Xtories

El Profe - completo (cap. 6)

Paula no pudo detenerlo, pero él no perdonará jamás lo que hizo. Mientras tanto, el profesor creía tener el control, hasta que las puertas del coche se cerraron y las reglas cambiaron para siempre.

Abel Santos10K vistas8.9· 20 votos

La miré con el estupor pintado en la cara y Paula se arrancó con la historia.

—Pues resultó que a eso de la una de la mañana, cuando yo estaba loca por irme a casa, se me ocurrió ir al baño porque me meaba viva. Pero parecía que en aquella discoteca era hora punta, porque el baño de las chicas tenía una cola que casi llegaba a la pista de baile.

Tragué saliva. Y empecé a visualizar el relato de Paula. La imagen de la disco se mostró clara en mi mente a pesar del paso de los años.

—Desesperada como estaba, Nacho se me acercó y me ofreció una solución: Como el baño de los chicos apenas estaba ocupado, me reservaría un cubículo y me ayudaría a pasar dentro sin que ningún tío me molestara. Además, él vigilaría en la puerta mientras terminaba.

»Sospeché algo, pero no estaba para discusiones, así que acepté. ¡Joder, Carlos, era tu amigo, cómo iba a dudar de él! Hicimos como había planeado y, tras sentarme en la taza, me sentí aliviada. Antes de terminar, sin embargo, noté ruidos en la cerradura. Me tapé como pude, estaba con las bragas a media pierna, pero con la falda me cubrí los muslos.

—Hostia, Paula, ¿estás hablando en serio? —la interrumpí.

—Totalmente en serio —respondió—. ¿Quieres saber lo que pasó o lo dejo?

—Sí… sigue… —repuse sin muchas ganas. Hubiera preferido no saber, pero no podía quedarme a medias, la duda se me clavaría como una espina y sería mucho peor.

Y Paula continuó con su historia

—Cuando entró no noté nada, pero enseguida me di cuenta de que llevaba la polla en la mano.

—¿¡Qué!?

—Pues eso, el muy cerdo se la había sacado por la bragueta. Pasmada por la sorpresa, solo pude echarme hacia atrás. Pero él se me lanzó encima y me la arrimó a los labios, al tiempo que me rogaba que me la metiera en la boca. Se le notaba fuera de sí de puro cachondo. Yo me asusté con sus malos modos, así que intenté levantarme para salir de allí.

Al ponerme en pie, sin embargo, se lo dejé a huevo. Primero comenzó a morrearme y luego me metió la mano bajo la falda. Antes de poder quejarme, ya me había metido dos dedos en el coño. En eso sí que es bueno tu amiguito, por lo visto, sabe encontrar el agujero en un segundo hasta con los ojos cerrados.

—¿Seguro que no estaba… borracho? —conseguí decir atragantado como me hallaba.

—Pues qué sé yo… Achispado sí que estaba, como todos… Pero lo que estaba era que se subía por las paredes de lo caliente que se había puesto. Ya te he dicho que me tenía muchas ganas, y no se cortaba un pelo en decírmelo en cuanto tú no estabas cerca. Sabía el muy cerdo que yo no te iría con el cuento por el pudor y la vergüenza que sentía.

Me estaba cagando en todos los muertos de Nacho por lo bajo, pero no sabía qué decir. Cualquier exabrupto se quedaría corto. Al final dije la primera bobada que se me ocurrió.

—Y… cuando empezó a tocarte bajo la falda… ¿No pudiste pararle con las manos?

—Imposible, te lo juro, me faltaban manos para tapar todos los frentes. Así que lo único que hice fue empujarle lo más que pude. Por suerte, cuando peor estaba la cosa, la voz de Laura me salvó.

—¿Laura? ¿Cómo?

—Pues sí, Laura debía de haberme visto entrar en el lavabo de los tíos y, al ver que tardaba, metió la cabeza para llamarme y preguntar si me iba bien. Nacho se llevó un buen susto y me dejó libre. Yo me subí las bragas como pude y salí del cubículo a la carrera.

—Joder… —dije atragantado y volví a beber de la botella.

