Xtories

El Aroma de los jazmines

En el calor de Túnez, la rutina se desvanece. Jorge no es un marido celoso, sino un cómplice calculador que invita a un joven camarero a su habitación, sabiendo que la tentación es solo el comienzo de una noche donde los límites se disuelven en el sudor y el deseo prohibido.

Jorge Bitacora1.9K vistas9.7· 7 votos

Nuestro primer viaje a Túnez estaba siendo una revelación. Lejos de la rutina de Logroño, el aire del norte de África parecía habernos inyectado un deseo más salvaje y desinhibido. El complejo de cinco estrellas en Jasmine Hammamet donde nos alojábamos era un oasis de mármol, palmeras y lujo, el escenario perfecto para llevar nuestra complicidad a un terreno desconocido.

Aquella noche, después de una cena relajada en el restaurante del hotel —donde el vino blanco local y la luz de las velas ya nos habían puesto en ese estado de alerta erótica que tanto conocemos—, decidimos salir a pasear. No queríamos dormirnos pronto; el calor de la noche tunecina, cargado con el olor del salitre y el jazmín, nos pedía algo más.

Caminamos unos metros por el paseo hasta encontrar un bar típico, un rincón con encanto donde el humo de las pipas de agua flotaba bajo las lámparas de bronce. Nos sentamos en unos sofás bajos, rodeados de alfombras, dispuestos a disfrutar de un té verde a la menta y una cachimba. Fue entonces cuando apareció él.

El camarero, un joven tunecino llamado Youssef, se acercó a nuestra mesa con una bandeja plateada. Era el prototipo de belleza árabe: moreno, de hombros anchos y una mirada profunda y oscura que, aunque intentaba mantener el respeto profesional, no podía evitar desviarse hacia las curvas de Susana, resaltadas por su vestido ligero de seda. Cada vez que se inclinaba para servir el té o cambiar el carbón de la pipa, sus ojos recorrían el cuerpo de mi mujer con un deseo contenido que yo capté al instante.

—"¿Te has dado cuenta cómo te mira el camarero, Susana...?", le susurré al oído mientras exhalaba el humo dulce de la pipa. —"Creo que le has gustado de verdad. Estoy seguro de que ese chico daría cualquier cosa por echarte un polvo si pudiera".

Susana soltó una risita, acomodándose en el sofá y dejando que el tirante de su vestido cayera un poco más, sabiéndose el centro de atención. —"Jorge, ¿ya estás otra vez con tus fantasías?", me respondió con ese tono juguetón que usa cuando empieza a entrar en el juego. —"Es que siempre estás con lo mismo, churri, no paras".

—"Es que fíjate la ocasión que se nos presenta, no me lo negarás", insistí, disfrutando de la tensión que empezaba a crecer entre los dos. —"Aquí en Túnez, donde nadie nos conoce... y a los moritos les encantan las turistas. Estoy convencido de que si le proponemos que venga al hotel cuando termine de trabajar y suba a nuestra habitación, no va a decir que no".

A través del humo de la cachimba, nuestras miradas se cruzaron. No era solo una charla; era el inicio de la cacería.

El juego pasó de los susurros a la acción. Cada vez que Youssef se acercaba para reponer el carbón de nuestra pipa, Susana le dedicaba una sonrisa más prolongada, dejando que su mirada bajara de sus ojos a sus hombros, evaluándolo sin disimulo. Yo, lejos de mostrarme celoso, adoptaba mi papel de marido cómplice, rompiendo la barrera de la formalidad con bromas sobre lo mucho que nos estaba gustando el país... y su gente.

—"Túnez es un lugar muy agradable, Youssef", le dije, mientras Susana le rozaba ligeramente el brazo al recoger su vaso de té. —"Pero mi mujer dice que lo mejor de Túnez es la hospitalidad de sus hombres. Dice que tenéis algo especial... ¿es verdad?".

