Un viaje inesperado a Sevilla … (Parte I)
El calor de Sevilla no es solo climático; es la chispa que enciende una atracción prohibida entre dos desconocidos. Carla llega para trabajar, pero Lucas tiene otros planes: hacerle perder el control, beso a beso, hasta que la tensión se rompa en la oscuridad de la calle.
Un viaje inesperado a Sevilla… (Parte I)
La misma chica de siempre... O al menos, así es como suelo verme a mí misma. Con mi metro sesenta y cinco y mis 74 kilos, nunca he encajado en esos moldes impuestos por las "modas". Desde pequeña, he sido gordita, y aunque no me considero la más guapa, ahora mis curvas bien proporcionadas y, sobre todo, mi juguetón cerebro, forman un cóctel irresistible para aquellos que saben apreciar el placer de un buen juego.
Un viaje de trabajo, uno más que, después de una ruptura no tan reciente, no me emocionaba en absoluto. No soy de viajar mucho, pero mi jefa enfermó y no había otra opción. En ese proyecto solo estábamos ella y yo, así que... me puse rumbo a Sevilla, dispuesta a pasar unos días de reuniones y paseos por la ciudad. El hotel era una joya en pleno centro, una antigua casa de la Judería, con patios sevillanos, fuentes, plantas y esa decoración recatada y recargada que evoca historias de tiempos pasados.
Como tenía reuniones el miércoles y el viernes, decidí quedarme hasta el domingo, aprovechar el sábado para hacer algo de turismo y disfrutar de una vuelta tranquila. No había prisa por regresar a casa, así que me propuse tomármelo como un mini-descanso, un intento de desconectar de la rutina, aunque solo fuera por un día.
Llegué a Sevilla el miércoles por la tarde, el vuelo como siempre llego con retraso, y me dirigí directamente a la calle Química, donde se encontraban las oficinas en las que trabajaría esos días. A las cuatro de la tarde, ya estaba inmersa en la primera de las dos reuniones que terminaron más tarde de lo esperado. Casi a las ocho, llegué al hotel, acalorada y agotada, pero decidí darme una ducha rápida y salir a buscar un bar cercano para disfrutar de un refresco bien frío. Necesitaba desconectar, y ¿quién sabe? Quizá la noche me tenía preparada alguna sorpresa.
Encontré un barecito rústico, con su decoración de ladrillo y madera, mesas bajitas, y un ambiente fresco gracias al aire acondicionado, aunque el calor del alcohol seguía haciendo de las suyas entre los clientes. Pedí un refresco bien frio y un par de raciones, cuando un grupo de amigos entró en el bar. Parecían recién salidos de una procesión, todos vestidos con sus mejores galas, conjuntados hasta el último detalle. No pude evitar reírme al ver a uno de los chicos con un polo verde pálido, unos chinos rosa claro, y un cinturón que hacía juego tanto con su ropa como con sus zapatitos. Todo estaba tan perfectamente conjuntado que me resultaba casi cómico. Pero al mirarme, me di cuenta de que yo tampoco escapaba del todo a esa manía de combinar; llevaba una falda negra de tubo, una camiseta estampada en negro, blanco y mostaza, y sandalias a juego con una banda ancha de mostaza y tiras blancas y negras. ¡Vaya! ¡Me estaba volviendo cayetanita también! Sonreí y me reí de mí misma mientras mis pensamientos se alejaban del trabajo y me permitían, por fin, desconectar. Justo lo que necesitaba.
Estaba comenzando a sentir la sequedad en la garganta cuando finalmente llegó mi pedido a la mesa. Ese grupo de diez personas había irrumpido como un torbellino, llenando el lugar con una energía contagiosa y un jaleo atronador. Decidí desconectar de todo sumergiéndome en mi libro, mientras saboreaba un cazón en adobo que estaba... mmmm... ¡simplemente delicioso! Cada bocado era una explosión de sabor que me hacía cerrar los ojos y casi gemir de placer. Era como si cada trozo me llevara más cerca de un pequeño éxtasis culinario.
En medio de mi disfrute, el camarero regresó con otra bebida. Esta vez, una copita de rebujito, fría y refrescante. Con una sonrisa cómplice, me informó que había sido invitada por uno de los chicos del grupo que había entrado hace un rato. Levanté la vista, sorprendida de que alguien hubiera notado mi presencia entre el bullicio. Al encontrar la mirada de uno de ellos, un joven con una sonrisa encantadora y unos ojos verdes que brillaban con intensidad, me devolvió un sutil "¡Salud!" en silencio, moviendo apenas sus labios. Un calor inesperado comenzó a recorrerme mientras correspondía tímidamente con un "¡gracias!" y un pequeño sorbo a la copa, que encendió aún más mi cuerpo.
