Xtories

Infiel en la Oscuridad

Mikayla sabe que Franco la vigila desde las sombras, furioso y desesperado. Pero ella no mira hacia atrás; mira al hombre que la observa con deseo contenido. En la oscuridad de la pista de baile, la línea entre docente y estudiante se borra, y ella decide que el riesgo vale la pena.

Mikayla15K vistas8.0· 5 votos

Hola, me llamo Mikayla, tengo 23 años, y estoy a punto de contarles una aventura que roza los límites de la infidelidad. Antes de que saquen conclusiones precipitadas, déjenme aclarar algo: no hubo un encuentro íntimo explícito, pero estuvimos peligrosamente cerca. Ahora, para entender la historia, deben conocer el contexto.

Estoy en la universidad y, como toda chica con una curiosidad insaciable por el romance, decidí escoger al peor de los pretendientes que se me acercaban. Sí, elegí al tipo más idiota, el clásico chico malo que, al final, no era más que un inseguro envuelto en una fachada de rebeldía. Lo hice por una simple razón: la necesidad de experimentar, de sentir algo diferente.

Mis amigas no dejaban de juzgarme por andar con él. No solo era detestado por ellas, sino que además tenía una habilidad especial para caerle mal a casi todo el mundo. Era abusivo incluso con sus propios amigos, y tampoco es que fuera una maravilla a la vista. Pero su rebeldía, esa manera de romper las reglas sin remordimientos, me atraía de una manera que no podía ignorar. Era como si estar con él fuera un desafío constante, una forma de probar hasta dónde estaba dispuesta a llegar para ser más sabia, más audaz, más... yo.

En clases, Franco era un completo inútil. Incluso llegué a hacerle las tareas, pero no porque tuviera alguna esperanza de cambiarlo. No, yo no era una de esas chicas ingenuas que sueñan con redimir a un chico malo. Admito que a veces parecía esforzarse cuando estaba conmigo, pero, francamente, era un tonto total, un fracaso ambulante que caminaba directo hacia la mediocridad. Nadie creía en él, ni siquiera sus propios padres. Mi obsesión por mantener esa relación no era más que un capricho, una forma de alimentar mi propio ego, mi necesidad de aventura y de sentir que tenía el control.

A pesar de todo, Franco estaba completamente embelesado conmigo. Y, ¿cómo no estaría? Siempre fui la más atractiva entre mis amigas, la más esbelta, la más alta. Recuerdo que cuando participé en un concurso de la carrera, él ni siquiera se molestó en aparecer para apoyarme. Pero, claro, se hizo presente al final, borracho y ostentando ante todos que yo era su novia, como si eso le diera algún valor. Me obligó a irme con él, mientras mis amigas protestaban por el resultado, ya que no gané, quedé en segundo lugar. Aún así, parecía que el jurado tenía una clara preferencia por la ganadora. Entre silbidos y gritos de apoyo hacia mí, mis amigas me aclamaban como la verdadera reina. Y entonces, apareció Franco, tambaleándose ebrio, abrazándome como si fuera su trofeo mientras yo intentaba mantener la compostura con mi banda de finalista y un ramo de flores en las manos.

Mis amigas, ya hartas de darme consejos que yo ignoraba, se resignaron a vigilar que el idiota de Franco no se comportara demasiado brusco. Incluso empezaron a tratarlo mejor, riéndose de sus chistes estúpidos para que bajara la guardia. Así, lograban alejarme de él, al menos por un rato. Yo, por mi parte, simplemente observaba a mi alrededor, notando las miradas de otros chicos, algunos realmente buenos partidos que rechacé sin pestañear. Eran más caballeros, más respetuosos, y sin embargo, me excitaba ver cómo se ponían celosos de Franco. Era un morbo delicioso, una perversión que disfrutaba en silencio. Entre los que nos observaban, también estaban los docentes, manteniendo una fachada de seriedad, pero no podía ignorar esas miradas furtivas, claramente dirigidas a nosotras, las candidatas desde el principio.

Franco era intensamente celoso y controlador. Me enviaba mensajes constantemente, y si me demoraba en responder, se ponía furioso. Siempre me acusaba de coquetear con otros, ni siquiera me dejaba ir sola a trabajos grupales si había otros chicos involucrados. Y lo peor, se metía en medio de todo, tratando de llamar la atención, siempre buscando minimizar a los demás chicos del grupo. Pero, con el tiempo, entendí que podía manipularlo fácilmente. Era tan básico, tan predecible, que pensaba más con el pene que con la cabeza. Me bastaba con una sonrisa o un gesto insinuante para tenerlo comiendo de mi mano.