Youssef, que hasta entonces mantenía una compostura impecable, se tensó. Sus mejillas se oscurecieron bajo el bronceado y una sonrisa nerviosa pero cargada de intención asomó a sus labios. Miró a Susana, que lo observaba con un hambre que no dejaba lugar a dudas, y luego me miró a mí, buscando el permiso que yo ya le estaba otorgando con mi actitud relajada.

—"Las mujeres españolas también son... muy especiales", respondió con una voz que había perdido toda la profesionalidad. —"Y son muy guapas".

—"Tan guapas que a veces nos aburrimos de estar solos los dos en la habitación del hotel", remató Susana, inclinándose hacia delante para que el escote de su vestido le ofreciera a Youssef una visión privilegiada de su pecho. —"A veces buscamos amigos que quieran enseñarnos los secretos de esta ciudad... secretos que no salen en las guías".

El mensaje fue un impacto directo. Youssef tragó saliva, mirando alternativamente nuestras sonrisas cómplices. El morbo de saberse deseado por una pareja de turistas liberales en su propia tierra lo tenía hipnotizado.

—"¿A qué hora terminas tu turno aquí?", le pregunté con total naturalidad, como quien pregunta la hora.

—"A las doce cerramos el bar", balbuceó, sin poder apartar los ojos de los labios de Susana.

—"Pues si te apetece, Youssef, cuando salgas. Estamos en la habitración 402 del hotel de cinco estrellas, justo ahí enfrente", sentencié, dejando una propina generosa sobre la mesa. —"Si te apetece un té con nosotros, para explicarnos y enseñarnos las cosas que podemos ver en esta ciudad, ven a buscarnos luego. No hará falta que llames muy fuerte, te esperamos si te decides".

Nos levantamos con calma. Susana pasó a su lado, rozando su cadera con la de él, dejándole el rastro de su perfume y una promesa que lo dejaría contando los minutos hasta la medianoche. Mientras caminábamos de vuelta al hotel, sentí cómo los nervios de la excitación nos invadían a los dos. Esta noche, en Jasmine Hammamet, íbamos a jugar en terreno extranjero.

Llegamos a la habitación y temblábamos los dos de los mismos nervios que nos producía saber lo que íbamos a hacer esa noche. Encendimos unas lámparas tenues que bañaban el mármol de la habitación con una luz cálida y ambarina. Abrimos el ventanal de la terraza para que la brisa del Mediterráneo moviera las cortinas, creando un juego de sombras hipnótico.

Susana se deshizo de sus sandalias y se sirvió una copa de vino, mientras yo me desabrochaba la camisa, dejando que la anticipación me recorriera la espalda.

—"Va a venir, Jorge. He visto cómo le temblaban las manos cuando le has dicho el número de la habitación", me susurró ella, acercándose para darme un beso que sabía a té de menta y a vicio.

A las doce y media, un suave golpeteo en la puerta rompió el silencio. Nos miramos con una sonrisa nerviosa. Fui yo quien abrió. Allí estaba Youssef, todavía con parte del uniforme del bar pero con la mirada transformada; ya no era el camarero servicial, era un chico que venía a reclamar la invitación de dos extranjeros que lo habían vuelto loco.

—"Pasa, Youssef. Me alegra ver que eres un chico de palabra", le dije, invitándole a entrar con un gesto de la mano.

Él entró con cautela, deslumbrado por la decoración de la habitación y, sobre todo, por la visión de Susana, que lo esperaba recostada en el borde de la cama, con el vestido de raso ligeramente subido. Youssef se quedó de pie en mitad de la habitación, su piel morena contrastaba con la blancura de las sábanas. Se le veía nervioso como nosotros, pero su polla marcaba claramente bajo el pantalón que no había venido solo a hablar de turismo.

—"Vaya, Youssef... parece que tenías muchas ganas de enseñarnos esos 'secretos' de Túnez", dijo Susana con una voz aterciopelada, mientras se levantaba y caminaba hacia él mirando el bulto de su entrepierna.

Se detuvo a escasos centímetros de su pecho y empezó a desabotonarle la camisa con una lentitud tortuosa. Yo me coloqué justo detrás de ella, poniendo mis manos en sus caderas, observando por encima de su hombro cómo el pecho de Youssef subía y bajaba con una respiración agitada.

