizás esa chispa que, aunque encendida, necesitaba otro tipo de fuego.

Mi esposo y yo siempre habíamos fantaseado con el tema de los intercambios. Hablábamos de tríos, de ser vistos, de dejar que otro me tocara mientras él miraba. Eran ideas que nos calentaban, pero que nunca pasaban de la palabra a la acción. Algo en él —celos, tal vez— lo frenaba.

Yo, en cambio, comencé a sentir que esas fantasías me ardían por dentro. Muchos hombres me escribían cosas calientes, atrevidas. Se notaba que querían probarme. Y yo, en lugar de ocultarlo, se lo contaba todo a mi esposo. Cada mensaje, cada insinuación. Me gustaba ver cómo se le marcaba el bulto en el pantalón mientras yo le leía lo que me decían.

Pero un día, uno de esos hombres no se quedó en mensajes. Un chico del barrio, mucho más joven que mi esposo, más atrevido, más directo. Tenía 27 años. Yo 35.

Ese día me escribió sin rodeos. Me dijo que me deseaba, que se la pasaba imaginando cómo sabría mi boca, cómo se sentiría enterrarse dentro de mí.

Y no sé si fue la forma en que me lo dijo o lo mucho que me calentaban esas palabras... pero terminé yendo a su apartamento.

No me alcanzó a abrir la puerta. Me esperó en las escaleras del edificio, en una zona oculta donde no pasaba nadie. Me acorraló contra la pared sin decir nada y me besó con esa hambre que uno solo siente cuando ha soñado muchas veces con algo y por fin lo tiene enfrente.

Nuestras lenguas se buscaron como si se conocieran de antes. Su respiración estaba agitada, caliente, como su cuerpo. Su mano se coló entre las aberturas de mi vestido y encontró mi concha mojada, abierta, deseosa. Yo le jalé el pantalón, encontrando ese bulto duro, que palpitaba con fuerza.

Mientras me mordía el cuello, yo le devolví el favor en su oreja. Él gemía bajito. Me tenía contra la pared, su mano empapada con mis jugos, yo sin aliento.

No tardamos en hacerlo allí mismo, en esa escalera silenciosa, con mi falda recogida y su cuerpo empujándome contra el muro. Me cogió con fuerza, pero sin violencia, como si supiera exactamente lo que necesitaba. Como si hubiese esperado ese momento tanto como yo.

Volví a casa con las piernas temblando… y con la cara marcada de placer.

Mi esposo lo notó. No dije nada. No hizo falta.

Su mirada me lo dijo todo: lo sabía.

No me preguntó nada. Solo me miraba, como queriendo entender hasta dónde había llegado lo que él mismo había provocado con tantas fantasías.

Durante días estuvimos tensos. Dormíamos en la misma cama, pero el aire estaba cargado de algo distinto. Un silencio que ardía.

Una noche, mientras me secaba el cabello frente al espejo, me dijo con voz seca:

—Te fuiste con él, ¿cierto?

No lo negué.

—Sí —le respondí, mirándolo directo—. Me cogió.

Me observó en silencio, y por un segundo pensé que me iba a gritar, que me iba a exigir que me fuera. Pero no. Lo vi morderse el labio, con los ojos encendidos, oscuros, como si estuviera excitado y furioso al mismo tiempo.

No me dijo más. Se acercó a mí sin aviso y me besó con una rabia dulce, me arrancó la toalla del cuerpo como si se desquitara con ella, me empujó sobre la cama y me abrió las piernas de golpe.

Nunca lo había sentido así.

Me comió con ganas, como si quisiera borrar cualquier rastro del otro con su lengua. Me succionaba, me mordía los muslos, me lamía con desesperación. Me sentía suya, pero también sabía que estaba desquitándose conmigo por lo que había hecho.

Cuando se metió dentro de mí, fue como si quisiera poseerme hasta el alma. Me miraba a los ojos mientras me embestía, fuerte, con ritmo, sin pausa. Yo gemía con la boca abierta, entre sorprendida y rendida. Era el mismo hombre de siempre, pero al mismo tiempo, uno completamente distinto. Salvaje, crudo, ardiente.