Era evidente que Franco siempre estaba ansioso por avanzar en nuestra relación. Desde nuestras primeras salidas, su mente estaba fija en llevarme a la cama. Al principio, le dejé claro que debíamos ir con calma. Pero a medida que el tiempo pasaba, permití que avanzara un poco más. Recuerdo claramente cómo me subía la falda en medio del parque, sin importarle quién nos mirara. Mientras mis manos trataban de bajar la tela a su lugar, él se ponía cada vez más desesperado, buscando mis pechos con avidez. Yo, por supuesto, estaba cubierta con mi sujetador, y solo una vez logró desabrochar el broche, lo que terminó en una cachetada que lo hizo retroceder.

Fue entonces cuando me di cuenta de que podía manipularlo con facilidad, condicionándolo a avanzar más solo si sabía comportarse. Era como entrenar a un cachorro, y después de unos meses, Franco estaba tan desesperado y frustrado por no lograr tenerme que sus celos lo consumían. Me doy cuenta de que en parte era mi culpa, porque él no solo era un idiota desde el principio, sino que su obsesión lo estaba devorando por completo.

Franco era un tipo alto, de 1.83 m, con piel morena y pelo negro. No tenía músculos, pero sí una contextura gruesa. Vestía siempre como si fuera un adolescente perdido, con camisetas anchas, jeans desgastados y tenis ridículos, como si intentara ser un cantante de reggaetón. Siempre llevaba una gorra con visera plana y una sudadera con capucha más grande que larga.

En contraste, yo siempre me distinguí por mi estilo exquisito. No era la típica estudiante con ropa casual; mis combinaciones eran una mezcla de formal y semiformal. Usaba blusas con jeans de varios colores y faldas de tela con tops de escote sutil pero llamativo, destacando mis pechos prominentes y mis nalgas firmes. Mi cabello rubio siempre atraía miradas, y mi piel blanca brillaba en medio de la multitud. Cuando usaba tenis, los combinaba con atuendos deportivos, y cada vez que llegaba a la universidad, robaba miradas, incluso de los docentes, que a veces no podían evitar hablarme. Algunos incluso me invitaron a salir antes de que empezara mi relación con Franco. Yo tomaba todo con gracia, disfrutando de la atención. Pero una vez que me convertí en la novia de Franco, todo eso parecía alejarse. Su obsesión y celos, intensificados por mi decisión de negarle el sexo, lo estaban devorando.

La vez que más llamé la atención fue durante una exposición en una materia, donde el grupo de estudio debía asistir con trajes formales. Yo decidí deslumbrar con una blusa blanca ajustada, cubierta por un blazer negro igualmente entallado, y una minifalda negra que se ceñía a mi figura desde el vientre hasta los muslos, realzando cada curva. Completaban mi look unos tacones altos negros que sostenían mis largas piernas envueltas en medias de nylon oscuras hasta los muslos. Me encantaba vestir así porque sabía que ponía nerviosos a los docentes, y siempre lograba aprobar con facilidad. Era mi forma de empoderarme frente a ellos.

Ese día, con mi sexy vestimenta, la gente no podía evitar escanearme de pies a cabeza sin disimulo. Sin embargo, a mi lado caminaba un gorila mal vestido, con una camiseta de Dragon Ball Z desgastada y unos jeans que parecían no haberse lavado en toda la semana. Franco cargaba mis cosas para la exposición, no por ayudarme, sino para marcar su territorio, demostrando a todos que era de su propiedad. Se atrevía incluso a no ceder el paso a los hombres que se cruzaban en los pasillos de la universidad, incluidos los docentes, obligándolos a girar y pasar aplastados entre su enorme cuerpo y la pared. Su inseguridad lo convertía en un protector primitivo, agresivo y posesivo.

En nuestro camino, nos encontramos con el Licenciado García, un hombre de unos cuarenta y tantos años, siempre respetuoso e íntegro, que se dirigía al salón para observar la exposición ante sus colegas. Nos saludó con una sonrisa y, al reconocerme, dijo: —¡Mikayla! ¿Ya estás lista? —su entusiasmo era palpable. —Sí, licenciado —respondí, devolviendo la sonrisa con seguridad. —Bueno, entonces a darlo todo, con confianza. Sé que dominas el tema —sus palabras me llenaron de más poder—. Bueno, pasen chicos, todo comenzará sin retrasos.

El licenciado García intentó pasar junto a Franco, quien se mantuvo inmóvil. El profesor me miró y me lanzó otra sonrisa mientras se abría paso bordeando a Franco en un movimiento circular.

Aunque Franco era un completo idiota, no le reprochaba nada. Le permitía marcar su territorio, un juego de poder que me divertía mantener. Era como dejarle libertad para que su naturaleza dominadora brillara, mientras yo lo controlaba con mi indiferencia, negándole otras cosas y manteniéndolo a raya. Era un juego divertido y bastante estimulante.