Terminé mi cena y decidí dar por concluida la velada. Al levantarme, pasé junto al chico que me había invitado la bebida, sintiendo su mirada fija en mí con una mezcla de curiosidad y algo más... Le sonreí, agradeciéndole de nuevo por el gesto, antes de dirigirme al hotel. Sabía que al día siguiente me esperaba una jornada intensa de trabajo. Había cambios importantes que realizar en el proyecto, y todo tenía que estar listo para la reunión del viernes por la mañana.
El día siguiente lo dediqué por completo al trabajo, decidí quedarme en el hotel. Después de un desayuno rápido y un par de cafés, me encerré en mi habitación, sumergiéndome en los documentos y planificaciones. Estuve tan concentrada que olvidé por completo la hora de comer, y no fue hasta las seis de la tarde que mi estómago comenzó a protestar. Aunque estaba tentada a tomar un descanso y salir a cenar antes de continuar, opté por un zumo del minibar y seguí adelante. A las ocho, finalmente terminé. Sabía que aún quedaban algunos detalles por pulir, pero tenía tiempo de sobra para finalizarlos al día siguiente. Así que decidí recompensarme con una cena fuera.
Sin ganas de explorar demasiado, me dirigí de nuevo al barecito de la noche anterior. Recordé las recomendaciones del camarero y pensé que probar otra de sus sugerencias sería una excelente elección. Esta vez me senté en la terraza, en una mesita pequeña junto a la pared, sin siquiera entrar al bar. El aire fresco acariciaba mi piel, y me sentí relajada, disfrutando del ambiente tranquilo de la calle. La noche prometía ser sencilla, pero en el fondo de mi mente, no podía dejar de pensar en el chico de la noche anterior, en esa chispa de atracción que había quedado encendida.
Como la noche anterior, pedí mi refresco habitual junto con otra de las sugerencias del camarero, esta vez acompañada de un par de croquetas, la especialidad de la casa. Me sumergí en mi libro, levantando la vista de vez en cuando para observar a las personas que pasaban por la terraza. Era septiembre, y el clima aún era suave y cálido, ideal para disfrutar de la noche al aire libre.
Mientras saboreaba mi cena y me dejaba llevar por la historia en las páginas, una voz dulce y juvenil interrumpió mi concentración, preguntándome si llevaba mucho tiempo allí. Al alzar la cabeza, me encontré con el chico que la noche anterior me había invitado a una copa. Sorprendida, le respondí que llevaba un rato, que estaba terminando mi cena. Con una sonrisa pícara, él confesó que había estado sentado dentro del bar durante una hora, esperando el momento adecuado para acercarse. Había venido solo esta vez, con la intención y el deseo de volver a verme.
Me preguntó, con un tono juguetón, si sería de mal gusto acompañarme. Mi mente, siempre inclinada a coquetear, respondió con un "depende", provocando en él una sonrisa aún más traviesa. Me aseguró que sus intenciones no eran malas y que, si no me molestaba, le encantaría compartir la cena conmigo y charlar un rato. Su sonrisa pícara, llena de promesas no dichas, se quedó esperando mi respuesta. No pude resistirme a su encanto y acepté su compañía, deseando que resultara ser tan pícaro y divertido como parecía, con la esperanza de que la noche se convirtiera en un juego de insinuaciones y complicidad.
—Hola, me llamo…
—¡Cayetano! —le interrumpí, riendo al ver su expresión. No pude evitarlo, la broma me resultó irresistible. Aunque no parecía pertenecer a la misma "cofradía de procesiones" que sus amigos de la noche anterior, el término "Cayetanito" siempre me hace gracia. Me disculpé enseguida, asegurándole que no era mi intención ofenderlo ni burlarme. Es solo que a veces mi sentido del humor se adelanta a mis filtros, y las palabras se escapan sin que las piense demasiado.
Él sonrió, tendiéndome la mano de nuevo.
—Me llamo Lucas, señorita Impulsos. Sería un honor conocer tu nombre —dijo con una sonrisa encantadora.
—Carla, me llamo Carla. Encantada, y perdón por lo de Cayetanito, solo estaba bromeando —me disculpé nuevamente, sintiendo el calor en mis mejillas.
—Me gustan esos impulsos, Carla. No te había visto por aquí antes, ¿eres nueva o solo estás de paso?
Normalmente no suelo compartir demasiada información sobre mí con extraños, pero había algo en él que me hacía sentir cómoda, como si su presencia ofreciera una especie de confianza que no era habitual en mí.
—Estoy aquí por trabajo. Me gustó la recomendación que me hizo ayer el camarero, y después de un día agotador no tenía ganas de pensar ni de moverme demasiado. Así que decidí volver y probar otra de las sugerencias de la casa.
Charlamos animadamente durante toda la cena, compartiendo platos y risas. A sugerencia de Lucas, pedimos una botella de vino blanco que, debo admitir, estaba delicioso y se deslizaba con suavidad por la garganta. Lucas era biólogo y trabajaba para una empresa en Sevilla. Después de haber emigrado por motivos laborales, recientemente había regresado a sus raíces, a su ciudad natal. Conversamos sobre la fortuna de poder trabajar en lo que te apasiona, y hacerlo en el lugar que realmente amas.