—"Tranquilo", le susurré yo al oído del tunecino, mientras Susana liberaba el primer botón. —"En esta habitación todo quedará entre nosotros. Queremos ver de qué es capaz un tunecino cuando tiene a una española como la mía entre sus manos... y yo quiero estar muy cerca para no perderme ni un detalle".

Youssef pareció relajarse ante mi voz, entendiendo que mi presencia no era un obstáculo. Sus manos, grandes y de dedos largos, finalmente se atrevieron a tocar la piel de Susana, rodeando su cintura con una fuerza que nos hizo gemir a los dos. La pasión en Jasmine Hammamet estaba a punto de comenzar.

Susana no perdió el tiempo. Con una seguridad que me ponía a mil, terminó de desabrochar la camisa de Youssef, dejando al descubierto un pecho firme y bronceado, sin apenas vello, que brillaba bajo la luz tenue de la habitación. Yo me quedé justo a su lado, disfrutando de cómo ella saboreaba el momento, recorriendo con sus uñas los músculos del tunecino.

—"Mira qué piel tiene, Jorge... es como la seda, pero dura", murmuró ella, sin apartar los ojos del chaval. —"Y este color morenito... me vuelve loca".

Youssef respiraba con dificultad, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, dejando que Susana hiciera lo que quisiera. Cuando ella bajó las manos hacia el cinturón de su pantalón, el silencio en la suite se volvió denso, solo roto por el sonido de la cremallera al bajar. En cuanto los pantalones y el bóxer cayeron al suelo, la sorpresa nos golpeó a los dos.

El miembro de Youssef se liberó con fuerza, apuntando hacia arriba, oscuro y palpitante. Era, sin duda, una pieza impresionante.

—"¡Joooder, Jorge...!", exclamó Susana, quedándose un segundo paralizada ante la visión. —"Mira qué polla tiene este chaval... Es más grande que la tuya, pero es perfecta, bien proporcionada. ¡Qué buen pollón tienes, Youssef!".

Se arrodilló frente a él, acercando su cara a esa carne que vibraba por la anticipación. Me miró a mí, con los ojos encendidos por un vicio que nunca le había visto con tanta intensidad.

—"Me encanta saber que esto va a meterse en mi chichi, Jorge... creo que va a hacer correrme como una loca con esa polla", me dijo con una voz sensual que me hizo vibrar a mí también.

Yo puse mi mano en la nuca de Susana, empujándola suavemente hacia delante, mientras con la otra mano agarraba el hombro de Youssef para que no se moviera. El contraste de la piel blanca de mi mujer con la oscuridad de la polla del tunecino era una imagen que se me quedó grabada a fuego.

—"Pues no esperes más, cariño", le dije, sintiendo cómo mi propia excitación llegaba al límite al verla a ella tan entregada. —"Pruébalo. Quiero ver cómo este pollón tunecino desaparece en tu boca mientras yo te preparo el chochito".

Youssef soltó un gruñido gutural cuando Susana, finalmente, rodeó su miembro con los labios, empezando a lamerlo con ganas.

Susana, totalmente poseída por el morbo de tener a ese chaval extranjero a su disposición, empujó suavemente a Youssef hacia atrás hasta que él se recostó sobre las sábanas blancas de la cama de matrimonio.

Él se quedó allí, con los brazos extendidos y el pecho subiendo y bajando con violencia, mientras Susana se posicionaba entre sus piernas. Yo me senté justo en el borde de la cama, a escasos centímetros de su cara, para no perderme ni un solo detalle de la mamada de mi mujer a la polla de Youssef.

—"Es increíble, Jorge... está durísima", jadeó ella antes de volver a envolver con sus labios aquel pollón moreno.

Susana se empleó a fondo, usando sus manos para masajear la base y los testículos de Youssef mientras su boca trabajaba con un ritmo frenético. El tunecino, que seguramente nunca había soñado con una situación así, empezó a perder el control. Sus dedos se hundían en las sábanas y sus caderas daban pequeños botes involuntarios, buscando el fondo de la garganta de Susana.