Recuerdo perfectamente cómo Franco se puso de mal humor, frunciendo el ceño mientras estaba atrapado en su celular, con audífonos puestos, ajeno a todo mientras yo estaba en el centro de atención, exponiendo mi tema. La dinámica de poder estaba claramente a mi favor. En medio de la exposición, decidí despojarme del blazer, quedándome solo con la blusa blanca ajustada, que marcaba cada uno de mis pechos, dejando entrever más piel a través de la tela semitransparente. Los jurados, los docentes, perdían el hilo del tema y tragaban saliva, atrapados por mi presencia. No podían evitar concentrarse más en cómo me movía en el escenario, exhibiendo tanto mi tema como mis curvas seductoras.

Había docentes mujeres que parecían llenas de celos, pero no se atrevían a reclamarme por mi vestimenta. Mi look bordeaba lo sensual pero se mantenía dentro de lo formal, como si no tuviera culpa de ser tan irresistiblemente sexy.

Era evidente que tenía el control absoluto de la situación, lo que satisfacía aún más mi ego. Cuando llegó el momento de las preguntas, noté cómo Franco se ponía más nervioso, ansioso por que todo terminara. Cuando parecía que la pregunta final había sido respondida, otro jurado levantó la mano, y el gesto de Franco levantando las manos en protesta lo decía todo. Yo me tomaba mi tiempo para responder, dejando que las palabras fluyeran, aunque las preguntas fueran rebuscadas, y con ello aseguré mi aprobación del semestre.

Al finalizar, esperé unos momentos mientras recibía la nota de aprobación. Fue un instante de exaltación, y ante la vista de todos, le di un beso a Franco, quien me abrazó con orgullo, más para mostrar que era suya que para celebrar mi éxito académico.

Luego, el Licenciado García se acercó para felicitarme. En un arrebato espontáneo, le di un abrazo, y Franco se unió casi poniéndose en medio de los dos. De forma agradable y graciosa, el Licenciado García se inclinó hacia un costado para seguir con las felicitaciones.

—Nos vemos el siguiente semestre, Mikayla. Cuídate, aunque parece que ya tienes guardaespaldas —dijo, sonriendo como siempre, dejando claro que Franco no lo intimidaba en absoluto.

Con el paso de los días, me daba cuenta de que todo estaba bajo mi control y que mi estrategia estaba dando resultados. Franco parecía esforzarse por ser más caballeroso, como si estuviera siendo “domesticado”. No era tonta; sabía que si le daba lo que quería, su verdadera esencia de idiota volvería a salir a flote. Pero admito que, siendo una mujer sensual, mis deseos sexuales estaban latentes y al borde del límite. Comencé a considerar seriamente la posibilidad de finalmente entregarme al gorila idiota, no para complacerlo a él, sino para satisfacer mi propio ego.

Al verme más dócil, Franco se esforzó aún más para complacerme. Me llevó a varias salidas y siempre pagaba, a pesar de no tener mucho dinero. Me daba algo de pena, pero sabía que sus esfuerzos no eran por mí, sino por mi cuerpo. Era casi cómico verlo intentar comportarse como un caballero, como un animal buscando pelea, pero cuando notaba mis gestos de desaprobación, bajaba la guardia e incluso empezaba a tratar mejor a los demás, o al menos lo intentaba.

Finalmente, decidí que podría dejar que pasara algo más en la fiesta de gala organizada por el centro de estudiantes. El día del evento, llegué al salón y, apenas vi a Franco, sentí un desánimo total. El idiota intentó vestirse formalmente, pero se veía ridículo: sus pantalones eran demasiado cortos para sus piernas, mostrando unas medias blancas deportivas, una camisa amarilla floreada que apenas le cerraba y una corbata roja. Solo el saco, claramente prestado y mal ajustado, salvaba algo su apariencia.

Me podrían juzgar de egocéntrica, pero sabía que él estaba haciendo todo esto solo para acostarse conmigo, y esa misma noche lo dejó en evidencia. Apenas nos encontramos en las afueras del salón, ebrio y desesperado, me exigió que lo acompañara a un motel. Mi paciencia se agotó y, sin dudarlo, lo puse en su lugar con un cachetazo que resonó en la noche.

Franco estaba con su saco en el brazo, así que se lo quité y se lo volví a poner con un gesto que insinuaba mi dominio. Entramos al salón y nos pusimos en la fila para la foto en el área especialmente preparada para ello. Las parejas iban pasando una a una hasta que llegó nuestro turno. Me quité la chaqueta con una deliberada elegancia, revelando por completo mi vestido rojo, una pieza que derrochaba sensualidad en cada detalle.