Después, me abrazó sin decir palabra. Yo le acariciaba el pecho, sabiendo que en su mente todavía giraban imágenes de mí con otro. Y que esas imágenes, por más que le dolieran, también lo estaban quemando por dentro.

—No sé si te odio o te deseo más que nunca —me dijo, susurrando, con la voz quebrada.

Le besé el pecho. No respondí. Solo me acomodé entre sus brazos.

Esa noche dormimos como si no tuviéramos nada que decirnos, pero todo por resolver.

Después de todo lo que pasó, intentamos volver a la calma, como si todo pudiera quedar atrás. Pero entre nosotros ya se había abierto una puerta… y algo dentro de mí quería más.

Fue entonces cuando apareció él: un hombre de otra ciudad, administrador de un hotel. Alto, directo, con una mirada que no pedía permiso. Me escribió y se notaba que me deseaba sin filtros. No ocultaba lo que quería hacerme.

Esta vez decidí no ocultarle nada a mi esposo.

—Me escribió otro —le dije—. ¿Te molesta si hablo con él?

—Haz lo que quieras —me respondió, seco. Pero detrás de esa frase, yo ya reconocía el fuego oculto.

Planeamos, casualmente, un viaje a la finca de mis padres, que quedaba cerca. Íbamos supuestamente a ver unos terrenos. Pero yo sabíamos que había algo más. Yo tenía todo listo. Él dudaba, como siempre, entre el morbo y los celos.

Al final, aceptó. Pero con condiciones: solo verlo un momento, una videollamada rápida, sin que me tocara. Quería mirar, nada más. Controlar desde lejos lo que no se atrevía a detener.

Pero todo cambió ese día.

Mientras íbamos llegando a la ciudad, el hombre me escribió que no podía recibirme en el hotel. No había habitaciones. Me propuso algo más sucio, más improvisado:

—Nos vemos en el carro. Te quiero chupar ahí mismo, sin vueltas.

Le conté a mi esposo, esperando que él dijera que no. Y así fue. Se cerró de inmediato.

—Nos devolvemos —dijo—. No hay nada qué hacer.

—Al menos saludémoslo, ya que vinimos hasta aquí —le respondí, suave, como si de verdad no quisiera nada más.

Pero en el fondo… yo ya había tomado una decisión.

Me pasé a la parte trasera del carro, fingiendo dolor de cabeza. Me quité la ropa interior en silencio, sintiendo el calor subir por mis piernas. El corazón me latía con fuerza. No sabía cómo iba a terminar todo, pero sabía que no me iba a resistir.

Llegamos a la puerta del hotel. Allí estaba él, esperándome.

Me incorporé, bajé el seguro y abrí la puerta.

—Hola, preciosa —dijo él, mientras se subía como si el auto fuera suyo.

Mi esposo solo miraba por el retrovisor, mudo y sorprendido.

El hombre no pidió permiso. Me besó con lengua, fuerte, mientras su mano entraba por mi vestido y acariciaba mis pechos con fuerza, como si supiera que mi cuerpo ya era suyo. Yo gemí bajito, entre el susto, el deseo y la adrenalina de saber que mi esposo estaba allí, mirando todo.

No llevaba panties. Su dedo se deslizó entre mis labios mojados y lo sintió.

—Estás empapada, mami —me dijo al oído—. Estabas esperándome así, ¿cierto?

Me mordí el labio. No respondí. Solo lo miré.

Se bajó el pantalón y sacó su miembro. Grueso, cabezón, duro. Me tomó de la nuca y me lo acercó a la boca. Mi esposo seguía allí, detrás del volante, viendo todo, sin moverse, sin hablar.

Y yo… yo simplemente abrí la boca y lo recibí.

Su sabor me llenó la boca mientras él me sujetaba de la nuca con firmeza. No era violento, pero sí seguro. Sabía lo que hacía. Mi lengua se movía con ansiedad, con hambre. Mis labios se deslizaban por aquel grosor caliente, y cada vez que lo metía más, yo sentía el pulso de su excitación latiendo contra mi garganta.