Lucas resultó ser un sevillano "poco común". Su acento apenas se notaba, y su estilo se alejaba mucho del de sus "amigos de la cofradía". Para mi sorpresa, no tenía nada de estirado. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta negra de un grupo de música que me encantaba (aunque él no lo supiera, eso sumaba puntos a su favor). Sus chanclas no combinaban en absoluto, pero había algo en su apariencia que me resultaba irresistiblemente atractivo. Su personalidad, junto a esos ojos verdes oscuros le proporcionaban una mirada casi felina que le daba un aire aún más seductor.
Miré el reloj, lamentando que el tiempo volara mientras charlaba con este "Cayetanito" (así lo había apodado en mi mente, y a él parecía divertirle). Lucas me resultaba cada vez más interesante, inteligente, divertido y encantador. La conversación fluía con una naturalidad que, para ser sincera, me parecía demasiado atractiva.
—¡Mierda! —exclamé—. Son las 23:30 y mañana madrugo. Tengo que terminar unas cosas para la reunión. Lo siento, tengo que irme.
—No te preocupes. Termina tu copa y te acompaño hasta tu hotel —respondió con una sonrisa juguetona, levantando las cejas en un gesto que mezclaba la broma con la insinuación.
Sabía que no lo decía en serio, la charla había sido tan agradable que no pude evitar sentirme cada vez más atraída por Lucas. A medida que pasaban los minutos, me parecía más y más apetecible. Pagué la cena y, mientras él encendía un cigarrillo, se levantó con decisión para acompañarme al hotel, tal como había insinuado. No dije nada; estaba hipnotizada, observando cómo aspiraba y exhalaba el humo de una manera tan sensual que me parecía casi sexual. Estaba empezando a pensar que quizá estaba más necesitada de lo que quería admitir. Ya no podía distinguir si lo que me atraía de mi "Cayetanito" era él mismo, o si mis hormonas estaban empezando a jugarme una mala pasada. Me preocupaba pensar que podía estar cayendo en ese terreno peligroso donde el deseo físico y la curiosidad intelectual se entrelazaban creando una ilusión óptica y visual que me cegaba, algo que ya había experimentado en alguna ocasión anterior, y que no siempre había disfrutado del todo.
Mi hotel estaba cerca, demasiado cerca para mi gusto. Hubiera preferido prolongar la charla, pero al día siguiente tenía mucho trabajo y no podía permitirme fallar. Llegamos rápidamente y tuve que despedirme.
—Es aquí. Un hotel muy bonito, por cierto… Te lo recomiendo —dije sinceramente.
—¿Eso es una invitación? —respondió con una mezcla de sensualidad y diversión.
—No, no, no… —Me reí al ver cómo, con esa sutileza, me devolvía la pelota de una proposición que él mismo había insinuado minutos antes.
—Claro, eso es lo que tú querrías, ¿verdad? ¿Pack completo? Hotel y chica. Vaya, sí que te ha resultado fácil esta vez, ¿no? Lo siento, no tendrás esa suerte…
—Jajajaja — rió él. Su sonrisa me hizo querer tragarme mis palabras y, por simple curiosidad, invitarlo a subir. Quería saber si era capaz de hacerme disfrutar y jugar de la misma manera que había estado estimulando mi mente. Joder, ese chico tenía algo que me encantaba, y estaba empezando a hacer eso que tanto me gustaba… follarme la mente. En verdad lo deseaba, y eso, para mí, era peligrosamente tentador.
—¿Puedo invitarte mañana a tomar algo en otro sitio típico de "cayetanitos" que queda muy cerquita de aquí? Hoy has pagado tú, y lo menos que un caballero cayetano como yo puede hacer es devolver el favor a la impulsiva chica que hoy lo ha invitado a cenar… si no es mucho pedir, claro.
Me quedé en silencio, como si estuviera pensando en su propuesta, dándole un toque de suspense a mi respuesta. Observé su rostro mientras fingía valorar los pros y los contras, aunque por dentro ya sabía que lo deseaba. Me moría de ganas por seguir divirtiéndome con su compañía y no tenía ningún plan mejor para el día siguiente.
—Bueno, no sé a qué hora terminaré… —me excusé, añadiendo un poco más de intriga para ver si lo ponía nervioso. ¿Estaba captando mi juego?
—¿Eso es un no? No creo que te pases toda la noche de un viernes en Sevilla encerrada en tu habitación trabajando. Seguro que tienes que entregar esos informes o lo que sea como muy pronto el lunes… ¿No te apetece tomar algo con "Cayetanito"? ¿Tan mala compañía he sido hoy? ¿O es que en realidad quieres mi número de teléfono para llamarme cuando termines? Ah, claro, eso es lo que querías, mi número de teléfono… Pues haberlo dicho antes, mujer. Mi número es 666…
Reí, encantada con su descaro. Joder, ese chico me ponía. Tenía una picardía que hacía tiempo no encontraba en nadie. Ese tipo de juego me volvía loca; cuando alguien sabe cómo provocarte de esa manera, es casi imposible resistirse.