La foto capturó mi imagen con el vestido ajustado, mostrando un escote en forma de corazón que resaltaba con delicadeza la piel superior de mis pechos. Mis hombros desnudos se presentaban de manera provocativa, mientras que las mangas largas caían suavemente, terminando en un ligero vuelo en mis manos que añadía un toque de sofisticación. La cintura ceñida acentuaba mis curvas naturales, y la minifalda fluida se movía al ritmo de cada paso, insinuando y seduciendo con su suave caída. Un lazo central justo en el pecho aportaba un elemento coqueto y delicado, enmarcando mi busto de manera sugerente. La foto quedó en manos del camarógrafo, y dado que Franco no tenía dinero y yo me negué a comprarla, se quedó ahí como un recuerdo que no necesitaba ser revivido.

La pose sensual, a pesar de mi sonrisa exagerada, era la foto perfecta, aunque la razón de mi sonrisa desmedida era ver la pose ridícula de Franco. Con las piernas abiertas de par en par y las rodillas dobladas, sus brazos extendidos en un intento fallido por cubrirme y colocarse él mismo como el centro de atención, sus dos manos apuntaban a su cuerpo con los dedos índices. Pero lo realmente cómico y patético era su rostro, frunciendo los labios como si enviara un beso a la cámara, y justo antes de la foto, había sacado unos lentes oscuros que no hacían más que acentuar su torpeza.

La cámara capturó el instante en que no pude contener la risa mirándolo a él en lugar de a la cámara, y en ese momento sentí un desánimo. Aparentemente, aún me faltaba "domesticarlo". Había trabajado en su agresividad negándole el sexo, pero convertirlo en un caballero estaba a años luz de distancia. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, sentí un impulso de provocarlo más, recordando cómo sus celos lo consumían el día de mi exposición cuando me veía lucir aquella blusa delgada y la minifalda. Ahora, sus ojos no podían dejar de seguirme, y envuelta en ese vestido rojo, tampoco podía controlar sus manos largas que buscaban mis encantos apenas me descuidaba un poco, su autocontrol se desmoronaban, revelando su verdadera naturaleza

En medio del salón, la música comenzó a sonar, transformando el ambiente en uno más animado y festivo. Las parejas tomaban el centro del salón poco a poco, mientras yo permanecía al lado de Franco, consciente de que él no bailaría. Estábamos como dos figuras marginales en el lugar, sin que nadie se acercara a nosotros. Después de varios minutos viendo como la gente pasaba y repasaba vi como una figura conocida se acercaba y aprovechando el momento, decidí llamar deliberadamente su atención, el licenciado García.

Vestido con un elegante terno, se acercó con una sonrisa. El ambiente hizo que dejáramos de lado la relación docente/estudiante y me saludó con un beso en la mejilla, y luego noté cómo Franco, con un apretón desafiante, sostenía la mano del licenciado por más tiempo del necesario, causando una evidente incomodidad en el docente. Finalmente, cansada de estar en la fiesta sin hacer nada, decidí actuar por inercia. Impulsada por mi deseo de provocar más a Franco, sentí una emoción intensa, como si descubriera algo profundo en mi mente. Comprendí la razón por la cual permitía que Franco me considerara su propiedad. No quería cambiarlo; simplemente deseaba tener un esclavo, un esclavo de mi cuerpo, alguien que se humille ante mi impactante figura. Franco era el tipo perfecto para esto: inseguro, agresivo, celoso, y más. Pero me había cansado de usarlo. Algo dentro de mí quería acabar con él, enloquecerlo y dejar en claro que nunca sería realmente suya.

—Lic. ¿bailamos? —pregunté con una sonrisa coqueta. La mirada de Franco se abrió en sorpresa, su postura se enderezó y su pecho se infló como un pavo real. El licenciado García, manteniendo su caballerosidad, respondió: —Bueno, si el caballero me lo permite. —Ante el silencio de Franco, el licenciado aprovechó para finalizar la disputa inventada —Te la devuelvo en unos minutos.

Sin más, le tomé del brazo y me dejé guiar hacia la pista de baile. La música, ahora más animada gracias a la presencia de los estudiantes, había cambiado a un ritmo de discoteca. El encantador docente se movía con elegancia mientras el DJ ponía una canción de Maluma. A nuestro lado, las parejas se movían con soltura, rozándose en exceso, algo que no podía suceder entre mi pareja de baile y yo. Sin embargo, nos mirábamos con complicidad, riéndonos de lo que ocurría a nuestro alrededor.