—"¡Mira cómo se le pone, Jorge! ¡Le va a explotar!", me decía ella entre succión y succión, con los ojos brillantes de excitación al ver que tenía el control total sobre aquel semental árabe.

Yo acariciaba el pelo de Susana y le hablaba a Youssef en un tono bajo, espoleando su deseo: —"Venga, Youssef... dáselo todo a ella. Suéltale toda tu leche en la boca. Quiero ver cómo te corres en la boca de mi mujer".

El chaval no aguantó más. Soltó un grito gutural, una expresión en árabe que no entendimos pero que sonó a pura gloria, y su cuerpo se tensó como un arco. Vi cómo sus músculos se marcaban y, de repente, empezó a descargar con una fuerza brutal. Susana no se apartó; al contrario, lo agarró con fuerza de los muslos para recibir cada chorro de ese semen caliente y abundante.

—"¡Dios, Jorge... cuánta sale!", balbuceó ella mientras intentaba tragar y seguir saboreando el final de la descarga.

Cuando Youssef acabó de correrse, vacío y temblando, Susana se incorporó y me miró con la cara iluminada por la lujuria, pasándose la lengua por los labios para no desperdiciar ni una sola gota de la corrida que acababa de recibir del tunecino.

Susana, con esa mirada que solo pone cuando el vicio la desborda por completo, se incorporó sobre sus rodillas en la cama, dejando a un Youssef exhausto y tembloroso a sus espaldas.

Me miró fijamente, con los labios todavía brillantes por la descarga del tunecino, y me dedicó una sonrisa cargada de intención.

—"Jorge, tienes que probar esto...", me susurró con la voz melosa. —"Tienes que probar lo caliente que sale la leche de este morito. Está dulce... y es mucha, Jorge, muchísima".

Sin esperar respuesta, se abalanzó sobre mí. Me rodeó el cuello con sus brazos y me plantó un beso profundo, largo, de esos que te dejan sin aliento. Sentí de inmediato el sabor amargo y cálido del semen de Youssef pasando de su boca a la mía. Era una sensación de transgresión absoluta; estábamos fundiendo nuestra esencia con la de un extraño en mitad de Túnez, y ese sabor era el sello de nuestra libertad.

Mientras nos besábamos, sus manos bajaron rápidas hacia mis pantalones. Me sacó con urgencia, y sin perder un segundo, bajó la cabeza para envolverme.

—"Ahora te toca a ti disfrutar un poco con lo que me ha quedado de este chaval en la boca", jadeó ella antes de empezar a chupármela con una entrega salvaje.

La sensación era indescriptible: sentía el calor de su boca y, al mismo tiempo, la viscosidad del semen de Youssef lubricando cada uno de sus movimientos sobre mi polla. Era como si ella estuviera usando la leche del tunecino para llevarme a mí al límite. Susana me miraba desde abajo, con los ojos entrecerrados, sabiendo perfectamente que el hecho de que me estuviera limpiando su rastro con su boca en mi polla era lo que más me excitaba del mundo.

Youssef, desde el fondo de la cama, empezaba a reaccionar. Se incorporó sobre los codos, observando hipnotizado cómo mi mujer me devoraba con su propia leche todavía presente. Sus ojos árabes estaban muy abiertos; nunca habría imaginado que nosotros usáramos su corrida para alimentar nuestro propio sexo.

—"Fíjate cómo nos mira, Jorge...", susurró Susana, deteniéndose un segundo para lamer una gota que resbalaba por mi base. —"Está flipando... No sabe que esto es lo que más nos une. Venga, churri, ponte duro, que ahora quiero que me des lo tuyo mezclado con lo de él".

Con un movimiento firme, la coloqué en el centro del colchón, de espaldas a mí, en esa posición de cuatro patas que tanto nos gusta y que dejaba todo su arsenal a mi disposición.

Youssef, sentado a un lado, no podía apartar la vista. Sus ojos estaban fijos en Susana, fascinado por la naturalidad con la que actuábamos. Me acerqué a ella y, con mis manos, le separé los glúteos, abriéndola bien para que la tira de vello oscuro recortada en su pubis y su coño, ya excitado y palpitante, quedaran totalmente expuestos bajo la luz de la habitación.