—Está bien, dejaré que mañana pagues tu "deuda de Cayetanito" —cedí con una sonrisa.
—A las 20:30 estaré aquí abajo esperando. Si te arrepientes de tu decisión, avisa a la chica de recepción, así no me quedo toda la noche esperando a la señorita impulsos, jajajaja —se carcajeó.
—Está bien, dejaré una nota en recepción ahora mismo, así ya la tienes para mañana —respondí con picardía, mezclando un poco de sarcasmo en mi tono.
Me encaminé rápidamente hacia las puertas del hotel, deseándole buenas noches al "señorito Cayetanito" mientras deseaba que pasaran rápido las horas.
El viernes fue un caos absoluto. Logré terminar todo según lo previsto, pero la reunión se alargó y tuve que hacer algunos ajustes de última hora en el programa. Esto provocó una última reunión improvisada antes de mi regreso, y para cuando me di cuenta, eran las ocho de la tarde y aún estaba en la oficina.
Al llegar al hotel, desde lejos divisé a ese hombre de mirada felina. Joder… cada vez que lo veía, me parecía más atractivo, incluso sin poder apreciar de cerca su penetrante mirada. Su forma de moverse y de vestir realmente me cautivaba, pero lo que más me desarmó fue su sonrisa, la cual me recibió tan pronto bajé del taxi.
—He preguntado en recepción y no tenían ningún mensaje para mí, así que decidí esperar un poco más —dijo con su característica picardía.
—Perdón, ha sido un día de locos y acabo de llegar. Si quieres, puedes adelantarte; dame la dirección del sitio y en cuanto me dé una ducha rápida, te alcanzo.
—Ah, no no, señorita impulsos. Si no te importa, te espero… a no ser que prefieras que te acompañe. No me importaría volver a ducharme, si es contigo, jajajaja —dijo, atrevido, mientras se descojonaba de risa.
Mi mirada, mezcla de sorpresa, vergüenza y deseo, seguramente me delató. El muy cabronazo sabía que, en el fondo, yo lo deseaba.
—Creo que hoy no es tu día de suerte —respondí, continuando con ese juego que tanto me gustaba—. Si quieres esperar en el bar del hotel, prometo ser rápida.
—¿Estás segura? ¿Lo has pensado bien? Jajajaja —se carcajeó—. Te espero aquí, solo espero que valga la pena la espera —añadió, guiñándome un ojo.
No repliqué; no tenía fuerzas para seguir el juego en ese momento. Subí corriendo a mi habitación y me di una ducha rápida. Tardé más de lo esperado eligiendo la ropa adecuada para la ocasión. Quería estar a su altura y provocar en él lo mismo que él provocaba en mí, así que opté por una falda larga y colorida, acompañada de un suéter negro con un escote lo suficientemente pronunciado como para ser sensual y tentador a partes iguales.
Mi llegada al bar del hotel no pasó desapercibida. Pude sentir cómo mi cayetanito particular me escaneaba con la mirada, y parecía que lo que veía le gustaba, lo cual me hizo sentir bien. Se levantó rápidamente, y salimos del hotel para comenzar esa velada que llevaba todo el día deseando. Solo esperaba que el sentimiento fuera mutuo.
De camino al bar, la conversación fluyó de manera natural. Hablamos sobre mi día de mierda y lo mucho que él estaba disfrutando con el proyecto que tenía entre manos. Se burló un poco de algunos de sus compañeros de trabajo, quienes resultaron ser el grupo que yo había apodado como la "cofradía de la procesión". En cuanto se lo mencioné, estalló en carcajadas, y su risa terminó siendo contagiosa. Reconoció que, al principio, él también pensó lo mismo que yo, pero que al final resultaron ser buena gente y que se divertía mucho con ellos.
El lugar al que me llevó resultó ser un barcito muy similar al de la noche anterior, un pequeño sitio de tapas donde la terraza era la protagonista. Estaba a solo cinco minutos de mi hotel, y según Lucas, el personal era muy atento y la comida, excelente. Nos sentamos en la terraza, y como el día anterior, fue un lujo poder disfrutar de la brisa fresca con tan buena compañía. En cuanto pedimos la comida y la bebida, nuestra conversación se volvió más personal; Lucas parecía dispuesto a conocerme más a fondo.
—Entonces… ¿qué me cuenta la señorita impulsos? —dijo con una sonrisa juguetona—. Me gustaría saber un poco más sobre ti. Ya hemos hablado de nuestras profesiones, pero… háblame de tu familia, de cómo te describes, de tus gustos en general… ¿A qué dedicas el tiempo libre? ¿No decía eso la canción? Jajajaja. Soy curioso, si no te incomoda hablar de ti, claro…
—Soy una chica normal —respondí, lo que provocó una carcajada en Lucas.