—Así, mami… Chúpamelo rico, como la zorrita que eres —me susurraba, jadeando—. Qué boca más deliciosa.

Y yo, entre gemidos ahogados, sentía cómo mi cuerpo ardía. No solo por el acto, sino por la tensión. Porque al frente, en el retrovisor, estaba mi esposo. Quieto. Con el rostro rígido. Pero sus ojos… sus ojos no podían disimular el fuego.

Lo estaba viendo todo.

Y eso me encendía más.

Yo lo había planeado. Sabía que se iba a quedar quieto. Que no se atrevería a detenernos. Que el morbo sería más fuerte que los celos.

Él se mordía los labios. Miraba. A veces apretaba el volante. Otras, se acomodaba como si ya no pudiera con la presión.

Yo seguía, entregada, succionando, besando, jadeando.

El tipo me levantó el rostro con ambas manos. Me obligó a mirarlo. Su miembro entraba hasta donde yo podía, y yo lo recibía con devoción.

—Eres mía ahora mismo —me dijo—.

Y entonces vino. Se vino en mi boca con un gemido fuerte, largo. Un gemido que me recorrió el cuerpo entero. Yo tragué todo, sin soltarlo, sin dejar de lamer. Lo miré a los ojos mientras lo hacía. Me gustaba que me viera así.

Cuando terminé, él me limpió los labios con los dedos y me dio un beso en la frente.

—Me llaman del hotel, reina. En otra ocasión te la meto como quieres.

Y se fue. Así, sin más.

Yo me pasé adelante como si nada. Como si solo hubiéramos hablado del clima.

—¿Qué fue eso? —me preguntó Leonardo, con la voz tensa.

—No lo sé —le respondí, limpiándome los labios con una servilleta—. Tú lo viste. Se metió, me besó, me manoseó... no dijiste nada.

—Ya lo tenías planeado —me dijo, apretando los dientes—. Por eso te pasaste para atrás, ¿verdad?

—Leonardo… no empecemos otra vez. ¿Por qué no lo detuviste tú? ¿No te gustó acaso? Te vi cómo lo mirabas… no quitaste la vista del retrovisor ni un segundo.

El silencio se hizo largo. Nos subimos y tomamos la carretera de regreso. La tensión entre nosotros podía cortarse con un cuchillo. Las palabras estaban cargadas de reproches, pero también de deseo. De imágenes que no podíamos sacar de nuestras cabezas.

En algún punto del camino, entre discusiones, vi su pantalón manchado. Se había mojado solo. De pura excitación.

Me acerqué sin decir nada, le desabroché el cierre y tomé su bulto con mi mano. Estaba duro. Hinchado. Desesperado.

Bajé la cabeza y lo chupé.

No duró ni treinta segundos. Se vino en mi boca con una fuerza que casi me ahoga. Era mucha leche. Demasiado deseo contenido. Y yo… yo me lo tragué todo otra vez.

Nos dimos un beso largo, húmedo, con lengua, con todo.

Y seguimos el camino. Sabíamos que esa noche, al llegar a casa, terminaríamos lo que habíamos empezado. A nuestra manera. En nuestra cama. Con todo lo que habíamos visto, sentido… y callado.

¿Te gustó? Hay mucho más...Soy Sushita Macuk, colombiana, casada, criada en familia conservadora... pero con pensamientos prohibidos y vivencias reales que hoy me atrevo a contar. Mis relatos mezclan verdad y fantasía, con una voz íntima, atrevida, muy real

Descubre mi libro en Amazon:“Relatos Prohibidos de una Mujer Casada”Perfecto para parejas con años de matrimonio que quieren volver a jugar, encenderse y explorar: https://a.co/d/9PWptUr

Contiene contenido erótico explícito, con descripciones directas y sin censura.

Sígueme en Twitter para más confesiones y relatos calientes: https://x.com/SushitaMK