—"Mira, Jorge... mira cómo lo tengo de abierto por vuestra culpa", gemía ella, hundiendo la cara en la almohada pero manteniendo el culo en pompa hacia mí.

Mi polla estaba vibrando, brillante y lubricada por el rastro de la mamada que Susana me acababa de dar, todavía impregnada con los restos del semen de Youssef. Era la mezcla perfecta: mi deseo, su entrega y la esencia del tunecino sirviendo de lubricante para nuestro propio placer. Sin esperar un segundo más, me apoyé en sus caderas y me hundí en ella de un solo empujón. Susana soltó un grito de puro gozo al sentir cómo mi polla, cargada con el rastro del morito, la invadía por completo.

—"¡Oh, sí, Jorge! ¡Así!", gritaba ella mientras yo marcaba un ritmo salvaje. —"¡Siento cómo entra! ¡Noto tu polla bien dentro!".

Cada embestida era un acto de posesión y, al mismo tiempo, de celebración compartida. Yo miraba a Youssef, que seguía allí, viendo cómo el marido de la mujer que acababa de poseer con su boca ahora la reclamaba de forma física, usando su propio rastro para hacerla vibrar. El tunecino parecía hipnotizado por la fuerza de nuestra conexión.

—"¡Dile, Jorge... dile a este chaval lo que se siente al follarme así!", jadeaba Susana, moviendo sus caderas al ritmo de mis estocadas, disfrutando de saberse el centro de ese universo de vicio que habíamos creado en aquella habitación 402.

Youssef, que hasta ese momento había sido un espectador fascinado por nuestra conexión, no pudo contenerse más ante la visión de Susana ofreciéndose de esa manera, vibrando bajo mis estocadas. Su respiración era un silbido ronco y sus ojos oscuros devoraban cada centímetro de mi mujer.

—" ¿puedo? ¿Puedo yo también... en su coño?", balbuceó con una urgencia que me hizo sonreír.

Me detuve un segundo, dejando mi polla enterrada en ella mientras sentía sus músculos apretarme. Miré a Susana; ella giró la cara hacia atrás, con el pelo revuelto y los ojos inyectados en vicio, asintiendo frenéticamente.

—"Sí, Jorge... deja que el morito me reviente ahora... ¡Quiero sentir ese pollón dentro!", gritó ella.

Me retiré con un sonido húmedo, dejando paso al tunecino. Me coloqué rápidamente sobre la cama, justo debajo de la curvatura de los muslos de Susana, apoyando la espalda contra el colchón para tener un primer plano absoluto de lo que iba a suceder. Desde mi posición, la vista era espectacular: veía el sexo de Susana totalmente abierto, brillante por mi lubricación y los restos de semen de Youssef, esperándolo.

Youssef se colocó tras ella, agarrando sus caderas. Sin ceremonias, guiado por un instinto animal, hundió su enorme polla de un solo golpe.

—"¡DIOS!", bramó Susana, arqueando la espalda mientras sentía cómo aquel pollón árabe la llenaba hasta el fondo.

Desde mi posición, a escasos centímetros, yo veía cómo la piel oscura de Youssef desaparecía y volvía a aparecer en el interior rosado y húmedo de mi mujer. El contraste era brutal, una imagen de película que superaba cualquier fantasía. Veía cómo el coño de Susana se estiraba, recibiendo cada embestida con una voracidad que me ponía el corazón a mil.

—"¡Mira, Jorge! ¡Mira cómo entra!", jadeaba ella mientras bajaba la mirada para encontrarse con la mía. —"¡Siento cómo me roza el útero! ¡Es increíble!".

Youssef empezó a imprimir un ritmo salvaje, perdiendo ya toda timidez, poseyendo a la turista española con una rabia contenida que hacía que la cama crujiera rítmicamente contra la pared de la suite. Yo, desde abajo, no podía dejar de mirar aquel espectáculo de carne y fluidos, celebrando internamente que aquella mujer tan deseada, que en ese momento estaba siendo cabalgada por un extraño en Túnez, era y sería siempre mía.