—Vaya, qué respuesta tan elaborada. No esperaba que la señorita impulsos se describiera así. ¿Es timidez o simplemente no te apetece hablar de esto? Podemos cambiar de tema sin problema, o puedo empezar yo… así tienes un buen referente, jajajaja.
En realidad, no me importaba hablar sobre mí; no tenía, ni tengo, nada que esconder. Pero la verdad es que, en el fondo, me considero simplemente una chica normal, sin más.
—Si quieres empezar tú, no me importaría escucharte. Quizás una ayudita me venga bien, a ver si mis dos neuronas se centran y puedo articular más de dos palabras seguidas —le dije con una mirada pícara, deseando saber más de él e intentando adivinar si realmente era como yo lo imaginaba.
—Bueno… Ya sabes cómo me llamo y a qué me dedico. Tengo 32 años y he pasado los últimos ocho viviendo en Inglaterra por trabajo. Hace casi un año que volví a Sevilla. Vivo solo, y no sabes la odisea que fue alquilar un piso. Por suerte, un amigo dejaba su apartamento en el centro, y ahora lo estoy alquilando yo. No está muy lejos, por si te interesa —dijo, con un tono pícaro—. Es un ático precioso, pequeño pero acogedor, con una terracita chill out que me costó la vida montar, por supuesto con palés, nunca se me han dado bien los legos... Tengo dos hermanos: uno vive en Huelva y el otro en Granada, y mis padres están en Triana. ¿Voy bien? —preguntó sonriendo, como si quisiera asegurarse de que la conversación seguía su curso.
—¿Tus hermanos son mayores o menores? Supongo que tú serás el rarito de la familia, ¿no? —pregunté, más que nada para demostrarle que estaba atenta y añadir un toque de juego.
—Jajajaja — rió, y su risa, como siempre, me desarmó—. Ya veo que no bajas las armas ni cuando me estoy sincerando. Lo tuyo no son los filtros, ¿eh? Jajaja. Soy el mediano; tengo un hermano mayor y uno menor, ambos casados. Y sí, el rarito soy yo. Has acertado, punto para la señorita impulsos/pullas, jajaja. ¿Te parezco raro?
La verdad es que me parecía encantador. Me gustaba cómo tomaba mis comentarios con humor, cómo captaba y devolvía la picardía de mis palabras. Lo hacía aún más irresistible.
—Un poquito rarito sí que eres, ¿no? Yo no tendría el valor de invitar a alguien a una copa, ni de volver al día siguiente al mismo bar con la esperanza de volver a verlo. No es que lo vea mal, es que simplemente no soy así. No suelo fijarme mucho ni en el ambiente ni en la gente, aunque debo reconocer que tu grupo "procesionario" llamó bastante la atención, nunca mejor dicho. No me fijé en nada en particular, pero sí que os escuché. Jajaja, demasiados decibelios...
—Bueno… Voy a obviar lo de mis amigos “los de las procesiones” y me voy a centrar en lo que más me interesa... Eso de ser "rarito" por invitarte a una copa y volver al día siguiente… Hay que tener morro en la vida, hay que ser valiente, y yo lo soy.
Reí a carcajadas, aunque su respuesta me pareció un poco sobrante.
—En realidad, tengo que decir que es la primera vez que lo hago —se excusó—. No quiero parecer un creído; soy del montón. Pero hoy en día hay muchas formas de ligar, y a mí se me da bien hablar… También debo reconocer que hace bastante tiempo que no estoy con nadie. Tuve una ruptura unos meses antes de aceptar el trabajo en Sevilla, y desde entonces no he estado demasiado receptivo.
—¿Y por qué yo? —pregunté, genuinamente interesada. Necesitaba entender por qué yo, una chica que siempre había pasado desapercibida.
—No lo sé... —respondió dubitativo—. Me pareció encantador verte cenando sola, con un libro. Son los detalles… Tu cara de disgusto cuando mis amigos reían a carcajadas, tu sonrisa al camarero, la forma en que te tocabas el pelo, cómo arrugabas la nariz y sonreías mientras leías… Y cuando tu sonrisa se dirigió a mí y vi tus ojos verdes, brillantes y alegres, supe que no me había equivocado. Simplemente, me gustó algo en ti. Al día siguiente volví a recordarte y decidí que por la noche volvería a ver si estabas. No perdía nada, y el camarero me dijo que no eras de aquí, así que hice mi pequeña investigación, jajaja.
Su respuesta me pareció sincera, y me sorprendió la cantidad de detalles en los que se había fijado. Creo que mi ex, en tres años y medio de relación, conocía menos mis gestos que Lucas. No sabía qué decir; me quedé mirándolo, tratando de averiguar si me decía la verdad o solo estaba intentando llevarme a la cama.
—Es la verdad —dijo, con un tono más serio—. No pienses que te estoy cortejando como un "Cayetanito", porque toda esa palabrería y el ser tan zalamero no me va. No sé… Me fijé en ti. Pudo haber sido otra, pero ese día estabas tú allí, y captaste mi atención. Simplemente, eso…
—Sabes que hoy en día no hace falta todo esto para follar, ¿no? —pregunté con un tono más serio.