Más que disfrutar el baile, lo que realmente disfrutaba era provocar celos en Franco, quien observaba desde la distancia, solo y vigilante. Sus brazos estaban cruzados y movía una pierna rápidamente, su mirada recorría el salón constantemente pero siempre volvía a nosotros. En ese instante, el DJ anunció “old school” y, de inmediato, sonó el reggaetón clásico de Daddy Yankee. El salón estalló en un “Uuuuhhhh” de emoción, y sonreí al ver al licenciado García aumentar el ritmo y dejarse llevar por la música. Al notar mi sonrisa, me miró con picardía y disminuyó la intensidad de sus movimientos, pero yo respondí moviéndome más deliberadamente, como no lo había hecho en mucho tiempo.

Contagiados por la energía del ambiente, la música y el ritmo nos invadieron. Mientras todos se preparaban para cantar la letra como si fuera un himno, el licenciado García y yo compartimos la adrenalina del momento. Comenzamos a cantar juntos, mirándonos a los ojos: “Antes que te vayas dame un beso, sé que soñaré con tu regreso.

La fiesta estaba en su punto álgido, todos bailando con fervor, los enganchados sucediéndose y cada vez elevando más el entusiasmo, parecía que las parejas competían entre sí. Mientras yo observaba, no podía evitar concentrarme en el licenciado García. Sus movimientos eran entusiastas, cada paso y cada gesto revelaban la experiencia de quien había bailado esta música en sus años dorados. Su traje de etiqueta se estiraba con cada movimiento, acentuando su elegancia. Cuando un mesero pasó ofreciendo bebidas, el licenciado, con una caballerosidad inmaculada, tomó dos vasos y me entregó uno, demostrando a todos los presentes cómo debía comportarse un verdadero caballero.

La costumbre de no haber sido tratada así en mucho tiempo me provocó una emoción inesperada. El chico a mi lado, imitando al licenciado, levantó dos copas para su pareja. Yo sonreí mientras movía mi cuerpo con el vaso en la mano, disfrutando del contraste entre la delicadeza de la bebida y el ritmo de la música. El licenciado García bebió su trago con rapidez y lo devolvió a la charola para no perder el ritmo, lo que me obligaba a tener cuidado para no derramar la mía.

En ese instante, el DJ comenzó a pinchar un tema de Daddy Yankee: “¡Zúmbale mambo pa' que mi gata prenda lo' motore'!” La adrenalina me invadió, y el ritmo acelerado de la música liberó toda la excitación reprimida que había acumulado durante mi relación fingida con Franco. El empoderamiento que sentía al jugar con él, al usarlo como un simple accesorio a mi disposición, era indescriptible.

Tomé la bebida de un solo sorbo, sintiendo el líquido frío deslizarse por mi garganta. Con una sensualidad deliberada, deslicé mis brazos por encima de los hombros del licenciado García mientras la canción proseguía: “Que se preparen que lo que viene es pa' que le den (duro).” El ritmo de la música me atrapó, y comencé a mover las caderas con una fluidez intoxicante, de izquierda a derecha, flexionando las rodillas y capturando cada beat de la canción con mi cuerpo. A mis espaldas sentía la mirada de Franco, desde la distancia, no podía apartarse de mí, mientras yo disfrutaba de cada movimiento, sabiendo que el verdadero espectáculo estaba en cómo lo mantenía completamente enloquecido con mi presencia

A medida que me entregaba al ritmo de la música, la falda de mi vestido se convirtió en una protagonista por derecho propio, cobrando vida con cada movimiento. Ondeaba al compás de mi cuerpo, revelando brevemente destellos de mis muslos, solo para ocultarse de nuevo en el siguiente movimiento, manteniendo el equilibrio perfecto entre lo sugerente y lo elegante. Cada balanceo de mis caderas estaban en perfecta sintonía con el ritmo de la música, creando una coreografía hipnótica que capturaba todas las miradas.

El licenciado García, sorprendido por mi desinhibición, había reducido la intensidad de sus movimientos, observándome con una mezcla de admiración y asombro. Sentí un impulso de premiar su caballerosidad, de demostrarle que su esfuerzo no había pasado desapercibido. La excitación del ambiente, la música y la bebida que había tomado de un solo sorbo me embriagaban, llevándome a un estado de pura seducción.

Con un movimiento fluido, cambié mi danza para adaptarla al ritmo cambiante de la música. Abracé el cuello del licenciado con mi mano izquierda, dejando que mi codo reposara sobre su hombro. Me acerqué aún más, quedando a solo unos centímetros de su rostro, mientras él permanecía erguido y casi inmóvil, inmerso en la experiencia.

Mi otra mano la posicioné sobre mi cintura, iniciando un movimiento de adelante hacia atrás, sintiendo cómo mi vientre se movía sensualmente, sugiriendo un acto de intimidad. Cada ondulación era una declaración de deseo, un juego deliberado entre la sugestión y la provocación.