La temperatura en la 402 subió varios grados cuando Susana, en un alarde de vicio y control absoluto, decidió cambiar de postura. Con un gemido de placer, se separó de las embestidas de Youssef, extrayendo aquel pollón moreno con un sonido de vacío que resonó en el silencio de la habitación.

Se giró hacia mí, y en un segundo la tuve a horcajadas. Susana agarró mi polla, todavía brillante y tensa, y se dejó caer con fuerza, hundiéndosela en su interior. Su coño estaba ardiendo por la fricción que el tunecino acababa de provocar, y sentir cómo me recibía en ese estado fue una locura.

—"¡Ufff, Jorge... qué cachondo estás!", jadeó ella, arqueando la espalda mientras yo agarraba sus pechos.

Pero Susana no tenía suficiente. Con los ojos encendidos y la respiración entrecortada, estiró una mano hacia atrás y buscó a Youssef, que seguía de pie al borde de la cama, excitado al límite y sin saber muy bien qué hacer.

—"Youssef, ven aquí... no te quedes ahí parado", le ordenó ella con una voz sensual que no admitía réplica. —"Ponte detrás de mí... ¡ahora!".

El tunecino se acercó, hipnotizado. Susana, mientras se movía arriba y abajo sobre mí, se inclinó hacia delante, ofreciéndole su trasero de nuevo, pero esta vez manteniendo mi polla dentro de ella.

—"Intenta meterla tú también, Youssef... ¡Inténtalo!", gritó ella, mirándome a los ojos con una expresión de locura erótica. —"Estoy tan abierta, Jorge... me habéis dilatado tanto que seguro que cabéis los dos. ¡Quiero sentiros a la vez dentro de mi coño!".

Yo la agarré por la cintura para darle estabilidad mientras veía cómo Youssef, con las manos temblando de puro deseo, apoyaba la punta de su miembro justo en la entrada del coño de Susana, allí donde mi propia polla ya ocupaba espacio. El contraste de colores entre mi piel y la suya, unidos en la entrada del coño de mi mujer, era una imagen que superaba cualquier cosa que hubiéramos imaginado.

—"¡Empuja, Youssef! ¡No seas miedica, que soy una buena putita y me cabe todo!", le decía ella, mientras yo sentía la presión increíble de aquella polla que estaba a punto de entrar también en el interior de mi mujer.

Susana, con la cara hundida en mi pecho y las uñas clavadas en mis hombros, gritaba de pura locura mientras sentía cómo el glande de Youssef empezaba a forzar la entrada, compartiendo el espacio con mi polla.

—"¡Me corro, Jorge! ¡No puedo más, me voy a correr!", chilló ella mientras su cuerpo entraba en una convulsión salvaje.

En ese instante, el orgasmo de Susana estalló con una fuerza increíble. Sus músculos internos empezaron a bombear, dilatándose por el placer y empapando todo con una humedad torrencial que servía de lubricante definitivo. Fue entonces cuando Youssef, aprovechando esa relajación absoluta del coño de mi mujer, dio un empujón decidido y firme.

Sentí una presión brutal, un llenado que parecía irreal. El coño de Susana se estiró hasta límites que nunca creí posibles, aceptando la invasión doble. Youssef había logrado entrar del todo. Estábamos los dos dentro de ella, nuestras pollas apretadas una contra la otra, luchando por el espacio en su interior mientras ella encadenaba un orgasmo tras otro, totalmente ida.

—"¡DIOS MÍO! ¡DIOS MÍO! ¡TENGO LAS DOS DENTRO!", gritaba Susana con una voz que ya no era humana, era puro vicio. —"¿Lo notas, Jorge? ¡Mi coño está hecho agüica... me estoy deshaciendo por dentro con vuestras pollas!".