Paula suspiró y soltó la moraleja.

—Pues eso… ya sabes ahora por qué me cae mal tu amiguito Nacho.

Trataba de razonar lo que había oído, y encontrar respuestas en la medida de lo posible. Parecía imposible, pero tenía que intentar no enervarme. Si me dejaba llevar por la mala leche, solo podría provocar más problemas.

—¿Pero, y tú…? —dije tras reflexionar—. ¿Por qué no me dijiste nada?

Tomó mi botella de cerveza y le dio un largo trago. Luego respondió.

—No quise armar más bulla. Ya te lo he dicho, bastante vergüenza tenía yo encima. Y, además, tendría que luchar contra vuestra incredulidad, la tuya y la de Laura… A saber lo que hubierais pensado los dos. Es lo que está ocurriendo ahora, que no te lo puedes creer.

—Será cabrón el muy…

—Así que opté por la solución más fácil: convencerte para largarnos de esta ciudad. Maldita la hora en la que hemos vuelto.

Tras unos minutos de intentar calmarnos, no llegamos a ninguna conclusión sobre qué hacer con la celebración en casa de Nacho.

—No sé… —dije yo al cabo—. ¿Te parece si lo dejamos por hoy y lo hablamos con calma más adelante? Yo le iré dando largas hasta que no se pueda más y lo vamos pensando mientras, ¿te parece?

Paula estuvo de acuerdo y dejamos el asunto aparcado para mejor ocasión.

En cuanto a lo que hacer con Nacho, decidí que tenía que darle alguna vuelta al asunto antes de decidirme a hacer algo. De ninguna de las maneras aquella afrenta podía quedar impune. Pero la venganza tendría que esperar, la dejaría enfriar como dice el proverbio y luego golpearía con todas mis fuerzas. Eso sí, dejaría a Paula al margen, bastante tenía la pobre con soportar la vergüenza de lo que le había pasado con el tipejo para hacerla revivir todo de nuevo.

El muy hijo de su madre se iba a enterar de quién era yo.

¡Vaya si se enteraría!

La casa de los abuelos

La tarde del viernes me encontraba tan nervioso que apenas di pie con bola. Al acabar la última clase, bajaba aterrado las escaleras del colegio que daban al parking. Miraba hacia la explanada con miedo a encontrarme con Eva o Ari. La morena había dicho que me buscaría a la salida y tenía la sensación de que cumpliría su palabra.

Por si eso ocurría, me había hecho el firme propósito de negarme a seguirle el rollo, por mucho que insistiera. Era solo una cría un par de años mayor que Ari, ¿por qué iba a dejarme manipular por ella?

De todas formas, por si al final la chica era capaz de enredarme, le había soltado a Paula un rollo como excusa. En mi trola había incluido una reunión con los padres de un alumno, una mesa de profesores para las notas de los trimestrales y alguna cosilla más.

Caminé con cautela y, al no ver a ninguna jovencita esperándome en el parking, suspiré aliviado y me relajé. El bicho de Eva debía de haber renunciado a seguir con sus jueguecitos. Eso, o quizá Ari se había negado a seguirle la corriente a la pirada de su amiga.

Era una suerte, bufé feliz, podría irme a casa y jugar con Paula, que llevaba tiempo pidiéndome estrenar el picardías y aún no había sido capaz de complacerla.

Dejé la cartera en el asiento trasero del Volvo y arranqué el motor. Tras mover la palanca del cambio automático hacia adelante, el coche se desplazó suavemente por el descampado que daba salida a la avenida principal. Cuando llegaba casi al cruce, bajé la vista para conectar la radio. Enseguida comenzaría la final de baloncesto de la Eurocopa y podría escuchar el partido camino a casa.

Solo me despisté un segundo, pero apenas moví los ojos escuché un golpe en la chapa que me hizo levantar la cabeza después de pisar el freno a fondo.

—¡Joder, profe, que casi me atropella! —soltó Eva airada acercándose a la ventanilla tras golpear con sus manos el capó—. ¿Es que no me ve?

Carraspeé espantado. Había faltado un milímetro para llevarme por delante a la chica, aunque a aquella velocidad no habría sido para tanto, pensé como auto excusa.