“A ella le gusta la gasolina (Dame más gasolina)” “Cómo le encanta la gasolina (Dame más gasolina)”

La excitación se elevó al máximo al pensar en cómo Franco seguramente observaba cada detalle. Mi boca se abrió, dejando escapar un aliento jadeante, que se entrelazaba con la vibrante música. Al levantar la vista, vi sus ojos clavados en mis senos, que desde su perspectiva parecían aún más impresionantes, incrementando la tentación con mis movimientos deliberadamente provocativos.

Cuando la estrofa de la canción llegó a su fin, el licenciado García, intentando mantener la compostura, me tomó de los hombros con una firmeza calculada y me empujó ligeramente, consciente de que todos nos estaban observando. Miré alrededor y vi que las miradas disimulaban ser indiferentes, mientras más gente se unía al baile. Franco ya no estaba en el mismo lugar, y yo, inmersa en mi papel y contagiada por el ritmo, me preparé para mi siguiente movimiento mientras el tema continuaba.

Me separé del licenciado y, mirándolo a los ojos, seguí cantando, señalándolo como si revelara al mundo una supuesta aventura entre nosotros:

“Tenemo' tú y yo algo pendiente, tú me debes algo y lo sabe'…”

La adrenalina estaba a su máxima expresión, y sin importar quién pudiera estar mirando, me sentí liberada. Franco ya no me servía; entendí que lo que buscaba era un empoderamiento absoluto. En ese momento, con todos los ojos puestos en mí, el juego de poder se trasladaba al licenciado García. No me importaban las consecuencias; lo que deseaba ahora era jugar con la dinámica del deseo y la provocación, dominando la escena con un poder que solo yo podía controlar.

Me di la vuelta, mi intención era menear el trasero para incrementar la tensión entre el licenciado y yo. Sin embargo, al girar, descubrí a Franco a solo unos pasos de nosotros. Su mirada, furiosa, parecía emitir humo de las orejas. Lo miré sin disimulo, abriendo las manos a la altura de mis caderas, como toda una bailarina profesional. La canción continuaba su ritmo vibrante y, mientras se escuchaba la segunda parte, comencé a mover las nalgas, sacudiéndolas cada vez más:

“Zúmbale mambo pa' que mi gata prenda lo' motore'” “Zúmbale mambo pa' que mi gata prenda lo' motore'”

Dí un pequeño paso hacia atrás, acercándome al licenciado, quien ya mostraba claros signos de nerviosismo. Pude sentir su tensión al alcanzar sus manos con las mías, casi obligándolo a colocarlas en mi vientre. La siguiente acción fue una explosión de espontaneidad, el punto culminante de mi locura, donde perdí el control por un instante, sabiendo que estaba rebasando todos los límites.

Con la música alcanzando su clímax, preparé mi siguiente movimiento justo cuando la frase de la canción se hizo presente:

“Que se preparen que lo que viene es pa' que le den (duro)”

Mi cuerpo se movió con una fluidez hipnótica, marcando cada pulso de la música, acentuando el vaivén de mis caderas y el rebote provocativo de mis nalgas. Mi mirada fija en Franco mientras la adrenalina me envolvía, disfrutando del poder que tenía sobre él, al mismo tiempo que dejaba al licenciado García atrapado en el torbellino de mi sensualidad.

Y entonces, retomé los movimientos ondeantes de adelante hacia atrás, sintiendo una cercanía creciente entre mi cuerpo y el del licenciado García, rozándonos como si estuviéramos en pleno acto sexual. La fricción entre nosotros se intensificaba, cada movimiento sincronizado con la música, creando una atmósfera cargada de erotismo.

“Mamita, yo sé que tú no te me vas a quitar (duro), Lo que me gusta es que tú te dejas llevar (duro)”

Giré la cabeza, dejando que la tenue luz envolviera el ambiente en una intimidad casi palpable. Mi cabello rubio caía sobre mis hombros, con mechones que cubrían la mitad de mi rostro, añadiendo un velo de misterio. Decidí empinar más mis nalgas, sintiendo claramente la erección del licenciado posicionándose entre ellas. Nos apegamos aún más, y al ritmo de la música, iniciamos juntos un meneo cargado de deseo, dejando que su miembro se deleitara con mis movimientos.