Youssef, poseído por el momento, empezó a entrar y salir con un ritmo corto pero potente. Cada movimiento era una fricción doble que hacía que Susana se retorciera sobre mí. Yo la sujetaba con fuerza, notando cómo su sexo, completamente dilatado y desbordado de fluidos, apresaba nuestras pollas. El lenguaje de Susana se volvió más obsceno que nunca, soltando guarradas que nos ponían cachondos a ambos mientras nos contaba cómo sentía que la estábamos "reventando de gusto".

—"¡Sí, llenadme así los dos! ¡Folladme el chichi!", aullaba ella mientras la oleada de orgasmos no le daba tregua.

—"Así asi asi asi asi asi”, gemia en sollozos de puro placer.

En la habitación solo se oían los gruñidos de Youssef y los gritos apagados de Susana en mitad de la noche tunecina. Éramos un matrimonio sellando nuestro primer viaje a Túnez con una de las mayores locuras que podíamos haber experimentado.

La tensión acumulada entre los tres, el calor de Túnez y esa doble invasión en el coño de Susana nos habían llevado a un punto de no retorno. Yo la sujetaba con fuerza de las caderas, sintiendo cada embestida de Youssef resbalando en su vagina, mientras nuestras pollas se frotaban la una contra la otra dentro de ese interior que estaba, como decía ella, hecho agüica.

Youssef fue el primero en correrse. Su cuerpo moreno se puso rígido y soltó un rugido que pareció retumbar en todo el hotel. Sentí perfectamente cómo su glande empezaba a bombear con una fuerza animal.

—"¡Ahí va, Jorge! ¡Siente cómo me llena el morito!", gritó Susana, con los ojos encendidos, notando la descarga volcánica que el tunecino estaba soltando en su interior.

El semen de Youssef era tan abundante que el coño de Susana, ya saturado de fluidos, no pudo retenerlo más. Empecé a sentir cómo su leche caliente y espesa empezaba a rebosar, chorreando por la comisura de sus labios vaginales y cayéndome directamente encima de mis huevos, que golpeaban rítmicamente contra ella. Ese calor ajeno, mezclado con el vicio de ver a mi mujer follada por un extraño, fue el detonante final.

—"¡Yo también, Susana! ¡Me corroooo!", dije como si sollozaría de gusto y hasta casi perdiendo el conocimiento.

Me hundí hasta el fondo, buscando el mismo rincón que Youssef acababa de regar, y solté toda mi carga con una fuerza que me dejó sin aire. Mis chorros se mezclaron con los de él dentro de ella, creando una marea de semen que nos unía a los tres como pegamento. Youssef, todavía espasmódico, no se la sacó; se quedó enterrado junto a mí, permitiéndome disfrutar de esa sensación de plenitud compartida mientras yo terminaba de vaciarme sobre su propia leche.

Susana se desplomó sobre mi pecho, agotada, temblando por la descarga doble que acababa de recibir. El silencio que siguió solo fue roto por nuestras respiraciones agitadas y el sonido del mar que entraba por la terraza. Nos quedamos así unos minutos, fundidos en una masa de carne, sudor y fluidos, sabiendo que Jasmine Hammamet nunca volvería a ser el mismo para nosotros, sería otro gran recuerdo en nuestras noches de pasión.

Aquella noche, en la 402, no solo habíamos tenido sexo; habíamos llevado nuestra complicidad a una dimensión que solo nosotros dos, y aquel joven tunecino que nos miraba ahora con gratitud y asombro, podíamos comprender.

Poco a poco, el ritmo cardíaco de Youssef volvió a la normalidad. Se retiró con una lentitud casi reverencial, todavía asombrado por la generosidad y el vicio de la pareja española que lo había elegido. Se vistió en silencio, intercambiando con nosotros una mirada de gratitud y respeto que iba mucho más allá de lo que cualquier guía turística podría explicar. Tras un breve adiós cargado de complicidad, salió de la habitación perdiéndose en el pasillo del hotel.

Susana seguía sobre mí, con la mirada perdida en el techo y una sonrisa de satisfacción que iluminaba la penumbra. Fue entonces cuando decidí que no podíamos desperdiciar ni una gota de lo que acababa de ocurrir.