Reí, pero no sabía si creerle. Soy desconfiada; me cuesta pensar que los chicos hoy en día sean tan directos o detallistas al expresar lo que piensan. Por lo general, se esfuerzan mucho en "conquistar" a una chica, pero luego, cuando consiguen mojar el churro, desaparecen sin dejar rastro. Aunque debo admitir que me gustaba mucho lo que había dicho, pero todavía me resultaba difícil de creer.
—Lo sé, y créeme, no es mi estilo, de verdad. Y no quiero follar contigo… al menos no todavía… —dijo con una sonrisa pícara—. Pero debo reconocer que sí me gustaría besarte. Lo estoy deseando, sin ir más lejos desde ayer… Aunque, para serte sincero, necesito algo más que una simple atracción para dar un paso más allá. Contigo es diferente; tu forma de ser, tu juego,… me atraen tanto que no quiero arruinarlo por un simple polvo. Me encantaría que alargáramos este juego hasta que no pudiéramos resistirnos más, y creo que a ti también te encantaría…
Lucas comenzaba a conocerme, y empezaba a darse cuenta de que me pierde el morbo y lo difícil. Disfruto del suspense, de dejar que la expectativa crezca. Soy de esas personas para quienes saborear cada segundo de tensión y deseo,alargando la espera de lo deseado, le provoca uno de los placeres más intensos, sobre todo si no ha empezado nada físico y todo es verbal y gestual.
No podía evitar sonreír mientras lo escuchaba, porque, aunque me encantaba lo que decía, seguía dudando. Yo también anhelaba ese beso, pero prolongar la espera, disfrutar del juego antes de ceder, es una tentación irresistible para mí. Con Lucas, este juego se estaba volviendo deliciosamente adictivo, y estaba disfrutando cada segundo.
—Perdona si soy tan directa y explícita —dije, dejando que mi tono revelara un toque de coquetería—. Soy bastante curiosa, pero no me dejo llevar por el primer que se cruza en mi camino. Tengo mis "filtros", aunque a veces fallan. Me fascina saber más, y creo que compartimos un punto juguetón. A pesar de mi curiosidad, soy bastante desconfiada y precavida.
—Te entiendo perfectamente —contestó, su sonrisa se volvía cada vez más pícara—, pero no desviemos el tema. Estoy intrigado por ti. Tu lado sexy y tu juego me están cautivando, y quiero saber qué se esconde detrás. Déjame verte "desnuda" —dijo, levantando las cejas repetidamente y riendo con un brillo travieso en los ojos—. Entiende que quiero que te desnudes con tus palabras, que me cuentes quién eres y cuáles son tus gustos... Luego, si quieres, yo me desnudaré contigo —añadió, riendo de nuevo.
Me sentía tan seducida por su provocativa insinuación que mis palabras fluyeron solas, sin premeditación.
—Me llamo Carla —empecé, dejando que mi voz acariciara el aire con una calidez insinuante—. Soy un poco más joven que tú y vivo en Valencia. He tenido suerte con mi piso: es de una amiga, pequeño, acogedor, y en pleno centro, aunque la zona estranquila. Ya sabes a qué me dedico. Tengo dos hermanos y, como tú, soy la mediana de los tres. Soy una chica común. Trabajo, salgo con amigos y trato de ver a mi familia con frecuencia. Me gusta mas la montaña que la playa; me encanta el senderismo, aunque no lo practico tanto como quisiera. Voy al gimnasio un par de veces a la semana, pero no es para estar en forma, sino para mantenerme saludable. Mi vida es medianamente ordenada. – hice una pequena pausa para romar aire, a Lucasl se le veia realmente interesado, y continue…- Disfruto esos momentos en los que me siento en la terraza a leer, cuando la soledad se convierte en mi mejor compañía. Suelo ser tranquila, pero tengo un carácter fuerte. Mejor no despiertes ese carácter, porque si me tocas las palmas... jajaja. —Hice una pausa, disfrutando del juego de palabras—. Valoro mucho la sinceridad y la transparencia. Me gusta entender los porqués, saber lo que piensan. Prefiero que las cosas sean claras y directas, sin engaños ni falsas expectativas. Al final… soy lo que ves, no hay más, no hay truco posible.
Vi cómo esa sonrisa traviesa se dibujaba en su rostro mientras encendía un cigarrillo, dejando que el humo se deslizará lentamente desde sus labios. Joder, era increíblemente sensual. Me resultaba tan irresistible que quise imitarlo. No soy fumadora, pero, de vez en cuando, me gusta sentir cómo el humo acaricia mis pulmones, sobre todo después de unas copas. El vino y el cansancio estaban haciendo su efecto, y me dejé llevar por el impulso. Al darme cuenta de que todo el humo de mi cigarrillo se dirigía hacia la mesa de al lado, me levanté y me apoyé en la pared de la casa frente al bar. Lucas me siguió, y me di cuenta de que su mirada estaba fija en un punto, absorbía el humo con una sensualidad que me hacía derretir. Mmmmm... Era tan sexy… mientras, su rostro, mostraba la rápida actividad de su mente. Al acercarse a mí, soltó un...