“A ella le gusta la gasolina (oh, oh) (Dame más gasolina) (oh, oh)” “Cómo le encanta la gasolina (oh, oh) (Dame más gasolina) (oh, oh)”

En ese momento, todo lo demás dejó de importar. Estábamos concentrados en la cercanía de nuestros cuerpos, sintiendo cada roce como un fuego que nos consumía. Como si el destino quisiera intensificar nuestro encuentro, el DJ apagó las luces, sumergiéndonos en la oscuridad. La penumbra nos envolvió, brindándonos una privacidad inesperada. Un silencio momentáneo reinó en el lugar, pero ni siquiera eso detuvo el ritmo de nuestros cuerpos, que continuaban moviéndose con la misma intensidad, ignorando los murmullos alrededor.

Entonces, el siguiente tema del enganchado comenzó a sonar, con una introducción de efectos electrónicos que contrastaban con nuestros movimientos, creando una tensión erótica casi insoportable. La música nos guiaba, pero la verdadera melodía era la de nuestros cuerpos, entregándose a un juego peligroso en medio de la oscuridad y el deseo.

El ritmo de la nueva canción comenzó a acelerarse, igualando el compás de nuestros cuerpos que no habían dejado de moverse desde la canción anterior. Estábamos tan absortos en el placer que la música se convirtió en una mera banda sonora para nuestro encuentro, una que aumentaba su intensidad con cada segundo, como si nos marcara el próximo paso en este juego de seducción. La letra resonó en el aire:

“Modélame así, dame ahora tu mejor Pose, pose, pose, Pose, pose, pose”

A pesar de mi determinación por mantener el control, el licenciado García no pudo resistir más. Sus movimientos se volvieron apresurados, casi desesperados, contrastando con el ritmo sensual de la música. Sus manos, ahora audaces como las de Franco, encontraron mis pechos, apretándolos con fuerza sobre el vestido y el brasier, buscando desesperadamente saciar su deseo.

Por un instante, la tentación de dejar que todo sucediera en medio de la oscuridad se apoderó de mí. La idea de rendirme al placer y dejar que el licenciado cruzara esa última línea fue tentadora, pero me controlé. Mis ropas se convirtieron en una barrera sutil, manteniendo el contacto de su miembro con mi trasero dentro de los límites que yo misma había trazado.

Sin embargo, el sentimiento de ser sacudida y utilizada como objeto de placer, combinado con la silueta de Franco que parecía acechar cerca, me llevó a tomar una decisión arriesgada. Con un movimiento calculado, tomé las manos del licenciado y las aparté de mis pechos, liberándome momentáneamente de su agarre. En un impulso de pura adrenalina, deslicé mis manos por debajo de mi vestido y, en un solo gesto, me quité el sujetador, liberando mis pechos sin exponerlos completamente. El vestido quedó apenas a un centímetro de mis pezones, manteniéndolos ocultos, pero aumentando la tensión y el morbo.

De inmediato, volví a tomar sus manos y las guié de nuevo hacia mí, esta vez permitiendo que sintiera mis pechos a través del delgado tejido del vestido, ahora sin ninguna barrera. Sus manos temblaron con un nuevo fervor mientras las dirigía al placer, y en ese momento, la oscuridad y la música se mezclaron en una danza íntima que desafiaba todos los límites.

Sus labios se deslizaron sobre la piel de mi hombro, alternando entre pequeños besos y suspiros que encendían aún más la atmósfera. Al sentir mis pezones a través del delgado vestido, no pudo contenerse más. Con sus dedos índices y pulgares, los apretó con fuerza, arrancándome un jadeo que se mezcló con el suyo. Podía sentir su respiración agitada contra mi hombro izquierdo, y luego su lengua húmeda recorriendo mi piel, mientras sus embestidas se volvían torpes y apresuradas, su miembro rozando mis nalgas en un intento desesperado por encontrar su camino entre ellas.

Comencé a gemir, el sonido se escapaba de mis labios mientras giraba la cabeza para encontrarme con él. Nuestras bocas se unieron en un beso húmedo y profundo, donde la saliva parecía desbordarse, aumentando la intensidad del momento. La música, que alguna vez había marcado nuestro ritmo, ahora se convertía en nuestra cómplice, ocultando los sonidos de nuestro placer bajo el manto de la oscuridad.

Finalmente, el éxtasis lo alcanzó, y en un último movimiento desesperado, me sorprendió bajándome el vestido, dejando mis pechos expuestos en medio de la penumbra. La idea de ser vista por todos me llenó de una desesperación tan intensa que intenté rápidamente acomodar el vestido en su lugar. Pero el licenciado García, con una fuerza inesperada, me sostuvo con firmeza, aprisionándome contra su cuerpo y atrapando mis brazos mientras sus jadeos se volvían cada vez más intensos.