Con cuidado, me incorporé y busqué un vaso de cristal del baño. Lo coloqué justo bajo su sexo, que seguía abierto y relajado, permitiendo que la mezcla espesa y caliente de mi semen y el de Youssef fuera goteando lentamente hasta recogerlo todo.

—"Mira qué tesoro hemos conseguido esta noche, Susana...", le susurré.

Mojé mis dedos en la mezcla blanquecina y, con una suavidad extrema, empecé a extendérsela por la cara, como si fuera la mascarilla más cara y exclusiva del mundo. Ella cerró los ojos, disfrutando del tacto y del olor acre y masculino que inundaba sus sentidos. Continué por su cuello y sus tetas, restregando el fluido como una crema para la piel que sellaba la experiencia de aquella noche en Hammamet.

—"Es la mejor crema que me has puesto nunca, Jorge...", murmuró ella, dejándose impregnar por nuestro deseo compartido.

Finalmente, no nos limpiamos para acostarnos y así, piel contra piel el aroma del jazmín de la terraza se mezclaba ahora con el rastro seco del semen sobre su cuerpo, un perfume crudo y real que nos recordaba quiénes éramos. Nos quedamos dormidos abrazados, mecidos por el sonido del Mediterráneo, sabiendo que Túnez ya no era solo un país en el mapa, sino otro santuario sagrado en nuestro historial de pasión.

Epílogo: El Amanecer en Jasmine Hammamet

La luz del Mediterráneo se filtró por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre la cama de la habitación. El primero en despertar fui yo. El silencio de la mañana tunecina solo se rompía por el rumor lejano de las olas y el canto de algún pájaro en los jardines del hotel. Al girarme, vi a Susana todavía sumida en un sueño profundo, con el rostro relajado y una media sonrisa que delataba la batalla de placer de la noche anterior.

Me acerqué a ella y, al rozar su piel, sentí que todavía conservaba esa textura suave y algo tirante. El rastro del semen de Youssef y el mío, que le había extendido como una mascarilla, se había secado sobre sus mejillas y su pecho, dejando un brillo sutil bajo la luz del sol. El aroma del jazmín seguía allí, pero ahora se mezclaba con ese olor acre, masculino y metálico que impregnaba las sábanas. Era el perfume del éxito.

Susana abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la claridad. Tardó solo un segundo en recordar dónde estábamos y qué había pasado. Se estiró como una gata, soltando un gemido de satisfacción mientras se pasaba las manos por el cuerpo, notando el rastro de la "crema" sobre su piel.

—"Buenos días, churri...", murmuró con la voz algo ronca de tanto gritar. —"Me duele todo el cuerpo... pero es un dolor que me encanta. Siento el coño todavía dilatado, Jorge. Es como si aún tuviera a ese chaval dentro".

Me reí y la besé, saboreando el despertar de su deseo. Bajamos a desayunar a la terraza del hotel, frente al mar. Allí, rodeados de otros turistas que tomaban su café con total normalidad, nosotros compartíamos un secreto que nos hacía sentir cómplices.

Cada vez que un camarero se acercaba a traernos fruta o zumo, Susana me miraba de reojo, con esa chispa de vicio en los ojos, preguntándome sin hablar si aquel también tendría "algo" que enseñarnos. Jasmine Hammamet brillaba con una luz distinta aquel día. No era solo el primer viaje a Túnez; era la confirmación de que, juntos, podíamos convertir cualquier rincón del mundo en nuestro propio zoco de pasiones.

Mientras dábamos el último sorbo al café con leche, Susana me cogió la mano por debajo de la mesa y me susurró:

—"Jorge, ¿a dónde vamos a ir el año que viene? Porque después de esto, ya no quiero viajes aburridos".

—"Podríamos volver a Túnez”, le dije yo, “y... en lugar de venir a Jazmin Hammamet alojarnos en otro hotel en Sidi Bu Said o en Sousse”.

—"Ya lo pensaremos”, “tampoco me importaría repetir otra vez aquí”, me dijo ella mientras esbozaba una pícara sonrisa.