—Joder...
Y me besó… Se abalanzó suavemente sobre mí, y en un abrir y cerrar de ojos, sus labios cubrían los míos y sus dientes mordían mi labio inferior. ¡Joder! No lo vi venir, pero me encantó. Esa pizca de sabor a Lucas, que había estado deseando durante días, desde que vi sus ojos verdes en el bar, fue un deleite. Fue rápido, menos de lo que hubiera querido, un toque sutil y una mordidita que me supo a gloria.
—Perdón, ha sido un impulso... quizás no debí...
No le dejé terminar. Sujeté su cara con mis dos manos, saqué mi lengua y le di un par de lametones suaves sobre sus labios antes de apretarlo más contra mí e introducir mi lengua en su boca. Lo pillé por sorpresa, y aunque al principio mostró timidez, se acercó a mí en cámara lenta. Colocó sus manos en mi cintura y empezó a disfrutar del beso tanto como yo. Cerró los ojos y se dejó llevar, permitiéndome tomar las riendas. Me apreté más contra él, profundizando en un beso que me estaba volviendo loca, y lo escuché gemir en mi boca. Uffff... Sentí su dureza, la deseaba, estábamos en la calle, y suavemente mordí su labio inferior como él había hecho momentos antes, separándome suavemente.
—¿Quizás no debías qué? —pregunté con un tono irónico, dejando que una sonrisa pícara y traviesa se dibujara en mi rostro, sin darme cuenta.
—Me gusta mucho esa impulsividad tuya, tan sorprendente y placentera. Ahora tenemos un problema... Quiero más, y antes te dije que no lo quería hoy ni para ya... y ahora solo pienso en desnudarte, y no precisamente de manera mental...
—Ssshhhh... —susurré de manera sensual, acercándome un poco más a él—. No hay prisa, vamos a disfrutar del camino y de las pequeñas cosas —le guiñé un ojo antes de darme la vuelta y regresar a la mesa, donde el vino cada vez me parecía más delicioso.
El ambiente se relajó. Terminamos el vino mientras Lucas sugería una heladería cercana. Sin darme cuenta, me encontré riendo de las ocurrencias de mi acompañante, el vino nos estaba haciendo efecto. Tras media hora de cola y unos cuantos suspiros, con el helado en nuestras manos, nos dirigimos hacia mi hotel. Mi cara de agotamiento era evidente, y Lucas pareció captar lo que necesitaba. Al llegar, nos quedamos en la calle sentados en un portal, charlando y disfrutando de nuestros helados. Este cayetanito me estaba haciendo pasar un rato más que agradable, y si me paraba a pensarlo, realmente deseaba que subiera y me desnudara como él había insinuado que le encantaría...
—¿Puedo probar tu helado antes de que lo termines? —preguntó mientras yo lamía mi deliciosa bola de helado de chocolate negro. Mmmm... me encanta el sabor y estaba verdaderamente exquisito.
—Claro —respondí, acercándole el cucurucho para que lo lamiera. Mi sorpresa fue ver cómo se inclinaba hacia mí para lamer mis labios.
—Mmmm... Delicioso, quiero más —murmuró, y sus labios se encontraron con los míos en un beso ardiente. Deslizó su lengua por dentro de mi boca, mordisqueando mis labios, succionándolos, saboreándome como si fuera caviar. Uffff... Me estaba volviendo loca.
Sentí su fuerza cuando, sin esfuerzo, me levantó en volandas y me sentó sobre él, mientras seguía dándome besos y suaves mordiditas detrás de las orejas y en el cuello. No pude evitar gemir, atrapada entre la pasión y la sorpresa.
Estuvimos así un buen rato, jugando el uno con el otro, saboreándonos cómo jóvenes adolescentes, pero con la calma de los adultos. Por suerte, la calle era estrecha y estábamos en un pequeño portal sumido en penumbras. No me habría sentido cómoda siendo observada por los turistas y transeúntes, pero con Lucas, perdía la noción del espacio y del tiempo.
Deslizó las manos suavemente hacia mis pechos, sus pulgares rozaban mis pezones por encima de la ropa mientras el me miraba con curiosidad. Tenía los ojos encendidos del mismo deseo en el que yo me encontraba sumida. Mordí su oreja y su cuello, y deslicé mi pelvis un poco más hacia delante, necesitaba ese contacto, esta vez fue el quien que gimió. Volví a besarlo para paliar un poco nuestros gemidos. Mis movimientos de cadera eran muy suaves, demasiado sutiles para la poca gente que se cruzaba con nosotros. Así estuvimos un buen rato, disfrutando de ese sensual juego de adultos que hacen cosas de adolescentes, sólo por el propio morbo de alargar una cosa que iba a suceder… Me encanta eso de alargar, aunque en ese momento lo deseaba dentro de mí, pero en realidad este Cayetanito me estaba proporcionando el placer que más deseado por mí, el que más me gustaba, estaba siendo tan agradable y caliente el poder experimentar todas esas sensaciones y deseos que nos perdimos totalmente el uno en el otro.