Mis pechos desnudos se sacudían con cada uno de sus movimientos, y aunque la oscuridad nos envolvía, la posibilidad de que las luces se encendieran en cualquier momento me llenaba de un pánico delicioso. La abrumadora sensación de ser vista por todos se convirtió, casi sin darme cuenta, en una fuente de placer inesperado. Dejé de forcejear, permitiendo que el momento me envolviera, y el temor se transformó en una excitación que crecía con cada segundo.

El licenciado García, sintiendo mi rendición, aflojó su agarre, dándome la oportunidad de levantar los brazos hacia arriba, abandonándome completamente al destino que nos esperaba. Fue entonces cuando sentí sus manos tibias sobre mis pechos, apretándolos con fuerza, juntándolos en un gesto posesivo que hacía que mis pezones se endurecieran aún más bajo sus dedos. Sus caricias, intensas y decididas, se concentraron en mis pezones, y la sensación fue tan abrumadora que un gemido profundo y sin inhibiciones se escapó de mi boca, resonando en la oscuridad.

Mi cuerpo, completamente sometido a su control, respondía con una mezcla de placer y sumisión, mientras mi mente se perdía en la paradoja de la situación: ser expuesta y deseada en medio de la penumbra, pero aún más excitada por la posibilidad de ser vista por todos los presentes.

Entonces, intenté girarme hacia él, y el licenciado García, sintiendo mi intención, me permitió hacerlo. Al quedar frente a él, sus manos continuaron explorando mis pechos con avidez, mientras yo, decidida a llevar el momento al límite, bajé mis manos hacia su entrepierna. Con destreza, logré desabrochar su bragueta y bajarle los calzoncillos, liberando su miembro que, al tacto, sentí rodeado de vello denso.

Con una mano, comencé a masturbarlo, sintiendo cómo su erección respondía a cada uno de mis movimientos, volviéndose más firme y pulsante con cada segundo que pasaba. Su boca se abrió ampliamente, y empezó a lamer mis pechos con una mezcla de deseo y agotamiento, como si estuviera saboreando algo que había deseado por mucho tiempo. Cada lamida era una muestra de su deseo descontrolado, mientras su aliento cálido se esparcía sobre mi piel, transmitiéndome la fatiga de su cuerpo al borde del colapso.

De repente, sus manos bajaron, sujetando firmemente mis nalgas, apretándolas con tal fuerza que sentí el ardor en mi piel. El momento se volvió más intenso cuando, en un acto de pura desesperación, él presionó mi cuerpo contra el suyo, su miembro rozando peligrosamente mi entrepierna. Yo, aún en control, decidí aumentar la intensidad del momento. Deslicé mis manos por su pecho hasta sus hombros, y con un movimiento calculado, tomé el control de la situación. Levanté mi pelvis justo lo suficiente para que su miembro quedara atrapado entre mis muslos, y comencé a frotarlo, sintiendo cómo se deslizaba entre mi piel húmeda y caliente.

Su respiración se volvió errática, y sus gemidos se mezclaron con los míos, creando una sinfonía de deseo en la oscuridad que nos rodeaba. Sus manos seguían apretando mis nalgas con desesperación, y su boca, que no dejaba de lamer y morder suavemente mis pechos, estaba completamente perdida en el placer.

Finalmente, en un momento de locura, comenzó a moverse más rápido, buscando liberación. Sentí cómo su cuerpo temblaba de anticipación, y el mío respondía en igual medida, ambos al borde de un clímax inminente.

Sentí su miembro explotar de placer entre mis piernas, su cuerpo convulsionándose mientras sus manos seguían aferrándose a mí con desesperación. Mi propio cuerpo se sacudió con olas de placer que me dejaron sin aliento, cada una más intensa que la anterior.

Convertida en la diosa del deseo y al mismo tiempo rebajada a un objeto sexual, mantenía la misma posición, permitiendo que el momento se prolongara. Lentamente, sus manos me soltaron, y me fui acomodando el vestido, luego nos encontramos nuevamente en un beso más descarado. Rodeé su cuello con mis brazos, mientras él me tomaba por la cintura, y permanecimos así durante varios segundos, fundidos en un último gesto de pasión.

Sin decir una palabra más, me alejé, desapareciendo en la oscuridad, dejando atrás el rastro de nuestro encuentro en la penumbra del salón, donde solo la música y la oscuridad permanecían como testigo de lo que había sucedido.

Franco, quien había estado presente antes, había desaparecido sin dejar rastro. No había más necesidad de explicaciones ni de despedidas; todo lo que había pasado quedaba entre nosotros y la penumbra que nos envolvía.

Con una sonrisa en los labios, me fui sola, sin mirar atrás, disfrutando de la sensación de poder y satisfacción que inundaba mi ser. No sabía qué vendría más adelante, pero en ese momento, me sentía invencible, consciente de que había vivido algo único y prohibido, un secreto que llevaría conmigo.

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