Bajé la ventanilla y le pregunté mosqueado.

—¿Y tú qué haces aquí en medio, si se puede saber? —dije, aunque conocía de sobra la respuesta. Mis piernas comenzaban a temblar.

—Joder, profe, habíamos quedado para ir a casa de mis abuelos… ¿Se acuerda o le hago un mapa? —dijo bajando el tono—. ¿Y no pensará que le vamos a esperar a la puerta del colegio para que las monjas nos vean entrar en su coche?

La chica había hablado en plural, y me temí lo peor. Giré la cabeza hacia la derecha y allí, en efecto, se encontraba Ari plantada con los libros sobre el pecho. Su expresión era serena, menos asustada que el día de los baños. Mascaba un chicle y hacía globitos con él estirando los labios como en un beso.

Enseguida pasé a la acción. Eva tenía razón, no podía dejarme ver con las dos chicas subiéndose a mi coche. Abrí las puertas y las urgí a subir. Ya discutiría con ellas en un lugar que estuviera menos a la vista de todo el mundo.

—Yo le guío, profe… —tomó el mando Eva en cuanto el Volvo enfiló la calle principal—. Gire a la derecha en aquel semáforo.

Miré por el retrovisor. Ari mascaba su chicle con aire indiferente. Eva, en el asiento del copiloto, no paraba de darme indicaciones, que yo seguía por inercia. No era momento de disputas, sino de salir de allí lo antes posible.

Mientras avanzábamos entre los coches, vigilaba a Ari por el rabillo del ojo. Darme cuenta de que aquella muchacha podría estar desnuda ante mí en los próximos minutos empezaba a surtir efecto entre mis piernas. Mi erección no había dejado de crecer desde que habíamos perdido de vista el colegio.

Y no podía dejar de sentirme culpable. Aquella criatura había jugado sobre mis rodillas no hacía tanto. Aunque había que decir que a sus veinte ya no se parecía a la niña que conocí, precisamente.

—¿Tú estás de acuerdo con esto? —le pregunté mirándola a los ojos a través del espejo.

Ari se encogió de hombros como si no fuera con ella.

—¿Qué pasaría si se enterara tu padre? Ya sabes que somos amigos…

—Venga, profe, no sea muermo —interrumpió Eva—. ¿Por qué se va a enterar su padre? ¿Se lo va a decir usted?

Las excusas de Eva no evolucionaban, se repetía de forma constante. Todo lo que sabía decir era que nadie se iba a enterar. Pero ¿y si no era así? ¿Quién las iba a pasar canutas, ellas o yo? Ignoré a la morena y volví a la carga con Ari.

—¿No dices nada? ¿Te da igual? ¿Le quieres poner los cuernos a tu novio?

Ari volvió la cabeza y miró por la ventanilla hacia ninguna parte. No respondió, parecía que pasaba de todo. O que estaba totalmente manipulada por su amiga.

—Joder, profe, que Ari no tiene novio… —soltó Eva en su lugar.

—¿Cómo que no? —protesté —. Si lo vi el otro día con mis propios ojos…

—Ah, se refiere a Chovi —replicó Eva—. Ni caso, profe, Chovi y Ari han roto ayer. Ari prefiere centrarse en su amor por usted. Al menos hasta que haya podido superarlo y concentrarse en los estudios. ¿No querrá usted privar a la chica de sacar un notable en el examen de recuperación, no?

Yo me rebelaba ante el silencio de la hija de Nacho e insistía.

—Joder, Ari, ¿se te ha comido la lengua el gato? ¿Por qué callas y aceptas todo lo que dice Eva?

Pero no hubo forma de sacarla de su silencio.

*

Tras cuarto de hora de seguir las indicaciones de Eva, entramos en una zona de chalets antiguos, rodeados de muros rebosantes de vegetación que los aislaban del exterior. Las calles se hallaban en completa calma. Había pocos coches y menos transeúntes. Tuve que aceptar que Eva había elegido el sitio adecuado para mantener el secreto de lo que íbamos a hacer allí.

Continuará...

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