Jugó tanto conmigo, que cuando empezó a pellizcar mis pezones suavemente no pude hacer nada más que dejarme ir, me corrí, allí mismo, en el portal de una calle estrecha de Sevilla, cual adolescente. ¿Cómo había sucedido todo? No me dí ni cuenta, solo sé que me encantó. Lucas se bebió mi orgasmo y disfruté muchísimo de la situación, de ese morbo, de su habilidad para hacerme sentir cómoda, del control de los tiempos que tenía… El deseo de Lucas se entrelazaba con el mío de una manera tan perfecta que sabía exactamente cómo desencadenar ese placer que ambos anhelábamos. A medida que mis movimientos se ralentizaban, mi cuerpo comenzó a relajarse, y nuestros besos, que antes eran urgentes, se tornaron más suaves y sensuales. Pequeños roces que me recordaban que Lucas seguía allí, pegado a mí, presente en cada suspiro.
Cuando nuestros ojos se encontraron, vi en los suyos un brillo encendido, acompañado de esa sonrisa pícara que me volvía loca. Joder... Era demasiado atractivo, imposible no desearlo.
—¿Está bien mi señorita de los impulsos? —preguntó con una ironía que me hizo sonreír.
—Mmmm... Podría estar mejor —respondí juguetona, insinuándole que lo vivido hasta ahora solo era un pequeño adelanto de lo que podríamos experimentar juntos. Su risa me provocó una mezcla de ternura y lujuria.
—No quiero ni imaginarme cómo sería algo mucho mejor —dijo, reavivando en mí un fuego que apenas se había apagado—. ¿Sabes? Nunca había vivido algo así. No esperaba que esto ocurriera, no era mi intención llevarnos hasta este punto, pero... Ufff, me ha encantado. Te aseguro que este momento quedará grabado en mí para siempre. Ha sido tan estimulante, tan inesperado... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas para continuar—. Tienes un poder especial, Carla. No estaba equivocado cuando me fijé en ti. No vuelvas a decir que eres una chica normal, porque para mí eres única, tan impredecible como apetecible, tan sensual, excitante, morbosa... No te soltaría nunca. Pero ahora, señorita, necesitas descansar.
Sus palabras me dejaron desconcertada. ¿Estaba siendo sincero o solo era un juego más? No podía creer que todo esto fuera una farsa. Me había dado uno de los orgasmos más intensos de mi vida, y lejos de buscar "completar la faena", parecía haber disfrutado del momento tanto como yo. Ahora, con sus palabras, me invitaba a descansar... Me quedé pensativa, tratando de analizar lo que acababa de ocurrir, sus palabras, sus acciones...
El silencio se rompió con un beso dulce y profundo, cargado de sensualidad, de esos que te dejan ardiendo al instante y que, para mi desgracia, duró menos de lo que habría querido.
—Carla, necesitas descansar o acabarás dormida entre mis brazos, y no respondo... —dijo, mirándome pícaramente y arqueando las cejas de esa manera tan suya que me hacía derretir.
Sonreí, pero no respondí. Estaba agotada, relajada, embelesada, y perdida en mis pensamientos. Quizá lo mejor sería subir a mi habitación. Mañana sería otro día, y tal vez, con la mente despejada, podría ver las cosas con mayor claridad.
Cuando finalmente logré recomponerme un poco, intenté levantarme de su regazo, pero él me retuvo suavemente con su brazo. Lo miré, sin entender qué pretendía, y con una sonrisa tierna, pero llena de picardía, se acercó a mi oído y me susurró:
—Ah no, esta vez no voy a dejar que mi señorita impulsiva se escape sin darme su preciado número de teléfono. Quiero verte mañana, si es posible, claro... y si a ti te apetece.
Todavía sentada en su regazo, le di mi número. Con una sonrisa traviesa, hizo una llamada perdida al instante. El muy... Supongo que quería asegurarse de que no le había dado un número falso. Me agradó que quisiera seguir disfrutando de mi compañía antes de mi partida.
Me acompañó hasta la puerta de mi hotel, y antes de despedirse, me dio un beso en la frente. Sus últimas palabras fueron un suave recordatorio de que debía descansar, antes de marcharse con esa sonrisa que tanto me gustaba.
Arrastrándome de cansancio, llegué a mi habitación. Mi mente no dejaba de repasar cada momento, cada palabra, cada gesto. Estaba tan llena de sensaciones que apenas logré desnudarme antes de dejarme caer en la cama. Morfeo me atrapó de una forma tan profunda que descansé como hacía tiempo no lo hacía.
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